Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo b
viernes, 24 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo b
sábado, 18 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo b
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo b
19 de septiembre de 2021
Todo lo que nosotros nos resistimos lo convertimos en
enemigo. Si no me gustan estas manos, estas manos son mis enemigas; si no me
gusta este tipo antipático que vive y trabaja conmigo es mi enemigo; si no me
gusta este frio, esta lluvia, ese sol o esta niebla o granizo, es mi enemigo.
Los enemigos existen dentro de nosotros y nuestros enemigos existen en tanto y
en cuanto nosotros les damos vida con nuestras resistencias mentales. Si
nuestros enemigos están dentro de nosotros, nuestros amigos también están
dentro de nosotros. Si acepto estas manos, estas manos son mis amigas; si
acepto a este tipo antipático que convive conmigo es mi amigo, el problema no
está en él, está en mí. Si acepto este cuerpo, este cuerpo es mi amigo… si
acepto este viento, es el hermano viento; si acepto la enfermedad, es la
hermana enfermedad. Uno de los mayores puntos de sabiduría del cristiano
consiste en hacerse hermano y amigo de la hermana enfermedad. Si acepto la
muerte, es la hermana muerte. En nuestras manos está en trasformar a todos nuestros
enemigos en amigos, todos los males en bienes y todo gracias ‘a la
reconciliación’. ‘Reconciliación’ es que antes era enemigo de algo y ahora no
lo soy; porque antes lo rechazaba y ahora lo acepto. Puedo ser enemigo de mi
nariz, y estar toda la vida pensando mal de mi nariz porque no me gusta y
amargarme la vida por mi nariz, voy a reconciliarme con mi nariz, que es tanto
como decir, voy a aceptar de las manos de Dios el hecho de que tenga esta nariz,
estas manos o aquel tipo tan desagradable y antipático. Este es pues el
concepto de reconciliación: hacer la paz, aceptar. Tantas cosas que nos
resistimos inconscientemente.
La gente vive resentida y desesperada porque aquella cosa
le salió mal y no tuvieron suerte, porque aquí o allí hubo un accidente y que
les destrozó todo lo que se proponían, porque simplemente aquí hubo una
lamentable equivocación en la vida y ahora en este momento ya no se puede hacer
nada, hechos pasados, hechos consumados. Como se podrán darse cuenta, más de un
60, 70, 80 o 90 % de las cosas no tienen solución, o la solución no está en
nuestras manos. ¿Cómo me hubiera gustado haber nacido con un temperamento
alegre y jovial para estar feliz con la gente y nació con un temperamento
desagradable que entristece a los que tiene al lado por ser desaborido,
desagradable y retraído?... pero cada uno es como es. Por lo tanto un tanto por
ciento de las cosas que nos suceden no tienen solución. Si no hay nada que hacer
¿qué se consigue con resistir a realidades que uno no puede cambiar? Las cosas
que tienen solución se solucionan combatiéndolas y las cosas que no tienen
solución se solucionan dejándolas en las manos de Dios. Y las dejamos en las
manos de Dios porque esto de esta manera deja de ser una fuente de amargura
para nosotros. La sabiduría nos dice que los imposibles, lo que no tiene
solución, lo que nos hace sufrir sobremanera, hay que dejarlos en las manos del
Padre. En tus manos lo dejo y haz de mí lo que quieras. Y por todo lo que hayas
permitido de mí en mi vida vengo a decirte que ‘estoy de acuerdo con todo y que
lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mi y en todas tus criaturas.
Y no deseo nada más, Dios. Y pongo mi vida entre tus manos, y pongo mi vida
entre tus manos y pongo mi pasado, mi presente y mi futuro entre tus manos,… te
lo doy, Dios mío, incondicionalmente, con todo el ardor de mi corazón, porque
te amo’. Y es una necesidad de amor el darme y entregarme entre tus manos, con
infinita confianza porque tú eres mi Padre.
Y de esta manera la paz ya está tocando la puerta de tu
corazón. De tal manera que lo que tenga solución, combatir ferozmente; pero lo
que no tiene solución, dejadlo en las manos de Dios. Cuando yo dijo ‘dejar’,
cuando yo digo ‘que dejo este reloj encima de la mesa’, significa que yo me
desprendí de este reloj, que ya no lo toco. El reloj está ahí y yo estoy aquí. ‘Dejar
en la manos de Dios’ quiere decir que del mismo modo que yo dejo este reloj en
un lugar y me desvinculo de él, pues ese fracaso, disgusto o problema al
dejarlo en las manos de Dios yo ya me desvinculo de él y libero mi mente, ya lo
dejé. Y pasa que la mente queda en silencio y pasa que automáticamente el
corazón entra en paz. Silencio en la mente y paz en el corazón. Y el abandono
es un homenaje en el silencio a Dios nuestro Dios, a Dios nuestro Padre. Nosotros estamos en una experiencia de Dios y
en este momento estamos afrontando la vida desde el punto de vista de la fe y
de la experiencia de Dios. Por eso dijo que lo dejemos en las manos de Dios. Y
poco a poco, entregando a Dios todo aquello que somos, por lo que luchamos y
por lo que nos desborda en el dolor y en sufrimiento, proclamamos, con plena fe
y convencimiento aquello que recitamos en el Salmo responsorial: «El Señor sostiene mi vida».
