lunes, 4 de febrero de 2008

Zapatero y sus colegas... pícaros sastres confeccionando sus conocidas 'cortinas de humo'

Madrid

La polémica por la nota de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones generales del 9 de marzo continuó creciendo ayer, al hacerse público que el embajador español ante la Santa Sede, Francisco Vázquez, trasladó el viernes al Vaticano «la perplejidad y la sorpresa» del Gobierno ante el documento en el que los obispos llaman, sin citarlo, a no votar al PSOE.

Según explicaron fuentes del Ministerio de Exteriores y de la Embajada española en Roma, la queja del Ejecutivo se centra en el párrafo del comunicado referido a la negociación con ETA (véase el texto íntegro de ese punto en la página 44). La gestión de Vázquez ante la Santa Sede fue confirmada por el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, quien expresó en Rute (Córdoba) el deseo del Gobierno de mantener con el Vaticano una buena relación. No obstante, Moratinos se mostró «indignado y perplejo» por los criterios electorales hechos públicos por los obispos. «Quiero expresar mi opinión como católico, no sólo como militante socialista, y quiero expresar mi indignación y perplejidad, porque no creo que ningún católico del siglo XXI lo pueda entender».

Para Moratinos, la Iglesia tiene «una jerarquía integrista, fundamentalista, neoconservadora, que ni siquiera puede representar el sentimiento de la mayoría de los católicos españoles». El Ministro se quejó de que no se puede identificar como católico «con alguien que utiliza políticamente el terrorismo para dividir a todos los demócratas españoles, olvidando que muchos representantes católicos han participado, como en el caso de España o siguen participando como en el caso de Colombia en negociaciones, y digo negociaciones y no conversaciones, para poner fin a la violencia, teniendo como interlocutores a grupos terroristas».

Moratinos cerró sus declaraciones afirmando: «Creía que la división entre Estado e Iglesia era una asignatura ya superada y no entiendo cómo se vuelve a utilizar la política en materia religiosa». Por otra parte, ayer se informó de que el presidente Zapatero afirmó el viernes por la noche en Vigo que «la actitud de los obispos va a abrir el debate sobre la posible revisión de los acuerdos del Gobierno con la Iglesia».

domingo, 3 de febrero de 2008

Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las elecciones generales de 2008

Fuente: http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/elecciones2008.html

Preguntas y respuestas [formato MP3] (8.051 Kb - 45,47 min.)
http://www.conferenciaepiscopal.es/RuedadePrensa/2008/CCVII_permanente/preguntas.mp3

Nota de la Comisión Permanente
de la Conferencia Episcopal Española
ante las elecciones generales de 2008
Madrid, 30 de enero de 2008

1. Los españoles hemos sido convocados a las urnas para el próximo 9 de marzo. Como en otras ocasiones semejantes, los Obispos ofrecemos a los católicos y a todos los que deseen escucharnos algunas consideraciones que estimulen el ejercicio responsable del voto. Hablamos como pastores de la Iglesia que tienen la obligación y el derecho de orientar el discernimiento moral que es necesario hacer cuando se toman decisiones que han de contribuir al pleno reconocimiento de los derechos fundamentales de todos y a la promoción del bien común.

2. Con tal finalidad pensamos que es éste un momento apropiado para leer y meditar de nuevo la Instrucción Pastoral aprobada el 23 de noviembre de 2006 por la Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal bajo el título de “Orientaciones morales ante la situación actual de España”. Recordamos algunas ideas fundamentales de esta Instrucción, que han de ser comprendidas, por tanto, en el conjunto de aquel relevante texto.

3. Respetamos a quienes ven las cosas de otra manera. Sólo pedimos libertad y respeto para proponer libremente nuestra manera de ver las cosas, sin que nadie se sienta amenazado ni nuestra intervención sea interpretada como una ofensa o como un peligro para la libertad de los demás. Deseamos colaborar sinceramente en el enriquecimiento espiritual de nuestra sociedad, en la consolidación de la auténtica tolerancia y de la convivencia en el mutuo respeto, la libertad y la justicia, como fundamento imprescindible de la paz verdadera (n. 81).

