sábado, 6 de octubre de 2012

Ante la crisis, solidaridad

Ante la crisis, solidaridad  

Declaración de la CCXXV Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española
1.
Desde que la crisis económica comenzó a sentirse, hace ya más de seis años, los obispos, junto con toda la comunidad eclesial, han acompañado con honda preocupación y múltiples iniciativas a los que más sufren sus consecuencias: las familias - en especial, las numerosas - los jóvenes, los pequeños y medianos empresarios, los agricultores y ganaderos, las gentes del mar, los trabajadores y los inmigrantes, entre otros. No son pocas las cartas pastorales de los obispos, los programas especiales de Cáritas y de otras instituciones de la Iglesia, así como diversos gestos concretos que en todas las diócesis han intentado salir al paso de la difícil situación que tantos sufren. Reunidos en regiones o provincias eclesiásticas, los obispos han dado resonancia a su preocupación y a su llamada a la solidaridad cristiana.
2.
Tampoco la Conferencia Episcopal ha dejado de expresar de modo colegiado el sentir de la Iglesia en España sobre la situación, ni de prestar su voz a la exhortación y la clarificación. En 2008 la Asamblea Plenaria decidió entregar a cada Cáritas diocesana una ayuda económica especial, un gesto que quiere servir también de estímulo a la caridad de todos y que se viene repitiendo anualmente en cantidad creciente. En 2009 la Asamblea Plenaria de otoño hizo pública una Declaración ante la crisis moral y económica que apuntaba a las causas y a las víctimas de la crisis, y animaba a ir hasta el fondo de sus raíces espirituales y morales, exhortando al mismo tiempo a la solidaridad de todos y al compromiso de la Iglesia. El Plan Pastoral aprobado este mismo año nos emplaza a continuar la reflexión y a agradecer y estimular la caridad efectiva, la que pasa de las palabras a los hechos.
3.
Tememos que la crisis o, al menos, sus efectos no hayan tocado fondo todavía. Incluso países más fuertes económicamente que el nuestro han de tomar medidas preventivas y correctoras. En nuestro país, los gobiernos - tanto los de España como los de las autonomías -  se han visto obligados a adoptar decisiones que exigen sacrificios a la mayoría de los ciudadanos, cuando muchos se encuentran ya en situaciones difíciles por falta de trabajo, por dificultades financieras y por la prolongación en el tiempo de esas condiciones. Todo ello crea muchas situaciones personales y familiares concretas de gran sufrimiento, que la inmensa mayoría sobrelleva con serenidad y espíritu de sacrificio. Los trabajadores se han mostrado dispuestos en no pocos casos a asumir restricciones laborales y salariales en aras de la supervivencia de sus empresas y del bien de todos. Hay que reconocer y agradecer el civismo y la solidaridad, ahora especialmente necesarios. Por su parte, las autoridades han de velar por que los costes de la crisis no recaigan sobre los más débiles, con especial atención a los inmigrantes, arbitrando más bien las medidas necesarias para que reciban las ayudas sociales oportunas.
4.
Tampoco se le oculta a nadie que la tensión social crece y que determinadas propuestas políticas han venido a añadir elementos de preocupación en momentos ya de por sí difíciles. Ante esta situación, creemos que es nuestro deber dirigir en especial a los católicos, pero también a todos los que deseen escucharnos, unas palabras que quieren aportar luz y aliento en el esfuerzo que resulta hoy especialmente necesario para la consecución del bien común.
5.
Ante todo, invitamos a la fe: a los creyentes, para que la renueven y se llenen de la alegría que ella produce; pero también, a los vacilantes, a los que piensan haber perdido la fe y a los que no la tienen. Invitamos a todos a acoger el don de la fe, porque en el origen de la crisis hay una crisis de fe. El Papa ha convocado a la Iglesia a un Año de la fe, que comenzará el próximo día 11. Desea que el camino de la fe, que nos lleva a Dios, se abra de nuevo para todos. “Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre” ¿Dónde, sino en el Amor verdaderamente infinito podrá encontrar su fuente y su alimento el “anhelo constitutivo de ser más” que mueve la vida humana? (Caritas in veritate, 29).
6.
Cuando se cierra al horizonte de la fe, al verdadero conocimiento y amor de Dios, el corazón del hombre se empequeñece. Entonces, las personas acaban por convertirse a sí mismas en centros del mundo, sin otro referente que los propios intereses, y se esfuman las bases para una comprensión de la existencia libre del egoísmo. La censura de la dimensión transcendente del ser humano, tan a menudo impuesta por la cultura dominante, conduce a verdaderos dramas personales, especialmente entre los jóvenes. La fe, por el contrario, libera el juicio de la razón y de la conciencia para distinguir rectamente el bien del mal y para arrostrar el sacrificio que comporta el compromiso con el bien y la justicia y, por eso mismo, otorga a la vida el aliento y la fortaleza necesarios para superar los momentos difíciles y para contribuir desinteresadamente al bien común.
7.
Al invitar a la fe, invitamos a descubrir la verdad sobre el hombre y al coraje para acogerla y afrontarla; invitamos, en definitiva a la conversión, es decir, a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata. No será posible salir bien y duraderamente de la crisis sin hombres rectos, si no nos convertimos de corazón a Dios.
8.
Invitamos también a la caridad. “La fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda” (Porta fidei, 14). En efecto, la caridad no se reduce a un mero sentimiento voluble; es más bien una voluntad que, iluminada por la fe, se adhiere al amor a Dios y al prójimo de modo constante, razonable y desprendido hasta la entrega de la propia vida, si fuera necesario. La caridad se expresa de muchos modos respecto del prójimo, porque abarca todas las dimensiones de la vida: la personal, la familiar, la social, la económica y la política.