sábado, 11 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, ciclo b
Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo b
12 de septiembre de 2021
Este evangelio de hoy tiene una
pregunta central [Mc 8, 27-35] en Cesarea de Filipo «y vosotros ¿quién decís
que soy yo?». A lo que el apóstol Pedro le responde «tú eres el Mesías», ‘tú
eres el Cristo’. La palabra ‘Cristo’ aparece unas 500 veces en el Nuevo
Testamento, y al comienzo aparece como una expresión clara que dice que ‘Jesús
es el Cristo’, pero con el paso del tiempo llega a formar parte del propio
nombre ‘Jesucristo’. De tal modo que a Jesús se le llama ‘Jesucristo’, o solas ‘Cristo’. Y nosotros hemos pasado a
llamamos ‘cristianos’, los que seguimos a ‘Cristo’.
La palabra ‘Cristo’, en el Antiguo
Testamento que está escrito en hebreo, se decía ‘masías’, que es ‘mesías’. En
el Nuevo Testamento que está escrito en griego, el término hebreo de ‘mesías’,
es traducido por ‘Cristo’, y ‘Cristo’ significa el ungido. Sabemos cómo en el
Antiguo Testamento los reyes, los profetas eran consagrados mediante la unción
de un óleo perfumado en un acto religioso que se llamaba ‘la consagración’, se
les consagraba. Eran instrumentos de Dios, con ese aceite consagrado se
manifestaba que Dios se apoderaba de ellos, se servía de ellos para ser
instrumentos de Dios delante de los demás. Esos eran los ungidos. Con el paso
del tiempo el Pueblo de Israel pide a Dios que envíe un Mesías, que sea el
ungido, que sea no sólo un futuro rey,
sino que sea el Hijo de Dios, el que venga a nosotros consagrado por el
Espíritu Santo. Primero fue Dios el que consagró a los hombres para que ellos
fueran testigos de Dios en medio del pueblo y el culmen es que Dios mismo envía
a su propio Hijo siendo ungido por el Espíritu Santo.
Ahora bien, si era tan importante la
pregunta y era tan importante la respuesta, ¿por qué Jesús les mandó
enérgicamente que no se lo dijeran a nadie?, ¿por qué Jesús pidió ese secreto
mesiánico? Obviamente porque existía un peligro de que fuera mal entendido, que
esta expectativa mesiánica no fuera entendida conforme al designio de Dios. Y
para matizar las cosas, Jesús toma a parte a Pedro y les empieza a enseñar que
el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho, que tenía que padecer, ser desechado
por los hombres…que tenía que ser crucificado y que al tercer día resucitaría.
Y esto suscita un gran escándalo y Pedro intenta apartar a Jesús de tal idea porque
ese no era el mesías que ellos estaban esperando, y la reacción de Jesús es
contundente cuando a Pedro le llega a decir ‘apártate de mi vista Satanás’. La
clave de todo esto es subsanar la idea de pensar en un mesías que venga a
ayudarnos para luchar contra los malos. Hemos pensado que los malos son los de
enfrente y que venga el Mesías en mi ayuda en mi batalla contra los malos. Y en
aquel entonces los malos eran los romanos, pero cada uno de nosotros podemos
pensar que los males de nuestra vida están concretados en determinadas
personas, circunstancias o retos que son los malos a abatir. Y la visión de
Jesús es bien distinta: Jesús no ha venido para luchar contra los malos, sino
que ha venido a redimirnos y hacernos a todos los que somos pecadores que
seamos santos redimiéndonos de nuestro pecado. El Mesías de Dios no ha venido a
luchar contra los malos, sino para hacernos buenos a todos y salvarnos a todos.
Otra cosa es que uno se deje salvar por el Señor. La frontera entre el bien y
el mal no está ahí afuera, no es una trinchera en la que el mal está en el otro
lado y yo estoy en el otro lado; sino que la frontera entre el bien y el mal
pasa por la mitad de mi corazón.
Jesús nos predice que en el plan de
Dios está el de entregar su vida en sacrificio por la transformación del hombre
para que renazcamos a una vida santa. Por eso termina el evangelio diciendo «si
alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me
siga».
