jueves, 1 de septiembre de 2016
Enseñar al que no sabe es una obra de misericordia
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Discernimiento cristiano
sábado, 27 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XXII
DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C 28 de agosto de 2016
En
los grandes acontecimientos sociales los invitados distinguidos por su edad o
posición social llegan ordinariamente los últimos. Y como algunos, además de
llegar los últimos vienen confusos pues tiene que ocupar los lugares que aún
quedan o sea los últimos. Resulta significativo que Jesucristo diga esto a los
judíos de su tiempo, sobre todo a los fariseos y entendidos en la Ley , cuando ya en el Antiguo
Testamento –en concreto en Proverbios 25, 6-7, - tienen una exhortación a ocupar voluntariamente el lugar más bajo. Entonces
¿por qué no hacen caso a la
Palabra de Dios y siguen deseando destacar sobre los demás? Esta
cita del libro de los Proverbios nos instruye con estas sabias palabras: «No te atribuyas honor delante del rey y no
te coloques en el lugar de los grandes. Pues es mejor que se te diga: «Sube
aquí», que verte humillado ante el rey». Jesús critica el comportamiento
orgulloso y el orgullo conduce a la caída. Hay una frase que me resultó
edificante y la quiero compartir. Una mujer pregunta a un hombre: «¿Qué haces? »-
a lo que el hombre le contesta: «Mato a mi orgullo». –La mujer extrañada de la
respuesta sigue preguntando: « ¿Y para qué? »- A lo que el hombre le dice: «Para
decirte que me haces falta».
Santa
Teresa de Jesús ya nos dice que «la
humildad es la verdad». El humilde ve las cosas como son, lo bueno como
bueno y lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece
una visión más correcta de la realidad. Además la soberbia y el orgullo lo
infectan todo. No le importa dejar en mal lugar a los demás para quedar él
bien. Y esto le vale hasta que “se encuentra con la horma de su zapato” y le
coloca en su puesto ‘poniéndole todos los puntos sobre las ies’.
Es
interesante esta Palabra, entre otras cosas, por lo actual que es. En cada
comienzo de legislatura siempre solemos tener el típico revuelo: el reparto de
escaños en el Congreso en España. Lo que parece interesar son los lugares
estratégicos donde las cámaras de televisión suele enfocar. Y claro, los
escaños del fondo nadie los quiere porque ‘no se les ve’. O de aquellos que
haciendo uso del cargo relevante que ostentan saben obtener su propio provecho,
sin deparar en las consecuencias que sus malas acciones puedan ocasionar. Muchos
no sirven, sino que se sirven del cargo. Conocía a varios señores que se
encargaban de adjudicar las diferentes tipos de obras públicas a empresas, y
milagrosamente todas las navidades estos señores recibían unas cestas navideñas
y unos jamones de pata negra exquisitos. Y sospechosamente cambiaban de coche
de una gama alta a otra aún mejor. Estos señores se pensaban que se lo
regalaban porque tenían mucha amistad con ellos y porque ellos eran los mejores
de todas las personas conocidas. Lo curioso es que tan pronto como dejaron el
cargo, los jamones y todo desapareció. Que es tanto como decirles: «Haga el
favor de quitarse de ese lugar que no le corresponde y vaya donde realmente
usted tiene que estar».
La
gente entendida en economía suelen decir que el valor del dinero, originalmente
estaba respaldado por una cantidad de oro. Eso implicaba que los gobiernos
tenían que tener reservas de oro bajo custodia porque literalmente cualquier
ciudadano podía ir a un banco y reclamar oro por su efectivo. Esto ha ido
evolucionando y actualmente el valor del dinero surge a partir del aval y la
certificación de la entidad emisora, como el Banco Central. Por lo tanto lo que
avala el valor de ese billete o monedas que llevamos encima es la entidad
emisora. Si la entidad emisora no lo avalase, no garantizase ese valor,
tendríamos un papel o un trozo de metal inservible. Si el Señor me dice «cédele
el puesto a éste» me está dejando muy claro que no valgo tanto como yo
me pensaba. Uno se tenía por muy valioso, una persona muy necesaria e
imprescindible y resulta que Jesucristo, que es precisamente aquel que me avala en mi valor, me manda a ocupar
el último puesto. Ésto es una señal de
advertencia escatológica que apunta directamente al banquete celestial.
