sábado, 10 de octubre de 2026

Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A | Mt 22, 1-14

 ¿Qué significa realmente entrar en el banquete de Dios y por qué Jesús termina hablando de un invitado sin traje de boda? En esta homilía sobre Mateo 22,1-14, el Reino aparece como una fiesta abierta a todos, un mundo nuevo marcado por la alegría, la gratuidad, la fraternidad y la acogida. Dios invita sin excluir a nadie, pero aceptar la invitación no consiste simplemente en entrar en la sala o pertenecer exteriormente a la comunidad cristiana. El vestido de bodas representa una vida que comienza a parecerse a la de Cristo: una existencia revestida de amor, servicio y atención a los demás. La pregunta final, por tanto, no es solo si hemos dicho «sí» a Dios, sino si estamos permitiendo que su Evangelio nos cambie verdaderamente de vestido.

Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 22, 1-14 — «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas».

 

Una vida de esfuerzo, pobreza y

sueños nunca cumplidos.

Para comprender cómo vivía el pueblo de Israel en tiempos bíblicos, conviene acercarnos a la realidad cotidiana de sus gentes. Buena parte de aquella sociedad estaba formada por pastores y agricultores, personas sencillas que se ganaban el sustento con enorme esfuerzo. Su vida no era precisamente cómoda. Muchos tenían que cultivar terrenos pedregosos en las montañas, porque las grandes extensiones de tierra fértil, como la llanura de Sarón, junto al Mediterráneo, y la de Esdrelón, también conocida como valle de Jezreel, estaban en manos de grandes propietarios.

Para aquellos campesinos, conseguir un pequeño campo de cultivo suponía ya un trabajo agotador. Antes de sembrar, tenían que retirar las piedras que cubrían la tierra y, después, pasar largas jornadas bajo un sol abrasador, utilizando herramientas muy rudimentarias. Todo aquel esfuerzo tenía una finalidad bastante modesta: conseguir algo de alimento para llevar a la mesa familiar.

Naturalmente, aquellas familias también encontraban ocasiones para reunirse y celebrar alguna pequeña fiesta. Pero los grandes banquetes, esas mesas rebosantes de alimentos exquisitos que podían imaginar y desear, quedaban fuera de su alcance. Eran privilegio de los ricos, entre los cuales se encontraban precisamente quienes se aprovechaban del trabajo y la necesidad de los más pobres. Para unos, la mesa estaba siempre bien servida; para otros, conseguir lo indispensable exigía dejarse la piel cada día.

Cuando la tierra prometida

se convirtió en tierra de sufrimiento.

La situación de aquellos campesinos, a quienes la Biblia presenta como los pobres de la tierra, atravesó un momento especialmente doloroso después del exilio en Babilonia. Algunos grupos de descendientes de los deportados comenzaron a regresar a Judea, a la tierra de sus antepasados. No eran ya quienes habían sido llevados al destierro por Nabucodonosor, sino sus hijos y nietos.

Conviene recordar un detalle importante: Cuando Nabucodonosor organizó las deportaciones, no se llevó principalmente a los ancianos, enfermos o incapacitados, sino a personas preparadas para trabajar, entre ellas numerosos artesanos. Muchos consiguieron establecerse en Babilonia y, con el paso de los años, prosperaron económicamente.

¿Quiénes regresaron entonces a la tierra de sus padres? Sobre todo, aquellos que no habían logrado abrirse camino en Mesopotamia. Sin embargo, al llegar se encontraron con una realidad desoladora: las tierras que habían pertenecido a sus familias estaban ahora ocupadas por otros propietarios. Y, como necesitaban sobrevivir, no les quedó más remedio que ponerse al servicio de quienes poseían aquellos campos.

Lejos de encontrar la vida que esperaban, terminaron sometidos a nuevas formas de explotación. Los propietarios se aprovechaban de su situación y los trataban con arbitrariedad, cometiendo contra ellos toda clase de abusos e injusticias.

Dios promete un mundo nuevo

con una mesa para todos.

En ese ambiente de sufrimiento y desaliento, durante el siglo V antes de Cristo, aparece en Israel un profeta enviado por el Señor para anunciar a aquellos pobres una palabra capaz de devolverles la esperanza.

Pero ¿qué les promete? Precisamente aquello que tanto anhelaban: que las cosas no continuarían siendo siempre iguales, que aquella sociedad marcada por tantas desigualdades podía dar paso a una realidad completamente distinta.

Y para expresar cómo sería ese mundo nuevo que Dios preparaba, el profeta recurre a una imagen que cualquiera de sus oyentes podía comprender. No elige una explicación complicada ni un discurso reservado a los sabios. Habla de algo que aquellas familias conocían muy bien, aunque casi siempre fuera solamente a través de sus sueños: un gran banquete.

¡Imaginemos lo que supondría escuchar semejante anuncio para quienes apenas conseguían llevar a casa lo necesario para comer!

Esta es precisamente la promesa que encontramos en la primera lectura de este domingo. El profeta anuncia que el Señor del universo preparará, sobre el monte donde se levanta Jerusalén, un extraordinario banquete destinado a todos los pueblos. Y describe aquella mesa con una abundancia sorprendente: manjares suculentos, alimentos escogidos, vinos excelentes y cuidadosamente refinados (cfr. Is 25, 6).

Podemos imaginar la expresión de quienes escuchaban aquellas palabras. ¡Se les abrirían los ojos de asombro! Ellos, que jamás habían participado en una celebración semejante, oían hablar de una mesa espléndida, preparada por el propio Dios.

Pero había algo todavía más sorprendente: aquel banquete no estaría reservado exclusivamente a Israel, sino que reuniría a todos los pueblos. La promesa divina no se limitaba a transformar la suerte de un pequeño grupo de personas. El mundo nuevo anunciado por el profeta alcanzaría a toda la humanidad.

Dios no olvida sus promesas,

aunque parezca que tarda.

Sin embargo, transcurrieron cuatro siglos y aquella promesa parecía seguir sin cumplirse. El mundo continuaba funcionando como siempre. Persistían las injusticias, los sufrimientos y las lágrimas de quienes apenas tenían lo necesario para vivir. Los pobres seguían siendo pobres y los abusos no habían desaparecido.

Ante semejante realidad, era inevitable que surgiera una pregunta: ¿sería realmente fiel el Señor a lo que había anunciado por medio de su profeta? ¿Llegaría algún día aquel mundo diferente que tanto esperaban?

A pesar de todo, Israel mantuvo viva su confianza. El pueblo seguía creyendo que Dios no se desdice de su palabra. Su convicción podía expresarse de una manera muy sencilla: «Nuestro Dios cumple lo que promete. Si ha dado su palabra, podemos confiar en él».

Y un día, precisamente en medio de aquellos pobres de la tierra, apareció Jesús de Nazaret.

Con él, aquella antigua promesa comenzó a hacerse realidad. Jesús vino a dar cumplimiento al anuncio del profeta y a inaugurar el banquete que Dios había preparado.

El mundo nuevo que Dios

promete comienza aquí.

«En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo».

En Israel, la profecía que acabamos de recordar era conocida por todos. Los rabinos mantenían viva aquella promesa, evocándola con frecuencia y explicándola mediante una imagen muy expresiva: la existencia de dos mundos.

Por una parte, estaba el mundo presente, llamado en hebreo עוֹלָם הַזֶּה (olam hazé), es decir, «este mundo», marcado por las miserias humanas, el sufrimiento, las lágrimas y las injusticias. Un mundo que, tal como lo experimentaban los pobres, difícilmente podía satisfacer los deseos más profundos del corazón humano.

