¿Y si la pregunta por el mandamiento más importante escondiera en realidad otra mucho más profunda: qué Dios estamos adorando? En esta homilía sobre Mateo 22,34-40, Jesús responde a quienes quieren ponerlo a prueba llevando toda la Ley hasta su centro: «Amarás al Señor tu Dios» y «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero ese amor no consiste solamente en sentir afecto religioso. Compromete el corazón, la vida y la inteligencia, y se vuelve concreto cuando descubrimos al prójimo en quien necesita ayuda, en el extranjero, en el que sufre e incluso en quien nos ha hecho daño. Desde el Shemá de Israel hasta la gavilla dejada para el pobre, la Escritura revela una misma verdad: no podemos amar verdaderamente a Dios sin dejar que su amor transforme la manera en que tratamos a los demás.
Homilía
del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 22, 34-40 — «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Una hostilidad
creciente contra Jesús
En la parte final
de su Evangelio, Mateo nos presenta una serie de controversias entre Jesús y
sus adversarios. A medida que avanzan los acontecimientos, percibimos cómo
aumenta la hostilidad hacia él. Las relaciones se vuelven cada vez más tensas y
los enfrentamientos adquieren una gravedad creciente, hasta desembocar, poco
después, en su condena a muerte.
Durante los
domingos anteriores hemos escuchado dos de estas disputas.
La primera tuvo
lugar en el templo, cuando los sumos sacerdotes se acercaron a Jesús para
preguntarle con qué autoridad enseñaba allí. Se consideraban responsables de
cuanto sucedía en aquel lugar sagrado y no estaban dispuestos a aceptar que
alguien actuara sin contar con su autorización. Por eso le exigieron
explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado
semejante autoridad?».
Jesús les
respondió recordándoles la figura de Juan el Bautista. ¿De dónde procedía la
autoridad con la que Juan había predicado? ¿Acaso necesitó el permiso de los
dirigentes religiosos para anunciar su mensaje? Juan había recibido su misión
de Dios, y su autoridad no dependía, por tanto, del reconocimiento de quienes
gobernaban el templo. Con aquella respuesta, Jesús los invitaba a reconocer
algo fundamental: la autoridad de Dios está por encima de las autoridades
religiosas y no necesita recibir de ellas su legitimidad (cfr. Mt 21,
23-27). Como podemos imaginar, aquella respuesta no les agradó demasiado.
La segunda
controversia la escuchábamos el domingo pasado. En aquella ocasión, sus
adversarios intentaron comprometerlo con una pregunta sobre el pago del tributo
al César. Habían preparado cuidadosamente la trampa: si Jesús rechazaba el
impuesto, podrían denunciarlo ante las autoridades romanas; si se mostraba
favorable a pagarlo, podrían desacreditarlo ante el pueblo. Cualquiera de las
dos respuestas parecía ofrecerles una oportunidad para volverse contra él (cfr.
Mt 22, 15-22).
Mateo recoge
todavía una tercera disputa que no hemos escuchado en las lecturas de estos
domingos. Sus protagonistas fueron los saduceos, que rechazaban la resurrección
de los muertos y pretendían ridiculizar esta esperanza mediante un caso
aparentemente desconcertante: el de una mujer que había estado casada
sucesivamente con siete hermanos. Con aquel ejemplo querían poner de manifiesto
lo que consideraban una contradicción en la fe en la resurrección (cfr. Mt 22,
23-33).
¿Por qué quieren desacreditar a Jesús?
Llegamos así al
Evangelio de hoy, que nos presenta una cuarta controversia. Esta vez, sus
adversarios deciden llevar el enfrentamiento al terreno de la discusión
teológica, donde se sienten especialmente preparados porque conocen las
Escrituras y están acostumbrados a interpretar y debatir sus enseñanzas.
Pero antes de
escuchar la pregunta que van a plantearle, conviene comprender qué los mueve a
enfrentarse continuamente con Jesús. ¿Por qué les preocupa tanto su
predicación? ¿Qué encuentran en él para considerarlo una amenaza?
La razón es que, a
sus ojos, Jesús está poniendo en peligro la religión que ellos defienden. Lo
consideran un hereje, alguien que altera las prácticas religiosas establecidas
y que, con su comportamiento y sus enseñanzas, provoca escándalo entre la gente.
Les desconcierta
que no observe los ayunos y las purificaciones conforme a sus exigencias
religiosas. Tampoco pueden aceptar que frecuente a publicanos, pecadores y
mujeres de mala reputación. Su manera de relacionarse con aquellas personas les
parece impropia de alguien que pretende hablar en nombre de Dios.
Sin embargo, lo
que más les escandaliza no es simplemente su comportamiento, sino lo que Jesús
anuncia acerca de Dios.
El verdadero motivo del conflicto:
el Dios que Jesús anuncia
El mayor escándalo
para sus adversarios es que Jesús anuncie un Dios que ama también a los
pecadores. Este
es el punto verdaderamente decisivo del enfrentamiento.
Jesús proclama que
el Señor, el Dios de Israel, ama a todos los seres humanos, sin establecer
distinciones entre buenos y malos. Su amor alcanza también a quienes viven
alejados de él, a quienes han pecado y a quienes los demás consideran indignos
de acercarse a Dios.
Pero sus
adversarios no pueden aceptar semejante enseñanza. Según la concepción
religiosa que defienden, Dios se mantiene alejado de los pecadores y los
rechaza. Están convencidos de que así debe entenderse la relación del Señor con
quienes no cumplen su voluntad.
Y ahora aparece
Jesús anunciando precisamente aquello que ellos consideran inadmisible: que
Dios ama también al pecador.
Podemos
comprender, entonces, por qué el conflicto adquiere tanta intensidad. No
estamos simplemente ante una discusión sobre ayunos, purificaciones o
costumbres religiosas. Lo que está en cuestión es la manera de comprender a
Dios y su relación con el ser humano, especialmente con aquel que vive marcado
por el pecado.
Para sus
adversarios, la enseñanza de Jesús constituye una gravísima desviación de la fe
que han recibido y transmitido. Consideran que está difundiendo una doctrina
peligrosa, capaz de confundir al pueblo y trastornar su manera de vivir la
religión. Por eso sienten que tienen la obligación de intervenir y
desacreditarlo públicamente, para impedir que la gente siga confiando en sus
palabras. Esta es la razón profunda de su insistencia en enfrentarse con él. No
soportan la imagen de Dios que Jesús está presentando y buscan una ocasión para
demostrar ante todos que sus enseñanzas son equivocadas.
Con esta intención
preparan una nueva controversia. Y como se consideran especialmente competentes
en el conocimiento de las Escrituras, deciden ponerlo a prueba precisamente en
ese terreno.
Veamos qué
pregunta le plantean y cómo pretenden servirse de ella para desacreditarlo.
Fariseos y saduceos:
cuando la oposición a Jesús une a quienes estaban enfrentados
«En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había
hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor
de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro,
¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Antes de
adentrarnos en el Evangelio de hoy, conviene recordar cómo terminó la
controversia anterior, cuando los saduceos intentaron poner en ridículo la fe
en la resurrección de los muertos, una esperanza que ellos no compartían.
Jesús había
respondido a sus objeciones recurriendo precisamente a un texto del Éxodo.
Cuando Dios se manifiesta a Moisés, se presenta con estas palabras: «Yo soy
el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (cfr. Ex 3, 6). A
partir de esta afirmación, Jesús desarrolla un razonamiento que deja a sus
interlocutores sin respuesta. Si Dios se presenta como el Dios de aquellos
patriarcas, ¿podemos pensar que se refiere a unos hombres que han desaparecido
definitivamente con la muerte? Si continúa llamándose el Dios de Abrahán, de
Isaac y de Jacob, es porque ellos viven para él. De ahí la conclusión de Jesús:
Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (cfr. Mt 22, 31-32).
Los saduceos no
supieron qué responder. Los fariseos, en cambio, debieron de sentirse
satisfechos al comprobar que Jesús había conseguido hacer callar a sus
adversarios, porque las relaciones entre ambos grupos religiosos estaban
marcadas por profundas discrepancias.
Para comprender mejor la escena, merece la
pena detenernos brevemente en sus diferencias.
Los saduceos
estaban vinculados principalmente a las familias sacerdotales y a los sectores
económicamente más poderosos de la sociedad. Su posición privilegiada
favorecía, en muchos casos, una manera de entender la religión estrechamente
relacionada con la conservación de sus intereses y de su bienestar material.
Podían llegar a servirse de su condición religiosa para asegurar sus
privilegios y aumentar sus riquezas.
En cuanto a las
Escrituras, concedían una autoridad fundamental a los cinco primeros libros de
la Biblia, conocidos como la תּוֹרָה (torá), palabra hebrea que
significa «instrucción» o «enseñanza» y que habitualmente
traducimos como «Ley». Los demás escritos, particularmente los libros
proféticos, no ocupaban para ellos el mismo lugar. Y resulta significativo que
los profetas hubieran denunciado con tanta severidad determinadas formas de
religiosidad que podían parecerse precisamente a las prácticas que aquellos
dirigentes defendían.