4. Si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana, ni son tampoco igualmente cercanos y proporcionados a los objetivos y valores que los cristianos deben promover en la vida pública (n. 50).

5. Los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido, cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral de la vida. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas (n. 56). No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo (n. 55).

6. “Es preciso afrontar - señala el Papa - con determinación y claridad de propósitos, el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y a la promoción de la familia fundada en el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento público otras formas de unión que contribuirían a desestabilizarla, oscureciendo su carácter peculiar y su insustituible función social” (n. 56). La legislación debe proteger al matrimonio, empezando por reconocerlo en su ser propio y específico (n. 41).

7. No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna (n. 13). En ese sentido parece que apuntan, entre otras cosas, las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública, así como el programa de la nueva asignatura, de carácter obligatorio, denominada “Educación para la ciudadanía” (n.18), que lesiona el derecho de los padres - y de la escuela en colaboración con ellos - a formar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas y morales. Es necesario promover un gran pacto de Estado sobre la base de la libertad de enseñanza y la educación de calidad para todos.

8. El terrorismo es una práctica intrínsecamente perversa, del todo incompatible con una visión moral de la vida justa y razonable. No sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo (n. 65). Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político (n. 68).

9. La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la configuración política de la unidad de España (n. 73). Al mismo tiempo, enseña que, también en este caso, es necesario tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria y - en palabras de Juan Pablo II a los obispos italianos - “superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros del separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada” por parte de todos. Hay que evitar los riesgos de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública en favor de pretensiones particularistas o reivindicaciones ideológicas (n. 74).

10. En este momento de la sociedad española, algunas situaciones concretas deben ser tenidas muy particularmente en cuenta. Nos parece que los inmigrantes necesitan especialmente atención y ayuda. Y, junto a los inmigrantes, los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, los niños, objeto de explotaciones y de abusos, y quienes no tienen casa ni familia donde acogerse. Hay que trabajar también para superar las injustas distancias y diferencias entre las personas y las comunidades autónomas, tratando de resolver los problemas más acuciantes, como son el trabajo, la vivienda accesible, o el disfrute equitativo de la naturaleza, compartiendo dones tan indispensables para la vida como el agua y cuidando con esmero el patrimonio común de la creación (n. 80). En el orden internacional, es necesario atender a la justa colaboración al desarrollo integral de los pueblos.
Que el Señor ilumine y fortalezca a todos para actuar en conciencia y conforme a las exigencias de la convivencia en justicia y libertad.

miércoles, 30 de enero de 2008

Del sexo casual a la castidad

Fuente: http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios/dawneden.htm
Del sexo casual a la castidad

La periodista Dawn Eden ha publicado el libro "The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On" (La Emoción de la Castidad: Encontrando Satisfacción con la Ropa Puesta), en el que sostiene que para la mujer tiene mucho más sentido la castidad que el sexo casual. Una controvertida periodista americana experta en música rock, y que por muchos años fue una abanderada de la "revolución sexual", se ha convertido -tras abrazar la fe católica- en una ferviente promotora de la castidad. Ella misma explica sus razones. El pasado 10 de marzo, Eden publicó el siguiente artículo traducido al español por El Espectador de Bogotá:

Del sexo casual a la castidad

Un mantra de la generación de los sesenta era que todo debía ser gratis. Pero en las reediciones del festival de Woodstock décadas después, los hippies ya vendían como buhoneros el agua a US$5 la botella. El “amor libre”, sin embargo, era todavía alentado al ritmo en que el Nuevo Establecimiento se aferraba a su autoestima revolucionaria, mediante la promoción del sexo por el sexo como puro placer sin consecuencias.

Hoy, ese dogma está siendo confrontado por una nueva contracultura —de mujeres castas— que está derribando las puertas para protestar porque el sexo de los buhoneros, como su agua, tiene en realidad un precio muy alto.

Pueden contarme entre esas hijas insatisfechas de la revolución sexual. Nací en 1968, como millones de otras niñas, en un mundo que alentaba a las mujeres a explorar su sexualidad. Se nos presentaba casi como un acto feminista. Incluso, la llamativa pregunta que sirvió de fundamento filosófico de la novela y programa de televisión Sex and the City —¿Puede una mujer tener sexo como un hombre?— no es más que una versión moderna de la misma pregunta que en 1962 hizo Helen Gurley Brown en Sex and the Single Girl.

