¿Puede haber un límite precisamente cuando los dos desean continuar? En esta entrega de Amar sin perderse, Susana y Rodrigo descubren que el deseo dentro del noviazgo no es algo sucio que haya que negar, pero tampoco una fuerza que deba decidir por sí sola hasta dónde llega una relación. A Susana le gusta sentirse deseada y empieza a distinguir entre recibir esa mirada como un regalo y necesitarla para confirmar su propio valor. Rodrigo, por su parte, comprende que querer a alguien no impide que el deseo pueda estrechar momentáneamente la mirada. Educarlo significa mantener delante a la persona entera: su libertad, su conciencia, su historia, su fe y aquello que todavía no se han prometido. Porque el cuerpo no debería prometer una entrega que la vida todavía no ha prometido entera.
Madurez, noviazgo y vida compartida en
tiempos líquidos
Capítulo 5ºB | 2/7
Educar la mirada para amar mejor:
Cuando el deseo también tiene que aprender a mirar
Escucha aquí el episodio completo:
A Susana le gustaba cuando Rodrigo la miraba así, aunque durante mucho
tiempo le hubiera costado reconocerlo sin sentir la necesidad de justificar
enseguida aquella alegría, como si disfrutar de saberse atractiva para él
necesitara alguna explicación adicional.
No se trataba solamente de que la encontrara guapa. Eso se lo había dicho
muchas veces, unas con palabras y otras mediante esa forma suya de quedarse
mirándola un segundo más de lo necesario, hasta que Susana acababa
preguntándole qué pasaba y él respondía cualquier tontería para salir del
apuro. Había otra mirada, más corporal y más inmediata, que ella reconocía con
facilidad y que le producía una mezcla difícil de separar entre pudor,
seguridad y deseo. Le gustaba gustarle. Le gustaba descubrir que para Rodrigo
no era únicamente alguien con quien podía hablar durante horas, discutir, rezar
mal, reírse o compartir miedos que apenas mostraba fuera, sino también una
mujer cuya cercanía despertaba en él algo que ella también quería despertar.
Aquella tarde lo percibió con especial claridad.
Habían pasado varias horas juntos y nada parecía haber preparado un
momento distinto de tantos otros. Habían ayudado un rato en la parroquia,
discutido sobre dónde comer, comprado un regalo que llevaban semanas aplazando
y terminado en casa de Rodrigo porque él necesitaba recoger unas cosas antes de
acompañarla. Sus padres habían salido y la casa estaba tranquila, envuelta en
esa normalidad doméstica que suele hacer creer que nada importante puede
suceder mientras alguien busca un cargador que asegura haber dejado en un
cajón.
Rodrigo llevaba varios minutos abriendo y cerrando los mismos sitios.
—Te prometo que estaba aquí.
—Eso llevas diciendo desde que hemos entrado.
—Porque estaba aquí.
Susana lo observó volver al primer cajón con la misma solemnidad con la
que lo había descartado dos minutos antes.
—Quizá alguien ha entrado en casa solo para cambiarte el cargador de
sitio.
Rodrigo se volvió hacia ella.
—No descartes nada.
Al final apareció exactamente donde Susana había sugerido al principio,
circunstancia que Rodrigo recibió con un discreto silencio y que ella decidió
disfrutar sin necesidad de humillarlo demasiado.
Mientras él guardaba unas cosas, Susana siguió mirándolo desde el sofá y
reparó en algo que no era nuevo, aunque aquella tarde pareciera tener más
fuerza. La familiaridad no había ido borrando necesariamente la atracción.
Algunas cosas de Rodrigo le resultaban incluso más queridas porque ya formaban
parte de lo conocido: la manera de fruncir el ceño cuando buscaba algo, sus
manos, el gesto con el que se apartaba el pelo, aquella camiseta que había
visto muchas veces y que, sin que hubiera cambiado nada en ella, ese día le
parecía sentarle especialmente bien.
El deseo no entraba en su relación desde fuera, como si fuera una amenaza
colocada junto al cariño, sino que había crecido dentro de la misma
familiaridad que les permitía conocerse cada vez mejor. Susana comenzaba a
comprender que precisamente por eso no tenía sentido fingir que no existía o
hablar de él únicamente cuando aparecía algún problema.
Rodrigo terminó lo que estaba haciendo y se dejó caer a su lado.
—Agotador.
—Has encontrado un cable.
—No sabes la presión a la que he estado sometido.
Susana apoyó la cabeza en su hombro y sonrió. Durante unos minutos
hablaron de cualquier cosa, hasta que la conversación fue perdiendo fuerza sin
que ninguno sintiera la necesidad de rescatarla. Rodrigo le apartó un mechón
que le había caído sobre la cara y ella levantó los ojos.
