viernes, 31 de julio de 2026

Homilía breve del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A – Mt 14, 13-21

 Homilía Breve del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario,

Ciclo A – Mt 14, 13-21

«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Jesús no comienza contando panes;

comienza mirando personas.

El Evangelio nos presenta a Jesús ante una multitud cansada, enferma y hambrienta. Él había buscado un lugar apartado después de conocer la muerte de Juan el Bautista, pero la gente lo siguió. Al desembarcar, Jesús no ve una masa anónima ni una molestia que interrumpe sus planes. Mateo dice que «se compadeció de ellos».

      El verbo griego es ἐσπλαγχνίσθη (esplangjnísthe). No describe una lástima superficial, sino una conmoción que nace de las entrañas. El dolor de aquellas personas entra en el corazón de Jesús y lo pone en movimiento. Primero mira, después se conmueve y finalmente actúa.

Antes de hablar del pan, el Evangelio nos enseña a mirar. Porque podemos tener delante el sufrimiento y no verlo; podemos acostumbrarnos a la necesidad ajena o pensar: «Bastante tengo yo con lo mío». Jesús, en cambio, permite que la vida del otro le afecte.

También nosotros conocemos muchas formas de hambre. Existe el hambre de alimento, pero también de afecto, amistad, justicia, salud, trabajo y esperanza. Hay personas con la nevera llena y la mesa vacía de compañía. Hay quien no necesita primero un consejo, sino alguien que lo escuche sin mirar el reloj.

Los discípulos ven un problema;

Jesús ve una responsabilidad.

Cae la tarde. El lugar está apartado y la multitud necesita comer. Los discípulos ofrecen una solución aparentemente sensata:

«Despide a la gente para que vaya a las aldeas y se compre comida».

No son crueles. Están siendo prácticos. Su propuesta podría resumirse así: «Que cada uno resuelva su necesidad como pueda».

Esa lógica nos resulta familiar. Cuando aparece un problema demasiado grande, pensamos que corresponde a otros: a las instituciones, a quienes tienen más medios o a los especialistas. Es verdad que ninguno puede solucionar todas las necesidades del mundo. Jesús tampoco les pide que lo resuelvan todo. Pero sí les impide desentenderse:

«No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer».

Jesús transforma a los espectadores en responsables. Ellos querían despedir a la gente; él los invita a acercarse. Buscaban una salida para la multitud; Jesús les pide que miren lo que tienen entre las manos.

La respuesta es inmediata:

«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Ese «no tenemos más que» es muy humano. Frente a una necesidad grande, nuestros recursos parecen insignificantes: poco tiempo, poco dinero, poca preparación, pocas fuerzas. Y concluimos: «Con esto no se puede hacer nada».

Jesús no les reprocha que tengan poco ni les exige lo que no poseen. Les dice: «Traédmelos aquí». En griego, el imperativo es claro: Φέρετέ μοι ὧδε αὐτούς (férete moi hóde autoús), «traédmelos aquí». No les pide fabricar más panes, sino no retener los que ya tienen.

El problema no es tener poco,

sino cerrar las manos.

Los cinco panes y los dos peces son insuficientes mientras se guardan para unos pocos. Pero, cuando se ponen en manos de Jesús, dejan de ser una posesión defendida y se convierten en un don disponible.

Nuestro miedo suele decirnos: «Guárdalo; quizá mañana te haga falta». Así nace la acumulación. No siempre acumulamos porque seamos malvados, sino porque tenemos miedo. Pero el miedo nunca conoce la palabra «bastante»: siempre necesita un poco más.

Israel aprendió esta lección en el desierto. Dios daba el maná necesario para cada jornada, pero algunos intentaron conservarlo para el día siguiente y terminó corrompiéndose (cfr. Ex 16, 19-20). Por eso Jesús nos enseña a pedir «el pan nuestro de cada día» (cfr. Mt 6, 11): no el pan del miedo que acapara, sino el pan de la confianza que recibe y comparte.

