¿Qué significa realmente entrar en el banquete de Dios y por qué Jesús termina hablando de un invitado sin traje de boda? En esta homilía sobre Mateo 22,1-14, el Reino aparece como una fiesta abierta a todos, un mundo nuevo marcado por la alegría, la gratuidad, la fraternidad y la acogida. Dios invita sin excluir a nadie, pero aceptar la invitación no consiste simplemente en entrar en la sala o pertenecer exteriormente a la comunidad cristiana. El vestido de bodas representa una vida que comienza a parecerse a la de Cristo: una existencia revestida de amor, servicio y atención a los demás. La pregunta final, por tanto, no es solo si hemos dicho «sí» a Dios, sino si estamos permitiendo que su Evangelio nos cambie verdaderamente de vestido.
Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 22, 1-14 — «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas».
Una vida de esfuerzo, pobreza y
sueños nunca cumplidos.
Para comprender
cómo vivía el pueblo de Israel en tiempos bíblicos, conviene acercarnos a la
realidad cotidiana de sus gentes. Buena parte de aquella sociedad estaba
formada por pastores y agricultores, personas sencillas que se ganaban el
sustento con enorme esfuerzo. Su vida no era precisamente cómoda. Muchos tenían
que cultivar terrenos pedregosos en las montañas, porque las grandes
extensiones de tierra fértil, como la llanura de Sarón, junto al Mediterráneo,
y la de Esdrelón, también conocida como valle de Jezreel, estaban en manos de
grandes propietarios.
Para aquellos
campesinos, conseguir un pequeño campo de cultivo suponía ya un trabajo
agotador. Antes de sembrar, tenían que retirar las piedras que cubrían la
tierra y, después, pasar largas jornadas bajo un sol abrasador, utilizando
herramientas muy rudimentarias. Todo aquel esfuerzo tenía una finalidad
bastante modesta: conseguir algo de alimento para llevar a la mesa familiar.
Naturalmente,
aquellas familias también encontraban ocasiones para reunirse y celebrar alguna
pequeña fiesta. Pero los grandes banquetes, esas mesas rebosantes de alimentos
exquisitos que podían imaginar y desear, quedaban fuera de su alcance. Eran
privilegio de los ricos, entre los cuales se encontraban precisamente quienes
se aprovechaban del trabajo y la necesidad de los más pobres. Para unos, la
mesa estaba siempre bien servida; para otros, conseguir lo indispensable exigía
dejarse la piel cada día.
Cuando la tierra prometida
se convirtió en tierra de sufrimiento.
La situación de
aquellos campesinos, a quienes la Biblia presenta como los pobres de la tierra,
atravesó un momento especialmente doloroso después del exilio en Babilonia.
Algunos grupos de descendientes de los deportados comenzaron a regresar a
Judea, a la tierra de sus antepasados. No eran ya quienes habían sido llevados
al destierro por Nabucodonosor, sino sus hijos y nietos.
Conviene recordar
un detalle importante: Cuando Nabucodonosor organizó las deportaciones, no se
llevó principalmente a los ancianos, enfermos o incapacitados, sino a personas
preparadas para trabajar, entre ellas numerosos artesanos. Muchos consiguieron
establecerse en Babilonia y, con el paso de los años, prosperaron
económicamente.
¿Quiénes
regresaron entonces a la tierra de sus padres? Sobre todo, aquellos que no
habían logrado abrirse camino en Mesopotamia. Sin embargo, al llegar se
encontraron con una realidad desoladora: las tierras que habían pertenecido a
sus familias estaban ahora ocupadas por otros propietarios. Y, como necesitaban
sobrevivir, no les quedó más remedio que ponerse al servicio de quienes poseían
aquellos campos.
Lejos de encontrar
la vida que esperaban, terminaron sometidos a nuevas formas de explotación. Los
propietarios se aprovechaban de su situación y los trataban con arbitrariedad,
cometiendo contra ellos toda clase de abusos e injusticias.
Dios promete un mundo nuevo
con una mesa para todos.
En ese ambiente de
sufrimiento y desaliento, durante el siglo V antes de Cristo, aparece en Israel
un profeta enviado por el Señor para anunciar a aquellos pobres una palabra
capaz de devolverles la esperanza.
Pero ¿qué les
promete? Precisamente aquello que tanto anhelaban: que las cosas no
continuarían siendo siempre iguales, que aquella sociedad marcada por tantas
desigualdades podía dar paso a una realidad completamente distinta.
Y para expresar
cómo sería ese mundo nuevo que Dios preparaba, el profeta recurre a una imagen
que cualquiera de sus oyentes podía comprender. No elige una explicación
complicada ni un discurso reservado a los sabios. Habla de algo que aquellas
familias conocían muy bien, aunque casi siempre fuera solamente a través de sus
sueños: un gran banquete.
¡Imaginemos lo que
supondría escuchar semejante anuncio para quienes apenas conseguían llevar a
casa lo necesario para comer!
Esta es
precisamente la promesa que encontramos en la primera lectura de este domingo.
El profeta anuncia que el Señor del universo preparará, sobre el monte donde se
levanta Jerusalén, un extraordinario banquete destinado a todos los pueblos. Y
describe aquella mesa con una abundancia sorprendente: manjares suculentos,
alimentos escogidos, vinos excelentes y cuidadosamente refinados (cfr. Is 25,
6).
Podemos imaginar
la expresión de quienes escuchaban aquellas palabras. ¡Se les abrirían los ojos
de asombro! Ellos, que jamás habían participado en una celebración semejante,
oían hablar de una mesa espléndida, preparada por el propio Dios.
Pero había algo
todavía más sorprendente: aquel banquete no estaría reservado exclusivamente a
Israel, sino que reuniría a todos los pueblos. La promesa divina no se limitaba
a transformar la suerte de un pequeño grupo de personas. El mundo nuevo anunciado
por el profeta alcanzaría a toda la humanidad.
Dios no olvida sus promesas,
aunque parezca que tarda.
Sin embargo,
transcurrieron cuatro siglos y aquella promesa parecía seguir sin cumplirse. El
mundo continuaba funcionando como siempre. Persistían las injusticias, los
sufrimientos y las lágrimas de quienes apenas tenían lo necesario para vivir.
Los pobres seguían siendo pobres y los abusos no habían desaparecido.
Ante semejante
realidad, era inevitable que surgiera una pregunta: ¿sería realmente fiel el
Señor a lo que había anunciado por medio de su profeta? ¿Llegaría algún día
aquel mundo diferente que tanto esperaban?
A pesar de todo,
Israel mantuvo viva su confianza. El pueblo seguía creyendo que Dios no se
desdice de su palabra. Su convicción podía expresarse de una manera muy
sencilla: «Nuestro Dios cumple lo que promete. Si ha dado su palabra,
podemos confiar en él».
Y un día,
precisamente en medio de aquellos pobres de la tierra, apareció Jesús de
Nazaret.
Con él, aquella
antigua promesa comenzó a hacerse realidad. Jesús vino a dar cumplimiento al
anuncio del profeta y a inaugurar el banquete que Dios había preparado.
El mundo nuevo que Dios
promete comienza aquí.
«En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los
sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos
se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo».
En Israel, la
profecía que acabamos de recordar era conocida por todos. Los rabinos mantenían
viva aquella promesa, evocándola con frecuencia y explicándola mediante una
imagen muy expresiva: la existencia de dos mundos.
Por una parte,
estaba el mundo presente, llamado en hebreo עוֹלָם הַזֶּה (olam hazé),
es decir, «este mundo», marcado por las miserias humanas, el
sufrimiento, las lágrimas y las injusticias. Un mundo que, tal como lo
experimentaban los pobres, difícilmente podía satisfacer los deseos más
profundos del corazón humano.