A estas
diferencias se añadía otra especialmente importante: los saduceos no creían en
la resurrección de los muertos.
Su horizonte
religioso quedaba así concentrado en la existencia presente. Lo que más les
interesaba era disfrutar de una vida acomodada, conservar su posición y
asegurarse el bienestar de que ya disponían. Incluso su relación con Dios podía
quedar reducida a la búsqueda de favores y beneficios que les permitieran vivir
mejor en este mundo.
Cuando la religión se convierte
en un medio para obtener beneficios
También podemos
buscar a Dios pensando más en lo que esperamos recibir de él que en lo que su
Palabra quiere transformar en nosotros.
Esta observación
merece nuestra atención, porque aquella mentalidad saducea no pertenece
exclusivamente al pasado. También entre los cristianos puede aparecer una
manera de vivir la religión que consiste fundamentalmente en acudir a Dios para
pedirle gracias, solucionar problemas, conseguir determinados beneficios o
asegurarnos una existencia lo más cómoda posible.
Sin apenas darnos
cuenta, podemos terminar valorando nuestra relación con el Señor por los
favores que esperamos obtener de él. La religión queda entonces al servicio
de nuestros propios intereses, y la fe corre el riesgo de convertirse en un
instrumento para conseguir aquello que deseamos.
Por eso, cuando
contemplamos la actitud de los saduceos, no deberíamos limitarnos a juzgar su
comportamiento desde la distancia. Su manera de entender la religión puede
ayudarnos a reconocer una tentación que también está presente en nuestra
experiencia cristiana.
Un enemigo común consigue
superar las antiguas rivalidades
Volvamos ahora al
escenario de la controversia. Fariseos y saduceos mantenían diferencias
profundas, hasta el punto de discrepar en cuestiones fundamentales de la fe.
Sin embargo, sus respectivas disputas con Jesús muestran cómo la oposición a
él podía hacer coincidir los intereses de quienes habitualmente estaban
enfrentados.
Algo semejante
habíamos encontrado en el Evangelio del domingo pasado. Los fariseos y los
herodianos, cuyas posiciones religiosas y políticas eran muy diferentes, habían
dejado a un lado sus discrepancias para colaborar en una misma estrategia:
comprometer a Jesús con la pregunta sobre el pago del tributo al César.
Ahora sucede algo
parecido. Mateo nos cuenta que, al enterarse de que Jesús había hecho callar a
los saduceos, los fariseos se reunieron para preparar una nueva intervención
(cfr. Mt 22, 34).
Esta vez deciden
actuar con especial cuidado. En lugar de presentarse sin más ante Jesús,
recurren a uno de sus especialistas en la interpretación de las Escrituras, un
hombre particularmente preparado para discutir sobre las exigencias de la Ley.
El Evangelio
utiliza para designarlo el término griego νομικός (nomikós), que
significa «experto en la Ley» o «doctor de la Ley». No se trata,
por tanto, simplemente de alguien que conoce los textos bíblicos, sino de una
persona dedicada al estudio y a la interpretación de los preceptos que
regulaban la vida religiosa de Israel.
Esperan que su
preparación le permita formular una pregunta capaz de poner a Jesús en
dificultades. Si consiguen que su respuesta parezca contraria a las exigencias
de la Ley, tendrán por fin un argumento para desacreditarlo ante el pueblo.
Pero, antes de
escuchar aquella pregunta, conviene conocer mejor la mentalidad de los
fariseos, porque también aquí encontramos una enseñanza que afecta directamente
a nuestra manera de vivir la fe.
El peligro de defender nuestras
tradiciones creyendo defender a Dios
A diferencia de
los saduceos, los fariseos disfrutaban de una considerable estima entre la
gente. Eran hombres profundamente vinculados al estudio de las Escrituras y
procuraban observar escrupulosamente los preceptos de la Ley. Su fidelidad
religiosa les había proporcionado un notable prestigio entre el pueblo, y
naturalmente les preocupaba perder aquella consideración.
La predicación de
Jesús representaba para ellos una amenaza, porque cuestionaba muchas de sus
interpretaciones y prácticas religiosas. Temían que sus enseñanzas acabaran
debilitando la confianza que la gente había depositado en ellos.
Sin embargo,
conviene no simplificar sus motivaciones. Sería injusto imaginar que todos
aquellos hombres actuaban exclusivamente por orgullo, envidia o deseo de
conservar sus privilegios.
Es muy posible que
muchos fariseos obraran sinceramente de buena fe. Estaban convencidos de que
sus creencias eran correctas, de que sus tradiciones expresaban la voluntad de
Dios y de que, al defenderlas, cumplían con una verdadera obligación religiosa.
Precisamente por
eso podían considerar necesario oponerse a Jesús. Sus enseñanzas parecían poner
en cuestión aquello que habían aprendido a respetar desde siempre y que
consideraban indispensable para mantenerse fieles al Señor.
La experiencia de
san Pablo nos ayuda a comprender hasta dónde puede llegar esta actitud. Cuando
escribe a los filipenses y recuerda su pasado, Pablo subraya su pertenencia al
fariseísmo y la rigurosa observancia de la Ley que había caracterizado su vida.
Se consideraba irreprochable en el cumplimiento de sus exigencias y estaba tan
convencido de defender la causa de Dios que llegó incluso a perseguir a la
Iglesia (cfr. Flp 3, 5-6).
Y en la Primera
Carta a Timoteo encontramos una confesión particularmente reveladora. Pablo
reconoce que antes había sido blasfemo, perseguidor y violento, pero añade que
Dios tuvo misericordia de él porque había actuado por ignorancia, cuando
todavía no tenía fe (cfr. 1 Tim 1, 13).
Su testimonio nos permite comprender una
realidad que no siempre resulta fácil admitir: Una persona puede estar
sinceramente convencida de servir a Dios y, sin embargo, oponerse a lo que Dios
está realizando.
No necesariamente
porque quiera rechazarlo, sino porque identifica sus propias convicciones
religiosas con la voluntad divina y considera que cuestionarlas equivaldría a
traicionar su fe.
Esta podía ser la
situación de muchos fariseos. Habían recibido unas tradiciones, las habían
estudiado y observado con dedicación, y ahora encontraban a Jesús anunciando
algo que parecía ponerlas en entredicho. Desde su punto de vista, resistirse a
sus enseñanzas podía parecerles una obligación de conciencia.
Cuando nuestras convicciones
nos impiden escuchar el Evangelio
Aquí encontramos
una advertencia de extraordinaria actualidad. También nosotros podemos cometer
el mismo error, incluso actuando de buena fe. Podemos estar tan apegados a
determinadas interpretaciones, costumbres o tradiciones religiosas que, cuando
el Evangelio viene a cuestionarlas, nuestra primera reacción sea defenderlas en
lugar de preguntarnos qué quiere decirnos el Señor.
No resulta fácil
reconocer que algo que hemos considerado correcto durante mucho tiempo quizá
necesite ser revisado. Y puede resultar todavía más difícil cuando aquello que
se cuestiona forma parte de nuestras convicciones religiosas más profundas.
Sin embargo,
escuchar verdaderamente la Palabra de Dios exige estar dispuestos a dejarnos
interpelar por ella, incluso cuando sus exigencias afectan a aspectos de
nuestra vida que preferiríamos mantener intactos.
La Escritura
utiliza una imagen especialmente expresiva para describir esta fuerza
transformadora: la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que una
espada de doble filo, capaz de llegar hasta lo más íntimo del corazón humano
(cfr. Heb 4, 12).
Esa Palabra no se
limita a confirmar lo que ya pensamos. En muchas ocasiones pone al descubierto
nuestras resistencias, cuestiona nuestras seguridades y nos invita a cambios
profundos que quizá no habíamos imaginado.
Por eso, la
experiencia de los fariseos nos coloca ante una cuestión que merece ser
examinada con sinceridad: Podemos creer que estamos defendiendo nuestra
fidelidad a Dios y, al mismo tiempo, estar resistiéndonos a lo que su Palabra
nos pide cambiar.
No basta, por
tanto, con estar convencidos de que nuestras ideas son correctas. También
necesitamos una disposición interior que permita al Evangelio iluminar,
purificar y, cuando sea necesario, transformar nuestras convicciones.
Una pregunta que parece inocente,
pero esconde una acusación
Con este trasfondo
podemos comprender mejor la escena que Mateo nos presenta.
Los fariseos
recurren al experto en la Ley que han elegido y lo envían a Jesús con una
pregunta cuidadosamente preparada: «Maestro,
¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».
A primera vista,
parece una cuestión perfectamente legítima. Los maestros de Israel discutían
acerca del número de los mandamientos, de su importancia y de la posibilidad de
distinguir entre aquellos que imponían obligaciones más graves y otros
considerados de menor peso.
En los libros del
Éxodo y del Deuteronomio encontramos las diez palabras, es decir, los Diez Mandamientos
(cfr. Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21). Pero en otros lugares de la Escritura aparecen
también diversas enumeraciones de exigencias religiosas y morales.
El salmo 15 por
ejemplo, comienza con una pregunta profundamente religiosa: «Señor, ¿quién
puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?». Es decir, ¿qué
condiciones debe reunir una persona para vivir en la presencia de Dios?
