domingo, 4 de diciembre de 2016

Homilía del Segundo domingo de adviento, ciclo a

DOMINGO II DE ADVIENTO, CICLO A
            La Palabra de Dios, tanto la de hoy como la de estos días, me trae a la memoria aquellos campamentos de verano que –ya fuera como acampado o como monitor- tanto disfrutaba tanto en la preparación como en el desarrollo de las gymkanas. Algunas de esas gymkanas consistían en superar una serie de pruebas de las mas variopintas –una adivinanza, el buscar un objeto, pintar o escenificar algo, etc.- para que así pudieran conseguir esas pistas para poder acceder a la siguiente prueba, y superadas todas poder ser los ganadores obteniendo lo que se podía. Lo mismo nos está sucediendo estos días de adviento tanto con los textos litúrgicos como con la Palabra. Día a día el Señor nos va presentando una serie de pruebas para que, cada cual, ponga en juego su inteligencia, voluntad y libertad, y así poder obtener una pista de cómo se está andando por la vida. Recordemos lo que nos dice San Pablo en su epístola a los de Éfeso: «Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados» (Ef 4,1).
            Y en esta particular gymkana con las diversas pruebas a superar y así obtener la pista para realizar la siguiente prueba nos encontramos cómo la Palabra, el otro domingo, ya nos dejaba un mensaje muy claro: ¡Velad! Y la Palabra nos avisaba que estamos acostumbrados a un progreso horizontal: mirar y el día a día, el preocuparnos por la economía doméstica, el sacar unos estudios, el conseguir y conservar un puesto de trabajo, el hacer frente al pago de la hipoteca, etc., y olvidándonos que es Dios quien nos sostiene y nos da las cosas que tenemos y somos. De tal forma que cuando apostamos por el progreso no horizontal, sino el vertical, todo cambia, ya que la fe entra en escena. Ya que Dios ilumina lo que se vive y lo da un sentido sobrenatural.
            Una de las pruebas que el Señor nos ha puesto en nuestra particular gymkana está precisamente en la oración colecta del pasado jueves que rezaba así: «Despierta tu poder, Señor, y ven a socorrernos con tu fuerza; que tu amor y tu perdón apresuren la salvación que nuestros pecados retardan». O sea, que el pecado personal es un obstáculo que dificulta la salvación. Cuando una persona, pensando en sí misma no tiene en cuenta las necesidades que surgen en una comunidad cristiana, está viviendo para sí misma y está retardando la llegada de la salvación de Dios. En gran parte porque ese modo de comportarse no ayuda ni estimula a seguir y a enamorarse de Cristo.
            El viernes, la oración colecta, también se las trae, ya que es otra de las pruebas planteadas por el Señor: «Despierta tu poder y ven, Señor; que tu brazo liberador nos salve  de los peligros que nos amenazan a causa de nuestros pecados». A lo que el Señor nos dice que cuidado con lo que hacemos porque nuestro mal comportamiento, nuestra soberbia, y demás pecados que nos afectan a nosotros, a los demás y a Dios impiden que la gracia de Dios pueda fluir como debiera. Ya que mi malas palabras, mi enfado, mi deseo de llevarme siempre la razón… dificultan que el rostro de Cristo sea visualizado, dificultan que el amor de Cristo sea sentido y perjudican, sobre todo, a los que tienen su fe más débil. Esa armonía de la que nos habla el profeta Isaías de que «Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente», esto que nos habla de armonía queda hecha añicos cuando nuestro pecado entra en escena.
            Por eso tan importante hacer caso a lo que nos dice San Pablo hoy: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza». La Palabra es como un escaner que nos permite detectar nuestro pecado personal  y así poder poner la sanación oportuna.
            La oración después de comunión tanto del viernes de la primera semana como la del domingo de la segunda semana nos vuelve a poner otra prueba el Señor para esta particular gymkana: «Alimentados con esta Eucaristía , te pedimos, Señor, que, por la comunión de tu sacramento, nos des sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo».  Y claro está, ni yo ni nadie podremos amar intensamente los bienes del cielo si previamente no nos ponemos en un proceso de conversión. De ahí la urgente necesidad de hacer caso a Juan el Bautista: ¡Convertíos!, mejor dicho, Roberto -si soy yo, él que os habla y  a mí me lo digo-  ¡conviértete! porque quiero ser guiado hasta Cristo con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Todo para ganar esa gymcana y poder disfrutar del premio de estar con Cristo.