Podemos tener un riesgo, porque
podemos pensar como pensaban equivocadamente, pensando que tenemos a Dios de
nuestra parte o de mi parte. La clave está en que yo esté de la parte de Dios. No
pretender traer a Dios a mi servicio. No es el Cielo el que tiene que obedecer
a la tierra, sino la tierra quien tiene que obedecer al Cielo. Jesucristo nos
mete en una dinámica en la que se exige nuestra purificación y nuestra concepción
de Dios. Y es la sabiduría de la cruz y esto supone el dejar de confiar en
nuestra propia voluntad y confiar en la voluntad de Dios.
martes, 31 de agosto de 2021
San Antolín , mártir, Patrono de la diócesis y de la ciudad de Palencia
San Antolín 2021
2 de septiembre de 2021
Hermanas, les voy a contar la leyenda de San Antolín. Nos remontamos a los tiempos del rey Sancho III Mayor de Navarra, por el año 1035 d.C., al que gustaba cazar por tierras palentinas y siempre dispuesto a cazar una buena pieza. En aquel entonces Palencia era un auténtico vergel y la zona que conocemos de la Catedral ni siquiera existía. Era todo selvático. Cuenta la leyenda que cabalgaba el rey Sancho III Mayor de Navarra en su caballo cuando vio aparecer el jabalí más grande que se haya visto jamás en Palencia. Y al ver semejante pieza de caza tan codiciada el rey Sancho Mayor de Navarra se lanza en su persecución tras el jabalí y el jabalí corriendo a toda velocidad para intentar escapar. Y recorriendo el territorio por las tierras palentinas, cuentan que el jabalí se adentró en una cueva, en una cueva silenciosa, oscura, pero el rey Sancho de Navarra no desistió de su pieza de caza porque quería comerle como plato central de las viandas que se pensaba zampar. Mas el rey cuando su visión se acostumbró a la oscuridad de la cueva atisbó a la pobre fiera que estaba acorralada, mas al tensar el venablo, el rey no podía mover su brazo, se quedó inmovilizado en su brazo, sentía su brazo paralizado, el brazo no tenía fuerzas… y en estas cuentas estaba el monarca cuando se apareció el Santo, San Antolín y entonces el rey lo comprendió. El rey cayó de rodillas, se postró ante la imagen del santo, y mirándole a los ojos le dijo: “San Antolín, noble santo, vienes aquí a reprocharme mi actitud, no debía adentrarme en terreno sagrado, porque eso es lo que es esta cueva, terreno sagrado, y aquí he entrado a derramar sangre en donde no debería haberlo hecho. Ante ti me postro, San Antolín y prometo que aquí erigiré un templo, aquí erigiré una iglesia que tendrá como base esta cripta, esta cueva tan recóndita donde ese jabalí que me ha hecho ver la verdad mediante tu aparición, saldrá sano y salvo”.
Y aquí tenemos precisamente el origen de la
Catedral de Palencia, la Bella Desconocida. El origen de la Catedral de San Antolín
que es así como se llama. Todos los años –los que se puede- se renueva la
tradición de beber el agua de la cripta a la que atribuyen poderes curativos.
Pero más allá de esa atribución que se le puede dar al agua del pozo de la
cripta hay otra sumamente más importante. Fue de esa agua donde fueron
bautizados los primeros cristianos palentinos y es ahí donde se nos recuerda
que surgen nuestras raíces cristianas que nos conducen al cielo.
En
esta solemnidad del Patrón de nuestra diócesis se nos recuerda que no hace
falta ser un profesional para poder hablar de Dios. Dios es más íntimo a
nosotros que nuestra propia intimidad. Es importante hablar de Dios porque de
la abundancia del corazón habla la boca. Y es normal que aquel que tiene a Dios
en su corazón lo exprese, y hable de Dios de una manera o de otra. Ahora bien,
siempre será mucho más de lo que expresemos, porque nuestras palabras se quedan
siempre cortas. Por eso, cuando hablemos de Dios, hay que hablar con humildad.
Conocemos aquella imagen que utiliza San Agustín de aquel niño que estaba en la
playa y quería hacer un agujero y meter agua con los cubos de agua. A lo que
san Agustín se acerca al niño y le pregunta qué es lo que hacía, a lo que el
niño le responde que estaba intentando meter todo el agua del mar en ese
agujero de la arena. Y en ese momento San Agustín se da cuenta de que Dios le
estaba dando una llamada a corregirse, porque él estaba intentando meter a Dios
en su mente y eso no es posible. Somos nosotros los que estamos llamados a
hacernos imagen y semejanza de Dios, no pretendamos meter a Dios en nuestros
conceptos porque no podemos hacer un dios a nuestra imagen y semejanza. Somos
nosotros los que tenemos que estar en continua transformación teniendo en
cuenta de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. No podemos manipular
nunca el concepto de Dios.
Hoy
en el día de nuestro santo Patrón, San Antolín, se nos recuerda que nuestras
raíces son cristianas y que ha de circular por nuestras venas la savia de la gracia.
Y del mismo modo que el rey Santo III Mayor de Navarra supo darse cuenta de que
en esa cueva, de que en esa gruta aconteció algo sagrado que le cambió la vida,
que también nosotros, cada día en la Eucaristía, descubramos el gozo de tener
con nosotros al autor de nuestra vida y de nuestra alegría.
|
Pues en el cielo elevado |
Después del séptimo día |
domingo, 29 de agosto de 2021
Bodas de Oro de la Profesión Religiosa de una Monja Carmelita Descalza de Palencia
Bodas de Oro de
la Hna. Ana María de la Santísima Trinidad
31 de agosto 2021
Hna. Ana María de la Santísima Trinidad estás aquí
como fruto de una llamada particular que Cristo te hizo a ti personalmente: es
tu respuesta a la llamada particular que Cristo te hizo, y tú has respondido
con fidelidad. Y respondiendo a esta llamada de Cristo te has dedicado y te
dedicas totalmente a Dios y a la perfección de la caridad movida por el
Espíritu Santo. Con tu vida de oración y entrega estás colaborando en la
santidad de la Iglesia y eres una discípula de Cristo que contribuye en la
construcción del Reino de Dios junto a toda esta Comunidad de Carmelitas
Descalzas.
