VIAJE
APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ESPAÑA
(6-12 DE JUNIO DE 2026)
ENCUENTRO CON LAS
REALIDADES DE ACOGIDA DE LOS MIGRANTES
DISCURSO DEL SANTO
PADRE
Puerto de
Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria)
Jueves, 11 de junio de 2026
________________________Resumen del discurso_______
Resumen del
discurso del Papa León XIV en Arguineguín
Cuando el Evangelio toca tierra
El Papa León XIV
comenzó su discurso recordando una de las páginas más exigentes del Evangelio:
aquella en la que Jesús se identifica con el hambriento, el sediento, el
extranjero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado. Junto al mar, esa Palabra
deja de ser una idea lejana y se vuelve concreta. Allí llegan personas heridas
por el miedo, el hambre, la violencia, el desierto, la noche y la travesía. Personas
despojadas de muchas cosas, pero nunca de su dignidad.
No mirar desde la barrera
El Papa invitó a
no mirar esta realidad desde la comodidad del espectador. El Evangelio nos
coloca delante del hermano que llega y nos pregunta si hemos sido capaces
de reconocer a Cristo en él. No se trata solo de ver migrantes, llegadas o
cifras. Se trata de mirar rostros concretos y descubrir en ellos una llamada de
Dios a nuestra conciencia.
A continuación,
León XIV mostró el anillo del Pescador y recordó las palabras de Jesús a Pedro:
“Desde ahora serás pescador de hombres”. Explicó que esa imagen, tan unida a la
misión de la Iglesia, adquiere en lugares como Arguineguín y El Hierro una
fuerza literal y dolorosa. Allí hay personas rescatadas del mar, y también
cuerpos recuperados de las aguas. Por eso, dijo, el Sucesor de Pedro no
puede desentenderse de estos muelles, ni la Iglesia puede desentenderse de
ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio hieren
la dignidad humana.
Los monstruos de hoy
también tienen nombre
El Santo Padre
recordó también que, en la Biblia, el mar aparece muchas veces como imagen de
amenaza, oscuridad y caos. Allí se evocan fuerzas que devoran y poderes que se
levantan contra Dios y contra la vida. También hoy, dijo, hay monstruos que
acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que
esclavizan a mujeres y niños, y la indiferencia de quienes permiten que los
pobres sean tragados por la explotación o por el olvido.
La Iglesia no puede quedarse muda
Pero la fe no se
queda paralizada ante el poder del mar. Dios abre camino cuando parece
imponerse la muerte. Lo hizo con Israel al atravesar el Mar Rojo, y lo mostró
Cristo al caminar sobre las aguas y mandar callar a la tormenta. Por eso, allí
donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante
quienes son abandonados a sus aguas.
Dejar de ver cifras, empezar a ver
rostros
Después, el Papa
agradeció los testimonios escuchados y la labor de tantas personas que trabajan
en el rescate, la acogida y el acompañamiento. Habló de Cáritas, de las
parroquias y de todos los que, con gestos sencillos, ayudan a salvar vidas.
Explicó que la mirada cambia cuando el migrante deja de ser una cifra, una
categoría o “uno más”, y comienza a ser alguien concreto. Entonces
entendemos que esa niña podría ser nuestra hija y que esos rostros podrían
formar parte de nuestra familia.
La misericordia,
recordó, empieza muchas veces con cosas pequeñas: unas galletas, un poco de
leche, una presencia cercana. Como en el Evangelio de los panes y los peces, no
se trata de resolverlo todo con nuestras fuerzas, sino de poner lo que tenemos
en manos de Dios y estar allí donde el ser humano sufre. Incluso cuando los
recursos no bastan, incluso cuando no hay una lengua común, todavía pueden
hablar los gestos.
Blessing: una mujer concreta
y un rostro de tantas víctimas
El Papa dirigió
después unas palabras muy delicadas a Blessing.
Blessing no es una idea ni un símbolo
inventado, sino el nombre de una mujer concreta, víctima de la trata y de la
explotación, cuya historia había sido escuchada en aquel encuentro. Aunque ella
no estaba físicamente presente, el Papa dijo que su voz sí estaba allí, porque
su historia hacía presente el dolor de muchas mujeres heridas por la violencia,
el engaño, la pobreza y la explotación.
Su nombre, Blessing, significa “bendición”. El Papa se apoyó en ese
significado para recordar una verdad fundamental: Toda vida humana es una
bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla.