El beso empezó con la tranquilidad de otros muchos y fue cambiando poco a
poco, sin un momento preciso que permitiera señalar cuándo comenzó a significar
algo distinto. La cercanía llevaba a otra cercanía con una naturalidad que
hacía innecesarias las palabras. Susana se acercó más, Rodrigo la rodeó con un
brazo y volvieron a besarse mientras la conversación que habían mantenido unos
minutos antes desaparecía por completo.
Habían hablado otras veces de los límites que querían cuidar. Habían
intentado poner palabras al deseo, a la fe y a la necesidad de que el cuerpo no
terminara expresando una entrega que todavía no se correspondía con la verdad
de su relación. Algunas de aquellas conversaciones habían sido torpes, otras
demasiado razonables para algo que después se viviría de una manera mucho menos
ordenada. Sentados frente a un café era relativamente sencillo saber lo que
pensaban; otra cosa era recordarlo cuando la decisión había dejado de estar
delante de ellos y empezaba a sucederles por dentro.
Susana no quería apartarse.
Aquella certeza la sorprendió, no por el deseo mismo, que conocía desde
hacía tiempo, sino porque deshacía una imagen demasiado fácil que había llevado
dentro sin darse cuenta. En su imaginación, las situaciones en las que una
pareja necesitaba detenerse tenían siempre una distribución bastante clara: uno
quería avanzar y el otro debía defender un límite. Sin embargo, Rodrigo no
estaba presionándola, ella no se sentía utilizada y ninguno parecía arrastrar
al otro. Susana deseaba aquella cercanía, disfrutaba de ella y sabía que, si
seguían avanzando, también sería porque ella quería hacerlo.
La dificultad empezaba precisamente ahí.
Detener aquello que uno rechaza resulta relativamente comprensible. Mucho
más desconcertante era descubrir que podía existir un límite incluso cuando los
dos deseaban continuar.
Rodrigo empezó a percibirlo sin formularlo todavía. El deseo iba
estrechando poco a poco el espacio desde el que podía decidir, no porque Susana
hubiera desaparecido detrás de su cuerpo ni porque él hubiese dejado de
reconocer quién tenía delante, sino porque cada gesto hacía más fácil el
siguiente y más molesta cualquier pregunta que interrumpiera aquella
continuidad. Pensar rompía el ritmo. Recordar lo que habían hablado parecía
introducir un problema en una situación que, hasta entonces, no tenía nada de
desagradable.
Durante unos segundos se dijo que tampoco estaba ocurriendo nada grave y
que podían detenerse después. Ambos querían estar allí y eso parecía ofrecer
una tranquilidad suficiente. Sin embargo, cuanto más aplazaba interiormente la
pregunta, más empezaba a notar que no se trataba únicamente de averiguar dónde
estaba una línea exterior que no debían cruzar.
Algo estaba cambiando en su manera de estar con Susana.
El deseo seguía siendo verdadero, incluso hermoso, pero iba ocupando
demasiado espacio y dejaba cada vez más lejos las otras realidades que también
pertenecían a aquella relación. No desaparecían, aunque empezaban a quedar
fuera de foco: la historia que compartían, la libertad de cada uno, las
conversaciones que les habían costado, la fe desde la que intentaban comprender
lo que vivían y un futuro que todavía no habían decidido del todo.
Rodrigo dejó que el beso terminara y permaneció unos instantes con la
frente apoyada en la de Susana.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
Rodrigo tardó un poco en responder porque, en realidad, todavía no sabía
qué estaba pasando.
—No sé.
La respuesta sorprendió a Susana más que un simple «nada».
Rodrigo permaneció junto a ella, sin alejarse bruscamente, aunque tampoco
volvió a besarla. Fue entonces cuando Susana sintió una pequeña decepción que
apareció antes de que pudiera pensarla y que, precisamente por eso, la
incomodó. Durante un instante se preguntó si él había dejado de tener ganas, si
algo había cambiado en aquella intensidad o si ella había interpretado mal lo
que estaba ocurriendo entre los dos.
Conocía aquel movimiento interior. La situación era nueva, pero el miedo
tenía algo familiar. Otras veces había aparecido escondido detrás de un mensaje
que tardaba demasiado, de la presencia de Noelia o de una comparación que
comenzaba casi antes de que ella pudiera impedirla. Ahora reaparecía en un
lugar diferente y mucho más íntimo: si Rodrigo se detenía, una parte insegura
de Susana podía traducir aquel gesto como una disminución de su deseo y
terminar convirtiendo esa disminución imaginada en una valoración sobre sí
misma.
