martes, 4 de octubre de 2016
sábado, 1 de octubre de 2016
Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
HOMILÍA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO,
CICLO C
Hermanos, seamos claros. Lo que
predomina ahora en nuestros tiempos es el no tener experiencia religiosa. De
este modo no estamos siendo afectados, ni transformados por Dios. Es como si
dentro del mundo de la iglesia, de lo religioso se hubiese instalado el virus del agnosticismo que ha infectado el modo
de entender la vida cristiana. Es un virus peculiar, cuyo modus operandi es reconocer la
existencia de Dios, e incluso tener mucha información acerca de Dios, pero se
queda en eso, en la esfera del conocimiento. De un conocimiento, de oídas, que cuando
'lo necesitamos' vamos tirando de él o acudimos por diversos motivos.
Los cristianos vivimos nuestra fe como
dislocados. Por una parte creemos en Dios y en Jesucristo y queremos vivir en
conformidad con esta fe; pero por otra parte vivimos dentro de una cultura
nueva, sometidos a planteamientos que están brotando desde visiones ateas de la
realidad y que poco a poco se nos van imponiendo y formando parte del ambiente
que vamos respirando y aceptando como normal. Estamos inmersos en un gélido
invierno, donde las temperaturas son extremadamente bajas. Las consistente
placas de hielo, la humedad de la niebla, los montones acumulados de nieve
compacta es el caldo de cultivo y el escenario perfecto para que los
planteamientos ateos y algunos agnósticos campen a sus anchas. Por coherencia a
nosotros mismos, por fidelidad a nuestra fe, por amor a nuestros hermanos
tenemos que enfrentarnos con la tarea inmensa de acomodar de nuevo las
características de nuestra cultura a la fe.
Si un niño que va creciendo y ante
las diversas cosas que le van pasando en su vida -desde el ejemplo de actuar
creyente de sus padres desde la bendición de la mesa hasta el modo de cómo
terminan solucionando entre ellos los acalorados enfados- y ante los desafíos
que se le van planteando en el colegio, con los amigos, con lo que ve y escucha,
va teniendo a alguien que le ofrece una palabra de fe que ilumine eso que está
viviendo y descubriendo en ese momento, irá adquiriendo esa capacidad de captar
la presencia de Dios.
El profeta Habacuc estaba viviendo
en una época muy difícil. Resulta que con el rey Joaquín se instala en el
pueblo un periodo de injusticia e iniquidad. Que es tanto como decir que esos
ciudadanos, aún sabiendo que Dios existía, actuaban con un agnosticismo
práctico. El hecho de que exista Dios no es algo que ni me quite el sueño ni me
lo deje de quitar. Es como si todo el pueblo judío estuviese sumergido por esa
capa sólida y blanca de nieve y hielo de la que antes he hecho referencia. Y el
profeta Habacuc se impacienta, le pregunta a Dios «¿Hasta
cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?». Lo mismo le
pasó a Job y al mismo Abrahán que se impacientaban por los largos silencios
mantenidos por Dios. Recordemos a Job, hombre rico, con tierras, ganados,
familia, con buena salud y de la noche a la mañana todo lo pierde. Y para
remate fiesta, los que eran sus amigos metiéndose con él para que renegase de
su fe. No olvidemos a nuestro Abrahán, que escucha la Palabra de Dios que le
dice que saliese de su tierra y de su parentela para ir a la tierra que Dios le
indicaría. Imaginaros a Saray, su mujer, molesta con Abrahán porque había oído
una voz que le dijo que saliese de Ur de los Caldeos y que fuera a un lugar que
ni el mismo Abrahán sabía. Me la imagino manifestando abiertamente su enfado a
su esposo y dándole la paliza con quejas todo el día. Y el pobre Abrahán, con
paciencia, soportándolo. Pero después de
esos silencios, los cuales parecen eternos, Dios termina actuando. Esos
tiempos de silencio son necesarios, lo mismo que es necesario el tiempo de
cocción en el horno para hacer las hogazas de pan o el tiempo para que de la
simiente salga la espiga con el fruto granado.