9.
En el orden de las relaciones sociales, la Iglesia, viviendo toda ella en la caridad, da también cauce a la caridad de los fieles de muchos modos que permiten el intercambio de dones. Cáritas es la forma institucional oficial de la Iglesia, por medio de la cual las iglesias diocesanas y las parroquias socorren a quienes lo necesitan. Existen también otras muchas beneméritas instituciones de ayuda promovidas por institutos de vida consagrada, asociaciones de fieles, hermandades y cofradías, etc. Hemos de agradecer en nombre del Señor a todos los voluntarios y donantes que colaboran con sus bienes y con su tiempo en estas obras: “Lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis - dice el Señor” (Mt 25, 40). Gracias a todos.
10.
También hay una caridad que afecta directamente a las relaciones políticas. La situación de crisis genera en muchas personas sentimientos de malestar y de desencanto, de irritación y de rechazo ante unas instituciones sociales y políticas que, aun disponiendo de tantos medios económicos y técnicos, no han sido capaces de ordenar la vida en común de un modo verdaderamente justo y humano. Los jóvenes sufren de un modo muy intenso los efectos de la crisis y se ven afectados por la falta de trabajo en porcentajes difíciles de soportar. Es éste uno de los aspectos más dolorosos y preocupantes de la actual situación. Por eso, es también comprensible que entre ellos se extiendan, acaso especialmente, los sentimientos de desafección y de rechazo a los que nos referimos.
11.
Sin embargo, el malestar social y político debería ser para todos un reclamo a la búsqueda sincera del bien común y al trabajo por construirlo entre todos. Este malestar no debería ser alimentado como excusa para la promoción de ningún interés político o económico particular, a costa del interés general, tratando de aprovechar en beneficio propio el descontento o el sufrimiento de muchos. Nadie se debería sentir ajeno al peligro de caer en este grave abuso: ni las personas, ni los grupos sociales, económicos o políticos.
12.
Entre las formas de “caridad social para el fortalecimiento de la moral de la vida pública”, nuestra Asamblea Plenaria se refería en 2006, en la Instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, a la que toca las relaciones entre los pueblos de España. Reconociendo, en principio, la legitimidad de las posturas nacionalistas verdaderamente cuidadosas del bien común, se hacía allí una llamada a la responsabilidad respecto del bien común de toda España que hoy es necesario recordar. Ninguno de los pueblos o regiones que forman parte del Estado español podría entenderse, tal y como es hoy, si no hubiera formado parte de la larga historia de unidad cultural y política de esa antigua nación que es España. Propuestas políticas encaminadas a la desintegración unilateral de esta unidad nos causan una gran inquietud. Por el contrario, exhortamos encarecidamente al diálogo entre todos los interlocutores políticos y sociales. Se debe preservar el bien de la unidad, al mismo tiempo que el de la rica diversidad de los pueblos de España. Adjuntamos a esta declaración los párrafos de la mencionada Instrucción pastoral en los que se explican estas exigencias morales, que hoy, en la delicada situación de crisis que nos afecta a todos, se presentan con particular urgencia.
13.
Terminamos invitando a la esperanza. Es comprensible que, ante la acumulación de sacrificios y problemas, algunos se sientan tentados de abandonar el espíritu de superación y de sucumbir al pesimismo. Pensamos que, gracias a Dios, son muchos los que resisten a la tentación de culpar sólo a los otros o de la protesta fácil. La conversión nos ayuda a mirar hacia lo que podemos y debemos cambiar en nuestra propia vida. La crisis puede ser también una ocasión para la tarea apasionante de mejorar nuestras costumbres y de ir adoptando un estilo de vida más responsable del bien de la familia, de los vecinos y de la comunidad política. La virtud teologal de la esperanza alimenta las esperanzas humanas de mejorar, de no ceder al desaliento. Quien espera la vida eterna, porque ya goza de ella por adelantado en la fe y los sacramentos, nunca se cansa de volver a empezar en los caminos de la propia historia.
14.
La comunidad cristiana quiere y debe ser un signo de esperanza. Todos hemos de dar en nuestra vida signos de esperanza para los demás, por pequeños que sean. Hoy deseamos pedir a quien corresponda que se dé un signo de esperanza a las familias que no pueden hacer frente al pago de sus viviendas y son desahuciadas. Es urgente encontrar soluciones que permitan a esas familias - igual que se ha hecho con otras instituciones sociales - hacer frente a sus deudas sin tener que verse en la calle. No es justo que, en una situación como la presente, resulte tan gravemente comprometido el ejercicio del derecho básico de una familia a disponer de una vivienda. Sería un signo de esperanza para las personas afectadas. Y sería también un signo de que las políticas de protección a la familia empiezan por fin a enderezarse. Sin la familia, sin la protección del matrimonio y de la natalidad, no habrá salida duradera de la crisis. Así lo pone de manifiesto el ejemplo admirable de solidaridad de tantas familias en las que abuelos, hijos y nietos se ayudan a salir adelante como solo es posible hacerlo en el seno de una familia estable y sana.
15.
Animamos a todos a acoger nuestra invitación a la fe, a la caridad y a la esperanza. Oramos por los gobernantes, para que acierten en sus difíciles decisiones. Oramos, en especial, por los que más sufren los efectos de la crisis y les aseguramos nuestra solidaridad. Pedimos a los católicos y a las comunidades eclesiales que oren por ellos y por España. Ponemos en manos de la Santísima Virgen el presente y el futuro de España; que ella nos guíe por caminos de unidad y de solidaridad, de libertad, de justicia y de paz.
Madrid, 3 de octubre de 2012

