sábado, 27 de junio de 2026

Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 10, 37-42 «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí»

 

Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 10, 37-42 «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí,

Escucha aquí el episodio completo:

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no es digno de mí»

 

El Evangelio no llega

con alfombra roja.

En los domingos anteriores hemos escuchado ya una parte del discurso que Jesús dirige no a la multitud, sino al grupo más cercano de sus discípulos, antes de enviarlos a anunciar que el reino de Dios, tan esperado, había llegado. Dicho con otras palabras: el mundo nuevo había comenzado.

Jesús no les endulza la misión. No les dice: “Id tranquilos, os recibirán con flores, aplausos y quizá una merienda al final”. Más bien les advierte: No esperéis acogidas triunfales, porque el mensaje que vais a anunciar inquietará a quienes se aferran al poder, tanto civil como religioso. Se sentirán tocados en sus intereses, y algunos reaccionarán incluso con violencia.

Y Jesús termina con unas palabras que, a primera vista, nos desconciertan. Dice: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. He venido a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia casa» (cfr. Mt 10, 34-36). ¿Qué quiere decir Jesús con esto?

La espada de Jesús no hiere cuerpos:

Desnuda decisiones.

Jesús no ha venido, desde luego, a desatar guerras ni cruzadas. La violencia no encaja con su Evangelio. Él la rechaza de raíz. El mundo nuevo no se construye a golpe de espada. Jesús proclama dichosos a los que trabajan por la paz (cfr. Mt 5, 9), y a sus discípulos les pide amar a los enemigos, hacer el bien a quienes los odian y poner la otra mejilla cuando reciben una bofetada (cfr. Mt 5, 39.44). Su postura, por tanto, no deja demasiado margen a malentendidos.

Entonces, ¿de qué espada habla? Está claro que no se refiere a la espada que llevaban los legionarios romanos. Jesús toma una imagen que ya habíamos escuchado en labios del anciano Simeón cuando, al encontrarse con María, le anuncia: «También a ti una espada te traspasará el alma» (cfr. Lc 2, 35). Aquella espada no era un arma de metal, sino el símbolo de una división dolorosa, de una prueba interior. También María tendría que atravesar el desconcierto ante el mensaje y las opciones de vida de su Hijo, que no comprendería plenamente desde el primer momento. Solo después de la Pascua entendería de verdad el sentido de aquel camino.

Con la imagen de la espada, Jesús se refiere a los conflictos que su mensaje provocaría inevitablemente, incluso dentro de una misma familia.

Cuando Cristo entra en casa,

todo queda al descubierto.

Cuando Mateo escribe su Evangelio, hacia los años ochenta del siglo I, aquellas divisiones anunciadas por Jesús ya se habían manifestado de manera dramática. Eran años de una fractura muy dolorosa dentro del pueblo de Israel: Por una parte, estaban quienes permanecían fieles a las tradiciones enseñadas por los rabinos; por otra, quienes habían reconocido en Cristo al Mesías y se habían unido a Él.

En ese contexto, los rabinos llegaron a decidir la expulsión de las sinagogas de aquellos judíos que se convertían a Cristo. Los llamaban נוֹצְרִים (notzrím), “los nazarenos”; es decir, los discípulos de Jesús de Nazaret. También hoy, en el hebreo moderno, los cristianos son llamados con ese mismo término: notzrim. Aquellos creyentes eran considerados minim, “herejes” o “sectarios”, y por eso se les apartaba de la comunidad de la sinagoga.

En aquellos mismos años, para subrayar todavía más esa separación, se incorporó a la gran oración diaria de Israel —la שְׁמוֹנֶה עֶשְׂרֵה (shemóneh esréh), conocida como la oración de las “dieciocho bendiciones”— una fórmula especialmente dura contra los מִינִים (miním), es decir, contra los considerados “herejes” o “sectarios”.

Esta oración, también llamada עֲמִידָה (‘amidá), sigue ocupando un lugar central en la plegaria judía. Y aquí aparece un detalle muy significativo: aunque conserva el nombre tradicional de שְׁמוֹנֶה עֶשְׂרֵה (shemóneh esréh), “dieciocho”, con el tiempo llegó a contener diecinueve bendiciones. La historia religiosa tiene estas cosas: hasta los números, a veces, guardan la cicatriz de una división.

