domingo, 14 de abril de 2013

Homilía del Domingo Tercero de Pascua, ciclo c



DOMINGO III DE PASCUA, ciclo c, HECHOS DE LOS APÓSTOLES 5, 27 b-32. 40b-41; SALMO 29 ; APOCALIPSIS 5, 11-14; SAN JUAN 21. 1-19

            Realmente hermanos, la alegría que da el saber que todo –alegrías, tristezas, enfermedades y disgustos- va a terminar bien. Me genera serenidad y gozo espiritual saber que soy y somos propiedad de Dios. La vida no es mía, es de Cristo que por mí murió y recitó y que Dios Padre le ha constituido Señor, Kyrios, de vivos y muertos. Ya no vivo para mí, sino por aquel que nos compró nuestra salvación al precio de su sangre.

            San Juan al escribir la Apocalipsis desea levantar y afianzar la moral de los cristianos ante las duras persecuciones tan violentas contra la Iglesia. Estaban siendo diezmados y en esas circunstancias tan sangrientas el Espíritu Santo inspira a San Juan para escribir el Apocalipsis y así revelar a todos el gran regalo que Dios concede a los que le son fieles. Hoy San Juan nos relata un texto bellísimo. Es como si plasmase en un gran lienzo aquello a lo que estamos llamados a ser. Con esa bella pintura nos anticipa aquello que nos espera. Los ángeles, los miles y millares de personas, los ancianos, la corte celestial y el trono en donde está sentado Dios. Nosotros conocemos a Dios porque viendo a Jesucristo ya conocemos al Padre y al Santo Espíritu. Y cuando uno sabe –con certeza y sin la más mínima duda- que es eso lo que nos espera –el abrazo tierno y misericordioso de Dios- no hay nada que pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Ni la desnudez, ni el hambre, ni la muerte, ni la persecución, ni el sufrimiento por anunciarle…nada nos separará del amor de Dios. Por eso los Apóstoles estamos contentos de ser castigados por anunciar a Jesucristo, ya que de ese modo dieron testimonio de su amor por Él.

            Sin embargo la salvación no es para unos pocos. No se trata de un ‘coto’ cerrado. La salvación es universal y todos están llamados a poder gozar contemplando el rostro de Dios. Pero ¿cómo van a creer si nadie les anuncia?¿cómo van a amar a Jesucristo si nadie se les presenta? Nuestra vida está llamada a ser aroma de Cristo, para que aquellos que nos vean puedan conocer al Señor. Como la vela que se consume ante el Sagrario así nuestra vida se ha de consumir ante la presencia de Jesucristo para que el mundo pueda creer y los hombres anden por las sendas del Evangelio que conduce a la Vida Eterna. Por eso cuando Jesús –sin que los apóstoles supieran en ese momento que era Jesús- les mandó que volviesen a lanzar la red a la derecha de la barca para pescar llegaron a capturar tantos peces que casi no podían sacarlos y la red no se rompió. Lo nuestro es hacer apostolado, es ser evangelizadores, es llevar a las máximas almas ante la presencia de Jesucristo. Para que cuando llegue el tiempo –y el que lo dispone es Dios- podamos leer una nueva reedición del Apocalipsis donde esté escrito: «Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles; eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y entre ellos Iván, Sheila, Patricia, María, Juan Carlos, Sandra, Ángel, Felisa, Sebastiana -la vecina del quinto-, Jacinto -el vendedor de la prensa-, tú y yo …etc., que decían con voz potente: -- Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y en ese ‘particular lienzo’ que nos ha pintado San Juan en su texto podamos estar todos allí disfrutando gozosos en la Gloria.

            Los cazadores cuando van a cazar liebres con los perros saben que todos sus animales van corriendo tras la presa. Las dificultades aparecen porque la liebre se lo pone complicado a los perros ya que cualquier matorral o escondrijo se bueno para poder despistarlos. Pasado un tiempo la mayoría de los perros desisten y se olvidan de perseguir a la liebre. Únicamente unos pocos perros la persiguen y consiguen alcanzarla. Esos pocos perros han sido los que habían visto a la presa, el resto sólo seguían a la manada. Nosotros hemos visto a Cristo y tenemos experiencia de Él –en la Eucaristía, en los demás sacramentos, en la Palabra Divina y Revelada- por eso no desistimos en seguir tras sus pasos.