Una vida consagrada que es una
llamada a mantener encendida esa lámpara, esa llama de la santidad. Una vida
consagrada que sigue los consejos evangélicos como estado de vida. Es cierto
que Jesús dio consejos evangélicos para todos sus seguidores, pero cuando de
esos consejos que dio Jesús se convierten en estado de vida, en formas de vida
explícita, es cuando estamos en el estado de vida consagrada, la cual es un
regalo para la Iglesia y todas aquellas que se consagran son una bendición de
Dios porque colaboran más estrechamente con el Divino Salvador.
Es verdad que la primera
consagración es la bautismal, donde se reafirma que nuestro corazón es de Dios,
que nuestro corazón tiene dueño, que somos de Dios. Y el que hace los votos de
la vida consagrada lo que hace es visualizar la consagración fundamental
bautismal y la actualiza de una manera concreta viviéndolo a través de la
consagración de unos votos. De tal modo que la vida consagrada es como un faro
encendido en medio de la noche, en medio de la tibieza, en medio de la
mediocridad para que recordemos todos que en el bautismo todos hemos sido
consagrados a Cristo. Hoy nuestra Hermana Ana María de la Santísima Trinidad,
en sus cincuenta años de consagración ha estado día y noche siendo ese faro
encendido en medio de esta tierra iluminando el rostro de Cristo a toda la
Iglesia, iluminando al conjunto de todos los fieles.
Nuestra Hermana Ana María aporta y
ha aportado a la Iglesia al entregarse a Cristo y a los hermanos, dando
testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos. La Hermana Ana María sabe
que lo principal de su vocación no es qué cosas se hace, sino lo que es, lo que
somos: la vocación es ser de Cristo. Y de ese ser de Cristo manan las diversas
actividades diarias, desde pintar, rezar en el coro, tocar el órgano hasta
planchar o hacer las formas. Ella sabe que lo esencial es primero el ser antes
que el hacer. La vida de esta Comunidad de Carmelitas Descalzas nos recuerda a
todos que somos de Dios, que nuestro corazón tiene dueño y que su dueño es
Jesucristo. Nos recuerdan que tenemos a Dios como Padre y que nuestro corazón
está centrado en esa filiación divina.
La Hermana Ana María, junto a toda
la Comunidad, es testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos, porque
ustedes adelantan lo que será ese don de la esposalidad que tendremos todos con
Dios en los cielos. Allí no habrá esposos ni esposas, ni maridos ni mujeres,
sino que allí seremos como ángeles con un único corazón en Dios. La vida
consagrada nos adelanta esa esperanza de la vida eterna con el Señor. La vida
consagrada nos recuerda que nuestro corazón esté libre de ataduras, sólo estar
con el Señor, siendo un estímulo a la santidad. De tal modo que la santidad de
los consagrados es un estímulo para los matrimonios, para los sacerdotes para
todos los creyentes, y la hermana Ana María es un estímulo para aquellos que
tenemos la suerte de conocerla. La vocación cuando se vive con intensidad,
cuando se vive en plenitud acaba siendo un estímulo para los demás y este es el
caso de nuestra hermana Ana María de la Santísima Trinidad porque durante estos
noventa años de vida y cincuenta de consagrada ha ido realizando ese proyecto
de santidad aquí en el Carmelo Teresiano, en el lugar donde el Señor la ha plantado
y que ahora celebramos recordándonos que la principal llamada que hemos
recibido en esta vida es una llamada a la santidad.
La vida de esta hermana nuestra, Ana
María, es un ‘amén’, es un sí confiado y total al Señor, confiándose totalmente
a su Amado, Cristo el Señor. Ella dice ‘amén’ como la Virgen María, como señal
de solidez, de fidelidad al Señor y en el Señor. Decir ‘amén’ es recordar que
Dios es fiel y nosotros estamos llamados a confiar plenamente en su fidelidad. Y
nuestra hermana Ana María diariamente proclama este ‘amén’ en señal y como signo
de constante fidelidad al Señor aún en medio de la prueba. Este ‘amén’
significa también un acto de obediencia a la voluntad de Dios. San Agustín dice
que “los que en esta vida dicen ‘amén’ a
Dios, en la próxima vida dirán ‘aleluya’ “. Para poder gritar ‘aleluya’ en la
vida eterna tienes que abrazar el ‘amén’ que es la obediencia, que es la
fidelidad, es decir el ‘yo confío plenamente en la fidelidad de Dios’. Es un
‘amén’ a la fidelidad de Dios; es una ‘amén’ a la voluntad de Dios. Los que son
fieles en el ‘amén’ en esta vida, reciben el don del ‘aleluya’ en la vida
eterna. Y nuestra hermana Ana María de la Santísima Trinidad ha proclamado
durante estos cincuenta años de vida consagrada en el Carmelo Teresiano ese
‘amén’ a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y lo seguirá haciendo
hasta el día que ella, junto a todos nosotros podamos proclamar, junto con
ella, a pleno pulmón el ‘aleluya’ en la Patria Celestial.
