Resumen de la carta pastoral de mons. antonio suetta
No
hay amor más grande
Resumen
catequético de la carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de
Ventimiglia-San Remo
La
carta pastoral No hay amor más grande, de Mons. Antonio Suetta,
Obispo de Ventimiglia-San Remo, quiere ayudar a la diócesis a vivir
cristianamente una realidad concreta: la presencia de musulmanes en el propio
territorio. El texto no parte de una preocupación sociológica, sino de una
pregunta profundamente evangélica: ¿cómo debe amar, acoger, testimoniar y
anunciar una comunidad cristiana cuando convive con personas de otra religión?
La respuesta de la
carta se apoya en una convicción central: la caridad cristiana no se reduce
a la ayuda material ni a la buena convivencia; alcanza su plenitud cuando
conduce al testimonio y al anuncio del amor de Dios revelado en Jesucristo.
La frase
evangélica que ilumina todo el documento es: «No hay amor más grande que
este: dar la vida» (Jn 15,13). Desde esa palabra de Jesús se entiende el
título de la carta y también su intención: mostrar que el mayor acto de caridad
consiste en anunciar a Aquel que es camino, verdad y vida.
1. Una carta
nacida en un momento significativo
Mons.
Antonio Suetta sitúa la carta en un contexto muy concreto. Por una parte,
recuerda los 800 años de la muerte de san Francisco de Asís y el especial Año
de San Francisco establecido por el papa León XIV, del 10 de enero de 2026 al
10 de enero de 2027. Este aniversario invita a los cristianos a mirar al Santo
de Asís como modelo de santidad y testigo constante de paz.
Por otra parte, el
Obispo de Ventimiglia-San Remo recuerda el 60 aniversario de la declaración Nostra
Aetate (Nóstra Etáte), del Concilio Vaticano II, documento que ayuda a la
Iglesia a situarse ante una sociedad multirreligiosa y ante personas de
religiones distintas.
La carta, por
tanto, une dos grandes referencias: san Francisco de Asís y el Concilio
Vaticano II. Desde ahí, Mons. Antonio Suetta quiere aplicar esta enseñanza
a la realidad concreta de su diócesis, donde en los últimos años ha aumentado
la presencia de inmigrantes musulmanes.
2. San Francisco y
el sultán: una imagen para la Iglesia de hoy
La
carta comienza mirando a san Francisco de Asís en su encuentro con el sultán
Malik al-Kamil, en Egipto, en el año 1219. Francisco atraviesa la frontera del
campamento cruzado y se encuentra con el jefe del bando adversario. No va
armado con fuerza humana, sino con su hábito y con su fe.
Este episodio,
dice la carta, sigue interpelándonos después de ocho siglos. No sabemos con
certeza qué se dijeron san Francisco y el sultán, pero sí sabemos que el sultán
acogió a Francisco y lo dejó marchar ileso, algo sorprendente en un contexto de
fuerte tensión entre musulmanes y cristianos.
Mons. Antonio
Suetta recuerda después la enseñanza franciscana de la Regla no bulada.
Según esa enseñanza, los frailes que van entre los no cristianos pueden
comportarse de dos maneras. Primero, no deben hacer litigios ni disputas, sino
estar sometidos a toda criatura humana por amor de Dios y confesar que son
cristianos. Después, deben anunciar la palabra de Dios para suscitar la fe.
Esta parte es
fundamental para entender toda la carta. San Francisco enseña que el
cristiano no debe discutir agresivamente, pero tampoco debe esconder su fe.
Primero está el testimonio humilde de la vida; después, cuando llega el
momento, el anuncio explícito de la Palabra de Dios.
El resumen de esta
enseñanza podría expresarse así: la vida cristiana abre el corazón; la
palabra cristiana anuncia a Cristo.
3. La realidad
actual: convivimos con personas de otras religiones
Mons.
Antonio Suetta invita a mirar la realidad del territorio diocesano. En él hay
hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo, especialmente
musulmanes. Esta presencia plantea preguntas que la carta formula con claridad:
¿la percepción cristiana de Dios y la musulmana son iguales? ¿Cuál debe ser la
actitud cristiana hacia ellos? ¿Qué testimonio podemos dar? ¿Cómo mantener el
equilibrio entre el respeto por su fe y la necesidad del anuncio del Evangelio?
Estas preguntas
muestran que la carta no quiere una respuesta superficial. No basta con decir
“hay que respetar” ni basta con decir “hay que anunciar”. La carta quiere
mantener juntas ambas exigencias: respeto verdadero y anuncio verdadero.
Para responder,
Mons. Antonio Suetta recurre a Nostra Aetate (Nóstra Etáte), que enseña
a mirar con estima a los musulmanes, porque adoran al único Dios, viviente y
subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra.