Ser
fieles en mitad de la tormenta de la adversidad. Hay una imagen que se me
quedó grabada en la mente cuando ocurrió la desgracia del tsunami de aquel 26
de diciembre de 2004, en aquellas playas paradisiacas. Cómo la gente trepaba
por los árboles y se agarraban con todas sus fuerzas para no ser arrancados y
arrastrados por la violencia del mar. Cristo nos llama a que seamos fuertes
para permanecer en medio de la fuerte tempestad. Por eso es muy importante que,
en medio de toda dificultad a la hora de vivir en cristiano las diversos
aspectos de nuestra vida recordemos las palabras que San Pablo escribió a
Timoteo: «Aviva el fuego de la gracia de Dios que
recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu
cobarde, sino un espíritu de energía, amor y bien juicio. No tengas miedo de
dar la cara por nuestro Señor Jesucristo y por mí, su prisionero.(…). Ten
delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor
cristiano». Aferrémonos a la cruz de Cristo, ni se nos ocurra el soltarnos de ella, y Dios ya se procurará de mantener las fuerzas
de aquellos que hemos hecho la opción de estar con Él.
Lecturas:
Lectura del
Profeta Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
Sal 94,
1-2. 6-7. 8-9 R. Escucharemos tu voz, Señor.
Lectura de
la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14
Lectura
del santo Evangelio según San Lucas 17, 5-10
2 de octubre de 2016
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sábado, 24 de septiembre de 2016
Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Hay actores de series o de
películas de televisión, que interpretan tan bien su papel que son conocidos
por su nombre artístico antes que por el suyo propio. Se meten tanto en su
personaje llegando a crear como una realidad paralela. Introduciéndose como una
burbuja donde se ve como normal una realidad sacada y montada en la misma
mentira. Se piensa, se siente, se actúa, se ama como lo hace el personaje de
ficción llegando a dar por auténtico al inventado. Esto mismo nos pasa a cada
de nosotros.
El Demonio, que conoce
nuestros puntos débiles, puede llegar a pervertir nuestro entendimiento de las
cosas y de la propia realidad. Estoy totalmente seguro que de tener conciencia
los árboles, si preguntásemos a un árbol totalmente inclinado si está recto,
mirando hacia el cielo, no dudaría en decirnos que él es el más alto de todos y
que siente en su copa, como el primero y en primicia, las brisas del amanecer y
los primeros rayos del sol. Y es tontería llevarle la contraria, es tanto como
darse cabezazos con las paredes, porque se cerrará totalmente en sí mismo. Es
el famoso ‘no es no’ o ‘¿qué parte del ‘no’ no entiende usted?’,
popularizado por un político de nuestros tiempos. Y llevarle la contraria es
estar de mal humor todo el día. El rico Epulón estaría totalmente seguro de que
obraba correctamente. Se creía tanto el papel del personaje que tenía que
interpretar que se fusionó con él. Epulón
hizo un acto de voluntad consciente y deliberada, poniendo en juego todo su entendimiento,
voluntad y libertad para fusionarse, ser uno con ese personaje. Es verdad
que vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día, pero eso formaba parte
de lo cotidiano, era lo que tocaba hacer en ese momento.
El rico Epulón como el
árbol totalmente torcido no dudarían en afirmarnos que personas mejores que
ellos sería prácticamente imposible encontrarlas. Un pasaje del Nuevo Testamento
nos cuenta cómo los discípulos, estando a solas con Jesús le preguntaron que
por qué ellos no pudieron expulsar a ese espíritu maligno que poseía a esa
persona. A lo que Jesucristo les contestó que esta clase de demonios no pueden
ser expulsada sino con oración. (cf. Mc 9,28-29).
El mendigo, Lázaro, estaba
echado en el portal del rico, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo
que caía de la mesa del rico. Lázaro, al estar ahí, de ese modo, estaba
cuestionando constantemente al rico. Lázaro
estaba como aquel que intenta convencer a alguien y termina dándose cabezazos
con la pared, sin conseguir nada. Por eso el rico, estando en el infierno,
en medio de los tormentos gritaba a Abrahán a lo que Abrahán le respondió, que
si querían evitar los hermanos de Epulón ir al infierno tenían que escuchar a Moisés y a los profetas. Cristo dijo: «Esta clase de demonios no puede ser expulsada
sino con oración».
¿Y por qué Abrahán le
contestó así al rico Epulón? Lo hizo porque sólo la Palabra de Dios tiene poder
exorcizante para poder llegar a conocer la auténtica verdad
de las cosas y de nuestro ser.
Sólo Cristo tiene el poder ya que Él es el KYRIOS, el SEÑOR.