Hermana Ana María, “el Señor te
bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor,
el Señor te muestre su rostro y te conceda la Paz”.
Hermana, enhorabuena por estos
cincuenta años de vida consagrada.
jueves, 26 de agosto de 2021
Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, Ciclo B
Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo b
29 de agosto de 2021
La primera lectura tomada del libro
del Deuteronomio [Dt 4, 1-2.6-8] subraya la importancia de la Ley de Dios. De
hecho la palabra ‘deuteronomio’ segunda Ley. La primera ley fue la que Dios dio
a Adán y Eva y el libro del libro del Deuteronomio es el libro de la segunda Ley.
Es un libro donde se subraya que la Ley de Dios es liberadora, no es un peso,
sino que permite al hombre vivir con libertad y con dignidad. Por eso dice la
primera lectura: «Escucha
los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y
entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os
va a dar». El
Señor nos pide que seamos fiel a la Ley.
Teniendo en cuenta esta primera
lectura, se podría decir que uno de los problemas de nuestra cultura actual es
el tener recelo, sospecha de que la Ley de Dios nos va a quitar libertad. Esta
es la primera aportación que nos ofrece esta primera lectura. No tengáis miedo
a la Ley de Dios, porque la Ley de Dios nos libera. Por ejemplo, no matarás, el
que bebe y se emborracha está pecado contra este mandamiento y hace que todas
las relaciones familiares, personales, allá en donde él se mueva se generen
profundos problemas, malos tratos, y la degeneración de una convivencia con esa
persona. Puede decir uno, ‘yo hago lo que me da la gana’ y ‘bebo lo que quiera,
no eres tú nadie para decirme lo que tengo yo que hacer’. Sin embargo la Ley de
Dios, libera. Y curiosamente este mundo ofrece libertad y nos esclaviza, y es
muy importante que cada uno vaya haciendo experiencia de esto. Dios te pide que
cumplas su Ley y te libera. Este mundo te promete libertad y te esclaviza. Esta
es una experiencia que tenemos que hacer, y de hecho uno va constatándolo. Por
eso la primera lectura nos abre a que acojamos la Ley de Dios como liberadora,
como un don, como un regalo que nos permite vivir en dignidad y cuidar nuestra
propia vida.
Pero curiosamente pasamos al
evangelio [Mc 7, 1-8. 14-15.21-23] y Jesús nos habla de un riesgo: el de
cumplir la Ley sin cumplirla. ¿Cómo se puede cumplir la Ley sin cumplirla?, sí,
sí es posible. Los fariseos y saduceos son cumplidores de la Ley, pero Jesús
les dice ‘la cumplís sin cumplirla’, porque corre el riesgo de que uno se quede
con la letra de la ley y olvide el espíritu de la Ley. Esta es una disociación
que a veces nosotros la solemos aplicar a los fariseos cuando Jesús dice que
limpian por fuera las manos, cumplen las normas de precepto de la limpieza
ritual, pero por dentro están llenos de podredumbre. Pero esto está muy cerca
de nosotros. Por ejemplo, el joven rico, que nos representa a cada uno de
nosotros, cuando el joven rico se presenta delante de Jesús diciendo ‘¿qué
tengo que hacer para llegar a la vida eterna?’, y luego en el fondo queda
bastante claro que no estaba dispuesto a seguir la voluntad de Jesús. Es como
si uno se presenta ante Dios diciendo ‘¿qué
normas tengo que cumplir para poder seguir haciendo mi santa voluntad sin
faltar a la Ley de Dios?’. O sea que existe este riesgo. Existe el riesgo
de cumplir la letra de la Ley pero en el fondo sin terminar de descubrir el
espíritu de la Ley. ¿Cómo estar atentos a este riesgo? Estamos llamados a
entender la Ley de Dios no separado del amor de Dios. Por ejemplo, no es bueno
que nos planteemos nuestra vida moral en los siguientes términos: ‘¿esto está
permitido?, ¿esto está prohibido?’. Si nos lo planteamos en estos términos no
vamos por buen camino, más bien deberíamos de plantearlo de otra manera: ‘¿esto
agrada al Señor?, ¿esto es conforme a su voluntad?’. Os dais cuenta dónde
ponemos el acento, si en la letra o en el espíritu de la Ley.