Supongamos
que hemos leído una novela de intriga policíaca, con asesino y víctimas
incluidas. Al leerlo conocemos los personajes, la intriga, el suspense creado,
las mentiras que se han ido entrelazando para ocultar la verdad del asesinato, etc.
Si esa novela la llevan al cine, jugamos con mucha ventaja, porque conocemos al
asesino desde el minuto primero. Nosotros ante los hombres podemos aparentar o
escenificar lo que queramos, pero es que el Señor se conoce de sobra la novela
de nuestra vida y a Dios no se le puede engañar.
Sólo
aquel que ante Dios renuncia a su propia justicia, ha demostrado ser humilde
confiando en el Señor y ha servido como un esclavo para propagar el Evangelio
de palabra y obra será el que pueda escuchar aquellas palabras salidas de los
labios del Maestro: «Amigo, sube más arriba».
Lecturas: Eclo 3, 17-20.28-29; Sal 67; Heb
12,18-19.22-24a; Lc 14,1.7-14
28
de agosto de 2016
capillaargaray.blogspot.com
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sábado, 20 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XXI DEL TIEMPO
ORDINARIO CICLO C
Lectura del Profeta Isaías 66, 18-21
Sal 116, 1. 2 R. Id al mundo entero y predicad el
Evangelio
Lectura de la carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13
Lectura del santo evangelio según San Lucas 13,
22-30
Esto de 'la puerta estrecha' no nos
suena muy bien. Cualquier persona normal si tiene dos puertas por donde entrar,
lo normal es que entre por la puerta grande, no entra por la puerta estrecha
que le cuesta más trabajo. Es algo que se entiende como lógico y como lo más
sensato. Uno entra por la puerta grande, donde hay amplitud, no te chocas
contra nada, podemos entrar varios a la vez sin problema. En cambio si vas a
atravesar por una puerta estrecha tienes que tener cuidado en no darte con la
cabeza y no rozarte con las jambas de esa puerta, además te genera una sensación
de agobio, de incomodidad. Uno entra por el Pórtico de la Gloria de la Catedral
de Santiago de Compostela y uno se encuentra bien a gusto porque hay espacio y mucha belleza. Es
que uno entra mejor por puerta amplias y espaciosas.
Pero atención hermanos, esto no nos
lo dice el Señor para fastidiar, como si se tratase de esos dioses paganos que
decían que 'tú necesitas pasar por una serie de pruebas antes de acercarte a
mí'. Los dioses paganos ponían requisitos muy exigentes a los hombres para que
únicamente pudieran estar ante su presencia. Debían de pasar una serie de
pruebas, sacrificios y muchas ofrendas para purificarse y así presentarse ante
esos dioses paganos. Imagínense que para estar ante esos dioses uno tuviera que
pasar por las numerosas pruebas de iniciación para poder entrar en una de esas hermandades
o fraternidades universitarias que nos retratan las películas americanas. Aquí la
imaginación es muy amplia. Claro, pero esta idea de ese tipo de dios es algo
dañino. Porque te va probando tanto y va 'dándote tantas largas', que te va
mostrando que no te quiere. Sólo quiere saber si eres fiel, pero no te quiere. Va
probando tu corazón a fuego, pero no te quiere.
¿Entonces qué quiere decirnos el Señor con
esto de la puerta estrecha? Que todas
las cosas referidas con lo humano requieren esfuerzo. Ya nos lo dice el
libro de los Proverbios: «Todo esfuerzo
tiene recompensa» (Prov 14, 23). Todo esfuerzo da su fruto. En la oración
que rezamos al Espíritu Santo le decimos: «Por
tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito». Cualquier cosa que
quieras en tu vida como valiosa te requerirá esfuerzo. Y esfuerzo a todos los
niveles; afectivo, intelectual y de voluntad. Pensemos en un deportista
profesional, las horas de entrenamiento, el régimen de comidas, la privación de
muchas cosas para poder conseguir la ansiada medalla. O en la pareja de novios,
en la vida matrimonial donde se dan días de sol pero también de buenos nubarrones,
donde se han de 'poner las manos a la obra' y esforzarse para ir dando
respuesta a la voluntad que Dios tiene para ellos. Todo requiere esfuerzo. Esto es la puerta
angosta.