Era el amanecer de la revolución sexual, cuando los bolsos de las mujeres comenzaron a cargar píldoras anticonceptivas al lado del Revlon Fire y el Ice Lipstick. Brown, quien sería después editora de Cosmopolitan, se preguntaba entonces si la mujer podía tener sexo libre sin consecuencias emocionales, y se contestaba que sí porque “igual que el hombre, es una criatura sexual”.

Su aporte dio origen a millones de artículos sobre “100 nuevos trucos sexuales” en las revistas femeninas. Y uno de los íconos feministas de la época, Germaine Greer, habló con entusiasmo de que “los rockeros son importantes porque desmitifican el sexo; lo aceptan como algo físico, y no son posesivos con sus conquistas”.

La filosofía olorosa a patchouli de Greer sigue viva en las revistas modernas, las series de televisión y las películas que dicen sin parar a las mujeres que si no son felices teniendo sexo premarital es porque lo están haciendo mal. Más que eso, las excepciones a la norma cultural —la pequeña minoría de mujeres que, por varias y tristes razones, se sienten impulsadas a ser meros objetos sexuales— son mostradas como el ideal platónico. Si rockeros, modelos, galanes de la televisión y del cine y estrellas pop se pueden llevar a la cama a un hombre diferente cada noche —y aparentan tener el mejor tiempo de sus vidas— con seguridad usted, humilde lectora, puede ocasionalmente esconder sus valores pasados de moda y follarse a un tipo al que acaba de conocer.

Sexo casual... y frecuente

El fruto de este aceptado estilo de vida de la mujer soltera es más semejante al de un hábito de drogas que a un paradigma de los encuentros amorosos. En un círculo vicioso, la mujer se siente sola porque no es amada y entonces tiene sexo casual con hombres que no la aman.

Esa fue mi vida. Me gasté mis 20 y mis tempranos 30 buscando sexo premarital de cualquier manera —anhelando el matrimonio pero buscando descansar en el placer físico, la validación del ego y un respiro de la soledad. Como historiadora del rock basada en Nueva York, colaborando para revistas como Mojo y Bilboard y escribiendo las notas de los discos remasterizados, las oportunidades para travesuras no tenían límite.

Me leí entonces I’m With the Band (‘Estoy con la banda’), de la super fanática del rock Pamela Des Barres, y envidié su habilidad para beber todo lo deseable de los rockeros —su buena figura, ingenio, creatividad y fama— sin que al parecer perdiera nada en sus aventuras con ellos. Mi gran secreto era que, bajo ese anhelo por tener una conexión amorosa, me aterrorizaba la intimidad. Mostrarme vulnerable abría la puerta a la posibilidad de un rechazo. Desde ese punto de vista, un músico de gira era mi compañero sexual ideal. Podía disfrutar con él una suerte de vínculo temporal de cuento de hadas, sin tener que derribar los muros que debía levantar para protegerme. El rechazo vendría cuando él siguiera al siguiente pueblo, y a la siguiente mujer, —pero de alguna manera, verlo venir me hacía sentir en control—. Estaba escogiendo, pensaba, el dolor menor.

Pero en esa época de sexo casual, había un momento que aprendí a temer más que cualquier otro. Me atemorizaba, no que el sexo fuera malo, sino que fuera bueno.
Si el sexo era bueno, incluso aunque en mi corazón sabía que la relación no iba a funcionar, sentía de todos modos como si el acto me hubiera unido a mi compañero sexual de una manera más profunda que antes. Está en la naturaleza del sexo despertar emociones profundas dentro de nosotras —que no son bienvenidas cuando uno está tratando de mantenerlas ligeras—.

En esas noches, el peor momento era cuando todo terminaba. De un momento a otro me sentía sacudida de regreso a la tierra. Entonces me tiraba boca arriba y me sentía despojada. Él podría seguir ahí, y si estaba de mucha suerte, se recostaría a mi lado. Aun así, no podía dejar de sentir que el hechizo se había roto. Podíamos frotarnos las narices, reírnos como bobos o quedarnos dormidos en los brazos del otro pero sabía que era teatro, y él también. No estábamos realmente intimando —todo había sido solo un juego—.