Anexo

Sobre los nacionalismos y sus exigencias morales

De: LXXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española,
Instrucción Pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España
(23 de noviembre de 2006), números 70 - 76
70.
Creemos necesario decir una palabra sosegada y serena que, en primer lugar, ayude a los católicos a orientarse en la valoración moral de los nacionalismos en la situación concreta de España. Pensamos que estas orientaciones podrán ayudar también a otras personas a formarse una opinión razonable en una cuestión que afecta profundamente a la organización de la sociedad y a la convivencia entre los españoles. No todos los nacionalismos son iguales. Unos son independentistas y otros no lo son. Unos incorporan doctrinas más o menos liberales y otros se inspiran en filosofías más o menos marxistas.
71.
Para emitir un juicio moral justo sobre este fenómeno es necesario partir de la consideración ponderada la realidad histórica de la nación española en su conjunto. Los diversos pueblos que hoy constituyen el Estado español iniciaron ya un proceso cultural común, y comenzaron  a encontrarse en una cierta comunidad de intereses e incluso de administración como consecuencia de la romanización de nuestro territorio. Favorecido por aquella situación, el anuncio de la fe cristiana alcanzó muy pronto a toda la Península, llegando a constituirse, sin demasiada dilación, en otro elemento fundamental de acercamiento y cohesión. Esta unidad cultural básica de los pueblos de España, a pesar de las vicisitudes sufridas a lo largo de la historia, ha buscado también, de distintas maneras, su configuración política. Ninguna de las regiones actualmente existentes, más o menos diferentes, hubiera sido posible tal como es ahora, sin esta antigua unidad espiritual y cultural de todos los pueblos de España.
72.
La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás. En todo caso, habrá de ser respetada siempre la voluntad de todos los ciudadanos afectados, de manera que las minorías no tengan que sufrir imposiciones o recortes de sus derechos, ni las diferencias puedan degenerar nunca en el desconocimiento de los derechos de nadie ni en el menosprecio de los muchos bienes comunes que a todos nos enriquecen.
73.
La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España. Pero enseña también que, en este caso, como en cualquier otro, las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. Todos tenemos que hacernos las siguientes preguntas. Si la coexistencia cultural y política, largamente prolongada, ha producido un entramado de múltiples relaciones familiares, profesionales, intelectuales, económicas, religiosas y políticas de todo género, ¿qué razones actuales hay que justifiquen la ruptura de estos vínculos? Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?[37]
74.
Si la situación actual requiriese algunas modificaciones del ordenamiento político, los Obispos nos sentimos obligados a exhortar a los católicos a proceder responsablemente, de acuerdo con los criterios mencionados en los párrafos anteriores, sin dejarse llevar por impulsos egoístas ni por reivindicaciones ideológicas. Al mismo tiempo, nos sentimos autorizados a rogar a todos nuestros conciudadanos que tengan en cuenta todos los aspectos de la cuestión, procurando un reforzamiento de las motivaciones éticas, inspiradas en la solidaridad más que en los propios intereses. Nos sirven de ayuda las palabras del Papa Juan Pablo II a los Obispos italianos: “Es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada”[38] por parte de todos. Hay que evitar los riesgos evidentes de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública en favor de pretensiones particularistas o reivindicaciones ideológicas.
75.
La misión de la Iglesia en relación con estas cuestiones de orden político, que afectan tan profundamente al bienestar y a la prosperidad de todos los pueblos de España, consiste nada más y nada menos que en “exhortar a la renovación moral y a una profunda solidaridad de todos los ciudadanos, de manera que se aseguren las condiciones para la reconciliación y la superación de las injusticias, las divisiones y los enfrentamientos”[39].
76.
Con verdadero encarecimiento nos dirigimos a todos los miembros de la Iglesia, invitándoles a elevar oraciones a Dios en favor de la convivencia pacífica y la mayor solidaridad entre los pueblos de España, por caminos de un diálogo honesto y generoso, salvaguardando los bienes comunes y reconociendo los derechos propios de los diferentes pueblos integrados en la unidad histórica y cultural que llamamos España. Animamos a los católicos españoles a ejercer sus derechos políticos participando activamente en estas cuestiones, teniendo en cuenta los criterios y sugerencias de la moral social católica, garantía de libertad, justicia y solidaridad para todos.
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[37] “Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni moralmente aceptable. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder local o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria”: LXXIX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, BOCEE 16 (31. XII. 2002) 91-101, número 35.
[38] Juan Pablo II, Mensaje a los Obispos italianos sobre las responsabilidades de los católicos ante los desafíos del momento histórico actual, 6 de enero de 1994.
[39] Juan Pablo II, Mensaje a los Obispos italianos sobre las responsabilidades de los católicos ante los desafíos del momento histórico actual, 6 de enero de 1994.