Esa fórmula añadida es conocida como בִּרְכַּת הַמִּינִים (birkat ha-miním), la “bendición contra los מִינִים (miním)”. En su formulación, se bendice al Señor como aquel que quebranta a los enemigos y abate a los malvados. En aquel contexto de tensión, los discípulos de Cristo podían quedar incluidos entre esos grupos rechazados.

Así se entiende mejor la división que Jesús había anunciado. La espada de la que hablaba no era una espada de hierro, sino la fuerza incómoda del Evangelio: una Palabra capaz de poner al descubierto las fidelidades, los miedos y las heridas más profundas, incluso dentro de una misma casa.

El Evangelio puede costar familia,

seguridad y afecto.

Ahí está la división que Jesús había anunciado. Y la espada que la provocaba no era una espada material: Era su Evangelio.

Las consecuencias para quien se adhería a Cristo podían ser muy dolorosas. Jesús lo había previsto. Quien se unía a Él era considerado un renegado y, como tal, podía ser rechazado incluso por su propia familia. De un día para otro, aquella persona se encontraba en una situación durísima; no solo desde el punto de vista afectivo, porque sus familiares dejaban de dirigirle la palabra, sino también desde el punto de vista social y económico, porque perdía las seguridades que la familia le ofrecía. Incluso podía perder el derecho a la herencia.

Esto era lo que podía sufrir quien decidía seguir a Cristo. Y Jesús no lo ocultó. El fragmento del discurso que escucharemos ahora constituye la última parte de estas palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos. Por eso conviene situarlas en ese contexto dramático que hemos recordado. No son frases sueltas ni amenazas oscuras. Son palabras nacidas de una misión exigente, de un Evangelio que trae vida, pero que también obliga a tomar postura.

Y quizá también nosotros podemos preguntarnos: Cuando el Evangelio toca de verdad nuestra vida, nuestras relaciones, nuestros intereses y nuestras seguridades, ¿qué queda al descubierto en nuestro corazón?

Cristo no pide un rincón:

Pide el corazón entero.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí».

También aquí, como siempre, Jesús habla con una claridad que no deja muchas escapatorias. No intenta maquillar ni suavizar los problemas que sus discípulos tendrían que afrontar para permanecer fieles al Evangelio que Él anunciaba. Jesús no vende humo espiritual. No dice: “Seguidme, que todo será cómodo, bonito y sin rozaduras”. Al contrario; avisa desde el principio de que amar de verdad implica decisiones, y que algunas decisiones duelen.

Cuando uno une el corazón a una persona, inevitablemente aparecen cortes, renuncias, desprendimientos. A veces se dejan lugares, amistades, costumbres; y llega también el momento de dejar al padre y a la madre, porque el amor entre los esposos pasa a ocupar un lugar nuevo y decisivo. No se trata de despreciar a los padres, sino de reconocer que el amor maduro siempre ordena la vida de otra manera.

Nosotros, muchas veces, por mantener la paz —o lo que llamamos paz, que a veces es solo “que no se mueva nadie, que bastante tenemos”— aceptamos situaciones de compromiso. Jesús, en cambio, se presenta como un enamorado exigente y no acepta medias tintas. Acabamos de escuchar las dos peticiones que dirige a quien quiere unir su vida a la suya, y las acompaña con una advertencia seria: “Quien no acepta esta propuesta no es digno de mí” (cfr. Mt 10, 37).

Ningún rabino había pedido nunca tanto a sus discípulos. Quizá por eso, en algún momento, algunos judíos le preguntaron con desconcierto: “Pero ¿tú quién te crees que eres?”. Entremos, entonces, en esas dos exigencias de Jesús.

La primera va dirigida a los hijos: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». La segunda va dirigida a los padres: «El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí».

Jesús no destruye la familia:

La libera de ser un absoluto.

Jesús no pretende romper los vínculos familiares. La familia es sagrada, querida por Dios. De hecho, recordamos cómo un día tuvo una fuerte discusión con los fariseos, porque ellos, con razonamientos muy hábiles —de esos que parecen piadosos, pero huelen un poco a escapatoria— encontraban la manera de eludir el deber de cuidar a sus propios padres (cfr. Mc 7, 9-13).

