sábado, 24 de octubre de 2026

Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A | Mt 22, 34-40

¿Y si la pregunta por el mandamiento más importante escondiera en realidad otra mucho más profunda: qué Dios estamos adorando? En esta homilía sobre Mateo 22,34-40, Jesús responde a quienes quieren ponerlo a prueba llevando toda la Ley hasta su centro: «Amarás al Señor tu Dios» y «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero ese amor no consiste solamente en sentir afecto religioso. Compromete el corazón, la vida y la inteligencia, y se vuelve concreto cuando descubrimos al prójimo en quien necesita ayuda, en el extranjero, en el que sufre e incluso en quien nos ha hecho daño. Desde el Shemá de Israel hasta la gavilla dejada para el pobre, la Escritura revela una misma verdad: no podemos amar verdaderamente a Dios sin dejar que su amor transforme la manera en que tratamos a los demás. 


Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 22, 34-40 — «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

 

 

 Una hostilidad creciente contra Jesús

En la parte final de su Evangelio, Mateo nos presenta una serie de controversias entre Jesús y sus adversarios. A medida que avanzan los acontecimientos, percibimos cómo aumenta la hostilidad hacia él. Las relaciones se vuelven cada vez más tensas y los enfrentamientos adquieren una gravedad creciente, hasta desembocar, poco después, en su condena a muerte.

Durante los domingos anteriores hemos escuchado dos de estas disputas.

La primera tuvo lugar en el templo, cuando los sumos sacerdotes se acercaron a Jesús para preguntarle con qué autoridad enseñaba allí. Se consideraban responsables de cuanto sucedía en aquel lugar sagrado y no estaban dispuestos a aceptar que alguien actuara sin contar con su autorización. Por eso le exigieron explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?».

Jesús les respondió recordándoles la figura de Juan el Bautista. ¿De dónde procedía la autoridad con la que Juan había predicado? ¿Acaso necesitó el permiso de los dirigentes religiosos para anunciar su mensaje? Juan había recibido su misión de Dios, y su autoridad no dependía, por tanto, del reconocimiento de quienes gobernaban el templo. Con aquella respuesta, Jesús los invitaba a reconocer algo fundamental: la autoridad de Dios está por encima de las autoridades religiosas y no necesita recibir de ellas su legitimidad (cfr. Mt 21, 23-27). Como podemos imaginar, aquella respuesta no les agradó demasiado.

La segunda controversia la escuchábamos el domingo pasado. En aquella ocasión, sus adversarios intentaron comprometerlo con una pregunta sobre el pago del tributo al César. Habían preparado cuidadosamente la trampa: si Jesús rechazaba el impuesto, podrían denunciarlo ante las autoridades romanas; si se mostraba favorable a pagarlo, podrían desacreditarlo ante el pueblo. Cualquiera de las dos respuestas parecía ofrecerles una oportunidad para volverse contra él (cfr. Mt 22, 15-22).

Mateo recoge todavía una tercera disputa que no hemos escuchado en las lecturas de estos domingos. Sus protagonistas fueron los saduceos, que rechazaban la resurrección de los muertos y pretendían ridiculizar esta esperanza mediante un caso aparentemente desconcertante: el de una mujer que había estado casada sucesivamente con siete hermanos. Con aquel ejemplo querían poner de manifiesto lo que consideraban una contradicción en la fe en la resurrección (cfr. Mt 22, 23-33).

¿Por qué quieren desacreditar a Jesús?

Llegamos así al Evangelio de hoy, que nos presenta una cuarta controversia. Esta vez, sus adversarios deciden llevar el enfrentamiento al terreno de la discusión teológica, donde se sienten especialmente preparados porque conocen las Escrituras y están acostumbrados a interpretar y debatir sus enseñanzas.

Pero antes de escuchar la pregunta que van a plantearle, conviene comprender qué los mueve a enfrentarse continuamente con Jesús. ¿Por qué les preocupa tanto su predicación? ¿Qué encuentran en él para considerarlo una amenaza?

La razón es que, a sus ojos, Jesús está poniendo en peligro la religión que ellos defienden. Lo consideran un hereje, alguien que altera las prácticas religiosas establecidas y que, con su comportamiento y sus enseñanzas, provoca escándalo entre la gente.

Les desconcierta que no observe los ayunos y las purificaciones conforme a sus exigencias religiosas. Tampoco pueden aceptar que frecuente a publicanos, pecadores y mujeres de mala reputación. Su manera de relacionarse con aquellas personas les parece impropia de alguien que pretende hablar en nombre de Dios.

Sin embargo, lo que más les escandaliza no es simplemente su comportamiento, sino lo que Jesús anuncia acerca de Dios.

El verdadero motivo del conflicto:

el Dios que Jesús anuncia

El mayor escándalo para sus adversarios es que Jesús anuncie un Dios que ama también a los pecadores. Este es el punto verdaderamente decisivo del enfrentamiento.

Jesús proclama que el Señor, el Dios de Israel, ama a todos los seres humanos, sin establecer distinciones entre buenos y malos. Su amor alcanza también a quienes viven alejados de él, a quienes han pecado y a quienes los demás consideran indignos de acercarse a Dios.

Pero sus adversarios no pueden aceptar semejante enseñanza. Según la concepción religiosa que defienden, Dios se mantiene alejado de los pecadores y los rechaza. Están convencidos de que así debe entenderse la relación del Señor con quienes no cumplen su voluntad.

Y ahora aparece Jesús anunciando precisamente aquello que ellos consideran inadmisible: que Dios ama también al pecador.

Podemos comprender, entonces, por qué el conflicto adquiere tanta intensidad. No estamos simplemente ante una discusión sobre ayunos, purificaciones o costumbres religiosas. Lo que está en cuestión es la manera de comprender a Dios y su relación con el ser humano, especialmente con aquel que vive marcado por el pecado.

Para sus adversarios, la enseñanza de Jesús constituye una gravísima desviación de la fe que han recibido y transmitido. Consideran que está difundiendo una doctrina peligrosa, capaz de confundir al pueblo y trastornar su manera de vivir la religión. Por eso sienten que tienen la obligación de intervenir y desacreditarlo públicamente, para impedir que la gente siga confiando en sus palabras. Esta es la razón profunda de su insistencia en enfrentarse con él. No soportan la imagen de Dios que Jesús está presentando y buscan una ocasión para demostrar ante todos que sus enseñanzas son equivocadas.

Con esta intención preparan una nueva controversia. Y como se consideran especialmente competentes en el conocimiento de las Escrituras, deciden ponerlo a prueba precisamente en ese terreno.

Veamos qué pregunta le plantean y cómo pretenden servirse de ella para desacreditarlo.

Fariseos y saduceos:

cuando la oposición a Jesús une a quienes estaban enfrentados

«En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

Antes de adentrarnos en el Evangelio de hoy, conviene recordar cómo terminó la controversia anterior, cuando los saduceos intentaron poner en ridículo la fe en la resurrección de los muertos, una esperanza que ellos no compartían.

Jesús había respondido a sus objeciones recurriendo precisamente a un texto del Éxodo. Cuando Dios se manifiesta a Moisés, se presenta con estas palabras: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (cfr. Ex 3, 6). A partir de esta afirmación, Jesús desarrolla un razonamiento que deja a sus interlocutores sin respuesta. Si Dios se presenta como el Dios de aquellos patriarcas, ¿podemos pensar que se refiere a unos hombres que han desaparecido definitivamente con la muerte? Si continúa llamándose el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, es porque ellos viven para él. De ahí la conclusión de Jesús: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (cfr. Mt 22, 31-32).

Los saduceos no supieron qué responder. Los fariseos, en cambio, debieron de sentirse satisfechos al comprobar que Jesús había conseguido hacer callar a sus adversarios, porque las relaciones entre ambos grupos religiosos estaban marcadas por profundas discrepancias.

Para comprender mejor la escena, merece la pena detenernos brevemente en sus diferencias.

Los saduceos estaban vinculados principalmente a las familias sacerdotales y a los sectores económicamente más poderosos de la sociedad. Su posición privilegiada favorecía, en muchos casos, una manera de entender la religión estrechamente relacionada con la conservación de sus intereses y de su bienestar material. Podían llegar a servirse de su condición religiosa para asegurar sus privilegios y aumentar sus riquezas.

En cuanto a las Escrituras, concedían una autoridad fundamental a los cinco primeros libros de la Biblia, conocidos como la תּוֹרָה (torá), palabra hebrea que significa «instrucción» o «enseñanza» y que habitualmente traducimos como «Ley». Los demás escritos, particularmente los libros proféticos, no ocupaban para ellos el mismo lugar. Y resulta significativo que los profetas hubieran denunciado con tanta severidad determinadas formas de religiosidad que podían parecerse precisamente a las prácticas que aquellos dirigentes defendían.