Homilía del Domingo XXVII del tiempo



HOMILÍA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

            Es curioso, ¿han oído ustedes de qué material estamos hechos los seres humanos? Resulta que ahora el libro del Génesis nos cuenta que nuestra materia prima es polvo de la tierra. Es algo muy poco consistente, barato, muy frágil. Y no solo eso, sino que además nos imaginamos como Dios actúa como un alfarero, se remanga el vestido y se pone ‘manos a la obra’ para crearnos. Lo que se nos quiere decir es que somos criaturas de Dios, que lo que somos se lo debemos a Él, que de Él hemos salido y a Él retornaremos. Y si Dios es nuestro Creador Él ha puesto en nosotros su sello, su impronta; Y como se tratase de una moneda con la efigie del monarca o gobernante y la inscripción ha acuñado su imagen en nuestra alma.
            Sin embargo Dios no ha acuñado su imagen para que nosotros seamos sus esclavos, tal y como hacían los partidarios de la esclavitud cuando se vendían y compraban los seres humanos como si se tratase de mercancía. Dios quiere que todos los hombres seamos hermanos y libres. Dios ha acuñado su imagen en nuestra alma para proponernos un proyecto de felicidad. ¡Atención! Dios nos lo propone y no nos lo impone. Uno de esos tantos proyectos de felicidad que Dios nos propone es el MATRIMONIO. Y este proyecto que es el matrimonio no es para todos, sino para algunos, ya que se trata de una vocación que Dios da a quien considera idóneos.
Y nos sucede lo mismo que a las monedas antiguas, ya fueran los maravedís, los denarios romanos o demás dinero acuñado en cualquier metal con las correspondientes efigies y escritos… el tiempo, el óxido, el desgaste de ‘ir mano en mano’, la suciedad, el estar muy deterioradas por los diversos percances que hayan podido atravesar…hacen que muchas veces sea complicado poder leer la trascripción y de reconocer por la efigie del correspondiente mandatario. La imagen que Dios había acuñado en el alma humana para proponer la vivencia auténtica del matrimonio había sufrido considerablemente a causa de la terrible erosión causada por el pecado. El pecado había deteriorado hasta grados insoportables el matrimonio. Recordemos que el matrimonio ‘no se lo ha sacado la Iglesia de la manga’; que Cristo no ha inventado ni ideado el matrimonio; el matrimonio está desde que el hombre es hombre, es lo que se llama matrimonio natural.
            Lo que Jesucristo ha hecho ha sido lanzar ‘botes salvavidas’, inyectar, como si fuera con una gran jeringa una potente dosis de amor en el proyecto de amor natural.  Lo ha llevado a cabo de tal modo que lo ha elevado a la categoría de sacramento, para que aquellos que nos reconocemos como criaturas de Dios y tenemos a Jesucristo como Señor podamos contemplar con toda nitidez y sin ningún tipo de dificultad ese proyecto de matrimonio acuñado por Dios en el alma de sus fieles. De tal modo que el esposo amando a su esposa y la esposa amando a su esposo se salven ya que en ese mismo amor conyugal se santifican adorando al Dios que hizo todas las cosas y que a ellos mismos les creó.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Homilía del Domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo b



DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
            Nuestra sociedad y el propio contexto donde nos solemos mover está sufriendo una grave decadencia moral, religiosa y espiritual. El bajo índice de confesiones, las numerosas ausencias de cristianos en nuestras Eucaristías dominicales y la poca implicación en la vida parroquial son algunos de los barómetros que lo evidencian. No quiero decir que aquella persona que se confiese, asista a la Eucaristía y que participe en las actividades parroquiales sea mejor que los otros; lo que sí digo es que por lo menos se está ejercitando para mejorar en su vida cristiana, es decir, se esfuerza para que Cristo lleve el timón de su existencia.
            Toda esta relajación espiritual conduce al arrinconamiento de Dios. El nombre de Dios pocas veces es adorado y todo lo divino va desapareciendo de la escena familiar y social. Llega un momento en el que el ‘apartado fe’ es considerado como un elemento innecesario del que se puede prescindir sin crear el más mínimo problema. Prescindir de Dios es la gran equivocación que comenten algunos. Dios es para la vida de nuestra familia como la columna vertebral en el ser humano. Si extirpamos la columna vertebral a una persona nos podemos olvidar de andar quedando nuestro movimiento extremadamente limitado. Hay personas que en nombre de una forma de pensar o por prejuicios acumulados en el pasado se cierran de antemano a la novedad que viene a ofrecerles Jesucristo. Hay otras que, aún sin cerrarse, asisten a la Eucaristía pero no han descubierto lo que Cristo les pide a título personal porque no han adquirido esa actitud de escucha. Toda esta relajación espiritual se puede asemejar a las densas nieblas invernales que nos impiden tener campo de visión. ¿Y saben ustedes quienes son los más perjudicados de la existencia de esta densa niebla espiritual?: los jóvenes y los niños.
            Todos necesitamos tener un modelo de referencia. Y nosotros tenemos no ‘un modelo’ sino tenemos ‘al modelo’: JESUCRISTO. Para muchos el nombre de Jesucristo es una palabra como muy grande, como que se quiere decir muchas cosas, pero se termina descubriendo que, aun siendo una palabra muy grandilocuente, está hueco, no sabemos como llenarlo de sentido. De hecho nos sucede que hay palabras muy rimbombantes pero que no tenemos ni idea del contenido de mencionados términos. Y aquí está el problema: convivir con el nombre de una persona que se llama Jesucristo sin esa curiosidad para encontrarse con Él. Estamos haciendo un flaco favor a nuestros jóvenes y a nuestros niños al no hacer apostolado del Señor simplemente porque nos hemos conformado con memorizar las cuatro formulaciones del Credo o con aquellas oraciones aprendidas de pequeños y recitadas con gran agilidad.
            Por eso entiendo el deseo que tiene Moisés. Moisés se alegra de que el Espíritu se reparta entre aquellos que le acojan. Ojalá que todos tuviesen la capacidad de acoger a Dios en sus vidas y fueran testimonios de vida para los hermanos. Por eso Jesucristo desea que el amor de Dios, que es un amor que transforma y regenera la existencia, llegue a cuantos más mejor.
            Es fácil de entender la gran necesidad que tenemos todos de ponernos a punto en nuestra vida de fe para ayudar a los jóvenes y niños a descubrir la importancia de Jesucristo y no ser escándalo con nuestra tibieza espiritual.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Fiesta de la Virgen del Valle 2012