En aquel tiempo, los ancianos no tenían pensión. Dependían totalmente de sus hijos. Por eso la Biblia insiste tanto en el deber de asistir y honrar a los padres. El verbo hebreo que se emplea es כַּבֵּד (kabbéd), “honrar”, pero no significa solo tratar con respeto externo. Viene de la raíz כבד (k-v-d), relacionada con la idea de “peso”, “valor”, “importancia”. Honrar al padre y a la madre significa, por tanto, darles el peso que merecen en la propia vida: Reconocer su valor, cuidarlos, sostenerlos y no dejarlos solos cuando llega la fragilidad.

El libro del Sirácida lo expresa con una ternura muy concreta: El hijo está llamado a socorrer a su padre en la vejez, a no entristecerlo durante su vida, a ser paciente incluso cuando pierda la lucidez, y a no despreciarlo cuando él mismo está en pleno vigor (cfr. Eclo 3, 12-13).

Jesús, por tanto, no relativiza la familia como si fuera algo secundario. Para Jesús, la familia es un lugar sagrado, allí donde la vida se construye sobre la gratuidad del amor. En una familia verdadera, los servicios no se calculan ni se pagan. Nadie pasa factura por poner la mesa, cuidar al enfermo, escuchar al que llega cansado o sostener al que se viene abajo. Todo se recibe y se entrega gratuitamente.

Cada uno intenta dar lo mejor de sí para que los demás puedan estar bien, vivir, crecer, ser felices. Por eso la familia, cuando vive según el sueño de Dios, se convierte en imagen del mundo nuevo que Jesús anuncia: Una humanidad que se sabe hija de un único Padre y que, por eso, aprende a mirarse como una familia de hermanos.

Hay cortes que duelen,

pero hacen posible la vida.

Ahora bien, dentro de la familia llega también un momento en que ciertos desprendimientos tienen que producirse. Es el momento en que el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, de modo que pueda nacer una nueva familia (cfr. Gn 2, 24). Ese corte puede doler, pero es necesario para que la vida avance.

Quien se casa no reniega de su familia de origen. No borra su historia ni deja de amar a sus padres. Pero el centro de sus decisiones ya no puede estar en el padre o en la madre, sino en el amor recíproco entre el esposo y la esposa, y después en los hijos que nacen de ese amor.

Sabemos bien cuántos problemas aparecen en una pareja cuando este corte necesario no se realiza. Cuando uno de los dos sigue teniendo como referencia principal a sus padres, y prefiere disgustar al esposo o a la esposa antes que contrariar a la familia de origen, la vida matrimonial empieza a caminar con una piedra en el zapato. Y al principio uno dice: “Bueno, no pasa nada”. Pero después de unos kilómetros, esa piedrecita se convierte en penitencia cuaresmal de larga duración.

Algo semejante sucede con quien se enamora de Cristo. Quien elige a Cristo no reniega de la familia en la que ha nacido, pero ya no la coloca en el primer lugar absoluto. Cristo pasa a ser el centro desde el que se ordenan todos los demás amores.

Jesús también dejó una casa

para abrir una familia nueva.

También Jesús, para ser fiel a la misión que había recibido, tuvo que dejar su propia familia. Durante años había vivido en Nazaret con María. Pero un día dejó Nazaret, fue al Jordán, recibió el bautismo de Juan y ya no volvió a instalarse en su antigua vida. Se fue a Cafarnaúm, donde comenzó a predicar el Evangelio.

Aquella separación de María debió de ser dolorosa. Un día, su madre fue a Cafarnaúm con algunos familiares porque querían llevarlo de vuelta a casa. Entonces Jesús preguntó: «¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?». Y mirando a quienes estaban sentados alrededor de Él, dijo que su madre y sus hermanos eran aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la encarnan en la vida (cfr. Mc 3, 31-35).

Ahí aparece la nueva familia inaugurada por Jesús. Él no rechazaba la familia de Nazaret; más bien la invitaba a entrar en una familia más amplia, la de quienes se reconocen hijos del único Padre y aprenden a mirar a los que tienen al lado como hermanos a quienes servir, cuidar y hacer felices.

