¿Cómo podemos saber si de verdad estamos amando a Dios? En esta breve homilía sobre Mateo 22,34-40, Jesús responde a la pregunta por el mandamiento principal uniendo dos amores que nunca deberían separarse: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo. La oración, los mandamientos y las prácticas religiosas encuentran aquí su verdadero sentido: ayudarnos a vivir una relación con Dios capaz de transformar también nuestra manera de mirar, hablar, perdonar y tratar a los demás. Porque el amor cristiano no termina en lo que decimos a Dios; se hace visible en la dignidad y el cuidado con que tratamos a las personas que Él ama.
Homilía Breve del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 22, 34-40 — «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Dos mandamientos que dan sentido a toda nuestra vida
¿Qué
es lo más importante para Dios?
El Evangelio de
hoy nos presenta a un experto en la Ley que se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».
Mateo nos advierte
que su intención era ponerlo a prueba. La pregunta, sin embargo, plantea una
cuestión fundamental: entre tantos mandamientos y exigencias religiosas, ¿qué
es lo verdaderamente importante? ¿Qué debe orientar la vida de una persona que
quiere ser fiel a Dios?
Jesús responde con unas palabras del
Deuteronomio que cualquier israelita piadoso conocía desde su infancia: «Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».
Fijémonos en lo
que significa esta respuesta. Jesús está recordando que el fundamento de
nuestra relación con Dios es el amor. Los mandamientos tienen su
importancia, pero no podemos comprenderlos correctamente si olvidamos a aquel
con quien estamos llamados a vivir una relación personal.
Cuando queremos
verdaderamente a alguien, esa persona ocupa un lugar importante en nuestras
decisiones. Nos preocupamos por ella, buscamos su bien y procuramos no hacer
aquello que pueda perjudicar nuestra relación.
Algo semejante sucede con Dios. Amarlo con
todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente significa permitir que
nuestra relación con él vaya orientando nuestra vida entera: lo que pensamos,
las decisiones que tomamos, el uso que hacemos de nuestro tiempo y nuestra
manera de comportarnos.
¿Por
qué Jesús añade un segundo mandamiento?
Pero lo más
interesante de este Evangelio llega ahora.
El doctor de la Ley había preguntado por
el mandamiento principal. Jesús ya ha respondido. Sin embargo, por iniciativa
propia añade otro: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Y dice algo que
merece toda nuestra atención: «El segundo es
semejante a él».
¿Por qué une estos
dos mandamientos?
Porque nuestra
relación con Dios no puede separarse de la manera en que tratamos a las
personas que él ama.
Imaginemos a
alguien que dedica mucho tiempo a la oración y procura cumplir cuidadosamente
sus obligaciones religiosas, pero después desprecia a una persona, habla mal de
ella o se desentiende de sus dificultades.
¿Podemos decir que está viviendo
plenamente el amor a Dios?
Esta es
precisamente la cuestión que nos ayuda a comprender Jesús. No basta con afirmar
que amamos al Señor. Ese amor tiene que manifestarse también en nuestras
relaciones con los demás.
Y aquí encontramos
una exigencia particularmente importante. Amar al prójimo no significa
solamente querer a nuestros familiares o ayudar a quienes nos resultan
agradables. Jesús nos enseñará a extender ese amor incluso a quienes nos han
perjudicado.
Naturalmente, amar no significa aprobar
las malas acciones ni renunciar a la justicia. Significa reconocer que toda
persona, incluso aquella con la que tenemos dificultades, posee una dignidad
que debemos respetar.
Lo
que sostiene toda la Ley y los Profetas
Jesús termina con
una afirmación extraordinaria: «En estos dos
mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
Es decir, toda la
enseñanza de las Escrituras encuentra en estos dos mandamientos su fundamento y
su unidad.
Jesús no está
diciendo que los demás preceptos carezcan de importancia. Nos está enseñando
cómo debemos comprenderlos y vivirlos.
Y él mismo nos
mostrará hasta dónde llega ese amor. Durante su vida buscará siempre la
voluntad del Padre, se acercará a quienes sufren, acogerá a los pecadores y
terminará entregando su vida por nosotros.
En Jesucristo
descubrimos que el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos aspectos
independientes de nuestra existencia.
Por eso, al
escuchar hoy este Evangelio, podemos examinar nuestra propia vida: ¿la relación
que mantenemos con el Señor está transformando nuestra manera de tratar a los
demás?
Porque la
fidelidad a Dios no se mide solamente por las prácticas religiosas que
realizamos, sino también por el amor con que vivimos nuestras relaciones
humanas.
Y cuando ambos
amores van creciendo juntos, nuestra vida comienza a reflejar algo del amor que
hemos recibido de Dios.

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