Me viene a la mente una conversación
que tuve con un amigo ya hace tiempo. Él estaba estudiando segundo curso de
derecho civil y me contaba que si le ofrecían ya el título como licenciado, él
no lo iba a aceptar. Porque lo que él buscaba era adentrarse en el estudio para
descubrir la razón de porqué el legislador dictó esa norma, que se consiguió
con ella. Como si cogiera el bisturí y empezara a diseccionar, analizar para
conocerlo en profundidad. Y esto me conmovió porque me dije: 'Esta es una
persona de verdad'. Porque qué fácil es
sentir el barniz de las cosas: sabes un poquito de música, un poquito de
historia, un poquito de aquello y de lo otro. Un poco de barniz de fe: reza un
Padre Nuestro; Un poco de barniz de amor: Tu ama un poco; Un poquito de aquello
y de lo otro. Y terminas siendo una
persona que no ha entregado su vida a nadie. Tienes muchas cosas pero
'pilladas por los pelos', porque no has entrado por la puerta angosta.
La vida es mucho más que lo que
produce en un embarazo. Las mujeres que han sido madres cuando estaban
embarazas se han enterado de poco. Me explico: se han ido enterando del
embarazo por las consecuencias que llevan en sí, los vómitos, te cambia el
talante, te sientes mareada a veces…Pero lo que ocurre dentro del vientre de la
madre es un misterio tan grande que surge por sí solo. Esto no nos vale para la
vida de un cristiano, porque las cosas
de Dios no suceden sin contar conmigo. En el embarazo las cosas 'vienen
dadas a la madre'. La madre siente las consecuencias de ese embarazo. Pero en
las cosas de Dios no funciona automáticamente, implica una colaboración activa
con Dios.
Esta sociedad nuestra está ideada de
tal modo para que uno no se mueva, para que no haga ni el más mínimo esfuerzo y
así estés preso de la atención de lo que te están ofreciendo.
Y en este entrar por 'la puerta
estrecha' los hermanos tienen un cometido muy importante. Los demás tienen el
cometido de ayudarme para que yo permita dejar paso a Dios en mi vida. Por eso
la Carta a los Hebreos nos dice: «Aceptad
la corrección, porque Dios os trata como a hijos». De esta manera el entendimiento, la
afectividad y la voluntad se ponen a colaborar estrechamente con la gracia
divina, entonces Dios ha entrado en ti de una forma nueva y podamos
experimentar lo que con tan bellas palabras nos lo recita San Juan de la Cruz:
«¡Cuán
manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!
Y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras».
(Llama
de amor viva, canción 4)
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DOMINGO XXI DEL TIEMPO
ORDINARIO CICLO C
Lectura del Profeta Isaías 66, 18-21
Sal 116, 1. 2 R. Id al mundo entero y predicad el
Evangelio
Lectura de la carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13
Lectura del santo evangelio según San Lucas 13,
22-30
Esto de 'la puerta estrecha' no nos
suena muy bien. Cualquier persona normal si tiene dos puertas por donde entrar,
lo normal es que entre por la puerta grande, no entra por la puerta estrecha
que le cuesta más trabajo. Es algo que se entiende como lógico y como lo más
sensato. Uno entra por la puerta grande, donde hay amplitud, no te chocas
contra nada, podemos entrar varios a la vez sin problema. En cambio si vas a
atravesar por una puerta estrecha tienes que tener cuidado en no darte con la
cabeza y no rozarte con las jambas de esa puerta, además te genera una sensación
de agobio, de incomodidad. Uno entra por el Pórtico de la Gloria de la Catedral
de Santiago de Compostela y uno se encuentra bien a gusto porque hay espacio y mucha belleza. Es
que uno entra mejor por puerta amplias y espaciosas.