La respuesta del
salmista recoge once exigencias fundamentales: proceder honradamente,
practicar la justicia, decir la verdad de corazón, no calumniar, no hacer daño
al prójimo, no difamar al vecino, rechazar la conducta del impío, honrar a
quienes temen al Señor, mantenerse fiel a la palabra dada incluso cuando ello
suponga un perjuicio personal, no prestar dinero con usura y no aceptar
sobornos contra el inocente (cfr. Sal 15 [14], 1-5).
Esta
interpretación está expresamente respaldada por san Juan Pablo II, quien dedicó su
audiencia general del 4 de febrero de 2004, titulada «¿Quién es justo
ante el Señor?», precisamente a este salmo. El pontífice identificó y
explicó sus once compromisos morales, subrayando que constituyen una síntesis
de las exigencias fundamentales de la Ley bíblica y que la auténtica relación
con Dios debe manifestarse en la conducta cotidiana.
Juan Pablo II
destacó especialmente que el salmo no exige simplemente una pureza ritual
exterior, sino una conciencia recta, cuyas decisiones estén inspiradas por la
justicia y el amor al prójimo. De este modo, la Escritura nos recuerda que la
fidelidad a Dios no puede separarse de la honradez, la verdad y la justicia con
que tratamos a nuestros hermanos. La oración y el culto encuentran su
verdadera correspondencia en una vida coherente con la fe que profesamos.
Por su parte, el
capítulo 33 del libro de Isaías presenta seis exigencias morales para quien
desea vivir en la presencia de Dios. El profeta se pregunta quién podrá
habitar junto al Señor, cuya santidad aparece representada mediante la imagen
de un fuego devorador. La respuesta señala seis comportamientos fundamentales:
practicar la justicia, hablar con rectitud, rechazar las ganancias obtenidas
mediante la opresión, no aceptar sobornos, negarse a participar en actos de
violencia y apartarse de la maldad (cfr. Is 33, 14-16).
San Juan Pablo II
explicó expresamente estas seis exigencias en su audiencia general del 30 de
octubre de 2002,
titulada «Dios juzgará con justicia». El pontífice recordó que,
siguiendo la tradición de los salmos que describen las condiciones necesarias
para vivir en comunión con Dios, Isaías presenta seis compromisos morales que
deben caracterizar la vida del verdadero creyente. Al comentar el último de
ellos, «cerrar los ojos para no ver la maldad», aclaró, siguiendo a san
Jerónimo, que no significa desentenderse de las injusticias, sino rechazar
cualquier complicidad con el mal.
Resulta
especialmente significativo que tanto el salmo 15, con sus once exigencias,
como Isaías, con sus seis compromisos, insistan en comportamientos concretos de
la vida cotidiana. La verdadera fidelidad a Dios no se demuestra únicamente
mediante las prácticas religiosas, sino también mediante la justicia, la
honradez y el respeto con que tratamos a los demás.
La reflexión
rabínica llegó a identificar tradicionalmente 613 preceptos en la Torá,
y existían distintas maneras de valorar su importancia. Algunos maestros
distinguían entre mandamientos considerados más graves o exigentes y otros de
menor peso.
Entre quienes
admitían este tipo de distinciones se encontraba el rabino Hillel, que había
vivido aproximadamente una generación antes de Jesús. Su contemporáneo Shammai,
en cambio, adoptaba una posición mucho más rigurosa y no aceptaba que la Ley
pudiera tratarse con ligereza.
Se cuenta a este propósito una anécdota
que refleja muy bien el contraste entre ambas maneras de entender las
exigencias religiosas.
En cierta ocasión,
un pagano se presentó ante Shammai manifestándole su deseo de convertirse al
judaísmo, pero pretendía que le resumiera toda la Torá de manera inmediata,
como si una enseñanza tan amplia pudiera despacharse en unas pocas palabras.
Shammai, indignado ante semejante pretensión, lo rechazó apartándolo con la
vara de medir que tenía en la mano.
La anécdota nos
permite comprender la seriedad con la que algunos maestros consideraban que
debían tratarse todos los preceptos de la Ley.
Sin embargo, la
pregunta que ahora presentan a Jesús no tiene como finalidad resolver aquellas
discusiones rabínicas.
Y aquí debemos prestar mucha atención, porque de lo contrario podríamos no comprender la verdadera intención de sus adversarios.
No quieren aprender de Jesús:
buscan motivos para acusarlo
La trampa consiste
en conseguir que Jesús reconozca un mandamiento para acusarlo después de no
cumplirlo. Según
la intención que estamos descubriendo en esta controversia, el experto en la
Ley no busca simplemente conocer cuál es el mandamiento más importante entre
todos los existentes. Sus adversarios quieren llevar a Jesús hacia el precepto
que consideran especialmente decisivo: la observancia del sábado.
Y no es una
elección casual. El sábado ocupaba un lugar fundamental en la vida religiosa de
Israel. Su importancia se encontraba vinculada al mismo relato de la creación,
en el que Dios descansa el séptimo día y lo bendice (cfr. Gn 2, 2-3).
Para los
adversarios de Jesús, la obligación de observar el sábado era una exigencia
indiscutible. Precisamente por eso esperaban que él reconociera su importancia.
Una vez obtenida esa respuesta, podrían dirigir contra él la acusación que
tenían preparada.
Para comprender
mejor esta estrategia, pensemos en un ejemplo muy sencillo. Imaginemos que una
persona conduce de noche a 120 kilómetros por hora por una vía urbana donde la
velocidad máxima permitida es de 50. Un agente de tráfico la detiene y, antes
de formular ninguna denuncia, le pregunta:
—¿Sabe usted cuál es la velocidad máxima
permitida en esta vía?
El agente no está intentando averiguar si
el conductor conoce las normas de circulación. Evidentemente, él mismo sabe
cuál es el límite. Su intención es que el conductor reconozca la norma para
preguntarle inmediatamente después:
—Entonces, si sabe que aquí no se puede
circular a más de 50 kilómetros por hora, ¿por qué conducía usted a 120?
La pregunta
inicial no pretendía proporcionar una información que el agente desconociera.
Estaba destinada a preparar la acusación.
Algo semejante
sucede en esta controversia. Los adversarios de Jesús no necesitan que él les
enseñe la importancia del sábado. La conocen perfectamente y están convencidos
de que constituye una obligación religiosa fundamental.
Lo que pretenden
es que Jesús la reconozca públicamente para poder reprocharle después su
comportamiento.
Si Jesús responde
que la observancia del sábado ocupa el lugar principal entre los mandamientos,
ellos podrán replicarle inmediatamente:
—Entonces, si reconoces que el sábado es
tan importante, ¿por qué no lo observas?
Ahí está la trampa
que habían preparado. Naturalmente, Jesús observaba el sábado. Lo que sucedía
era que su manera de comprenderlo y vivirlo no coincidía con la interpretación
que defendían aquellos maestros religiosos. Y precisamente esa diferencia era
la que sus adversarios querían utilizar contra él. Consideraban que su
comportamiento constituía una transgresión de las exigencias de la Ley y
esperaban que, mediante aquella pregunta, terminara proporcionando él mismo el
argumento necesario para desacreditarlo ante el pueblo.
Por eso habían
elegido cuidadosamente al experto que debía interrogarlo. No pretendían iniciar
una conversación sincera sobre la voluntad de Dios, sino conducir a Jesús hacia
una respuesta que pudieran volver contra él.
Todo parece
preparado para ponerlo en dificultades. La pregunta ha sido formulada, sus
adversarios conocen la acusación que desean presentar y esperan que Jesús
responda conforme a sus previsiones.
La respuesta de
Jesús:
El amor como fundamento de la relación con Dios
«Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal
y primero».
La respuesta de
Jesús desconcertó por completo a sus adversarios. Habían preparado
cuidadosamente la pregunta, esperando que reconociera la primacía del sábado
para poder acusarlo después de no observarlo conforme a sus interpretaciones.
Sin embargo, Jesús respondió de una manera que no habían previsto, y aquella
acusación quedó sin fundamento.
Pero lo que más
debió de sorprenderlos fue el modo en que Jesús presentó el mandamiento
principal. No comenzó hablando de obligaciones, de prohibiciones o de la
necesidad de someterse a unas normas. Tampoco planteó la relación con Dios como
la de un siervo que debe cumplir las órdenes de su señor por temor a las
consecuencias de desobedecerlo.
Jesús situó en el
centro una realidad muy diferente: El amor.
En las religiones
del mundo antiguo era frecuente representar a las divinidades como poderes ante
los cuales el ser humano debía someterse, procurando obtener su favor y evitar
sus castigos. Jesús, en cambio, revela a un Dios que quiere establecer con nosotros
una relación fundada en el amor y vivida desde la libertad.
Dios no busca
esclavos sometidos por el miedo, sino hijos capaces de responder libremente a
su amor. Por
eso, el gran mandamiento comienza con unas palabras que cambian profundamente
nuestra manera de comprender la vida religiosa: «Amarás
al Señor, tu Dios».
Fijémonos en la
importancia de esta expresión. Dios no nos invita simplemente a cumplir unas
obligaciones exteriores, sino a entrar en una relación personal con él.