Epulón era ese personaje
que estaba tan identificado con su papel de rico que se había fusionado de tal
manera que había olvidado la auténtica verdad de las cosas. Había llevado a
cabo conscientemente un borrado de mente para
olvidarse que él era un peregrino por
este mundo hacia la Patria
del Cielo. Como nos dice el profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión,
confiados en la montaña de Samaría!». La vida le sonreía, tenía todo
lo que una persona deseaba, en palabras del profeta Amós «se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan
en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo (...) beben
vino en elegantes copas, se ungen con los mejores aceites, pero no se conmueven
para nada por la ruina de la casa de José ». Lo único que podía
salvar al rico Epulón lo tenía muy cerca, pero no escuchaba, no hacía caso. Lo
único con capacidad de exorcizarlo y hacer
que su persona se pudiera
liberar del personaje que libremente interpretaba era la Palabra de Dios. La Palabra de Dios le hubiera
puesto ante su cara la verdad de su existencia. Hubiera visto anticipadamente
el infierno que le esperaba si seguía por esas sendas de perdición. Epulón
rechazó la fuerza sanadora de la Palabra. Y
de hecho, incluso estando siendo torturado en el infierno, ante las palabras
sabias de Abrahán que le dice «Tienen a Moisés y a
los profetas: que los escuchen», y de ese modo evitar que los
hermanos de Epulón fueran a parar a aquel lugar de tormentos, el mismo Epulón sigue rechazando la fuerza
de la Palabra
de Dios, tal y como lo hizo en su vida mortal. Por eso le replica a Abrahán
«No, padre
Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán ». A lo que Abrahán, ante la soberbia y el
desprecio culpable que siente el rico por la Palabra de Dios, dicta sentencia: «Si no escuchan a
Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto».
Cada vez que nos acercamos
a la Palabra
de Dios se van aflojando nuestras ataduras porque reconocemos cuales son
nuestros pecados, dónde reside la falsedad en nuestra vida y nos urge la conversión
y la pronta reparación.
Lecturas:
Am 6, 1a. 4-7
Sal 145
1 Tim 6,11-16
Lc 16, 19-31
Domingo XXVI del Tiempo Ordinario,
ciclo C, 25 de septiembre de 2016
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sábado, 17 de septiembre de 2016
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XXV DEL TIEMPO
ORDINARIO, CICLO C
Hermanos, les tengo que reconocer
que las lecturas de hoy me han quedado como 'fuera de juego'. Me han
descolocado totalmente. Para poderme hacer entender les voy a poner un ejemplo,
con todas mis torpezas. No hace mucho estaba en la casa de una familia,
comiendo, y los niños estaban todo entretenidos, sentados en la moqueta,
jugando con la consola. Se trataba de aquellos juegos en los que uno debe de ir
superando diversos niveles, en los cuales la dificultad van aumentando. Normalmente
te suelen dar tres vidas, las cuales puedes ir gastando y recuperando hasta que
llegas al último nivel. Y uno llega, y si llega, con muy poca vida. A todo esto
hay que sumar que es ahora, al final, cuando uno tiene que enfrentarse con el
malo malísimo, con el villano de los villanos. Con muy poca vida y además haciendo
frente al mayor de los desafíos que uno se tiene que hacer frente en todo el juego.
Por este motivo uno ha de 'devanarse los sesos', buscar estrategias adecuadas
para luchar contra él.
Muchas veces confundimos, aun sin
pretenderlo, este tipo de juegos con nuestra vida cristiana. Vamos superando
pantalla a pantalla, nivel a nivel y damos por conseguido y superado todas las
etapas o niveles que hemos traspasado ya. Es que resulta que en la vida real no
disponemos de tres vidas como en los video juegos, sino únicamente tenemos una.
Y durante cada nivel nos vamos encontrando con pruebas duras, pero es que al
final nos encontramos con toda la crudeza y comportamientos retorcidos y
crueles del malo malísimo, de Satanás. Satanás no va a escatimar ni medios ni
esfuerzos para confundirnos y para atraparnos. Algunos son atrapados por las
redes de las riquezas. Y si tienen que robar para conseguirlo, lo hacen sin
problema: «Disminuís la medida, aumentáis
el precio,
usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo». Esto nos lo recordaba la Palabra del profeta Amos. Lo que pasa es que a veces no queremos escuchar porque no lo sentimos como necesario porque creemos que esto ya lo tenemos superado, pero no es así. Y atención, que si nos comportamos sin hacer caso a los avisos que nos hace la Palabra puede ser que estemos atrapados por la red tendida por Satanás. El administrador injusto de la parábola de hoy sabía muy bien lo que hacía. Él se conocía todos los trucos; él había traspasado una infinidad de pantallas o de niveles en su particular juego; se conocía al dedillo donde estaban las trapas para poder sortearlas pero su vida se fundaba en la mentira. Su ser no estaba formado de roca sólida sino de arenisca, y la mentira en sí misma no se puede mantener, se desploma, se desintegra, se vaporiza.
usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo». Esto nos lo recordaba la Palabra del profeta Amos. Lo que pasa es que a veces no queremos escuchar porque no lo sentimos como necesario porque creemos que esto ya lo tenemos superado, pero no es así. Y atención, que si nos comportamos sin hacer caso a los avisos que nos hace la Palabra puede ser que estemos atrapados por la red tendida por Satanás. El administrador injusto de la parábola de hoy sabía muy bien lo que hacía. Él se conocía todos los trucos; él había traspasado una infinidad de pantallas o de niveles en su particular juego; se conocía al dedillo donde estaban las trapas para poder sortearlas pero su vida se fundaba en la mentira. Su ser no estaba formado de roca sólida sino de arenisca, y la mentira en sí misma no se puede mantener, se desploma, se desintegra, se vaporiza.
En la vida cristiana no funcionamos,
como por ejemplo, como las esclusas del Canal de Castilla, que de una se va
pasando a otra y a otra, y la que está pasada ya está superada. Podemos
encontrarnos con catequistas, presbíteros o incluso obispos que se supone que están
o estamos por delante en la vida cristiana, pero que 'hacemos aguas' en muchas
cosas. Me he encontrado a personas con ciertos años que me comentan que
determinados pecados ya no les afectan porque son cosa de jóvenes. Que eso es
algo superado para ellos. Que eso ya no les afecta. Y claro está, están
totalmente engañados. Un bautizado que ha recorrido una etapa importante como
cristiano, y que se supone que ha ido descubriendo mucho más que otros, debería
de brotar de su alma muchos ecos y palabras sinceras tan pronto como la Palabra
de Dios fuese escuchada por sus oídos y calentase su corazón. Y si esto no
ocurre ¿no será porque nos creemos que tenemos superadas etapas anteriores
cuando lo que pasa en realidad es que no somos capaces de reconocer nuestras
importantes lagunas espirituales?
De ahí que cuanto más
responsabilidad o más recorrido se haya realizado en la vida cristiana mayores dosis
de humildad se han de tener porque de gloriarnos sólo nos hemos de gloriar en
el Señor. En palabras de San Pablo: «En
cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo y yo un crucificado para el mundo!» (Gal 6, 14).
Lo importante y fundamental es lo
que nos dice San Pablo: «He combatido
bien mi combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda
recibir la corona de la salvación, que aquel día me dará el Señor, juez justo,
y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida
gloriosa» (2 Tim 4, 7-8).
Lecturas:
Lectura del Profeta Amós 8, 4-7
Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8 R. Alabad al Señor, que
ensalza al pobre.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a
Timoteo 2, 1-8
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 16, 1-13
18
de septiembre de 2016
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domingo, 11 de septiembre de 2016
Homilía del Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo c
DOMINGO XXIV
DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
En
los numerosos estudios de los científicos sobre la evolución de la especie
humana y de los animales nos cuentan que un elemento clave para la
supervivencia de las especies fue la adaptación ante los importantes desafíos e
inclemencias de fenómenos atmosféricos, desastres naturales, escasez de comida
y de bebida, etc. Muchas especies han desaparecido de la faz de la Tierra y conocemos de su
existencia por los fósiles que se encuentran en numerosos estudios de investigación.
Sin
embargo nosotros, los hombres, siempre hemos tenido a Alguien con mayúsculas
que siempre ha velado por nosotros.
Su mano todopoderosa nos protegía para que ningún mal fuera tan poderoso como
para borrar nuestras huellas de la faz de esta tierra. Ya el salmo 70 nos lo
recuerda en éste precioso versículo: «En
el vientre materno ya me apoyaba en tí, en el seno tú me sostenías, siempre he
confiado en tí». Fíjense en la belleza de esta frase: «En el seno tú me sostenías». Antes de poder hacer yo
algo, cuando era un feto, un niño gestándose en el seno materno, ya recibíamos
dosis infinitas de amor de Dios sosteniéndonos.
