¿Qué significa realmente estar preparados para el encuentro con Cristo? En la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13), todas esperan al esposo, todas llevan lámparas y todas terminan quedándose dormidas. La diferencia aparece en algo aparentemente pequeño: unas han llevado aceite y otras no. Jesús no nos invita así a vivir angustiados ante el futuro, sino a preguntarnos qué mantiene encendida nuestra fe mientras avanza la vida. La Palabra de Dios ilumina el camino, pero necesita ser escuchada y acogida una y otra vez hasta convertirse en criterio para nuestras decisiones. Y hay algo que nadie puede hacer por nosotros: responder personalmente al Señor. Velar significa vivir hoy de manera que sepamos reconocer a Cristo, que ya viene a nuestro encuentro, y estemos preparados para recibirlo cuando llegue el encuentro definitivo.
Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a
Mt 25, 1-13 —«llevaron aceite en recipientes junto con sus lámparas».
¿En qué consiste realmente la buena noticia del Evangelio?
La palabra Evangelio
significa «buena noticia». Y una buena noticia, cuando verdaderamente lo
es, despierta alegría en quien la recibe. Sin embargo, aunque los cristianos
estamos acostumbrados a escuchar esta palabra, quizá no siempre tenemos tan
claro cuál es la noticia extraordinaria que Jesús vino a comunicarnos.
Si preguntáramos a
un grupo de creyentes qué anuncia el Evangelio, seguramente algunos
responderían que Dios tiene preparado el paraíso para quienes cumplen sus
mandamientos y llevan una vida honrada. Después, quizá con cierta incomodidad,
añadirían que quienes se comportan mal se exponen a terminar en el infierno.
Pero ¿qué tiene de novedoso ese mensaje? La convicción de que las buenas acciones merecen una recompensa y las malas reciben su correspondiente castigo ha estado presente, de distintas maneras, en numerosas tradiciones religiosas. También en ciertos ambientes religiosos del tiempo de Jesús se entendía la salvación como una recompensa reservada a quienes habían vivido de acuerdo con la voluntad de Dios.
La gran novedad: un amor que no depende de nuestros méritos
Para descubrir la
originalidad del anuncio de Jesús, tenemos que dirigir nuestra mirada hacia el
rostro de Dios que él nos revela.
Dios ama
gratuitamente a cada ser humano. Su amor no comienza cuando nos comportamos
bien, ni desaparece cuando nos apartamos de su voluntad. Su bondad alcanza
también a quienes viven alejados de él y no pueden presentar una conducta
ejemplar.
Jesús lo explica
mediante una imagen que todos podemos comprender. Nuestro Padre celestial hace
salir el sol sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre justos e injustos
(cfr. Mt 5, 45).
Pensemos en lo que
esto significa. Cuando amanece, la luz del sol alcanza por igual la casa de una
persona generosa y la de otra que ha cometido graves injusticias. La lluvia
riega los campos de quien procura vivir rectamente y también los de quien lleva
una existencia desordenada. Dios continúa ofreciendo sus dones incluso a
quienes no responden a su amor.
Esta manera de presentar al Padre
encuentra su plenitud en Jesús y lleva hasta sus últimas consecuencias algo que
ya comenzaba a manifestarse en las Escrituras de Israel: la misericordia divina
supera nuestros cálculos sobre quién merece recibirla.
Podemos comprender
que semejante anuncio provocara desconcierto y oposición. Para determinados
responsables religiosos, acostumbrados a valorar la relación con Dios desde el
cumplimiento de la Ley y la conducta de las personas, resultaba escandaloso que
Jesús acogiera a los pecadores y hablara de un Padre cuya bondad también los
alcanzaba. Su predicación y su manera de actuar cuestionaban convicciones
profundamente arraigadas y contribuyeron al conflicto que acabaría
conduciéndolo a la muerte.
Si Dios ama a todos,
¿qué importancia tiene nuestra manera de vivir?