Quiere que descubramos su amor incondicional y que, al sentirnos amados,
respondamos libremente, dejándonos implicar en esa relación que puede dar
plenitud a nuestra existencia.
Este es el
horizonte desde el que Jesús nos propone comprender el mandamiento principal.
Cómo fue descubriendo Israel
el verdadero rostro de Dios
Para apreciar toda
la profundidad de esta respuesta, conviene detenernos en el lenguaje de la
Escritura.
El verbo hebreo אָהַב
(aháv) significa «amar» y aparece numerosas veces en el
Antiguo Testamento. Sin embargo, cuando recorremos los distintos libros
bíblicos, advertimos que la manera de hablar de Dios no siempre presenta los
mismos acentos.
En algunos relatos
antiguos destacan especialmente las manifestaciones de su poder, su santidad,
su indignación ante el mal y la autoridad de sus mandatos. Son imágenes que
pueden suscitar en el ser humano una profunda reverencia, pero también temor.
Recordemos, por
ejemplo, lo que sucede al pie del monte Sinaí, cuando el pueblo de Israel
contempla los truenos, los relámpagos y las impresionantes manifestaciones que
acompañan la revelación divina. Los israelitas sienten tanto miedo que se
dirigen a Moisés y le suplican que sea él quien les transmita las palabras del
Señor. Prefieren escuchar a Moisés porque temen morir si Dios les habla
directamente (cfr. Ex 20, 18-19).
Podemos comprender
la actitud de aquel pueblo. Ante una manifestación tan sobrecogedora, el ser
humano experimenta su pequeñez y puede llegar a relacionarse con Dios
principalmente desde el temor. Entonces la preocupación fundamental consiste en
cumplir sus mandatos, evitar aquello que pueda provocar su indignación y
protegerse de posibles castigos.
Pero ¿es este el
rostro definitivo de Dios que la Escritura quiere revelarnos?
Aquí debemos tener
presente una característica fundamental de la revelación bíblica: Dios se
fue dando a conocer progresivamente a su pueblo, acompañándolo en un largo
camino de descubrimiento y maduración de la fe.
La Biblia recoge
precisamente la historia de esa relación entre Dios e Israel, una verdadera
historia de amor en la que el pueblo va comprendiendo cada vez mejor quién es
el Señor y cómo quiere relacionarse con él.
Israel no llegó de
inmediato a una comprensión plena del misterio divino. Su experiencia religiosa
se desarrolló dentro del ambiente cultural del antiguo Oriente Próximo, donde
los distintos pueblos reconocían sus propias divinidades. A lo largo de su historia,
Israel fue profundizando en el conocimiento del Señor hasta confesar que no
es simplemente el Dios de un pueblo entre otros, sino el único Dios, Señor de
toda la creación.
También fue
madurando su manera de comprender la relación de ese Dios con los seres
humanos. Y en este proceso desempeñaron un papel fundamental los profetas.
Los profetas descubren el lenguaje del amor
Los profetas
contribuyeron decisivamente a mostrar la profundidad del amor de Dios. Sin
negar su santidad ni su justicia, anunciaron que su relación con Israel no
podía entenderse únicamente mediante las categorías del poder, la autoridad y
el cumplimiento de unas obligaciones.
Para expresar la
intimidad de esa relación recurrieron a una imagen extraordinariamente hermosa:
Dios es el esposo que ama a su pueblo.
La alianza aparece entonces descrita como
una relación esponsal. Dios no se limita a imponer sus mandatos desde la
distancia, sino que ama, llama, busca la fidelidad de su pueblo y desea que
este corresponda a su amor.
La diferencia es
profunda. Una persona que obedece a un señor por miedo procura cumplir lo que
se le ha ordenado para evitar las consecuencias de su desobediencia. En cambio,
quien ama de verdad no necesita que le indiquen continuamente lo que debe
hacer para procurar el bien de la persona amada. El amor mismo despierta el
deseo de agradarla, de cuidar la relación y de evitar aquello que pueda
dañarla.
Pensemos en la
relación entre dos esposos que se quieren sinceramente. Su convivencia no puede
reducirse a una lista de obligaciones que cada uno cumple para evitar
reproches. Naturalmente, existen compromisos y responsabilidades, pero su
verdadero fundamento es el amor que los une y que les lleva a buscar libremente
el bien del otro.
Esta es la
transformación que el lenguaje de los profetas nos ayuda a comprender. La
fidelidad a Dios deja de contemplarse únicamente como el cumplimiento temeroso
de unas órdenes y se descubre como la respuesta de amor a quien nos ha amado
primero.
La revelación
bíblica nos ofrece todavía otras imágenes familiares que permiten profundizar
en esta relación.
Dios es presentado
como un padre que ama a sus hijos, pero también se utilizan imágenes tomadas
del amor materno para expresar la ternura y la fidelidad inquebrantable del
Señor.
Encontramos uno de
los pasajes más conmovedores en el capítulo 49 de Isaías. Jerusalén, que
atraviesa una experiencia de sufrimiento y abandono, se lamenta diciendo: «Me
ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». Y Dios responde con una
comparación que alcanza lo más profundo de la experiencia humana. ¿Acaso puede
una madre olvidarse del hijo que ha llevado en sus entrañas? ¿Puede dejar de
conmoverse ante su propio niño? Pues bien, aunque llegara a suceder algo tan
doloroso, Dios asegura a su pueblo que él jamás lo olvidará (cfr. Is 49,
14-15).
¡Qué imagen tan
diferente de la de una divinidad distante, preocupada únicamente por exigir
obediencia y castigar las faltas!
El Señor se
presenta con la ternura de una madre que lleva a su hijo en el corazón y que no
puede dejar de amarlo. Mediante esta imagen, el profeta nos ayuda a comprender
que la fidelidad divina permanece incluso cuando el pueblo experimenta el
sufrimiento, la debilidad o las consecuencias de sus propias infidelidades.
El peligro de quedarse
con una imagen incompleta de Dios
Aquí encontramos
una enseñanza particularmente importante para nuestra lectura de la Biblia.
No podemos tomar
aisladamente una imagen de Dios, separarla del conjunto de la revelación y
convertirla en la explicación definitiva de su misterio. Necesitamos recorrer
el camino que la propia Escritura nos propone, permitiendo que unos textos
iluminen a otros y que la revelación alcance su plenitud en Jesucristo.
El peligro
consiste en quedarnos exclusivamente con aquellas representaciones que destacan
el temor, el castigo o el sometimiento, sin acoger la luz que los profetas
fueron proyectando sobre el amor y la misericordia de Dios.
Desde esta
perspectiva podemos comprender mejor la dificultad que experimentaban los
adversarios de Jesús.
Según la
interpretación que estamos siguiendo, aquellos fariseos y saduceos permanecían
aferrados a una imagen religiosa que no les permitía reconocer plenamente el
rostro de Dios manifestado en Jesús. Aunque conocían las Escrituras, no habían
asimilado suficientemente aquella sensibilidad espiritual que encontramos en
los profetas y en tantos salmos.
Por eso, cuando
Jesús se presenta ante ellos, no consiguen descubrir en su persona la
revelación plena de la belleza y del amor de Dios. Y, sin embargo, tenían
delante precisamente a aquel que podía mostrarles de manera definitiva quién es
el Padre.
Para reconocer el
rostro de Dios en Jesucristo necesitamos dejarnos conducir por toda la
revelación de la Escritura.
Jesús no deja de
amar a quienes se oponen a él. También desea liberarlos de una relación con
Dios dominada por el miedo, para que descubran la alegría de saberse amados de
manera incondicional.
Quiere que
comprendan que la verdadera fidelidad al Señor no consiste en vivir
permanentemente atemorizados ante sus mandatos, sino en responder a su amor con
la libertad y la confianza propias de los hijos. Esto no
significa que el amor haga desaparecer los mandamientos o vuelva innecesaria la
obediencia. El mismo Jesús hablará de guardar sus mandamientos como expresión
del amor que le tenemos (cfr. Jn 14, 15). Lo decisivo es comprender de qué
obediencia estamos hablando: no de la sumisión servil de quien actúa únicamente
por miedo, sino de la respuesta libre y confiada de quien reconoce en Dios a su
Padre.
Jesús mismo vive
su relación con el Padre desde esta entrega filial. Su obediencia no es la de
un extraño sometido a una voluntad ajena, sino la del Hijo que ama al Padre y
encuentra en el cumplimiento de su voluntad la expresión de su propia
identidad.
Con esta
perspectiva podemos comprender mejor el sentido de su respuesta al doctor de la
Ley.
«Shemá, Israel»:
La profesión de fe que todo israelita conoce
En lugar de entrar
en la discusión que sus adversarios habían preparado, Jesús recurre a una de
las confesiones de fe más importantes de Israel, que todo judío piadoso conocía
desde su infancia.
Se trata del
célebre שְׁמַע יִשְׂרָאֵל (Shemá, Israel), expresión hebrea que
significa «Escucha, Israel».
Esta profesión de
fe, recogida en el capítulo 6 del Deuteronomio, ocupa un lugar central en la
tradición religiosa judía. Se recita diariamente por la mañana y por la noche,
y también forma parte de las oraciones que pueden acompañar el momento de
acostarse.