A estas diferencias se añadía otra especialmente importante: los saduceos no creían en la resurrección de los muertos.

Su horizonte religioso quedaba así concentrado en la existencia presente. Lo que más les interesaba era disfrutar de una vida acomodada, conservar su posición y asegurarse el bienestar de que ya disponían. Incluso su relación con Dios podía quedar reducida a la búsqueda de favores y beneficios que les permitieran vivir mejor en este mundo.

Cuando la religión se convierte

en un medio para obtener beneficios

También podemos buscar a Dios pensando más en lo que esperamos recibir de él que en lo que su Palabra quiere transformar en nosotros.

Esta observación merece nuestra atención, porque aquella mentalidad saducea no pertenece exclusivamente al pasado. También entre los cristianos puede aparecer una manera de vivir la religión que consiste fundamentalmente en acudir a Dios para pedirle gracias, solucionar problemas, conseguir determinados beneficios o asegurarnos una existencia lo más cómoda posible.

Sin apenas darnos cuenta, podemos terminar valorando nuestra relación con el Señor por los favores que esperamos obtener de él. La religión queda entonces al servicio de nuestros propios intereses, y la fe corre el riesgo de convertirse en un instrumento para conseguir aquello que deseamos.

Por eso, cuando contemplamos la actitud de los saduceos, no deberíamos limitarnos a juzgar su comportamiento desde la distancia. Su manera de entender la religión puede ayudarnos a reconocer una tentación que también está presente en nuestra experiencia cristiana.

Un enemigo común consigue

superar las antiguas rivalidades

Volvamos ahora al escenario de la controversia. Fariseos y saduceos mantenían diferencias profundas, hasta el punto de discrepar en cuestiones fundamentales de la fe. Sin embargo, sus respectivas disputas con Jesús muestran cómo la oposición a él podía hacer coincidir los intereses de quienes habitualmente estaban enfrentados.

Algo semejante habíamos encontrado en el Evangelio del domingo pasado. Los fariseos y los herodianos, cuyas posiciones religiosas y políticas eran muy diferentes, habían dejado a un lado sus discrepancias para colaborar en una misma estrategia: comprometer a Jesús con la pregunta sobre el pago del tributo al César.

Ahora sucede algo parecido. Mateo nos cuenta que, al enterarse de que Jesús había hecho callar a los saduceos, los fariseos se reunieron para preparar una nueva intervención (cfr. Mt 22, 34).

Esta vez deciden actuar con especial cuidado. En lugar de presentarse sin más ante Jesús, recurren a uno de sus especialistas en la interpretación de las Escrituras, un hombre particularmente preparado para discutir sobre las exigencias de la Ley.

El Evangelio utiliza para designarlo el término griego νομικός (nomikós), que significa «experto en la Ley» o «doctor de la Ley». No se trata, por tanto, simplemente de alguien que conoce los textos bíblicos, sino de una persona dedicada al estudio y a la interpretación de los preceptos que regulaban la vida religiosa de Israel.

Esperan que su preparación le permita formular una pregunta capaz de poner a Jesús en dificultades. Si consiguen que su respuesta parezca contraria a las exigencias de la Ley, tendrán por fin un argumento para desacreditarlo ante el pueblo.

Pero, antes de escuchar aquella pregunta, conviene conocer mejor la mentalidad de los fariseos, porque también aquí encontramos una enseñanza que afecta directamente a nuestra manera de vivir la fe.

El peligro de defender nuestras

tradiciones creyendo defender a Dios

A diferencia de los saduceos, los fariseos disfrutaban de una considerable estima entre la gente. Eran hombres profundamente vinculados al estudio de las Escrituras y procuraban observar escrupulosamente los preceptos de la Ley. Su fidelidad religiosa les había proporcionado un notable prestigio entre el pueblo, y naturalmente les preocupaba perder aquella consideración.

La predicación de Jesús representaba para ellos una amenaza, porque cuestionaba muchas de sus interpretaciones y prácticas religiosas. Temían que sus enseñanzas acabaran debilitando la confianza que la gente había depositado en ellos.

Sin embargo, conviene no simplificar sus motivaciones. Sería injusto imaginar que todos aquellos hombres actuaban exclusivamente por orgullo, envidia o deseo de conservar sus privilegios.

Es muy posible que muchos fariseos obraran sinceramente de buena fe. Estaban convencidos de que sus creencias eran correctas, de que sus tradiciones expresaban la voluntad de Dios y de que, al defenderlas, cumplían con una verdadera obligación religiosa.

Precisamente por eso podían considerar necesario oponerse a Jesús. Sus enseñanzas parecían poner en cuestión aquello que habían aprendido a respetar desde siempre y que consideraban indispensable para mantenerse fieles al Señor.

La experiencia de san Pablo nos ayuda a comprender hasta dónde puede llegar esta actitud. Cuando escribe a los filipenses y recuerda su pasado, Pablo subraya su pertenencia al fariseísmo y la rigurosa observancia de la Ley que había caracterizado su vida. Se consideraba irreprochable en el cumplimiento de sus exigencias y estaba tan convencido de defender la causa de Dios que llegó incluso a perseguir a la Iglesia (cfr. Flp 3, 5-6).

Y en la Primera Carta a Timoteo encontramos una confesión particularmente reveladora. Pablo reconoce que antes había sido blasfemo, perseguidor y violento, pero añade que Dios tuvo misericordia de él porque había actuado por ignorancia, cuando todavía no tenía fe (cfr. 1 Tim 1, 13).

Su testimonio nos permite comprender una realidad que no siempre resulta fácil admitir: Una persona puede estar sinceramente convencida de servir a Dios y, sin embargo, oponerse a lo que Dios está realizando.

No necesariamente porque quiera rechazarlo, sino porque identifica sus propias convicciones religiosas con la voluntad divina y considera que cuestionarlas equivaldría a traicionar su fe.

Esta podía ser la situación de muchos fariseos. Habían recibido unas tradiciones, las habían estudiado y observado con dedicación, y ahora encontraban a Jesús anunciando algo que parecía ponerlas en entredicho. Desde su punto de vista, resistirse a sus enseñanzas podía parecerles una obligación de conciencia.

Cuando nuestras convicciones

nos impiden escuchar el Evangelio

Aquí encontramos una advertencia de extraordinaria actualidad. También nosotros podemos cometer el mismo error, incluso actuando de buena fe. Podemos estar tan apegados a determinadas interpretaciones, costumbres o tradiciones religiosas que, cuando el Evangelio viene a cuestionarlas, nuestra primera reacción sea defenderlas en lugar de preguntarnos qué quiere decirnos el Señor.

No resulta fácil reconocer que algo que hemos considerado correcto durante mucho tiempo quizá necesite ser revisado. Y puede resultar todavía más difícil cuando aquello que se cuestiona forma parte de nuestras convicciones religiosas más profundas.

Sin embargo, escuchar verdaderamente la Palabra de Dios exige estar dispuestos a dejarnos interpelar por ella, incluso cuando sus exigencias afectan a aspectos de nuestra vida que preferiríamos mantener intactos.

La Escritura utiliza una imagen especialmente expresiva para describir esta fuerza transformadora: la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo, capaz de llegar hasta lo más íntimo del corazón humano (cfr. Heb 4, 12).

Esa Palabra no se limita a confirmar lo que ya pensamos. En muchas ocasiones pone al descubierto nuestras resistencias, cuestiona nuestras seguridades y nos invita a cambios profundos que quizá no habíamos imaginado.

Por eso, la experiencia de los fariseos nos coloca ante una cuestión que merece ser examinada con sinceridad: Podemos creer que estamos defendiendo nuestra fidelidad a Dios y, al mismo tiempo, estar resistiéndonos a lo que su Palabra nos pide cambiar.

No basta, por tanto, con estar convencidos de que nuestras ideas son correctas. También necesitamos una disposición interior que permita al Evangelio iluminar, purificar y, cuando sea necesario, transformar nuestras convicciones.

Una pregunta que parece inocente,

pero esconde una acusación

Con este trasfondo podemos comprender mejor la escena que Mateo nos presenta.

Los fariseos recurren al experto en la Ley que han elegido y lo envían a Jesús con una pregunta cuidadosamente preparada: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

A primera vista, parece una cuestión perfectamente legítima. Los maestros de Israel discutían acerca del número de los mandamientos, de su importancia y de la posibilidad de distinguir entre aquellos que imponían obligaciones más graves y otros considerados de menor peso.

En los libros del Éxodo y del Deuteronomio encontramos las diez palabras, es decir, los Diez Mandamientos (cfr. Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21). Pero en otros lugares de la Escritura aparecen también diversas enumeraciones de exigencias religiosas y morales.

El salmo 15 por ejemplo, comienza con una pregunta profundamente religiosa: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?». Es decir, ¿qué condiciones debe reunir una persona para vivir en la presencia de Dios?