Aquí aparece una
cuestión decisiva. Si el amor de Dios es gratuito y alcanza indistintamente a
justos y pecadores, alguien podría concluir que nuestras decisiones carecen de
importancia.
Según ese
razonamiento, vivir con honradez, respetar a los demás y orientar la propia
existencia según el Evangelio tendría, en último término, el mismo resultado
que entregarse a la violencia, la mentira, los abusos, las injusticias o
cualquier otra forma de maldad.
Jesús quiere
evitar precisamente ese equívoco.
La gratuidad del
amor de Dios no convierte nuestras decisiones en algo indiferente. Nuestra conducta
tiene consecuencias reales, y existe una diferencia radical entre una vida que
responde al bien y otra que se deja dominar por el mal.
Para ayudarnos a
comprender la gravedad de esta elección, Jesús recurre a unos relatos que la
liturgia nos presenta durante los tres últimos domingos del año litúrgico, en
el ciclo correspondiente al Evangelio de san Mateo.
Aunque solemos
incluirlos entre las parábolas, estos relatos poseen también las
características de unas escenas de juicio. Nos colocan ante el momento
en que quedará al descubierto el verdadero valor de nuestra existencia.
Sus desenlaces
pueden parecernos especialmente severos. Pero Jesús emplea deliberadamente
imágenes dramáticas porque desea que comprendamos, mientras todavía podemos
orientar nuestra vida, la importancia de aquello que está en juego.
Jesús nos revela cómo será valorada nuestra vida
En muchos relatos
parabólicos, Jesús se sirve de acontecimientos presentes o pasados para
explicar una enseñanza. En las escenas de juicio, en cambio, adquiere especial
importancia la referencia al futuro, porque nuestra atención se dirige hacia
aquello que sucederá cuando Dios examine nuestra existencia.
Hay una
experiencia muy corriente que puede ayudarnos a entenderlo.
Cuando éramos
estudiantes y se acercaba la fecha de un examen, procurábamos averiguar qué
aspectos de la asignatura consideraba más importantes el profesor. Repasábamos
sus explicaciones, recordábamos las cuestiones en las que había insistido
durante el curso e intentábamos imaginar qué preguntas nos haría. Conocer sus
criterios nos ayudaba a preparar mejor la prueba.
Pues bien, algo
semejante sucede con estas enseñanzas de Jesús.
Antes de que
llegue el momento de rendir cuentas de nuestra vida, él nos da a conocer los
criterios con los que seremos juzgados. Quiere que sepamos qué es lo
verdaderamente importante a los ojos de Dios y podamos actuar en consecuencia.
Naturalmente, aquí
hablamos de un examen incomparablemente más serio que aquellos a los que nos
enfrentábamos en nuestros años de estudiantes. No habrá un profesor que
califique nuestros conocimientos ni estará en juego la posibilidad de aprobar
una asignatura. Será Dios quien manifieste la verdad definitiva de nuestra
existencia, haciendo patente si hemos respondido a nuestra vocación o hemos
desperdiciado las posibilidades que se nos habían confiado.
Ahora se comprende
mejor por qué Jesús recurre a relatos cuyos finales resultan tan
estremecedores. Con ellos pretende despertar nuestra conciencia ante una
responsabilidad que afecta al destino entero de nuestra vida.
Y comienza con una
historia que solamente encontramos en el Evangelio según san Mateo: la
parábola de las diez vírgenes.
Cuando desaparezcan las apariencias,
¿qué quedará de nuestra vida?
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta
parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo».
La parábola de las
diez vírgenes comienza con unas palabras que conviene escuchar atentamente. El
texto griego lo dice así: «Τότε ὁμοιωθήσεται ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν δέκα
παρθένοις, αἵτινες λαβοῦσαι τὰς λαμπάδας ἑαυτῶν ἐξῆλθον εἰς ὑπάντησιν τοῦ
νυμφίου», que traducida significa «entonces
será semejante el Reino de los cielos a diez vírgenes que, tomando sus
lámparas, salieron al encuentro del esposo». Jesús anuncia que «entonces» el Reino de los cielos será
semejante a diez jóvenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del
esposo.