            Mientras tanto hagamos caso a la invitación que nos hace el Señor y esa invitación es: ¡Sígueme!


 

domingo, 7 de abril de 2013

FAMILIAS MISIONERAS Semana Santa 2013 en Cevico de la Torre



Homilía del Segundo Domingo de Pascua, ciclo c



DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA, ciclo c
            Hermanos, les voy a decir una cosa con toda la claridad: aquellos que no han experimentado el rechazo por parte de la gente por seguir al Maestro aún no han sido testigos de Cristo en el mundo. Vivir como cristiano y ser rechazado por este mundo son cosas que van de la mano. Nosotros estamos en el mundo pero no pertenecemos al mundo; somos propiedad de Uno que por nosotros murió y por nosotros resucitó. Hemos nacido del espíritu y aunque tenemos carne estamos destinados a alzar la mirada hacia los bienes de allá arriba donde está sentado Jesucristo a la diestra de Dios Padre.
            En la segunda lectura nos encontramos a San Juan desterrado en la isla de Patmos por anunciar a Jesucristo. San Juan al conocer al Señor ha descubierto una experiencia tan bella que le ha enriquecido de tal modo que se alegra de estar desterrado y sufriendo tribulación por el Señor, porque está tan enamorado y agradecido a Cristo que todo, absolutamente todo, adquiere pleno sentido en Él. Hoy por hoy, el hecho de llevar una cruz colgada al pecho en un instituto o tener como marca páginas de un libro una estampita religiosa es causa suficiente para que te vean como ‘bicho raro’. El hecho de no salir de fiesta para beber y beber simplemente porque uno no quiere que la imagen de Dios en él no se emborrone y dañarse con el abuso del alcohol es causa más que suficiente para que te marginen y se rían de ti a la cara porque ya eres ‘raro’. El hecho de ponerse en camino para seguir descubriendo lo que Jesucristo desea de uno ya genera, de por sí, una ruptura con hábitos y modos de entender la vida que –aunque antes `se daba de patadas con nuestra fe’- uno lo entendía como normal sin serlo. Lo curioso de todo esto es que como la inercia del pecado tiene tanta fuerza aquel que hace una opción seria por Cristo tiene que estar siempre vigilante y en alerta bien aferrado a la cruz del Maestro y con los ojos llorosos por sufrir en sus propias carnes la incomprensión y el rechazo de aquellos que antes consideraba de ‘los cercanos’. Estoy convencido que estas personas –que van experimentando en sus carnes este particular ‘destierro’ - se sentirán identificados con la vivencia de San Juan en la isla de Patmos. Lo curioso de todo esto es que, cuando uno adquiere ese don de estar cerca de Dios no lo desea dejar, porque descubre una luz tan potente en su vida de la que no desea verse privado en ningún instante de su existencia. Descubre como Cristo te ha puesto en movimiento para regenerarte internamente, para salvarte y te va mostrando su cariño a la vez que te va forjando el carácter para permanecer, con mayor entereza, en la Verdad, en el amor, en la plenitud.
            Hermanos, los Hechos de los Apóstoles nos cuenta cómo la gente sacaba a los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra por lo menos, cayera sobre alguno de ellos. Nosotros tenemos algo más grandioso que la sombra de Pedro, gozamos de la Palabra de Dios que como agua empapa la tierra, la hace fecunda para que posteriormente pueda dar el fruto deseado. La Palabra de Dios, junto con los sacramentos, son nuestros alimentos para fortalecer nuestras rodillas vacilantes y para alzar nuestra mirada sabiendo que la fuerza viene de lo alto. Que la paz de Jesucristo recaiga sobre nosotros.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Homilía del Domingo de Pascua de Resurrección del Señor, 2013



DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, 2013 HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10, 34 a.37-43; SALMO 117; SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3, 1-4; SAN JUAN 20, 1-9
            Si les preguntase ¿qué experiencia tienen ustedes de Dios? realmente les pondría en un aprieto. Porque  ¿quién es Dios para ti?, ¿quién es Jesucristo para ti? Es cierto que sabemos que es el Salvador, el Hijo de Dios... pero ¿cómo ha marcado Jesucristo en tu persona? ¿Cristo ha dejado una huella en tí? Si yo afirmo que soy creyente y que creo ¿en qué me baso para hacer tal afirmación? También ustedes me podrían preguntar: Tú que eres presbítero ¿Qué experiencia tienes de Jesucristo?, y para dar respuesta a esa cuestión me debo de remitir a mi trato frecuente de amistad con Él.
            Realmente se dan muchos niveles de trato: desde ese momento que tienes que compartir el ascensor con un vecino o con el que te encuentras por la calle y le saludas porque ‘le conoces de vista’, pasando por aquellos espacios que se comparte en la escuela, el instituto, la universidad o en cualquier asociación hasta llegar a un nivel de trato que deja de llamarse así para ser amistad auténtica y verdadera.
            Que cada uno se pregunte qué valor tiene para su propia vida el verdadero conocimiento de Dios y de Jesús. La llamada de Jesucristo está en el origen de tu matrimonio, de tu vida consagrada, de tu vocación de servicio hacia los demás; esta llamada del Señor está en el origen del camino que el hombre ha de recorrer en la vida. Desde el momento en que Cristo te entrega a ese novio o a esa novia, a un esposo o a una esposa, a unos hijos, a una comunidad… se inicia un camino que dura hasta la muerte y que es todo un itinerario «vocacional». Por lo tanto, ni yo ni nadie, podrá dar respuesta a este itinerario «vocacional» si uno «vive pasa sí mismo» en lugar de vivir para Jesucristo. San Pablo nos lo recuerda con gran claridad: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios».
Ahora bien ¿cómo sé yo si estoy buscando «los bienes de allá arriba» o me estoy buscando a mí mismo? La respuesta es fácil de responder, valga ésto a modo de ejemplo: La policía de investigación criminal suele emplear un producto químico llamado ‘Luminol’ que produce una reacción que detecta la existencia de sangre. Pues usemos nuestro particular ‘Luminol’ para detectar la existencia de egoísmo en nuestra vida y por lo tanto de la ausencia de Dios. Vertamos un poco nuestra particular sustancia utilizando preguntas de este estilo: ¿realmente considero que he adquirido un nivel de formación cristiana más que adecuado?¿me preocupo de mi formación en la vida cristiana?; a lo largo del año ¿cuántas veces me confieso?, ¿cuántas veces asisto a la Eucaristía?¿cuántas veces a lo largo del día rezo?; en el modo de estar en mi hogar ¿cómo influye mi ser cristiano en la formación y educación de mis hijos?; en la convivencia con mi esposo o con mi esposa ¿me dejo orientar por las aportaciones de Jesucristo?; si soy un adolescente o joven ¿estoy cayendo en la cuenta de lo complicado que es seguir y ser fiel a Jesucristo o simplemente ya no me planteo en cristiano nada porque mi vida espiritual está –desde hace tiempo- congelada? Una de las graves dificultades que podemos estar sufriendo es que nos hemos acostumbrado a poner ‘el listón’ de nuestra vida cristiana tan bajo que casi no tenemos ni que levantar los pies para saltarlo y nos podemos sentir como violentados cuando alguien nos invita a levantar mencionado listón. Y en realidad cuando uno se relaciona con las personas –y a mayor tiempo mayor conocimiento- a poco uno se percata de dónde tiene colocado esa persona el listón en su vida cristiana, si ‘a ras de suelo’ o a una altura ya interesante. Hermanos, dice San Pablo « vuestra vida está con Cristo escondida en Dios», que eso sea realidad en cada uno de nosotros para dar respuesta a la vocación que Cristo Resucitado nos ha entregado. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