Frente a él se encontraba el עוֹלָם הַבָּא (olam habá), «el mundo venidero», una realidad futura donde reinarían la alegría y la fiesta permanente. Lo imaginaban como el גַּן עֵדֶן (gan edén), el jardín de las delicias, un lugar de felicidad que se haría realidad en el mundo futuro.

Sin embargo, cuando llega Jesús, introduce una novedad sorprendente: Ese mundo nuevo no pertenece exclusivamente a un futuro lejano. El reino de Dios comienza a realizarse aquí, en nuestra propia historia, porque Dios ha decidido preparar su banquete en este mundo. Es aquí donde quiere que sus hijos encuentren la felicidad. De lo que sucederá en la otra vida, ya se ocupará él.

Por tanto, el reino de Dios no es únicamente una realidad que esperamos alcanzar algún día; es también una realidad que estamos llamados a construir desde ahora. Y para explicarlo, Jesús recupera precisamente aquella imagen del profeta: El gran banquete.

Recordemos que Jesús ya había utilizado otras comparaciones para hablar del reino de Dios. En una ocasión lo presentó como un diminuto grano de mostaza que, a pesar de su pequeñez, encierra una extraordinaria fuerza vital. Así comienza el Reino en medio del mundo antiguo: como una semilla aparentemente insignificante, pero portadora de una vida que procede de Dios y capaz de desarrollarse hasta producir algo verdaderamente sorprendente (cfr. Mt 13, 31-32).

También lo comparó con un campo donde crece el buen trigo, aunque entre sus espigas continúa apareciendo la cizaña. El bien se desarrolla y va dando fruto, pero el mal no desaparece inmediatamente: ambos permanecen presentes durante el crecimiento de la cosecha (cfr. Mt 13, 24-30).

Hoy, en cambio, Jesús nos invita a contemplar el Reino mediante otra imagen: un espléndido banquete, una celebración de bodas. Es una comparación que ya había empleado el profeta y que ahora Jesús retoma para mostrarnos cómo es ese mundo nuevo que Dios desea inaugurar.

Detengámonos en esta imagen, porque cada uno de sus elementos encierra una enseñanza importante.

Dios nos invita a una fiesta,

no a vivir entristecidos.

Lo primero que llama la atención es que Jesús presenta el reino de Dios como un banquete, una fiesta. Y esto debería hacernos reflexionar: ¿cómo hemos llegado, en ocasiones, a envolver la vida cristiana en una atmósfera de tristeza, como si seguir a Cristo consistiera principalmente en sufrir?

Durante mucho tiempo, determinadas formas de entender la espiritualidad parecían conceder al sufrimiento un valor casi absoluto. Cuanto más se padecía en esta vida, más preparado se suponía que estaba uno para alcanzar la felicidad en la otra. De ese modo, la adhesión a Cristo y a su Evangelio podía quedar asociada a una especie de culto al dolor.

Pero el Padre ha enviado a su Hijo al mundo precisamente porque desea que todos sus hijos participen de una vida llena de alegría. Recordemos el anuncio de los ángeles a los pastores cuando nació Jesús: su nacimiento fue presentado como una noticia de inmensa alegría (cfr. Lc 2, 10).

Jesús vino para comenzar a hacer realidad ese mundo nuevo.

Ahora bien, conviene comprender de qué alegría estamos hablando. En el mundo antiguo, organizado según la lógica de la desigualdad y del egoísmo, no puede existir una alegría verdaderamente compartida. Quien pasa hambre difícilmente puede sentirse feliz mientras carece de lo necesario para vivir. Pero tampoco quien tiene la mesa rebosante y se entrega a los excesos conoce necesariamente la auténtica alegría.

Pensemos en quienes celebran grandes festines mientras a su alrededor hay personas hambrientas, enfermas, desamparadas, sin vestido o sin un techo bajo el que cobijarse. ¿Puede hablarse de verdadera felicidad cuando se disfruta de la abundancia permaneciendo indiferente al sufrimiento ajeno?

Se pueden experimentar placeres, buscar emociones cada vez más intensas, entregarse a los excesos y tratar de olvidar la realidad mediante toda clase de diversiones. Pero ninguna de esas experiencias garantiza la alegría profunda de la que habla Jesús.

Por eso, su invitación adquiere un significado muy concreto: Quien desea descubrir la auténtica alegría está llamado a entrar en el banquete del reino de Dios, es decir, a aceptar una manera completamente nueva de relacionarse con los demás.

En el banquete de Dios todos somos invitados,

nadie es dueño.

La segunda enseñanza que podemos descubrir en esta imagen tiene que ver con una pregunta fundamental: ¿Quién organiza la fiesta?

En la parábola aparece un rey que prepara el banquete y envía las invitaciones. Ese rey representa a Dios. No son los invitados quienes han preparado la celebración; todo procede de la iniciativa de quien los recibe (cfr. Mt 22, 1-14).

Esto significa que el banquete es gratuito y está destinado a todos.

La sala donde se celebra esa fiesta es nuestro propio mundo. Todos llegamos a él como invitados y encontramos una mesa que ya estaba preparada antes de nuestra llegada. Nadie puede atribuirse la condición de dueño absoluto, porque todos somos comensales.

Y aquí aparece una de las raíces más profundas de los males que afectan al mundo antiguo: algunas personas han olvidado que son invitadas y han comenzado a comportarse como propietarias de cuanto encuentran a su alcance.

Dios ha preparado un mundo hermoso para sus hijos, no una existencia concebida únicamente como un valle de lágrimas. Ha puesto a su disposición los bienes necesarios para vivir, los alimentos y los recursos que permiten desarrollar una vida plena.

Sin embargo, cuando alguien se apropia de esos bienes y comienza a considerarlos exclusivamente suyos, olvida su verdadera condición. Se comporta como si fuera el dueño de la mesa y pudiera decidir libremente quién tiene derecho a comer y quién debe quedarse sin alimento.

A partir de esa mentalidad, todo comienza a organizarse según la lógica de la posesión y del beneficio: comprar, vender al mejor postor, obtener ganancias de cada intercambio, enriquecerse y acumular cada vez más bienes.

Y cuando creemos que aquello que hemos conseguido reunir nos pertenece de manera absoluta, empiezan a surgir las rivalidades, la competencia, los enfrentamientos, los resentimientos, los odios y, finalmente, las guerras.

La imagen del banquete preparado por Dios nos recuerda precisamente la verdad que esa mentalidad ha olvidado: todo procede de Dios y nosotros somos administradores de unos bienes que no nos pertenecen de manera absoluta. En este sentido, nuestros habituales posesivos —«esto es mío», «aquello es tuyo»— pueden convertirse en una forma de engañarnos acerca de nuestra verdadera condición.

Pero ¿qué sucedería si aceptáramos la lógica de la gratuidad?

Cambiaría por completo nuestra manera de relacionarnos. En lugar de aferrarnos a lo que tenemos, compartiríamos con nuestros hermanos aquello que necesitan para vivir y, a su vez, recibiríamos de ellos lo que nosotros necesitamos.

Estamos hechos para esa relación de amor, para ese intercambio de bienes que nace de reconocernos mutuamente como hermanos. Porque todos cuantos llegan a la sala del banquete, que es nuestro mundo, son hijos del mismo Padre.