Sus palabras iniciales son: שְׁמַע יִשְׂרָאֵל
יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד
Shemá, Israel, Adonái Elohénu,
Adonái ejád. «Escucha,
Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo» (Dt 6, 4).
La confesión
proclama la unicidad de Dios y expresa la relación singular que une a Israel
con el Señor.
Pero inmediatamente después añade una exigencia que compromete toda la
existencia del creyente:
«Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5). Jesús
recoge este gran mandato y lo presenta como el primero y principal de todos. En
la formulación que nos transmite Mateo, sus palabras son: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente».
Podemos imaginar
la sorpresa de quienes lo escuchaban. Esperaban que Jesús destacara la
observancia del sábado, y él ha situado en el centro de toda la vida religiosa
el amor a Dios, un amor que debe comprometer la totalidad de la persona.
Pero ¿qué
significa concretamente amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y
con toda la mente?
Para comprender la
profundidad de estas expresiones debemos acercarnos al modo de pensar y de
hablar de la Biblia.
Amar a Dios con todo el corazón:
No reservarle solamente una parte de nuestra vida
Cuando nosotros
hablamos del corazón, normalmente pensamos en el mundo de los sentimientos y de
los afectos. Decimos que queremos a alguien con todo el corazón, que una
noticia nos ha llegado al corazón o que una experiencia nos ha conmovido
profundamente.
En el lenguaje
bíblico, sin embargo, el corazón posee un significado mucho más amplio. Para
los israelitas, el corazón era también el centro de los pensamientos, de las
decisiones, de los deseos y de las opciones fundamentales de la persona.
Era ese lugar interior desde el que el ser humano orienta libremente su
existencia.
Por eso, amar a
Dios con todo el corazón significa mucho más que experimentar sentimientos
religiosos intensos.
Amar a Dios con todo el corazón es
permitir que su amor ilumine nuestras decisiones, nuestras convicciones y
nuestra manera de vivir.
No se trata
simplemente de dedicarle algunos momentos del día o de reservarle determinados
espacios de nuestra existencia. El mandamiento nos invita a reconocerlo como el
centro desde el cual orientamos toda nuestra vida.
Nuestros
pensamientos, nuestras elecciones y nuestros proyectos han de ir encontrando su
verdadera armonía en la relación con él. De ahí que la Escritura presente al Dios
de Israel como un Dios celoso. Esta expresión puede desconcertarnos si la
interpretamos desde los celos humanos, que con frecuencia nacen de la
inseguridad o del deseo de poseer a otra persona.
Pero el lenguaje
bíblico de los celos divinos está vinculado a la fidelidad de la alianza. Dios
quiere que Israel no divida su corazón entre él y los ídolos, porque esa
división acaba destruyendo la relación de amor que está llamado a vivir.
Pensemos
nuevamente en la experiencia del matrimonio. Cuando dos personas se entregan de
verdad, desean que su amor sea correspondido con la misma sinceridad. No
podrían vivir plenamente aquella relación si uno de ellos pretendiera reservar
una parte de su corazón para otros amores incompatibles con la fidelidad
prometida.
Por eso resulta
tan expresiva aquella declaración que los esposos pueden hacerse mutuamente: «Soy
todo tuyo»; «soy toda tuya». Con estas palabras manifiestan el deseo
de una entrega que no permanezca dividida.
Algo semejante
sucede en nuestra relación con Dios. El Señor nos invita a amarlo con un
corazón entero, sin reservar una parte de nuestra existencia a aquello que
termina separándonos de él. No porque necesite poseernos, sino porque conoce
el camino que conduce a nuestra verdadera plenitud.
Cuando el corazón
se reparte entre Dios y los ídolos —sean cuales sean las formas que estos
adopten—, difícilmente podremos vivir con toda su riqueza la relación de amor a
la que estamos llamados.
Amar a Dios con toda el alma:
Entregarle la totalidad de nuestra existencia
Jesús continúa
diciendo que debemos amar al Señor con toda nuestra alma. Aquí encontramos otro
término bíblico cuyo significado conviene comprender bien.
La palabra hebrea נֶפֶשׁ
(néfesh), que puede traducirse como «alma», designa
frecuentemente la vida o a la persona misma en cuanto ser viviente. En la
traducción griega encontramos el término ψυχή (psykhé), que
también posee un amplio campo de significados relacionado con el alma, la vida
y la persona.
Por eso, cuando la
Escritura nos invita a amar a Dios con toda el alma, no está pensando
únicamente en una dimensión espiritual separada de nuestra existencia
cotidiana. Nos está invitando a poner toda nuestra vida en esa relación de
amor. No pueden quedar fuera de ella determinados ámbitos de nuestra
existencia que decidamos administrar como si no tuvieran nada que ver con Dios.
Podemos
comprenderlo si examinamos nuestras propias actitudes. En ocasiones deseamos
ser fieles al Señor, pero al mismo tiempo procuramos reservarnos algunos
espacios en los que seguimos dando satisfacción a nuestro orgullo, a nuestra
vanidad, a la comodidad o a la pereza.
Son pequeñas o grandes resistencias que
muestran cómo nuestro corazón puede permanecer dividido.
Amar con toda el
alma significa, precisamente, permitir que la relación con Dios alcance todas
las dimensiones de nuestra persona. No se trata de multiplicar sin descanso
las prácticas religiosas, sino de vivir de tal manera que nuestros
pensamientos, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestras actividades
encuentren su unidad en el amor al Señor.
Amar a Dios con toda la mente:
Una fe que también necesita inteligencia
Llegamos ahora a
una expresión particularmente importante en la respuesta de Jesús: amar a Dios
con toda la mente.
Mateo utiliza el
término griego διάνοια (diánoia), relacionado con el pensamiento,
la comprensión y la capacidad de reflexionar. Aquí encontramos una diferencia
interesante entre la formulación hebrea del Deuteronomio y la que recoge el
evangelista.
El texto hebreo
invita a amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las
fuerzas. Para esta última expresión emplea מְאֹד (meód), una
palabra que, en este contexto, comunica la idea de intensidad o totalidad y que
habitualmente se traduce como «fuerzas».
Mateo, en cambio,
recoge expresamente la dimensión de la mente. De este modo, su formulación
pone de relieve que el amor a Dios compromete también nuestra inteligencia y
nuestra capacidad de comprender y decidir. Y esta precisión resulta
especialmente iluminadora.
La verdadera fe no
consiste únicamente en sentir amor por Dios, sino también en conocerlo,
comprender su Palabra y elegirlo conscientemente.
Para explicarlo,
pensemos una vez más en la experiencia humana del enamoramiento. Cuando alguien
está profundamente enamorado, la persona amada ocupa un lugar privilegiado en
sus pensamientos. La recuerda con frecuencia y muchas realidades cotidianas
terminan evocando su presencia.
Una determinada
canción puede traerle a la memoria un momento compartido. Una flor puede
recordarle el lugar donde se declararon su amor por primera vez. Un pequeño
detalle, que para los demás carece de importancia, puede despertar en él
recuerdos llenos de significado.
El pensamiento
vuelve espontáneamente hacia la persona amada porque aquella relación ocupa un
lugar importante en su vida.
Algo semejante
sucede con quien ama verdaderamente a Dios. Su interés no queda limitado a
cumplir determinados deberes religiosos, porque desea conocer cada vez mejor a
aquel a quien ama. Busca comprender su Palabra, descubrir su voluntad y
orientar su pensamiento hacia él. Pero aquí debemos introducir una
consideración importante. No todo enamoramiento posee la misma profundidad.
Hay sentimientos
intensos que aparecen con rapidez y desaparecen con la misma facilidad. Una
persona puede experimentar una fuerte atracción y creer que se encuentra ante
un amor definitivo, cuando en realidad todavía no conoce suficientemente a
quien tiene delante.
Si aquella
relación se sostiene únicamente en la emoción inicial, puede desvanecerse
cuando aparecen las dificultades o cuando surge una nueva atracción.
El amor auténtico
necesita algo más. Necesita conocimiento, comprensión y una decisión consciente
que permita reconocer el valor de la persona amada.
Uno no ama
verdaderamente solo porque experimenta una emoción agradable. Ama también
porque ha descubierto la belleza de la persona que tiene delante y,
conociéndola cada vez mejor, elige libremente permanecer unido a ella. Con
nuestra relación con Dios sucede algo semejante.
Conocer a Jesucristo para
poder amarlo verdaderamente
Si nuestro
conocimiento de Jesús es superficial, también nuestra adhesión a él corre el
riesgo de ser frágil. Podemos experimentar entusiasmo religioso, conmovernos
durante una celebración o sentir una gran alegría en determinados momentos de
nuestra vida espiritual. Todo eso puede tener su valor, pero no basta para
sostener por sí solo una relación de fe madura.
Necesitamos
conocer a Jesucristo mediante su Evangelio, descubrir cómo vivía, qué
anunciaba, cómo se relacionaba con las personas y qué rostro de Dios manifestó
con sus palabras y sus obras. Cuanto más profundizamos en su
conocimiento, más razones encontramos para confiar en él y responder a su amor.