Pero atención hermanos, esto no nos
lo dice el Señor para fastidiar, como si se tratase de esos dioses paganos que
decían que 'tú necesitas pasar por una serie de pruebas antes de acercarte a
mí'. Los dioses paganos ponían requisitos muy exigentes a los hombres para que
únicamente pudieran estar ante su presencia. Debían de pasar una serie de
pruebas, sacrificios y muchas ofrendas para purificarse y así presentarse ante
esos dioses paganos. Imagínense que para estar ante esos dioses uno tuviera que
pasar por las numerosas pruebas de iniciación para poder entrar en una de esas hermandades
o fraternidades universitarias que nos retratan las películas americanas. Aquí la
imaginación es muy amplia. Claro, pero esta idea de ese tipo de dios es algo
dañino. Porque te va probando tanto y va 'dándote tantas largas', que te va
mostrando que no te quiere. Sólo quiere saber si eres fiel, pero no te quiere. Va
probando tu corazón a fuego, pero no te quiere.
¿Entonces qué quiere decirnos el Señor con
esto de la puerta estrecha? Que todas
las cosas referidas con lo humano requieren esfuerzo. Ya nos lo dice el
libro de los Proverbios: «Todo esfuerzo
tiene recompensa» (Prov 14, 23). Todo esfuerzo da su fruto. En la oración
que rezamos al Espíritu Santo le decimos: «Por
tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito». Cualquier cosa que
quieras en tu vida como valiosa te requerirá esfuerzo. Y esfuerzo a todos los
niveles; afectivo, intelectual y de voluntad. Pensemos en un deportista
profesional, las horas de entrenamiento, el régimen de comidas, la privación de
muchas cosas para poder conseguir la ansiada medalla. O en la pareja de novios,
en la vida matrimonial donde se dan días de sol pero también de buenos nubarrones,
donde se han de 'poner las manos a la obra' y esforzarse para ir dando
respuesta a la voluntad que Dios tiene para ellos. Todo requiere esfuerzo. Esto es la puerta
angosta.
Me viene a la mente una conversación
que tuve con un amigo ya hace tiempo. Él estaba estudiando segundo curso de
derecho civil y me contaba que si le ofrecían ya el título como licenciado, él
no lo iba a aceptar. Porque lo que él buscaba era adentrarse en el estudio para
descubrir la razón de porqué el legislador dictó esa norma, que se consiguió
con ella. Como si cogiera el bisturí y empezara a diseccionar, analizar para
conocerlo en profundidad. Y esto me conmovió porque me dije: 'Esta es una
persona de verdad'. Porque qué fácil es
sentir el barniz de las cosas: sabes un poquito de música, un poquito de
historia, un poquito de aquello y de lo otro. Un poco de barniz de fe: reza un
Padre Nuestro; Un poco de barniz de amor: Tu ama un poco; Un poquito de aquello
y de lo otro. Y terminas siendo una
persona que no ha entregado su vida a nadie. Tienes muchas cosas pero
'pilladas por los pelos', porque no has entrado por la puerta angosta.
La vida es mucho más que lo que
produce en un embarazo. Las mujeres que han sido madres cuando estaban
embarazas se han enterado de poco. Me explico: se han ido enterando del
embarazo por las consecuencias que llevan en sí, los vómitos, te cambia el
talante, te sientes mareada a veces…Pero lo que ocurre dentro del vientre de la
madre es un misterio tan grande que surge por sí solo. Esto no nos vale para la
vida de un cristiano, porque las cosas
de Dios no suceden sin contar conmigo. En el embarazo las cosas 'vienen
dadas a la madre'. La madre siente las consecuencias de ese embarazo. Pero en
las cosas de Dios no funciona automáticamente, implica una colaboración activa
con Dios.
Esta sociedad nuestra está ideada de
tal modo para que uno no se mueva, para que no haga ni el más mínimo esfuerzo y
así estés preso de la atención de lo que te están ofreciendo.
