CARTA ENCÍCLICA
MAGNIFICA HUMANITAS
DEL SANTO
PADRE
LEÓN XIV
SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA
EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
___Resumen (Parte 6 de 7)________________________
Escucha aquí el episodio completo:
CAPÍTULO QUINTO:
LA CULTURA DEL PODER Y LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
La cultura del poder
y la civilización del amor
El quinto capítulo
de Magnifica Humanitas mira de frente una de las heridas más graves de
nuestro tiempo como es la guerra. Después de hablar de la inteligencia
artificial en la vida social, la educación, el trabajo, la economía y la
libertad, el Papa León XIV entra en el lugar donde la técnica puede volverse
más peligrosa; la decisión sobre la vida y la muerte.
No se trata solo
de armas más precisas o de sistemas más eficaces. El problema aparece cuando
la tecnología queda separada de la ética y de la responsabilidad. Entonces
la violencia puede hacerse más rápida, más impersonal y aparentemente más “viable”.
Por eso la Encíclica recuerda que la paz “no es un tema entre otros, sino
una condición del bien común universal y una prueba para la madurez moral de
los pueblos” (n. 182).
El capítulo se
organiza sobre dos imágenes bíblicas. Babel representa el poder que se levanta
desde el orgullo, el dominio y la autosuficiencia. Jerusalén, reconstruida “pieza
por pieza”, representa la paciencia de quienes cuidan lo humano y el bien
común (n. 184).
Aquí está la
pregunta de fondo: ¿Vamos hacia una cultura del poder que normaliza la
guerra o hacia una civilización del amor capaz de reconstruir la convivencia?
Una guerra que
cambia de gramática
La revolución
digital ha cambiado la forma de los conflictos. A la guerra visible se suman
ataques cibernéticos, manipulación informativa, campañas de influencia y
automatización de decisiones estratégicas (n. 183).
La inteligencia
artificial entra ahí como acelerador. Puede ayudar a defender y proteger, pero
también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, oscurecer las
responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a
un dato y la víctima a “daño colateral” (n. 183).
El Papa no propone
miedo tecnológico, sino discernimiento. Las tecnologías deben juzgarse desde
la dignidad de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes,
la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia (n. 183). La pregunta
decisiva no es si una tecnología funciona, sino si sirve verdaderamente a la
humanidad o termina sometiéndola.
Civilización del amor
La expresión “civilización
del amor” procede de san Pablo VI. Nació en un mundo marcado por la
Guerra Fría, la carrera armamentística y fuertes desequilibrios económicos.
León XIV la recupera porque no la entiende como una consigna amable, sino como
un criterio para ordenar la vida social.
La Encíclica
afirma que la civilización del amor “no es una utopía ingenua, sino un
proyecto exigente” (n. 186). No se reduce a buenos sentimientos. Pide
traducir la caridad en estructuras de justicia, dar cuerpo institucional a la
fraternidad y mirar al otro —persona o pueblo— como aliado necesario para
construir el bien común (n. 186).
Esto toca la
economía, la política y la cultura. El amor social, si se convierte en cultura
y norma, puede sostener un orden internacional más estable. Dicho de otro modo:
La caridad no queda encerrada en lo privado; está llamada a tomar forma
pública.
En la era digital
esta intuición pesa todavía más. Redes, economía globalizada e inteligencia
artificial conectan decisiones tomadas en un lugar con efectos sufridos en
otro. El bien común ya no puede pensarse en pequeño ya que tiene dimensión
universal y alcanza a toda la familia humana (n. 187).
El reto no es solo
estar conectados; es transformar una interdependencia padecida en solidaridad
elegida. La proximidad digital debe convertirse en ocasión real de encuentro
y cuidado recíproco (n. 187).
La cultura del poder
Frente a la
civilización del amor aparece una cultura del poder. En ella, la disponibilidad
de medios y la capacidad de dominar acaban dictando la agenda. Con la
cultura del poder el bien común de la humanidad queda relegado, y el drama
concreto de los pueblos en guerra se vuelve secundario frente a intereses
estratégicos (n. 188).
Esta cultura no
actúa solo en los gobiernos. Penetra en la sociedad, cambia relaciones,
acostumbra a la guerra, persigue cada vez más poder militar, aprovecha la
crisis del multilateralismo y repite, con aire de falso realismo, que no hay
alternativas (n. 188).