lunes, 25 de marzo de 2013

Homilía de la Vigilia Pascual 2013



VIGILIA PASCUAL 2013
            Dice San Pablo que «ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación» (1 Cor 1,21). Esta epístola de San Pablo remitida a la comunidad de los corintos estaba escrita en griego y no empleó el término «predicación» sino el término «Kerigma». Por lo tanto decir que «Dios quiso salvar al mundo a través de la escucha del Kerigma» es más fiel al sentido de las palabras de San Pablo. Pero ¿qué quiere decir el término «Kerigma»? La palabra  «Kerigma» significa ‘anuncio de buena noticia’.
Dios ha venido a salvar al mundo a través de una noticia. ¿Qué noticia? Yo no estoy ahora aquí –celebrando la Vigilia Pascual- simplemente porque ‘toca’. Yo estoy aquí porque tengo que darles una GRAN NOTICIA, «la noticia», «el Kerigma». Estoy aquí porque vuestra salvación depende del anuncio del Kerigma. Por lo tanto, si yo como presbítero les traigo el Kerigma les estoy trayendo AHORA la salvación.
En la segunda carta de San Pablo a los Corintios dice que «Cristo ha muerto por todos». ¿Y por qué ha muerto por todos?, ha muerto por nosotros para que todos los que viven ya no vivan más para sí. Según San Pablo, Cristo ha muerto para que el hombre ya no viva más para sí, sino que viva para Aquel que ha muerto y resucitado por él. Cristo ha muerto por ti, ¡sí por ti!, el que ahora está sentado en los bancos de esta Iglesia escuchándome y por un servidor que intenta ser fiel al Señor. ¡Por ti y por mí ha muerto Jesucristo! para que dejemos de vivir para nosotros mismos y empecemos a vivir para Él, que por nosotros murió y resucitó. Y esto no me lo invento yo; lo dice San Pablo.
Escuchemos la epístola segunda de San Pablo a los Corintios: «Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, para que no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocemos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 14-20) PALABRA DE DIOS.
Hermanos, es el Espíritu Santo el que nos ordena internamente conduciéndonos para que vivamos por Cristo y para Cristo. Hay que dejar actuar al Santo Espíritu de Dios en nuestra vida particular. ¿Y cuándo vamos a dejar actuar al Santo Espíritu de Dios? La respuesta es AHORA. San Pablo nos exhorta diciendo: «Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Cor 6,2b). ¡Es ahora cuando hay que vivir por Cristo y para Cristo… ahora! Seamos como embajadores de Cristo, y el mundo cuando nos vea esté viendo a Cristo, ¡porque somos sus embajadores! ¡Reconcíliate con Cristo!¡Reconcíliate con Dios! San Pablo es muy claro: «El que está en Cristo es una nueva creación» y continúa diciéndonos «y como colaboradores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2 Cor 6,1). Esa gracia de Dios llega hasta ti en cada instante de tu vida, por eso es AHORA cuando has de acogerlo. Atención, tengamos en cuenta que según San Pablo aquellos hombres que vivan para sí están como condenados.
¿Qué significa vivir para sí?¿por qué vivir para sí es una cosa mala y terrible? Dense cuenta que todos vivimos para nosotros mismos. ¡En todo buscamos nuestra felicidad!, por eso los muchachos van a la universidad, tienen su novia, estudian, trabajan…en todo buscamos nuestra felicidad. ¡Todos vivimos para nosotros!. Se dice mucho que ‘lo que no hagas por ti nadie lo hará por ti’. Todos vivimos para nosotros mismos en cierto sentido. Ahora bien, Cristo ha muerto para que el hombre no viva más para sí.
Y ¿para qué el hombre vive para sí? Es que resulta que el pecado original que habita en nuestra carne nos obliga a vivir para nosotros mismos. Y dice San Pablo en la epístola a los Romanos en el capítulo siete nos dice «porque no logro entender lo que hago, pues lo que quiero no lo hago; y en cambio lo que detesto lo hago (…). Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero». San Pablo dice que conoce dentro de su mente la verdad, pero descubre dentro de sí algo que le obliga a hacer algo que no quiere hacer. Ahora bien, si hago yo lo que no quiero ¿quién internamente me está como forzando y obligando a hacer ese mal?. San Pablo da respuesta: El pecado que habita en mi carne, o sea, el pecado original.
Y ¿qué significa el pecado original?. Pues dicen que el Demonio ha engañado al hombre e invita al hombre a no depender de Dios y a vivir para sí mismo la vida. Que cada cual viva para sí mismo y cada cual sea su propio dios. De tal modo que todos los hombres de la humanidad vivan así: HACIENDO SU PROPIA VOLUNTAD, no la voluntad del Creador, sino la voluntad de la criatura. De tal manera que MI PROPIA FELICIDAD es la columna maestra de toda la existencia del hombre empecatado, de modo que los hombres buscan en la vida SU PROPIA FELICIDAD.