Aquello sí la inquietó.
Le gustaba ser deseada por Rodrigo y no quería fingir una indiferencia
que no sentía. Quería gustarle, alegrarse de su mirada, experimentar que
también su cuerpo tenía un lugar verdadero dentro de aquel amor que iban
construyendo. Nada de eso le parecía ahora indigno ni sospechoso. La dificultad
aparecía cuando esa mirada empezaba a funcionar como una confirmación
necesaria, cuando dejar de recibirla durante un instante podía hacerle sentir
que algo en ella había perdido valor.
Rodrigo seguía muy cerca. Susana notaba que tampoco él estaba
especialmente sereno y esa percepción fue modificando poco a poco su primera
interpretación. Si se había detenido, no parecía haber sido porque hubiera
dejado de desearla.
Probablemente sucedía justo lo contrario.
No necesitó que Rodrigo se lo explicara. Había suficiente en su manera de
permanecer allí, en la respiración todavía agitada, en la evidente dificultad
para recuperar una naturalidad que unos minutos antes les salía sin esfuerzo.
Por primera vez, Susana pudo empezar a separar dos cosas que hasta
entonces tendía a confundir: Rodrigo podía desearla profundamente y, al mismo
tiempo, decidir no continuar. El límite no tenía por qué ser la señal de que el
deseo se había apagado; quizá podía ser la prueba de que aquel deseo no quería
convertirse en la única voz presente.
Rodrigo respiró hondo y miró hacia la cocina.
—Voy a por agua.
Susana sonrió.
—Qué manera tan elegante de cambiar de tema.
—Estoy trabajando con los recursos que tengo.
La broma hizo algo que los dos necesitaban: devolvió una cierta ligereza
a la escena sin borrar lo que acababa de suceder.
Fueron a la cocina y durante unos minutos hablaron de otras cosas.
Ninguno sintió la obligación de analizar inmediatamente el momento anterior ni
de convertirlo en una conversación sobre principios que ya conocían. La
experiencia seguía demasiado cerca y, en cierto modo, necesitaba permanecer un
poco sin ser explicada.
Susana observaba a Rodrigo mientras llenaba los vasos. Seguía sintiendo
la misma atracción y le seguía gustando saber que era correspondida, pero algo
se había desplazado dentro de ella. La diferencia era todavía pequeña y no
habría sabido convertirla en una frase limpia: una cosa era recibir la mirada
de Rodrigo con alegría y otra permitir que aquella mirada se convirtiera en el
lugar desde el que ella misma terminaba juzgándose.
Durante unos segundos en el sofá había necesitado que Rodrigo siguiera
besándola no solamente porque deseaba continuar, sino también porque la
continuidad parecía confirmar algo acerca de su capacidad para gustarle.
Reconocerlo no anulaba la belleza de lo vivido, pero introducía una pregunta
que antes no estaba.
A Rodrigo le ocurría algo diferente. Detenerse no le había quitado las
ganas y aquella falta de cooperación por parte de su propio cuerpo lo
desconcertaba más de lo que habría querido reconocer. Había esperado, quizá de
una manera un poco ingenua, que una decisión correcta trajera consigo cierta
serenidad inmediata, como si comprender algo bastara para que el resto de la
persona se acomodara dócilmente detrás.
No sucedió así.
Susana seguía allí y seguía gustándole mucho. El recuerdo de los minutos
anteriores hacía difícil distraerse y una parte de él continuaba buscando
argumentos razonables para volver al sofá y recuperar el momento. Precisamente
esa resistencia le permitió comprender de una manera más concreta algo que ya
había encontrado en otros lugares de su vida: la libertad rara vez aparecía
cuando todas las fuerzas interiores marchaban en la misma dirección. Se hacía
más visible cuando algo dentro de uno seguía deseando y, sin despreciar ese
deseo, otra dimensión de la persona era capaz de preguntarse qué estaba
haciendo con él.
La diferencia era que esta vez no intentaba apartarse de algo que
considerara sucio, desagradable o indigno. Estaba intentando cuidar una
realidad que le parecía buena, y quizá por eso resultaba mucho más difícil.
Mientras miraba a Susana recordó, casi sin querer, la fotografía que Dani
había ampliado unos días antes.
Al principio rechazó la comparación. Aquella mujer había sido para ellos
una desconocida convertida durante unos segundos en una imagen disponible;
Susana era una persona a la que conocía, quería y con la que llevaba tiempo
compartiendo una parte importante de su vida. No había motivo para colocar
ambas situaciones al mismo nivel.
Sin embargo, cuanto más intentaba separarlas, más percibía que aquella
diferencia podía enseñarle algo.
