domingo, 26 de mayo de 2019
Domingo VI del Tiempo Pascual, ciclo C
domingo, 12 de mayo de 2019
domingo, 5 de mayo de 2019
FELIZ DÍA DE LA MADRE
Homilía del Domingo III de Pascua, ciclo C
Homilía del Domingo Tercero del Tiempo Pascual, Ciclo
C
Cuando
una persona importante deposita en uno una gran confianza duele mucho no estar a la altura de las
circunstancias. Uno no quiere defraudarle. Lo mismo que le pasó a Pedro,
nos pasa a nosotros. Pedro, al contrario que en la Pasión que negó al Señor y
salió fuera al zagual donde oyó cantar al gallo (Cfr. Mc 14, 68) contrasta con
ese ‘atarse la túnica y echarse al agua’ para salir al encuentro de Jesucristo.
Pedro
tenía ganas de echarse a los pies del Maestro para pedirle perdón con lágrimas
en los ojos. Seguramente tendría una gran congoja en la garganta que le estaría
oprimiendo desde entonces. Sin embargo Pedro puede salir corriendo al encuentro
del Maestro gracias al discípulo amado
que descubre que ese hombre que estaba en la orilla era el Señor. Aquel que
dejándose llevar por el Espíritu de Dios alcanza la finura en el trato con las
cosas del Señor es capaz de animar en la fe a sus hermanos.
Nosotros,
al igual que el pueblo de Israel, estamos llamados a poseer la tierra
prometida, la herencia eterna. Sin embargo el camino no es sencillo, está lleno
de dificultades y de importantes luchas. Cuenta la Palabra que Dios habló a
Moisés diciéndole que tomaran posesión de esa tierra que el mismo Señor les
había dado. Y nos sigue diciendo la Palabra (Dt 1, 19-46) que los israelitas
dijeron a Moisés hombres que explorasen la tierra para informar del camino por
dónde tenían que subir y de las ciudades donde iban a entrar. Ellos fueron a
inspeccionarlo y les entró gran miedo porque los enemigos eran muy grandes y
corpulentos, con ciudades amuralladas y fortificadas hasta el cielo. Les entró
el miedo y empezaron a murmurar contra Dios acusándole de quererlos aniquilar
en manos de tan feroces enemigos. A lo que el pueblo empezó a desobedecer a
Dios y esto causó la ira de Dios. Solamente permanecieron fieles al Señor dos
personas, Caleb y Josué, los cuales entraron en la tierra prometida con la
generación futura. Y eso que Moisés decía al pueblo: «El
Señor, vuestro Dios que os precede, combatirá por vosotros, como hizo ante
vuestros mismos ojos en Egipto» (Dt 1, 30). El Discípulo Amado nos dice a cada uno «es el Señor», Él nos precede.
Dios
nos precede en la batalla y combate a nuestro lado. Le decimos que con
Él iremos a todas partes, pero le damos
calabazas cuando las cosas nos dan miedo o nos generan problemas e incomodidades
o persecución a causa de la Palabra.
El discípulo amado
cuando dijo a Pedro que «es el Señor» le dice y nos dice que Jesucristo está a nuestro lado luchando con
nosotros, que nos precede en la batalla.
Y Pedro, que tenía una espina clavada por haberle negado tres veces -y en esa
espina todos estamos retratados-, sale
corriendo al encuentro de Jesús. Ese fue su modo de pedirle perdón al Maestro
ya que aún lloraba amargamente por su traición. A lo que Cristo, llama a Pedro para hacerle un escrutinio, para escrutar su corazón y el nuestro:
Saber que le amamos incondicionalmente aunque, desgraciadamente, ese
incondicionalmente no da mucho de sí. Pedro siguió al Maestro con la conciencia
clara de su propia fragilidad; pero esta conciencia no le desalentó, pues sabía
que podía contar con la presencia del Resucitado a su lado, ya que Cristo le precede, va por delante en la
lucha.
Ya quedó muy lejos ese ingenio entusiasmo de la
adhesión inicial, pasando por la experiencia dolorosa de la
negación y el llanto de la conversión. Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amar.
Y así también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de toda nuestra
debilidad y de nuestra poca capacidad de amarle.
5 de mayo de
2019
miércoles, 1 de mayo de 2019
Mes de Mayo, mes de la Virgen
domingo, 28 de abril de 2019
Domingo II de Pascua
domingo, 21 de abril de 2019
sábado, 20 de abril de 2019
Homilía del Domingo de Resurrección
Homilía del Domingo de Resurrección
La
resurrección de Jesús es el hecho histórico en el que Dios confiere la Vida a quien ha vivido la propia vida gastándola
por los demás. Es la ratificación de la vida como amor y entrega y la
condenación de la vida como poder, dominación, placer o aturdimiento,
expresiones del pecado. De todos modos ya el Señor nos lo avisó, y te acordarás,
cuando nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su
vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mí, la encontrará»
(Mt 16, 24-25). La pregunta básica que uno se hace es, ¿cómo estoy yo gastando
mi vida por Cristo?
Dios
no abandona al justo más de tres días. Recordemos al profeta Oseas cuando nos
dice: «En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos
levantará y viviremos en su presencia»
(Os 6,2). O cuando Jonás estuvo en el vientre del pez: «El
Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del
pez tres días y tres noches» (Jon 2,1). En Jesucristo,
resucitado al tercer día aparece cumplida la esperanza de salvación de los
profetas. De una situación totalmente desesperada y sin salida posible que es
la muerte se afirma la fidelidad de Dios
y el poder de Dios devolviendo la vida a su Hijo y aquellos a quienes
sigan a su Hijo.
La
esperanza de Daniel y de los Macabeos se ha cumplido. El profeta Daniel, cuya
etimología significa Dios juzga, en aquellos tiempos de angustia cuando estaban
bajo la dominación seleúcida de Antíoco III y Antíoco IV y más concretamente a
la persecución desencadenada por éste último, dice estas palabras: «En aquel tiempo surgirá Miguel,
el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no
hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén
escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el
polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza,
para el castigo eterno» (Dn 12, 1-2). Y la esperanza de los Macabeos se cumple
cuando aquella madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir
a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el
Señor (2 Mac 7,9-39). Con la resurrección de Jesucristo, vivida en una comunidad
de hermanos que se aman hasta la muerte, ha comenzado el final de los tiempos.
Ha comenzado la Nueva Creación.
La fe de Abraham
halla su cumplimiento pleno; la liberación de Egipto, a través del paso del Mar
Rojo, se queda en pálida figura del paso de la muerte a la vida de Cristo
resucitado y de sus discípulos renacidos en las aguas del bautismo. El nuevo
corazón, con un espíritu nuevo, que anhelaron los profetas, se difunde como herencia
de Cristo muerto y resucitado entre sus discípulos, que comen su cuerpo y beben
su sangre, sellando con Él la nueva y eterna alianza.
El
apóstol, y todo discípulo de Cristo, vive
en su vida el misterio pascual, manifestando
en la muerte de los acontecimientos de su historia la fuerza de la resurrección.
Vive con los ojos en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios,
buscando las cosas de allá arriba y no las de la tierra (Col 3,1-2).
Domingo de
Resurrección, 21 de abril de 2019
Roberto García
Villumbrales
Labels: homilías,
homilías
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