Lecturas:
Lectura del libro de Isaías 11,1-10:
Sal 71,1-2.7-8.12-13.17 R/. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 15,4-9:

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12:

sábado, 26 de noviembre de 2016

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo a

DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO, CICLO A
            La Palabra de Dios es como la tela de araña. Como te dejes atrapar por ella, te da una serie de meneos en tu vida que te marea, porque no te deja ‘títere con cabeza’. Estamos ahora aquí, en esta celebración, no para cumplir con el precepto dominical, sino porque queremos tener un encuentro personal y comunitario con nuestro Divino Salvador: Jesucristo. Y los encuentros con el Señor no son de esos que se componen de un ‘hola, o un buenos días’ y un ‘adiós, o un hasta luego’. Sino que se asemeja más bien a esos tipos de encuentros de los que la madre ‘te llama al orden’ y te dice: « ¿dónde te has metido que vas hecho un guarro, con una mancha de tomate en toda la camisa y además recién planchada de esta misma tarde? ¿Y esos zapatos? ¿No había más charcos para meterte en ellos para pringarlos de barro? ¿De qué me ha servido estar limpiándolos con betún esta tarde?». Es más, la misma Palabra cuando habla de sí misma ya nos lo avisa en el libro del Apocalipsis: «El ángel me dijo: ‘Toma y devora el libro; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel’. Tomé el librillo de la mano del ángel  y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10, 10). Recordemos lo que nos dice el libro de los Proverbios al respecto: «El Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido» (Prov 3, 12). También es cierto que el Señor reconoce el buen obrar y lo premia generosamente: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y  me disteis de beber, (...) y éstos heredarán la vida eterna».
Podemos decir, «el Señor es bueno y siempre nos perdona, ¿cómo va a permitir que su Palabra nos intranquilice o nos genere desasosiego?». Que sí, que coincido, que el Señor ese bueno y rico en misericordia, pero el Señor no es ni tonto ni bobo. Ese «Jesusito de mi vida, que eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón (...)» ya no nos vale a nosotros que ya somos hombres y mujeres hechos y derechos.
            Cristo te pone su Palabra en tus oídos y te dice: «¿Sigues igual de amodorrado como de costumbre o has conseguido entender algo?». Y claro, nosotros nos quedamos con la boca abierta, ‘como las vacas ante el tren que pasa’ porque ni nos enteramos de dónde nos vienen los tiros, ni entendemos ‘de lo que va la fiesta’. A lo que Jesucristo te grita a pleno pulmón: «Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Y como aún estamos en un estado perplejo porque no entendemos a qué refiere Jesucristo con eso de «¡estad en vela!» nos genera un cabreo interno. ¿Por qué tengo yo que estar en vela, y encima ‘morirme de sueño’ al día siguiente por no dormir? ¿Por qué tengo que estar en vela yo? ¿Es que acaso no cumplo con mi deber diario con mi familia, con mi trabajo, con mi comunidad cristiana y con mis amistades? Si yo hago lo que tengo que hacer, ¿por qué hoy esta Palabra me está incomodando?