Desde ahí, la
carta recuerda una verdad básica de la fe cristiana: Dios creó al ser humano a
su imagen. Por eso, todo hombre y toda mujer poseen una dignidad que debe ser
reconocida. El musulmán que vive en nuestro territorio debe ser mirado, ante
todo, como una persona creada a imagen de Dios.
4. Lo que une a cristianos y
musulmanes
La
carta señala que existen aspectos comunes entre cristianos y musulmanes,
especialmente la fe en el único Dios creador. Esta base común debe impulsar una
actitud de acogida, respeto y sincera deferencia.
Además,
reconocerse criaturas del único Dios coloca a cristianos y musulmanes ante una
responsabilidad compartida: ayudar a un mundo que se aleja del Creador a
comprender la trascendencia de la vida humana. Mons. Antonio Suetta afirma que
esto abre la puerta a una colaboración en favor de una moral básica que la
sociedad secularizada rechaza con frecuencia.
La carta no dice
que cristianismo e islam sean lo mismo. Pero sí afirma que los elementos
comunes deben favorecer la acogida, el respeto y cierta colaboración. La
diferencia religiosa no anula la dignidad de la persona ni impide buscar juntos
algunos bienes verdaderos.
5. Acogida y
colaboración como testimonio cristiano
Mons.
Antonio Suetta afirma que la acogida y la colaboración son ya dos maneras
prácticas de testimoniar la verdadera fe en Jesús.
El texto señala
una situación concreta: muchos musulmanes que llegan a países occidentales se
sienten confundidos ante la secularización de la sociedad. Pueden identificar,
de manera equivocada pero comprensible, la inmoralidad pública con la fe
cristiana. Solo al entrar en contacto con cristianos coherentes con su fe
pueden descubrir que la secularización no es el verdadero rostro del
cristianismo, sino una corrupción de él.
Esta afirmación
tiene una gran fuerza catequética. Antes incluso de hablar, el cristiano ya
anuncia algo con su manera de vivir. Si un musulmán encuentra cristianos
coherentes, puede comenzar a conocer el verdadero rostro de Jesús y a percibir
la profundidad del amor de Dios.
Por eso la carta
insiste en que el testimonio de la vida es más importante que las palabras. Las
palabras pueden ser estériles; las obras abren los corazones y manifiestan el
amor de Cristo.
6. El don más
precioso: compartir lo que hemos recibido
Mons.
Antonio Suetta dice que el mejor y más precioso don que los cristianos pueden y
deben ofrecer a los musulmanes es el testimonio de la fe y de la vida
cristiana, vivido con prudencia y caridad, por medio del diálogo y la
colaboración.
Aquí aparece uno
de los puntos centrales de la carta: con la acogida y el testimonio ya
comienza el anuncio.
Amar al prójimo,
especialmente al extranjero, significa también querer hacerlo partícipe de la
alegría del Evangelio. La Iglesia, recuerda la carta, anuncia y debe anunciar a
Cristo, que es camino, verdad y vida, porque en Él los hombres
encuentran la plenitud de la vida religiosa y en Él Dios ha reconciliado
consigo todas las cosas.
Por tanto, la
acogida debe ir acompañada de la identidad espiritual cristiana. Mons. Antonio
Suetta lo expresa con claridad: hay que hablar de Jesucristo no con
imposiciones, sino con amor.
7. La misión
pertenece a todos los bautizados
La
carta recuerda la enseñanza de san Juan Pablo II en Redemptoris Missio:
ha llegado el momento de comprometer todas las fuerzas eclesiales en la nueva
evangelización y en la misión ad gentes (ad yéntes), y ningún creyente
en Cristo ni ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse a esta
responsabilidad.
Mons. Antonio
Suetta aplica esta enseñanza a la situación actual. Si en otro tiempo la misión
ad gentes se pensaba principalmente en países de mayoría no cristiana,
ahora esta responsabilidad debe asumirse también “en casa”, particularmente
hacia los inmigrantes musulmanes presentes en el territorio.
La carta cita
también al papa Francisco en Evangelii Gaudium: cada bautizado,
cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe,
es sujeto activo de evangelización.
La consecuencia es
clara: el anuncio del Evangelio no es una tarea reservada a unos pocos
especialistas. Es una responsabilidad que nace del bautismo.
8. ¿Es necesario anunciar a Jesús?
La
carta afronta una pregunta que puede surgir en muchos cristianos: ¿hay
realmente necesidad de anunciar a Jesús? ¿No pueden salvarse los musulmanes
siendo fieles a su religión?
Mons. Antonio
Suetta responde manteniendo varias afirmaciones. La Iglesia reconoce que los
caminos del Espíritu no tienen fronteras. También enseña que quien, ignorando
completamente a Jesús, vive fiel a Dios siguiendo su conciencia, podría llegar
de algún modo a la salvación. Pero la carta añade que esto sería con gran
dificultad y sin ninguna garantía.