FIESTA DE LA VIRGEN DEL VALLE 2012
Valle de Cerrato (Palencia)
            Señor Alcalde y autoridades, feligreses y hermanos todos en Cristo:
            Cuentan que alguien que pasó por un lugar donde estaban unos obreros construyendo un edificio, al cruzarse con uno de los albañiles le preguntó qué hacía: ‘-Aquí estoy- le contestó-, ganando un poco de dinero, para llevar pan para mis hijos’. La misma pregunta lanzó a otro de los albañiles, y con otra contestación: ‘-Pues ya ves –le dijo-, levantando esta pared’. Todavía se cruzó con un tercero, y recibió otra respuesta: ‘-Estoy construyendo una catedral’. Los tres albañiles hacían lo mismo con sus manos, pero sus corazones hacían cosas distintas.
            El estilo de vida de los cristianos nos lleva a llenar el saco de nuestras obras con un contenido formidable y grandioso. Lo que llena el saco es la caridad, o sea, el amor a Dios y a los demás. Siempre es el motivo por el que hacemos las cosas –o por el que queremos hacerlas-. ¿Por qué estudio o trabajo? Para servir, para ayudar a los demás, para facilitarles las cosas, para mejorar sus condiciones de vida…Por supuesto que ganamos dinero y levantamos una pared, pero miramos más alto: construimos una catedral, algo para Dios y para los demás. Si ponemos nuestros ojos en la Santísima Virgen María, bajo la advocación del Valle, enseguida nos daremos cuenta cómo Ella constantemente desde el Cielo nos está ayudando y desea facilitarnos las cosas porque nos quiere como madre que es. El estilo de vida de la Santísima Virgen es un estímulo para caminar como cristianos, porque Ella nos ha demostrado que es posible ser santo; que ayudar a los demás por amor es un modo de irse acercando a Dios.
            En la segunda lectura, el apóstol Santiago nos comenta que en el corazón del hombre se anidan las envidias, rivalidades y la codicia… que lejos de fomentar la paz surgen las guerras y contiendas. Les voy a poner una imagen. El corazón, en cierto sentido, es una thermomix. Como dicen sus instrucciones, con esta máquina puedes hacer de todo, amasar, mezclar, batir, emulsionar, homogenizar, rallar, moler y pulverizar, trocear y triturar… ‘¡Todo en una máquina!’, dice la publicidad. Ahora bien, el producto final depende de lo que se introduzca en él: si metes limón y hielo, mezcla y hace un sorbete o un granizado extraordinario. Si metes piedras y excrementos, el thermomix también mezcla, pero el granizado que resulta será incomestible. Uno introduce lo que quiere, y la thermonix trabaja con esos ingredientes. Algo parecido ocurre con el corazón. Puedo meter odio o comprensión, amargura o visión positiva, agravios o justificación, confianza o desconfianza, pensamientos positivos o negativos. El corazón, entonces, sacará lo que pueda. Dice el Señor: “porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los malos pensamientos, los deseos avariciosos, las maldades, …” etc, que salen del interior y hacen al hombre impuro. Pero nosotros somos los que tenemos la llave de la puerta del corazón para introducir en él lo que queremos. Hace falta ser valiente para hacerse esta pregunta que os propongo: ¿Qué metes en tu corazón?. Que el corazón de María, bajo la advocación del Valle, vigile nuestros corazones. Que combata lo malo, que no lo acepte y que no deje que entre en mi corazón. Que solo de paso a lo bueno y así nuestros corazones palpitarán al mismo ritmo que el corazón de la Madre. Así sea.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Homilía del domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo b



DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

            Me acuerdo, en mis tiempos de seminarista del seminario menor, que tenía un formador que nos solía decir que las personas ‘siempre tendemos a la horizontalidad’, o sea, a relajarnos, a ‘bajar la guardia’, ‘a dormirnos en los laureles’. Por la noche en la capilla, cuando nos recogíamos todos los del curso para dar las buenas noches a Jesucristo presente en el sagrario, siempre en el marco del examen de conciencia, nos refrescaba la reflexión que nos había dado a primera hora de la mañana y nos comentaba que el esfuerzo, el sacrificio y la renuncia eran como las tres cuerdas de una guitarra que bien afinadas ofrecían un sonido agradable para los oídos de Dios. Y lo cierto es que cuando uno se esforzaba, se sacrificaba y renunciaba era capaz de valorar lo que se tenía y de reconocer la necesidad que uno tenía de Dios. Y hermanos, aquí está lo fundamental: ‘Reconocer la necesidad que uno tiene de Dios’.
            Y es que resulta que este Dios que es Padre se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Y Jesucristo no es, como muchos nos han hecho pensar, un amiguete o un colega. ¡Jesucristo es Señor de vivos y muertos!; y es Rey y tiene como cometido reinar en nuestra vida. Por supuesto que respeta nuestra libertad, pero también nos evidencia, nos denuncia las heridas abiertas causadas por nuestro pecado. Como médico que es desea sanarlas pero para eso es necesario que la persona ordene su existencia según Dios.
            Cuando ‘bajamos la guardia’ en la vida espiritual, cuando ‘nos relajamos’ en nuestro trato de lealtad con Jesucristo todo se derrumba, nos vamos hundiendo, poco a poco, en el fango de tierras movedizas. Enseguida aparece en escena el desorden, las envidias y rivalidades, porque ya no buscamos a la luz que es Cristo, sino que se va anhelando otras motivaciones que desdicen de la dignidad del cristiano. El apóstol Santiago nos dice que no podemos pedir cosas o ir corriendo detrás de pretensiones para dar satisfacción a nuestras pasiones. Los cristianos no estamos llamados a ser gusanos que nos arrastramos por la tierra detrás de tal o cual pretensión para tener más, poder más o figurar más. Estamos llamados a ser como ángeles que revoloteen alrededor de Dios, ya que ¡Él es nuestro único tesoro! Sin embargo hay personas, muchas de ellas muy normales, que esto no lo ven ni lo quieren entender. Desean seguir moviéndose con las reglas de funcionamiento del mundo; prefieren balancearse en la mediocridad porque se sienten cómodas o incluso algo importantes en ese micro mundo en el que se desenvuelven. Es entonces cuando las guerras y las contiendas aparecen en escena y se arde en envidia. El Apóstol Santiago es muy claro al señalarnos que «la sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera». Dicho con otras palabras: Un cristiano se va fraguando en la escuela del esfuerzo, el sacrificio y la renuncia sabiendo que todo lo hace por amor y que dicho amor le va elevando poco a poco en el conocimiento sublime al ir descubriendo a la persona de Jesucristo, el cual no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida por cada uno de los presentes.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Homilía del domingo XXIV del tiempo ordinario,ciclo b