¿Qué pueden representar hoy nuestros cinco panes y nuestros dos peces? Tal vez nuestro tiempo, nuestros conocimientos, una llamada pendiente, una capacidad para acompañar, unos bienes que podemos compartir o una herida que nos ha enseñado a comprender el dolor ajeno.

Quizá parezca poco. Jesús no pregunta si es mucho. Pregunta si estamos dispuestos a entregárselo.

Jesús toma, bendice, parte y da.

Mateo describe con cuidado los gestos de Jesús. Toma los panes, alza los ojos al cielo, pronuncia la bendición, los parte y los entrega a los discípulos.

Alzar los ojos al cielo significa reconocer que la vida y sus bienes proceden de Dios. Podemos haber trabajado para conseguirlos y debemos administrarlos responsablemente, pero no somos propietarios absolutos. Somos receptores y administradores de dones.

Bendecir significa agradecer. Y quien agradece comprende que lo recibido no puede quedar encerrado en el egoísmo.

Después Jesús parte el pan. El pan entero puede permanecer en una sola mano; el pan partido puede pasar de mano en mano y llegar a muchos. Partir no es destruir: es hacer posible la comunión.

Finalmente, entrega el pan a los discípulos para que ellos lo distribuyan. El alimento pasa por las manos de Jesús, pero también por las manos de sus discípulos. Él no quiere realizarlo todo sin nosotros: nos convierte en colaboradores de su compasión.

Y ocurre el prodigio: todos comen, quedan saciados y todavía recogen doce cestos de sobras.

Mateo pone el acento no solo en cuánto alimento hay, sino también en cómo pasa de unas manos a otras. Cuando los bienes dejan de estar gobernados por el miedo y comienzan a administrarse desde la gratitud, la justicia y el compartir, aparece una abundancia que antes parecía imposible.

Muchas veces no falta lo necesario; falta que llegue a sus verdaderos destinatarios. Mientras unos carecen de lo básico, otros desperdiciamos alimentos, agua, energía, ropa o tiempo. A veces entramos en una tienda buscando una cosa y regresamos con tres que no sabíamos que necesitábamos hasta que las vimos en oferta. El Evangelio nos devuelve una pregunta sencilla: ¿esto que tengo está sirviendo para dar vida?

La Eucaristía no termina en el altar.

Los gestos de Jesús —tomar, bendecir, partir y dar— nos conducen a la Eucaristía. En la última cena, Jesús toma el pan y hace de él el signo de toda su vida: recibida del Padre, bendecida, partida y entregada por amor (cfr. Mt 26, 26).

Cuando comulgamos no recibimos solamente consuelo. Acogemos la forma de vivir de Jesús. Nuestro «amén» significa: «Quiero aprender a mirar como tú, agradecer como tú, partir como tú y dar como tú».

No tendría sentido recibir el Pan partido y vivir con el corazón cerrado. No podemos celebrar la mesa del Señor e ignorar a quienes no encuentran lugar en nuestras mesas. La Eucaristía continúa en la vida cuando compartimos sin humillar, servimos sin sentirnos superiores, escuchamos sin prisas y renunciamos a algo superfluo para que otro tenga lo necesario.

Hoy Jesús vuelve a decirnos:

«Dadles vosotros de comer».

No nos pide que salvemos solos al mundo. Nos invita a no despedir a quien ha puesto en nuestro camino y a entregarle nuestros cinco panes y nuestros dos peces.

Podemos preguntarnos: ¿qué estoy reteniendo por miedo? ¿Qué bien, capacidad o tiempo podría pasar por las manos de Jesús para convertirse en alimento para alguien?

El verdadero prodigio comienza cuando dejamos de repetir «no tengo más que esto» y nos atrevemos a decir:

«Señor, esto es lo que tengo; tómalo, bendícelo, pártelo y haz que llegue a quien lo necesita».