Los campeones de la revolución sexual son en esencia cínicos. Saben en sus corazones que el sexo casual no hace felices a las mujeres —y por eso sienten la necesidad de promocionarlo todo el tiempo—. El sexo que tuve, antes que acercarme a la satisfacción personal y el matrimonio que buscaba, solo me había vuelto menos capaz de alcanzar un matrimonio o siquiera una relación comprometida. Sacrifiqué los que deberían haber sido los mejores años de mi vida, por una mentira negra.

Si bien creo que hay que enseñarles a las jóvenes que deben reservar el sexo para el matrimonio, hay un área en la que estoy de acuerdo con los opositores: la abstinencia no significa nada a menos que uno entienda exactamente lo que es. Y agregaría que para entender lo que es uno debe entender también lo que son el sexo y el matrimonio, qué significan, cuál es su propósito.

Eso suena simple, pero mientras crecía yo tuve poca idea del significado y el propósito del sexo y del matrimonio. Pensaba que el sexo era algo que uno hacía para divertirse o si quería tener hijos (bueno, en esto último iba por buen camino). El matrimonio, creía, significaba una autorización social para tener sexo con una persona en particular. La gente casada debía tener sexo solamente con su pareja porque... bueno, porque no era agradable poner cuernos, la infidelidad podía llevar al divorcio y sabía que eso era doloroso.

Todas estas suposiciones se basaban en lo que había visto viviendo con mi madre y, en menor grado, visitando a mi papá. Mis padres habían quedado heridos por el fracaso de su propia unión y su amargura manchó la imagen del matrimonio que me heredaron.

Como una quinceañera sin un fundamento moral que sostuviera mi decisión de guardarle la virginidad a Mr. Right —diferente del temor a ser lastimada por Mr. Wrong— me sentí libre de empujar el sobre. No, más que libre; me sentí con autoridad para forzar las cosas, pues tenía resentimiento de que Dios —si existía— no me hubiera enviado mi alma gemela. Me convertí en una de esas vírgenes míticas que llegan a “todo, menos...” El nombre Lewinsky todavía no se había vuelto un verbo, pero si hubiera existido, me imagino a los hombres diciéndoselo en secreto a mis espaldas.

El placer por el placer

Cuando, a la edad de 23 años, finalmente me cansé de esperar y perdí mi virginidad con un hombre al que no amaba, fue un gran acontecimiento para mí. Aunque, mirándolo en retrospectiva, no fue en realidad tan significativo. Cierto, mis aventuras se volvieron menos complicadas. Cuando hacía “todo, menos...”, me preocupaba de tener que explicar por qué no quería seguir hasta el final; una vez comencé a tener sexo, eso no era necesario. Pero en un sentido más amplio, la pérdida de mi virginidad, lejos de constituirse en la frontera entre el pasado y el presente, fue apenas un instante en mi continua degradación sexual. El descenso había comenzado desde que comencé a buscar el placer por el placer.

La filosofía hedonista que urge a los jóvenes ese tipo de comportamiento hace daño tanto a los hombres como a las mujeres; pero es particularmente dañina para la mujer, pues la presiona a subvertir sus más profundos deseos emocionales. He probado esa filosofía —de que una mujer puede fornicar como un hombre— y no funciona. No estamos hechas para eso. Las mujeres están hechas para un vínculo.

Por eso, por mucho que tratemos de convencernos de que no es así, el sexo siempre nos dejará sientiéndonos vacías a no ser que estemos seguras de que somos amadas, de que el acto es parte de una pintura mayor, de que somos amadas por lo que somos y no solamente por nuestros cuerpos. A mí me tomó mucho tiempo entenderlo.

Encuentro con la castidad

Ahora vivo un tipo de vida muy diferente. Todavía me encuentro de vez en cuando con viejos amigos músicos, pero me veo más con coristas de iglesia. Mi decisión de resistirme al sexo casual, de nuevo, estuvo influenciada por mi madre —aun cuando no de la manera que ella hubiera querido—.