Ninguna persona puede ser reducida a mercancía, a objeto de abuso o a
instrumento de beneficio para otros, porque en cada ser humano brilla la imagen
del Creador.
En la historia de Blessing, el Papa reconoció también la
historia de tantas personas que no abandonan su tierra por gusto, sino porque
no les queda otra salida. Huyen porque la pobreza, la guerra, la amenaza, la
violencia o la explotación les han cerrado todos los caminos. Por eso, al
hablarle a ella, el Papa estaba hablando también a muchas mujeres víctimas de
la trata, a migrantes vulnerables y a personas que han sido heridas en lo más
profundo de su dignidad.
A Blessing, y a tantas mujeres como ella,
el Santo Padre les dirigió una palabra de consuelo, reparación y esperanza: si
otros pusieron precio a su cuerpo, Dios nunca dejó de mirarlas como personas de
valor incalculable; si otros quisieron encerrarlas en un pasado de dolor,
Dios sigue abriendo para ellas una promesa de futuro.
La Iglesia, dijo
el Papa, quiere decirles: eres hija, eres hermana, eres bendición. Tu
vida no pertenece a quienes te dañaron. Tu cuerpo no pertenece a quienes se
aprovecharon de ti. Tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al
miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que nadie puede
arrancarte.
Dignidad sí; falsas promesas, no
Luego se dirigió
directamente a los migrantes. Antes de cualquier otra palabra, quiso inclinarse
ante su dignidad. Les dijo que no son números ni expedientes, sino
personas con familia, con una casa dejada atrás y con sueños que nadie tiene
derecho a despreciar. Pero también les pidió que protegieran su vida y que no
la entregaran a quienes comercian con ella. Les advirtió contra quienes
prometen paraísos fáciles a cambio de dinero, del cuerpo, del silencio o de la
libertad. Esas promesas son cantos de sirena e industrias de muerte.
Un examen de conciencia para todos
El Papa afirmó que
este drama debe convertirse en examen de conciencia para todos. Para los países
de origen, llamados a crear condiciones de paz, justicia y desarrollo. Para los
países de tránsito, que deben proteger a los débiles y no dejarlos en manos de
redes criminales. Para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y
acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico se conviertan en cementerios
sin lápidas. Y para la comunidad internacional, que necesita una
cooperación eficaz y perseverante.
La acogida no es
un encargo para unos pocos
También la Iglesia
debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo
secundario ni quedar solo en manos de algunos voluntarios. Los cristianos
se arrodillan ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, y
de ahí reciben la fuerza para vivir la caridad. Por eso no pueden después pasar
de largo ante los cayucos y las pateras. De la oración nace el servicio, y
todo compromiso verdadero vuelve a la oración.
Cada barca trae una pregunta
Desde Arguineguín,
el Papa quiso que la voz de los migrantes y de quienes los acogen llegara a las
autoridades civiles, a los parlamentos, a los gobiernos, a las organizaciones
internacionales, a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones
religiosas y a todas las personas de buena voluntad. No basta gestionar
llegadas, repartir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya
han ocurrido. Cada barca que llega trae una pregunta: qué mundo hemos
construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida.
La dignidad necesita caminos concretos
La dignidad
humana, afirmó, exige respuestas concretas: vías legales y seguras, rescate
y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva de
las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que
permitan a cada persona vivir dignamente en su propia tierra.
El derecho a no tener que marcharse
El Papa recordó
que existe el derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada. Pero
añadió también otro derecho fundamental: el derecho a no tener que migrar.
Es decir, el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin
persecución, sin violencia, sin una tierra inhabitable, sin corrupción que robe
el pan de los pobres y sin armas que destruyan el futuro de los niños.
La dignidad no lleva pasaporte
Por eso pidió que
no nos acostumbremos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte
y no pierde valor al cruzar una frontera. Al final, evocando a san Juan de
la Cruz, recordó que en el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor.
Pidió a Dios que nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los
extranjeros, y que nos libre de mirar el dolor ajeno como si no tuviera nada
que ver con nosotros.
También encomendó
a todos a Nuestra Señora del Carmen: a quienes han llegado, a quienes han
perdido a sus seres queridos, a quienes acogen y a quienes necesitan la
valentía de la misericordia.
Que la indiferencia
no hable por nosotros
El discurso
terminó con una advertencia grave y luminosa. Que la historia no tenga que
acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de
nuestras costas. Porque hoy, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta
qué queda de nuestra humanidad. Y tarde o temprano se sabrá si supimos
custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros.

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