E incluso te enfadas aún más porque buscas justificarte y te dices: ‘Encima que vengo a misa y cumplo con el precepto dominical, mientras podría estar ahora mismo haciendo lo mismo que mi vecino, allí tumbado viendo la tele,.... se me dice que estoy mal espiritualmente hablando y que estoy amodorrado, que no me entero de las cosas... ¡Suficiente es que encima vengo a misa!’ Es que resulta que ésta es la Palabra que Dios te ha entregado hoy a tí. Y si te ha hecho pupa, ¡enhorabuena!, porque has dejado de oír para empezar a escucharla. Y si ahora es empezado, ¡por fin!, a escuchar la Palabra, ¿cómo has ido dirigiéndote en tu vida hasta ahora? Si no escuchabas ni interiorizabas la Palabra, entonces ¿quien o que cosa te dirigía y orientaba tu existencia? Me puedes argumentar que siempre has obrado con buena fe. Eso nadie lo niega. Pero de lo que sí te puedes estar dando cuenta que la Palabra no ha estado orientando tu existencia porque no la escuchabas, a lo más, la oías. La Santísima Virgen María, nos dice la Sagrada Escritura, que meditaba todas estas cosas –la Palabra- en su corazón.
Y esto no acaba aquí, sino que San Pablo nos hace un anuncio muy importante: «Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertarnos del sueño». Uno que ha empezado a abrir el oído y ha dejado de oír para empezar a escuchar se pregunta: “¿Por qué dice San Pablo que nos demos cuenta del momento en que vivimos? ¿No es acaso hoy domingo 27 de noviembre de 2016, primer domingo de adviento?” Efectivamente, ese es el día del calendario que corresponde al día de  hoy. Pero San Pablo no se refiere ni mucho menos a eso. ¿A que se refiere entonces con eso de que nos demos cuenta del momento en que vivimos? Lo explicaré para que cada cual pueda abrir el oído y aplicarlo a su vida: Imagínense que nos encontramos con una canoa en un río con un potente caudal, en medio de una violenta corriente. Vamos a toda velocidad arrastrados. Ese río simboliza el desarrollo del progreso horizontal. O sea, todo lo que implica y supone el trabajar para llevar el dinero a casa; la preocupación de educar y cuidar a los hijos, llevarlos al colegio y a las actividades extra escolares que sean precisas; el cumplir con la esposa o el esposo; el afrontar los pagos de las diversas facturas y de las hipotecas del piso o del coche; el poder conseguir un estatus de vida más alto con mayor confort y comodidad, etc. Es verdad que todo esto está bien y hay que hacerlo, pero este ajetreo no permite al hombre meterse en su profundidad misma. Hay una euforia por el progreso: terminar de pagar la hipoteca; que los hijos saquen las asignaturas; que en el trabajo yo sea promocionado, cada cual las suyas. Pero ¿dónde queda la dimensión de profundidad donde se da la fe? Dice la Palabra: «Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán» Las cosas y las personas pasan, mas Dios permanece. Jesucristo nos exhorta: ¡Velad! ¡Estad en vela!. Ahora vamos a introducir en nuestra vida una de esas enormes y potentes taladradoras que se emplean para poder extraer el petróleo: Uno razona así en su particular progreso horizontal; los hijos son míos, son un derecho de los padres, yo les educo como me da la gana. Ahora metamos la taladradora: Estos hijos me les ha entregado Dios para que se los custodie y sean educados conforme a su voluntad divina. ¿A que cambia las cosas? Desde las categorías del progreso horizontal uno dice: no aguanto a mi esposa porque siempre me incordia y no siento nada por ella porque no me da lo que quiero. Pero si metemos la taladradora diremos: Dios me ha puesto a esta esposa o esposo para que amándola, que me cuesta, me pueda salvar gracias a ella o a él y viendo sus defectos yo mismo reconozco los míos y eso me ayuda a amarla más.  
Nadie dijo que ser cristiano fuera sencillo, pero tenemos una promesa: Jesucristo estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¡Velad!