Desde esta perspectiva, compartir deja de ser simplemente un gesto de generosidad personal. No se trata de pensar: «Como soy una persona generosa, voy a darte algo de lo que es mío». La lógica del Reino es mucho más profunda: los bienes que poseo están también destinados a satisfacer tus necesidades, del mismo modo que aquello que tú has recibido puede servir para atender las necesidades de otros.

No somos propietarios absolutos de los dones que tenemos entre manos. Los hemos recibido para que puedan llegar a quienes los necesitan.

Y es precisamente cuando comenzamos a mirar las necesidades del otro, cuando dejamos que el amor oriente nuestra manera de disponer de los bienes, cuando empieza a hacerse realidad ese mundo nuevo que Jesús anuncia. 

La verdadera alegría

nace de compartir y acoger al otro.

La tercera característica del banquete del Reino es la convivencia fraterna. En una celebración de bodas nadie se aparta voluntariamente de los demás para comer a solas, como si lo único importante fuera satisfacer su propio apetito.

Un animal puede quedar plenamente satisfecho cuando consigue el alimento que necesita. Pero el ser humano no está hecho solamente para saciar el hambre. Está llamado a sentarse con otros, a compartir la mesa y a experimentar la alegría de comprobar que quienes le rodean también pueden disfrutar de la fiesta.

Por eso, el banquete del reino de Dios no tiene nada que ver con aquellos festines de los ricos despreocupados que denunciaba el profeta Amós. El profeta describía a personas que descansaban sobre lujosos lechos de marfil, disfrutaban de exquisitas comidas, se entretenían con la música y bebían vino en abundancia, mientras permanecían completamente indiferentes ante la desgracia de quienes sufrían a su alrededor (cfr. Am 6, 4-6).

Aquellas personas disfrutaban de numerosos placeres, pero su comportamiento estaba muy lejos de la alegría que Dios deseaba para sus hijos.

Porque la felicidad no consiste en acumular bienes ni en consumirlos sin medida. La verdadera alegría aparece cuando aceptamos la lógica del mundo nuevo: sentarnos juntos a la mesa, interesarnos por los demás, participar de sus alegrías y prestar atención también a sus sufrimientos, sus decepciones y sus esperanzas.

Hay todavía una cuarta característica de este banquete que resulta especialmente hermosa: la acogida mutua.

A la sala de la fiesta, que representa nuestro mundo, llegan personas muy diferentes. Proceden de pueblos y naciones distintos, hablan lenguas diversas, pertenecen a culturas diferentes y poseen maneras de vivir que no siempre coinciden con las nuestras.

Sin embargo, en el banquete del Reino nadie es rechazado por ser diferente. La diversidad no constituye un obstáculo para compartir la mesa, sino una riqueza que puede enriquecer la convivencia. La fiesta que Dios prepara no deja espacio para las discordias nacidas del rechazo al otro. En ese mundo nuevo, las personas aprenden a acogerse mutuamente, reconociendo tanto las cualidades como las limitaciones de cada una.

Y aquí descubrimos que las cuatro características están profundamente relacionadas: la alegría, la gratuidad, la convivencia fraterna y la acogida. No son realidades independientes, sino distintas expresiones de una misma manera de vivir.

Ahora llega la pregunta que Jesús pone ante nosotros: ¿estamos dispuestos a aceptar esta lógica del reino de Dios?

¿Deseamos continuar construyendo nuestra vida según los criterios del mundo antiguo, donde unos pocos disfrutan de la abundancia mientras otros permanecen excluidos, o preferimos aceptar la invitación a participar en ese mundo nuevo que Jesús anuncia?

Es posible que a algunas personas les resulte más cómodo permanecer en el mundo de siempre. Allí pueden conservar sus privilegios, organizar sus propios banquetes y disfrutar de sus riquezas sin preocuparse demasiado por quienes se quedan fuera. Pero esa forma de vivir no conduce a la auténtica felicidad.

Y precisamente en este punto continúa la parábola. Jesús nos hablará de tres grupos de servidores enviados a comunicar las invitaciones, porque el rey, que representa a Dios, quiere que todos tengan la oportunidad de participar en su banquete. En otras palabras, Dios desea que todos sus hijos acepten la invitación a vivir según la lógica del mundo nuevo.

 

Dios invita a su banquete,

pero no todos desean participar.

«Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron».

Acabamos de escuchar que, en la parábola, el rey que había preparado el banquete envía a dos grupos de servidores para comunicar su invitación. Pero ¿a quiénes representan estos mensajeros y quiénes son sus destinatarios?

Los primeros enviados representan a los profetas que Dios dirigió, ante todo, a los descendientes de Abrahán, al pueblo de Israel. Su misión consistía en preparar los corazones para recibir al Mesías y acoger la propuesta de un mundo nuevo que Jesús presentaría mediante la imagen del banquete del reino de Dios.

Sin embargo, aquella invitación encontró una primera respuesta negativa. ¿Quiénes fueron los que la rechazaron? En la parábola representan a las autoridades religiosas de Israel: los escribas, los ancianos y los sumos sacerdotes.

Aquellos dirigentes no habían prestado verdadera atención al mensaje de los profetas. Habían elaborado una manera de relacionarse con Dios que se alejaba de lo que estos habían anunciado. Los profetas habían insistido en que lo verdaderamente importante para el Señor no eran los sacrificios, los holocaustos o el incienso, sino una vida expresada en obras concretas de amor.

Precisamente esa era la preparación que Dios esperaba de su pueblo para participar en el banquete que ofrecería el Mesías. Sin embargo, aquellos responsables religiosos tampoco acogieron la invitación a la conversión que les había dirigido Juan el Bautista.

¿Por qué se resistían tanto? Porque se encontraban muy cómodos con el banquete religioso que ellos mismos habían organizado. Habían construido una religiosidad basada en numerosas normas, disposiciones y preceptos establecidos por los hombres, que terminaban convirtiéndose en cargas difíciles de soportar. Es justamente lo que Jesús reprochaba a quienes imponían pesadas obligaciones sobre los demás (cfr. Mt 23, 4).

Aquella manera de presentar a Dios no transmitía alegría. Era como celebrar una boda en la que faltaba el vino. Recordemos las bodas de Caná: allí estaban las tinajas destinadas a las purificaciones rituales, pero el vino se había terminado (cfr. Jn 2, 1-11).

Esa imagen permite comprender el problema. Se había construido una práctica religiosa centrada en las prescripciones, los pecados y las purificaciones, pero incapaz de despertar la alegría de encontrarse con Dios. Era, por decirlo así, un banquete antiguo en el que todos conocían las normas de la celebración, pero nadie parecía disfrutar de la fiesta.

Y, sin embargo, a las autoridades religiosas les agradaba aquella forma de entender la relación con Dios. Preferían la imagen de un Dios legislador y justiciero, que amaba y bendecía únicamente a los buenos, mientras negaba sus favores a los pecadores que se atrevían a desobedecer sus mandamientos.

Por eso les resultaba tan difícil aceptar al Dios que Jesús estaba mostrando con su propia vida: un Dios que celebra, que se acerca a los pecadores y que se sienta a la mesa con publicanos y personas consideradas indignas.

En definitiva, aquellos dirigentes rechazaron la invitación porque no estaban interesados en el nuevo banquete que Jesús les proponía.

Cuando la religión tranquiliza la conciencia,

pero no transforma el corazón.

Conviene detenernos aquí, porque sería demasiado fácil escuchar esta parábola pensando únicamente en los fariseos de tiempos de Jesús. Aquellas personas pertenecen al pasado, pero la mentalidad que Jesús cuestionaba puede seguir apareciendo hoy. Y lo más importante es reconocer que también nosotros podemos dejarnos seducir por ella.

