sábado, 24 de octubre de 2026

Homilía Breve del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A | Mt 22, 34-40

 ¿Cómo podemos saber si de verdad estamos amando a Dios? En esta breve homilía sobre Mateo 22,34-40, Jesús responde a la pregunta por el mandamiento principal uniendo dos amores que nunca deberían separarse: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo. La oración, los mandamientos y las prácticas religiosas encuentran aquí su verdadero sentido: ayudarnos a vivir una relación con Dios capaz de transformar también nuestra manera de mirar, hablar, perdonar y tratar a los demás. Porque el amor cristiano no termina en lo que decimos a Dios; se hace visible en la dignidad y el cuidado con que tratamos a las personas que Él ama.

Homilía Breve del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 22, 34-40 — «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

 

Dos mandamientos que dan sentido a toda nuestra vida

¿Qué es lo más importante para Dios?

El Evangelio de hoy nos presenta a un experto en la Ley que se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Mateo nos advierte que su intención era ponerlo a prueba. La pregunta, sin embargo, plantea una cuestión fundamental: entre tantos mandamientos y exigencias religiosas, ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué debe orientar la vida de una persona que quiere ser fiel a Dios?

Jesús responde con unas palabras del Deuteronomio que cualquier israelita piadoso conocía desde su infancia: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».

Fijémonos en lo que significa esta respuesta. Jesús está recordando que el fundamento de nuestra relación con Dios es el amor. Los mandamientos tienen su importancia, pero no podemos comprenderlos correctamente si olvidamos a aquel con quien estamos llamados a vivir una relación personal.

Cuando queremos verdaderamente a alguien, esa persona ocupa un lugar importante en nuestras decisiones. Nos preocupamos por ella, buscamos su bien y procuramos no hacer aquello que pueda perjudicar nuestra relación.

Algo semejante sucede con Dios. Amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente significa permitir que nuestra relación con él vaya orientando nuestra vida entera: lo que pensamos, las decisiones que tomamos, el uso que hacemos de nuestro tiempo y nuestra manera de comportarnos.

¿Por qué Jesús añade un segundo mandamiento?

Pero lo más interesante de este Evangelio llega ahora.

El doctor de la Ley había preguntado por el mandamiento principal. Jesús ya ha respondido. Sin embargo, por iniciativa propia añade otro: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Y dice algo que merece toda nuestra atención: «El segundo es semejante a él».

¿Por qué une estos dos mandamientos?

Porque nuestra relación con Dios no puede separarse de la manera en que tratamos a las personas que él ama.

Imaginemos a alguien que dedica mucho tiempo a la oración y procura cumplir cuidadosamente sus obligaciones religiosas, pero después desprecia a una persona, habla mal de ella o se desentiende de sus dificultades.

¿Podemos decir que está viviendo plenamente el amor a Dios?

Esta es precisamente la cuestión que nos ayuda a comprender Jesús. No basta con afirmar que amamos al Señor. Ese amor tiene que manifestarse también en nuestras relaciones con los demás.

Y aquí encontramos una exigencia particularmente importante. Amar al prójimo no significa solamente querer a nuestros familiares o ayudar a quienes nos resultan agradables. Jesús nos enseñará a extender ese amor incluso a quienes nos han perjudicado.

Naturalmente, amar no significa aprobar las malas acciones ni renunciar a la justicia. Significa reconocer que toda persona, incluso aquella con la que tenemos dificultades, posee una dignidad que debemos respetar.

Lo que sostiene toda la Ley y los Profetas

Jesús termina con una afirmación extraordinaria: «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Es decir, toda la enseñanza de las Escrituras encuentra en estos dos mandamientos su fundamento y su unidad.

Jesús no está diciendo que los demás preceptos carezcan de importancia. Nos está enseñando cómo debemos comprenderlos y vivirlos.

Y él mismo nos mostrará hasta dónde llega ese amor. Durante su vida buscará siempre la voluntad del Padre, se acercará a quienes sufren, acogerá a los pecadores y terminará entregando su vida por nosotros.

En Jesucristo descubrimos que el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos aspectos independientes de nuestra existencia.

Por eso, al escuchar hoy este Evangelio, podemos examinar nuestra propia vida: ¿la relación que mantenemos con el Señor está transformando nuestra manera de tratar a los demás?

Porque la fidelidad a Dios no se mide solamente por las prácticas religiosas que realizamos, sino también por el amor con que vivimos nuestras relaciones humanas.

Y cuando ambos amores van creciendo juntos, nuestra vida comienza a reflejar algo del amor que hemos recibido de Dios.


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