La respuesta del salmista recoge once exigencias fundamentales: proceder honradamente, practicar la justicia, decir la verdad de corazón, no calumniar, no hacer daño al prójimo, no difamar al vecino, rechazar la conducta del impío, honrar a quienes temen al Señor, mantenerse fiel a la palabra dada incluso cuando ello suponga un perjuicio personal, no prestar dinero con usura y no aceptar sobornos contra el inocente (cfr. Sal 15 [14], 1-5).

Esta interpretación está expresamente respaldada por san Juan Pablo II, quien dedicó su audiencia general del 4 de febrero de 2004, titulada «¿Quién es justo ante el Señor?», precisamente a este salmo. El pontífice identificó y explicó sus once compromisos morales, subrayando que constituyen una síntesis de las exigencias fundamentales de la Ley bíblica y que la auténtica relación con Dios debe manifestarse en la conducta cotidiana.

Juan Pablo II destacó especialmente que el salmo no exige simplemente una pureza ritual exterior, sino una conciencia recta, cuyas decisiones estén inspiradas por la justicia y el amor al prójimo. De este modo, la Escritura nos recuerda que la fidelidad a Dios no puede separarse de la honradez, la verdad y la justicia con que tratamos a nuestros hermanos. La oración y el culto encuentran su verdadera correspondencia en una vida coherente con la fe que profesamos.

Por su parte, el capítulo 33 del libro de Isaías presenta seis exigencias morales para quien desea vivir en la presencia de Dios. El profeta se pregunta quién podrá habitar junto al Señor, cuya santidad aparece representada mediante la imagen de un fuego devorador. La respuesta señala seis comportamientos fundamentales: practicar la justicia, hablar con rectitud, rechazar las ganancias obtenidas mediante la opresión, no aceptar sobornos, negarse a participar en actos de violencia y apartarse de la maldad (cfr. Is 33, 14-16).

San Juan Pablo II explicó expresamente estas seis exigencias en su audiencia general del 30 de octubre de 2002, titulada «Dios juzgará con justicia». El pontífice recordó que, siguiendo la tradición de los salmos que describen las condiciones necesarias para vivir en comunión con Dios, Isaías presenta seis compromisos morales que deben caracterizar la vida del verdadero creyente. Al comentar el último de ellos, «cerrar los ojos para no ver la maldad», aclaró, siguiendo a san Jerónimo, que no significa desentenderse de las injusticias, sino rechazar cualquier complicidad con el mal.

Resulta especialmente significativo que tanto el salmo 15, con sus once exigencias, como Isaías, con sus seis compromisos, insistan en comportamientos concretos de la vida cotidiana. La verdadera fidelidad a Dios no se demuestra únicamente mediante las prácticas religiosas, sino también mediante la justicia, la honradez y el respeto con que tratamos a los demás.

La reflexión rabínica llegó a identificar tradicionalmente 613 preceptos en la Torá, y existían distintas maneras de valorar su importancia. Algunos maestros distinguían entre mandamientos considerados más graves o exigentes y otros de menor peso.

Entre quienes admitían este tipo de distinciones se encontraba el rabino Hillel, que había vivido aproximadamente una generación antes de Jesús. Su contemporáneo Shammai, en cambio, adoptaba una posición mucho más rigurosa y no aceptaba que la Ley pudiera tratarse con ligereza.

Se cuenta a este propósito una anécdota que refleja muy bien el contraste entre ambas maneras de entender las exigencias religiosas.

En cierta ocasión, un pagano se presentó ante Shammai manifestándole su deseo de convertirse al judaísmo, pero pretendía que le resumiera toda la Torá de manera inmediata, como si una enseñanza tan amplia pudiera despacharse en unas pocas palabras. Shammai, indignado ante semejante pretensión, lo rechazó apartándolo con la vara de medir que tenía en la mano.

La anécdota nos permite comprender la seriedad con la que algunos maestros consideraban que debían tratarse todos los preceptos de la Ley.

Sin embargo, la pregunta que ahora presentan a Jesús no tiene como finalidad resolver aquellas discusiones rabínicas.

Y aquí debemos prestar mucha atención, porque de lo contrario podríamos no comprender la verdadera intención de sus adversarios.  

No quieren aprender de Jesús:

buscan motivos para acusarlo

La trampa consiste en conseguir que Jesús reconozca un mandamiento para acusarlo después de no cumplirlo. Según la intención que estamos descubriendo en esta controversia, el experto en la Ley no busca simplemente conocer cuál es el mandamiento más importante entre todos los existentes. Sus adversarios quieren llevar a Jesús hacia el precepto que consideran especialmente decisivo: la observancia del sábado.

Y no es una elección casual. El sábado ocupaba un lugar fundamental en la vida religiosa de Israel. Su importancia se encontraba vinculada al mismo relato de la creación, en el que Dios descansa el séptimo día y lo bendice (cfr. Gn 2, 2-3).

Para los adversarios de Jesús, la obligación de observar el sábado era una exigencia indiscutible. Precisamente por eso esperaban que él reconociera su importancia. Una vez obtenida esa respuesta, podrían dirigir contra él la acusación que tenían preparada.

Para comprender mejor esta estrategia, pensemos en un ejemplo muy sencillo. Imaginemos que una persona conduce de noche a 120 kilómetros por hora por una vía urbana donde la velocidad máxima permitida es de 50. Un agente de tráfico la detiene y, antes de formular ninguna denuncia, le pregunta:

—¿Sabe usted cuál es la velocidad máxima permitida en esta vía?

El agente no está intentando averiguar si el conductor conoce las normas de circulación. Evidentemente, él mismo sabe cuál es el límite. Su intención es que el conductor reconozca la norma para preguntarle inmediatamente después:

—Entonces, si sabe que aquí no se puede circular a más de 50 kilómetros por hora, ¿por qué conducía usted a 120?

La pregunta inicial no pretendía proporcionar una información que el agente desconociera. Estaba destinada a preparar la acusación.

Algo semejante sucede en esta controversia. Los adversarios de Jesús no necesitan que él les enseñe la importancia del sábado. La conocen perfectamente y están convencidos de que constituye una obligación religiosa fundamental.

Lo que pretenden es que Jesús la reconozca públicamente para poder reprocharle después su comportamiento.

Si Jesús responde que la observancia del sábado ocupa el lugar principal entre los mandamientos, ellos podrán replicarle inmediatamente:

—Entonces, si reconoces que el sábado es tan importante, ¿por qué no lo observas?

Ahí está la trampa que habían preparado. Naturalmente, Jesús observaba el sábado. Lo que sucedía era que su manera de comprenderlo y vivirlo no coincidía con la interpretación que defendían aquellos maestros religiosos. Y precisamente esa diferencia era la que sus adversarios querían utilizar contra él. Consideraban que su comportamiento constituía una transgresión de las exigencias de la Ley y esperaban que, mediante aquella pregunta, terminara proporcionando él mismo el argumento necesario para desacreditarlo ante el pueblo.

Por eso habían elegido cuidadosamente al experto que debía interrogarlo. No pretendían iniciar una conversación sincera sobre la voluntad de Dios, sino conducir a Jesús hacia una respuesta que pudieran volver contra él.

Todo parece preparado para ponerlo en dificultades. La pregunta ha sido formulada, sus adversarios conocen la acusación que desean presentar y esperan que Jesús responda conforme a sus previsiones.

         La respuesta de Jesús:

El amor como fundamento de la relación con Dios

«Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero».

La respuesta de Jesús desconcertó por completo a sus adversarios. Habían preparado cuidadosamente la pregunta, esperando que reconociera la primacía del sábado para poder acusarlo después de no observarlo conforme a sus interpretaciones. Sin embargo, Jesús respondió de una manera que no habían previsto, y aquella acusación quedó sin fundamento.

Pero lo que más debió de sorprenderlos fue el modo en que Jesús presentó el mandamiento principal. No comenzó hablando de obligaciones, de prohibiciones o de la necesidad de someterse a unas normas. Tampoco planteó la relación con Dios como la de un siervo que debe cumplir las órdenes de su señor por temor a las consecuencias de desobedecerlo.

Jesús situó en el centro una realidad muy diferente: El amor.

En las religiones del mundo antiguo era frecuente representar a las divinidades como poderes ante los cuales el ser humano debía someterse, procurando obtener su favor y evitar sus castigos. Jesús, en cambio, revela a un Dios que quiere establecer con nosotros una relación fundada en el amor y vivida desde la libertad.

Dios no busca esclavos sometidos por el miedo, sino hijos capaces de responder libremente a su amor. Por eso, el gran mandamiento comienza con unas palabras que cambian profundamente nuestra manera de comprender la vida religiosa: «Amarás al Señor, tu Dios».