Cuando era una quinceañera, mi madre abandonó sus creencias en la Nueva Era por el Cristianismo. Yo no tenía esos planes. Mi misión en la vida, como la veía, era diferente —creativa, liberal, rebelde—.

Pero un día, en diciembre de 1995, estaba haciéndole una entrevista a Ben Eshbach —líder de una banda de rock de Los Angeles llamada Sugarplastic— y le pregunté qué estaba leyendo. Me contestó The Man Who Was Thursday (‘El hombre que fue jueves’), de G.K. Chesterton. Lo conseguí por curiosidad y me dejó cautivada. Pronto estaba consiguiendo lo que podía de Chesterton, comenzando por Orthodoxy (Ortodoxia).

Me mantuve leyendo a Chesterton, incluso mientras continuaba con mi estilo de vida libertino, hasta que una noche, en octubre de 1999, tuve una experiencia hipnótica —de esas en las que una no sabe si está despierta o dormida—. Escuché una voz de mujer que decía: “Algunas cosas no están para ser conocidas. Algunas lo están para ser entendidas”. Me arrodillé y me puse a rezar —y eventualmente entré a la Iglesia Católica—.

Una noche el año pasado salí a comer con un amigo, un encantador periodista inglés con el que hubiera comenzado a salir si compartiera mi fe (no lo hacía) y si estuviera interesado en casarse (tampoco). Me acribilló con preguntas sobre la castidad, llegando hasta a sugerir que, ya que llevaba tanto tiempo buscándolo, quizás no iba a encontrar al hombre que buscanba.

“No es así”, le respondí. “Mis posibilidades son mejores ahora que nunca antes, porque antes de ser casta estaba buscando el amor en los lugares equivocados. Apenas ahora es que estoy realmente preparada para el tipo de hombre que quiero que sea mi esposo”.

“Puedo tener 38”, concluí, “pero en términos de búsqueda de marido, tengo apenas 22”.
Hasta aquí su artículo. Dawn Eden es actualmente editora del Daily News de Nueva York, periódico que la contrató después de que su rival, el New York Post, la despidiera por defender abiertamente sus convicciones cristianas. Ganó su prestigio como periodista e historiadora del rock hace unos años, tiempo en el que se acostaba con algunos de sus entrevistados. Esa transformación de defensora y practicante del sexo libre a activista del celibato la llevó a la fama en Estados Unidos, país que ahora debate el tema por la aparición de su primer libro: ‘The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (“La emoción de la castidad: encontrando satisfacción con su ropa puesta”). Dawn Eden es un símbolo del movimiento que defiende la abstinencia sexual, cuyos miembros usan un anillo de plata para indicar que son castos.

Semillas que crecen

Fuente: http://www.iglesianavarrajoven.org/


La madurez en la Fe es como el desarrollo de una planta: cuando la semilla está plantada, si es cuidada crecerá y se fortalecerá hasta que florezca su hermoso fruto cuando llegue a la madurez. Un largo camino, constante, incesante, que no debe detenerse en su proceso si se quiere llegar a un buen final.

La planta, como un cristiano que está creciendo, no se vale por sí misma: la primera necesita a un jardinero que la cuide, que le ayude en aquello en lo que ella no es autosuficiente; por su parte, el joven necesita también a gente a su alrededor que le instruya y muestre el camino correcto. Ambos serían un apoyo, un ejemplo que, sirviéndose de su experiencia, harían más fácil el trayecto. La planta asentará sus raíces firmemente, aferrándose a la tierra de la que extraerá los nutrientes. El joven llegará a tener la suficiente capacidad como para comprender, asimilar y disfrutar de toda la riqueza que se le ha puesto alrededor: de la Palabra, las tradiciones, valores fundamentales como la amistad, el cariño y amor de su familia, la sociedad... Ambos tendrán una sólida estabilidad, un equilibrio que les permita permanecer ante los más huracanados vientos, las mayores tormentas, los momentos más duros.