Frente a él se
encontraba el עוֹלָם הַבָּא (olam habá), «el mundo venidero», una
realidad futura donde reinarían la alegría y la fiesta permanente. Lo
imaginaban como el גַּן עֵדֶן (gan edén), el jardín de las delicias, un lugar
de felicidad que se haría realidad en el mundo futuro.
Sin embargo,
cuando llega Jesús, introduce una novedad sorprendente: Ese mundo nuevo no
pertenece exclusivamente a un futuro lejano. El reino de Dios comienza a
realizarse aquí, en nuestra propia historia, porque Dios ha decidido preparar
su banquete en este mundo. Es aquí donde quiere que sus hijos encuentren la
felicidad. De lo que sucederá en la otra vida, ya se ocupará él.
Por tanto, el
reino de Dios no es únicamente una realidad que esperamos alcanzar algún día;
es también una realidad que estamos llamados a construir desde ahora. Y para
explicarlo, Jesús recupera precisamente aquella imagen del profeta: El gran
banquete.
Recordemos que
Jesús ya había utilizado otras comparaciones para hablar del reino de Dios. En
una ocasión lo presentó como un diminuto grano de mostaza que, a pesar de su
pequeñez, encierra una extraordinaria fuerza vital. Así comienza el Reino en
medio del mundo antiguo: como una semilla aparentemente insignificante, pero
portadora de una vida que procede de Dios y capaz de desarrollarse hasta
producir algo verdaderamente sorprendente (cfr. Mt 13, 31-32).
También lo comparó
con un campo donde crece el buen trigo, aunque entre sus espigas continúa
apareciendo la cizaña. El bien se desarrolla y va dando fruto, pero el mal no
desaparece inmediatamente: ambos permanecen presentes durante el crecimiento de
la cosecha (cfr. Mt 13, 24-30).
Hoy, en cambio,
Jesús nos invita a contemplar el Reino mediante otra imagen: un espléndido
banquete, una celebración de bodas. Es una comparación que ya había empleado el
profeta y que ahora Jesús retoma para mostrarnos cómo es ese mundo nuevo que
Dios desea inaugurar.
Detengámonos en
esta imagen, porque cada uno de sus elementos encierra una enseñanza
importante.
Dios nos invita a una fiesta,
no a vivir entristecidos.
Lo primero que
llama la atención es que Jesús presenta el reino de Dios como un banquete, una
fiesta.
Y esto debería hacernos reflexionar: ¿cómo hemos llegado, en ocasiones, a
envolver la vida cristiana en una atmósfera de tristeza, como si seguir a
Cristo consistiera principalmente en sufrir?
Durante mucho
tiempo, determinadas formas de entender la espiritualidad parecían conceder al
sufrimiento un valor casi absoluto. Cuanto más se padecía en esta vida, más
preparado se suponía que estaba uno para alcanzar la felicidad en la otra. De
ese modo, la adhesión a Cristo y a su Evangelio podía quedar asociada a una
especie de culto al dolor.
Pero el Padre
ha enviado a su Hijo al mundo precisamente porque desea que todos sus hijos
participen de una vida llena de alegría. Recordemos el anuncio de los
ángeles a los pastores cuando nació Jesús: su nacimiento fue presentado como
una noticia de inmensa alegría (cfr. Lc 2, 10).
Jesús vino para
comenzar a hacer realidad ese mundo nuevo.
Ahora bien,
conviene comprender de qué alegría estamos hablando. En el mundo antiguo,
organizado según la lógica de la desigualdad y del egoísmo, no puede existir
una alegría verdaderamente compartida. Quien pasa hambre difícilmente puede
sentirse feliz mientras carece de lo necesario para vivir. Pero tampoco quien
tiene la mesa rebosante y se entrega a los excesos conoce necesariamente la
auténtica alegría.
Pensemos en
quienes celebran grandes festines mientras a su alrededor hay personas
hambrientas, enfermas, desamparadas, sin vestido o sin un techo bajo el que
cobijarse. ¿Puede hablarse de verdadera felicidad cuando se disfruta de la
abundancia permaneciendo indiferente al sufrimiento ajeno?
Se pueden experimentar placeres, buscar
emociones cada vez más intensas, entregarse a los excesos y tratar de olvidar
la realidad mediante toda clase de diversiones. Pero ninguna de esas
experiencias garantiza la alegría profunda de la que habla Jesús.
Por eso, su
invitación adquiere un significado muy concreto: Quien desea descubrir la
auténtica alegría está llamado a entrar en el banquete del reino de Dios, es
decir, a aceptar una manera completamente nueva de relacionarse con los demás.
En el banquete de Dios todos somos invitados,
nadie es dueño.
La segunda
enseñanza que podemos descubrir en esta imagen tiene que ver con una pregunta
fundamental: ¿Quién organiza la fiesta?
En la parábola
aparece un rey que prepara el banquete y envía las invitaciones. Ese rey
representa a Dios. No son los invitados quienes han preparado la celebración;
todo procede de la iniciativa de quien los recibe (cfr. Mt 22, 1-14).
Esto significa que
el banquete es gratuito y está destinado a todos.
La sala donde se
celebra esa fiesta es nuestro propio mundo. Todos llegamos a él como invitados
y encontramos una mesa que ya estaba preparada antes de nuestra llegada. Nadie
puede atribuirse la condición de dueño absoluto, porque todos somos comensales.
Y aquí aparece una
de las raíces más profundas de los males que afectan al mundo antiguo: algunas
personas han olvidado que son invitadas y han comenzado a comportarse como
propietarias de cuanto encuentran a su alcance.
Dios ha preparado
un mundo hermoso para sus hijos, no una existencia concebida únicamente como un
valle de lágrimas. Ha puesto a su disposición los bienes necesarios para vivir,
los alimentos y los recursos que permiten desarrollar una vida plena.
Sin embargo, cuando
alguien se apropia de esos bienes y comienza a considerarlos exclusivamente
suyos, olvida su verdadera condición. Se comporta como si fuera el dueño de
la mesa y pudiera decidir libremente quién tiene derecho a comer y quién debe
quedarse sin alimento.
A partir de esa
mentalidad, todo comienza a organizarse según la lógica de la posesión y del
beneficio: comprar, vender al mejor postor, obtener ganancias de cada
intercambio, enriquecerse y acumular cada vez más bienes.
Y cuando creemos
que aquello que hemos conseguido reunir nos pertenece de manera absoluta,
empiezan a surgir las rivalidades, la competencia, los enfrentamientos, los
resentimientos, los odios y, finalmente, las guerras.
La imagen del
banquete preparado por Dios nos recuerda precisamente la verdad que esa
mentalidad ha olvidado: todo procede de Dios y nosotros somos
administradores de unos bienes que no nos pertenecen de manera absoluta. En
este sentido, nuestros habituales posesivos —«esto es mío», «aquello es tuyo»—
pueden convertirse en una forma de engañarnos acerca de nuestra verdadera
condición.
Pero ¿qué
sucedería si aceptáramos la lógica de la gratuidad?
Cambiaría por
completo nuestra manera de relacionarnos. En lugar de aferrarnos a lo que
tenemos, compartiríamos con nuestros hermanos aquello que necesitan para vivir
y, a su vez, recibiríamos de ellos lo que nosotros necesitamos.
Estamos hechos
para esa relación de amor, para ese intercambio de bienes que nace de
reconocernos mutuamente como hermanos. Porque todos cuantos llegan a la sala
del banquete, que es nuestro mundo, son hijos del mismo Padre.
Desde esta
perspectiva, compartir deja de ser simplemente un gesto de generosidad
personal. No se trata de pensar: «Como soy una persona generosa, voy a darte
algo de lo que es mío». La lógica del Reino es mucho más profunda: los
bienes que poseo están también destinados a satisfacer tus necesidades, del
mismo modo que aquello que tú has recibido puede servir para atender las
necesidades de otros.