Fijémonos en la importancia de esta expresión. Dios no nos invita simplemente a cumplir unas obligaciones exteriores, sino a entrar en una relación personal con él. Quiere que descubramos su amor incondicional y que, al sentirnos amados, respondamos libremente, dejándonos implicar en esa relación que puede dar plenitud a nuestra existencia.

Este es el horizonte desde el que Jesús nos propone comprender el mandamiento principal.

Cómo fue descubriendo Israel

el verdadero rostro de Dios

Para apreciar toda la profundidad de esta respuesta, conviene detenernos en el lenguaje de la Escritura.

El verbo hebreo אָהַב (aháv) significa «amar» y aparece numerosas veces en el Antiguo Testamento. Sin embargo, cuando recorremos los distintos libros bíblicos, advertimos que la manera de hablar de Dios no siempre presenta los mismos acentos.

En algunos relatos antiguos destacan especialmente las manifestaciones de su poder, su santidad, su indignación ante el mal y la autoridad de sus mandatos. Son imágenes que pueden suscitar en el ser humano una profunda reverencia, pero también temor.

Recordemos, por ejemplo, lo que sucede al pie del monte Sinaí, cuando el pueblo de Israel contempla los truenos, los relámpagos y las impresionantes manifestaciones que acompañan la revelación divina. Los israelitas sienten tanto miedo que se dirigen a Moisés y le suplican que sea él quien les transmita las palabras del Señor. Prefieren escuchar a Moisés porque temen morir si Dios les habla directamente (cfr. Ex 20, 18-19).

Podemos comprender la actitud de aquel pueblo. Ante una manifestación tan sobrecogedora, el ser humano experimenta su pequeñez y puede llegar a relacionarse con Dios principalmente desde el temor. Entonces la preocupación fundamental consiste en cumplir sus mandatos, evitar aquello que pueda provocar su indignación y protegerse de posibles castigos.

Pero ¿es este el rostro definitivo de Dios que la Escritura quiere revelarnos?

Aquí debemos tener presente una característica fundamental de la revelación bíblica: Dios se fue dando a conocer progresivamente a su pueblo, acompañándolo en un largo camino de descubrimiento y maduración de la fe.

La Biblia recoge precisamente la historia de esa relación entre Dios e Israel, una verdadera historia de amor en la que el pueblo va comprendiendo cada vez mejor quién es el Señor y cómo quiere relacionarse con él.

Israel no llegó de inmediato a una comprensión plena del misterio divino. Su experiencia religiosa se desarrolló dentro del ambiente cultural del antiguo Oriente Próximo, donde los distintos pueblos reconocían sus propias divinidades. A lo largo de su historia, Israel fue profundizando en el conocimiento del Señor hasta confesar que no es simplemente el Dios de un pueblo entre otros, sino el único Dios, Señor de toda la creación.

También fue madurando su manera de comprender la relación de ese Dios con los seres humanos. Y en este proceso desempeñaron un papel fundamental los profetas.

Los profetas descubren el lenguaje del amor

Los profetas contribuyeron decisivamente a mostrar la profundidad del amor de Dios. Sin negar su santidad ni su justicia, anunciaron que su relación con Israel no podía entenderse únicamente mediante las categorías del poder, la autoridad y el cumplimiento de unas obligaciones.

Para expresar la intimidad de esa relación recurrieron a una imagen extraordinariamente hermosa: Dios es el esposo que ama a su pueblo.

La alianza aparece entonces descrita como una relación esponsal. Dios no se limita a imponer sus mandatos desde la distancia, sino que ama, llama, busca la fidelidad de su pueblo y desea que este corresponda a su amor.

La diferencia es profunda. Una persona que obedece a un señor por miedo procura cumplir lo que se le ha ordenado para evitar las consecuencias de su desobediencia. En cambio, quien ama de verdad no necesita que le indiquen continuamente lo que debe hacer para procurar el bien de la persona amada. El amor mismo despierta el deseo de agradarla, de cuidar la relación y de evitar aquello que pueda dañarla.

Pensemos en la relación entre dos esposos que se quieren sinceramente. Su convivencia no puede reducirse a una lista de obligaciones que cada uno cumple para evitar reproches. Naturalmente, existen compromisos y responsabilidades, pero su verdadero fundamento es el amor que los une y que les lleva a buscar libremente el bien del otro.

Esta es la transformación que el lenguaje de los profetas nos ayuda a comprender. La fidelidad a Dios deja de contemplarse únicamente como el cumplimiento temeroso de unas órdenes y se descubre como la respuesta de amor a quien nos ha amado primero.

La revelación bíblica nos ofrece todavía otras imágenes familiares que permiten profundizar en esta relación.

Dios es presentado como un padre que ama a sus hijos, pero también se utilizan imágenes tomadas del amor materno para expresar la ternura y la fidelidad inquebrantable del Señor.

Encontramos uno de los pasajes más conmovedores en el capítulo 49 de Isaías. Jerusalén, que atraviesa una experiencia de sufrimiento y abandono, se lamenta diciendo: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». Y Dios responde con una comparación que alcanza lo más profundo de la experiencia humana. ¿Acaso puede una madre olvidarse del hijo que ha llevado en sus entrañas? ¿Puede dejar de conmoverse ante su propio niño? Pues bien, aunque llegara a suceder algo tan doloroso, Dios asegura a su pueblo que él jamás lo olvidará (cfr. Is 49, 14-15).

¡Qué imagen tan diferente de la de una divinidad distante, preocupada únicamente por exigir obediencia y castigar las faltas!

El Señor se presenta con la ternura de una madre que lleva a su hijo en el corazón y que no puede dejar de amarlo. Mediante esta imagen, el profeta nos ayuda a comprender que la fidelidad divina permanece incluso cuando el pueblo experimenta el sufrimiento, la debilidad o las consecuencias de sus propias infidelidades.

El peligro de quedarse

con una imagen incompleta de Dios

Aquí encontramos una enseñanza particularmente importante para nuestra lectura de la Biblia.

No podemos tomar aisladamente una imagen de Dios, separarla del conjunto de la revelación y convertirla en la explicación definitiva de su misterio. Necesitamos recorrer el camino que la propia Escritura nos propone, permitiendo que unos textos iluminen a otros y que la revelación alcance su plenitud en Jesucristo.

El peligro consiste en quedarnos exclusivamente con aquellas representaciones que destacan el temor, el castigo o el sometimiento, sin acoger la luz que los profetas fueron proyectando sobre el amor y la misericordia de Dios.

Desde esta perspectiva podemos comprender mejor la dificultad que experimentaban los adversarios de Jesús.

Según la interpretación que estamos siguiendo, aquellos fariseos y saduceos permanecían aferrados a una imagen religiosa que no les permitía reconocer plenamente el rostro de Dios manifestado en Jesús. Aunque conocían las Escrituras, no habían asimilado suficientemente aquella sensibilidad espiritual que encontramos en los profetas y en tantos salmos.

Por eso, cuando Jesús se presenta ante ellos, no consiguen descubrir en su persona la revelación plena de la belleza y del amor de Dios. Y, sin embargo, tenían delante precisamente a aquel que podía mostrarles de manera definitiva quién es el Padre.

Para reconocer el rostro de Dios en Jesucristo necesitamos dejarnos conducir por toda la revelación de la Escritura.

Jesús no deja de amar a quienes se oponen a él. También desea liberarlos de una relación con Dios dominada por el miedo, para que descubran la alegría de saberse amados de manera incondicional.

Quiere que comprendan que la verdadera fidelidad al Señor no consiste en vivir permanentemente atemorizados ante sus mandatos, sino en responder a su amor con la libertad y la confianza propias de los hijos. Esto no significa que el amor haga desaparecer los mandamientos o vuelva innecesaria la obediencia. El mismo Jesús hablará de guardar sus mandamientos como expresión del amor que le tenemos (cfr. Jn 14, 15). Lo decisivo es comprender de qué obediencia estamos hablando: no de la sumisión servil de quien actúa únicamente por miedo, sino de la respuesta libre y confiada de quien reconoce en Dios a su Padre.

Jesús mismo vive su relación con el Padre desde esta entrega filial. Su obediencia no es la de un extraño sometido a una voluntad ajena, sino la del Hijo que ama al Padre y encuentra en el cumplimiento de su voluntad la expresión de su propia identidad.

Con esta perspectiva podemos comprender mejor el sentido de su respuesta al doctor de la Ley.

«Shemá, Israel»:

La profesión de fe que todo israelita conoce

En lugar de entrar en la discusión que sus adversarios habían preparado, Jesús recurre a una de las confesiones de fe más importantes de Israel, que todo judío piadoso conocía desde su infancia.

Se trata del célebre שְׁמַע יִשְׂרָאֵל (Shemá, Israel), expresión hebrea que significa «Escucha, Israel».