Sin embargo, todo esto no es suficiente para el pleno desarrollo. Falta algo, lo más esencial. Algo sin lo que ni la planta ni ningún cristiano podrá llegar a la cumbre. Una planta requiere de la luz para la vida. Su motor más poderoso será el sol, hacia el que ascenderá y del que agradecerá su energía. Del mismo modo, el cristiano necesita al igual el Sol, la Luz, el cristiano necesita a Dios. Dios será quien nos ilumine en todo momento, en los buenos y en los malos; a Él agradecerá el cristiano su vida y todo lo que en ella acontece. Dios será el eje principal en su existencia y sin Él la persona no podrá resistir, como la planta tampoco puede sobrevivir en la penumbra.

martes, 29 de enero de 2008

Censura laicista en la Universidad

Fuente: http://enticonfio.org
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA

Censura laicista en la Universidad

¡Qué verdad es que «Dios escribe derecho con renglones torcidos»! La primera persecución desatada contra los cristianos tras el apedreamiento de San Esteban, tal y como se narra en los Hechos de los Apóstoles, fue la ocasión dispuesta por la Providencia divina para la expansión del cristianismo fuera de Jerusalén (Hch 8, 1). Algo similar está ocurriendo tras el boicot violento protagonizado por un grupo de radicales laicistas en la Universidad de La Sapienza de Roma. El Papa hizo llegar su discurso al Rector de la Universidad, quien lo leyó ante el profesorado y el alumnado. Posteriormente, Internet y algunos medios de comunicación se están haciendo propagadores de la palabra acallada. ¡Pocos discursos papales habrán tenido tanta difusión, resonancia y fruto como éste! Yo también quiero prestar un altavoz más al discurso censurado por esa especie de “inquisición civil” contemporánea.

+ Frente a la leyenda negra: Lo primero que ha sorprendido a muchos legos en la materia, ha sido el dato histórico de que esta universidad laica, La Sapienza, que es la que más alumnos tiene en toda Europa, fuese creada en la Edad Media por el Papa Bonifacio VIII. Pero… ¿no nos habían dicho que la Edad Media había sido una época oscurantista en la que la Iglesia había mantenido en la ignorancia al pueblo?
Muy al contrario, la Iglesia se prodigó durante todos aquellos siglos en auspiciar universidades, dotándolas incluso de una autonomía desconocida hoy en día, que les eximía de la jurisdicción ordinaria, ya que contaban con sus propios tribunales para administrar justicia a los maestros y alumnos universitarios. El Papa recordaba en su discurso que la autonomía «siempre ha formado parte de la naturaleza universitaria, que ha de vincularse exclusivamente a la autoridad de la verdad, en libertad frente a autoridades políticas y eclesiásticas».
Benedicto XVI recuerda en su discurso dirigido a La Sapienza, que gracias a la contribución de Santo Tomás de Aquino, y en contacto con las filosofías árabes y judías, en el ámbito de la Universidad medieval se subrayó «la autonomía de la Filosofía y con ella el derecho y la responsabilidad propios de la razón, que se interroga basándose en sus propias fuerzas».

+ La fe estimula a la razón: Benedicto XVI se presenta siete siglos después en La Sapienza, comenzando por hacer la pregunta: «¿Qué hace o puede decir el Papa en la Universidad? ». Su tarea no consiste en «tratar de imponer a los demás de manera autoritaria la fe, que sólo puede ser transmitida en libertad», sino en «mantener despierta la sensibilidad por la verdad».
En efecto, la tentación del pensamiento contemporáneo no sólo es la de rechazar la fe, sino también la de prescindir de la razón. Nuestra actual Universidad tiene el riesgo de reducirse a la enseñanza de las ciencias experimentales, renunciando a las preguntas transcendentales sobre el sentido de la existencia. El pensamiento imperante en la cultura actual, tiene alergia a las preguntas últimas y definitivas. No acostumbra a preguntarse si algo es verdad o mentira, ni tan siquiera si es bueno o malo. Más bien, los planteamientos se derivan hacia otros matices menos comprometidos: la búsqueda de la eficacia, respuesta a intereses, la utilidad, la eficiencia, la calidad de vida, la felicidad identificada como bienestar...