No somos
propietarios absolutos de los dones que tenemos entre manos. Los hemos recibido
para que puedan llegar a quienes los necesitan.
Y es precisamente cuando comenzamos a mirar las necesidades del otro, cuando dejamos que el amor oriente nuestra manera de disponer de los bienes, cuando empieza a hacerse realidad ese mundo nuevo que Jesús anuncia.
La verdadera alegría
nace de compartir y acoger al otro.
La tercera
característica del banquete del Reino es la convivencia fraterna. En una
celebración de bodas nadie se aparta voluntariamente de los demás para comer a
solas, como si lo único importante fuera satisfacer su propio apetito.
Un animal puede
quedar plenamente satisfecho cuando consigue el alimento que necesita. Pero el
ser humano no está hecho solamente para saciar el hambre. Está llamado a
sentarse con otros, a compartir la mesa y a experimentar la alegría de
comprobar que quienes le rodean también pueden disfrutar de la fiesta.
Por eso, el
banquete del reino de Dios no tiene nada que ver con aquellos festines de los
ricos despreocupados que denunciaba el profeta Amós. El profeta describía a
personas que descansaban sobre lujosos lechos de marfil, disfrutaban de
exquisitas comidas, se entretenían con la música y bebían vino en abundancia,
mientras permanecían completamente indiferentes ante la desgracia de quienes
sufrían a su alrededor (cfr. Am 6, 4-6).
Aquellas personas
disfrutaban de numerosos placeres, pero su comportamiento estaba muy lejos de
la alegría que Dios deseaba para sus hijos.
Porque la
felicidad no consiste en acumular bienes ni en consumirlos sin medida. La
verdadera alegría aparece cuando aceptamos la lógica del mundo nuevo: sentarnos
juntos a la mesa, interesarnos por los demás, participar de sus alegrías y
prestar atención también a sus sufrimientos, sus decepciones y sus esperanzas.
Hay todavía una
cuarta característica de este banquete que resulta especialmente hermosa: la
acogida mutua.
A la sala de la
fiesta, que representa nuestro mundo, llegan personas muy diferentes. Proceden
de pueblos y naciones distintos, hablan lenguas diversas, pertenecen a culturas
diferentes y poseen maneras de vivir que no siempre coinciden con las nuestras.
Sin embargo, en el
banquete del Reino nadie es rechazado por ser diferente. La diversidad no
constituye un obstáculo para compartir la mesa, sino una riqueza que puede
enriquecer la convivencia. La fiesta que Dios prepara no deja espacio para las
discordias nacidas del rechazo al otro. En ese mundo nuevo, las personas
aprenden a acogerse mutuamente, reconociendo tanto las cualidades como las
limitaciones de cada una.
Y aquí descubrimos
que las cuatro características están profundamente relacionadas: la alegría, la
gratuidad, la convivencia fraterna y la acogida. No son realidades
independientes, sino distintas expresiones de una misma manera de vivir.
Ahora llega la
pregunta que Jesús pone ante nosotros: ¿estamos dispuestos a aceptar esta
lógica del reino de Dios?
¿Deseamos
continuar construyendo nuestra vida según los criterios del mundo antiguo,
donde unos pocos disfrutan de la abundancia mientras otros permanecen
excluidos, o preferimos aceptar la invitación a participar en ese mundo nuevo
que Jesús anuncia?
Es posible que a
algunas personas les resulte más cómodo permanecer en el mundo de siempre. Allí
pueden conservar sus privilegios, organizar sus propios banquetes y disfrutar
de sus riquezas sin preocuparse demasiado por quienes se quedan fuera. Pero esa
forma de vivir no conduce a la auténtica felicidad.
Y precisamente en
este punto continúa la parábola. Jesús nos hablará de tres grupos de servidores
enviados a comunicar las invitaciones, porque el rey, que representa a Dios,
quiere que todos tengan la oportunidad de participar en su banquete. En otras
palabras, Dios desea que todos sus hijos acepten la invitación a vivir según
la lógica del mundo nuevo.
Dios invita a su banquete,
pero no todos desean participar.
«Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados,
pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados
encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he
matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras,
otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y
los mataron».
Acabamos de
escuchar que, en la parábola, el rey que había preparado el banquete envía a
dos grupos de servidores para comunicar su invitación. Pero ¿a quiénes
representan estos mensajeros y quiénes son sus destinatarios?
Los primeros
enviados representan a los profetas que Dios dirigió, ante todo, a los
descendientes de Abrahán, al pueblo de Israel. Su misión consistía en preparar
los corazones para recibir al Mesías y acoger la propuesta de un mundo nuevo
que Jesús presentaría mediante la imagen del banquete del reino de Dios.
Sin embargo,
aquella invitación encontró una primera respuesta negativa. ¿Quiénes fueron
los que la rechazaron? En la parábola representan a las autoridades religiosas
de Israel: los escribas, los ancianos y los sumos sacerdotes.
Aquellos
dirigentes no habían prestado verdadera atención al mensaje de los profetas. Habían
elaborado una manera de relacionarse con Dios que se alejaba de lo que estos
habían anunciado. Los profetas habían insistido en que lo verdaderamente
importante para el Señor no eran los sacrificios, los holocaustos o el
incienso, sino una vida expresada en obras concretas de amor.
Precisamente esa
era la preparación que Dios esperaba de su pueblo para participar en el
banquete que ofrecería el Mesías. Sin embargo, aquellos responsables religiosos
tampoco acogieron la invitación a la conversión que les había dirigido Juan el
Bautista.
¿Por qué se
resistían tanto? Porque se encontraban muy cómodos con el banquete religioso
que ellos mismos habían organizado. Habían construido una religiosidad
basada en numerosas normas, disposiciones y preceptos establecidos por los
hombres, que terminaban convirtiéndose en cargas difíciles de soportar. Es
justamente lo que Jesús reprochaba a quienes imponían pesadas obligaciones
sobre los demás (cfr. Mt 23, 4).
Aquella manera de
presentar a Dios no transmitía alegría. Era como celebrar una boda en la que
faltaba el vino. Recordemos las bodas de Caná: allí estaban las tinajas
destinadas a las purificaciones rituales, pero el vino se había terminado (cfr.
Jn 2, 1-11).
Esa imagen permite
comprender el problema. Se había construido una práctica religiosa centrada
en las prescripciones, los pecados y las purificaciones, pero incapaz de
despertar la alegría de encontrarse con Dios. Era, por decirlo así, un
banquete antiguo en el que todos conocían las normas de la celebración, pero
nadie parecía disfrutar de la fiesta.
Y, sin embargo, a
las autoridades religiosas les agradaba aquella forma de entender la relación
con Dios. Preferían la imagen de un Dios legislador y justiciero, que amaba
y bendecía únicamente a los buenos, mientras negaba sus favores a los pecadores
que se atrevían a desobedecer sus mandamientos.
Por eso les
resultaba tan difícil aceptar al Dios que Jesús estaba mostrando con su propia
vida: un Dios que celebra, que se acerca a los pecadores y que se sienta a la
mesa con publicanos y personas consideradas indignas.
En definitiva, aquellos
dirigentes rechazaron la invitación porque no estaban interesados en el nuevo
banquete que Jesús les proponía.
Cuando la religión tranquiliza la conciencia,
pero no transforma el corazón.
Conviene
detenernos aquí, porque sería demasiado fácil escuchar esta parábola pensando
únicamente en los fariseos de tiempos de Jesús. Aquellas personas pertenecen al
pasado, pero la mentalidad que Jesús cuestionaba puede seguir apareciendo hoy.
Y lo más importante es reconocer que también nosotros podemos dejarnos seducir
por ella.
Podríamos ser
nosotros quienes rechazáramos el banquete de Jesús por sentirnos más cómodos
con una religiosidad antigua, construida alrededor de las observancias, las
recompensas, los castigos y los méritos personales.