Esta profesión de fe, recogida en el capítulo 6 del Deuteronomio, ocupa un lugar central en la tradición religiosa judía. Se recita diariamente por la mañana y por la noche, y también forma parte de las oraciones que pueden acompañar el momento de acostarse.

Sus palabras iniciales son: שְׁמַע יִשְׂרָאֵל יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד

Shemá, Israel, Adonái Elohénu, Adonái ejád. «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo» (Dt 6, 4).

La confesión proclama la unicidad de Dios y expresa la relación singular que une a Israel con el Señor. Pero inmediatamente después añade una exigencia que compromete toda la existencia del creyente:

«Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5). Jesús recoge este gran mandato y lo presenta como el primero y principal de todos. En la formulación que nos transmite Mateo, sus palabras son: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente».

Podemos imaginar la sorpresa de quienes lo escuchaban. Esperaban que Jesús destacara la observancia del sábado, y él ha situado en el centro de toda la vida religiosa el amor a Dios, un amor que debe comprometer la totalidad de la persona.

Pero ¿qué significa concretamente amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente?

Para comprender la profundidad de estas expresiones debemos acercarnos al modo de pensar y de hablar de la Biblia.

Amar a Dios con todo el corazón:

No reservarle solamente una parte de nuestra vida

Cuando nosotros hablamos del corazón, normalmente pensamos en el mundo de los sentimientos y de los afectos. Decimos que queremos a alguien con todo el corazón, que una noticia nos ha llegado al corazón o que una experiencia nos ha conmovido profundamente.

En el lenguaje bíblico, sin embargo, el corazón posee un significado mucho más amplio. Para los israelitas, el corazón era también el centro de los pensamientos, de las decisiones, de los deseos y de las opciones fundamentales de la persona. Era ese lugar interior desde el que el ser humano orienta libremente su existencia.

Por eso, amar a Dios con todo el corazón significa mucho más que experimentar sentimientos religiosos intensos.

Amar a Dios con todo el corazón es permitir que su amor ilumine nuestras decisiones, nuestras convicciones y nuestra manera de vivir.

No se trata simplemente de dedicarle algunos momentos del día o de reservarle determinados espacios de nuestra existencia. El mandamiento nos invita a reconocerlo como el centro desde el cual orientamos toda nuestra vida.

Nuestros pensamientos, nuestras elecciones y nuestros proyectos han de ir encontrando su verdadera armonía en la relación con él. De ahí que la Escritura presente al Dios de Israel como un Dios celoso. Esta expresión puede desconcertarnos si la interpretamos desde los celos humanos, que con frecuencia nacen de la inseguridad o del deseo de poseer a otra persona.

Pero el lenguaje bíblico de los celos divinos está vinculado a la fidelidad de la alianza. Dios quiere que Israel no divida su corazón entre él y los ídolos, porque esa división acaba destruyendo la relación de amor que está llamado a vivir.

Pensemos nuevamente en la experiencia del matrimonio. Cuando dos personas se entregan de verdad, desean que su amor sea correspondido con la misma sinceridad. No podrían vivir plenamente aquella relación si uno de ellos pretendiera reservar una parte de su corazón para otros amores incompatibles con la fidelidad prometida.

Por eso resulta tan expresiva aquella declaración que los esposos pueden hacerse mutuamente: «Soy todo tuyo»; «soy toda tuya». Con estas palabras manifiestan el deseo de una entrega que no permanezca dividida.

Algo semejante sucede en nuestra relación con Dios. El Señor nos invita a amarlo con un corazón entero, sin reservar una parte de nuestra existencia a aquello que termina separándonos de él. No porque necesite poseernos, sino porque conoce el camino que conduce a nuestra verdadera plenitud.

Cuando el corazón se reparte entre Dios y los ídolos —sean cuales sean las formas que estos adopten—, difícilmente podremos vivir con toda su riqueza la relación de amor a la que estamos llamados.

Amar a Dios con toda el alma:

Entregarle la totalidad de nuestra existencia

Jesús continúa diciendo que debemos amar al Señor con toda nuestra alma. Aquí encontramos otro término bíblico cuyo significado conviene comprender bien.

La palabra hebrea נֶפֶשׁ (néfesh), que puede traducirse como «alma», designa frecuentemente la vida o a la persona misma en cuanto ser viviente. En la traducción griega encontramos el término ψυχή (psykhé), que también posee un amplio campo de significados relacionado con el alma, la vida y la persona.

Por eso, cuando la Escritura nos invita a amar a Dios con toda el alma, no está pensando únicamente en una dimensión espiritual separada de nuestra existencia cotidiana. Nos está invitando a poner toda nuestra vida en esa relación de amor. No pueden quedar fuera de ella determinados ámbitos de nuestra existencia que decidamos administrar como si no tuvieran nada que ver con Dios.

Podemos comprenderlo si examinamos nuestras propias actitudes. En ocasiones deseamos ser fieles al Señor, pero al mismo tiempo procuramos reservarnos algunos espacios en los que seguimos dando satisfacción a nuestro orgullo, a nuestra vanidad, a la comodidad o a la pereza.

Son pequeñas o grandes resistencias que muestran cómo nuestro corazón puede permanecer dividido.

Amar con toda el alma significa, precisamente, permitir que la relación con Dios alcance todas las dimensiones de nuestra persona. No se trata de multiplicar sin descanso las prácticas religiosas, sino de vivir de tal manera que nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestras actividades encuentren su unidad en el amor al Señor.

Amar a Dios con toda la mente:

Una fe que también necesita inteligencia

Llegamos ahora a una expresión particularmente importante en la respuesta de Jesús: amar a Dios con toda la mente.

Mateo utiliza el término griego διάνοια (diánoia), relacionado con el pensamiento, la comprensión y la capacidad de reflexionar. Aquí encontramos una diferencia interesante entre la formulación hebrea del Deuteronomio y la que recoge el evangelista.

El texto hebreo invita a amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Para esta última expresión emplea מְאֹד (meód), una palabra que, en este contexto, comunica la idea de intensidad o totalidad y que habitualmente se traduce como «fuerzas».

Mateo, en cambio, recoge expresamente la dimensión de la mente. De este modo, su formulación pone de relieve que el amor a Dios compromete también nuestra inteligencia y nuestra capacidad de comprender y decidir. Y esta precisión resulta especialmente iluminadora.

La verdadera fe no consiste únicamente en sentir amor por Dios, sino también en conocerlo, comprender su Palabra y elegirlo conscientemente.

Para explicarlo, pensemos una vez más en la experiencia humana del enamoramiento. Cuando alguien está profundamente enamorado, la persona amada ocupa un lugar privilegiado en sus pensamientos. La recuerda con frecuencia y muchas realidades cotidianas terminan evocando su presencia.

Una determinada canción puede traerle a la memoria un momento compartido. Una flor puede recordarle el lugar donde se declararon su amor por primera vez. Un pequeño detalle, que para los demás carece de importancia, puede despertar en él recuerdos llenos de significado.

El pensamiento vuelve espontáneamente hacia la persona amada porque aquella relación ocupa un lugar importante en su vida.

Algo semejante sucede con quien ama verdaderamente a Dios. Su interés no queda limitado a cumplir determinados deberes religiosos, porque desea conocer cada vez mejor a aquel a quien ama. Busca comprender su Palabra, descubrir su voluntad y orientar su pensamiento hacia él. Pero aquí debemos introducir una consideración importante. No todo enamoramiento posee la misma profundidad.

Hay sentimientos intensos que aparecen con rapidez y desaparecen con la misma facilidad. Una persona puede experimentar una fuerte atracción y creer que se encuentra ante un amor definitivo, cuando en realidad todavía no conoce suficientemente a quien tiene delante.

Si aquella relación se sostiene únicamente en la emoción inicial, puede desvanecerse cuando aparecen las dificultades o cuando surge una nueva atracción.

El amor auténtico necesita algo más. Necesita conocimiento, comprensión y una decisión consciente que permita reconocer el valor de la persona amada.

Uno no ama verdaderamente solo porque experimenta una emoción agradable. Ama también porque ha descubierto la belleza de la persona que tiene delante y, conociéndola cada vez mejor, elige libremente permanecer unido a ella. Con nuestra relación con Dios sucede algo semejante.

Conocer a Jesucristo para

poder amarlo verdaderamente

Si nuestro conocimiento de Jesús es superficial, también nuestra adhesión a él corre el riesgo de ser frágil. Podemos experimentar entusiasmo religioso, conmovernos durante una celebración o sentir una gran alegría en determinados momentos de nuestra vida espiritual. Todo eso puede tener su valor, pero no basta para sostener por sí solo una relación de fe madura.

