viernes, 13 de febrero de 2026

Resumen adaptado del Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026

 

Resumen adaptado del

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA CUARESMA 2026

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Escuchar y ayunar.

La Cuaresma como tiempo de conversión 

Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html

Una explicación pausada, cálida y fiel del Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma 2026

El mensaje cuaresmal se abre con una constatación tan sencilla como honesta: el corazón puede “dispersarse” entre inquietudes y distracciones cotidianas. Y, desde ahí, el Papa sitúa el sentido de la Cuaresma: es el tiempo en el que la Iglesia católica, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de la vida, para que la fe recobre su impulso y el corazón no se desparrame en mil direcciones.

Con esa imagen inicial, el Papa enuncia el principio que sostiene todo el mensaje: todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. El punto de partida no es una maniobra de fuerza, sino una apertura: dejar que la Palabra nos alcance y encontrar para ella un lugar interior.

De hecho, el texto enlaza tres elementos que van unidos: el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. La Cuaresma, así, aparece como una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En otras palabras: este itinerario no se reduce a prácticas sueltas; es un camino con Cristo hacia su misterio pascual.

Escuchar: dar espacio a la Palabra y aprender a escuchar la realidad

Con ese marco, el Papa León XIV quiere llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha. Y lo fundamenta con una frase que es, a la vez, muy simple y muy exigente: la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro. La escucha, por tanto, no es un adorno de la vida espiritual; es una señal concreta de que el corazón se abre a la relación.

Para mostrar que esto está en el centro de la revelación bíblica, el Papa nos conduce a la escena de la zarza ardiente. Allí, Dios se revela a Moisés y deja ver que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). El mensaje subraya que la escucha del clamor de los oprimidos no se queda en una constatación: es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra a Moisés enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud. En el texto, escuchar inaugura camino; escuchar abre historia.

Desde ahí, el Papa vuelve a nuestra vida y da un paso decisivo: la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad. La liturgia, por tanto, no es un espacio desconectado de lo real; es una escuela que afina el oído. Porque, entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta.

Aquí aparece una afirmación fuerte que el Papa subraya que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el mensaje, esta frase actúa como una especie de “prueba de escucha”: si la Palabra nos educa, nos educa también para no dejar sin respuesta ese clamor.

Ayunar: una práctica concreta que dispone el corazón y ordena los “apetitos”

Una vez que el mensaje ha colocado la escucha en el centro, el Papa da el siguiente paso con una lógica muy clara: si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. El ayuno no aparece como exhibición ni como simple esfuerzo exterior, sino como una disposición interior que se expresa en un gesto real.

El texto lo llama un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Y explica por qué tiene esa fuerza: porque implica al cuerpo. Precisamente por eso, la abstinencia de alimento hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. El ayuno, así, sirve para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educándola para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

Para iluminar esta tensión entre el presente y la realización futura, el Papa introduce a San Agustín. La cita de San Agustín muestra que es propio de los mortales tener hambre y sed de justicia, y que estar repletos de justicia corresponde a la otra vida. Y describe un proceso interior: mientras los hombres tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos. En el mensaje, esta imagen sostiene una idea central: el ayuno, entendido en este sentido, permite no solo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Pero el Papa León XIV añade una advertencia necesaria: para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Y fija un criterio muy concreto: exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque “no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”. Es una afirmación breve, pero con un alcance claro en el texto: el ayuno verdadero está unido a la Palabra y a la comunión con el Señor.

A continuación, el Papa amplía el horizonte: como signo visible del compromiso interior de alejarnos —con la ayuda de la gracia— del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a adquirir un estilo de vida más sobrio. Y refuerza esta idea con una nota citando a Pablo VI: “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”. Dentro del mensaje, la sobriedad aparece como una consecuencia coherente del compromiso interior.

Y aquí llega una invitación especialmente concreta: el Papa propone una forma de abstinenciamuy concreta y a menudo poco apreciada”, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. “Empecemos a desarmar el lenguaje”, dice, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Y, al mismo tiempo, nos invita a aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. El fruto que el texto anticipa es también claro: muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos: la dimensión comunitaria de la escucha y el ayuno

Después de haber unido escucha y ayuno, el Papa subraya “por últimola dimensión comunitaria. La Cuaresma pone de relieve que escuchar la Palabra y practicar el ayuno no son solo asuntos de conciencia individual: tienen una forma comunitaria y están llamadas a convertirse en vida compartida.

El texto lo muestra con un ejemplo bíblico: en el libro de Nehemías se narra cómo el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cfr. Neh 9,1-3). La escena es clara: escucha y ayunos vividos como pueblo, orientados a la renovación de la alianza.

A partir de ahí, el Papa aplica el mismo horizonte a nuestras realidades: parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios —así como del clamor de los pobres y de la tierra— se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.

En este horizonte, el Papa formula una afirmación amplia y decisiva: la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación. El mensaje, así, muestra una conversión verificable: se nota en las relaciones, en el diálogo, en la escucha, en lo que orienta el deseo.

Y el mensaje cuaresmal culmina reuniendo todos los hilos: vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados; pedir la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás; y comprometernos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, contribuyendo a edificar la civilización del amor.

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