Cuando alguien dice ‘esto no lo
puedo hacer porque me lo prohíbe mi moral’, lo que hay que decir que te lo
prohíbe la Ley porque es malo. Dice Santo Tomás de Aquino ‘ofende a Dios lo que
hace daño al hombre’. Y Dios prohíbe o manda aquello que es conforme al bien
del hombre. Es importante que pongamos nuestro acento en agradar a Dios. No
preguntarnos si cumplimos o no la Ley, sino poner el acento en qué es lo que
agrada a Dios, qué es lo que está conforme a la voluntad de Dios. La Ley hay que cumplirla, pero siempre
haciéndolo agradando a Dios.
También es importante que en nuestro
examen de conciencia no nos limitemos a examinar el cumplimiento literal de las
cosas, sino que también examinemos el
intención con la que las hacemos. Es fundamental caer en la cuenta si el
cumplimiento de los preceptos de Dios lo hacemos con amor, si la caridad es el motor del cumplimiento. O si el motor de hacer
las cosas es la practicidad o el ser visto por los demás o por otros motivos
que no son los de la caridad. Examinarnos ante Dios no sólo del cumplimiento
material de las cosas, sino también de la intención formal con la que las
hacemos. Pidiendo a Dios el don para que la caridad sea el motor formal de todo
lo que hacemos.
Es posible que haya cristianos que
materialmente las cosas las hagan bien, pero les falta purificar la intención
formal, y eso es muy importante. Por eso Jesús, después de la primera lectura
del Deuteronomio que subraya la importancia de la Ley, Jesús en el evangelio
insiste en la importancia de que la Ley no esté muerta y nos llama la atención
de ‘cumplir la Ley sin cumplirla’, es decir de vaciarla de su intencionalidad
formal que es dar gloria a Dios sirviendo a nuestros hermanos.
No queremos ser meros cumplidores,
queremos ser seguidores de Jesús. Queremos poner el acento en el seguimiento de
la persona de Jesucristo. Porque en el fondo ¿qué es la moral?, la moral –dice
el Catecismo- es el estilo de vida de los seguidores de Cristo. Lo que
configura la vida moral del cristiano es el seguimiento de Jesucristo, Nuestro
Señor.
LA TRANSVERBERACIÓN DE SANTA TERESA DE JESÚS
26 DE AGOSTO DE 2021
Santa Teresa de Jesús trataba de entender y comprender qué se escondía detrás de todas estas experiencias místicas. Deseaba conocer la razón del porqué de esas experiencias porque ella no quería que esas experiencias místicas quedasen en algo hermoso y bonito, sino que la alentara en su profunda unión con el Señor. Y por eso la gran lucha de Santa Teresa de buscar confesores, de personas letradas, de cristianos con profundo amor de Dios era para confrontarse con la verdad evangélica. Esto la constituye a ella como doctora de la Iglesia porque tiene una doctrina sólida, una experiencia de Dios sólida que ella ha sabido acoger, entender y transmitirnos. Santa Teresa plantea la vida teologal asentada en Cristo Jesús, ya que Él es nuestra esperanza, Él es la razón de nuestra fe.
La transverberación no es un hecho aislado o no es un hecho que confirme en sí mismo la santidad de Teresa, porque eso sería no entender la acción de Dios en la persona. La trasverberación forma parte de un proyecto de Dios con Teresa. Esto es lo que tenemos que comprender y comprender. De hecho cuando Teresa nos narra su proceso espiritual en ‘El libro de la vida’, su autobiografía, nos lo presenta en un contexto muy bien pensado y muy bien meditado, donde la experiencia mística marca una parte importante de ese camino que va a culminar en la fundación de San José y el inicio de la reforma teresiana. Como Teresa misma expresa en el ‘Libro de la vida’, esta experiencia, como otras muchas, forman parte de un camino de crecimiento espiritual, o de un camino donde Dios quiere hacernos partícipes de su gracia, hacernos partícipes de su amor. Y que ayuda a Teresa en ese proceso de conversión, una conversión que no acontece de la noche a la mañana, sino después de haberse pasado prácticamente 20 años en el convento. Una conversión que marca el inicio de una actitud diferente de vida. La conversión es un proceso en el que tenemos que entrar libre y voluntariamente cada uno para darnos cuenta de cómo estamos viviendo y qué sentido estamos dando a nuestra vida.
De hecho Teresa, y este es el elemento que va a sostener la experiencia mística de la transverberación, antes de contarnos sus experiencias místicas nos narra al inicio del capítulo 23, nos habla de que va a presentarnos su vida nueva, una vida que ha cambiado a partir de la conversión. Ella dice, una mujer nueva, antes era yo la protagonista, pero a partir de ese momento es Dios el verdadero protagonista de mi vida. Cambia ya la perspectiva, ya no es ella la dueña y señora de su vida y de su proyecto de salvación, sino que el autor de su salvación es a partir de ese momento Dios.