Necesitamos conocer a Jesucristo mediante su Evangelio, descubrir cómo vivía, qué anunciaba, cómo se relacionaba con las personas y qué rostro de Dios manifestó con sus palabras y sus obras. Cuanto más profundizamos en su conocimiento, más razones encontramos para confiar en él y responder a su amor.

Por eso, amar a Dios con toda la mente significa también dedicar tiempo al estudio y a la meditación de su Palabra.

Quien nunca encuentra tiempo para conocer mejor las Escrituras corre el riesgo de mantener una fe apoyada principalmente en costumbres, impresiones o emociones pasajeras. Y cuando llegan las dificultades, las dudas o las situaciones que ponen a prueba nuestras convicciones, una fe que no ha madurado también mediante la inteligencia puede encontrar serias dificultades para mantenerse firme.

De ahí la importancia de poder explicar las razones de nuestra adhesión a Jesucristo. No porque la fe se reduzca a una demostración intelectual, sino porque creer no significa renunciar a pensar. Nuestra inteligencia también está llamada a participar en esa relación de amor.

La verdadera adhesión a Dios debe ser libre, consciente y razonable. Necesitamos saber en quién hemos puesto nuestra confianza y por qué hemos decidido seguirlo.

Quien ama a Jesucristo desea conocerlo cada vez mejor, porque el conocimiento profundo alimenta y hace madurar el amor. Esta es una dimensión esencial de nuestra vida cristiana. No podemos conformarnos con una fe que únicamente despierta sentimientos agradables. Necesitamos una relación con el Señor que comprometa el corazón, la vida entera y también la inteligencia.

De esta manera comprendemos que las tres expresiones utilizadas por Jesús no pretenden dividir al ser humano en compartimentos independientes. Al contrario, nos muestran que el amor a Dios debe abrazar la totalidad de nuestra persona.

Amarlo con todo el corazón significa orientar hacia él nuestras decisiones más profundas. Amarlo con toda el alma supone entregarle la vida entera. Y amarlo con toda la mente implica buscarlo también mediante el conocimiento, la reflexión y una fe conscientemente asumida.

Una respuesta que abre

un horizonte inesperado

Podemos imaginar el desconcierto de quienes escuchaban a Jesús. Habían acudido preparados para una discusión sobre los mandamientos y sus exigencias. Esperaban conducirlo hacia el problema de la observancia del sábado, pero Jesús ha llevado la conversación a una profundidad que no habían previsto.

En lugar de quedar atrapado en la controversia que le proponían, ha recordado el fundamento que debe dar sentido a toda la vida religiosa: El amor a Dios.

Sus interlocutores necesitan asimilar aquella respuesta, porque Jesús acaba de mostrarles que la relación con el Señor no puede reducirse a una cuestión de preceptos, interpretaciones y obligaciones exteriores.

Pero la enseñanza todavía no ha terminado.

Cuando parece que Jesús ya ha respondido a la pregunta sobre el mandamiento principal, introduce una segunda exigencia que sus adversarios tampoco esperaban escuchar, y que colocará junto al amor a Dios. Se trata de un segundo amor que Jesús considera semejante al primero.

Dos mandamientos inseparables:

El amor a Dios y el amor al prójimo

«El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Jesús ha intentado que los fariseos reflexionen sobre el verdadero significado de aquella profesión de fe que recitan diariamente: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».

Sus adversarios están acostumbrados a comprender la relación con Dios principalmente desde el cumplimiento de los preceptos religiosos. Jesús quiere ayudarles a descubrir que ese «amarás» encierra una realidad mucho más profunda. La verdadera fidelidad a Dios no puede reducirse a una obediencia nacida del temor al castigo, como si el Señor fuera un poderoso soberano ante el cual solo cupiera someterse. Esa sería una manera de relacionarse con la divinidad más propia de una mentalidad religiosa dominada por el miedo.

El Dios que Jesús revela desea que el ser humano encuentre su felicidad en una relación de amor con él. Por eso procura liberar también a sus adversarios de aquella imagen que les impide reconocer la bondad del Padre.

Dios continúa amándonos incluso cuando nuestras decisiones nos alejan de la felicidad que desea para nosotros. Esta distinción es fundamental. Cuando obramos mal, nuestras decisiones pueden hacernos profundamente infelices, porque nos apartan del camino para el que hemos sido creados. Pero nuestra infidelidad no consigue que Dios deje de amarnos. Su amor permanece, incluso cuando nosotros no sabemos corresponderle.

Y precisamente el descubrimiento de ese amor gratuito es lo que puede transformar nuestra manera de vivir. Cuando una persona llega a comprender que es amada sin condiciones, comienza a aprender también ella a amar sin convertir sus relaciones en un intercambio de favores o recompensas.

Por eso Jesús continúa hablando del amor. No se trata de un asunto secundario dentro de su enseñanza, sino de aquello que da sentido a toda nuestra existencia.

Hemos sido creados para amar. Y amar, en el sentido más profundo del Evangelio, no consiste simplemente en buscar aquello que nos agrada, nos satisface o nos hace sentir bien. Amar significa descubrir a quién podemos hacer el bien y poner nuestra vida a su servicio.

Nuestra mirada se dirige, en primer lugar, hacia Dios. Deseamos corresponder a su amor, vivir en armonía con su voluntad y buscar aquello que le agrada. De manera semejante a como dos esposos encuentran alegría al compartir sus pensamientos, sus sentimientos y sus proyectos, también nosotros estamos llamados a vivir en una comunión cada vez más profunda con el Señor.

Pero nuestra mirada no puede quedarse dirigida exclusivamente hacia lo alto. A nuestro lado hay personas concretas que necesitan nuestra presencia, nuestra ayuda y nuestro amor.

Y aquí comprendemos por qué Jesús, inmediatamente después de recordar el primer mandamiento, añade otro que considera semejante:

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El segundo mandamiento:

Reconocer al hermano que tenemos a nuestro lado

Jesús no inventa este segundo mandamiento. Lo toma de un pasaje del libro del Levítico en el que Dios dirige a Israel una exhortación particularmente hermosa:

«No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cfr. Lv 19, 18). El texto hebreo dice:

וְאָהַבְתָּ לְרֵעֲךָ כָּמוֹךָ (veahavtá lereajá kamója).

La expresión significa: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Conviene detenernos especialmente en la última palabra, כָּמוֹךָ (kamója), que significa «como tú» o, dentro de la expresión completa, «como a ti mismo».

La formulación tradicional nos invita a amar al prójimo con el mismo cuidado con que procuramos nuestro propio bien. Pero podemos descubrir también una dimensión particularmente sugerente: la persona que tenemos delante es alguien como nosotros. Comparte nuestra humanidad, nuestras necesidades, nuestras debilidades y el mismo deseo profundo de ser amada.

Aquel a quien debemos amar no es, por tanto, un extraño cuya suerte pueda resultarnos indiferente. Es alguien que, como nosotros, necesita vivir, ser reconocido y encontrar personas dispuestas a compartir sus dificultades.

El profeta Isaías expresa esta cercanía humana mediante unas palabras especialmente significativas. Cuando invita a compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre y vestir al desnudo, añade que no debemos desentendernos de quien es nuestra propia carne (cfr. Is 58, 7).

El prójimo es alguien como nosotros, de nuestra misma carne, cuya vida no debería resultarnos indiferente. ¡Cuántas injusticias y cuántos actos de violencia podrían evitarse si fuéramos verdaderamente conscientes de esta realidad!

Antes de perjudicar a otra persona, antes de despreciarla o de causarle sufrimiento, quizá nos detendríamos a pensar que estamos tratando con alguien que posee nuestra misma dignidad y que puede experimentar el dolor de una manera tan real como nosotros.

En su contexto inmediato, el mandamiento del Levítico se refiere a las relaciones entre los miembros del pueblo de Israel. Sin embargo, la misma Escritura había comenzado a mostrar con claridad que el amor exigido por Dios no podía quedar encerrado dentro de los límites de la propia comunidad.

De hecho, el propio Levítico extiende expresamente el amor al extranjero que reside entre los israelitas: también a él se le debe amar como a uno mismo (cfr. Lv 19, 34).

Esta ampliación resulta decisiva para comprender el camino que nos conduce hasta la enseñanza de Jesús.

El amor de Dios atraviesa las fronteras de los pueblos

El libro del Deuteronomio contiene una exhortación conmovedora que nos ayuda a comprender hasta dónde debe llegar nuestra preocupación por los demás.

Después de recordar que Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, afirma que el Señor ama al extranjero y le proporciona alimento y vestido. Inmediatamente después, se dirige a los israelitas para pedirles que ellos también amen al extranjero, recordándoles que en otro tiempo fueron extranjeros en la tierra de Egipto (cfr. Dt 10, 18-19).