Y en este entrar por 'la puerta
estrecha' los hermanos tienen un cometido muy importante. Los demás tienen el
cometido de ayudarme para que yo permita dejar paso a Dios en mi vida. Por eso
la Carta a los Hebreos nos dice: «Aceptad
la corrección, porque Dios os trata como a hijos». De esta manera el entendimiento, la
afectividad y la voluntad se ponen a colaborar estrechamente con la gracia
divina, entonces Dios ha entrado en ti de una forma nueva y podamos
experimentar lo que con tan bellas palabras nos lo recita San Juan de la Cruz:
«¡Cuán
manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!
Y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras».
(Llama
de amor viva, canción 4)
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domingo, 14 de agosto de 2016
Homilía de la Asunción de la Virgen María 2016
LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN
MARÍA 15 de agosto de 2016
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Virgen María
sábado, 13 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo C
DOMINGO
XX DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
14
agosto 2016
Hermanos, ¡estamos en guerra! Y estamos
en guerra contra Satanás y Cristo nos llama a filas para luchar en primera
línea de batalla. Satanás y sus esbirros no nos atacarán con armas de largo
alcance, ni con gases venenosos ni con artillería ligera o pesada. Nos atacará
intentándonos seducir, para que nuestra voluntad sea doblegada y caigamos
rendidos ante sus pies. Satanás no usará su traje auténtico con el tridente y
los cuernos y patas de cabra, sino que se vestirá de la manera más seductora,
atractiva y cautivadora de todas. La estrategia lo domina muy bien porque es
tan ruin y miserable que conoce todas nuestras debilidades y desde ahí ordena
su más eficaz de las ofensivas.
Estamos en guerra y los que somos del
bando de Cristo debemos de saber guiar a hombres y mujeres fuertemente
secularizados por culpa de las ideologías imperantes. Personas que son como
ovejas perdidas sin pastor viven en la ambivalencia, que viven entre preguntas existenciales
que ni siquiera quieren formularse, pues saben que la respuesta les puede
incomodar. Se actúa de tal modo que ser cristiano se reduce a una serie de
momentos puntuales que suelen tener lugar en el templo y ahí se concluye, como
una vía de tren que muere en un punto dado. En el fondo se busca la comodidad
de estar siempre al lado de la mayoría y
no el testimonio valiente que implica nadar contra corriente cuando haga falta.
No esperemos que los que tengan altos
cargos de responsabilidad en las diócesis o en las parroquias vayan a tomar la
iniciativa en esta lucha contra Satanás o bien porque carezcan de valentía o
bien porque no se crean que Cristo hace nuevas todas las cosas. Nadie es inmune
a la apatía y a la frivolidad. Todos, infinidad de veces, debemos de ir al
Sagrario a calentar el alma porque el frío reinante en el mundo nos llega a
congelar. Porque somos cobardes y tenemos que retomar las fuerzas estando con
Cristo. La iniciativa contra el mal lo
tenemos que tomar nosotros, no esperamos que los demás tomen la iniciativa,
porque seguramente no la tomen. Intensifiquemos nuestra oración, cuidemos los
detalles de amor para con el Señor y para con los hermanos, hagamos sacrificios
y mortificaciones por amor a Dios y como ayuda a aquellos que lo necesiten, en
virtud de la Comunión
de los Santos. En palabras de la
Carta a los Hebreos: «Corramos, con constancia, en la carrera que
nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia,
fijos nuestros ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (...)».
Cuando la televisión nos pone imágenes
de ciudades bombardeadas, con edificios ruinosos es cuando caemos en la cuenta
de cómo la zarpa de la guerra genera daños importantes e irreversibles. En
nuestra guerra contra el pecado no vemos imágenes de desolación pero sí que experimentamos la pérdida del
realismo y la pérdida de la humanidad. Hace unos meses UNICEF, para crear
consciencia sobre la desigualdad a la que se enfrentan los niños del mundo y
cómo eso afecta a su futuro y el de sus familias realizó un experimento social.