El Papa la sitúa
dentro de una Babel moderna; polarizaciones, violencias, imperialismos
enfrentados, conflictos locales y carrera por controlar tecnologías cada vez
más poderosas. Es una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites (n.
185).
La guerra normalizada
San Pablo VI gritó
ante la ONU: “¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!” (n.
189). Tras la Segunda Guerra Mundial, la paz fue colocada en el centro del
orden internacional. La Carta de las Naciones Unidas quiso “preservar a
las generaciones venideras del flagelo de la guerra” (n. 189).
Durante décadas,
aunque hubiera conflictos graves, seguía viva la convicción de que la guerra
debía ser un recurso extremo, sujeto a límites éticos y jurídicos. Hoy, en
cambio, el Papa advierte un cambio de paradigma: La guerra vuelve a ser
presentada como instrumento de política internacional (n. 190).
Se prolongan
conflictos, aumentan amenazas, resurgen ambiciones territoriales y la opinión
pública se acostumbra a relatos polarizados. Los algoritmos, cuando premian
el enfrentamiento, contribuyen a esa costumbre (n. 190).
También se
debilita la memoria histórica. Al desaparecer los testigos directos del
Holocausto y de las guerras mundiales, resulta más fácil reescribir o manipular
el pasado. Sin memoria viva, las decisiones políticas pueden quedar reducidas a
cálculos de fuerza (n. 191).
La dimensión
digital agrava esta deriva. Los relatos simplistas, los esquemas de
amigo-enemigo, la desinformación y el miedo van preparando el terreno cultural
de la violencia. Cuando se apaga la memoria y se debilitan los criterios éticos
que protegen a civiles y frágiles, la violencia puede presentarse como
necesaria, inevitable o incluso “limpia” (n. 192).
En ese clima, la
paz deja de ser tarea y se vuelve “un intervalo precario entre conflictos”
(n. 192).
El Papa pide
superar el uso abusivo de la teoría de la “guerra justa”, tantas veces
invocada para justificar guerras, sin negar la legítima defensa en sentido
estricto (n. 192). El problema no es desconocer toda legítima defensa, sino
impedir que se utilice como excusa para ataques preventivos o acciones que
producen males mayores que los que pretendían evitar. Hay caminos más
humanos: diálogo, diplomacia y perdón.
La fuerza sin límites
Uno de los signos
más preocupantes es el crecimiento de la industria bélica. En algunos países se
ha convertido en sector clave de la economía. El vínculo entre intereses
económicos, aparatos militares y decisiones políticas genera una “nación
armada” (n. 193).
No es un detalle
secundario. El mercado de armas prospera gracias a los conflictos. Hay una
lógica económica que alimenta tensiones y hace que la guerra parezca
prolongación natural de la política (n. 193).
El Papa mira
también los arsenales nucleares. El Tratado sobre la Prohibición de las Armas
Nucleares, en vigor desde 2021, es una señal importante, pero limitada, porque
las principales potencias atómicas no se han adherido (n. 194). Además, la
creencia errónea de que la disuasión nuclear garantiza la seguridad alimenta
una nueva carrera armamentística. La aparición de armas “miniaturizadas”
hace más fácil imaginar su uso como opción viable (n. 194).
La Encíclica
resume la tragedia con una frase seca: “es mucho más fácil iniciar una
guerra que detenerla” (n. 195). Y, aun así, la prevención de conflictos
sigue siendo dramáticamente marginal.
El panorama se
complica con nuevos actores armados, tales como los grupos yihadistas, milicias
privadas, redes criminales. En algunos lugares, la guerra se convierte en modo
de vida para jóvenes y niños. Ya no se busca vencer, sino mantener el conflicto
como fuente de poder y beneficio (n. 196).
Armas e
inteligencia artificial
El desarrollo de
armas vinculadas a la inteligencia artificial ocupa un lugar central en el
diagnóstico. La Santa Sede ha advertido que los sistemas de armas con autonomía
operativa pueden hacer la guerra más “viable” y menos sometida al
control humano (n. 197).
Por eso el Papa
exige restricciones éticas rigurosas, respeto a la dignidad humana y a la
sacralidad de la vida. No puede aceptarse una carrera armamentística
tecnológica sin límites (n. 197).
La Encíclica
rechaza la idea de un “agente moral artificial” (n. 198). Una
máquina no puede garantizar el bien y el mal mejor que una conciencia humana.