Podríamos ser nosotros quienes rechazáramos el banquete de Jesús por sentirnos más cómodos con una religiosidad antigua, construida alrededor de las observancias, las recompensas, los castigos y los méritos personales.

Esa manera de vivir la fe puede resultar bastante tranquilizadora. Nos permite sentir que estamos en regla con Dios, que hemos cumplido nuestras obligaciones y que, por tanto, nada tenemos que reprocharnos. Incluso podemos llegar a pensar que Dios está en deuda con nosotros, porque hemos acumulado suficientes buenas obras como para merecer sus recompensas.

Pero ¿es esa la relación que Jesús quiere establecer entre Dios y nosotros? ¿Podemos reducir nuestra vida cristiana a una especie de contabilidad espiritual, en la que vamos anotando lo que hacemos bien para calcular después cuánto nos corresponde recibir?

Esa no es la lógica del banquete del Reino. Es continuar sentados a la mesa de una religiosidad que todavía no ha descubierto la novedad de Jesús.

El banquete del reino de Dios se caracteriza por algo completamente distinto: el amor gratuito que Dios nos ofrece y que nosotros estamos llamados a compartir con todos nuestros hermanos.

No se trata de acumular méritos para conseguir el favor divino, sino de acoger un amor que se nos entrega gratuitamente y permitir que ese mismo amor transforme nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Las riquezas pueden llenar nuestras manos

sin colmar el corazón.

La parábola nos presenta después un segundo envío de mensajeros. «Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”». En esta ocasión, quienes rechazan la invitación ya no representan principalmente a las autoridades religiosas, sino a personas completamente absorbidas por sus intereses materiales: «Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios». Jesús menciona expresamente los campos y los negocios. Se trata de gente ocupada en sus propiedades, sus inversiones y sus asuntos económicos. Tienen terrenos que atender, grandes extensiones de tierra que administrar y operaciones comerciales que reclaman continuamente su atención.

Y aquí descubrimos algo interesante; que estas personas también tienen organizado su propio banquete. No es el banquete de las observancias religiosas, sino el de los negocios, el dinero, la acumulación de bienes y la búsqueda incesante de beneficios. Ese es el mundo en el que se encuentran a gusto. Ya tienen su mesa preparada y no desean que nadie venga a interrumpir la celebración con una propuesta diferente de vida.

Cuanto más se encierran en sus intereses materiales, menos dispuestos están a escuchar la invitación de Jesús. Porque en el banquete del Reino los bienes no se acumulan para disfrute exclusivo de unos pocos, sino que se comparten para que todos puedan participar de la fiesta.

Ellos, en cambio, prefieren continuar viviendo según las reglas del mundo antiguo, donde cada uno debe arreglárselas como pueda para conseguir lo que necesita. Y si alguien no encuentra lo indispensable para vivir, tendrá que buscarse la vida por su cuenta.

Lo significativo es que estas personas no rechazan la invitación porque no hayan comprendido lo que Jesús propone. Al contrario, han entendido perfectamente lo que significa entrar en el banquete del reino de Dios. Saben que aceptar esa invitación supondría comenzar a prestar atención a los demás, compartir sus bienes y orientar su vida según la lógica del amor gratuito. Y precisamente eso es lo que no están dispuestos a aceptar.

Prefieren seguir disfrutando de su propio banquete, convencidos de que las riquezas, los placeres y la abundancia material conseguirán satisfacer todas sus aspiraciones. Pero se engañan. Porque en el corazón humano existe una necesidad de alegría que parece no tener límites, y ninguna acumulación de riquezas puede colmarla definitivamente.

Podemos poseer muchas cosas y, sin embargo, continuar sintiendo que nos falta algo. Podemos disponer de todos los medios para disfrutar de la vida y no haber descubierto todavía esa alegría que nace de compartirla con los demás.

Por eso, la parábola nos coloca ante dos maneras distintas de rechazar la invitación de Dios: podemos aferrarnos a nuestro propio banquete religioso, hecho de normas y merecimientos, o podemos encerrarnos en el banquete material de las riquezas y los negocios.

Aunque parezcan muy diferentes, ambas actitudes tienen algo en común: preferimos conservar un mundo organizado según nuestros propios criterios antes que dejarnos transformar por la novedad del Reino.

Cuando la invitación al amor incomoda

a quienes viven de la injusticia.

Pero la parábola da todavía un paso más. No todos se limitan a rechazar educadamente la invitación. Algunos se sienten profundamente molestos por la presencia de los mensajeros y llegan incluso a reaccionar con violencia.

Esto sucede especialmente entre quienes están más aferrados a sus intereses materiales.

¿Por qué les incomodan tanto aquellos servidores? Porque comprenden enseguida que la lógica del banquete anunciado por Jesús pone al descubierto las injusticias sobre las que se sostiene su propio modo de vivir.

Si el mundo está llamado a convertirse en una mesa compartida, donde todos puedan encontrar lo necesario para vivir, resulta difícil justificar unos banquetes en los que unos pocos disfrutan de la abundancia mientras otros permanecen excluidos.

El anuncio del Reino se convierte así en una denuncia de las desigualdades y de los abusos que algunos preferirían mantener ocultos. Por eso, cuando los mensajeros insisten demasiado, cuando continúan recordando que existe otra manera de organizar la convivencia humana, quienes se sienten amenazados pueden llegar a recurrir a la violencia para hacerlos callar, apartarlos de su camino e incluso eliminarlos.

Y esta realidad no pertenece únicamente al pasado. Es también el destino que pueden encontrar los profetas de nuestro tiempo cuando tienen el valor de denunciar las injusticias presentes en los grandes banquetes económicos y políticos de nuestro mundo.

Su palabra incomoda porque nos recuerda que no basta con tener la mesa llena mientras otros carecen de lo indispensable. Nos recuerda que los bienes están llamados a compartirse y que la auténtica alegría no puede construirse sobre el sufrimiento de nuestros hermanos.

Ante todo esto, podemos preguntarnos: ¿qué sucede cuando la propuesta de Jesús cuestiona nuestras seguridades, nuestros intereses o nuestra manera habitual de entender la religión? ¿Seguimos dispuestos a escuchar su invitación o preferimos que nadie altere el banquete que ya tenemos organizado?

La parábola nos ha mostrado distintas respuestas negativas: unos rechazan la invitación porque están satisfechos con su religiosidad; otros, porque no desean renunciar a la lógica de la acumulación; y algunos llegan incluso a perseguir a quienes anuncian ese mundo nuevo.

Pero ahora surge una pregunta decisiva: ¿qué hará el rey ante tantos rechazos? ¿Renunciará a celebrar el banquete que ha preparado?

Una ciudad en llamas en medio de un banquete:

¿qué significa?

«El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad».

Antes de que aparezca el tercer grupo de servidores enviados por el rey, la parábola presenta una escena bastante desconcertante: una ciudad que acaba siendo destruida por el fuego. ¿Qué sentido tiene introducir un episodio semejante en medio de una celebración de bodas?

Para comprenderlo, conviene fijarnos en un detalle importante. Según esta interpretación del relato evangélico, el versículo que describe la destrucción de la ciudad no formaba parte de la parábola tal como Jesús la había contado, sino que fue incorporado por el evangelista Mateo (cfr. Mt 22, 7). De hecho, si prescindimos momentáneamente de ese versículo, descubrimos que la narración recupera inmediatamente su continuidad y resulta mucho más natural.

