sábado, 12 de septiembre de 2026

Breve Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario — Mt 18,21-35

 

¿Cómo perdonar una herida real sin fingir que no ocurrió, renunciar a la justicia ni confundir perdón con reconciliación? En esta breve homilía sobre Mateo 18,21-35, la pregunta de Pedro —«¿cuántas veces tengo que perdonar?»— conduce hasta el «setenta veces siete» de Jesús y la parábola del siervo al que le fue perdonada una deuda inmensa. Perdonar no significa volver necesariamente a la relación anterior ni dejar de reconocer el mal recibido: significa comenzar a impedir que esa herida siga gobernando nuestra vida y reproduciéndose en otros. Jesús nos invita así a dejar de contar las ofensas y a recordar algo decisivo: también nosotros vivimos de una misericordia que hemos recibido antes de poder ofrecerla.

Breve Homilía del domingo XXIV del Tiempo Ordinario — Mt 18,21-35

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

 

Hay heridas que no se olvidan fácilmente. Una palabra, una traición, una humillación o una injusticia pueden permanecer mucho tiempo dentro de nosotros. Y entonces aparece una pregunta muy humana: ¿hasta cuándo tengo que perdonar? ¿No llega un momento en que uno puede decir «basta»?

Antes de responder, conviene aclarar qué significa perdonar. Perdonar no es fingir que no ha pasado nada, llamar bueno a lo que estuvo mal ni renunciar a la justicia. Tampoco significa necesariamente reconciliarse o volver a relacionarse como antes. La reconciliación necesita que ambas personas quieran reconstruir la relación; el perdón, en cambio, puede comenzar en el corazón de quien ha sido herido aunque el otro no reconozca lo sucedido, no pida perdón o no esté dispuesto a cambiar.

Perdonar tampoco elimina de golpe el dolor. Es más bien comenzar a impedir que la herida recibida gobierne todo lo que vendrá después. Por eso puede expresarse de una manera especialmente gráfica: perdonar es impedir que el daño continúe su viaje. Si respondo al mal reproduciendo otro mal, la herida sigue avanzando. El perdón intenta detener esa cadena.

La Biblia conoce bien esa lucha. Lamec representa una venganza que crece sin medida; más adelante, la ley del talión pone un límite a la represalia y la sabiduría de Israel comienza a trabajar el rencor dentro del corazón. Sobre ese largo camino aparece Pedro preguntando a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».

Pedro quiere saber dónde está el límite. Jesús responde: «setenta veces siete». No pretende sustituir siete por 490. No quiere que sigamos contando con una libreta en la mano. Quiere romper la propia lógica de la contabilidad: donde Lamec multiplicaba la venganza, Jesús multiplica el perdón.

Pero queda la pregunta más difícil: ¿de dónde puede sacar una persona fuerzas para perdonar así?

Jesús responde contando una historia.

Un siervo debe a su rey diez mil talentos, una cantidad tan enorme que resulta imposible pagarla. El hombre se arrodilla y pide tiempo: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». Pero el rey hace algo que él ni siquiera se ha atrevido a pedir: le perdona toda la deuda. El siervo pide paciencia y recibe misericordia. Ahora imaginemos que no conocemos esta escena y que la historia comienza un poco después. Ese mismo hombre encuentra a un compañero que le debe cien denarios. La deuda existe y no es insignificante. Le reclama lo suyo, lo agarra por el cuello y exige el pago. Si solo viéramos esta segunda escena, quizá pensaríamos: «Tiene derecho a cobrar».

Pero nosotros sabemos algo que cambia completamente nuestra manera de mirarlo: ese hombre acaba de salir del palacio después de que le hayan perdonado una deuda incomparablemente mayor.

Ahí está el corazón de la parábola.

El problema del siervo no consiste simplemente en que otro le deba dinero. Su tragedia es que ha olvidado lo que acaba de recibir. Se comporta como si su historia comenzara exactamente en el momento en que alguien está en deuda con él. El discípulo de Jesús, en cambio, conoce la primera escena. Sabe que también él vive de una misericordia que recibió antes de poder ofrecerla.

El resentimiento puede convertirse entonces en una mano permanentemente apoyada sobre el cuello del otro: conservar su culpa, recordársela cada vez que conviene, utilizar su pasado para mantenerlo siempre bajo acusación. La herida fue real, pero el perdón impide que esa herida se transforme en un instrumento permanente de dominio.

Por eso Jesús no empieza diciendo simplemente: «Tienes que perdonar». Antes nos muestra cómo somos perdonados. Antes de preguntarnos cuánto debemos perdonar, nos hace mirar cuánto hemos recibido. El bautizado no puede olvidar de qué palacio acaba de salir.

Y cuando esa misericordia comienza verdaderamente a transformar nuestra manera de tratar a quien nos ha fallado, ocurre algo todavía más hermoso: el perdón puede hacer visible a Dios. Tal vez alguien contemple nuestra manera de responder al daño y llegue a preguntarse de dónde nace una forma de amar así.

Entonces la pregunta de Pedro cambia por completo. Ya no es solamente:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?»

La pregunta definitiva es: «Cuando alguien mira mi manera de perdonar, ¿puede entrever algo del rostro del Padre?»


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