Una niña de unos seis años iba a aparecer mostrándose perdida y desorientada en
una gran zona de terrazas tanto de restaurantes como de cafeterías. En la
primera parte de este experimento sociológico a la niña le habían vestido muy
elegante, bien aseada, perfumada. Al principio las personas se le acercan y le
preguntan si está perdida y le hablan amorosamente. Incluso se sienta a la mesa
con los comensales, pero cuando un poco más tarde la misma niña viste distinto,
con harapos, con la cara sucia, todos la ignoran. Incluso la empujaban y las
mujeres cogían de la mano sus bolsos y algunos llamaban a los camareros para
que echasen a esa niña molesta de allí. Nos damos cuenta de cómo el mal, el pecado
gana terreno, vemos sus consecuencias, por eso es fundamental hacer una
contraofensiva.
El profeta Jeremías estaba en esta
línea de luchar ‘a brazo partido’ contra el mal. Y el profeta Jeremías desde
ese aljibe, desde ese pozo seco, repleto de lodo seguía profetizando con la
esperanza de ser oído y así incitar al pueblo a la conversión. Sabía que estar
al lado de Dios le iba a acarrear muchos pleitos, muchos problemas y un sin fin
de quebraderos de cabeza. Pero sin embargo estaba contento porque seguía al
correcto, al Dios de Israel.
Sin embargo, en esta guerra contra el
pecado debemos de recordar que el principal enemigo lo tenemos dentro: nuestra
soberbia, nuestros odios, nuestro particular pecado que nos vicia en todo lo
que hacemos, pensamos y amamos. Mi hermano tendrá la habilidad de ‘sacarme de
mis casillas’, pero es que mi hermano no es mi contrincante, sino una
oportunidad de oro para crecer y madurar en el amor. Mi contrincante es mi
pecado que no me permite ver esa oportunidad que Dios me ofrece. Satanás te
dice: «tú estas genial, es el otro el que tiene toda la culpa», y de este modo nos engaña.
Dice el Señor: «He venido a prender fuego a la
tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Sólo al lado de Cristo
podremos reponer las fuerzas, calentar con el fuego de su Espíritu Santo
nuestras almas para poder así frente en ‘nuestra pelea contra el pecado’.
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domingo, 7 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XIX
DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Sab
18, 6-9; Sal 32; Heb 11,1-2.8-19; Lc 12, 32-48
Así como nuestro organismo
se va nutriendo de los diversos alimentos que ingerimos y lo que no se digiere
se desecha, así nos sucede con la vida del alma. Los continuos encuentros que
tenemos con Jesucristo –en la
Eucaristía , en el sacramento del perdón, en la oración
personal y en comunidad, cada vez que pedimos perdón o amamos a un hermano-,
esos encuentros nutren, alimentan nuestra alma y nos permiten percibir la
presencia del Resucitado en medio de todos nosotros. Nuestra vida cristiana se nutre gracias a los encuentros con Cristo.
Es más, del mismo modo que en la vida de una pareja de novios se van marcando
como ‘hitos’, como momentos especiales, que van ofreciendo como ‘fogonazos de
luz’ para poder discernir si esa persona es o no es la adecuada para compartir
toda la vida, algo parecido sucede en el mundo del alma. Durante nuestra vida
cristiana y siempre que nos pongamos en las manos del Espíritu Santo, el Señor nos va mostrando su rostro, su
voluntad, su presencia. De tal modo que vamos adquiriendo experiencia de lo
sobrenatural. Del mismo modo que el pueblo de Israel para destacar y rememorar
la acción de Dios en un lugar concreto levantaba allí un altar para dejar
constancia de lo allí acontecido, así
Dios deja su impronta personal en cada uno.
Me
comentaban unos jóvenes que habían estado en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia que han regresado con las mochilas repletas de
experiencias de fe. Contaban cómo familias cristianas les habían acogido en
sus casas y que la hospitalidad que habían recibido les había llegado hasta el
fondo de su corazón. Estos jóvenes no entendían ni una palabra de polaco, pero se sentían profundamente unidos a
ellos porque Cristo estaba allí en medio de todo eso. Como un electroimán
cuando le das la corriente eléctrica atrae hacia sí todo los hierros, así
ocurre cuando la presencia de Cristo está en medio. Resulta que allí había jóvenes de países
enfrentados entre sí, y allí estaban ellos, mezclados, cantando, bailando,
rezando y escuchando al Papa. Me contaban algunos hermanos del Camino
Neocatecumenal que cristianos de países del continente africano y asiático
cantando las canciones del Camino y muchos hermanos europeos cantándolas y
bailándolas al reconocer el ritmo y la música; y allí todos formando un solo
cuerpo, una sola Iglesia. Esas y muchas experiencias de fe que han adquirido,
en las cuales Dios ha dejado en cada uno su impronta, su huella personal.