Con la mujer de la fotografía había sido fácil perder la historia porque
no sabía nada de ella. Con Susana la historia estaba delante y, aun así, el
deseo podía estrechar temporalmente su mirada hasta hacer que el instante
presente adquiriera una importancia desproporcionada. Querer a una persona no
garantizaba que uno fuera incapaz de reducirla durante unos minutos a aquello
que deseaba vivir con ella.
La reducción era mucho más sutil, pero seguía siendo posible.
Rodrigo empezaba a intuir que mirar entera a Susana significaba algo más
exigente que recordar que tenía sentimientos o que merecía respeto. Significaba
dejar que toda su persona siguiera presente también cuando el deseo se hacía
más intenso: su libertad, sus tiempos, su conciencia, lo que ambos creían, la
historia que estaban construyendo y aquello que todavía no podían prometerse.
El deseo no necesitaba desaparecer para que todo eso permaneciera.
Necesitaba aprender a convivir con ello.
Cuando
un límite no significa rechazo
Salieron de casa poco después. El aire de la calle les sentó bien y la
normalidad regresó sin borrar lo que había ocurrido. Hablaron de planes, de una
ocurrencia de Marcos, de un recado que Susana tenía pendiente y de la
posibilidad de quedar el sábado con algunos amigos.
Mientras caminaba, Susana volvió varias veces al instante en que Rodrigo
se había detenido y pudo mirar con algo más de calma la pequeña herida que
había sentido. No quería juzgarla con dureza porque detrás había un deseo
profundamente humano: quería ser querida también corporalmente y deseaba
saberse atractiva para el hombre al que amaba.
El problema no estaba ahí. Empezaba a descubrirlo en otro punto, mucho
más fino. Una necesidad legítima podía deformarse cuando se convertía en una
exigencia silenciosa. Querer gustarle a Rodrigo era una cosa; necesitar que él
demostrara continuamente ese deseo para sostener su propia seguridad era otra.
Desde fuera las dos experiencias podían parecer idénticas, porque en
ambas importaba la mirada del otro. Por dentro, sin embargo, empezaban a tener
un sabor diferente. Cuando recibía aquella mirada como un regalo, la disfrutaba
sin pedirle que demostrara quién era ella. Cuando la convertía en una medida,
cualquier cambio podía convertirse en amenaza.
Aquella tarde había alcanzado a ver la diferencia.
No le resultaba agradable, aunque tampoco quería dramatizarla. Empezaba
simplemente a reconocer que incluso algo hermoso como sentirse deseada podía
transformarse poco a poco en una forma de dependencia si necesitaba
continuamente esa confirmación para estar en paz consigo misma.
Rodrigo caminaba a su lado sin saber todo lo que ocurría dentro de ella.
Susana agradeció que no le preguntara enseguida en qué estaba pensando. No todo
tenía que ser comunicado en el mismo momento en que aparecía. Algunas cosas
necesitaban primero un poco de silencio para adquirir forma.
Lo
que todavía no habían prometido
Cuando llegaron al portal de Susana apareció de una manera muy natural la
posibilidad de prolongar la tarde. Ella podía invitarlo a subir un rato; sus
padres estaban en casa y no habría nada extraño en quedarse un poco más. Podían
hablar, sentarse o terminar de comentar cualquiera de las cosas que habían
dejado a medias.
Todas aquellas razones eran verdaderas.
Pero había otra.
Susana quería recuperar el momento del sofá.
Lo reconoció antes de convertirlo en una invitación y comprendió que no
buscaba solamente prolongar una tarde agradable. Una parte de ella quería
volver a sentir aquella intensidad y comprobar otra vez que Rodrigo seguía
deseándola del mismo modo.
No dijo nada.
El silencio duró muy poco, aunque fue suficiente para que Rodrigo
percibiera también cuánto le apetecía quedarse. Ninguno necesitaba transformar
la despedida en una victoria espiritual. Irse costaba precisamente porque los
dos preferían prolongar el encuentro.
Rodrigo la abrazó y Susana permaneció un rato entre sus brazos.
El deseo seguía allí, pero ya no ocupaba todo el espacio. Junto a él
estaban también la confianza, el cariño, las conversaciones difíciles, la
historia compartida, la fe que intentaban no dejar fuera de aquello que vivían
y un futuro del que todavía hablaban con más preguntas que certezas.
Nada de aquello hacía al cuerpo menos importante. Más bien empezaba a
colocarlo dentro de una historia mayor que él mismo.