Y, en todo caso,
afirma que la salvación solo llega a través de Jesucristo. Desde que el Hijo de
Dios vino a habitar entre nosotros y realizó la obra de la redención, Él es el
único acceso al Padre.
Por eso, descuidar
el anuncio de Jesucristo sería despreciar su cruz salvadora y su mediación
universal. En el fondo, sería traicionar la misión recibida como bautizados.
9. La imagen de la cuerda
Para
explicar la urgencia del anuncio, la carta utiliza una imagen muy clara. Si
vemos a alguien que intenta salir de un río, pero la corriente lo arrastra, y
nosotros tenemos una cuerda para ayudarlo, sería una grave negligencia no
lanzársela pensando que quizá podría salir solo y así sentirse más libre. La
cuerda, dice la carta, es la liberación.
Con esta imagen, Mons. Antonio
Suetta quiere hacer comprender que anunciar a Cristo no es quitar libertad,
sino ofrecer salvación. Por eso recuerda también la exclamación de san Pablo: «¡Ay
de mí si no anuncio el Evangelio!».
La carta plantea incluso una
pregunta fuerte: cuántos musulmanes que viven entre cristianos podrán decir en
el día del juicio: “¿Por qué no me lanzaste la cuerda? ¿Por qué no me diste a
conocer la verdad?”.
La intención de esta imagen es
mostrar la seriedad de la misión. Si Cristo es la salvación del hombre,
callarlo por negligencia sería faltar a la caridad.
10. El camino
concreto del anuncio: primero suscitar interés
Mons.
Antonio Suetta no presenta el anuncio como una acción precipitada ni como una
imposición. Dice que, en primer lugar, habrá que suscitar interés por la fe. Y
esto se hace mediante el testimonio de una vida cristiana, de una vida de amor,
que lleve a otros a preguntarse cuáles son los motivos profundos de esa manera
de vivir.
Cuando llegue la
hora de esas preguntas, el cristiano deberá estar preparado para responder,
siguiendo el consejo de san Pedro: estar siempre dispuestos a dar razón de la
esperanza, pero con dulzura y respeto.
Este es uno de los
equilibrios más importantes de la carta. El cristiano debe estar preparado
para anunciar, pero debe hacerlo con dulzura y respeto. La verdad de Cristo
no se anuncia con agresividad; se ofrece desde una vida que ya ha empezado a
mostrar el amor de Dios.
11. Lo común y lo
diferente entre la fe islámica y la fe cristiana
Mons.
Antonio Suetta plantea después otra pregunta: ¿es tan distinta la fe islámica
de la fe cristiana?
La carta responde
distinguiendo. Cristianos y musulmanes tienen en común la fe en un solo Dios,
creador de todo. Sin embargo, para los cristianos, Dios es nuestro Padre y, en
su esencia, es Amor.
La carta afirma
que esto puede sorprender a un musulmán, acostumbrado a ver a Dios como más
lejano, alguien a quien debemos someternos, pero a quien no podemos conocer. En
cambio, los cristianos saben que en Jesús tenemos la plena revelación del amor
de Dios.
El texto compara
después una afirmación del Corán sobre Jesús como palabra de Dios depositada en
María con el prólogo del Evangelio de san Juan: el Verbo estaba junto a
Dios, el Verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne.
Mons. Antonio
Suetta recuerda también que Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la
vida». Según la carta, esta afirmación equivale para un musulmán a decir
que Jesús es Dios, porque “la verdad” y “la vida” son dos de los 99 nombres de
Dios que encontramos en el Corán.
Después, la carta
explica que el rechazo coránico de que Dios pueda tener un hijo se refiere a
una generación entendida de modo politeísta, que los cristianos tampoco
atribuyen a Dios. No se refiere, según la explicación de la carta, a la
generación eterna y puramente espiritual del Verbo, porque el Hijo es la misma
Palabra de Dios.
Así se llega a una
frase central: el núcleo de la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino
una Persona: Jesucristo.
12. No somos esclavos, sino hijos
La
carta explica también una diferencia espiritual importante. Los católicos,
siguiendo a Jesús, deben mostrar que el motivo para cumplir la voluntad de Dios
no puede ser el temor al castigo ni el deseo de una recompensa, sino el amor.
Mons. Antonio
Suetta lo expresa con una fórmula muy clara: no somos esclavos, sino hijos.
Somos hijos que sabemos que somos amados por Dios Padre por medio de su Hijo,
Jesucristo, y a ese amor queremos y debemos corresponder de corazón.
Este punto ayuda a
comprender por qué el cristiano anuncia. No anuncia por obligación fría ni por
deseo de imponerse. Anuncia porque ha recibido el amor de Dios y desea
compartir la alegría de que el Hijo de Dios ha venido a salvarnos y nos enseña
a amarnos unos a otros.