Esa manera de
vivir la fe puede resultar bastante tranquilizadora. Nos permite sentir que
estamos en regla con Dios, que hemos cumplido nuestras obligaciones y que, por
tanto, nada tenemos que reprocharnos. Incluso podemos llegar a pensar que Dios
está en deuda con nosotros, porque hemos acumulado suficientes buenas obras
como para merecer sus recompensas.
Pero ¿es esa la
relación que Jesús quiere establecer entre Dios y nosotros? ¿Podemos reducir
nuestra vida cristiana a una especie de contabilidad espiritual, en la que
vamos anotando lo que hacemos bien para calcular después cuánto nos corresponde
recibir?
Esa no es la
lógica del banquete del Reino. Es continuar sentados a la mesa de una
religiosidad que todavía no ha descubierto la novedad de Jesús.
El banquete del
reino de Dios se caracteriza por algo completamente distinto: el amor gratuito
que Dios nos ofrece y que nosotros estamos llamados a compartir con todos
nuestros hermanos.
No se trata de
acumular méritos para conseguir el favor divino, sino de acoger un amor que se
nos entrega gratuitamente y permitir que ese mismo amor transforme nuestra
manera de relacionarnos con los demás.
Las riquezas pueden llenar nuestras manos
sin colmar el corazón.
La parábola nos
presenta después un segundo envío de mensajeros. «Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los
convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y
todo está a punto. Venid a la boda”». En esta ocasión, quienes
rechazan la invitación ya no representan principalmente a las autoridades
religiosas, sino a personas completamente absorbidas por sus intereses
materiales: «Pero ellos no hicieron caso; uno
se marchó a sus tierras, otro a sus negocios». Jesús menciona
expresamente los campos y los negocios. Se trata de gente ocupada en sus
propiedades, sus inversiones y sus asuntos económicos. Tienen terrenos que
atender, grandes extensiones de tierra que administrar y operaciones
comerciales que reclaman continuamente su atención.
Y aquí descubrimos
algo interesante; que estas personas también tienen organizado su propio
banquete. No es el banquete de las observancias religiosas, sino el de
los negocios, el dinero, la acumulación de bienes y la búsqueda incesante de
beneficios. Ese es el mundo en el que se encuentran a gusto. Ya tienen su
mesa preparada y no desean que nadie venga a interrumpir la celebración con una
propuesta diferente de vida.
Cuanto más se
encierran en sus intereses materiales, menos dispuestos están a escuchar la
invitación de Jesús.
Porque en el banquete del Reino los bienes no se acumulan para disfrute
exclusivo de unos pocos, sino que se comparten para que todos puedan participar
de la fiesta.
Ellos, en cambio,
prefieren continuar viviendo según las reglas del mundo antiguo, donde cada uno
debe arreglárselas como pueda para conseguir lo que necesita. Y si alguien no
encuentra lo indispensable para vivir, tendrá que buscarse la vida por su cuenta.
Lo significativo
es que estas personas no rechazan la invitación porque no hayan comprendido lo
que Jesús propone. Al contrario, han entendido perfectamente lo que significa
entrar en el banquete del reino de Dios. Saben que aceptar esa invitación
supondría comenzar a prestar atención a los demás, compartir sus bienes y
orientar su vida según la lógica del amor gratuito. Y precisamente eso es lo
que no están dispuestos a aceptar.
Prefieren seguir
disfrutando de su propio banquete, convencidos de que las riquezas, los
placeres y la abundancia material conseguirán satisfacer todas sus
aspiraciones. Pero se engañan. Porque en el corazón humano existe una
necesidad de alegría que parece no tener límites, y ninguna acumulación de
riquezas puede colmarla definitivamente.
Podemos poseer
muchas cosas y, sin embargo, continuar sintiendo que nos falta algo. Podemos
disponer de todos los medios para disfrutar de la vida y no haber descubierto
todavía esa alegría que nace de compartirla con los demás.
Por eso, la
parábola nos coloca ante dos maneras distintas de rechazar la invitación de
Dios: podemos aferrarnos a nuestro propio banquete religioso, hecho de
normas y merecimientos, o podemos encerrarnos en el banquete material de las
riquezas y los negocios.
Aunque parezcan
muy diferentes, ambas actitudes tienen algo en común: preferimos conservar un
mundo organizado según nuestros propios criterios antes que dejarnos
transformar por la novedad del Reino.
Cuando la invitación al amor incomoda
a quienes viven de la injusticia.
Pero la parábola
da todavía un paso más. No todos se limitan a rechazar educadamente la
invitación. Algunos se sienten profundamente molestos por la presencia de los
mensajeros y llegan incluso a reaccionar con violencia.
Esto sucede
especialmente entre quienes están más aferrados a sus intereses materiales.
¿Por qué les
incomodan tanto aquellos servidores? Porque comprenden enseguida que la lógica
del banquete anunciado por Jesús pone al descubierto las injusticias sobre las
que se sostiene su propio modo de vivir.
Si el mundo está
llamado a convertirse en una mesa compartida, donde todos puedan encontrar lo
necesario para vivir, resulta difícil justificar unos banquetes en los que unos
pocos disfrutan de la abundancia mientras otros permanecen excluidos.
El anuncio del
Reino se convierte así en una denuncia de las desigualdades y de los abusos que
algunos preferirían mantener ocultos. Por eso, cuando los mensajeros insisten
demasiado, cuando continúan recordando que existe otra manera de organizar la
convivencia humana, quienes se sienten amenazados pueden llegar a recurrir a la
violencia para hacerlos callar, apartarlos de su camino e incluso eliminarlos.
Y esta realidad no
pertenece únicamente al pasado. Es también el destino que pueden encontrar los
profetas de nuestro tiempo cuando tienen el valor de denunciar las injusticias
presentes en los grandes banquetes económicos y políticos de nuestro mundo.
Su palabra
incomoda porque nos recuerda que no basta con tener la mesa llena mientras
otros carecen de lo indispensable. Nos recuerda que los bienes están
llamados a compartirse y que la auténtica alegría no puede construirse sobre el
sufrimiento de nuestros hermanos.
Ante todo esto,
podemos preguntarnos: ¿qué sucede cuando la propuesta de Jesús cuestiona
nuestras seguridades, nuestros intereses o nuestra manera habitual de entender
la religión? ¿Seguimos dispuestos a escuchar su invitación o preferimos que
nadie altere el banquete que ya tenemos organizado?
La parábola nos ha
mostrado distintas respuestas negativas: unos rechazan la invitación porque
están satisfechos con su religiosidad; otros, porque no desean renunciar a la
lógica de la acumulación; y algunos llegan incluso a perseguir a quienes
anuncian ese mundo nuevo.
Pero ahora surge
una pregunta decisiva: ¿qué hará el rey ante tantos rechazos? ¿Renunciará a
celebrar el banquete que ha preparado?
Una ciudad en llamas en medio de un banquete:
¿qué significa?
«El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron
con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad».
Antes de que
aparezca el tercer grupo de servidores enviados por el rey, la parábola
presenta una escena bastante desconcertante: una ciudad que acaba siendo
destruida por el fuego. ¿Qué sentido tiene introducir un episodio semejante en
medio de una celebración de bodas?
Para comprenderlo,
conviene fijarnos en un detalle importante. Según esta interpretación del
relato evangélico, el versículo que describe la destrucción de la ciudad no
formaba parte de la parábola tal como Jesús la había contado, sino que fue
incorporado por el evangelista Mateo (cfr. Mt 22, 7). De hecho, si prescindimos
momentáneamente de ese versículo, descubrimos que la narración recupera
inmediatamente su continuidad y resulta mucho más natural.