Recordad que cuando Teresa nos relata en el capítulo 9 su conversión, ella nos dice que esa imagen del Cristo llagado que se encontró en un oratorio que habían traído al monasterio para hacer una fiesta, ella dice que en ese momento me di cuenta, fui consciente de lo que el Señor había sufrido por mí y lo mal que yo había agradecido aquellas llagas. Ella lo dice así: «Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle» (cap. 9). ¿Detrás de estas palabras qué se esconde? La actitud de una persona que se da cuenta de que el propósito de su entrada en el convento la mantuvo durante 20 años en la mentira, ella entra en el convento, como nos dice, para librarse del infierno, y ahora ante este Cristo llagado se da cuenta de que es Él el que le ha librado y le ha salvado ya. Le ha salvado el Señor no esperando a sus obras, sino antes de sus obras, antes de las obras de Teresa. Esto supone para Tersa el despertar al verdadero sentido del amor y de la misericordia de Dios. Nosotros no somos los protagonistas, el auténtico y único protagonista es Dios. Porque en el cristianismo la salvación es un don, el don del amor de Dios que se ha adelantado, que ha entregado la vida para salvarnos, no es algo que tengamos que ganar, sino algo que Él ya nos ha regalado y esto lo descubre Teresa ante este Cristo llagado en aquel oratorio del monasterio.
Y es aquí el gran relato de Teresa, su conversión, el descubrir que la misericordia de Dios no tiene límites y ella se da cuenta que 20 años que usó mal de esa gracia porque pensaba que sus trabajos y sacrificios eran para no ir al infierno, cuando era el mismo Dios quien ya le había abierto las puertas del cielo gracias a la Sangre derramada por Cristo por nuestros pecados. Teresa se da cuenta de cómo la misericordia de Dios siempre ha estado confiando en ella y esperando en ella. Que la misericordia de Dios le castigaba con amor, nos dice Teresa, que abrió las puertas para dejar a Dios ser Dios. La conversión para Teresa es eso, empezar a dejar que Dios sea Dios, no mi idea, mis perjuicios, mis conceptos. Y este cambio tan importante que experimenta Teresa en su conversión es lo que va a ser el preámbulo de su vida mística, de sus gracias místicas y concretamente de la transverberación. Pero antes ya nos dirá Teresa que en ese itinerario fue fundamental el disponerse a aprender a amar. Nos dirá Teresa que la oración, mirada siempre desde la clave de amor, no se trata de pensar mucho, no se trata de decir muchas palabras, sino de amar mucho. Una capacidad que tenemos todos los seres humanos pero que tenemos que aprender y a ejercitar. Ella misma nos dirá en el capítulo 24 del ‘Libro de la vida’ que antes tuvo que aprender a soltar y a liberar su corazón de los afectos que la tenían atada. Todos conocemos cómo era la vida de Teresa, de cómo la encantaba mantener amistades, ir al locutorio, etc, etc, etc…algo que ingenuamente le parecía bueno, pero Teresa se da cuenta de que la tenían en cierto modo esclavizada. Y ahí va a surgir la primera gracia mística de Teresa, su primer arrobamiento que tuvo que dejarse liberar, y como ella dice, ‘aprender a amar a todos en Dios y desde Dios’, ese el principio donde Dios le dice que ya no tendrá más conversaciones con hombres sino con ángeles. El contenido es que no se trata de que ocupes tu corazón con otras cosas, sino que desde Dios y en Dios aprendas a amar. Y en ese proceso va a acontecer la transverberación, el flechazo, el enamoramiento de Teresa; Teresa enamorada locamente de Jesús. Jesús le ha concedido enamorarse de esa gracia. Y todos tenemos experiencia del enamoramiento como energía vital de la persona, que centra todos nuestros pensamientos, todas nuestras energías, todo nuestro ser en la persona amada. Pero también sabemos, por experiencia, que el enamoramiento no es el último estadio del amor; el enamoramiento nos introduce a vivir al amor y a partir de entonces a aprender a amar con la energía necesaria para hacerlo.
Dios va haciendo este camino en Teresa que luego se irá culminando con una serie de gracias, que en el fondo van a hacer todas el ensanchar su corazón, enseñándola a aprender a amar. Cuando Teresa vivía en el convento lo que menos le interesaba era lo que acontecía fuera de los muros del convento, pero cuando Dios empieza a ensancharla el corazón empieza ella a preocuparse hacia los otros. Este es el significado profundo de la acción de la transverberación, el tener el corazón ensanchado de amor divino que hace que sufra y se preocupe de todos los pecadores. Un corazón que se hace partícipe de ese amor de Dios. Y por eso Teresa necesita compartir ese amor y la grandeza que en sí misma conlleva. Y así consigue Dios ensanchar el corazón de Teresa, aunque aún tengan que pasar varios años para poder recibir la principal de sus gracias, estando en el Monasterio de la Encarnación, ya como priora, la gracia del Matrimonio Espiritual, como culmen de este proceso, de este camino de enamoramiento de amor.