El juicio moral no es cálculo; implica responsabilidad personal y
reconocimiento del otro como persona.
La frase clave es
rotunda: “No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea
moralmente aceptable” (n. 198).
La inteligencia
artificial no elimina la inhumanidad del conflicto. Puede hacerlo más veloz,
más impersonal, más fácil de activar. También puede acostumbrarnos a pensar que
la violencia es inevitable y que solo debe ser optimizada (n. 198).
El Papa no se
limita a prohibir. Pide infundir valores y juicio prudente en la
programación de los sistemas artificiales, de modo que ayuden a crear un
ecosistema moral en el que los seres humanos estén mejor preparados para
escuchar su conciencia (n. 198).
Después concreta
tres criterios:
responsabilidad personal, tiempo para el juicio moral y protección de los
civiles. Las decisiones no pueden disolverse “en la máquina”; la
fuerza letal no debe delegarse en procesos turbios o automatizados; y se
necesitan reglas internacionales que frenen la carrera armamentística
tecnológica (nn. 199-200).
Un multilateralismo debilitado
La cultura del
poder crece también porque el sistema multilateral está en crisis. Las
instituciones creadas para proteger un destino común parecen debilitadas, no
solo por defectos estructurales, sino por falta de voluntad para sostenerlas,
reformarlas y reconocer su autoridad moral (n. 201).
Después de 1989,
la globalización fue sobre todo económica. Se confió casi ciegamente en que los
mercados producirían bienestar, democracia y estabilidad. Pero la globalización
no generó automáticamente unidad y paz. También provocó reacciones fundamentalistas,
identitarias y nacionalistas (n. 201).
El resultado no es
un auténtico multilateralismo, sino un multipolarismo desordenado y
conflictivo, dominado por la desconfianza (n. 201).
Regresa así la
tentación de construir la identidad contra un enemigo. Los esquemas “yo
primero”, “amigo-enemigo” y “nosotros-ustedes”
facilitan decisiones irresponsables y minan la confianza entre naciones (n.
202). La fuerza del derecho internacional queda sustituida por el supuesto “derecho
del más fuerte” (n. 202).
También se
debilitan logros básicos del derecho humanitario: Proporcionalidad, protección
del acceso al agua, alimentos y bienes esenciales, respeto a la vida de civiles
y niños. Lo que debería ser conquista moral de la humanidad empieza a tratarse
como ingenuidad del pasado (n. 203).
El falso realismo
El Papa habla de
una ceguera espiritual y cultural. Un falso pragmatismo invita a cortar las
raíces de la memoria, como si las atrocidades del siglo XX ya no pudieran
repetirse (n. 204).
Pero las mismas
dinámicas vuelven bajo nuevas formas. Hay equilibrio armado, disuasión, guerras
híbridas, conflictos económicos, financieros, informáticos y mediáticos. La
desinformación alimenta miedo e influye en la opinión pública. El aumento del
gasto militar se presenta como única respuesta a amenazas reales o percibidas,
mientras los más pobres pierden recursos para salud, educación y servicios
sociales (n. 204).
El falso realismo
sostiene que la guerra pertenece inevitablemente a la naturaleza humana. Siempre ha sido
así, se dice. Y así será siempre. Entonces la paz desaparece del horizonte y
solo se discute cómo y cuándo actuar militarmente (n. 205).
León XIV llama
irresponsable a esa forma de realismo político que siembra resignación ante una
guerra inevitable y califica la paz y el diálogo como utopías ingenuas. Frente
a ello, la Encíclica afirma: “la paz no es una esperanza ingenua ni sólo
una ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad”
(n. 205).
El diagnóstico se
endurece: Nihilismo y pragmatismo normalizan extremismos religiosos, fanatismos
identitarios, economicismo irracional, desinformación política, ridiculización
del adversario, miedos y resentimientos (n. 206). En ese terreno pueden madurar
guerras nuevas, quizá más peligrosas que las anteriores, porque tienden a
perder todo límite ético (n. 207).
Ese es uno de los
puntos más graves del capítulo: Cuando se pierde el límite moral, lo que
antes parecía inaceptable empieza a ejecutarse sin apenas vacilación. La
reacción internacional puede depender más de la conveniencia de cada gobierno
que de la gravedad objetiva de los hechos, mientras ilusiones mediáticas y
cálculos económicos preparan nuevas frustraciones y nuevas violencias (n. 207).