Pensemos en lo
extraño que sería organizar un gran banquete, tenerlo todo preparado y, de
repente, interrumpir la celebración porque estalla una guerra. Después, cuando
termina el conflicto, los invitados regresan tranquilamente a sus lugares y
encuentran los alimentos todavía sobre las mesas, como si nada hubiera
sucedido. Desde luego, no parece una manera muy habitual de celebrar unas
bodas.
¿Por qué habría
introducido Mateo una escena tan sorprendente? La intención del evangelista,
según esta explicación, sería ayudar a sus lectores a comprender un
acontecimiento dramático que había sucedido aproximadamente quince años antes:
la destrucción de Jerusalén.
Los primeros
cristianos se preguntaban cómo había sido posible que la ciudad santa terminara
de aquella manera. Para interpretar aquella tragedia recurrieron al lenguaje
religioso que conocían, el del Antiguo Testamento, y hablaron de un castigo
divino.
Pero aquí
necesitamos detenernos, porque la palabra «castigo» puede llevarnos a
entender algo muy distinto de lo que pretende transmitir esta explicación.
El pecado lleva consigo consecuencias
que pueden alcanzar a generaciones enteras.
¿Qué significaba
hablar de los castigos de Dios en el lenguaje del Antiguo Testamento? El evangelista
nos invita a comprender esa expresión desde una perspectiva muy concreta: Dios
no añade sufrimientos a los males que el ser humano provoca cuando se aparta
del buen camino. El pecado produce por sí mismo unas consecuencias que
terminan perjudicando a quien lo comete y, en muchas ocasiones, también a
quienes le rodean.
Desde esta
interpretación, cuando las Escrituras hablan de castigos divinos, estarían
expresando, mediante el lenguaje propio de aquella época, las consecuencias
dolorosas del pecado. Y esas consecuencias pueden ser extraordinariamente
graves. A veces no se agotan en la persona que ha actuado mal, sino que
continúan manifestándose en sus descendientes, hasta la tercera y la cuarta
generación. El daño provocado por nuestras decisiones puede prolongarse
mucho más allá del momento en que las tomamos.
Por eso,
necesitamos traducir aquel lenguaje antiguo a categorías que resulten
comprensibles para las personas de nuestro tiempo. Si utilizamos hoy la
expresión «castigo de Dios» con su significado habitual, podemos
transmitir una imagen de Dios muy distinta de la que él desea comunicar. Hasta
el punto de que califica de blasfemo hablar de castigos divinos cuando con ello
se presenta a Dios como alguien que añade males a los sufrimientos provocados
por los propios seres humanos.
Lo importante, por
tanto, no es conservar sin más una expresión antigua, sino comprender el
mensaje que pretende transmitir y expresarlo de una manera que no desfigure el
rostro de Dios.
Las guerras no son castigos de Dios,
sino frutos de nuestras decisiones.
¿Cómo podríamos
expresar hoy el mensaje que Mateo transmite mediante la imagen de aquella
ciudad destruida?
Podríamos
formularlo así: cuando los seres humanos rechazamos la invitación a
participar en el banquete del reino de Dios, asumimos una responsabilidad por
la permanencia de las injusticias, los abusos, las violencias, las guerras y
las destrucciones que continúan golpeando nuestro mundo.
No son desgracias
que Dios envíe para vengarse de quienes no han querido escucharlo. Son las
consecuencias de nuestra resistencia a abandonar la lógica del mundo antiguo,
esa manera de organizar la convivencia que convierte la competencia, el
enfrentamiento y la imposición sobre los demás en principios fundamentales de
nuestras relaciones.
Y cuando una
sociedad continúa viviendo según esa lógica, los resultados pueden llegar a ser
verdaderamente dramáticos. Desde esta perspectiva, ¿cuál habría sido el pecado
de Israel al que se refiere esta interpretación de la parábola?
Haber rechazado la
propuesta de un mundo nuevo, basado en la paz y en el amor, que Jesús había
anunciado. En lugar de acoger aquella invitación, se habría preferido
recurrir a la violencia, y esa elección habría desembocado finalmente en la
ruina de Jerusalén.
La destrucción de
la ciudad se presenta, por tanto, como una consecuencia histórica del rechazo
de aquella propuesta de paz, aunque el evangelista la exprese mediante el
lenguaje tradicional del castigo divino.
La invitación de Dios permanece,
incluso cuando encuentra rechazo.
Ahora comprendemos
mejor la función de este episodio dentro del relato. La ciudad incendiada no
pretende interrumpir gratuitamente la celebración, sino poner de manifiesto las
graves consecuencias que puede tener nuestra negativa a abandonar la lógica del
mundo antiguo.
Jesús nos invita a
construir una convivencia fundada en el amor, la fraternidad y la paz. Sin
embargo, cuando preferimos seguir alimentando la rivalidad, el egoísmo y la
violencia, terminamos sufriendo las consecuencias de aquello que nosotros
mismos hemos elegido.
Y esta reflexión
nos deja una pregunta que merece ser tomada en serio: ¿cuántos sufrimientos que
atribuimos a circunstancias inevitables son, en realidad, consecuencia de
nuestra resistencia a vivir según la lógica del amor?
Con esta
explicación concluye el episodio de la ciudad destruida. La parábola recupera
ahora su hilo narrativo y nos presenta un nuevo envío de servidores.
El rey no ha
renunciado a celebrar su banquete. Ahora atendamos a ver qué sucede cuando
envía al tercer grupo de mensajeros.
La invitación de Dios llega
hasta quienes nadie esperaba.
«Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero
los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a
todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los
caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».
¿A quiénes envía
el rey al tercer grupo de servidores? Esta vez no los manda a buscar a los
personajes importantes de la sociedad, ni a los ricos, ni a las personas
consideradas piadosas y devotas. Tampoco los dirige a los sacerdotes o a los
escribas, que ya habían rechazado la invitación.
El destino de
estos nuevos mensajeros es completamente distinto. La invitación de Dios
llega hasta donde se encuentran los caminos.
El rey envía ahora
a sus servidores a unos lugares muy distintos de aquellos en los que había
buscado a los primeros invitados. El Evangelio utiliza una expresión griega
particularmente significativa: διεξόδους τῶν ὁδῶν (diexódus ton hodón),
que podemos traducir como «las salidas de los caminos» o «los cruces
de caminos». Se trata de lugares de paso, donde podían encontrarse personas
de muy diversa procedencia y condición. Ya no se busca exclusivamente a quienes
ocupan una posición destacada en la sociedad, sino a cualquiera que aparezca
por el camino. Y la orden del rey no deja lugar a dudas: invitar a todos
cuantos encuentren, sin establecer distinciones previas (cfr. Mt 22, 9).
¿Y dónde se
encuentran esos caminos? En las plazas, en los mercados, allí donde se reúne la
gente corriente y donde se mezclan personas de toda condición. Precisamente
allí deben presentarse los servidores del rey. Encontrarán comerciantes
honrados, pero también estafadores, ladrones e incluso traficantes de drogas.
Se cruzarán con personas respetables y con otras cuya conducta deja mucho que
desear. Y a todas, sin excepción, tendrán que ofrecerles la invitación a
participar en el banquete.
Los destinatarios
son, por tanto, las personas sencillas, los pobres, los marginados y quienes
sufren el desprecio de la sociedad. Entre ellos están también los
recaudadores de impuestos, las prostitutas y todos aquellos que suelen quedar
fuera de los ambientes considerados respetables. Buenos y malos, honrados y
pecadores: nadie queda excluido de la invitación.
Pero ¿quiénes
forman este tercer grupo de servidores? Ya no se trata de los antiguos
profetas, enviados principalmente al pueblo de Israel. Ahora los mensajeros
son quienes han recibido directamente de Jesús la misión de anunciar su
propuesta de vida. Son los apóstoles y, con ellos, todos nosotros. Sí,
también nosotros somos esos mensajeros, esos ángeles que han puesto su vida al
servicio del proyecto de Dios para la humanidad.