Ese «entonces» nos remite al horizonte del
juicio definitivo, del que Jesús viene hablando en su discurso sobre los
últimos tiempos. No está relatando simplemente los preparativos de una boda. Mediante
aquella escena quiere ayudarnos a comprender algo que afecta a todos: llegará
el momento en que nuestra existencia se manifestará ante Dios en toda su verdad.
A lo largo de la
vida podemos conseguir el reconocimiento de muchas personas y ocupar posiciones
que nos proporcionan prestigio. Los títulos académicos, las responsabilidades
profesionales, los cargos públicos e incluso las dignidades eclesiásticas pueden
llegar a tener una enorme importancia a nuestros ojos. También la riqueza, el
poder o la fama conquistada mediante grandes hazañas, como ocurría con los
vencedores de las competiciones olímpicas en la Antigüedad.
Pero ninguna de
estas cosas podrá sustituir, cuando llegue el juicio de Dios, a la verdad de lo
que hemos vivido.
Ante el Señor
desaparecerán las apariencias y quedará al descubierto lo que realmente somos. De poco servirá
haber recibido grandes honores si nuestra existencia no ha respondido a aquello
para lo que fuimos creados.
Precisamente por
eso Jesús nos habla de unas jóvenes que esperan la llegada de un esposo. Quiere
enseñarnos cómo debemos vivir mientras avanzamos hacia ese encuentro que pondrá
de manifiesto el verdadero sentido de nuestra historia.
Diez jóvenes que salen:
la imagen de nuestra existencia
Fijémonos ahora en
lo primero que hacen las protagonistas del relato: «salieron al encuentro del esposo». Ese
movimiento inicial tiene una belleza particular. Las jóvenes abandonan el lugar
donde estaban porque esperan encontrarse con alguien. Su salida está
orientada hacia una persona y hacia una celebración.
Esta imagen nos
permite contemplar nuestra propia vida desde una perspectiva profundamente
bíblica. El verbo salir nos recuerda uno de los grandes acontecimientos
de la historia de Israel: el Éxodo. El nombre de este libro procede del griego ἔξοδος
(éxodos), que significa «salida» o «partida».
Dios envió a Moisés a Egipto para liberar
a su pueblo de la esclavitud. Los israelitas debían abandonar aquella tierra,
atravesar el desierto y dirigirse hacia la tierra que el Señor les había
prometido. Su salida tenía una finalidad: Comenzar una vida nueva en libertad (cfr.
Ex 3, 7-10; Dt 6, 21-23). Aquella
experiencia se convirtió en una de las grandes imágenes de la existencia
creyente.
También nosotros
comenzamos nuestra vida con una salida. Cuando nacemos, dejamos el seno de
nuestra madre y emprendemos un recorrido que continuará durante todos los años
de nuestra existencia.
A partir de ese
momento comienza nuestro propio éxodo. Atravesaremos etapas diferentes,
conoceremos alegrías y sufrimientos, encontraremos personas que nos acompañarán
y tendremos que afrontar situaciones que nunca habríamos imaginado.
Sin embargo, hay
una cuestión que resulta decisiva: ¿hacia dónde nos conduce este camino? Aquí
comprendemos mejor la imagen escogida por Jesús. Las diez jóvenes no salen
para caminar sin rumbo. Salen porque esperan encontrarse con el esposo.
El relato nos
invita así a preguntarnos por el destino de nuestra existencia. Hemos nacido,
estamos viviendo y sabemos que un día terminaremos nuestro recorrido por este
mundo. Pero ¿qué sentido tiene todo este camino? ¿Qué nos espera al final?
La respuesta que
demos a estas preguntas cambiará profundamente nuestra manera de comprender la
vida.
Cuando termina nuestro éxodo,
¿nos espera la nada?