A quien quiere seguirle, Jesús le pide la misma decisión que Él tomó: El valor de levantar el vuelo hacia una casa nueva, la familia del Reino, donde no cuentan las diferencias de raza o cultura, donde nadie se coloca por encima de los demás, y donde todos estamos llamados a reconocernos hermanos.

Con Jesús no hay amores a medias.

Ahora entendemos mejor por qué Jesús añade aquella frase tan exigente: “quien no acepta esto no es digno de mí”. Jesús quiere implicar al discípulo en una relación de amor exclusiva e incondicional. No acepta que su propuesta de vida se abrace solo a medias, como quien deja una puerta abierta “por si acaso”.

Si alguien piensa que esta propuesta es demasiado alta, demasiado comprometida, demasiado exigente, Jesús no lo obliga. Nadie es forzado a seguirle. Él hace su propuesta con libertad y espera una respuesta libre. Como sucede entre dos enamorados que no logran entenderse; cada uno sigue su camino.

Con Jesús no funcionan los enamoramientos a medio gas. O el corazón se entrega entero, o quizá es mejor reconocer que todavía no estamos dispuestos. Porque seguirle no consiste en añadir una devoción más a la agenda, sino en dejar que Él sea el amor que ordena todos los demás amores.

Y aquí podemos preguntarnos con sinceridad: ¿Cristo ocupa de verdad el centro de nuestros amores, o le hemos reservado solo un rincón cómodo donde no moleste demasiado?

La cruz no se sufre sin más:

Se elige por amor.

«Y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí».

¿Qué quiere decir Jesús cuando pide al discípulo que tome su cruz? Conocemos bien la interpretación más extendida de esta frase. Normalmente se entiende como una invitación a soportar con paciencia las pequeñas o grandes contrariedades de la vida: Los disgustos, las enfermedades, los achaques de la edad, esas piedras del camino que nadie ha pedido y que, sin embargo, aparecen. A veces se dice: “Jesús llevó su cruz; yo también tengo que resignarme y llevar la mía”. Incluso se oye decir que Dios da a cada uno una cruz para cargar con ella. Pero esa interpretación, tal como suele presentarse, es engañosa y no hace justicia al Evangelio.

No hacía falta que el Hijo de Dios viniera del cielo para decirnos que debemos soportar con paciencia el mal que hemos intentado evitar por todos los medios y que, aun así, nos ha caído encima. La cruz de la que habla Jesús es otra cosa. Conviene entenderlo bien.

La cruz de Jesús no cae encima:

Se toma.

Ante todo, la cruz no llega como un accidente desagradable. No es simplemente una desgracia que se nos viene encima sin más. Es una elección a la que Jesús invita: “toma tu cruz”. Podríamos dejarla; podríamos apartarnos. Pero Él invita a tomarla.

¿Qué significa esto? ¿Quién acababa en una cruz? No eran los amos, ni los poderosos, ni quienes mandaban. En la cruz terminaban los esclavos. Y Jesús acabó en la cruz precisamente porque nunca se comportó como un amo. Toda su vida fue la vida de un servidor, de un esclavo, de alguien que no vivió para dominar, sino para entregarse.

Por eso, abrazar la cruz, elegir la propia cruz, significa hacer la misma elección que hizo Jesús: convertirse en servidor de quien necesita de nosotros.

Tomar la cruz es dejar de vivir como dueño.

El esclavo no se pertenece a sí mismo; pertenece a su amo. Pues bien, en la lógica del Evangelio, quien puede “mandar” al discípulo de Cristo es cualquiera que necesita de él. El que sufre, el que está solo, el que pide ayuda, el que no puede devolvernos nada: ese se convierte, de algún modo, en llamada de Dios para nosotros.

Para los hombres, esta elección parece un fracaso. Porque todos, seamos sinceros, llevamos dentro una pequeña oficina de reclamaciones donde nos gustaría ser servidos antes que servir. Queremos que nos tengan en cuenta, que nos faciliten la vida, que nos reconozcan. Pero Jesús nos propone otro camino: “abraza la elección del servidor, como hice yo. Si no lo haces, no eres digno de mí”.

Entonces, basta sustituir la palabra “cruz” por el verbo “servir”, y la petición de Jesús se vuelve mucho más clara: Quien no acepta servir no está entrando en el camino de Cristo.