Y aquí aparece una
cuestión fundamental: ¿qué necesitamos para desempeñar bien esta misión?
Solo puede contagiar la alegría
quien primero la ha experimentado.
Para que nuestro
anuncio resulte convincente y dé fruto, es indispensable que nosotros mismos
hayamos descubierto antes la alegría del banquete. No basta con conocer su
existencia, hablar de sus maravillas o explicar cómo funciona. Necesitamos
haber entrado realmente en él, haber acogido la lógica del reino de Dios y
haber experimentado que esa manera de vivir nos hace felices y llena de sentido
nuestra existencia.
Porque cuando
alguien descubre una alegría verdadera, difícilmente desea guardársela para sí
mismo.
Si hemos comprobado que el Evangelio transforma nuestra vida y nos permite
experimentar una felicidad que antes desconocíamos, sentiremos espontáneamente
el deseo de compartir ese descubrimiento con las personas a las que queremos.
No saldremos a
buscarlas simplemente porque alguien nos haya encargado una tarea, sino porque
deseamos que también ellas participen de aquello que nosotros hemos encontrado.
Por el contrario,
si no sentimos ninguna necesidad de invitar a quienes todavía permanecen fuera
del banquete, convendría preguntarnos qué está sucediendo. Tal vez nosotros
mismos no hemos experimentado todavía su alegría, o quizá no amamos
suficientemente a esas personas como para desear que también ellas la
descubran.
El deseo de
anunciar el Evangelio nace del amor. Esa es la verdadera raíz de la
evangelización.
Ahora bien, cuando
salgamos a las plazas y a los mercados, ¿con qué clase de personas nos
encontraremos? Con gente de toda condición, naturalmente. Habrá personas
heridas por la vida, otras de comportamiento poco ejemplar y también muchas
personas buenas. No podemos esperar que todos piensen como nosotros ni que
reciban nuestra invitación con entusiasmo.
A veces escuchamos
a cristianos generosos, personas de buena voluntad y animadas por un sincero
celo apostólico, que manifiestan sus dudas antes de salir a anunciar el
Evangelio.
Se preguntan si
realmente merece la pena tanto esfuerzo. Algunos dicen: «¿Para qué vamos a
acercarnos a esas personas, si no muestran ningún interés por el Evangelio? Ya
tienen sus propias maneras de vivir y de encontrar satisfacción. ¿Qué ganamos
molestándolas con una propuesta que seguramente rechazarán? Además, muchas
están muy alejadas de la fe y algunas incluso se burlan de nosotros cuando
intentamos hablarles de Jesús».
Son inquietudes comprensibles, pero
conviene recordar algo muy sencillo: si todas esas personas que encontramos en
las plazas estuvieran ya participando del banquete, Jesús de Nazaret no nos
habría enviado a invitarlas.
Precisamente
porque todavía permanecen fuera necesitamos acercarnos a ellas. Por eso, no
debería sorprendernos que encontremos personas que no comprenden nuestra
propuesta, que muestran indiferencia o que incluso reaccionan con cierta
hostilidad. Todavía no han descubierto la belleza del mundo nuevo que Jesús les
ofrece.
Cada persona responde a la invitación
desde su propia situación.
Pensemos ahora en
las distintas reacciones que podemos encontrar cuando anunciamos el Evangelio.
Conviene conocerlas para que no nos desanimemos ante las primeras dificultades.
Habrá personas que
duden, que vacilen y que no se sientan preparadas para cambiar inmediatamente
de banquete. Ya tienen organizada su vida, conocen sus costumbres y encuentran
cierta satisfacción en aquello que hacen. Por eso, aunque la propuesta de Jesús
pueda resultarles interesante, prefieren continuar durante algún tiempo con su
manera habitual de vivir. Tal vez más adelante decidan aceptar la invitación.
Ante estas
respuestas, necesitaremos paciencia. Nosotros hemos ofrecido la posibilidad de
entrar en el banquete; ahora corresponde a cada persona decidir qué hacer con
ella.
También
encontraremos a quienes piensan que el banquete del reino de Dios pertenece
exclusivamente a la otra vida. Su razonamiento puede ser más o menos este: «Si
esa fiesta está preparada para después de la muerte, ¿por qué no disfrutar
mientras tanto de los placeres que ofrece este mundo? Cuando llegue el final de
mi vida, entonces ya pensaré en entrar en el Reino».
A esas personas
podríamos responderles que, si esperan hasta entonces, habrán dejado pasar una
oportunidad preciosa: la de experimentar ya en esta vida la alegría que Jesús
quiere ofrecernos. Porque el reino de Dios no es una realidad reservada
únicamente para el más allá. Jesús ha venido precisamente para comenzar a
construirlo aquí, en nuestro mundo, en medio de nuestras relaciones y de
nuestra existencia cotidiana.
Es posible que
algunos no comprendan esta explicación. Pero nuestra misión consiste en
presentarles la invitación con claridad y con el deseo sincero de que puedan
acogerla.
Habrá también
personas que acepten entrar enseguida en el banquete, aunque sus motivos no
sean precisamente los más adecuados. Algunas lo harán movidas por el miedo,
pensando que, si rechazan la invitación, podrían terminar condenadas al
infierno.
De este modo,
dentro de la sala encontraremos también a quienes han aceptado participar no
tanto por amor cuanto por temor. Estarán presentes en la celebración, pero
todavía no habrán comprendido plenamente la alegría y la gratuidad que
caracterizan al Reino.
Estas respuestas
también forman parte de la realidad que encontramos cuando salimos a anunciar
el Evangelio.
Sin embargo, habrá
personas que comprendan inmediatamente lo que Jesús les está ofreciendo.
Descubrirán que el reino de Dios es una fiesta, una manera nueva de vivir que
puede llenar de alegría su existencia. Y entonces aceptarán la invitación sin
vacilar, porque no querrán perder ni un instante de esa felicidad que se les
presenta.
Ahora bien,
conviene tener presente otra realidad: Entrar en el banquete no significa
convertirse inmediatamente en una persona perfecta. Quienes aceptan la
invitación no abandonan de golpe todas sus debilidades ni asumen desde el
primer momento, de manera completa, la lógica del Reino. Llegan con su
historia personal, sus miserias, sus fragilidades morales y sus heridas.
Algunos
continuarán aferrándose durante algún tiempo a los criterios del mundo antiguo.
Todavía sentirán la tentación de acumular bienes, de reservarse determinadas
cosas o de no compartir plenamente lo que poseen con los hermanos que las
necesitan.
No debería
sorprendernos. Es necesario tener paciencia, porque la transformación de una
persona no siempre se produce de manera inmediata.
Recordemos aquella
otra imagen que Jesús utilizó para hablar del reino de Dios: en el campo crece
el buen trigo, pero entre las espigas continúa apareciendo la cizaña (cfr. Mt
13, 24-30).
También en el
banquete del Reino encontraremos esta convivencia entre lo bueno que comienza a
crecer y las debilidades que todavía permanecen. La invitación ha
sido aceptada, pero la transformación de quienes participan en la fiesta sigue
su propio camino.
Dios quiere reunir a toda su familia
alrededor de una misma mesa.
La conclusión de
esta parte de la parábola resulta verdaderamente conmovedora: «La sala del banquete se llenó de comensales».
La imagen es hermosa. Toda la familia aparece reunida alrededor de la mesa. Los
comensales están recostados, como correspondía a quienes participaban
libremente en un banquete. Esa postura se convierte aquí en una expresión de
libertad: son personas llamadas a liberarse del apego a las riquezas, de la
corrupción moral, de los resentimientos y de los vicios que les impedían
disfrutar plenamente de la vida. Y la sala está llena.