Pensemos en lo extraño que sería organizar un gran banquete, tenerlo todo preparado y, de repente, interrumpir la celebración porque estalla una guerra. Después, cuando termina el conflicto, los invitados regresan tranquilamente a sus lugares y encuentran los alimentos todavía sobre las mesas, como si nada hubiera sucedido. Desde luego, no parece una manera muy habitual de celebrar unas bodas.

¿Por qué habría introducido Mateo una escena tan sorprendente? La intención del evangelista, según esta explicación, sería ayudar a sus lectores a comprender un acontecimiento dramático que había sucedido aproximadamente quince años antes: la destrucción de Jerusalén.

Los primeros cristianos se preguntaban cómo había sido posible que la ciudad santa terminara de aquella manera. Para interpretar aquella tragedia recurrieron al lenguaje religioso que conocían, el del Antiguo Testamento, y hablaron de un castigo divino.

Pero aquí necesitamos detenernos, porque la palabra «castigo» puede llevarnos a entender algo muy distinto de lo que pretende transmitir esta explicación.

El pecado lleva consigo consecuencias

que pueden alcanzar a generaciones enteras.

¿Qué significaba hablar de los castigos de Dios en el lenguaje del Antiguo Testamento? El evangelista nos invita a comprender esa expresión desde una perspectiva muy concreta: Dios no añade sufrimientos a los males que el ser humano provoca cuando se aparta del buen camino. El pecado produce por sí mismo unas consecuencias que terminan perjudicando a quien lo comete y, en muchas ocasiones, también a quienes le rodean.

Desde esta interpretación, cuando las Escrituras hablan de castigos divinos, estarían expresando, mediante el lenguaje propio de aquella época, las consecuencias dolorosas del pecado. Y esas consecuencias pueden ser extraordinariamente graves. A veces no se agotan en la persona que ha actuado mal, sino que continúan manifestándose en sus descendientes, hasta la tercera y la cuarta generación. El daño provocado por nuestras decisiones puede prolongarse mucho más allá del momento en que las tomamos.

Por eso, necesitamos traducir aquel lenguaje antiguo a categorías que resulten comprensibles para las personas de nuestro tiempo. Si utilizamos hoy la expresión «castigo de Dios» con su significado habitual, podemos transmitir una imagen de Dios muy distinta de la que él desea comunicar. Hasta el punto de que califica de blasfemo hablar de castigos divinos cuando con ello se presenta a Dios como alguien que añade males a los sufrimientos provocados por los propios seres humanos.

Lo importante, por tanto, no es conservar sin más una expresión antigua, sino comprender el mensaje que pretende transmitir y expresarlo de una manera que no desfigure el rostro de Dios.

Las guerras no son castigos de Dios,

sino frutos de nuestras decisiones.

¿Cómo podríamos expresar hoy el mensaje que Mateo transmite mediante la imagen de aquella ciudad destruida?

Podríamos formularlo así: cuando los seres humanos rechazamos la invitación a participar en el banquete del reino de Dios, asumimos una responsabilidad por la permanencia de las injusticias, los abusos, las violencias, las guerras y las destrucciones que continúan golpeando nuestro mundo.

No son desgracias que Dios envíe para vengarse de quienes no han querido escucharlo. Son las consecuencias de nuestra resistencia a abandonar la lógica del mundo antiguo, esa manera de organizar la convivencia que convierte la competencia, el enfrentamiento y la imposición sobre los demás en principios fundamentales de nuestras relaciones.

Y cuando una sociedad continúa viviendo según esa lógica, los resultados pueden llegar a ser verdaderamente dramáticos. Desde esta perspectiva, ¿cuál habría sido el pecado de Israel al que se refiere esta interpretación de la parábola?

Haber rechazado la propuesta de un mundo nuevo, basado en la paz y en el amor, que Jesús había anunciado. En lugar de acoger aquella invitación, se habría preferido recurrir a la violencia, y esa elección habría desembocado finalmente en la ruina de Jerusalén.

La destrucción de la ciudad se presenta, por tanto, como una consecuencia histórica del rechazo de aquella propuesta de paz, aunque el evangelista la exprese mediante el lenguaje tradicional del castigo divino.

La invitación de Dios permanece,

incluso cuando encuentra rechazo.

Ahora comprendemos mejor la función de este episodio dentro del relato. La ciudad incendiada no pretende interrumpir gratuitamente la celebración, sino poner de manifiesto las graves consecuencias que puede tener nuestra negativa a abandonar la lógica del mundo antiguo.

Jesús nos invita a construir una convivencia fundada en el amor, la fraternidad y la paz. Sin embargo, cuando preferimos seguir alimentando la rivalidad, el egoísmo y la violencia, terminamos sufriendo las consecuencias de aquello que nosotros mismos hemos elegido.

Y esta reflexión nos deja una pregunta que merece ser tomada en serio: ¿cuántos sufrimientos que atribuimos a circunstancias inevitables son, en realidad, consecuencia de nuestra resistencia a vivir según la lógica del amor?

Con esta explicación concluye el episodio de la ciudad destruida. La parábola recupera ahora su hilo narrativo y nos presenta un nuevo envío de servidores.

El rey no ha renunciado a celebrar su banquete. Ahora atendamos a ver qué sucede cuando envía al tercer grupo de mensajeros.

La invitación de Dios llega

hasta quienes nadie esperaba.

«Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».

¿A quiénes envía el rey al tercer grupo de servidores? Esta vez no los manda a buscar a los personajes importantes de la sociedad, ni a los ricos, ni a las personas consideradas piadosas y devotas. Tampoco los dirige a los sacerdotes o a los escribas, que ya habían rechazado la invitación.

El destino de estos nuevos mensajeros es completamente distinto. La invitación de Dios llega hasta donde se encuentran los caminos.

El rey envía ahora a sus servidores a unos lugares muy distintos de aquellos en los que había buscado a los primeros invitados. El Evangelio utiliza una expresión griega particularmente significativa: διεξόδους τῶν ὁδῶν (diexódus ton hodón), que podemos traducir como «las salidas de los caminos» o «los cruces de caminos». Se trata de lugares de paso, donde podían encontrarse personas de muy diversa procedencia y condición. Ya no se busca exclusivamente a quienes ocupan una posición destacada en la sociedad, sino a cualquiera que aparezca por el camino. Y la orden del rey no deja lugar a dudas: invitar a todos cuantos encuentren, sin establecer distinciones previas (cfr. Mt 22, 9).

¿Y dónde se encuentran esos caminos? En las plazas, en los mercados, allí donde se reúne la gente corriente y donde se mezclan personas de toda condición. Precisamente allí deben presentarse los servidores del rey. Encontrarán comerciantes honrados, pero también estafadores, ladrones e incluso traficantes de drogas. Se cruzarán con personas respetables y con otras cuya conducta deja mucho que desear. Y a todas, sin excepción, tendrán que ofrecerles la invitación a participar en el banquete.

Los destinatarios son, por tanto, las personas sencillas, los pobres, los marginados y quienes sufren el desprecio de la sociedad. Entre ellos están también los recaudadores de impuestos, las prostitutas y todos aquellos que suelen quedar fuera de los ambientes considerados respetables. Buenos y malos, honrados y pecadores: nadie queda excluido de la invitación.

Pero ¿quiénes forman este tercer grupo de servidores? Ya no se trata de los antiguos profetas, enviados principalmente al pueblo de Israel. Ahora los mensajeros son quienes han recibido directamente de Jesús la misión de anunciar su propuesta de vida. Son los apóstoles y, con ellos, todos nosotros. Sí, también nosotros somos esos mensajeros, esos ángeles que han puesto su vida al servicio del proyecto de Dios para la humanidad.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué necesitamos para desempeñar bien esta misión?