Sin embargo no olvidemos
lo que nos dice hoy el libro de la
Sabiduría , que
tengamos buen ánimo y que tengamos certeza en las promesas que creemos. Porque
las dificultades y la persecución por la Palabra va a aparecer por todos los frentes. Recordemos
que el ambiente que refleja el trasfondo el libro de la Sabiduría parece
identificarse con la diáspora judía en Egipto. Y allí en Egipto los judíos no
lo tuvieron nada fácil, porque se movían en otras culturas, con otras ideas,
con otra mentalidad totalmente distinta, con una cantidad de ídolos dando
vueltas por todos los lados, y cierto
clima de hostilidad y de persecución a causa de la fe. Ante esto muchos judíos
llegaron a apostatar y otros estuvieron a punto de hacerlo. Constantemente
nuestra sociedad nos invita a dejarnos seducir por el materialismo, por el
consumismo, lo sensual, lo cómodo y fácil. Nos envía eslóganes mensajes
publicitarios, etc., cuyo mensaje es que lo que tienes que hacer ‘para vivir a
tope’ es apostatar de tu fe, no tanto de
una manera oficial pero sí el apostatar
con hechos consumados.
Por eso el autor del libro de la Sabiduría alienta a los
creyentes y muestra al pueblo cómo Dios siempre provee, cómo Dios siempre
auxilia. Dios día a día provee. Y provee siempre que acudamos a Él, porque por
mucho que quiera poner un cántaro de agua debajo de un caño abundante de la
fuente como se tenga puesta la mano en la entrada del cántaro taponándolo, poca
agua entrará. Tal vez no seamos capaces de darnos cuenta en qué cosas está el
Señor proveyendo. Pero sin embargo provee. Puede suceder como cuando alguien ha
ideado y llevado a cabo un magnífico y enorme mosaico de dimensiones
gigantescas que únicamente se puede contemplar en todo su esplendor desde una
altura considerable del cielo. Cuando estás en tierra ni lo percibes, pero
cuando estás arriba te quedas asombrado de lo que tenías allá abajo, que
incluso lo estabas pisando y no te dabas
ni cuenta de ello.
Nos hace una clara
invitación para que recordemos, para que pasemos de nuevo por el corazón, para
que tiremos de esas experiencias de fe que hemos adquirido para así recobrar
fuerzas y el ánimo para avanzar hacia Cristo en nuestro particular desierto,
cuando la cosas las veamos muy difíciles y en nuestras particulares alegrías
cuando sintamos que la vida nos sonríe. Sabiendo que el mal no va a dejar de
seducirnos y que Satanás se va a esforzar en ganarnos para su causa.
Tengamos
presentes las palabras de Cristo: «Tened encendidas las lámparas». Una llamada
a la vigilancia. Las lámparas de las que nos habla el texto evangélico no son
de modo alguno candiles de arcilla, ni tampoco faroles, sino antorchas: son
palos en cuya parte superior se han arrollado trapos o estopa impregnados en
aceite. Esto supone un mayor trabajo y más aceite de la cuenta. Y hay que esperar
con las antorchas llameantes, ya que la llama no puede encenderse tan
rápidamente. Es preciso preparar las antorchas, quitar de los trapos los restos
carbonizados y volverlos a rociar de aceite para que ardan de nuevo con viva
luz. El aceite, o sea la vigilancia, el
estar en tensión de amor hacia Cristo no es improvisa de la noche a la mañana,
es un proceso paulatino y constante... se trata de esos miles de encuentros
diarios con el Señor que permiten que, como si fuera una hoguera madero tras
madero, rama tras rama y tronco tras tronco, sea siempre alimentada para que en
ningún momento se apague.
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lunes, 1 de agosto de 2016
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