La enseñanza es profundamente humana. Israel no debe olvidar su propia historia. Sus antepasados conocieron la experiencia de vivir lejos de su tierra, depender de otros y encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Precisamente esa memoria debe ayudar al pueblo a comprender las necesidades de quienes ahora viven como extranjeros entre ellos.

Dios ama también a esas personas y quiere que su pueblo aprenda a mirarlas con la misma solicitud.

Pero hay un detalle que merece especial atención: ¿cómo proporciona Dios alimento y vestido al extranjero?

Podríamos imaginar una intervención extraordinaria, mediante la cual el Señor hiciera aparecer milagrosamente cuanto necesita. Sin embargo, la Escritura nos ofrece una respuesta mucho más cercana a la vida cotidiana.

En el capítulo 24 del Deuteronomio encontramos unas disposiciones que expresan admirablemente la preocupación de Dios por quienes carecen de recursos. Cuando un israelita recoge la cosecha de su campo y, por descuido, olvida una gavilla de espigas, no debe regresar para recuperarla. Aquello que ha quedado en el campo está destinado al extranjero, al huérfano y a la viuda (cfr. Dt 24, 19).

Rut: una extranjera que recogía las espigas olvidadas

El Antiguo Testamento nos ofrece una historia preciosa que permite comprender cómo estas disposiciones podían transformar la vida de quienes se encontraban en una situación de necesidad. Es la historia de Rut, una joven moabita que, después de quedar viuda, decidió acompañar a su suegra Noemí hasta Belén. Ambas carecían de recursos suficientes para vivir, de modo que Rut salió al campo para recoger las espigas que los segadores iban dejando tras de sí.

Así llegó a las tierras de Booz, un hombre acomodado que, al conocer su situación, no solo le permitió espigar, sino que ordenó a sus trabajadores que la trataran con respeto y dejaran caer deliberadamente algunas espigas de las gavillas para que pudiera recogerlas sin dificultad (cfr. Rut 2, 1-16).

Fijémonos en la belleza de este gesto. Booz podía haberse limitado a permitir que aquella extranjera recogiera lo que quedaba después de la siega, pero decidió facilitarle el trabajo y ayudarla con una generosidad que iba más allá de lo estrictamente exigido.

Y la historia tuvo un desenlace inesperado. Aquella mujer extranjera, que había llegado a Belén sin recursos y que necesitaba recoger espigas para alimentar a su suegra y alimentarse ella misma, terminó convirtiéndose en la esposa de Booz. De su matrimonio nació Obed, que fue padre de Jesé y abuelo del rey David. De este modo, Rut, una extranjera que había vivido de la generosidad ajena, llegó a ser bisabuela de David y quedó incorporada a la genealogía de Jesucristo (cfr. Rut 4, 13-22; Mt 1, 5).

Esta historia nos ayuda a descubrir que aquellas disposiciones de la Ley no eran simples normas agrícolas. Expresaban la preocupación de Dios por quienes podían quedar desamparados y enseñaban a su pueblo a compartir los frutos de su trabajo. En la generosidad de Booz, una mujer extranjera y viuda encontró ayuda, protección y un futuro que difícilmente habría podido imaginar.

Dios cuida de los necesitados y nos invita a ser instrumentos concretos de ese cuidado mediante nuestra generosidad.

Dios alimenta a los necesitados

a través de nuestra generosidad

La misma preocupación aparece en las normas sobre la recogida de la aceituna y la vendimia. Quien recoge los frutos de sus olivos no debe repasar una segunda vez todas las ramas para llevarse hasta la última aceituna. Y quien vendimia su viña tampoco debe volver sobre ella para recoger todos los racimos que hayan quedado.

Lo que permanece después de la recolección debe reservarse para quienes necesitan ayuda (cfr. Dt 24, 20-21).

Estas disposiciones contienen una enseñanza de extraordinaria belleza. Podemos imaginar a un agricultor que, después de una larga jornada, regresa a su casa y descubre que ha olvidado una gavilla de trigo en el campo. Su primera reacción podría ser volver para recogerla. Al fin y al cabo, es fruto de su trabajo y le pertenece.

Pero la Ley le recuerda que no debe regresar. Aquella gavilla puede convertirse en el alimento de una persona que no dispone de los recursos necesarios para vivir.

Resulta especialmente hermosa la reflexión tradicional según la cual Dios alimenta al extranjero haciendo que uno de los miembros de su pueblo olvide una gavilla en el campo.

La imagen nos ayuda a descubrir algo esencial: la providencia de Dios se manifiesta también mediante los bienes que ponemos a disposición de los demás.

Dios quiere cuidar de quienes necesitan ayuda sirviéndose también de nuestras manos y de nuestros bienes.

El agricultor descubre que no todo cuanto produce su campo debe terminar necesariamente en su propia casa. Parte de su cosecha puede contribuir a que otra persona tenga algo que comer.

De este modo, la Escritura va mostrando que la fidelidad al Señor exige una preocupación efectiva por quienes se encuentran en situaciones de necesidad, incluidos aquellos que no pertenecen al propio pueblo. El mandamiento del amor comienza a desplegar así toda su amplitud.   

Jesús revela la medida definitiva del amor

Llegados a este punto, podríamos pensar que la enseñanza bíblica ya ha alcanzado una exigencia considerable. El amor no debe limitarse a nuestros familiares, amigos o compatriotas, sino que ha de extenderse también al extranjero y a quienes viven en situaciones de vulnerabilidad.

Pero Jesús nos conduce todavía más lejos. Cuando recuerda el mandamiento del Levítico, utiliza la conocida expresión: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Sin embargo, en la última cena, al dirigirse a sus discípulos, introduce una medida nueva y mucho más exigente: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). La diferencia merece toda nuestra atención.

En el Levítico encontramos la invitación a amar al prójimo como a nosotros mismos. Jesús, en cambio, presenta su propio amor como referencia para comprender hasta dónde debe llegar nuestra entrega.

Y sabemos cómo nos ha amado. Su amor no se ha detenido ante las dificultades, el rechazo o el sufrimiento. Ha llegado hasta la entrega de su propia vida.

Por eso, cuando Jesús nos invita a amar como él nos ha amado, nos está mostrando un amor dispuesto a entregarse por el bien de los demás, incluso cuando esa entrega exige sacrificios muy grandes.

Además, en su enseñanza, la condición de prójimo alcanza una amplitud universal. Ninguna persona puede quedar excluida simplemente porque pertenezca a otro pueblo, tenga una condición social diferente o viva de una manera que nosotros desaprobamos.

Todos los seres humanos comparten una misma dignidad ante Dios y están llamados a reconocerse como hermanos bajo la mirada del único Padre.

Pero Jesús nos invita a dar todavía un paso más, quizá el más difícil de todos.

Amar también a quien nos ha hecho daño

Hasta ahora hemos hablado del amor hacia las personas que necesitan nuestra ayuda, aunque pertenezcan a otro pueblo o vivan lejos de nosotros.

Pero ¿qué sucede cuando quien necesita nuestra ayuda es precisamente alguien que nos ha perjudicado?

¿Qué ocurre cuando la persona que tenemos delante nos ha ofendido, nos ha traicionado o ha causado un sufrimiento profundo en nuestra vida?

Es aquí donde la enseñanza de Jesús alcanza una de sus expresiones más desconcertantes: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5, 44).

La Escritura de Israel ya conocía gestos concretos de ayuda hacia el enemigo, como la obligación de devolverle sus animales extraviados o auxiliarlo cuando se encontrara en dificultades (cfr. Ex 23, 4-5). Jesús lleva esta enseñanza a su plenitud cuando nos invita a hacer del amor al enemigo una expresión de nuestra semejanza con el Padre celestial.

El amor que Jesús nos propone alcanza incluso a quien nos ha hecho sufrir. Esto significa que nuestra disposición a procurar el bien de los demás no debe depender exclusivamente de cómo ellos se hayan comportado con nosotros.

Si alguien nos ha perjudicado y después necesita nuestra ayuda, el Evangelio nos invita a no dejar que el resentimiento determine por completo nuestra respuesta.

Amar al enemigo no significa aprobar sus malas acciones ni considerar indiferente el daño causado. Significa que, incluso cuando una persona ha obrado contra nosotros, no deja de ser alguien cuya vida tiene valor ante Dios.

Jesús nos llama a descubrir que el amor puede llegar hasta aquellos a quienes espontáneamente preferiríamos evitar. Y no se trata simplemente de realizar alguna acción extraordinaria para acumular méritos ante Dios.

Jesús explica la razón profunda de esta exigencia: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 45).

El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre justos e injustos. Su bondad no queda limitada a quienes se comportan correctamente o saben corresponder a sus dones.

De ahí que amar al enemigo signifique participar, de una manera especialmente exigente, en la forma de amar del propio Dios.

Podemos imaginar la alegría de un padre que descubre en su hijo una bondad semejante a la suya. Reconoce en su comportamiento algo de sí mismo, una manera de actuar que revela la relación profunda que los une.