Cuando una cultura
justifica el conflicto, lo que hoy parece impensable puede volverse aceptable
mañana por cálculos de utilidad o seguridad (n. 208). Por eso también los
investigadores, empresarios, inversionistas, autoridades académicas y políticos
deben actuar con transparencia y responsabilidad. Quien mira solo su sector y
evita preguntar por los fines últimos puede cooperar, incluso sin quererlo, en
proyectos de violencia, manipulación y dominio (n. 209).
La esperanza cristiana
no se rinde
Después de llamar
al mal por su nombre, el Papa abre la mirada. La perspectiva cristiana no se
agota en la denuncia. Mira la historia a la luz del Crucificado Resucitado (n.
210).
La Encíclica dice
que los cristianos no interpretan el presente “como un destino cerrado,
sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva” (n.
210). En medio del ruido, el bien puede germinar silenciosamente. Por eso cita
a Isaías: “Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan
cuenta?” (n. 210).
La historia
confirma que, incluso en noches oscuras, Dios suscita hombres y mujeres que
protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La Encíclica afirma
que la gracia “no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que
genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien”
(n. 211).
El Papa no pide
optimismo superficial. Pide esperanza cristiana; ver las tinieblas, llamarlas
por su nombre y no quedar prisioneros de ellas.
Responsabilidad cotidiana
Hay una tentación
fina que es pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado
pequeños. El Papa la llama “una forma elegante de rendirse” (n.
212).
No todos tienen la
misma influencia. Un gobernante, un investigador, un empresario, un educador,
un periodista o un ciudadano no tienen la misma responsabilidad. Pero nadie
queda dispensado. Cada uno tiene un ámbito propio de acción. Ahí decide si
alimenta la lógica de la fuerza —con indiferencia, cinismo, mentira u odio— o
la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado (n. 212).
La Encíclica cita
a Tolkien: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo,
sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha
tocado vivir” (n. 213).
Y añade que la
civilización del amor no nace de un gesto espectacular, sino de “una suma
de fidelidades pequeñas y tenaces” (n. 213).
Cinco caminos
El Papa propone
cinco vías:
La primera: Desarmar las palabras. “Desarmemos las palabras y
contribuiremos a desarmar la tierra” (n. 214). La paz empieza
también en cómo miramos, escuchamos y hablamos de los demás. Por eso hay
que rechazar la guerra de palabras e imágenes, revisar prejuicios, frenar
agresividades, decir la verdad, consolar, denunciar injusticias y dar voz a
quien no la tiene (n. 214).
La segunda: Construir
la paz en la justicia. No se busca una paz cualquiera ni una ausencia de
conflicto a cualquier precio, sino la paz verdadera que nace de la justicia (n.
215). San Juan Pablo II recordaba: “Hay una estrecha relación entre la
justicia de cada uno y la paz para todos” (n. 215). San Agustín lo
expresó de modo directo: “¿Quieres encontrarte con la paz? Practica la
justicia” (n. 215).
La tercera: Asumir
la mirada de las víctimas. Ante bombardeos contra civiles, ataques a
hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, y abusos contra niños, no
basta la neutralidad ni el análisis abstracto (n. 216). Hay que mirar rostros,
escuchar historias y reconocer heridas. Las víctimas devuelven realidad a lo
que los discursos estratégicos tienden a convertir en cifras, mapas o daños
inevitables.
Dar espacio a su
voz ayuda a comprender el abismo de maldad de la guerra, a no aceptar como
normal la lógica del conflicto y a devolver a las personas heridas la dignidad
de ser reconocidas y escuchadas (n. 217). La Iglesia puede ser lugar de
memoria viva, haciendo suyo el grito de los muertos de guerras pasadas y de los
vivos que todavía llevan sus heridas, para que ese grito sea llamada a la paz,
no preludio de nuevos conflictos (n. 217).
La cuarta: Cultivar
un sano realismo. No sirve un idealismo que manipula los hechos, pero
tampoco un cinismo que concluye que la fuerza debe dominar porque domina. El
realismo auténtico mira intereses, miedos, límites y relaciones de poder para
buscar pasos posibles: instituciones creíbles, garantías verificables,
negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de civiles (n.
218).