Lecturas:
Is 2, 1-5
Sal 121
Rom 13, 11-14a
Mt 24, 37-44

                                                                                              27 de noviembre de 2016 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Homilía de JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO, ciclo C

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo c
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
            Todos los presentes estamos bautizados, pero ¿todos los que estamos aquí notamos que el reinado de Cristo en nuestra vida nos ocasiona 'conflictos internos'? Si se pudiera hablar de la pureza de la vida cristiana con las mismas categorías con las que se habla de la pureza del agua de los manantiales ¿cómo creen ustedes que estaríamos?
            San Pablo en su epístola a los colosenses nos recuerda que «Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas». Para entendernos: Cuando decimos que «Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas» estamos afirmando que si Él no lo hubiera hecho -si  estaríamos totalmente condenados porque ese mega combate contra Satanás sólo nos lo podía ganar Él. Ganado ese combate por nuestro Salvador, ahora sí que podemos afrontar otros combates -que no superan nuestra capacidad- y que sí los podemos ganar siempre que estemos unidos al Señor.
            Y esto es muy cierto porque gracias al infinito amor de Cristo que murió por cada uno de nosotros se pudo volver a abrir aquella puerta hacia la vida que había sido tapiada por culpa del pecado del hombre. Pero ¿acaso Cristo nos ha salvado enviando a todo el ejercito de ángeles y arcángeles, con espada en mano para salvarnos de Satanás? No. Jesucristo nos ha salvado entregándose por amor, es más, Jesucristo nos dijo «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27b). Cristo reina sirviendo. Y la Cruz es su trono, la máxima manifestación de entrega por amor. Por lo tanto, si Cristo ha abierto el camino de cómo nos hemos de salvar para ser sacados del dominio de las tinieblas, eso nos lleva a obedecer a la Palabra -aquella que ofreció Jesucristo al joven rico-: «Una cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme» (Mc 10, 21b). Y la pregunta que yo lanzo es ¿por qué? Porque el Señor nos quiere libres de todas nuestras ataduras. ¿Puede acaso zarpar un barco teniendo echada el ancla?, pues no. Cada cual sabrá cuáles son sus bienes, o sea aquellas cosas en las que uno tiene puesto su corazón y no le deja progresar en el seguimiento de Cristo porque actúan como si fueran ese ancla.
            Sin embargo el Demonio, que es el maestro de la mentira, nos susurra al oído que las cosas en nuestra vida va «viento en popa, a toda vela», y que todo genial. Y necesitamos a ese ladrón arrepentido crucificado al lado de Cristo que interpela al otro ladrón para mostrar ante sus ojos la verdad de su vida como malhechor y desenmascararle su pecado.  El buen ladrón estaba ayudando al otro, y a sí mismo, a descubrir que lo único que les ha movido en la vida ha sido el acaparar, en tener más y más cosas, de tal modo que todo ha girado en torno a eso. El tener cosas y más cosas, y para adquirirlas usar incluso el robo, eso ha sido para ellos su gran ídolo. Otra cosa es que el mal ladrón no le hizo caso y murió perdiéndose su alma. Gracias al discernimiento de los presbíteros, de los catequistas y de los hermanos vamos descubriendo cuáles son nuestros ídolos que nos impiden seguir a Cristo con determinación. Y seguiremos diciendo que yo no me encuentro atado a nada ni a nadie. A modo de ejemplo: ¿no te encuentras atado a tu cochazo que únicamente le sacas de la cochera para cosas muy importantes y concretas y jamás lo dejas aparcado en la calle? Un cochazo que has depositado gran parte de tus ahorros y que ni permites que entre uno en él con ropa deportiva y mucho menos con algo de barro en los zapatos? Y esa persona me dirá que él no está atado a ese coche, que ese coche no es para él un ídolo, simplemente una cosa que él tiene. ¿Creen ustedes que prescindiría de ese automóvil? No, porque en ese coche tiene puesto su corazón. Quien dice coche se puede poner unos afectos, un perro, etc. Algo que provoque quela vida de uno gire en torno a ello en vez de en torno a Cristo.
            Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas, es decir, Cristo ha hecho por nosotros lo que nosotros no podíamos haber hecho. Ahora que cada cual puede afrontar las particulares batallas con posibilidad de poderlas vencer.
             

LECTURAS
Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3:
Sal 121,1-2.4-5 R/. Vamos alegres a la casa del Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,12-20:
Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43:



20 de noviembre de 2016 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hoy al escrutar la Palabra para poder hacer esta homilía me ha venido al a mente a aquellas personas que son referentes en nuestras vidas. Personas, mejor dicho, cristianos que no solamente dicen que se fían de Jesucristo, sino que con su modo de actuar lo van demostrando.
            Nos dice San Pablo en su carta a la Comunidad de Tesalónica que «ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo» y lo hacen «para darnos un modelo que imitar». Pero claro, cuando uno está en un colegio interno, en un campamento o en una institución o colectivo donde todos sienten o piensan más o menos parecido, te sientes integrado en esa forma de pensar o sentir. Se encuentra uno muy a gusto cuando se está al calorcito de la lumbre de esa particular ‘chimenea’. Hay temas importantes donde no solamente hay consenso, sino que hay firme convicción: el estar abierto a la vida, un noviazgo en castidad, el no apego ni a las riquezas ni a los afectos, la importancia de ir dando pasos para ‘morir a uno mismo’, la necesidad de celebrar la Eucaristía semanalmente con los hermanos, etc. Hay cosas que no se discuten, porque se ven como buenas, necesarias y deseadas.
Pero, ¿y qué pasa con aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, que aún viviendo como Cristo desea que vivamos, están sufriendo las fuertes heladas de la secularización? Porque puede ser que influenciados por lo que ellos vean fuera, empiecen a surgir dudas y a cuestionar lo que en un primer momento era una fuerte convicción. El Demonio actúa como las heladas en las hendiduras de las rocas. El agua se cuela por esas hendiduras y al helarse genera una fractura interna mayor en la roca. Porque ya a uno le empieza a costar –dar pereza- ir a la Eucaristía, empiezan a aparecen excusas más o menos elaboradas para ausentarse de la comunidad cristiana y no digamos nada para acudir al sacramento del perdón, etc.
Aparece un chico o una chica que ‘hace tilín’ y resulta que todas las cosas que antes has oído del noviazgo cristiano y de las que estaba más o menos de acuerdo, ahora se pone en crisis absoluta. Es que resulta que en mi matrimonio siempre hemos inculcado principios cristianos y ahora mi hijo o mi hija quiere estar en nuestra casa, con nosotros, pero no acepta los principios cristianos y desea vivir al estilo pagano ‘bajo nuestra techo’. Y ante esto ¿la firme determinación de vivir la fe en el hogar tiene que doblegarse ante la voluntad del hijo o de la hija? ¿No deberíamos de posicionarnos firmemente aunque esto suponga  una salida ‘un poco traumática’ de ese hijo de esa casa? Cuando uno no se encuentra en esa tesitura o en esas situaciones tan delicadas, uno es tan ingenuo ‘de sacar pecho’ y de decir, como dijo San Pedro: «Aunque todos te abandonen, yo  no te abandonaré»; pero claro, cuando uno ve cómo su persona corre peligro, uno ‘cambia de camisa’ tan rápido que se lo saca sin quitar ni los botones.
Es que una cosa es lo que uno cree y otra cosa es ser consecuente con lo que se cree. Y lo que nos pasa es lo mismo que al pueblo judío cuando estaba atravesando el desierto durante esos cuarenta años: muchos esfuerzos y muy pocas gratificaciones inmediatas nos desalientan. Y es aquí cuando entra en escena el Demonio: «¿Cómo es que Dios no os permite comer de ningún árbol del paraíso?» (cf. Gn 3,2); ¿cómo es que Dios permite que lo estés pasando tan mal? ¿Por qué permites que te roben tiempo con esas oraciones y esas reuniones mientras tú podrías hacer otras cosas? ¿Es que acaso necesitas que aún te estén tutelando? Esta es la forma de actuar del Demonio. Sin embargo nosotros tenemos en la mente a aquellos que sí son modelos a imitar, tal y como nos recuerda el apóstol san Pablo: al mismo Cristo, a los Apóstoles, a los catequistas, a los presbíteros (si son fieles a lo que tienen que serlo).
Y estos modelos a imitar nos enseñan a vivir en la verdad, a no contentarnos con admirar la calidad de la piedra y los exvotos del templo. Nos enseñan a no contentarnos o ensimismarnos con los ingresos mensuales que entran en la cartilla de ahorros fruto del trabajo; nos enseñan a no contentarnos con los éxitos profesionales o estudiantiles que uno pueda experimentar; nos enseñan a no sentirnos satisfechos por sentirnos afectivamente correspondidos; etc., sino que seamos capaces de reconocer que si no lo hacemos todo por amor a Dios, todo lo conseguido o adquirido se derrumbará como un castillo de arena en la playa.  
Ese modo de vivir a ser imitado nos remite a una realidad que a pesar de no ser percibida, realmente existe. Fiándonos de esos modelos de vida nos vamos encaminando por las sendas del Espíritu y, poco a poco, Dios nos va desvelando realidades ocultas y vamos adquiriendo tanto las fuerzas como las razones que el mundo ni capta, ni desea aceptar, viéndose privados de la Sabiduría infinita de Dios.

