¿Qué hace verdaderamente bienaventurada
a María? Cuando una mujer elogia a la madre de Jesús, el Señor responde:
«Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc
11,28). Jesús no disminuye la grandeza de su Madre, sino que revela su
profundidad: María no solo llevó a Cristo en su seno, sino que escuchó
la Palabra, creyó en ella, la guardó y dejó que transformara toda su vida.
En esta homilía, la celebración de la Virgen del Pilar nos
invita a descubrir que aquella bienaventuranza no pertenece únicamente a María.
También nosotros podemos entrar en la verdadera familia de Jesús cuando
acogemos su Palabra con fidelidad y permitimos que se convierta en perdón,
servicio, amor y una manera nueva de vivir.
Escucha aquí el episodio completo:
Homilía
sobre Lucas 11, 27-28
La bienaventuranza que Jesús ofrece a todos
El Evangelio nos
presenta una escena sorprendente. Jesús acaba de liberar a un hombre del mal
que lo mantenía mudo, y mientras algunos cuestionan su autoridad y otros le
exigen señales, una mujer, impresionada por lo que escucha, levanta la voz
entre la multitud y exclama: «¡Dichoso el
vientre que te llevó y los pechos que te criaron!».
Aquella mujer
expresa una admiración profundamente humana. Al contemplar la grandeza de
Jesús, piensa inmediatamente en su madre. ¡Qué feliz tiene que ser la mujer que
lo llevó en su seno, lo alimentó y lo vio crecer! En la cultura de aquel
tiempo, donde la maternidad constituía uno de los principales motivos de
reconocimiento social de la mujer, difícilmente podía imaginarse un elogio
mayor.
Sin embargo, Jesús
responde con unas palabras desconcertantes: «Dichosos
más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Jesús no niega la
bienaventuranza de su madre, sino que revela dónde reside su profundidad. La mujer
contempla la felicidad de María desde su maternidad; Jesús dirige la mirada
hacia una relación con Dios que no depende del parentesco, sino de la acogida
de su Palabra. Y aquí aparece una novedad extraordinaria: Aquella mujer admira
una felicidad que considera imposible para ella, porque jamás podrá ser la
madre de Jesús. Pero el Señor le descubre que la bienaventuranza que está
admirando también puede llegar a ser suya.
Para comprender
toda la riqueza de esta respuesta debemos recordar algo que Lucas ya nos ha
contado. Cuando María visita a Isabel, esta proclama: «Bienaventurada la
que ha creído» (Lc 1, 45). No la felicita únicamente por el hijo que
lleva en su seno, sino también por la fe con la que ha respondido a Dios.
María había escuchado una palabra que cambiaría radicalmente su existencia y,
sin conocer todas sus consecuencias, había respondido: «Hágase en mí
según tu palabra» (Lc 1, 38).
Pero aquella
respuesta no le evitó las dificultades de creer. Cuando Jesús, a los doce años,
permanece en el Templo, Lucas afirma que María y José no comprendieron sus
palabras. Y añade que ella conservaba aquellos acontecimientos en su corazón
(cfr. Lc 2, 41-51). María nos enseña que creer no significa comprenderlo
todo, sino continuar confiando en Dios incluso cuando su voluntad desborda
nuestras expectativas. Su fe tuvo que crecer, madurar y atravesar
situaciones dolorosas. Aquella mujer que había acogido al Hijo de Dios en su
seno tuvo que aprender también a seguirlo como discípula.
Volvamos ahora a
las palabras de Jesús, porque hay un detalle decisivo. El Señor no proclama
dichosos simplemente a quienes escuchan la Palabra, sino a quienes la escuchan
y la guardan. El verbo griego φυλάσσω (fylásso) expresa
precisamente la idea de custodiar, observar y permanecer fiel a aquello que se
ha recibido.
Esta expresión nos
remite a otro pasaje de Lucas: la parábola del sembrador. Allí, Jesús explica
que la buena tierra representa a quienes escuchan la Palabra, la conservan en
un corazón bueno y dan fruto con perseverancia (cfr. Lc 8, 15). La verdadera
escucha no termina cuando hemos comprendido lo que Dios nos dice; comienza a
dar fruto cuando permitimos que esa Palabra transforme nuestra existencia.
Podemos conocer
muy bien el Evangelio, admirar la misericordia de Jesús e incluso emocionarnos
escuchando sus enseñanzas. Pero cuando llega el momento de perdonar a quien nos
ha herido, de renunciar a una injusticia que nos beneficia o de acercarnos a una
persona que preferiríamos evitar, descubrimos si aquellas palabras han
encontrado realmente un lugar en nuestro corazón.
La Palabra de Dios
no ha sido pronunciada simplemente para proporcionarnos conocimientos
religiosos. Quiere introducirnos en una manera nueva de vivir, enseñarnos a
mirar a las personas con los ojos de Cristo y hacernos capaces de amar como él
nos ha amado. Por eso, escucharla exige una conversión que muchas veces
resulta lenta y difícil, pero que puede transformar profundamente nuestra
relación con Dios y con los demás.
Y aquí descubrimos
otra dimensión preciosa del Evangelio: cuando Jesús proclama bienaventurados a
quienes escuchan y cumplen la Palabra, está describiendo también a su verdadera
familia. Ya lo había afirmado en otra ocasión: «Mi madre y mis hermanos son estos:
los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). La comunión
con Jesús se abre así a todos, porque nadie queda excluido de la posibilidad de
convertirse en discípulo suyo.
María ocupa un
lugar único en la historia de la salvación: Es verdaderamente la Madre de Dios.
Pero su vida nos descubre también una bienaventuranza en la que todos
podemos participar. Ella escuchó, creyó, guardó la Palabra y permaneció
fiel a su Hijo hasta la cruz. Su maternidad fue un don singularísimo; su
respuesta creyente nos muestra el camino del discípulo.
Al terminar este
breve Evangelio, Lucas no nos dice qué ocurrió con aquella mujer que había
levantado la voz. No sabemos si las palabras de Jesús cambiaron su vida. Pero
la pregunta queda abierta para nosotros: después de tantos años escuchando el
Evangelio, ¿qué está cambiando realmente en nuestra manera de vivir?
Quizá la respuesta
no esté en las muchas cosas que sabemos acerca de Jesús, sino en aquella
enseñanza suya que todavía nos cuesta aceptar, en el perdón que seguimos
aplazando o en ese gesto de amor que sabemos necesario y aún no nos decidimos a
realizar.
La bienaventuranza
de la que habla Jesús no consiste en admirarlo desde lejos, sino en dejar que
su Palabra encuentre un lugar verdadero en nuestra vida. María recorrió
ese camino con una fidelidad admirable. Hoy, su Hijo nos invita también a
nosotros a recorrerlo.

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