Cuando el Demonio le dice a Eva: «¿Cómo es que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» (Gn 3, 1b). O sea, ¿cómo es que Dios no os permite comer de ningún árbol del paraíso?. Sabemos que el Demonio ya ha lanzado su veneno con esa pregunta, aparentemente inocente. A lo que Eva le responde: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio». O sea, podemos comer de todos los árboles menos de uno. Pero el Demonio ya ha lanzado su veneno. El Demonio imparte la siguiente catequesis malévola: Dios te ha puesto una prohibición y por lo tanto es como si todo estuviese prohibido. El Demonio es un genio engañando. Y el Demonio te dice: «No seas esclavo de Dios porque todo te lo prohíbe». Y Eva dice a la serpiente que de ese fruto no se puede comer porque moriremos. Y el Demonio dice a Eva que no van a morir, que lo que les ha dicho Dios es mentira, que ellos no morirán. Sino que Dios sabe muy bien que cuando tú comas de ese fruto tendrás una experiencia del mal. De tal modo que conocerás el bien, conocerás el mal. Y no tendrás necesidad de que nadie te enseñe nada: Serás dios de ti mismo, conociendo el bien y el mal serás dios de ti mismo. Y viendo Eva esta nueva experiencia descubre que no tiene que ser como un niño ante Dios, que no tiene por qué obedecer como un infantil a lo que Dios le está diciendo, que no le da la gana de obedecer, porque descubre que es hermoso lo que el Demonio la está planteando. Eva comió y dio de comer a su marido. Pero hermanos recordemos que Dios ha dicho que como consecuencia del pecado morirán. El Demonio les ha lanzado su veneno, su mentira y ha sido introducido dentro de Eva y Adam. En cambio lo que les dijo Dios era cierto, que el hombre morirá, que el hombre experimentará la muerte.
¿Qué muerte?¿Qué tipo de muerte experimenta? No se para el corazón, no es la muerte clínica. El tipo de muerte que habla Dios es la muerte óntica, la muerte del ser, la muerte de la raíz de la persona. Existimos porque Alguien nos ha dado el SER, por Alguno que nos AMA. Pero el Demonio nos ha dicho que Dios no existe, que es celoso, que es un monstruo y nos invita a enfrentarnos con Dios y ser nosotros nuestros propios dioses: Es entonces nuestro ser está muerto. Y como consecuencia de estar muertos surge la amargura ante las preguntas fundamentales de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿quién me ha creado?¿qué rol tengo en la vida?¿cuál es el sentido de mi existencia? Por eso cuando Cristo dice «deja a los muertos que entierren a sus muertos, ve tú conmigo a anunciar el Reino» (Lc 9,60).
 Por el pecado original que el hombre tiene en su propia carne vive de tal modo que está como condenado a vivir para sí mismo. Y como el hombre vive como si fuera su propio dios quiere que el mundo sea como él quiere. Que la familia sea como uno quiere, que el mundo sea como uno quiere, que la política sea como uno quiere, que el noviazgo sea como uno quiere… todo como quiere el hombre, de tal modo que sólo gire en torno a la propia felicidad. Y llega un momento que uno está totalmente insatisfecho, porque mi esposa no es como yo quiero, ni mi hijo es como yo quiero, ni mi trabajo es como yo quiero, ni la política es como yo quiero…todo queda impregnado de amargura e insatisfacción, de vacío existencial. Lo cual uno vive la vida con una gran dificultad profunda. Porque sólo busco mi propia felicidad y que todo el universo gire en torno a uno y como no es como yo deseo…¡pues no lo quiero! Y el gravísimo problema está –así como la razón de la amargura- que aunque uno se esfuerza por amar no consigue amar ni sentirse amado porque  esa persona vive para sí. En el año 2012 hubo un importante incremento de suicidios en España. Personas que tienen de todo, una esposa preciosa, unos hijos, e incluso un trabajo se quitan la vida de la noche a la mañana. Es que esa persona, aunque se haya esforzado no ama a la mujer ni se preocupa de los hijos. Pero ¿por qué no puede amar? No se cuántos de nosotros amamos de verdad, porque el pecado que hay en nuestra carne nos obliga a amarnos a nosotros mismos, a usar todo, ya sean cosas inmorales y materiales para satisfacernos a nosotros mismos y esto nos impide donarnos y eso que estamos creados a imagen de Dios. Al vivir para nosotros mismos no hay una realidad del verdadero amor, no hay verdad en el amor. Y nos dice San Pablo que conozcamos la verdad y nosotros sabemos que la verdad es amar, es donarse. Y cuando uno no vive en esa verdad llega uno a un punto que se plantea que uno no puede seguir viviendo así, porque esa vida no está en la verdad. La profunda verdad es la cruz de Cristo. El sufrimiento más profundo del hombre es uno solo; que no puede amar, sabe que el amor es la verdad pero si uno quiere hacer el bien, termina haciendo el mal. Y dice San Pablo, «quien me liberará de este cuerpo que me lleva a la muerte» y continúa diciendo «nosotros hemos de dar gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 14,57).
Cristo al morir en la cruz nos ha justificado, nos ha reconciliado con Dios Padre y enviando al Espíritu Santo ha permitido que nuestra alma sea usada como su morada; que el Espíritu more dentro de nosotros, para que nuestro corazón de piedra se cambie en uno de carne. Si Cristo no hubiese muerto, si Cristo no hubiese resucitado, si Cristo no nos hubiera enviado a su Santo Espíritu nosotros estaríamos condenados a vivir para nosotros mismos y nos veríamos privados de la verdad del amor que realmente engrandece y genera la plena felicidad. Y todo este regalo inmerecido se nos ha dado porque Dios nos ama TOTALMENTE, SIN RESERVAS. Tanto te ama que desea ser uno contigo.