Lecturas:
Mal 3, 19-20ª
Sal 97
2 Tes 3,7-12
Lc 21, 5-19

13 de noviembre 2016 

domingo, 6 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
Hermanos, nos vamos a ir encontrando con muchas personas que se van a mofar de nuestra fe. E incluso esas personas, viendo cómo actuamos los creyentes, nos lleguen a llamar irresponsables por nuestro modo de proceder. No entienden cómo es posible que un matrimonio tenga más de dos hijos, y no digamos si se tiene diez u once. No se entiende cómo un chico con un futuro prometedor se levante para poder discernir su vocación en un seminario o una chica que se levante para poder discernir su vocación en un convento. No se entiende cómo alguien puede protestar porque en el colegio concertado –para recibir una formación religiosa católica- donde acuden sus hijos de primaria, con el beneplácito de las religiosas, se estén dando sesiones de mindfulness (técnicas de meditación para buscar la felicidad, la armonía, la tranquilidad) y se estén dando con una caña de bambú en la frente para hacer meditación budista. Es decir, que les hay tan tontos que les engañan y encima se sienten satisfechos, mientras que los timadores ‘se mueven como pez en el agua’. Quitan a Cristo y ponen a un Buda. ¡Increíble! Y nadie dice nada, porque lo ven normal. Y el que protesta se tiene que armar de paciencia porque le llaman de ‘bicho raro’ para arriba.
Aquella burla que Jesús soportó de los saduceos, también la soportamos aquellos que le seguimos - o por lo menos intentamos- seguirle de cerca. Nosotros no hacemos las cosas por que sí, sino que las hacemos porque nos fiamos de una persona: Jesucristo, el cual está vivo. ¿Y cómo sé que está vivo? Porque tengo experiencia de cómo actúa en mi vida. Nos dice San Pablo en su carta a la comunidad de Tesalónica: «Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada». Y además nos sigue diciendo: «El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno». Cada uno de los presentes sabemos que ‘Dios es un Dios de vivos’ y  no de muertos porque la Palabra se cumple en cada uno. Nos cuenta la Sagrada Escritura cómo Dios sacó con brazo fuerte al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto. Cómo le condujo por el desierto aquellos cuarenta años. Y sabemos que cuando el Señor le introdujo en aquella tierra prometida para que tomasen posesión de ella, no estaban solos. Había siete naciones más poderosas que los hebreos (cf. Dt 7, 1-2): hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, perizitas, heveos y jebuseos. Cada cual más grande, poderosos y fuertes. Cuando el Pueblo de la promesa llegó a esa tierra prometida no se encontró paz y alegría sin fin. Tuvieron que luchar y bastante, en primer lugar contra las fieras salvajes que les atacaban y después con aquellos pueblos que les daban mil vueltas en poder y dominio. Sin embargo el pueblo judío, con la ayuda de Dios, les fueron venciendo uno a uno. Esos pueblos numerosos y peligrosos tienen para nosotros unos nombres y realidades concretas: la hipoteca del banco, el mantener el puesto de trabajo, la educación de los hijos, esa enfermedad que me está atormentando, esos exámenes duros de la carrera, esa oposición que no termina de salir adelante, etc. Sin embargo, Dios va proveyendo para que salgan las cosas como tienen que salir y salir así victoriosos ante tales feroces enemigos. El pueblo de Israel antes de reconocer a Dios como el creador le entendió primero como el Dios salvador. Y un  muerto no provee, sólo proveen los que están vivos, luego Dios está vivo. Durante el tiempo de la batalla muchos, alentados por el Demonio, intentarán que nosotros ‘tiremos la toalla’. Y cuando un creyente es consciente de la cantidad de cosas que Dios ha hecho por él es entonces cuando tiene fortaleza para testimoniar ante los demás lo que Dios ha hecho con él, y ya no tendrá miedo –o por lo menos tanto miedo- porque sabrá que Dios no es un producto de su mente, sino que es alguien vivo y que actúa, aunque con los ojos de la cara no se le vea. De tal modo que ese cristiano no te responderá la pregunta sobre qué es la fe con el catecismo –modo de preguntas y respuestas-, sino que manifestando su propia vida podrá adquirir una mayor certeza de la existencia de Dios y así poder recobrar las fuerzas ante los ataques que nos vengan del mundo.

Lecturas:
2 Mac 7, 1-2.9-14
Sal 16
2 Tes 2,16-3,5

Lc 20, 27-38