«No
hay amor más grande»
Carta pastoral a la
diócesis sobre la caridad
y el anuncio del amor
de Dios a los musulmanes de nuestro territorio
«No hay amor más
grande que este: dar la vida» (Jn 15,13)
Obispo de
Ventimiglia – San Remo
+ Antonio Suetta
Queridísimos:
Este año se
cumplen 800 años de la muerte de san Francisco de Asís. El papa León XIV ha
establecido que, del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, se celebre un
especial Año de San Francisco, en el que cada fiel cristiano, siguiendo el
ejemplo del Santo de Asís, se convierta él mismo en modelo de santidad de vida
y en testigo constante de paz.
¿Qué puede
decirnos hoy, a nosotros, a nuestro territorio, a nuestra Iglesia, el Seráfico
de Asís? Miremos nuestra realidad. En ella vemos claramente la presencia de
hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo. El Patrono de
Italia ciertamente tiene algo que sugerirnos. Basta pensar en un acontecimiento
de su vida que ha quedado en la historia: era el año 1219 cuando, en Egipto, el
sencillo fraile de Asís decidió atravesar la frontera del campamento cruzado y
encontrarse con el jefe del bando adversario, armado solamente con su hábito y
con su fe. Es el célebre encuentro entre san Francisco y el sultán.
Un encuentro que,
después de ocho siglos, no deja de interpelarnos. El biógrafo de san Francisco,
Tomás de Celano, escribe que fue «el ardor de la caridad» lo que movió al
Pobrecillo: «para difundir, con la efusión de su propia sangre, la fe en la
Trinidad» (SAN BUENAVENTURA, Leyenda Mayor, c. IX, n. 7, en Fuentes
Franciscanas, n. 1172). No podemos saber con certeza qué se dijeron san
Francisco y Malik al-Kamil. Con seguridad, sabemos solo que el sultán de Egipto
acogió al Seráfico y lo dejó marchar ileso, hecho de por sí inexplicable, visto
el período de fuerte tensión entre musulmanes y cristianos. Es interesante lo
que leemos en la Regla no bulada de 1221, escrita, por tanto, apenas dos
años después del encuentro con el sultán, y que no deja dudas sobre la visión
franciscana de la evangelización.
Francisco dice que los frailes que van
entre los “infieles” pueden comportarse espiritualmente en medio de ellos de
dos modos: que no hagan litigios ni disputas, sino que estén sometidos a toda
criatura humana por amor de Dios y confiesen que son cristianos; y, además, que
anuncien la palabra de Dios para suscitar la fe en Dios omnipotente, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas, y en el Hijo Redentor y
Salvador, y que sean bautizados y se hagan cristianos, porque, si uno no nace
de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios
(cfr. FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada, XVI, en Fuentes
Franciscanas, nn. 42-44).
Los frailes, por
tanto, no deben esconder su propia fe, sino que, al contrario, deben
manifestarla, ante todo con el testimonio de la vida, más importante que las
palabras, como reafirma el de Asís en diversos escritos: las palabras corren el
riesgo de ser estériles; son los actos los que permiten abrir los corazones y
manifestar el amor de Cristo. Decía, en efecto: «Todos los frailes, sin
embargo, prediquen con las obras» (FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada,
XVII, en Fuentes Franciscanas, n. 46). En un segundo momento tendrá
lugar la evangelización propiamente dicha.
Queridísimos:
Otro motivo que me
impulsa a escribir esta carta pastoral es el 60 aniversario de la declaración Nostra
Aetate, del Concilio Vaticano II, celebrado a finales de octubre de 2025
por el papa León XIV. Este breve pero importante documento nos pone delante de
la realidad de una sociedad multirreligiosa y nos guía en la relación con
personas de religiones diversas.
Deseo ahora afrontar su aplicación a la
situación concreta de nuestra diócesis, que en los últimos años ha visto
aumentar la presencia de inmigrantes musulmanes. Esta presencia nos coloca ante
preguntas que no podemos eludir: ¿la percepción cristiana de Dios y la
musulmana son iguales? ¿Cuál debe ser la actitud cristiana hacia ellos? ¿Qué
testimonio podemos dar? ¿Cómo mantener el equilibrio entre el respeto por su fe
y la necesidad del anuncio del Evangelio?
Para responder a
estas y a otras preguntas, ponemos nuestra atención en la declaración Nostra
Aetate, que nos enseña a mirar con estima a los musulmanes, «que adoran al
único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del
cielo y de la tierra» (Nostra Aetate, 3). La fe cristiana nos enseña que
«Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los
creó» (Gn 1,27), lo que tiene como consecuencia el reconocimiento de la
dignidad universal de toda persona humana.
Además, los
aspectos comunes de la fe en Dios con los musulmanes añaden un nuevo estímulo
para tener una actitud de plena acogida, de respeto y de sincera deferencia.