Por eso, amar a
Dios con toda la mente significa también dedicar tiempo al estudio y a la
meditación de su Palabra.
Quien nunca
encuentra tiempo para conocer mejor las Escrituras corre el riesgo de mantener
una fe apoyada principalmente en costumbres, impresiones o emociones pasajeras.
Y cuando llegan las dificultades, las dudas o las situaciones que ponen a
prueba nuestras convicciones, una fe que no ha madurado también mediante la
inteligencia puede encontrar serias dificultades para mantenerse firme.
De ahí la
importancia de poder explicar las razones de nuestra adhesión a Jesucristo. No
porque la fe se reduzca a una demostración intelectual, sino porque creer no
significa renunciar a pensar. Nuestra inteligencia también está llamada
a participar en esa relación de amor.
La verdadera
adhesión a Dios debe ser libre, consciente y razonable. Necesitamos saber en
quién hemos puesto nuestra confianza y por qué hemos decidido seguirlo.
Quien ama a
Jesucristo desea conocerlo cada vez mejor, porque el conocimiento profundo
alimenta y hace madurar el amor. Esta es una dimensión esencial de nuestra
vida cristiana. No podemos conformarnos con una fe que únicamente despierta
sentimientos agradables. Necesitamos una relación con el Señor que comprometa
el corazón, la vida entera y también la inteligencia.
De esta manera
comprendemos que las tres expresiones utilizadas por Jesús no pretenden dividir
al ser humano en compartimentos independientes. Al contrario, nos muestran que
el amor a Dios debe abrazar la totalidad de nuestra persona.
Amarlo con todo el
corazón significa orientar hacia él nuestras decisiones más profundas. Amarlo
con toda el alma supone entregarle la vida entera. Y amarlo con
toda la mente implica buscarlo también mediante el conocimiento, la reflexión y
una fe conscientemente asumida.
Una respuesta que abre
un horizonte inesperado
Podemos imaginar
el desconcierto de quienes escuchaban a Jesús. Habían acudido preparados para
una discusión sobre los mandamientos y sus exigencias. Esperaban conducirlo
hacia el problema de la observancia del sábado, pero Jesús ha llevado la
conversación a una profundidad que no habían previsto.
En lugar de quedar
atrapado en la controversia que le proponían, ha recordado el fundamento que
debe dar sentido a toda la vida religiosa: El amor a Dios.
Sus interlocutores
necesitan asimilar aquella respuesta, porque Jesús acaba de mostrarles que la
relación con el Señor no puede reducirse a una cuestión de preceptos,
interpretaciones y obligaciones exteriores.
Pero la enseñanza todavía no ha terminado.
Cuando parece que
Jesús ya ha respondido a la pregunta sobre el mandamiento principal, introduce
una segunda exigencia que sus adversarios tampoco esperaban escuchar, y que
colocará junto al amor a Dios. Se trata de un segundo amor que Jesús considera
semejante al primero.
Dos mandamientos inseparables:
El amor a Dios y el amor al prójimo
«El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a
ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda
la Ley y los Profetas».
Jesús ha intentado
que los fariseos reflexionen sobre el verdadero significado de aquella
profesión de fe que recitan diariamente: «Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».
Sus adversarios
están acostumbrados a comprender la relación con Dios principalmente desde el
cumplimiento de los preceptos religiosos. Jesús quiere ayudarles a descubrir
que ese «amarás» encierra una realidad mucho más profunda. La verdadera
fidelidad a Dios no puede reducirse a una obediencia nacida del temor al
castigo, como si el Señor fuera un poderoso soberano ante el cual solo cupiera
someterse. Esa sería una manera de relacionarse con la divinidad más propia de
una mentalidad religiosa dominada por el miedo.
El Dios que Jesús
revela desea que el ser humano encuentre su felicidad en una relación de amor
con él. Por eso procura liberar también a sus adversarios de aquella imagen que
les impide reconocer la bondad del Padre.
Dios continúa
amándonos incluso cuando nuestras decisiones nos alejan de la felicidad que
desea para nosotros. Esta
distinción es fundamental. Cuando obramos mal, nuestras decisiones pueden
hacernos profundamente infelices, porque nos apartan del camino para el que
hemos sido creados. Pero nuestra infidelidad no consigue que Dios deje de
amarnos. Su amor permanece, incluso cuando nosotros no sabemos corresponderle.
Y precisamente el
descubrimiento de ese amor gratuito es lo que puede transformar nuestra manera
de vivir. Cuando una persona llega a comprender que es amada sin condiciones,
comienza a aprender también ella a amar sin convertir sus relaciones en un intercambio
de favores o recompensas.
Por eso Jesús continúa hablando del amor.
No se trata de un asunto secundario dentro de su enseñanza, sino de aquello que
da sentido a toda nuestra existencia.
Hemos sido creados
para amar. Y amar, en el sentido más profundo del Evangelio, no consiste
simplemente en buscar aquello que nos agrada, nos satisface o nos hace sentir
bien. Amar significa descubrir a quién podemos hacer el bien y poner nuestra
vida a su servicio.
Nuestra mirada se
dirige, en primer lugar, hacia Dios. Deseamos corresponder a su amor, vivir en
armonía con su voluntad y buscar aquello que le agrada. De manera semejante a
como dos esposos encuentran alegría al compartir sus pensamientos, sus sentimientos
y sus proyectos, también nosotros estamos llamados a vivir en una comunión cada
vez más profunda con el Señor.
Pero nuestra
mirada no puede quedarse dirigida exclusivamente hacia lo alto. A nuestro lado
hay personas concretas que necesitan nuestra presencia, nuestra ayuda y nuestro
amor.
Y aquí
comprendemos por qué Jesús, inmediatamente después de recordar el primer
mandamiento, añade otro que considera semejante:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El segundo mandamiento:
Reconocer al hermano que tenemos a nuestro lado
Jesús no inventa
este segundo mandamiento. Lo toma de un pasaje del libro del Levítico en el que
Dios dirige a Israel una exhortación particularmente hermosa:
«No te vengarás
ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti
mismo» (cfr. Lv 19, 18). El texto hebreo dice:
וְאָהַבְתָּ לְרֵעֲךָ כָּמוֹךָ
(veahavtá lereajá kamója).
La expresión
significa: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Conviene
detenernos especialmente en la última palabra, כָּמוֹךָ (kamója),
que significa «como tú» o, dentro de la expresión completa, «como a
ti mismo».
La formulación
tradicional nos invita a amar al prójimo con el mismo cuidado con que
procuramos nuestro propio bien. Pero podemos descubrir también una dimensión
particularmente sugerente: la persona que tenemos delante es alguien como
nosotros. Comparte nuestra humanidad, nuestras necesidades, nuestras
debilidades y el mismo deseo profundo de ser amada.
Aquel a quien
debemos amar no es, por tanto, un extraño cuya suerte pueda resultarnos
indiferente. Es alguien que, como nosotros, necesita vivir, ser reconocido y
encontrar personas dispuestas a compartir sus dificultades.
El profeta Isaías
expresa esta cercanía humana mediante unas palabras especialmente
significativas. Cuando invita a compartir el pan con el hambriento, acoger al
pobre y vestir al desnudo, añade que no debemos desentendernos de quien es
nuestra propia carne (cfr. Is 58, 7).
El prójimo es
alguien como nosotros, de nuestra misma carne, cuya vida no debería resultarnos
indiferente. ¡Cuántas
injusticias y cuántos actos de violencia podrían evitarse si fuéramos
verdaderamente conscientes de esta realidad!
Antes de
perjudicar a otra persona, antes de despreciarla o de causarle sufrimiento,
quizá nos detendríamos a pensar que estamos tratando con alguien que posee
nuestra misma dignidad y que puede experimentar el dolor de una manera tan real
como nosotros.
En su contexto
inmediato, el mandamiento del Levítico se refiere a las relaciones entre los
miembros del pueblo de Israel. Sin embargo, la misma Escritura había comenzado
a mostrar con claridad que el amor exigido por Dios no podía quedar encerrado
dentro de los límites de la propia comunidad.
De hecho, el propio Levítico extiende
expresamente el amor al extranjero que reside entre los israelitas: también a
él se le debe amar como a uno mismo (cfr. Lv 19, 34).
Esta ampliación
resulta decisiva para comprender el camino que nos conduce hasta la enseñanza
de Jesús.
El amor de Dios atraviesa las fronteras de los pueblos
El libro del
Deuteronomio contiene una exhortación conmovedora que nos ayuda a comprender
hasta dónde debe llegar nuestra preocupación por los demás.
Después de
recordar que Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, afirma que el Señor
ama al extranjero y le proporciona alimento y vestido. Inmediatamente después,
se dirige a los israelitas para pedirles que ellos también amen al extranjero,
recordándoles que en otro tiempo fueron extranjeros en la tierra de Egipto
(cfr. Dt 10, 18-19).
La enseñanza es
profundamente humana. Israel no debe olvidar su propia historia. Sus
antepasados conocieron la experiencia de vivir lejos de su tierra, depender de
otros y encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Precisamente esa
memoria debe ayudar al pueblo a comprender las necesidades de quienes ahora
viven como extranjeros entre ellos.