En algunas tumbas
de la antigua Roma encontramos inscripciones que reflejan una visión de la
existencia muy diferente de la esperanza cristiana. Una conocida fórmula
funeraria latina decía: «Non fui, fui, non sum, non curo». Podemos
traducirla así: «No existía, existí, ya no existo y nada me importa».
Detrás de estas
palabras aparece una manera de comprender la condición humana: Antes de nacer
no existíamos y, después de morir, regresaríamos a la nada. Nuestra vida sería
solamente un breve intervalo entre dos momentos de inexistencia.
No todos los
antiguos compartían esta concepción, ni tampoco hoy quienes no profesan la fe
cristiana piensan necesariamente de ese modo. Sin embargo, aquellas
inscripciones expresan una respuesta posible ante el misterio de la muerte:
considerar que, cuando nuestra existencia termine, ya no habrá nadie
esperándonos.
La parábola de
Jesús nos abre a una perspectiva completamente distinta. Recordemos a las diez
jóvenes, las cuales han salido de sus casas porque saben que hay un esposo al
que deben recibir. No caminan hacia un lugar vacío, sino hacia el encuentro
con alguien. En esa espera podemos reconocer la esperanza cristiana.
Nuestra vida es un
éxodo cuyo término no es la nada, sino el encuentro con Cristo, el Esposo que
desea acogernos en la fiesta de la vida eterna.
El camino puede
resultar fatigoso y, en ocasiones, especialmente doloroso. Pero nuestra
esperanza no descansa en que la vida presente esté libre de sufrimientos.
Descansa en la promesa de aquel que nos aguarda al término del recorrido.
Para el creyente,
cada jornada que pasa significa también que se acerca ese encuentro. Incluso el
transcurso de los años, que tantas veces nos inquieta porque nos recuerda
nuestra fragilidad, puede contemplarse desde una esperanza nueva: caminamos
hacia el abrazo de Cristo.
Volvamos entonces
a la parábola. La llegada del esposo representa mucho más que el comienzo de
una celebración; nos remite a la comunión definitiva con el Señor, hacia la que
está orientada nuestra existencia.
Pero Jesús todavía
quiere enseñarnos algo más. El esposo al que esperamos al final de nuestro
camino es el mismo que ya ha venido a nuestro encuentro y que continúa
haciéndose presente en nuestra vida.
El Esposo ya ha venido
y sigue llamando a nuestra puerta
Para comprender la
espera de las diez jóvenes necesitamos distinguir dos momentos fundamentales de
la venida de Cristo.
El primero tuvo
lugar con la Encarnación, cuando el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad en el
seno de la Virgen María.
En Jesús, Dios se
acercó definitivamente a su pueblo. Y para expresar el significado de su
presencia, el propio Señor recurrió a la imagen del esposo.
En cierta ocasión,
algunas personas le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Jesús
respondió recordándoles que los invitados a una boda no pueden comportarse como
si estuvieran de duelo mientras el esposo permanece con ellos (cfr. Mt 9,
14-15). La respuesta resulta muy reveladora. Su presencia es motivo de
alegría porque con él comienza a cumplirse la promesa de comunión que Dios
había hecho a su pueblo. Sin embargo, aquella primera venida no pertenece
únicamente al pasado.
El Resucitado
prometió a sus discípulos permanecer con ellos todos los días, hasta el final
de los tiempos (cfr. Mt 28, 20). Por eso, aunque ya no lo contemplamos
físicamente como quienes lo acompañaron por los caminos de Galilea, Cristo
continúa verdaderamente presente entre nosotros.
Y uno de los
lugares privilegiados de ese encuentro es su Palabra. Cuando escuchamos el
Evangelio, Cristo sigue dirigiéndose a nosotros. Sus palabras no son solamente
el recuerdo de una enseñanza antigua. El Señor resucitado se sirve de ellas
para iluminar nuestra existencia, mostrarnos el camino y llamarnos a vivir en
comunión con él.
Aquí descubrimos
una primera relación decisiva con la parábola. Las diez jóvenes esperan la
llegada del esposo; nosotros, que conocemos a Cristo, estamos llamados a
acogerlo cada vez que viene a nuestro encuentro durante la vida.