Asimismo, reconocernos con ellos criaturas del único Dios nos sitúa juntos ante
la responsabilidad de hacer comprender a un mundo que se aleja del Creador la
trascendencia de la vida del hombre, y esto abre la puerta a una colaboración
con el objetivo común de hacer honrar una moral básica que nuestra sociedad
secularizada rechaza a menudo.
La acogida y la
colaboración son ya dos modos de testimoniar de manera práctica la verdadera fe
en Jesús. Los musulmanes que llegan a los países occidentales a menudo se
sienten confundidos al observar la secularización de la sociedad, porque
tienden a identificar —de manera ciertamente equivocada, pero también
comprensible— la inmoralidad pública con la fe cristiana. Solo cuando entran en
contacto con cristianos coherentes con su fe, se dan cuenta de que la
secularización es una corrupción del cristianismo, y así comienzan a conocer el
verdadero rostro de Jesús y a percibir, a menudo sin siquiera pensarlo, la
profundidad del amor de Dios.
Este es el don
mejor y más precioso que nosotros podemos y debemos darles. Para usar las
palabras de la declaración Nostra Aetate, debemos dar «testimonio de la
fe y de la vida cristiana», siempre «con prudencia y caridad, por medio del
diálogo y la colaboración» (Nostra Aetate, 2). Es de este modo como
comenzamos a compartir lo que tenemos de más precioso.
Con la acogida y
el testimonio ya comienza el anuncio. Amar al prójimo, especialmente al
extranjero, significa también querer hacerlo partícipe de la alegría del
Evangelio. La Iglesia «anuncia, y está obligada a anunciar, a Cristo, que es
“camino, verdad y vida” (Jn 14,6), en quien los hombres deben encontrar la
plenitud de la vida religiosa y en quien Dios ha reconciliado consigo todas las
cosas» (Nostra Aetate, 2). La acogida, por tanto, debe ir siempre
acompañada de nuestra identidad espiritual, hablando de Jesucristo no con
imposiciones, sino con amor.
Hace treinta y
cinco años, san Juan Pablo II decía: «Siento que ha llegado el momento de
comprometer todas las fuerzas eclesiales en la nueva evangelización y en la
misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la
Iglesia puede sustraerse» (Redemptoris Missio, n. 3). Si en el pasado la
misión ad gentes, dirigida a los no cristianos, tenía como escenario
privilegiado los países de mayoría no cristiana, ahora ha llegado el tiempo de
asumir esta responsabilidad en nuestra propia casa y, para nosotros,
particularmente hacia los inmigrantes musulmanes. También el papa Francisco
subrayaba que el anuncio es deber de todos: «Cada bautizado, cualquiera que sea
su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un sujeto
activo de evangelización» (FRANCISCO, exhort. ap. Evangelii Gaudium, n.
120).
Alguien podría
preguntarse: «¿Hay de verdad necesidad de anunciar a Jesús? ¿No pueden salvarse
siendo fieles a su religión?». La Iglesia reconoce ciertamente que los caminos
del Espíritu no tienen fronteras, y enseña que quien, con una completa
ignorancia de Jesús, vive fiel a Dios siguiendo su conciencia, podría llegar de
algún modo a la salvación, pero con gran dificultad y sin ninguna garantía. Y,
en cualquier caso, solo puede salvarse a través de Jesucristo, porque desde que
el Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros y llevó a cabo la obra de la
redención, se ha convertido en el único acceso al Padre: «Nadie conoce al Padre
sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Por
tanto, descuidar el anuncio de Jesucristo sería despreciar su cruz salvadora y
su mediación universal.
En el fondo, sería
traicionar nuestra misión de bautizados.
Si vemos a alguien
que intenta salir de un río, pero es arrastrado por la corriente, y nosotros
tenemos una cuerda para ayudarlo, sería una grave negligencia no lanzarle la
cuerda, pensando que quizá podría salir solo y así sentirse más libre: ¡la
cuerda es la liberación!
¿Cuántos
musulmanes que viven entre cristianos se dirigirán a ellos en el día del juicio
diciendo: «¿Por qué no me lanzaste la cuerda? ¿Por qué no me diste a conocer la
verdad?». Por eso se comprende la urgencia de la misión que hacía exclamar a
san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).
En primer lugar,
será necesario suscitar un interés por la fe, y esto es posible mediante el
testimonio de una vida cristiana, de una vida de amor, que haga que los demás
se pregunten cuáles son los motivos profundos de semejante actitud. Y cuando
llegue la hora de esas preguntas, será necesario, como aconseja san Pedro,
estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de la
esperanza que hay en vosotros. Pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe
3,15-16).