El Papa quiere suscitar el deseo de la verdad, y por ello invita a la razón a ser ambiciosa en sus preguntas: «El obispo de Roma quiere invitar nuevamente a la razón a ponerse en búsqueda de lo verdadero, del bien, de Dios y, siguiendo este camino, alentarla a percibir las luces útiles surgidas a través de la historia de la fe cristiana y a percibir de este modo a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y que ayuda a encontrar el camino hacia el futuro».
Lejos de presentar la fe como contrincante de la razón, el Papa nos recuerda que el tradicional enemigo de la fe ha sido la superstición. De hecho, los cristianos de los primeros siglos «no acogieron su fe de manera positivista, o como la válvula de escape de deseos reprimidos», sino que «disipando la niebla de la religión mitológica», buscaron «la verdadera naturaleza y el verdadero sentido del ser humano».

+ Las raíces del árbol: El discurso de La Sapienza se refiere también al reconocimiento de las raíces culturales. El Papa lanza un llamamiento a la cultura occidental a no cerrarse a la verdad de la fe cristiana en nombre de la “presunta pureza” de la razón, pues ésta se “resecará”. Si la razón, preocupada por guardar su laicidad, pierde el contacto con las raíces de las que ha nacido, entonces pierde la valentía de la verdad y, al perderla, lejos de crecer, se empequeñece. Dice el Papa: «La filosofía no vuelve a empezar cada vez desde el punto cero del sujeto que piensa de manera aislada, sino que se mantiene en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que crítica y dócilmente al mismo tiempo sigue acogiendo y desarrollando; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones y en especial la fe cristiana han recibido y dado a la Humanidad como señal del camino».

Al igual que en la memoria de la construcción europea ha quedado como referente el eslogan pronunciado al principio del Pontificado de Juan Pablo II en Santiago de Compostela -«Europa, ¡sé tú misma!, descubre tus raíces, aviva tu historia»-, así también en este discurso universitario que la “censura laicista” ha pretendido ahogar, quedarán para la posteridad el llamamiento del Papa en defensa de la razón, y su llamada a «mantener despierta la sensibilidad a la verdad».

domingo, 27 de enero de 2008

Una película: Un paseo para recordar (A Walk to Remember)

UN PASEO PARA RECORDAR
Os recomiendo esta película...

Dirección: Adam Shankman.País: USA.Año: 2002.Duración: 101 min.Interpretación: Shane West (Landon Carter), Mandy Moore (Jamie Sullivan), Peter Coyote (Reverendo Sullivan), Daryl Hannah (Cynthia carter), Lauren German (Belinda), Clayne Crawford (Dean), Al Thompson (Eric), Paz De La Huerta (Tracie), Jonathan Parks Jordan (Walker), Matt Lutz (Clay Gephardt).Guión: Karen Janszen; basado en la novela de Nicholas Sparks.Producción: Denise Di Novi y Hunt Lowry.Música: Mervyn Warren.Fotografía: Julio Macat.Montaje: Emma E. Hickox.Diseño de producción: Douglas Hall.Dirección artística: Lynwood Taylor.Vestuario: Douglas Hall.Estreno en USA: 25 Enero 2002.Estreno en España: 14 Noviembre 2003.



SINOPSIS

Cada primavera, en la pequeña ciudad portuaria de Beaufort, en Carolina del Norte, Landon Carter (Shane West) rememora su último año en el Instituto de Beaufort y se acuerda de Jamie Sullivan (Mandy Moore), la chica que cambió su vida.
Jamie era la última persona de la que podría pensarse que Landon se enamorase. Seria y conservadora, Jamie era todo menos fría, y no le importaba. Su confianza en sí misma no dependía de la opinión de los demás. Hija del ministro bautista del pueblo, a Jamie no le importaba decir a los demás que su fe era lo más importante en su vida, incluso si eso le suponía perder algunos amigos. Landon era uno de tantos: un tío temperamental, desnortado, que destacaba en el instituto por su aspecto y su carácter. A sus amigos les divertía burlarse de todos cuantos no eran co-mo ellos y solían criticar a Jamie por su vestimenta sobria y su conducta taciturna. Landon carecía de planes, de futuro y de fe en sí mismo. Una noche, una travesura que Landon y sus amigos habían organizado para divertirse se tuerce terriblemente y termina con un chaval ingresado en el hospital. Como castigo, se obliga a Landon a hacer de tutor de un estudiante novato los fines de semana, y a tomar parte en la representación de primavera del Club Dramático. Las actividades contribuyen también a acercarlo a Jamie, que ya venía trabajando como tutora voluntaria y que tenía un papel importante en la obra. Muy pronto, en contra de sus expectativas personales y entre la sorna de sus amigos, Landon se enamora de esta chica aparentemente gris que tiene una pasión por la vida que él no había imaginado nunca. La cercanía pone a prueba todo aque-llo en lo que creen. Sobre todo, pondrá a prueba el poder del amor y la fe para transformar la vida en algo digno de vivirse.