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

«Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco» así es como comienza el salmo 114. Dense cuenta ustedes de la belleza de este texto y del bagaje de experiencia que contiene en si. El salmista declara abiertamente que ‘ama a Dios’, que ‘Dios es alguien sumamente importante en su vida’, y continúa dando dos de las razones de porque ama a Dios: « Porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco». El salmista ha descubierto algo que aun estando desde siempre ahí, antes no se había ni percatado y ahora lo ha destapado. Es como ese terreno que uno ha heredado de sus antepasados y de repente, por pura casualidad, aparecen restos valiosos de otras civilizaciones o una veta de minerales preciosos.

Dios desde el principio ha estado acompañando al salmista (y cuando digo salmista incluyo a todos los aquí presentes). El mismo Dios ha sido testigo privilegiado de nuestro recorrido existencial, sin embargo nosotros ni nos habíamos percatado de su divina presencia. Es entonces y solo entonces cuando ha experimentado la ternura de sentirse escuchado cuando todo empieza a adquirir un sentido diferente, novedoso y descubre que lo trascendente, lo del ‘mas allá’ ha estado siempre acompañándonos en el ‘más acá’.

Y el salmo 114 prosigue de este modo bellísimo: «Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia» y ahora prosigue con una súplica que brota con el nudo en la garganta: «Señor, salva mi vida». ¡Cuántas veces todos hemos tenido la experiencia de que las circunstancias, los problemas, los sufrimientos y quebraderos de cabeza nos estaban quitando la paz del corazón!. Y no solamente nos estuviera quitando esa paz, sino que encima nos adentramos en una espiral de pesimismo, de tristeza porque caemos en la cuenta y constatamos de nuestras importantes limitaciones personales. Y es en este momento cuando uno se percata de si tiene amigos o no. Cuando todo va bien aparecen amigos ‘hasta por debajo de las piedras’, pero cuando el infortunio ‘aparece en escena’ ‘desaparecen del mapa’ muchas personas. Dios a veces permite el infortunio para que ese momento de tristeza sea transformado en un momento de gracia y de encuentro personal y amoroso con Él.

Y continúa el salmo con estas palabras llenas de realismo: «El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó». El salmista nos dice abiertamente que ha tenido una experiencia de Dios y que esa experiencia es algo que ha fundado una relación nueva; ha sido el germen de un nuevo modo de entender su vida; es una luz que le permite entender la realidad contando con el Todopoderoso. Se puede decir, sin el más mínimo resquicio de duda que Dios ha fundado algo nuevo y grandioso en esta persona y eso es un motivo de un eterno agradecimiento al Creador de todo. Y la respuesta más evidente ante el don que se le ha entregado es: «Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida».

Y cuando uno camina en presencia del Señor todo adquiere una nueva densidad, y se percata que lo trascendente, lo del ‘más allá’ se hace presente en el ‘más acá’. Que la fe me ofrece una sabiduría especial para reconocer la presencia de Dios en el quehacer cotidiano.

martes, 4 de septiembre de 2012

Homilia de funeral de Emilio Bernal Plaza

FUNERAL DE EMILIO BERNAL PLAZA, 4 de septiembre de 2012

En primer lugar transmitir en el nombre de mi hermano sacerdote y del mío propio nuestro más profundo pésame por el fallecimiento de Emilio. La muerte nos lleva a mirar hacia Dios. Caemos en la cuenta de cómo todo lo que somos se derrumba como un castillo de naipes. Y todo nuestro ser se orienta hacia Dios porque Él nos trae la luz para aclarar este misterio; para dar sentido a esta realidad que rompe el corazón.

Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, nos acerca a lo más profundo, a lo que escapa a nuestra experiencia sensible y a cualquier comprobación científica. Jesucristo nos revela la verdad de la persona humana. Nuestros sentidos nos ofrecen las cosas inmediatas, podemos contemplar desde lo más bello hasta lo más horroroso. Podemos realizar las cosas más altruistas como las más miserables. E incluso podemos vivir engañados creyendo que esto que vemos, oímos, tocamos, olemos y gustamos es toda la realidad existente y que aquí finaliza todo. Sin embargo Dios nos habla de una realidad que se nos escapa: Nos habla de la resurrección, nos habla de la vida eterna. Es verdad, y recuerden ustedes que cuando Jesús predicaba y hablaba de su muerte y resurrección, los mismos apóstoles no lo entendían. Es cierto que ellos estaban allí, que escuchaban al Maestro pero no conseguían captar el misterio del mensaje de la resurrección.