El hombre al intuir la
existencia de algo sobrenatural empezó a darse cuenta que no estaba allí solo.
Los hombres salían a cazar y muchos no volvían y esos cuerpos no eran arrojados
a los animales, sino que esos cadáveres eran tratados de un modo muy especial.
Hombres y mujeres se unían y fruto de esas uniones nacían sus hijos, surgía una
nueva vida. Una nueva vida que año tras año se iba desplegando como si fuera un
abanico. Los siglos fueron pasando y la especie humana fue evolucionando. No
fue nada fácil, ya que éramos como esos grandes y frágiles navíos de la época
de los piratas que ante el mar embravecido y las tormentas violentas amenazaban
constantemente con hundirse en el fondo del océano. Sin embargo no se
hundieron, porque Dios estaba constantemente velando por nosotros. «Todos aguardan a que les eches la comida a
su tiempo; se las echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan; les
retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los
creas, y repueblas la faz de la tierra» reza el salmo 103.
Los hombres somos libres y
podemos hacer lo que consideremos más oportuno. Podemos pervertirnos, como se
pervirtió el pueblo hebreo recién sacado de Egipto por el mismo Dios. Además el
Señor dice a Moisés: «Pronto se han
desviado del camino que yo les había señalado». No han tardado en
adentrarse en el océano del pecado, que siempre está siendo agitado por el
violento oleaje, con el altísimo riesgo de hallar en el océano su propia tumba.
‘No han tardado en darme la espalda’, dice el Señor. Y como una madre, en medio
de la noche, que espera que sus hijos regresen a casa, está pendiente, en vela
–aunque esté muerta de cansancio. Tal y como nos enseña el salmo, si el Señor nos retira su aliento, morimos
y volvemos a ser polvo. De ahí que Él permanezca siendo fiel a la alianza
de amor, aunque nosotros lo hayamos despreciado. De ahí que el Padre de la
parábola saliera todos los días con la esperanza de ver regresar a ese hijo
pródigo. Nos dice el Evangelio: «Cuando
todavía estaba lejos, su padre lo vio y
se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo
cubrió de besos».
Dios tiene un proyecto
precioso con cada uno: Crear en nosotros un corazón puro, renovarnos por dentro
con espíritu firme; tal y como reza el salmo responsorial de hoy.
Adquirir
ese espíritu puro y esa renovación por dentro con espíritu firme no se alcanza
de la noche a la mañana. Es un proceso largo y muy costoso, donde muchas veces se dan más retrocesos
que avances. Sin embargo el Señor tolera determinadas cosas –no las quiere,
ni tampoco las desea-, pero las tolera para que el alma vaya madurando en el
amor. Cuando uno pasea por la calle y ve a un joven tirado borracho por la
calle, siente lástima por el estado de cómo está esa persona. Pero si ese joven
es tu hermano, o tu hermana de sangre, o tu primo o tus sobrinos... ya no
sientes lástima sino que un sentimiento de pena y dolor profundo invade tu
corazón. Ese dolor profundo y constante es el que sufre Dios con cada uno de
nosotros cuando pecamos. Por eso es de agradecer que San Pedro, en su segunda
carta, nos aliente recordándonos «que la
paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación» (2 Pe 3,15).
Bellísimas
son las palabras de San Pablo en su carta a Timoteo: «Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero;
pero por eso precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en
el que Cristo Jesús mostrase toda su
paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer
en Él y tener vida eterna».
Lecturas: Éx 32, 7-11. 13-14
Sal
50
1
Tim 1, 12-17
Lc
15, 1-32
11 de septiembre de 2016
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viernes, 9 de septiembre de 2016
Homilía del funeral del señor Crisanto
HOMILÍA DEL FUNERAL DEL SEÑOR
CRISANTO
El padre de la Hna. Magdalena, Abancay - + 7 de septiembre de 2016 -
9 de septiembre de 2016
(A la Hna. Magdalena y a su familia acompañando en
su dolor ante el Sagrario)
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sábado, 3 de septiembre de 2016
Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
DOMINGO XXIII DEL TIEMPO
ORDINARIO, CICLO C
Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-19
Sal 89, 3-4 5-6. 12-13. 14 y 17 R. Señor, tú has
sido nuestro refugio de generación en generación.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a Filemón
9b-10. 12-17
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 14,
25-33
San Pablo en su escrito a Filemón
está mostrando una calidad tanto humana como cristiana altísima. Resulta que
Onésimo, que es el esclavo de Filemón, se ha escapado: un esclavo que se ha
fugado de la casa de su amo. En aquel contexto social donde la esclavitud era
lo normal, esto estaba penado incluso con la pena de muerte. Filemón, el amo de
este esclavo, es cristiano. Y San Pablo le ofrece luz para que pueda discernir
el proceder de un seguidor de Cristo ante un suceso de tal gravedad. Es como si
San Pablo, mediante este escrito, ofreciese unas dosis de sabiduría cristina a
Filemón.