Dios ama también a
esas personas y quiere que su pueblo aprenda a mirarlas con la misma solicitud.
Pero hay un
detalle que merece especial atención: ¿cómo proporciona Dios alimento y vestido
al extranjero?
Podríamos imaginar
una intervención extraordinaria, mediante la cual el Señor hiciera aparecer
milagrosamente cuanto necesita. Sin embargo, la Escritura nos ofrece una
respuesta mucho más cercana a la vida cotidiana.
En el capítulo 24
del Deuteronomio encontramos unas disposiciones que expresan admirablemente la
preocupación de Dios por quienes carecen de recursos. Cuando un israelita
recoge la cosecha de su campo y, por descuido, olvida una gavilla de espigas,
no debe regresar para recuperarla. Aquello que ha quedado en el campo está
destinado al extranjero, al huérfano y a la viuda (cfr. Dt 24, 19).
Rut: una extranjera que recogía las espigas olvidadas
El Antiguo
Testamento nos ofrece una historia preciosa que permite comprender cómo estas
disposiciones podían transformar la vida de quienes se encontraban en una
situación de necesidad. Es la historia de Rut, una joven moabita que, después
de quedar viuda, decidió acompañar a su suegra Noemí hasta Belén. Ambas
carecían de recursos suficientes para vivir, de modo que Rut salió al campo
para recoger las espigas que los segadores iban dejando tras de sí.
Así llegó a las
tierras de Booz, un hombre acomodado que, al conocer su situación, no solo le
permitió espigar, sino que ordenó a sus trabajadores que la trataran con
respeto y dejaran caer deliberadamente algunas espigas de las gavillas para que
pudiera recogerlas sin dificultad (cfr. Rut 2, 1-16).
Fijémonos en la
belleza de este gesto. Booz podía haberse limitado a permitir que aquella
extranjera recogiera lo que quedaba después de la siega, pero decidió
facilitarle el trabajo y ayudarla con una generosidad que iba más allá de lo
estrictamente exigido.
Y la historia tuvo
un desenlace inesperado. Aquella mujer extranjera, que había llegado a Belén
sin recursos y que necesitaba recoger espigas para alimentar a su suegra y
alimentarse ella misma, terminó convirtiéndose en la esposa de Booz. De su
matrimonio nació Obed, que fue padre de Jesé y abuelo del rey David. De este
modo, Rut, una extranjera que había vivido de la generosidad ajena, llegó a ser
bisabuela de David y quedó incorporada a la genealogía de Jesucristo (cfr.
Rut 4, 13-22; Mt 1, 5).
Esta historia nos
ayuda a descubrir que aquellas disposiciones de la Ley no eran simples normas
agrícolas. Expresaban la preocupación de Dios por quienes podían quedar
desamparados y enseñaban a su pueblo a compartir los frutos de su trabajo. En
la generosidad de Booz, una mujer extranjera y viuda encontró ayuda, protección
y un futuro que difícilmente habría podido imaginar.
Dios cuida de los
necesitados y nos invita a ser instrumentos concretos de ese cuidado mediante
nuestra generosidad.
Dios alimenta a los necesitados
a través de nuestra generosidad
La misma
preocupación aparece en las normas sobre la recogida de la aceituna y la
vendimia. Quien recoge los frutos de sus olivos no debe repasar una segunda vez
todas las ramas para llevarse hasta la última aceituna. Y quien vendimia su
viña tampoco debe volver sobre ella para recoger todos los racimos que hayan
quedado.
Lo que permanece
después de la recolección debe reservarse para quienes necesitan ayuda (cfr. Dt
24, 20-21).
Estas
disposiciones contienen una enseñanza de extraordinaria belleza. Podemos
imaginar a un agricultor que, después de una larga jornada, regresa a su casa y
descubre que ha olvidado una gavilla de trigo en el campo. Su primera reacción
podría ser volver para recogerla. Al fin y al cabo, es fruto de su trabajo y le
pertenece.
Pero la Ley le
recuerda que no debe regresar. Aquella gavilla puede convertirse en el alimento
de una persona que no dispone de los recursos necesarios para vivir.
Resulta especialmente hermosa la reflexión
tradicional según la cual Dios alimenta al extranjero haciendo que uno de los
miembros de su pueblo olvide una gavilla en el campo.
La imagen nos
ayuda a descubrir algo esencial: la providencia de Dios se manifiesta también
mediante los bienes que ponemos a disposición de los demás.
Dios quiere cuidar
de quienes necesitan ayuda sirviéndose también de nuestras manos y de nuestros
bienes.
El agricultor
descubre que no todo cuanto produce su campo debe terminar necesariamente en su
propia casa. Parte de su cosecha puede contribuir a que otra persona tenga algo
que comer.
De este modo, la
Escritura va mostrando que la fidelidad al Señor exige una preocupación
efectiva por quienes se encuentran en situaciones de necesidad, incluidos
aquellos que no pertenecen al propio pueblo. El mandamiento del amor comienza a
desplegar así toda su amplitud.
Jesús revela la medida definitiva del amor
Llegados a este
punto, podríamos pensar que la enseñanza bíblica ya ha alcanzado una exigencia
considerable. El amor no debe limitarse a nuestros familiares, amigos o
compatriotas, sino que ha de extenderse también al extranjero y a quienes viven
en situaciones de vulnerabilidad.
Pero Jesús nos
conduce todavía más lejos. Cuando recuerda el mandamiento del Levítico, utiliza
la conocida expresión: «Amarás a tu prójimo
como a ti mismo». Sin embargo, en la última cena, al dirigirse a
sus discípulos, introduce una medida nueva y mucho más exigente: «Amaos unos a otros como yo os he amado»
(Jn 15, 12). La diferencia merece toda nuestra atención.
En el Levítico
encontramos la invitación a amar al prójimo como a nosotros mismos. Jesús, en
cambio, presenta su propio amor como referencia para comprender hasta dónde
debe llegar nuestra entrega.
Y sabemos cómo nos
ha amado. Su amor no se ha detenido ante las dificultades, el rechazo o el
sufrimiento. Ha llegado hasta la entrega de su propia vida.
Por eso, cuando
Jesús nos invita a amar como él nos ha amado, nos está mostrando un amor
dispuesto a entregarse por el bien de los demás, incluso cuando esa entrega
exige sacrificios muy grandes.
Además, en su
enseñanza, la condición de prójimo alcanza una amplitud universal. Ninguna
persona puede quedar excluida simplemente porque pertenezca a otro pueblo,
tenga una condición social diferente o viva de una manera que nosotros
desaprobamos.
Todos los seres
humanos comparten una misma dignidad ante Dios y están llamados a reconocerse
como hermanos bajo la mirada del único Padre.
Pero Jesús nos invita a dar todavía un
paso más, quizá el más difícil de todos.
Amar también a quien nos ha hecho daño
Hasta ahora hemos
hablado del amor hacia las personas que necesitan nuestra ayuda, aunque
pertenezcan a otro pueblo o vivan lejos de nosotros.
Pero ¿qué sucede cuando quien necesita
nuestra ayuda es precisamente alguien que nos ha perjudicado?
¿Qué ocurre cuando
la persona que tenemos delante nos ha ofendido, nos ha traicionado o ha causado
un sufrimiento profundo en nuestra vida?
Es aquí donde la enseñanza de Jesús
alcanza una de sus expresiones más desconcertantes: «Amad a vuestros
enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5, 44).
La Escritura de
Israel ya conocía gestos concretos de ayuda hacia el enemigo, como la
obligación de devolverle sus animales extraviados o auxiliarlo cuando se
encontrara en dificultades (cfr. Ex 23, 4-5). Jesús lleva esta enseñanza a su
plenitud cuando nos invita a hacer del amor al enemigo una expresión de nuestra
semejanza con el Padre celestial.
El amor que Jesús
nos propone alcanza incluso a quien nos ha hecho sufrir. Esto significa que
nuestra disposición a procurar el bien de los demás no debe depender
exclusivamente de cómo ellos se hayan comportado con nosotros.
Si alguien nos ha
perjudicado y después necesita nuestra ayuda, el Evangelio nos invita a no
dejar que el resentimiento determine por completo nuestra respuesta.
Amar al enemigo no
significa aprobar sus malas acciones ni considerar indiferente el daño causado.
Significa que, incluso cuando una persona ha obrado contra nosotros, no deja de
ser alguien cuya vida tiene valor ante Dios.
Jesús nos llama a
descubrir que el amor puede llegar hasta aquellos a quienes espontáneamente
preferiríamos evitar. Y no se trata simplemente de realizar alguna acción
extraordinaria para acumular méritos ante Dios.
Jesús explica la
razón profunda de esta exigencia: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que
está en los cielos» (Mt 5, 45).
El Padre hace
salir el sol sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre justos e injustos.
Su bondad no queda limitada a quienes se comportan correctamente o saben
corresponder a sus dones.
De ahí que amar al
enemigo signifique participar, de una manera especialmente exigente, en la
forma de amar del propio Dios.
Podemos imaginar
la alegría de un padre que descubre en su hijo una bondad semejante a la suya.