¿Pero es tan
distinta la fe islámica de la fe cristiana? Tenemos en común la fe en un solo
Dios, creador de todo. Para los cristianos, sin embargo, Dios es nuestro Padre
y, en su esencia, es Amor. Esto resulta una sorpresa para un musulmán, que está
acostumbrado a ver a Dios más lejano, a quien debemos someternos, pero a quien
no podemos conocer. Aunque Dios es inalcanzable mediante las fuerzas humanas
naturales, los cristianos saben que en Jesús tenemos la plena revelación de su
amor.
Mientras el Corán
admite que Jesús es «una palabra Suya [de Dios] que Él depositó en María»
(Corán 4,171), el Evangelio de san Juan dice que —desde el principio— «el Verbo
estaba junto a Dios y el Verbo era Dios [...] y el Verbo se hizo carne y vino a
habitar entre nosotros» (Jn 1,1.14). Y Jesús mismo nos dio a conocer su
divinidad cuando dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Esta
frase, para un musulmán, equivale a decir que Jesús es Dios, porque “la verdad”
y “la vida” son dos de los 99 nombres de Dios que encontramos en el Corán.
Ciertamente, el
Corán rechaza que Dios pueda tener un hijo, pero el contexto se refiere a la
generación politeísta de hijos, que ciertamente no podemos atribuir a Dios. Por
tanto, no se refiere a la del Verbo, que es una generación eterna y puramente
espiritual, porque el Hijo es la misma Palabra de Dios. Por eso, el núcleo de
la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino una Persona: Jesucristo.
Los católicos,
además, siguiendo a Jesús, deben mostrar que el motivo para cumplir la voluntad
de Dios no puede ser el temor al castigo o el deseo de una recompensa, sino el
amor. No somos esclavos, sino hijos; hijos que saben que son amados por Dios
Padre por medio de su Hijo, Jesucristo; y a este amor queremos y debemos
corresponder de corazón. Este mismo motivo nos lleva a compartir con los demás
la gran alegría de que el Hijo de Dios ha venido a salvarnos y nos enseña a
amarnos los unos a los otros.
Hay un solo modo
de hacer comprender que verdaderamente Dios es amor: manifestarlo con la propia
vida; convirtiéndonos nosotros mismos en expresión del amor mismo de Dios por
los demás, en primer lugar por los cristianos, y después por los musulmanes y por
todos. El mejor don, el mayor bien que podemos dar a estos hermanos nuestros,
es convertirnos en una manifestación del amor de Dios por ellos. El amor debe
ser libre: por tanto, el anuncio del Evangelio a los musulmanes debe hacerse
con un delicado respeto a su libertad.
Queridísimos:
Me alegra, por
tanto, anunciar que, a partir del año pastoral 2026-2027, nuestra diócesis se
comprometerá a dirigirse de manera especial, con la caridad cristiana y con el
testimonio y la proclamación del Evangelio de la Verdad, también a aquellos
musulmanes que habitan en nuestro mismo territorio.
Para ello, la
Oficina de Pastoral Catequética, en colaboración con Cáritas Diocesana,
propondrá un itinerario formativo específico y se promoverán ocasiones de
encuentro.
El próximo mes
misionero de octubre será propicio para emprender este camino.
Así sabremos
conocer mejor la fe y la cultura de los musulmanes que encontramos
cotidianamente, y sabremos también de modo más consciente cómo ejercer nuestro
deber de bautizados, que es una tarea de amor y, por tanto, de anuncio de Aquel
que es la salvación del hombre.
La acogida con una
caridad desinteresada, el testimonio de una vida cristiana coherente y el
anuncio del amor de Dios en Jesucristo con libertad y sincero respeto son los
medios humanos que el Señor nos pide para evangelizar. Todo esto debe ir
acompañado siempre por la oración, convencidos de que el Espíritu Santo es el
único capaz de cambiar el corazón y de llenarlo de la paz interior que acompaña
su presencia.
Bajo la fuerza del Espíritu Santo, que en
el día de Pentecostés llenó de entusiasmo y valentía el alma de los Apóstoles,
también nosotros, en la Pentecostés de hoy, debemos tomar en serio el mandato
de Jesucristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Se trata,
en el fondo, de realizar así el acto más alto y más hermoso de caridad:
anunciar a Aquel que es camino, verdad y vida.
Y —lo sabemos— no
hay amor más grande que este
(cfr. Jn 15,13).
Confiamos a la
Virgen, nuestra madre, que es venerada como madre de Jesús también por los
musulmanes, este deseo de transmitir el amor de Dios a todos, con la alegría y
la fuerza que nos ha traído la Pascua: Jesucristo ha resucitado, ¡ha resucitado
verdaderamente!
Sanremo, domingo
24 de mayo de 2026.
Solemnidad de Pentecostés
✠
Antonio Suetta
Obispo de Ventimiglia-San Remo

No hay comentarios:
Publicar un comentario