La espera
cristiana, por tanto, no consiste en permanecer pendientes de un acontecimiento
lejano mientras transcurren nuestros días. El mismo Señor hacia quien
caminamos ya se hace presente y espera nuestra respuesta.
La última venida y las bodas eternas
El Nuevo
Testamento anuncia también una manifestación gloriosa y definitiva de Cristo. Para
hablar de ella emplea, entre otros términos, el griego παρουσία (parusía),
palabra que significa «presencia» o «venida» y que, en el
lenguaje cristiano, se utiliza especialmente para designar la venida gloriosa
del Señor.
Conviene
entenderla correctamente. Cuando hablamos del regreso de Cristo no queremos
decir que haya abandonado a su Iglesia y permanezca ausente hasta el final de
los tiempos. El Resucitado está presente entre nosotros, aunque esperamos
todavía la manifestación plena de su gloria.
Y resulta
significativo que la Escritura describa precisamente esa plenitud recurriendo a
la imagen de unas bodas.
En el capítulo 19
del Apocalipsis se anuncia con alegría que ha llegado el momento de las bodas
del Cordero. Su esposa está preparada y se le ha concedido vestirse con un lino
resplandeciente y puro. El propio texto explica que aquel vestido representa
las obras justas de los santos (cfr. Ap 19, 7-8).
La imagen nupcial
nos ayuda a comprender el destino hacia el que caminamos. Dios desea
introducirnos en una comunión de amor que ya no conocerá separación ni muerte. Ahora podemos
regresar a las diez jóvenes y comprender mejor por qué esperan precisamente a
un esposo. La fiesta a la que desean acceder evoca esa plenitud de vida que la
Escritura presenta como las bodas eternas.
Pero el vestido de
la esposa del Apocalipsis introduce también una cuestión fundamental: la vida
que hemos llevado tiene importancia. Las obras justas de los santos expresan
la respuesta concreta al amor de Dios.
Y esto nos conduce
nuevamente al problema que planteábamos al comienzo de nuestra reflexión:
aunque Dios nos ama gratuitamente, nuestra manera de vivir no resulta
indiferente.
¿Cómo nos preparamos para recibir al Esposo?
Las jóvenes de la
parábola esperan un acontecimiento futuro. Sin embargo, su preparación tiene
que realizarse antes de que llegue el esposo.
Esta circunstancia nos permite comprender
la relación entre las dos venidas de Cristo.
El Señor se hace
presente a lo largo de nuestra vida y nos invita continuamente a acogerlo. Al
mismo tiempo, avanzamos hacia el encuentro definitivo en el que se manifestará
plenamente la verdad de nuestra respuesta a su amor. No podemos separar ambas
realidades.
La manera en que
recibimos hoy a Cristo está íntimamente relacionada con nuestra preparación
para el encuentro definitivo con él.
Si el Esposo nos habla ahora mediante su
Evangelio, sería contradictorio esperar con ilusión las bodas eternas y
permanecer, mientras tanto, indiferentes a sus palabras.
La vigilancia que
Jesús nos pide está vinculada precisamente a esta disposición interior. Nuestra
existencia presente es el tiempo en que podemos responder a su invitación y
orientar nuestra vida hacia él.
Así se entiende
mejor por qué Jesús utiliza una escena matrimonial para hablarnos del juicio.
Quiere mostrarnos que el encuentro final con Dios guarda relación con las
decisiones que tomamos durante el camino.
Las diez jóvenes
han salido para recibir al esposo. Pero todavía debemos descubrir si todas
están realmente preparadas para hacerlo.
Las diez jóvenes y la esposa que Dios había elegido
Queda por resolver
otra cuestión importante: ¿a quién representan esas diez jóvenes? En la
Escritura, los números pueden tener un significado simbólico. El diez expresa
en diversos contextos una totalidad, y el relato presenta a las jóvenes
divididas en dos grupos de cinco.