Por eso Jesús, el supremo Maestro, con el ánimo de hacer comprensible lo que en sí es altamente complejo utilizaba las parábolas y sus ejemplos sacados de lo cotidiano. Nos habla de un grano de trigo que, cuando es sembrado, cae al interior de la tierra y muere, deja de existir como grano de trigo. Esto genera un germen cuya raíz sorbe de suelo su alimento y acaba generando una nueva planta, capaz de dar fruto abundante.

Algo parecido pasará con Emilio y con todos nosotros, porque tarde o temprano a la tierra deberemos de regresar. Nuestro cuerpo acabará en el gran dormitorio que es el cementerio. Allí estaremos como dormidos esperando a ser resucitados. Pero las personas además hemos sido creados ‘a imagen y semejanza de Dios’ y es aquí donde nos diferenciamos de los animales y de las plantas. Nosotros disfrutamos de inteligencia, que nos hacen comprender las cosas creadas y nos permite conocer al Creador y establecer una relación personal de amistad con Él. Nosotros tenemos una gran capacidad de amar y de hecho, en este caso habéis podido ser testigos del amor que ha recibido Emilio de su esposa Amelia así como también del resto de su familia, tanto en los momentos de salud como cuando la enfermedad ha hecho acto de presencia.

Emilio ha tenido un regalo especial: ser cristiano, ser propiedad de Dios. Ahora ha pasado de la vida a la muerte física, pero esto no significa que haya dejado de existir. Emilio sigue existiendo y Emilio sigue estando entre nosotros porque Dios le sostiene entre las palmas de sus divinas manos con infinito amor. Y es ese amor infinito emanado del corazón de Dios el que puede comunicar la vida nueva a los difuntos.

Me comentaba en el tanatorio su esposa Amelia que Emilio había sido abogado. Seguramente que como abogado muchas veces habrá hecho favores en el ejercicio de su profesión. Pues ahora nosotros le vamos a hacer un gran favor a él. Pongamos nuestros ojos en nuestra Madre la Virgen María, la gran abogada, para que interceda por Emilio ante su Hijo Jesucristo. Así sea.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Homilía del domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

Hermanos, todos nosotros formamos parte de la gran familia de los hijos de Dios. Es decir que nuestras particulares raíces, que los fundamentos de nuestra existencia están entroncados en Dios. Si en Dios tenemos puesta nuestra esperanza y nos vamos alimentando con los sacramentos y familiarizando con su presencia todo nuestro ser gira hacia Él, va en su búsqueda y en Dios recobra la paz el corazón del hombre.

La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y cuando uno «está con Él», cuando uno ‘comparte todas las jornadas al lado de Jesucristo’ va poco a poco adquiriendo esa sabiduría de lo sobrenatural. Va comprendiendo las razones por las que uno cree. Un adolescente o un joven que se ha confirmado simplemente por pasar un trámite social no se ha enterado absolutamente de nada. ¿Por qué?, porque ser cristiano no es como formar parte de un club deportivo o ser socio de una prestigiosa asociación. Ser cristiano no es algo que únicamente tiña o coloree nuestra vida, no cambia únicamente de aspecto; sino que se asemeja al gusano de seda cuando se transforma en mariposa. Se experimenta una total metamorfosis.

Y nuestra alma experimenta esta metamorfosis como consecuencia de la exposición directa y continuada a la gracia divina. Moisés exhortaba al pueblo israelita que escuchara a Dios, que se dejasen de pamplinas, que se centraran en lo esencial, que afinasen sus oídos y que mantuviesen el corazón ardiente para Dios. Solamente así la fe que profesamos en el Credo la podremos personalizar, interiorizar, asumir, que forme parte de nuestro particular A.D.N.

Y al lado de Jesucristo que es nuestro único Maestro nos va mostrando la sabiduría que lleva impregnada en todos los consejos y orientaciones de nuestra madre la Iglesia. Cuando un cristiano sigue a Cristo y sabe que en la Iglesia va a encontrarse con Cristo hace todo lo posible para serle fiel.

El apóstol Santiago en su carta nos lo escribe con gran claridad diciéndonos que la Palabra de Dios no nos limitemos con escucharla, sino que la llevemos a la práctica; que la aceptemos, que la acojamos, para irnos así entroncando más en Dios y adentrándonos en una dinámica de vida que es dinamizada desde lo más alto del Cielo.

¿Y como podremos saber si realmente estamos adquiriendo esa sabiduría de lo sobrenatural?¿cómo poder evaluar si estamos en ese proceso de metamorfosis del alma?¿qué consecuencias positivas nos pueden orientar para conocer si estamos en búsqueda de Dios? Pues muy sencillo: tan pronto como sintamos la necesidad de confesarnos, tan pronto como acudamos a la eucaristía con el corazón receptivo, tan pronto como meditemos la Palabra de Dios, tan pronto como vayamos a la Iglesia para encontrarnos con el Señor y demos pasos reales para mejorar la caridad fraterna. Si hacemos eso no duden ustedes que vamos acertados porque el Espíritu del Señor va obrando en nosotros. Así sea.