Solo puede contagiar la alegría

quien primero la ha experimentado.

Para que nuestro anuncio resulte convincente y dé fruto, es indispensable que nosotros mismos hayamos descubierto antes la alegría del banquete. No basta con conocer su existencia, hablar de sus maravillas o explicar cómo funciona. Necesitamos haber entrado realmente en él, haber acogido la lógica del reino de Dios y haber experimentado que esa manera de vivir nos hace felices y llena de sentido nuestra existencia.

Porque cuando alguien descubre una alegría verdadera, difícilmente desea guardársela para sí mismo. Si hemos comprobado que el Evangelio transforma nuestra vida y nos permite experimentar una felicidad que antes desconocíamos, sentiremos espontáneamente el deseo de compartir ese descubrimiento con las personas a las que queremos.

No saldremos a buscarlas simplemente porque alguien nos haya encargado una tarea, sino porque deseamos que también ellas participen de aquello que nosotros hemos encontrado.

Por el contrario, si no sentimos ninguna necesidad de invitar a quienes todavía permanecen fuera del banquete, convendría preguntarnos qué está sucediendo. Tal vez nosotros mismos no hemos experimentado todavía su alegría, o quizá no amamos suficientemente a esas personas como para desear que también ellas la descubran.

El deseo de anunciar el Evangelio nace del amor. Esa es la verdadera raíz de la evangelización.

Ahora bien, cuando salgamos a las plazas y a los mercados, ¿con qué clase de personas nos encontraremos? Con gente de toda condición, naturalmente. Habrá personas heridas por la vida, otras de comportamiento poco ejemplar y también muchas personas buenas. No podemos esperar que todos piensen como nosotros ni que reciban nuestra invitación con entusiasmo.

A veces escuchamos a cristianos generosos, personas de buena voluntad y animadas por un sincero celo apostólico, que manifiestan sus dudas antes de salir a anunciar el Evangelio.

Se preguntan si realmente merece la pena tanto esfuerzo. Algunos dicen: «¿Para qué vamos a acercarnos a esas personas, si no muestran ningún interés por el Evangelio? Ya tienen sus propias maneras de vivir y de encontrar satisfacción. ¿Qué ganamos molestándolas con una propuesta que seguramente rechazarán? Además, muchas están muy alejadas de la fe y algunas incluso se burlan de nosotros cuando intentamos hablarles de Jesús».

Son inquietudes comprensibles, pero conviene recordar algo muy sencillo: si todas esas personas que encontramos en las plazas estuvieran ya participando del banquete, Jesús de Nazaret no nos habría enviado a invitarlas.

Precisamente porque todavía permanecen fuera necesitamos acercarnos a ellas. Por eso, no debería sorprendernos que encontremos personas que no comprenden nuestra propuesta, que muestran indiferencia o que incluso reaccionan con cierta hostilidad. Todavía no han descubierto la belleza del mundo nuevo que Jesús les ofrece.

Cada persona responde a la invitación

desde su propia situación.

Pensemos ahora en las distintas reacciones que podemos encontrar cuando anunciamos el Evangelio. Conviene conocerlas para que no nos desanimemos ante las primeras dificultades.

Habrá personas que duden, que vacilen y que no se sientan preparadas para cambiar inmediatamente de banquete. Ya tienen organizada su vida, conocen sus costumbres y encuentran cierta satisfacción en aquello que hacen. Por eso, aunque la propuesta de Jesús pueda resultarles interesante, prefieren continuar durante algún tiempo con su manera habitual de vivir. Tal vez más adelante decidan aceptar la invitación.

Ante estas respuestas, necesitaremos paciencia. Nosotros hemos ofrecido la posibilidad de entrar en el banquete; ahora corresponde a cada persona decidir qué hacer con ella.

También encontraremos a quienes piensan que el banquete del reino de Dios pertenece exclusivamente a la otra vida. Su razonamiento puede ser más o menos este: «Si esa fiesta está preparada para después de la muerte, ¿por qué no disfrutar mientras tanto de los placeres que ofrece este mundo? Cuando llegue el final de mi vida, entonces ya pensaré en entrar en el Reino».

A esas personas podríamos responderles que, si esperan hasta entonces, habrán dejado pasar una oportunidad preciosa: la de experimentar ya en esta vida la alegría que Jesús quiere ofrecernos. Porque el reino de Dios no es una realidad reservada únicamente para el más allá. Jesús ha venido precisamente para comenzar a construirlo aquí, en nuestro mundo, en medio de nuestras relaciones y de nuestra existencia cotidiana.

Es posible que algunos no comprendan esta explicación. Pero nuestra misión consiste en presentarles la invitación con claridad y con el deseo sincero de que puedan acogerla.

Habrá también personas que acepten entrar enseguida en el banquete, aunque sus motivos no sean precisamente los más adecuados. Algunas lo harán movidas por el miedo, pensando que, si rechazan la invitación, podrían terminar condenadas al infierno.

De este modo, dentro de la sala encontraremos también a quienes han aceptado participar no tanto por amor cuanto por temor. Estarán presentes en la celebración, pero todavía no habrán comprendido plenamente la alegría y la gratuidad que caracterizan al Reino.

Estas respuestas también forman parte de la realidad que encontramos cuando salimos a anunciar el Evangelio.

Sin embargo, habrá personas que comprendan inmediatamente lo que Jesús les está ofreciendo. Descubrirán que el reino de Dios es una fiesta, una manera nueva de vivir que puede llenar de alegría su existencia. Y entonces aceptarán la invitación sin vacilar, porque no querrán perder ni un instante de esa felicidad que se les presenta.

Ahora bien, conviene tener presente otra realidad: Entrar en el banquete no significa convertirse inmediatamente en una persona perfecta. Quienes aceptan la invitación no abandonan de golpe todas sus debilidades ni asumen desde el primer momento, de manera completa, la lógica del Reino. Llegan con su historia personal, sus miserias, sus fragilidades morales y sus heridas.

Algunos continuarán aferrándose durante algún tiempo a los criterios del mundo antiguo. Todavía sentirán la tentación de acumular bienes, de reservarse determinadas cosas o de no compartir plenamente lo que poseen con los hermanos que las necesitan.

No debería sorprendernos. Es necesario tener paciencia, porque la transformación de una persona no siempre se produce de manera inmediata.

Recordemos aquella otra imagen que Jesús utilizó para hablar del reino de Dios: en el campo crece el buen trigo, pero entre las espigas continúa apareciendo la cizaña (cfr. Mt 13, 24-30).

También en el banquete del Reino encontraremos esta convivencia entre lo bueno que comienza a crecer y las debilidades que todavía permanecen. La invitación ha sido aceptada, pero la transformación de quienes participan en la fiesta sigue su propio camino.

Dios quiere reunir a toda su familia

alrededor de una misma mesa.

La conclusión de esta parte de la parábola resulta verdaderamente conmovedora: «La sala del banquete se llenó de comensales». La imagen es hermosa. Toda la familia aparece reunida alrededor de la mesa. Los comensales están recostados, como correspondía a quienes participaban libremente en un banquete. Esa postura se convierte aquí en una expresión de libertad: son personas llamadas a liberarse del apego a las riquezas, de la corrupción moral, de los resentimientos y de los vicios que les impedían disfrutar plenamente de la vida. Y la sala está llena.