En esta imagen, se
descubre la esperanza de que ninguno de los hijos de Dios quede definitivamente
fuera de su invitación. Antes o después, todos están llamados a acogerla y a
encontrar su lugar en la mesa que el Padre ha preparado.
Sin embargo, esta
esperanza no disminuye nuestra responsabilidad como mensajeros. Al contrario, nos
recuerda la importancia de desempeñar bien la misión que hemos recibido. Porque
la manera en que presentamos la invitación puede influir considerablemente
en la respuesta de quienes la escuchan. No es indiferente cómo hablamos de
Dios, cómo anunciamos el Evangelio o qué imagen del reino de Dios transmitimos
mediante nuestra propia vida.
Si nosotros mismos
vivimos con alegría la propuesta de Jesús, si mostramos con nuestras actitudes
la belleza de una existencia fundada en el amor gratuito, la fraternidad y la
acogida, nuestro anuncio resultará mucho más atractivo.
Por eso, no se
trata simplemente de salir a comunicar unas enseñanzas. Estamos invitados a
mostrar, con nuestra manera de vivir, que ese mundo nuevo del que hablamos es
verdaderamente hermoso y que merece la pena entrar en él.
Y quizá podamos
preguntarnos algo muy concreto: Cuando otras personas nos escuchan hablar de
nuestra fe y observan cómo vivimos, ¿descubren una invitación a la alegría o
encuentran solamente obligaciones, exigencias y prohibiciones? ¿Perciben que
estamos participando en una fiesta o tienen la impresión de que soportamos una
carga?
Si realizamos bien
nuestra misión, quienes nos rodean podrán sentirse atraídos por esa propuesta
de vida nueva que Jesús nos ha confiado.
Llegados a este
punto, parecería que la parábola podría terminar. El rey ha enviado a sus
mensajeros, la invitación ha llegado a todos los rincones y la sala se
encuentra llena de comensales. La fiesta puede comenzar y todo parece conducir
hacia un desenlace feliz. Sin embargo, Jesús todavía no ha terminado su relato.
Cuando ya parece
que todo ha quedado resuelto, introduce un último episodio que resulta tan
desconcertante que, a primera vista, parece echar por tierra toda la belleza de
lo que acabamos de escuchar.
Un rey que invita con generosidad y después castiga:
¿cómo entenderlo?
«Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en
uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí
sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los
servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí
será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos
son los llamados, pero pocos los elegidos».
El comportamiento
del rey en la última escena de la parábola nos deja bastante desconcertados.
Hasta ahora habíamos conocido a un soberano generoso, preocupado por los más
desfavorecidos, que había abierto las puertas de su palacio a personas que
jamás habrían imaginado recibir semejante invitación. Sin embargo, de pronto
parece transformarse por completo. Ante una falta aparentemente insignificante,
pierde la paciencia y actúa con una severidad que llega a parecernos cruel.
¡Cualquiera diría que estamos ante el mismo personaje!
Este cambio tan
brusco nos invita a examinar atentamente el relato. La escena del invitado que
no lleva el traje de bodas parece poco relacionada con cuanto se había narrado
anteriormente. La parábola podía haber concluido perfectamente cuando la sala
quedó llena de comensales y el rey comenzó a celebrar la fiesta con todos
ellos.
Además, ¿por qué
habría de sorprendernos que alguno de los invitados no llevara un vestido
apropiado para una boda? Recordemos que los servidores habían salido a buscar
gente por los caminos y las plazas. Habían invitado a quienes encontraron, sin
distinguir entre ricos y pobres, buenos y malos. En semejantes circunstancias,
lo verdaderamente sorprendente habría sido encontrar a todos elegantemente
vestidos y preparados para asistir a una celebración real.
Según la
interpretación que estamos siguiendo, nos encontraríamos aquí ante una segunda
parábola, incorporada al relato para responder a una pregunta que surge
precisamente después de escuchar la primera.
¿Basta con aceptar
la invitación y entrar físicamente en la sala del banquete, es decir, con haber
recibido el bautismo? ¿O es necesario que aquella decisión transforme también
nuestra manera concreta de vivir?
Esta es la
cuestión a la que Mateo pretende responder mediante la imagen del vestido de
bodas.
Aceptar la invitación de Jesús significa comenzar una vida
nueva.
Para comprender
por qué el evangelista considera necesario introducir esta enseñanza, conviene
recordar la situación de las comunidades cristianas a las que se dirige. Nos
encontramos en las últimas décadas del siglo I, cuando ya habían transcurrido
más de cincuenta años desde la Pascua de Jesús. Aquellas comunidades habían
comenzado su camino con un entusiasmo extraordinario. Los primeros cristianos
acogieron el Evangelio con alegría, aceptaron la invitación del Señor y
entraron, por así decirlo, en la sala del banquete.
Sin embargo, con
el paso de los años, aquel fervor inicial había comenzado a debilitarse. Algunos
cristianos recuperaban progresivamente las costumbres paganas que habían
abandonado al convertirse. Volvían a adoptar comportamientos incompatibles
con el Evangelio y se dejaban seducir nuevamente por el apego a las riquezas y
a los bienes materiales.
Mateo, preocupado
por la vida espiritual de aquellas comunidades, veía el peligro que corrían.
Aunque hubieran recibido el bautismo, podían terminar viviendo exactamente como
quienes habían rechazado la invitación del rey. Habían entrado en el banquete, pero
continuaban comportándose según los criterios del mundo antiguo. Por eso,
mediante esta enseñanza de Jesús, les recuerda que entrar en la sala del
banquete exige algo más que aceptar una invitación: es necesario cambiar de
vestido.
En el lenguaje
simbólico de la Biblia, el vestido representa la conducta moral de una
persona, su manera de vivir y de presentarse ante los demás.
Podemos decir, por
ejemplo, que alguien está revestido de orgullo cuando sus actitudes manifiestan
arrogancia y desprecio hacia los demás. Del mismo modo, podemos reconocer a una
persona revestida de generosidad cuando su comportamiento expresa una atención
sincera a las necesidades ajenas.
El apóstol Pablo
insiste en esta misma idea cuando invita a los cristianos a revestirse de
Cristo (cfr. Rm 13, 14). Quien acepta entrar en el reino de Dios está
llamado a asumir una manera de vivir que permita reconocer en él los rasgos de
Jesús. De tal modo que, cuando alguien se encuentra con un discípulo, pueda
descubrir en su comportamiento algo del Maestro al que sigue.
El discípulo y su
Señor, por decirlo así, deben llevar el mismo vestido.
Pero esto nos conduce a una pregunta fundamental: ¿cuál es el verdadero vestido de bodas de Jesús de Nazaret?
El vestido de Cristo es el del siervo
que se inclina ante sus hermanos.
Para descubrirlo,
volvamos a lo que sucedió durante la última cena, tal como nos lo cuenta el
evangelista Juan.
En un momento de
aquella cena, Jesús se levantó de la mesa y se quitó sus vestidos. ¿Cómo quedó
entonces? Con una prenda ceñida a la cintura, semejante al περίζωμα (perízoma),
el paño que cubría la parte inferior del cuerpo.
Recordemos que, en
aquella época, la vestimenta habitual incluía distintas prendas, entre ellas la
túnica y el manto exterior. Jesús se desprendió de sus vestidos y adoptó la
indumentaria propia de quien iba a realizar un servicio reservado a los esclavos.
Después comenzó a lavar los pies de sus discípulos (cfr. Jn 13, 4-5). Y
precisamente ahí encontramos la respuesta que buscábamos.
Aquel vestido
humilde, propio de quien se pone al servicio de los demás, expresa la identidad
de Jesús.
Él es el Señor que se presenta como servidor. Por eso, el discípulo que desea
parecerse a su Maestro necesita revestirse también de esa misma actitud.
El verdadero vestido de bodas
es la disposición a servir.