Y fijémonos en un detalle importante: Jesús no dice que tomemos una cruz cualquiera. Dice que cada uno tome su propia cruz. Es decir, no se trata de buscar sufrimientos extraños ni de inventarse penitencias raras, como si el cristianismo fuera una competición de caras largas. Se trata de reconocer cuál es el servicio concreto que la vida, el Evangelio y los hermanos ponen hoy delante de nosotros.

Porque quizá la pregunta no sea: “¿Qué desgracia tengo que soportar?”, sino otra mucho más evangélica: ¿A quién estoy llamado a servir por amor, aquí y ahora?

No se carga la cruz de otro:

Se sirve con los propios dones.

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Jesús no nos llama a llevar la cruz de otro, es decir, a realizar el servicio que corresponde a otra persona. La disponibilidad para servir es la exigencia básica del discípulo. Sin ella, no hay seguimiento real. Si uno no acepta servir, no es digno de Él.

Ahora bien, cada persona está llamada a expresar esa disponibilidad en un servicio concreto, propio, único. Ese servicio depende de las aptitudes, de las capacidades y de los dones que cada uno ha recibido de Dios. No todos servimos de la misma manera, ni todos estamos llamados a hacer lo mismo. Pero todos estamos llamados a servir.

Pongamos un ejemplo sencillo, para entenderlo mejor. A todos nos gusta colocar delante de nuestro nombre los títulos que nos identifican. Los ponemos en la placa de la puerta, en la tarjeta de visita, en el correo electrónico, en el despacho. Nos presentamos como doctor, profesor, ingeniero, abogado… Y, claro, uno piensa: “Después de lo que me ha costado conseguir ese título, que se sepa un poco, ¿no?”. Hemos trabajado mucho para obtener esa bendita licenciatura, ese grado, ese doctorado, y queremos que los demás sepan que no somos cualquiera; que tenemos preparación, méritos, experiencia, y que también merecemos reconocimiento y una justa retribución.

El título cristiano más alto

es estar disponible.

¿Qué nos diría Jesús? Tal vez algo así: “Muy bien. Pon tus títulos bien visibles, para que todos sepan cuáles son tus capacidades, cuál es tu formación, qué sabes hacer. Así podrán contar contigo como con un servidor, como con alguien disponible a quien pueden acudir cuando necesiten ayuda”. Esto ya no nos gusta tanto, ¿verdad?

Pero ahí se juega el sentido de la propia cruz. Los dones recibidos, la preparación, la profesión, la inteligencia, la experiencia, no son una tarima desde la que mirar a los demás por encima del hombro. Son una llamada a servir mejor. Si no nos gusta este camino, si queremos los títulos solo para ser admirados y no para estar más disponibles, entonces no hemos entendido todavía la cruz de Cristo.

La cruz se reconoce

en una vida sin superioridad.

Abrazar la propia cruz significa precisamente esto, en poner lo que uno es y lo que uno sabe al servicio de los demás. Por eso el discípulo de Cristo debería ser reconocible también cuando ejerce una profesión muy cualificada. No porque presuma de superioridad, ni porque reclame honores, ni porque vaya por la vida con aire de “permítanme, que ha llegado alguien importante”. Se le reconoce porque, aun teniendo preparación y responsabilidad, se comporta siempre como un servidor humilde.

Y ahora Jesús se dirige precisamente a quienes han aceptado tomar la cruz, a quienes han elegido servir. A ellos les dirige unas palabras dulces, consoladoras, llenas de ánimo. 

Acoger al discípulo

es acoger a Cristo.

«El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Jesús dice que quien acoge a sus discípulos lo acoge a Él mismo. Pero conviene preguntarnos: ¿quiénes son esos “vosotros” a los que se refiere? ¿A quién invita Jesús a acoger?

Se trata de aquellos discípulos que han aceptado tomar la cruz, es decir, que han decidido poner su vida al servicio de los hermanos. Acoger a estas personas no significa simplemente abrirles la puerta de casa o tratarlas con simpatía. Significa acoger la propuesta de vida evangélica que ellas encarnan. Significa, en el fondo, acoger a Cristo.

El profeta no adivina el futuro:

Escucha a Dios.