En esta imagen, se descubre la esperanza de que ninguno de los hijos de Dios quede definitivamente fuera de su invitación. Antes o después, todos están llamados a acogerla y a encontrar su lugar en la mesa que el Padre ha preparado.

Sin embargo, esta esperanza no disminuye nuestra responsabilidad como mensajeros. Al contrario, nos recuerda la importancia de desempeñar bien la misión que hemos recibido. Porque la manera en que presentamos la invitación puede influir considerablemente en la respuesta de quienes la escuchan. No es indiferente cómo hablamos de Dios, cómo anunciamos el Evangelio o qué imagen del reino de Dios transmitimos mediante nuestra propia vida.

Si nosotros mismos vivimos con alegría la propuesta de Jesús, si mostramos con nuestras actitudes la belleza de una existencia fundada en el amor gratuito, la fraternidad y la acogida, nuestro anuncio resultará mucho más atractivo.

Por eso, no se trata simplemente de salir a comunicar unas enseñanzas. Estamos invitados a mostrar, con nuestra manera de vivir, que ese mundo nuevo del que hablamos es verdaderamente hermoso y que merece la pena entrar en él.

Y quizá podamos preguntarnos algo muy concreto: Cuando otras personas nos escuchan hablar de nuestra fe y observan cómo vivimos, ¿descubren una invitación a la alegría o encuentran solamente obligaciones, exigencias y prohibiciones? ¿Perciben que estamos participando en una fiesta o tienen la impresión de que soportamos una carga?

Si realizamos bien nuestra misión, quienes nos rodean podrán sentirse atraídos por esa propuesta de vida nueva que Jesús nos ha confiado.

Llegados a este punto, parecería que la parábola podría terminar. El rey ha enviado a sus mensajeros, la invitación ha llegado a todos los rincones y la sala se encuentra llena de comensales. La fiesta puede comenzar y todo parece conducir hacia un desenlace feliz. Sin embargo, Jesús todavía no ha terminado su relato.

Cuando ya parece que todo ha quedado resuelto, introduce un último episodio que resulta tan desconcertante que, a primera vista, parece echar por tierra toda la belleza de lo que acabamos de escuchar.

Un rey que invita con generosidad y después castiga:

¿cómo entenderlo?

«Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

El comportamiento del rey en la última escena de la parábola nos deja bastante desconcertados. Hasta ahora habíamos conocido a un soberano generoso, preocupado por los más desfavorecidos, que había abierto las puertas de su palacio a personas que jamás habrían imaginado recibir semejante invitación. Sin embargo, de pronto parece transformarse por completo. Ante una falta aparentemente insignificante, pierde la paciencia y actúa con una severidad que llega a parecernos cruel. ¡Cualquiera diría que estamos ante el mismo personaje!

Este cambio tan brusco nos invita a examinar atentamente el relato. La escena del invitado que no lleva el traje de bodas parece poco relacionada con cuanto se había narrado anteriormente. La parábola podía haber concluido perfectamente cuando la sala quedó llena de comensales y el rey comenzó a celebrar la fiesta con todos ellos.

Además, ¿por qué habría de sorprendernos que alguno de los invitados no llevara un vestido apropiado para una boda? Recordemos que los servidores habían salido a buscar gente por los caminos y las plazas. Habían invitado a quienes encontraron, sin distinguir entre ricos y pobres, buenos y malos. En semejantes circunstancias, lo verdaderamente sorprendente habría sido encontrar a todos elegantemente vestidos y preparados para asistir a una celebración real.

Según la interpretación que estamos siguiendo, nos encontraríamos aquí ante una segunda parábola, incorporada al relato para responder a una pregunta que surge precisamente después de escuchar la primera.

¿Basta con aceptar la invitación y entrar físicamente en la sala del banquete, es decir, con haber recibido el bautismo? ¿O es necesario que aquella decisión transforme también nuestra manera concreta de vivir?

Esta es la cuestión a la que Mateo pretende responder mediante la imagen del vestido de bodas.

Aceptar la invitación de Jesús significa comenzar una vida nueva.

Para comprender por qué el evangelista considera necesario introducir esta enseñanza, conviene recordar la situación de las comunidades cristianas a las que se dirige. Nos encontramos en las últimas décadas del siglo I, cuando ya habían transcurrido más de cincuenta años desde la Pascua de Jesús. Aquellas comunidades habían comenzado su camino con un entusiasmo extraordinario. Los primeros cristianos acogieron el Evangelio con alegría, aceptaron la invitación del Señor y entraron, por así decirlo, en la sala del banquete.

Sin embargo, con el paso de los años, aquel fervor inicial había comenzado a debilitarse. Algunos cristianos recuperaban progresivamente las costumbres paganas que habían abandonado al convertirse. Volvían a adoptar comportamientos incompatibles con el Evangelio y se dejaban seducir nuevamente por el apego a las riquezas y a los bienes materiales.

Mateo, preocupado por la vida espiritual de aquellas comunidades, veía el peligro que corrían. Aunque hubieran recibido el bautismo, podían terminar viviendo exactamente como quienes habían rechazado la invitación del rey. Habían entrado en el banquete, pero continuaban comportándose según los criterios del mundo antiguo. Por eso, mediante esta enseñanza de Jesús, les recuerda que entrar en la sala del banquete exige algo más que aceptar una invitación: es necesario cambiar de vestido.

En el lenguaje simbólico de la Biblia, el vestido representa la conducta moral de una persona, su manera de vivir y de presentarse ante los demás.

Podemos decir, por ejemplo, que alguien está revestido de orgullo cuando sus actitudes manifiestan arrogancia y desprecio hacia los demás. Del mismo modo, podemos reconocer a una persona revestida de generosidad cuando su comportamiento expresa una atención sincera a las necesidades ajenas.

El apóstol Pablo insiste en esta misma idea cuando invita a los cristianos a revestirse de Cristo (cfr. Rm 13, 14). Quien acepta entrar en el reino de Dios está llamado a asumir una manera de vivir que permita reconocer en él los rasgos de Jesús. De tal modo que, cuando alguien se encuentra con un discípulo, pueda descubrir en su comportamiento algo del Maestro al que sigue.

El discípulo y su Señor, por decirlo así, deben llevar el mismo vestido.

Pero esto nos conduce a una pregunta fundamental: ¿cuál es el verdadero vestido de bodas de Jesús de Nazaret? 

El vestido de Cristo es el del siervo

que se inclina ante sus hermanos.

Para descubrirlo, volvamos a lo que sucedió durante la última cena, tal como nos lo cuenta el evangelista Juan.

En un momento de aquella cena, Jesús se levantó de la mesa y se quitó sus vestidos. ¿Cómo quedó entonces? Con una prenda ceñida a la cintura, semejante al περίζωμα (perízoma), el paño que cubría la parte inferior del cuerpo.

Recordemos que, en aquella época, la vestimenta habitual incluía distintas prendas, entre ellas la túnica y el manto exterior. Jesús se desprendió de sus vestidos y adoptó la indumentaria propia de quien iba a realizar un servicio reservado a los esclavos. Después comenzó a lavar los pies de sus discípulos (cfr. Jn 13, 4-5). Y precisamente ahí encontramos la respuesta que buscábamos.

Aquel vestido humilde, propio de quien se pone al servicio de los demás, expresa la identidad de Jesús. Él es el Señor que se presenta como servidor. Por eso, el discípulo que desea parecerse a su Maestro necesita revestirse también de esa misma actitud.

El verdadero vestido de bodas

es la disposición a servir.