Una interpretación
simbólica puede relacionar ese conjunto con Israel, aunque no debemos convertir
la división numérica en una identificación que el evangelista no establece
expresamente.
Para comprender
esta lectura resulta más importante fijarnos en la figura del esposo y en el
lenguaje matrimonial utilizado por los profetas. Hay un detalle llamativo: Jesús
menciona a las diez jóvenes que aguardan al esposo, pero no identifica
expresamente a la novia. Las jóvenes pueden entenderse como integrantes del
cortejo nupcial. También es posible, desde una interpretación alegórica,
contemplarlas conjuntamente como una representación de Israel, el pueblo
llamado a recibir al Señor.
Esta segunda
lectura nos lleva directamente a una de las imágenes más hermosas del Antiguo
Testamento: Dios se presenta como el esposo de Israel.
Los profetas habían utilizado el
matrimonio para expresar la Alianza. El Señor ama a su pueblo, lo ha elegido y
desea establecer con él una relación permanente de fidelidad.
Por eso, al
contemplar a las diez jóvenes que esperan al esposo, podemos recordar la larga
historia de Israel, preparado durante siglos para reconocer la presencia
salvadora de Dios.
Israel, la esposa amada por el Señor
El profeta Oseas
transmite una declaración de amor profundamente conmovedora. Dios se dirige a
Israel, que tantas veces se ha apartado de él, y le promete que renovará su
alianza con una fidelidad que no tendrá fin: «Te desposaré conmigo para
siempre» (cfr. Os 2, 21-22).
No estamos ante la
simple promesa de una recompensa por la buena conducta del pueblo. Es Dios
quien toma la iniciativa y ofrece una relación fundada en la misericordia, la
justicia y la fidelidad.
También Isaías
anuncia la permanencia de ese amor mediante una comparación extraordinaria.
Aunque las montañas llegaran a desplazarse y las colinas perdieran su firmeza,
el amor del Señor no se apartaría de Israel y su alianza de paz permanecería
(cfr. Is 54, 10).
Pensemos en lo que
estas palabras significaban para el pueblo elegido. A pesar de sus
infidelidades, de sus errores y de los sufrimientos que había atravesado, Dios
no había renunciado a él.
El Señor seguía
amándolo y lo invitaba a renovar su alianza. Durante siglos, Israel vivió
sostenido por esa promesa. Su historia fue también un largo tiempo de
preparación para el encuentro con aquel que llevaría a cumplimiento la voluntad
salvadora de Dios.
Desde esta
perspectiva, la parábola de las diez vírgenes adquiere una profundidad
especial. El esposo que llega es Cristo. Las jóvenes que lo esperan nos
recuerdan, en esta lectura simbólica, al pueblo que Dios había preparado para
recibirlo.
Y aquí conviene
relacionar nuevamente los elementos del relato. Las jóvenes salen porque
esperan encontrarse con el esposo. Israel había recorrido su propia historia
sostenido por la promesa de Dios. Ahora, con la venida de Jesús, esa espera
alcanza un momento decisivo.
Lo fundamental ya
no es solamente haber recibido una promesa o pertenecer al pueblo de la
Alianza. Es necesario reconocer y acoger a aquel en quien esa promesa comienza
a cumplirse definitivamente.
Por eso, la
cuestión que Jesús plantea mediante su parábola adquiere toda su importancia. Israel
había sido amado, elegido y preparado por Dios. Pero ¿estaba verdaderamente
dispuesto a recibir al Esposo cuando este se presentó? El relato de las
diez jóvenes nos permitirá descubrir la respuesta. Y, mientras lo escuchamos,
también nosotros tendremos que preguntarnos cómo estamos acogiendo hoy a
Cristo, porque el Esposo continúa viniendo a nuestro encuentro.
Las diez
jóvenes representan
dos maneras de acoger al Esposo
«Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes».
Hemos visto que
las diez jóvenes de la parábola pueden interpretarse, en una lectura simbólica,
como una representación del pueblo de Israel, al que Dios había preparado
durante siglos para recibir al Esposo prometido.