Susana apoyó la cara contra el pecho de Rodrigo y sintió que aquella
cercanía no era menos verdadera porque terminara allí. Quizá incluso había algo
especialmente libre en un abrazo que podía seguir siendo abrazo sin necesitar
transformarse en una prueba de nada.
—Buenas noches —dijo cuando finalmente se separaron.
—Buenas noches.
Se besaron brevemente y Rodrigo comenzó a alejarse.
Susana entró en el portal y se encontró con su reflejo en el espejo del
vestíbulo. Tenía el pelo algo revuelto y la misma ropa con la que había salido
varias horas antes. Mientras esperaba el ascensor recordó cómo la había mirado
Rodrigo y volvió a gustarle aquel recuerdo sin sentir que debiera corregirse
por ello.
Después pensó en el momento en que se había detenido.
También ese recuerdo empezaba a ocupar un lugar distinto.
Hasta entonces, una parte de Susana había imaginado el respeto y el deseo
como dos fuerzas que podían entrar fácilmente en competencia, como si sentirse
verdaderamente deseada exigiera que el otro quisiera llegar siempre más lejos y
como si detenerse significara necesariamente enfriar aquello que existía entre
ellos.
Aquella tarde había abierto otra posibilidad: quizá podía ser
intensamente deseada y, precisamente dentro de ese deseo, profundamente
respetada.
Todavía no sabía todo lo que significaba eso.
El ascensor llegó antes de que intentara resolverlo.
El
deseo puede estrechar la mirada
Rodrigo volvió andando a casa. El paseo le permitió mirar la tarde con
cierta distancia, aunque seguía sin conseguir ordenar completamente lo
ocurrido. Le habría gustado quedarse y le habría gustado continuar. No quería
maquillarlo con palabras religiosas ni fabricar una versión de sí mismo más
firme de la que realmente había sido.
Aquello también formaba parte de la verdad.
Sin embargo, mientras caminaba comenzó a comprender que la pregunta
importante no podía reducirse a cuánto deseaba algo ni siquiera a que Susana
compartiera ese mismo deseo. Durante los momentos de mayor cercanía había
experimentado cómo el presente podía hacerse tan intenso que todo lo demás
empezara a perder nitidez.
El futuro no desaparecía. Tampoco su conciencia, la fe, las
conversaciones que habían tenido ni la clase de relación que querían construir.
Simplemente quedaban más lejos, mientras aquello que estaba ocurriendo en ese
momento reclamaba casi toda la atención.
Quizá por eso le había costado tanto detenerse.
Y quizá también por eso entendía ahora un poco mejor lo que significaba
educar la mirada.
No bastaba con aprender a no consumir el cuerpo de una desconocida a
través de una pantalla. La prueba más delicada podía llegar precisamente con la
persona amada, cuando no había desprecio, cuando existía cariño verdadero y
cuando el deseo era correspondido.
También allí era posible dejar de mirar suficientemente lejos.
Rodrigo no quería que un momento verdadero terminara diciendo algo que la
totalidad de su vida todavía no podía sostener. Le costó encontrar la
formulación, pero mientras avanzaba por una calle casi vacía apareció una
intuición que permaneció con él durante el resto del camino: no quería que su
cuerpo prometiera a Susana una entrega que todavía no le había prometido con
toda su vida.
No sabía todavía hasta dónde podía llevarlo aquella idea.
Pero entendía que no se trataba únicamente de una cuestión de límites.
Se trataba de verdad.
Algo
que todavía no necesitaba explicación
Cuando llegó a casa encontró un mensaje de Susana:
«Me ha gustado esta tarde. Incluso la parte rara.»
Rodrigo sonrió antes de contestar:
«A mí también. Creo que hemos entendido algo, aunque todavía no sé
decir muy bien qué.»
La respuesta llegó enseguida:
«Entonces no lo estropees explicándolo.»
Rodrigo soltó una carcajada y dejó el teléfono sobre la mesa.
Por una vez, Susana tenía razón incluso en eso.
No necesitaban convertir aquella tarde en una conclusión perfecta. Habían
vivido algo antes de saber explicarlo y quizá precisamente por eso podía seguir
trabajando dentro de ellos.
El deseo no había desaparecido, ni tampoco la atracción, la dificultad o
esa libertad que todavía necesitaba aprender a sostenerse cuando resultaba más
fácil dejarse llevar. Lo nuevo era más discreto: empezaban a sospechar que amar
el cuerpo del otro no significaba sentir menos, sino aprender a mantener
delante a la persona entera precisamente cuando el deseo tendía a estrechar la
mirada.
Y eso, como casi todo lo importante que estaban descubriendo, no se
aprendía de una vez.
El cuerpo no debería prometer una entrega que la vida
todavía no ha prometido entera.

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