Jesús habla después de acoger a un profeta y de participar en la recompensa del profeta. Pero sabemos bien quiénes son los profetas. No son adivinos ni videntes que predicen el futuro, como si llevaran una bola de cristal escondida bajo el manto. El profeta es una persona con una sensibilidad espiritual muy afinada; alguien que, en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios, va asimilando los pensamientos del Señor.

Después, el profeta comunica ese pensamiento de Dios a los hermanos, especialmente cuando estos viven sumergidos en la mentalidad del mundo. Su misión consiste en llevar una palabra que no nace de los cálculos humanos, sino de la sabiduría de Dios.

Naturalmente, no todos tienen esta sensibilidad espiritual. Y tampoco todos tienen la fuerza o el valor de decir ciertas cosas que resultan incómodas a los oídos de la gente. Porque lo que anuncia el profeta no suele coincidir con la mentalidad dominante. Por eso, muchas veces, el profeta es rechazado.

Acoger al profeta

es dejar entrar su luz.

¿Qué significa, entonces, acoger a un profeta? En primer lugar, significa acoger su mensaje. Es decir, abrirse a esa luz que viene de Dios, pasa a través del profeta y llega hasta nosotros. No se acoge al profeta solo cuando se le aplaude; se le acoge de verdad cuando se deja que su palabra nos ilumine, nos cuestione y nos ponga en camino.

En segundo lugar, acoger al profeta significa darle el apoyo moral que necesita. Los profetas suelen ser incómodos. Muchas veces son combatidos, malinterpretados, arrinconados, incluso dentro de la propia institución religiosa. Precisamente por eso necesitan ser sostenidos con valentía.

Y hay todavía una tercera forma de acoger al profeta: Ayudarlo concretamente en su misión. No basta con decir: “Qué bien habla”, “qué claro lo tiene”, “qué necesario es lo que dice”. A veces la verdadera acogida empieza cuando uno se pregunta: ¿Cómo puedo ayudar para que esta palabra llegue, sostenga, despierte y consuele?

¿En qué consiste la recompensa de quienes acogen al profeta? Consiste en participar de la obra que el profeta realiza. Quien acoge al profeta participa también de las bendiciones, de la vida y de la fecundidad que su palabra lleva allí donde llega. Dicho de otro modo: quien acoge al profeta se convierte, con él, en constructor del mundo nuevo.

El justo predica

sin necesidad de micrófono.

Jesús habla también de acoger al justo y de recibir la recompensa del justo. El profeta se reconoce por la palabra que anuncia, una palabra pronunciada en nombre de Dios. El justo, en cambio, no predica necesariamente con discursos. Predica con su vida.

El justo encarna la palabra del profeta. San Francisco decía a sus frailes que predicaran siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con palabras. Ahí está el justo: alguien que no necesita grandes declaraciones para mostrar qué significa vivir según Dios. Su manera de actuar habla.

Acoger al justo significa entrar en sintonía con su vida. Significa reconocer que su modo de vivir nos está mostrando un camino. A veces una persona justa no da una conferencia, no escribe un tratado, no levanta la voz; simplemente vive de tal modo que uno, al verla, piensa: “Ahí hay algo del Evangelio”.

Un vaso de agua

también construye el Reino.

Por último, Jesús habla de quien ofrece incluso un simple vaso de agua a uno de sus pequeños, y asegura que ese gesto no quedará sin recompensa.

El discípulo de Cristo es alguien que se juega la vida de verdad. No vive a medias, no calcula siempre hasta dónde le conviene llegar, no se queda en una fe cómoda y decorativa. Precisamente por eso, en su camino, necesitará muchas veces que alguien le tienda una mano.

Quien se da cuenta de que un discípulo de Cristo, aunque sea pequeño, débil o poco reconocido, está en necesidad, y le ofrece ayuda —aunque sea algo tan sencillo como un vaso de agua—, entra también en la lógica del Evangelio. Porque para Jesús no cuenta solo el gran gesto heroico. Cuenta también esa ayuda humilde, concreta, casi escondida, que sostiene al hermano en el momento justo.

Y quizá aquí podemos preguntarnos: ¿Sabemos reconocer a los discípulos que hoy necesitan nuestro “vaso de agua”, o esperamos siempre una ocasión más brillante para empezar a servir?


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