Reconoce en su comportamiento algo de sí mismo, una manera de actuar que revela
la relación profunda que los une.
La imagen nos
ayuda a comprender lo que Jesús quiere enseñarnos: no hay mayor alegría que
vivir de tal manera que nuestra forma de amar refleje el amor del Padre.
Como si Dios
pudiera decirnos: «Reconozco en tu manera de amar algo de mi propio amor.
Verdaderamente vives como hijo mío».
No podemos amar a Dios y despreciar al hermano
Ahora comprendemos
por qué Jesús ha unido los dos mandamientos.
El primero nos
invita a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.
El segundo nos pide amar al prójimo, hasta el punto de extender nuestra
preocupación incluso a quienes nos han hecho daño. Pero estos dos amores no
pueden separarse.
La Primera Carta
de san Juan lo expresa con una claridad que no deja lugar a dudas. Quien afirma
amar a Dios mientras aborrece a su hermano es un mentiroso, porque no puede
decir que ama al Dios invisible mientras rechaza al hermano que tiene delante.
Y el apóstol concluye recordando que hemos recibido un mismo mandamiento: quien
ama a Dios debe amar también a su hermano (cfr. 1 Jn 4, 20-21). Resulta difícil
encontrar una formulación más precisa.
Podemos dedicar
tiempo a la oración, participar en las celebraciones religiosas y esforzarnos
por cumplir numerosos preceptos. Pero si nuestra vida permanece cerrada al
sufrimiento de los demás, algo fundamental está fallando en nuestra relación
con Dios.
El amor al prójimo
no es una obligación secundaria que se añade desde fuera a nuestra fe.
Pertenece a su misma esencia.
No podemos separar
la relación con Dios de la manera en que tratamos a las personas que él ama.
Y aquí aparece una
dimensión todavía más profunda de la enseñanza de Jesús. El amor al hermano no
debe entenderse únicamente como una orden exterior que recibimos y que
intentamos cumplir mediante un esfuerzo de voluntad.
Dios ha creado al
ser humano a su imagen y semejanza, lo ha dotado de capacidad para conocer y
amar, y lo ha llamado a participar de su propia vida.
Mediante el
bautismo, además, nos hace hijos adoptivos suyos y nos concede, por la gracia,
participar de la naturaleza divina (cfr. 2 Pe 1, 4).
Por eso, cuando un cristiano ama
verdaderamente, está manifestando algo de la vida nueva que ha recibido del
Padre.
Amar no es
simplemente ejecutar una instrucción religiosa. Es permitir que nuestra
condición de hijos de Dios se manifieste en nuestra manera de vivir.
Y esta capacidad
de amar no está reservada exclusivamente a quienes conocen expresamente el
Evangelio. Todo ser humano, creado a imagen de Dios, posee una dignidad y una
vocación al amor que pueden expresarse también en gestos de extraordinaria
generosidad.
No debería
sorprendernos, por tanto, encontrar personas que, sin haber conocido a
Jesucristo, sean capaces de perdonar, ayudar a quienes las han perjudicado o
realizar actos de amor verdaderamente admirables.
Sin embargo, para
el creyente, el conocimiento del amor incondicional del Padre constituye una
luz y una fuerza particularmente importantes.
Quien ha
descubierto que Dios lo ama gratuitamente encuentra en ese amor una razón
profunda para amar también cuando hacerlo resulta difícil.
Pensemos en
algunas situaciones concretas. Perdonar una infidelidad matrimonial, aunque el
perdón no suprima la gravedad de lo ocurrido ni resuelva por sí solo sus
consecuencias, puede exigir un proceso interior extraordinariamente doloroso.
También puede
resultar muy difícil procurar el bien de alguien que nos ha causado una
injusticia grave, convivir pacientemente con personas que nos resultan
desagradables o desprendernos de nuestros bienes para ayudar a alguien que
verdaderamente los necesita.
Y todavía puede
resultar más exigente cuando la persona necesitada es precisamente alguien con
quien mantenemos una relación de enemistad.
En estas
circunstancias experimentamos hasta qué punto nuestra capacidad de amar
necesita madurar y ser sostenida.
Por eso es tan
importante permanecer en contacto con el Evangelio. Cuanto más conocemos a
Jesucristo y contemplamos su manera de amar, más profundamente podemos
comprender lo que significa vivir como hijos del Padre.
Su Palabra nos ayuda a superar aquellas resistencias que, abandonados únicamente a nuestras fuerzas, encontraríamos mucho más difíciles de vencer.
«De
estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»
Jesús concluye su
respuesta con una afirmación que recoge el sentido de todo cuanto ha enseñado: «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los
Profetas». El verbo griego utilizado por Mateo merece especial
atención. Es κρέμαται (krématai), forma del verbo κρεμάννυμι (kremánnymi),
que significa «colgar», «estar suspendido» o «depender de algo».
La imagen resulta
extraordinariamente expresiva. Pensemos en un gancho firmemente sujeto a una
pared, del que cuelga un objeto. Todo su peso descansa sobre aquel punto de
apoyo. Si desaparece el gancho que lo sostiene, el objeto cae.
Pues bien, Jesús
utiliza una imagen semejante para explicar la relación entre los dos
mandamientos del amor y el conjunto de la revelación bíblica.
Cuando habla de «la Ley y los Profetas», se está refiriendo
al conjunto de las Escrituras de Israel. Y afirma que toda esa enseñanza
encuentra en el amor a Dios y al prójimo su fundamento y su criterio de
comprensión.
Los numerosos
preceptos, las enseñanzas religiosas y las exhortaciones de los profetas no
constituyen una acumulación de obligaciones independientes, cada una con
sentido por sí sola. Deben comprenderse desde aquello que las sostiene y les da
unidad.
Toda la Escritura
encuentra su sentido más profundo en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Esto no significa
que Jesús esté declarando inútiles los demás mandamientos. Está mostrando el
principio desde el cual deben ser interpretados y vividos.
Si una práctica
religiosa nos aleja del amor a Dios o nos lleva a despreciar al hermano,
necesitamos preguntarnos si estamos comprendiendo verdaderamente su sentido.
Y si una
interpretación de la Ley termina impidiéndonos reconocer la misericordia, la
bondad y la justicia que Dios desea, quizá estemos perdiendo de vista aquello
que debería sostener toda nuestra vida religiosa.
La respuesta de Jesús posee, por tanto,
una profundidad mucho mayor de la que sus adversarios esperaban.
Ellos habían
preparado una discusión sobre el mandamiento principal con la intención de
encontrar algún motivo para acusarlo. Jesús, en cambio, les ha mostrado el
fundamento sobre el que descansa la totalidad de la revelación.
No ha entrado en la trampa que le habían tendido. Ha llevado la conversación hasta el corazón mismo de la relación entre Dios y el ser humano.
La paradoja final:
rechazar a Jesús creyendo defender a Dios
Mateo no recoge
una respuesta de los fariseos a estas palabras de Jesús. No nos dice qué
pensaron, qué sintieron ni cómo reaccionaron interiormente después de escuchar
aquella explicación.
Sin embargo, los
acontecimientos posteriores nos muestran que la oposición contra Jesús continuó
creciendo.
Y aquí encontramos
una paradoja profundamente dolorosa.
Jesús ha intentado
mostrar a sus adversarios el verdadero rostro de Dios, invitándolos a descubrir
una relación fundada en el amor y no en el miedo. Ha recordado las Escrituras
que ellos conocen y ha puesto ante sus ojos la unidad inseparable entre el amor
al Señor y el amor al prójimo.
Pero quienes
permanecen aferrados a una imagen de Dios centrada en la imposición de los
preceptos y en el castigo de las transgresiones pueden llegar a considerar sus
palabras una amenaza contra la verdadera religión.
De este modo,
algunos de quienes se oponían a Jesús terminarán convencidos de que combatirlo
es una manera de defender la causa de Dios.
Ahí reside el
carácter trágico de aquella incomprensión: el celo religioso puede llegar a
enfrentarse con la revelación de Dios cuando no se deja iluminar por el amor
que Dios mismo manifiesta.
Los adversarios de
Jesús creen conocer al Señor y defender su voluntad. Sin embargo, tienen
delante a aquel que les está mostrando plenamente el rostro del Padre y no
consiguen reconocerlo.
Su oposición
acabará formando parte de los acontecimientos que conducirán a Jesús hasta la
condena y la cruz. Y así, la controversia que había comenzado con una pregunta
sobre el mandamiento más importante termina situándonos ante una cuestión
decisiva para nuestra propia fe: ¿qué imagen de Dios estamos dejando que
oriente nuestra vida religiosa?
Porque también
nosotros podemos conocer los mandamientos, defender nuestras tradiciones y
considerar sinceramente que estamos actuando por fidelidad al Señor. Pero
necesitamos permitir que Jesucristo ilumine continuamente nuestra manera de
comprender a Dios.
Solo así podremos
descubrir que toda nuestra vida cristiana está llamada a encontrar su unidad en
aquellos dos mandamientos que Jesús ha declarado inseparables: amar a Dios con
todo nuestro ser y amar al prójimo con el mismo amor que hemos recibido de él.



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