Quien participa en el banquete del Reino no puede vivir preocupado exclusivamente por sí mismo. Está llamado a convertirse en servidor de sus hermanos, siempre dispuesto a responder a quienes necesitan ayuda.

Y aquí se produce una inversión sorprendente de los criterios habituales del mundo. En la lógica del Reino, los verdaderos señores ante quienes el discípulo se inclina son los pobres, las personas necesitadas, aquellos que esperan encontrar una mano tendida.

No se trata de buscar una posición de prestigio ni de acumular privilegios, sino de adoptar la actitud de Jesús, que se despoja de sus vestidos para realizar el trabajo de un servidor.

Ese es el traje de bodas que nunca debería faltarle a un cristiano.

El esposo de la celebración es Cristo, y la esposa es la comunidad cristiana. Por tanto, si la Iglesia desea reconocerse como esposa de Cristo, debe revestirse de la misma indumentaria que su Esposo: El vestido del servicio humilde y del amor entregado a los hermanos.

Así comprendemos que no basta con pertenecer exteriormente a la comunidad cristiana. Lo verdaderamente importante es que nuestra manera de vivir manifieste que hemos aceptado la lógica del banquete.

Las tinieblas representan una vida atrapada

en la rivalidad y el egoísmo.

Pero ¿qué sucede con quienes se niegan a ponerse ese vestido de bodas, es decir, con quienes rechazan vivir como servidores?

Llegamos a las palabras más duras de la parábola: «“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”». El rey ordena que aten de pies y manos al invitado y lo expulsen a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Estas expresiones pueden impresionarnos profundamente. Para comprender su sentido, el predicador nos invita a tener presente el lenguaje religioso que utilizaban los rabinos de aquella época.

Se trataba de un lenguaje enérgico, cargado de imágenes impactantes, con el que se pretendía sacudir las conciencias y despertar a quienes corrían el riesgo de acomodarse en una conducta equivocada.

Mateo se dirigía a comunidades cristianas en las que había numerosos creyentes procedentes del judaísmo. Aquellos lectores estaban familiarizados con semejante manera de hablar y podían reconocer la fuerza de esas imágenes.

El evangelista, preocupado porque algunos cristianos estaban recuperando las costumbres paganas que habían abandonado, recurre a ese lenguaje para hacerles comprender la gravedad de su situación.

Por eso aparecen las tinieblas exteriores, el llanto y el rechinar de dientes, expresiones especialmente características del Evangelio según Mateo.

Pero ¿cómo podemos explicar hoy estas imágenes de una manera que resulte comprensible? Según la interpretación que estamos desarrollando, Jesús estaría dirigiendo una advertencia muy seria a quienes han aceptado su invitación: Si no estás dispuesto a revestirte de la actitud del servidor, si rechazas compartir con tus hermanos y prefieres vivir únicamente para ti mismo, significa que todavía no has acogido verdaderamente la lógica del banquete. Aunque hayas entrado exteriormente en la sala, tu manera de vivir continúa perteneciendo al mundo antiguo.

Y ¿qué sucede fuera de ese banquete?

Se permanece en una sociedad organizada según la competencia, las rivalidades y la lucha por imponerse a los demás. Es un mundo donde las personas se enfrentan, donde cada uno procura obtener ventajas para sí mismo y donde los más débiles terminan sufriendo las consecuencias.

Esa realidad está muy lejos del jardín de las delicias, del גַּן עֵדֶן (gan edén), que evocaba la antigua esperanza de Israel. En lugar de una convivencia feliz, aparece una situación que puede describirse como un auténtico infierno, porque las relaciones humanas se vuelven profundamente inhumanas.

Y no necesitamos recurrir a ejemplos imaginarios para comprenderlo. Basta con mirar nuestro mundo y observar lo que sucede cuando la competencia despiadada, el egoísmo y el deseo de dominar a los demás se convierten en las reglas que gobiernan la convivencia.

Allí aparecen el sufrimiento, la angustia, las lágrimas y los enfrentamientos. Esa es la realidad que, mediante las imágenes del llanto y el rechinar de dientes, el predicador relaciona con las consecuencias de permanecer fuera de la lógica del Reino.

Quien elige vivir únicamente según los criterios del mundo antiguo quizá consiga imponerse a los demás alguna vez. Puede ganar una batalla, obtener una ventaja o disfrutar temporalmente de una posición privilegiada. Sin embargo, tarde o temprano encontrará a alguien más fuerte que él, capaz de arrebatarle aquello que había conseguido. Esa es la inseguridad permanente que produce una sociedad construida sobre la rivalidad.

Por tanto, las expresiones tan severas de la parábola quieren hacernos comprender, desde esta lectura, que rechazar la lógica del servicio y del amor nos deja atrapados en una manera de vivir incapaz de proporcionar la verdadera felicidad.

Todos reciben la invitación,

pero no todos acogen plenamente su novedad.

Llegamos finalmente a las últimas palabras de Jesús, con las que concluye el relato: «Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». ¿Qué significa esta afirmación?

¿Pretende Jesús decir que Dios invita a muchas personas, pero que finalmente solo unas pocas podrán entrar en el cielo?

No se trataría de establecer cuántos alcanzarán la salvación definitiva, sino de mostrar la diferencia entre recibir la invitación y dejarse transformar verdaderamente por ella. La invitación de Dios está dirigida a todos. Nadie queda excluido de su llamada.

Sin embargo, no son tantos quienes aceptan plenamente las consecuencias de esa invitación. No todos están dispuestos a abandonar los criterios del mundo antiguo y a asumir de manera completa la lógica del Reino, fundada en la gratuidad, la fraternidad, el compartir y el servicio.

Y quizá Jesús, con estas palabras, se esté dirigiendo especialmente a nosotros, los servidores de aquel tercer grupo enviados a anunciar la fiesta. Es como si nos dijera que no debemos desanimarnos cuando descubramos que nuestra invitación no produce inmediatamente los frutos que esperábamos.

No podemos pretender que todas las personas a las que anunciamos el Evangelio asuman desde el primer momento, y de manera perfecta, la novedad de vida que Jesús propone.

Algunas responderán con entusiasmo y comenzarán a vivir decididamente según los criterios del Reino. Otras aceptarán solo una parte de esa propuesta y conservarán todavía actitudes propias de su antigua manera de vivir.

Incluso entre quienes han acogido el Evangelio continuarán apareciendo debilidades, contradicciones y comportamientos que no terminan de armonizar con la fe que profesan.

Todo eso debemos tenerlo presente cuando salgamos a comunicar la invitación del Señor.

Porque la misión de aquellos servidores no consiste en garantizar que todos respondan de inmediato ni en exigir una perfección instantánea. Consiste en anunciar con fidelidad y alegría la belleza del banquete que Dios ha preparado.

Y aquí queda una pregunta que podemos llevarnos a nuestra propia vida: ¿Nos hemos limitado a aceptar la invitación de Jesús o estamos permitiendo que su Evangelio nos cambie verdaderamente de vestido?

Tal vez llevamos mucho tiempo dentro de la sala del banquete, pero todavía conservamos algunas prendas del mundo antiguo: el orgullo, el afán de poseer, la rivalidad, el resentimiento o la dificultad para ponernos al servicio de los demás.

Jesús nos invita a reconocerlas y a revestirnos de aquello que lo identifica a él: la disposición a amar y servir. Porque, al final, lo que permite reconocer a quienes participan verdaderamente en el banquete del Reino no es la elegancia de sus vestidos, sino la semejanza de su vida con la del Esposo, Cristo, que se hizo servidor de todos.


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