Por de pronto el mismo Pablo se
presenta como encarcelado, como prisionero de Cristo Jesús. No se presenta con
las credenciales de 'apóstol', sino como prisionero. Resulta que Filemón está
buscando a un esclavo y el mismo Pablo se presenta como esclavo, como
prisionero. Ante esto Filemón perfectamente puede pensar: ¿Cómo es que San
Pablo se pone al mismo nivel de un esclavo? En principio el esclavo es un ser
que vale menos que una persona libre y del cual se puede usar de él para
obtener unos fines. Y San Pablo le dice que Cristo ha llamado a la fe a
Onésimo, a ese esclavo, y que ahora es cristiano. Un esclavo que además es
cristiano. Las cosas se le complican a Filemón porque se ha dado cuenta cómo Cristo ha entrado en escena y las cosas ya no
pueden ser como antes. Estoy seguro que Filemón sería un buen amo, comedido,
moderado con el esclavo. Pero el mandamiento del amor de Cristo «de amaros como yo os he amado» parecía
que no incluía a los esclavos. Y si Cristo ha entrado en escena las cosas
tienen que cambiar, las relaciones humanas se han de purificar, en una palabra,
que hay aspectos serios donde uno tiene que ser claro para reconocer nuestra
incoherencia y ponernos manos a la obra
para convertirnos.
Y San Pablo, que es un buen maestro,
sabe por experiencia que si a una persona 'le fuerzas a que tome una decisión'
te dirá que sí, pero a la larga es un 'no'. Lo que interesa es que Filemón descubra en este acontecimiento de
la fuga de su esclavo un paso del Señor en su propia vida. Cómo Cristo ha
dejado una huella en la vida de Filemón. Por eso, para no forzar la situación,
el mismo Pablo le dice «pero no he
querido hacer nada sin contar contigo». San Pablo lo hace para destacar que
la conversión supone un acto firme y constante de la voluntad.
Recordemos que Filemón no era
cualquier cristiano, sino que en su casa se reunían para rezar, por lo que él
estaba manifestando su fe públicamente. Pero en el momento en que Filemón acoge
de nuevo a Onésimo y le acoge haciendo caso a las palabras de San Pablo «recíbelo como si fuera yo mismo» entra
en escena unos modos de proceder totalmente nuevos que irán probando si esa
conversión sale adelante o 'se vuelve a las andadas'.
Y respecto a 'volver a las andadas'
Jesucristo es muy claro en el evangelio de hoy: «Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta
primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede
acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: Este hombre empezó
a construir y no ha sido capaz de acabar». Es que resulta que cuando uno
quiere vivir su vida matrimonial, como novios, como solteros siendo cristianos,
o sea edificar su vida en Cristo, es muy costoso, que hay que cargar con la
propia cruz y a esta cruz no se le puede poner unas ruedas en la base para
manejarlo con soltura. Sino que el Señor
nos avisa diciéndonos que nuestra conversión es frágil e inestable. Y que
si iniciado ese proceso de conversión 'tiramos la toalla' nos la liamos.
Fijaros lo que nos dice la Sagrada Escritura: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares
áridos, en busca de reposo; pero, al no encontrarlo, piensa: 'Me volveré a mi
casa de donde salí'. Pero resulta que, al llegar, la encuentra barrida y en
orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se
instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio»
(Lc 11, 24-26). Por eso no podemos 'tirar la toalla', no podemos hacer un acto
de voluntad aportándonos de Dios justificándonos que nos pide cosas difíciles o
imposibles, sino seguir adelante apoyados en la fe y unidos los hermanos en el
amor.
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jueves, 1 de septiembre de 2016
Enseñar al que no sabe es una obra de misericordia
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Discernimiento cristiano
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