La imagen nos ayuda a comprender lo que Jesús quiere enseñarnos: no hay mayor alegría que vivir de tal manera que nuestra forma de amar refleje el amor del Padre.

Como si Dios pudiera decirnos: «Reconozco en tu manera de amar algo de mi propio amor. Verdaderamente vives como hijo mío».

No podemos amar a Dios y despreciar al hermano

Ahora comprendemos por qué Jesús ha unido los dos mandamientos.

El primero nos invita a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. El segundo nos pide amar al prójimo, hasta el punto de extender nuestra preocupación incluso a quienes nos han hecho daño. Pero estos dos amores no pueden separarse.

La Primera Carta de san Juan lo expresa con una claridad que no deja lugar a dudas. Quien afirma amar a Dios mientras aborrece a su hermano es un mentiroso, porque no puede decir que ama al Dios invisible mientras rechaza al hermano que tiene delante. Y el apóstol concluye recordando que hemos recibido un mismo mandamiento: quien ama a Dios debe amar también a su hermano (cfr. 1 Jn 4, 20-21). Resulta difícil encontrar una formulación más precisa.

Podemos dedicar tiempo a la oración, participar en las celebraciones religiosas y esforzarnos por cumplir numerosos preceptos. Pero si nuestra vida permanece cerrada al sufrimiento de los demás, algo fundamental está fallando en nuestra relación con Dios.

El amor al prójimo no es una obligación secundaria que se añade desde fuera a nuestra fe. Pertenece a su misma esencia.

No podemos separar la relación con Dios de la manera en que tratamos a las personas que él ama.

Y aquí aparece una dimensión todavía más profunda de la enseñanza de Jesús. El amor al hermano no debe entenderse únicamente como una orden exterior que recibimos y que intentamos cumplir mediante un esfuerzo de voluntad.

Dios ha creado al ser humano a su imagen y semejanza, lo ha dotado de capacidad para conocer y amar, y lo ha llamado a participar de su propia vida.

Mediante el bautismo, además, nos hace hijos adoptivos suyos y nos concede, por la gracia, participar de la naturaleza divina (cfr. 2 Pe 1, 4).

Por eso, cuando un cristiano ama verdaderamente, está manifestando algo de la vida nueva que ha recibido del Padre.

Amar no es simplemente ejecutar una instrucción religiosa. Es permitir que nuestra condición de hijos de Dios se manifieste en nuestra manera de vivir.

Y esta capacidad de amar no está reservada exclusivamente a quienes conocen expresamente el Evangelio. Todo ser humano, creado a imagen de Dios, posee una dignidad y una vocación al amor que pueden expresarse también en gestos de extraordinaria generosidad.

No debería sorprendernos, por tanto, encontrar personas que, sin haber conocido a Jesucristo, sean capaces de perdonar, ayudar a quienes las han perjudicado o realizar actos de amor verdaderamente admirables.

Sin embargo, para el creyente, el conocimiento del amor incondicional del Padre constituye una luz y una fuerza particularmente importantes.

Quien ha descubierto que Dios lo ama gratuitamente encuentra en ese amor una razón profunda para amar también cuando hacerlo resulta difícil.

Pensemos en algunas situaciones concretas. Perdonar una infidelidad matrimonial, aunque el perdón no suprima la gravedad de lo ocurrido ni resuelva por sí solo sus consecuencias, puede exigir un proceso interior extraordinariamente doloroso.

También puede resultar muy difícil procurar el bien de alguien que nos ha causado una injusticia grave, convivir pacientemente con personas que nos resultan desagradables o desprendernos de nuestros bienes para ayudar a alguien que verdaderamente los necesita.

Y todavía puede resultar más exigente cuando la persona necesitada es precisamente alguien con quien mantenemos una relación de enemistad.

En estas circunstancias experimentamos hasta qué punto nuestra capacidad de amar necesita madurar y ser sostenida.

Por eso es tan importante permanecer en contacto con el Evangelio. Cuanto más conocemos a Jesucristo y contemplamos su manera de amar, más profundamente podemos comprender lo que significa vivir como hijos del Padre.

Su Palabra nos ayuda a superar aquellas resistencias que, abandonados únicamente a nuestras fuerzas, encontraríamos mucho más difíciles de vencer.   

«De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»

Jesús concluye su respuesta con una afirmación que recoge el sentido de todo cuanto ha enseñado: «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». El verbo griego utilizado por Mateo merece especial atención. Es κρέμαται (krématai), forma del verbo κρεμάννυμι (kremánnymi), que significa «colgar», «estar suspendido» o «depender de algo».

La imagen resulta extraordinariamente expresiva. Pensemos en un gancho firmemente sujeto a una pared, del que cuelga un objeto. Todo su peso descansa sobre aquel punto de apoyo. Si desaparece el gancho que lo sostiene, el objeto cae.

Pues bien, Jesús utiliza una imagen semejante para explicar la relación entre los dos mandamientos del amor y el conjunto de la revelación bíblica.

Cuando habla de «la Ley y los Profetas», se está refiriendo al conjunto de las Escrituras de Israel. Y afirma que toda esa enseñanza encuentra en el amor a Dios y al prójimo su fundamento y su criterio de comprensión.

Los numerosos preceptos, las enseñanzas religiosas y las exhortaciones de los profetas no constituyen una acumulación de obligaciones independientes, cada una con sentido por sí sola. Deben comprenderse desde aquello que las sostiene y les da unidad.

Toda la Escritura encuentra su sentido más profundo en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Esto no significa que Jesús esté declarando inútiles los demás mandamientos. Está mostrando el principio desde el cual deben ser interpretados y vividos.

Si una práctica religiosa nos aleja del amor a Dios o nos lleva a despreciar al hermano, necesitamos preguntarnos si estamos comprendiendo verdaderamente su sentido.

Y si una interpretación de la Ley termina impidiéndonos reconocer la misericordia, la bondad y la justicia que Dios desea, quizá estemos perdiendo de vista aquello que debería sostener toda nuestra vida religiosa.

La respuesta de Jesús posee, por tanto, una profundidad mucho mayor de la que sus adversarios esperaban.

Ellos habían preparado una discusión sobre el mandamiento principal con la intención de encontrar algún motivo para acusarlo. Jesús, en cambio, les ha mostrado el fundamento sobre el que descansa la totalidad de la revelación.

No ha entrado en la trampa que le habían tendido. Ha llevado la conversación hasta el corazón mismo de la relación entre Dios y el ser humano.  

La paradoja final:

rechazar a Jesús creyendo defender a Dios

Mateo no recoge una respuesta de los fariseos a estas palabras de Jesús. No nos dice qué pensaron, qué sintieron ni cómo reaccionaron interiormente después de escuchar aquella explicación.

Sin embargo, los acontecimientos posteriores nos muestran que la oposición contra Jesús continuó creciendo.

Y aquí encontramos una paradoja profundamente dolorosa.

Jesús ha intentado mostrar a sus adversarios el verdadero rostro de Dios, invitándolos a descubrir una relación fundada en el amor y no en el miedo. Ha recordado las Escrituras que ellos conocen y ha puesto ante sus ojos la unidad inseparable entre el amor al Señor y el amor al prójimo.

Pero quienes permanecen aferrados a una imagen de Dios centrada en la imposición de los preceptos y en el castigo de las transgresiones pueden llegar a considerar sus palabras una amenaza contra la verdadera religión.

De este modo, algunos de quienes se oponían a Jesús terminarán convencidos de que combatirlo es una manera de defender la causa de Dios.

Ahí reside el carácter trágico de aquella incomprensión: el celo religioso puede llegar a enfrentarse con la revelación de Dios cuando no se deja iluminar por el amor que Dios mismo manifiesta.

Los adversarios de Jesús creen conocer al Señor y defender su voluntad. Sin embargo, tienen delante a aquel que les está mostrando plenamente el rostro del Padre y no consiguen reconocerlo.

Su oposición acabará formando parte de los acontecimientos que conducirán a Jesús hasta la condena y la cruz. Y así, la controversia que había comenzado con una pregunta sobre el mandamiento más importante termina situándonos ante una cuestión decisiva para nuestra propia fe: ¿qué imagen de Dios estamos dejando que oriente nuestra vida religiosa?

Porque también nosotros podemos conocer los mandamientos, defender nuestras tradiciones y considerar sinceramente que estamos actuando por fidelidad al Señor. Pero necesitamos permitir que Jesucristo ilumine continuamente nuestra manera de comprender a Dios.

Solo así podremos descubrir que toda nuestra vida cristiana está llamada a encontrar su unidad en aquellos dos mandamientos que Jesús ha declarado inseparables: amar a Dios con todo nuestro ser y amar al prójimo con el mismo amor que hemos recibido de él.


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