domingo, 24 de marzo de 2013

Homilía del Jueves Santo 2013



JUEVES SANTO 2013, ciclo c 

            Hermanos, nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el Evangelio ha sido escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Cuando todo el mundo está pensando en disfrutar con el mínimo esfuerzo sin pensar en las consecuencias, los cristianos nos empeñamos en caminar tras las huellas de uno que nos manda amar a los enemigos, perdonar siempre, no guardar rencor y que cada cual cargue con su propia cruz. Y aún sin ver alguna aparición divina o prueba de lo sobrenatural se nos pide que toda nuestra vida sea puesta ante su presencia y que nos fiemos –sin reservas- de Él.
            Realmente vivir cristianamente en medio de nuestro mundo significa vivir alerta, tratando de discernir los elementos culturales en los que nos movemos. Implica una labor de análisis para comprobar qué cosas son compatibles o incompatibles con nuestra fe.  Alguno puede estar pensando  que «esto de la fe es algo que me coarta, me limita mi libertad personal porque yo no quiero renunciar a estas cosas, aun sabiendo que son  incompatibles con la fe» Dicho con otras palabras que soy cristiano pero no me pongo en camino de conversión porque me he acostumbrado a vivir mi cristianismo así y nadie tiene derecho a cuestionar mi forma de ser. Incluso se puede llegar a pensar «que se creía –y con firmeza-, que ser cristiano era cumplir con unas normas y asistir a unos actos concretos de piedad y culto». Los que pensaban que ser cristianos era sólo eso han llegado a creer que cumpliendo ya estaban siendo muy buenos cristianos. Por esa regla de tres –y llevando las cosas ante los hechos cotidianos-  uno podía llegar borracho a casa o maltratar a su esposa en el ámbito del hogar y presumir de ser buen cristiano por cumplir con lo establecido en la asistencia en el culto; o uno puede hablar con odio visceral contra una persona y luego aparentar ser un ser angelical dentro de la iglesia. Si el Señor pasa por nuestra vida, tal y como pasó por la tierra de Egipto, nos va a exigir coherencia porque de no ser coherentes en la fe estaremos perjudicando no solo a aquellos cristianos que se encuentren más débiles en su fe, sino a todos nosotros.
            Nuestra fe en Jesucristo necesita consolidar sus raíces para no volver a las prácticas antiguos o incompatibles con el seguimiento de Cristo y para resistir a las llamadas de un mundo a menudo hostil al Evangelio. Y para consolidar esas raíces siendo fieles a Jesucristo el mismo Señor nos ha entregado tres grandes regalos en este Jueves Santo: el Orden del Presbiterado, la Eucaristía y el mandamiento del amor. El presbítero entregando su vida por anunciar a Cristo trabaja para que todos vayan adquiriendo esa experiencia de Dios que va dando sentido sobrenatural a la persona, celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, proporciona realmente la presencia y actuación de Cristo en medio de su gente y en la medida en que al Señor le vayamos dejando hueco en nuestro vivir se irá haciendo realidad el mandamiento del amor incluso con aquellos que –desgraciadamente-  podamos guardar resentimiento en el corazón.