sábado, 7 de noviembre de 2026

Homilía Breve del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a

 

Homilía Breve del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mateo 25, 1-13 — ¿Qué mantiene encendida la lámpara de nuestra fe?

       Jesús nos cuenta hoy una parábola que puede ayudarnos a comprender cómo estamos viviendo nuestra fe. Diez jóvenes salen con sus lámparas para recibir a un esposo que está a punto de celebrar su boda. Cinco son sensatas y cinco necias. Todas desean participar en la fiesta, pero solamente cinco han tenido la precaución de llevar aceite de reserva.

Las diez jóvenes representan al pueblo de Dios, a todos nosotros, que caminamos hacia el encuentro con Jesucristo. Él es el Esposo, y la boda representa la alegría de la vida eterna. Nuestra existencia es precisamente ese camino que comenzó el día de nuestro nacimiento y que terminará con el encuentro definitivo con el Señor.

Pero, mientras caminamos, necesitamos luz.

Las lámparas nos recuerdan la fe que ilumina nuestra existencia. El salmista lo expresa con unas palabras hermosas: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119 [118], 105). La Palabra de Dios nos permite comprender nuestra vida y reconocer el camino que debemos seguir.

Ahora bien, una lámpara necesita aceite para continuar alumbrando. Y aquí encontramos una de las enseñanzas fundamentales de Jesús.

El aceite representa esa vida de fe que se alimenta escuchando la Palabra de Dios, acogiendo sus enseñanzas y aprendiendo a vivir conforme al Evangelio. Es nuestra relación con Cristo, que necesita ser cultivada cada día mediante la oración, la Eucaristía, la vida comunitaria y el amor concreto a los demás.

Podemos comprenderlo fácilmente pensando en un matrimonio. El día de la boda, los esposos se prometen amor para toda la vida. Pero aquella promesa necesita hacerse realidad cada jornada. Si dejan de escucharse, de hablar, de perdonarse y de cuidar su relación, el amor puede ir enfriándose, aunque continúen viviendo bajo el mismo techo.

Algo parecido puede sucedernos con Jesucristo. Podemos estar bautizados, acudir a misa y conservar muchas costumbres religiosas, pero ir perdiendo poco a poco la familiaridad con su Palabra. Y eso termina notándose en nuestra manera de vivir.

Cuando llega una discusión familiar, cuando debemos perdonar una ofensa, cuando un hijo nos preocupa o tenemos que cuidar a nuestros padres ancianos, necesitamos que el Evangelio ilumine nuestras decisiones. De poco sirve tener una lámpara si no disponemos del aceite que mantiene viva su llama.

Por eso las cinco jóvenes sensatas llevaron unas pequeñas vasijas, llamadas alcuzas, con aceite de reserva. Fueron prudentes porque supieron anticiparse. Comprendieron que la espera podía prolongarse y prepararon lo necesario.

Las necias, en cambio, no pensaron en ello. Habían salido con sus lámparas, pero descuidaron lo que necesitaban para mantenerlas encendidas.

Y ocurre algo sorprendente: las diez se quedaron dormidas, también las sensatas.

Jesús sabe que podemos cansarnos, atravesar dificultades y perder el entusiasmo de los primeros años de nuestra vida cristiana. La diferencia no consiste en que unas nunca se cansaran, sino en que habían cuidado su preparación.

A medianoche se escucha un grito: «¡Que llega el esposo!». La noche nos recuerda también esos momentos de enfermedad, sufrimiento o desconcierto en los que necesitamos especialmente la luz de Cristo.

Entonces las necias descubren que les falta aceite y se lo piden a sus compañeras. Pero estas no pueden dárselo.

No se trata de una invitación al egoísmo. Jesús quiere enseñarnos que hay algo que nadie puede hacer en nuestro lugar: responder personalmente a su amor. Nuestros padres pueden transmitirnos la fe, nuestra comunidad puede acompañarnos y nuestros hermanos pueden rezar por nosotros. Pero nadie puede sustituir nuestra decisión de escuchar a Cristo y vivir según su Evangelio.

Finalmente, el Esposo llega, las preparadas entran en la fiesta y la puerta se cierra. Es una advertencia seria sobre la importancia de nuestra vida presente. No podemos dejar indefinidamente para mañana nuestra respuesta a Dios.

Por eso Jesús termina diciendo: «Manteneos, por tanto, vigilantes, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25, 13).

Quizá llevamos muchos años siendo cristianos. Pero merece la pena preguntarnos si seguimos escuchando a Jesucristo con el mismo interés, si su Palabra continúa orientando nuestras decisiones y si estamos cuidando nuestra amistad con él.

Porque la fe no se mantiene viva solamente por haber creído un día. Necesita alimentarse hoy, mientras caminamos hacia el encuentro con el Esposo.


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