Quien participa en
el banquete del Reino no puede vivir preocupado exclusivamente por sí mismo. Está
llamado a convertirse en servidor de sus hermanos, siempre dispuesto a
responder a quienes necesitan ayuda.
Y aquí se produce
una inversión sorprendente de los criterios habituales del mundo. En la lógica
del Reino, los verdaderos señores ante quienes el discípulo se inclina son los
pobres, las personas necesitadas, aquellos que esperan encontrar una mano tendida.
No se trata de
buscar una posición de prestigio ni de acumular privilegios, sino de adoptar
la actitud de Jesús, que se despoja de sus vestidos para realizar el trabajo de
un servidor.
Ese es el traje de
bodas que nunca debería faltarle a un cristiano.
El esposo de la
celebración es Cristo, y la esposa es la comunidad cristiana. Por tanto, si la
Iglesia desea reconocerse como esposa de Cristo, debe revestirse de la misma
indumentaria que su Esposo: El vestido del servicio humilde y del amor
entregado a los hermanos.
Así comprendemos
que no basta con pertenecer exteriormente a la comunidad cristiana. Lo
verdaderamente importante es que nuestra manera de vivir manifieste que hemos
aceptado la lógica del banquete.
Las tinieblas representan una vida atrapada
en la rivalidad y el egoísmo.
Pero ¿qué sucede
con quienes se niegan a ponerse ese vestido de bodas, es decir, con quienes
rechazan vivir como servidores?
Llegamos a las
palabras más duras de la parábola: «“Atadlo
de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el
rechinar de dientes”». El rey ordena que aten de pies y manos al
invitado y lo expulsen a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y
rechinar de dientes. Estas expresiones pueden impresionarnos profundamente.
Para comprender su sentido, el predicador nos invita a tener presente el
lenguaje religioso que utilizaban los rabinos de aquella época.
Se trataba de un
lenguaje enérgico, cargado de imágenes impactantes, con el que se pretendía
sacudir las conciencias y despertar a quienes corrían el riesgo de acomodarse
en una conducta equivocada.
Mateo se dirigía a
comunidades cristianas en las que había numerosos creyentes procedentes del
judaísmo. Aquellos lectores estaban familiarizados con semejante manera de
hablar y podían reconocer la fuerza de esas imágenes.
El evangelista,
preocupado porque algunos cristianos estaban recuperando las costumbres paganas
que habían abandonado, recurre a ese lenguaje para hacerles comprender la
gravedad de su situación.
Por eso aparecen
las tinieblas exteriores, el llanto y el rechinar de dientes, expresiones
especialmente características del Evangelio según Mateo.
Pero ¿cómo podemos
explicar hoy estas imágenes de una manera que resulte comprensible? Según la
interpretación que estamos desarrollando, Jesús estaría dirigiendo una
advertencia muy seria a quienes han aceptado su invitación: Si no estás
dispuesto a revestirte de la actitud del servidor, si rechazas compartir con
tus hermanos y prefieres vivir únicamente para ti mismo, significa que todavía
no has acogido verdaderamente la lógica del banquete. Aunque hayas entrado
exteriormente en la sala, tu manera de vivir continúa perteneciendo al mundo
antiguo.
Y ¿qué sucede fuera de ese banquete?
Se permanece en
una sociedad organizada según la competencia, las rivalidades y la lucha por
imponerse a los demás. Es un mundo donde las personas se enfrentan, donde
cada uno procura obtener ventajas para sí mismo y donde los más débiles
terminan sufriendo las consecuencias.
Esa realidad está
muy lejos del jardín de las delicias, del גַּן עֵדֶן (gan edén), que
evocaba la antigua esperanza de Israel. En lugar de una convivencia feliz,
aparece una situación que puede describirse como un auténtico infierno, porque
las relaciones humanas se vuelven profundamente inhumanas.
Y no necesitamos
recurrir a ejemplos imaginarios para comprenderlo. Basta con mirar nuestro
mundo y observar lo que sucede cuando la competencia despiadada, el egoísmo y
el deseo de dominar a los demás se convierten en las reglas que gobiernan la
convivencia.
Allí aparecen el
sufrimiento, la angustia, las lágrimas y los enfrentamientos. Esa es la
realidad que, mediante las imágenes del llanto y el rechinar de dientes, el
predicador relaciona con las consecuencias de permanecer fuera de la lógica del
Reino.
Quien elige vivir
únicamente según los criterios del mundo antiguo quizá consiga imponerse a los
demás alguna vez. Puede ganar una batalla, obtener una ventaja o disfrutar
temporalmente de una posición privilegiada. Sin embargo, tarde o temprano
encontrará a alguien más fuerte que él, capaz de arrebatarle aquello que había
conseguido.
Esa es la inseguridad permanente que produce una sociedad construida sobre la
rivalidad.
Por tanto, las
expresiones tan severas de la parábola quieren hacernos comprender, desde esta
lectura, que rechazar la lógica del servicio y del amor nos deja atrapados en
una manera de vivir incapaz de proporcionar la verdadera felicidad.
Todos reciben la invitación,
pero no todos acogen plenamente su novedad.
Llegamos
finalmente a las últimas palabras de Jesús, con las que concluye el relato: «Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
¿Qué significa esta afirmación?
¿Pretende Jesús
decir que Dios invita a muchas personas, pero que finalmente solo unas pocas
podrán entrar en el cielo?
No se trataría de
establecer cuántos alcanzarán la salvación definitiva, sino de mostrar la
diferencia entre recibir la invitación y dejarse transformar verdaderamente por
ella. La invitación de Dios está dirigida a todos. Nadie queda excluido de
su llamada.
Sin embargo, no
son tantos quienes aceptan plenamente las consecuencias de esa invitación. No
todos están dispuestos a abandonar los criterios del mundo antiguo y a asumir
de manera completa la lógica del Reino, fundada en la gratuidad, la
fraternidad, el compartir y el servicio.
Y quizá Jesús, con
estas palabras, se esté dirigiendo especialmente a nosotros, los servidores de
aquel tercer grupo enviados a anunciar la fiesta. Es como si nos dijera que
no debemos desanimarnos cuando descubramos que nuestra invitación no produce
inmediatamente los frutos que esperábamos.
No podemos
pretender que todas las personas a las que anunciamos el Evangelio asuman desde
el primer momento, y de manera perfecta, la novedad de vida que Jesús propone.
Algunas
responderán con entusiasmo y comenzarán a vivir decididamente según los
criterios del Reino. Otras aceptarán solo una parte de esa propuesta y
conservarán todavía actitudes propias de su antigua manera de vivir.
Incluso entre
quienes han acogido el Evangelio continuarán apareciendo debilidades,
contradicciones y comportamientos que no terminan de armonizar con la fe que
profesan.
Todo eso debemos
tenerlo presente cuando salgamos a comunicar la invitación del Señor.
Porque la misión
de aquellos servidores no consiste en garantizar que todos respondan de
inmediato ni en exigir una perfección instantánea. Consiste en anunciar con
fidelidad y alegría la belleza del banquete que Dios ha preparado.
Y aquí queda una
pregunta que podemos llevarnos a nuestra propia vida: ¿Nos hemos limitado a
aceptar la invitación de Jesús o estamos permitiendo que su Evangelio nos
cambie verdaderamente de vestido?
Tal vez llevamos
mucho tiempo dentro de la sala del banquete, pero todavía conservamos algunas
prendas del mundo antiguo: el orgullo, el afán de poseer, la rivalidad, el
resentimiento o la dificultad para ponernos al servicio de los demás.
Jesús nos invita a
reconocerlas y a revestirnos de aquello que lo identifica a él: la disposición
a amar y servir. Porque, al final, lo que permite reconocer a quienes
participan verdaderamente en el banquete del Reino no es la elegancia de sus
vestidos, sino la semejanza de su vida con la del Esposo, Cristo, que se
hizo servidor de todos.



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