ENLACES

Ficha en IMDbWeb oficial: www.awalktoremember.com

jueves, 17 de enero de 2008

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas (Manifiesto de SAIN)

Fuente: http://partidosain.es/

Del 1 al 15 de enero de 2008 nº 60

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas

El PSOE ha vuelto a sacar al debate público la reforma sobre la ley del aborto para ampliarlo. Zapatero lo que pretende es ocultar su alianza con la extrema derecha económica con medidas “pseudoprogres” como la del aborto. Puede parecer que la postura del PP en este tema es la contraria a la del PSOE. A poco que analicemos eso vemos que no es cierto. En los 8 años de gobierno del PP el aborto aumentó un 37%.

La equiparación de izquierda y permisividad ante el aborto es una mentira de hecho y una contradicción absoluta con los valores que toda la izquierda debe defender. En el mundo han sido regímenes capitalistas, bien capitalistas de Estado, como el comunismo o bien capitalistas de mercado, los que han promovido el aborto.

Nosotros somos socialistas, porque defendemos la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra cualquier explotación del hombre por el hombre, del imperialismo sobre
los pueblos. Y porque defendemos la vida humana como valor supremo. Nadie, en nombre de nada, puede suprimirla.

No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo.

Entre las primeras causas que obligan a las mujeres a abortar están la coacción de la pareja y la coacción laboral, especialmente entre las inmigrantes. Pero este gobierno ha combatido ferozmente a la familia, ha silenciado esta forma de violencia doméstica que es el aborto y no ha
hecho nada por la justicia laboral en estos cuatro años.

Tenemos que desarrollar una acción decidida contra el hecho real del aborto combatiendo las causas, ayudando eficazmente a las familias, asistiendo legal y socialmente a las madres con problemas, tanto a la que desee quedarse con su hijo como a la que quiera darlo en adopción.

El aborto es un odioso acto de violencia realizado contra los nonacidos y contra las madres, contra la familia y contra toda la sociedad.
La izquierda debe hacer que el vientre de la madre sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer.
Nota personal: He deseado añadir este documento de la formación política SAIN para que a la hora de ejercer el derecho de votar tengamos muy presente que el primer derecho es el de la vida y que el derecho de defensa de los más indefensos, que son los que están en el seno materno, debe de ser respetado sin excepciones.

jueves, 20 de diciembre de 2007

¿Por qué me tengo que confesar con un cura?

Fuente: http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-me-tengo-que-confesar-con-un.html

¿Por qué me tengo que confesar con un cura?
Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados. Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros" (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.
Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.
La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote.
Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.
Algunas razones por las que tenemos que confesarnos
1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.
Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.
3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
4. Porque en la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».
5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.
6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:
a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.
b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.
c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.
7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.
Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión
a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.
b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.
c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.
d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.
e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.
f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.
g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.
h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.
i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.
j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…
k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.
l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.
Algunos motivos para no confesarse
1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos. Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).
2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios. Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma? Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."
3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo? Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.
4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.
5. Me da vergüenza… Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza. Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.
6. Siempre me confieso de lo mismo… Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.
7. Siempre confieso los mismos pecados…No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última confesión.
8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…El desánimo, puede hacer que pienses: "má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.
9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido. Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…
10. Y si el cura piensa mal de mi… El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.
11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.
12. Me da fiaca…Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…
13. No tengo tiempo…No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?
14. No encuentro un cura…No es una raza en extinción, ... hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono. Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.