lunes, 12 de octubre de 2026

Homilía sobre Lucas 11, 27-28 | Virgen del Pilar

¿Qué hace verdaderamente bienaventurada a María? Cuando una mujer elogia a la madre de Jesús, el Señor responde: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28). Jesús no disminuye la grandeza de su Madre, sino que revela su profundidad: María no solo llevó a Cristo en su seno, sino que escuchó la Palabra, creyó en ella, la guardó y dejó que transformara toda su vida. En esta homilía, la celebración de la Virgen del Pilar nos invita a descubrir que aquella bienaventuranza no pertenece únicamente a María. También nosotros podemos entrar en la verdadera familia de Jesús cuando acogemos su Palabra con fidelidad y permitimos que se convierta en perdón, servicio, amor y una manera nueva de vivir.   


 

Escucha aquí el episodio completo:

Homilía sobre Lucas 11, 27-28

La bienaventuranza que Jesús ofrece a todos

 

El Evangelio nos presenta una escena sorprendente. Jesús acaba de liberar a un hombre del mal que lo mantenía mudo, y mientras algunos cuestionan su autoridad y otros le exigen señales, una mujer, impresionada por lo que escucha, levanta la voz entre la multitud y exclama: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!».

Aquella mujer expresa una admiración profundamente humana. Al contemplar la grandeza de Jesús, piensa inmediatamente en su madre. ¡Qué feliz tiene que ser la mujer que lo llevó en su seno, lo alimentó y lo vio crecer! En la cultura de aquel tiempo, donde la maternidad constituía uno de los principales motivos de reconocimiento social de la mujer, difícilmente podía imaginarse un elogio mayor.

Sin embargo, Jesús responde con unas palabras desconcertantes: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Jesús no niega la bienaventuranza de su madre, sino que revela dónde reside su profundidad. La mujer contempla la felicidad de María desde su maternidad; Jesús dirige la mirada hacia una relación con Dios que no depende del parentesco, sino de la acogida de su Palabra. Y aquí aparece una novedad extraordinaria: Aquella mujer admira una felicidad que considera imposible para ella, porque jamás podrá ser la madre de Jesús. Pero el Señor le descubre que la bienaventuranza que está admirando también puede llegar a ser suya.

Para comprender toda la riqueza de esta respuesta debemos recordar algo que Lucas ya nos ha contado. Cuando María visita a Isabel, esta proclama: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc 1, 45). No la felicita únicamente por el hijo que lleva en su seno, sino también por la fe con la que ha respondido a Dios. María había escuchado una palabra que cambiaría radicalmente su existencia y, sin conocer todas sus consecuencias, había respondido: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Pero aquella respuesta no le evitó las dificultades de creer. Cuando Jesús, a los doce años, permanece en el Templo, Lucas afirma que María y José no comprendieron sus palabras. Y añade que ella conservaba aquellos acontecimientos en su corazón (cfr. Lc 2, 41-51). María nos enseña que creer no significa comprenderlo todo, sino continuar confiando en Dios incluso cuando su voluntad desborda nuestras expectativas. Su fe tuvo que crecer, madurar y atravesar situaciones dolorosas. Aquella mujer que había acogido al Hijo de Dios en su seno tuvo que aprender también a seguirlo como discípula.

Volvamos ahora a las palabras de Jesús, porque hay un detalle decisivo. El Señor no proclama dichosos simplemente a quienes escuchan la Palabra, sino a quienes la escuchan y la guardan. El verbo griego φυλάσσω (fylásso) expresa precisamente la idea de custodiar, observar y permanecer fiel a aquello que se ha recibido.

Esta expresión nos remite a otro pasaje de Lucas: la parábola del sembrador. Allí, Jesús explica que la buena tierra representa a quienes escuchan la Palabra, la conservan en un corazón bueno y dan fruto con perseverancia (cfr. Lc 8, 15). La verdadera escucha no termina cuando hemos comprendido lo que Dios nos dice; comienza a dar fruto cuando permitimos que esa Palabra transforme nuestra existencia.

Podemos conocer muy bien el Evangelio, admirar la misericordia de Jesús e incluso emocionarnos escuchando sus enseñanzas. Pero cuando llega el momento de perdonar a quien nos ha herido, de renunciar a una injusticia que nos beneficia o de acercarnos a una persona que preferiríamos evitar, descubrimos si aquellas palabras han encontrado realmente un lugar en nuestro corazón.

La Palabra de Dios no ha sido pronunciada simplemente para proporcionarnos conocimientos religiosos. Quiere introducirnos en una manera nueva de vivir, enseñarnos a mirar a las personas con los ojos de Cristo y hacernos capaces de amar como él nos ha amado. Por eso, escucharla exige una conversión que muchas veces resulta lenta y difícil, pero que puede transformar profundamente nuestra relación con Dios y con los demás.

Y aquí descubrimos otra dimensión preciosa del Evangelio: cuando Jesús proclama bienaventurados a quienes escuchan y cumplen la Palabra, está describiendo también a su verdadera familia. Ya lo había afirmado en otra ocasión: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). La comunión con Jesús se abre así a todos, porque nadie queda excluido de la posibilidad de convertirse en discípulo suyo.

María ocupa un lugar único en la historia de la salvación: Es verdaderamente la Madre de Dios. Pero su vida nos descubre también una bienaventuranza en la que todos podemos participar. Ella escuchó, creyó, guardó la Palabra y permaneció fiel a su Hijo hasta la cruz. Su maternidad fue un don singularísimo; su respuesta creyente nos muestra el camino del discípulo.

Al terminar este breve Evangelio, Lucas no nos dice qué ocurrió con aquella mujer que había levantado la voz. No sabemos si las palabras de Jesús cambiaron su vida. Pero la pregunta queda abierta para nosotros: después de tantos años escuchando el Evangelio, ¿qué está cambiando realmente en nuestra manera de vivir?

Quizá la respuesta no esté en las muchas cosas que sabemos acerca de Jesús, sino en aquella enseñanza suya que todavía nos cuesta aceptar, en el perdón que seguimos aplazando o en ese gesto de amor que sabemos necesario y aún no nos decidimos a realizar.

La bienaventuranza de la que habla Jesús no consiste en admirarlo desde lejos, sino en dejar que su Palabra encuentre un lugar verdadero en nuestra vida. María recorrió ese camino con una fidelidad admirable. Hoy, su Hijo nos invita también a nosotros a recorrerlo.


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