13. El único modo
de mostrar que Dios es amor
Mons.
Antonio Suetta afirma que solo hay un modo de hacer comprender que
verdaderamente Dios es amor: manifestarlo con la propia vida.
Los cristianos
están llamados a convertirse ellos mismos en expresión del amor de Dios por los
demás: primero por los cristianos, después por los musulmanes y por todos.
La carta dice que
el mejor don, el mayor bien que se puede dar a estos hermanos, es convertirse
en manifestación del amor de Dios por ellos.
Pero añade una
condición esencial: el amor debe ser libre. Por tanto, el anuncio del
Evangelio a los musulmanes debe hacerse con delicado respeto a su libertad.
Esta afirmación
resume bien el tono de la carta: anunciar a Cristo sí; imponer, no.
Testimoniar con claridad sí; hacerlo sin respeto a la libertad, no.
14. La decisión pastoral de la
diócesis
Después
de exponer la motivación espiritual y doctrinal, Mons. Antonio Suetta anuncia
una decisión concreta. A partir del año pastoral 2026-2027, la diócesis se
comprometerá a dirigirse de manera especial, con caridad cristiana, testimonio
y proclamación del Evangelio de la Verdad, también a los musulmanes que habitan
en el mismo territorio.
Para ello, la
Oficina de Pastoral Catequética, en colaboración con Cáritas Diocesana,
propondrá un itinerario formativo específico y se promoverán ocasiones de
encuentro.
La carta indica
que el próximo mes misionero de octubre será propicio para comenzar este
camino.
El objetivo es
doble. Primero, conocer mejor la fe y la cultura de los musulmanes que los
cristianos encuentran cotidianamente. Segundo, ejercer con más conciencia el
deber de bautizados, que la carta define como una tarea de amor y, por tanto,
de anuncio de Aquel que es la salvación del hombre.
15. Los medios que propone la carta
Mons.
Antonio Suetta resume los medios humanos que el Señor pide para evangelizar:
la acogida con una
caridad desinteresada,
el testimonio de una vida cristiana coherente,
el anuncio del amor de Dios en Jesucristo con libertad y sincero respeto.
Estos medios deben
ir siempre acompañados por la oración. La carta subraya que el Espíritu Santo
es el único capaz de cambiar el corazón y de llenarlo de la paz interior que
acompaña su presencia.
Así, la
evangelización no se presenta como simple actividad humana. Depende de la
gracia del Espíritu Santo. Por eso la carta, fechada en la solemnidad de
Pentecostés, recuerda la fuerza del Espíritu que llenó de entusiasmo y valentía
el alma de los Apóstoles.
16. Pentecostés y el mandato de
Cristo
En la
parte final, Mons. Antonio Suetta invita a tomar en serio, en la Pentecostés de
hoy, el mandato de Jesucristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Para la carta,
cumplir este mandato significa realizar el acto más alto y más hermoso de
caridad: anunciar a Aquel que es camino, verdad y vida.
Por eso vuelve la
frase que da título al documento: no hay amor más grande que este.
El texto concluye
confiando a la Virgen María, madre nuestra y venerada como madre de Jesús
también por los musulmanes, el deseo de transmitir el amor de Dios a todos, con
la alegría y la fuerza que la Pascua ha traído: Jesucristo ha resucitado, ha
resucitado verdaderamente.
17. Síntesis final
para el pueblo cristiano
La
carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo, puede
resumirse así:
Los musulmanes
presentes en el territorio deben ser acogidos con respeto, estima y caridad,
reconociendo su dignidad como criaturas de Dios.
Los cristianos
están llamados a colaborar con ellos allí donde sea posible, especialmente ante
un mundo que se aleja del Creador.
La acogida y la
colaboración son ya formas de testimonio cristiano, sobre todo cuando muestran
una vida coherente con la fe en Jesús.
El testimonio de
vida debe abrir camino al anuncio explícito de Jesucristo, porque Él es el
camino, la verdad y la vida.
Anunciar a Cristo
no es imponer, sino ofrecer con amor el don más precioso que la Iglesia ha
recibido.
La evangelización
debe hacerse con prudencia, caridad, dulzura, respeto, libertad y oración.
La misión no es
una tarea opcional, sino un deber que nace del bautismo.
El mayor acto de
caridad es anunciar a Jesucristo, en quien se revela plenamente el amor de Dios
y en quien se encuentra la salvación del hombre.
18. Frase clave para recordar la carta
Acoger
con caridad, vivir con coherencia y anunciar a Jesucristo con respeto: este es
el camino que la carta propone para amar verdaderamente a los musulmanes de
nuestro territorio.
Porque, como
recuerda el título, no hay amor más grande.
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