La quinta: Relanzar
el diálogo y el multilateralismo. El diálogo es el principal instrumento de
convivencia entre personas y pueblos (n. 219). También se aprende en la vida
cotidiana: Escucha, mirada sincera, tiempo dedicado, incluso tiempo perdido
juntos (n. 220).
A nivel político,
hace falta pasar de la cultura del poder a una cultura de la negociación.
Giorgio La Pira proponía sustituir la guerra por “el método de la paz: el
método de la negociación, del encuentro, de la convergencia” (n. 221).
León XIV dirige a
los responsables de los pueblos una llamada clara: “¡encontrémonos,
dialoguemos, negociemos!” (n. 222). Y añade: “La guerra nunca es
inevitable, las armas pueden y deben callar” (n. 222). Los otros no son
ante todo enemigos, sino seres humanos con quienes hablar (n. 222).
El diálogo entre
religiones tiene aquí una responsabilidad particular. En el centro de los
grandes caminos espirituales hay un mensaje de paz. Por eso, quien usa el
nombre de Dios para legitimar terrorismo, violencia o guerra traiciona su
rostro (n. 223). El espíritu de Asís, unido al camino abierto por san Juan
Pablo II y continuado por Francisco, recuerda que las religiones, cuando
vuelven a sus fuentes auténticas, no tienen espacio para el odio sacralizado
(n. 223).
Diplomacia, ciberespacio y oración
La diplomacia es
insustituible para prevenir conflictos y restablecer confianza. Su vocación es
dialogar con todos, también con interlocutores incómodos, con humildad y
paciencia (n. 224).
El ciberespacio ya
es terreno de enfrentamiento. Ataques informáticos, manipulación de datos y
campañas de influencia con ayuda de IA pueden desestabilizar países antes de
una guerra abierta.
Por eso hace falta diplomacia digital: Reglas compartidas, protección de
civiles y defensa de los vulnerables frente a violencias invisibles, pero
reales (n. 225).
Las organizaciones
internacionales, especialmente la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales
para el diálogo, la solución pacífica de conflictos, el desarrollo integral, la
protección de vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación. Necesitan
reformas profundas, porque la crisis afecta también a las convicciones y
valores que sostienen la vida de las naciones (n. 226).
La diplomacia de
la Santa Sede asume la misericordia evangélica como criterio concreto de acción
política. Llama a la caridad y a la verdad, defiende la dignidad de cada
persona y se hace voz de pobres, migrantes y víctimas de guerras. Así expresa
la catolicidad de la Iglesia y contribuye a una civilización del amor en la que
también las nuevas tecnologías estén orientadas al bien común (n. 227).
El capítulo
termina en la oración. No como huida, sino como fuente. Para los cristianos, la
paz proviene de Dios. Es don del Resucitado: “¡La paz esté con ustedes!”
(n. 228). El Papa la llama “una paz desarmada y una paz desarmante, humilde
y perseverante” (n. 228).
La paz es don,
porque nace de Dios y se recibe como gracia. Y es tarea, porque debe hacerse
concreta en nuestras relaciones y en la vida social. Por eso el Papa invita a
no cansarse de orar por la paz ni de comprometerse a hacerla realidad (n. 228).
Para pensar
¿Mis palabras
desarman o aumentan la tensión? ¿Miro la guerra desde el cálculo de poder o
desde el rostro de las víctimas? ¿Confundo realismo con resignación? ¿Rezo por
la paz y la hago concreta en mis relaciones? ¿Qué bien puedo hacer en los días
que me ha tocado vivir?
Conclusión
El quinto capítulo
de Magnifica Humanitas denuncia la cultura del poder: La guerra
normalizada, la industria bélica, los arsenales nucleares, el uso militar de la
IA, la crisis del multilateralismo, el falso realismo político, la manipulación
informativa y el olvido de las víctimas.
Pero no termina en
la denuncia. Propone construir la civilización del amor. La paz no es
ingenuidad. Es don de Dios y responsabilidad humana.
Esa
responsabilidad pasa por palabras desarmadas, justicia practicada, memoria de
las víctimas, sano realismo, diálogo, diplomacia, multilateralismo, oración y
esperanza.
La civilización
del amor no se impone con poder. Se construye con fidelidades pequeñas y
tenaces, allí donde cada persona, cada comunidad y cada pueblo decide no
rendirse ante la lógica de la guerra.
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