viernes, 6 de agosto de 2021
Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C
Homilía del Domingo XIX del Tiempo
Ordinario, Ciclo B
8
de agosto de 2021
En el evangelio de este domingo el
Señor nos habla del Pan de Vida, es un discurso eucarístico [Jn 6, 41-51]. Y en
este mismo evangelio se nos hace alusión a dos episodios acontecidos en el
Antiguo Testamento. Uno de ellos es paso por el desierto del pueblo de Israel durante
cuarenta años. Y ese pueblo sobrevivió a todo ese larguísimo itinerario gracias
al maná. Un maná venido del Cielo y que permitió la supervivencia de Israel a
lo largo de esa travesía por el desierto durante esos cuarenta años. Pero
tengamos presente que el pueblo de Israel no vivió con gratitud y
agradecimiento por este maná. El pueblo de Israel se quejaba, decían ‘estamos
hartos ya de este pan sin sabor’, ‘de este pan insípido’, ‘¿pero no hay otra
cosa distinta para comer?’, no les resultaba sabroso, no les resultaba
atrayente. Ellos en vez de percibirlo como un don de Dios, ellos lo vivían con
quejas y como algo que les mortificaba.
Algo parecido pasa con la primera
lectura que está tomada del libro de los Reyes [1Re 19, 4-8]. Es el pasaje en
el que el profeta Elías huye por el desierto durante cuarenta días porque está
siendo perseguido porque es el último de los profetas de Yahvé que había
permanecido fiel y Jezabel le perseguía para matarle. Elías estaba rendido por
el cansancio, y agotado se sienta bajo una retama y se desea la muerte. Y en
ese momento un ángel del Señor le despierta y le dice ‘levántate y come’. Y a
Elías no le apetecía comer en absoluto, es como si el propio instinto de
supervivencia ya no le funcionase a Elías. Pero el ángel le dice ‘levántate y
come’. Y Elías, por obediencia, se levantó, comió un poco y se volvió a tumbar.
Pero el ángel le volvió a insistir ‘levántate y come más’. Y Elías obedeciendo
volvió a comer, forzándose, obligándose y con la fuerza de aquel alimento fue
capaz de atravesar el desierto durante cuarenta días.
Una aplicación para nuestras vidas
de este paso por el desierto del pueblo de Israel y por el paso por el desierto
Horeb del profeta Elías. A todos los pasa que cuando estamos extenuados por el
cansancio lo que nos apetece es tumbarnos, dormir, …muchas veces necesitamos
más el dormir que el comer por el agotamiento tan serio que a veces podemos
sufrir…y no comer. Pero sin embargo necesita comer y sólo así le volverán las
fuerzas. Esto mismo ocurre en la vida espiritual, que el desánimo, la
desesperación nos conduce a tirar la toalla y a dejarnos llevar. Y sin embargo
es precisamente en ese momento cuando más necesitamos del alimento de Dios.
Puede ocurrir que cuando menos nos apetezca una cosa sea cuando más lo
necesitemos. Lo cual es importantísimo educar las ganas, educar el gusto,
porque muchas veces al hombre no le apetece lo que es bueno, sino que le
apetece lo malo. Es muy importante educar el gusto, el forzarnos en gustar de
las cosas de Dios, de lo bueno y aborrecer lo malo. Y a veces hay que
obligarnos a comer. Eso que aconteció a Elías es también una enseñanza para
nosotros, ya que también nosotros podemos padecer una especie de anorexia espiritual,
en la que alguien no llega a percibir que tiene distorsionada la percepción de
la realidad y no se da cuenta de que tiene que comer, de que tiene que
alimentarse, de que está débil y no lo percibe. Y cuando uno está débil tiene
que dar un voto de confianza a aquel que le cuida y le dice ‘aliméntate, come
porque la travesía es fuerte, es larga y necesitas el alimento para el camino’.
El pueblo de Israel decía que no le gustaba el maná del Cielo, pero es que
resulta que el gusto hay que educarlo: hay que aprender a gustar de la
Eucaristía. Porque en la vida espiritual hay muchos momentos en los que uno no
siente nada, tiene una sequedad interior, se acerca a los sacramentos y no
tiene esa percepción favorable que en otros momentos haya podido tener…Es que
en nuestra vida espiritual hay muchas ocasiones en las que tenemos que caminar
a la luz de la fe. Lo decisivo en la experiencia de Dios no es el sentimiento,
sino caminar en la fe. No se puede confundir experiencia de fe con
sentimientos. La mayoría de las veces la experiencia más profunda de la fe es
obediencia, no sentimiento. El sentimiento puede acompañarnos en algunas fases
de nuestra vida espiritual, pero en otras nos abandona. Y esas fases donde
caminamos a la luz de la fe, obedeciendo –aún sin entender- son muy importante
porque se va aquilatando nuestra fe, se autentifica nuestra fe, se madura.
De tal modo que cuando comulguemos
digamos: Creo firmemente Señor que estás aquí, aunque no te sienta. Y esa
Eucaristía alimenta la presencia de Dios dentro de mí. Y es fundamental también
el educarnos a aprender a vivir de la Eucaristía. ¿De dónde saco mis fuerzas
para el camino? ¿De dónde saco esa energía que a veces me falta porque
humanamente andamos carentes de fuerzas? La fuerza la sacamos de la presencia
de Jesús que está dentro de mí en la Eucaristía que comulgo. Él me da la fuerza
para seguir caminando.