Ahora bien, Jesús
introduce una distinción decisiva: «Cinco de
ellas eran necias y cinco eran prudentes». El texto griego
utiliza dos términos especialmente expresivos. A las primeras las llama φρόνιμοι
(frónimoi), es decir, «prudentes», «sensatas», personas
que saben discernir y actuar con previsión. A las segundas las denomina μωραί
(morái), «necias» o «insensatas». No se refiere a personas
carentes de inteligencia, sino a quienes no saben orientar acertadamente sus
decisiones.
Desde la
interpretación que estamos siguiendo, esta división nos permite contemplar las
diferentes respuestas que encontró Jesús cuando se presentó ante Israel. El
Esposo llegó, pero no todos supieron reconocerlo y recibirlo.
Quienes reconocieron al Esposo cuando llegó
Entre los
israelitas que acogieron a Jesús encontramos personas cuyos nombres conocemos
perfectamente. Pensemos, en primer lugar, en María y José, que recibieron con
fe la misión que Dios les confiaba.
Recordemos también
al anciano Simeón. San Lucas nos cuenta que era un hombre justo y piadoso que
aguardaba la consolación de Israel. Había vivido sostenido por aquella
esperanza y, cuando María y José llevaron al niño Jesús al templo, supo
reconocer en él la salvación que Dios había preparado para su pueblo. Lo tomó
en brazos y bendijo al Señor, porque sus ojos habían contemplado finalmente
aquello que tanto tiempo llevaba esperando (cfr. Lc 2, 25-32).
Junto a Simeón
aparece la profetisa Ana, una mujer anciana que perseveraba en la oración y el
servicio a Dios. También ella reconoció la importancia de aquel niño y comenzó
a hablar de él a quienes esperaban la liberación de Jerusalén (cfr. Lc 2,
36-38).
Después
encontramos a los apóstoles, a las mujeres que acompañaron a Jesús durante su
ministerio y a tantos otros israelitas que escucharon su palabra y se
convirtieron en discípulos suyos.
No olvidemos,
además, un dato histórico fundamental: La primera comunidad cristiana de
Jerusalén nació dentro del pueblo judío. Los primeros discípulos de Jesús
eran israelitas que habían reconocido en él al Mesías esperado.
Todos ellos pueden
ayudarnos a comprender, en esta lectura de la parábola, la actitud de las cinco
jóvenes prudentes. Habían recibido la promesa de Dios y, cuando llegó el
momento de su cumplimiento, supieron reconocer al Esposo y abrirse a su
presencia.
Quienes no supieron reconocerlo
Pero hubo también
personas que reaccionaron de manera muy diferente.
Entre quienes se
opusieron a Jesús encontramos a las autoridades sacerdotales que intervinieron
en el proceso contra él, como Anás y Caifás, y a determinados miembros de los
grupos religiosos y dirigentes de su tiempo. Algunos escribas, fariseos y
saduceos rechazaron su mensaje y se enfrentaron abiertamente con él (cfr. Mt
26, 3-5; Jn 18, 12-24).
Conviene precisar
que no todos los miembros de esos grupos actuaron de la misma manera. El propio
Evangelio nos presenta respuestas diferentes. Lo decisivo para comprender la
parábola es que hubo quienes, aun conociendo las Escrituras y esperando el cumplimiento
de las promesas de Dios, no reconocieron en Jesús al enviado del Padre.
En este sentido,
las cinco jóvenes insensatas pueden representar a quienes no estuvieron
preparados para recibir al Esposo.
Y aquí debemos
comprender adecuadamente el calificativo «insensatas». No se trata
simplemente de distinguir entre personas buenas y personas malas. Jesús quiere
mostrarnos la gravedad de una actitud que puede hacer que alguien desaproveche
la ocasión más importante de su vida.
El Esposo al que
Israel había esperado durante generaciones se encontraba ya en medio de su
pueblo, pero algunos no supieron reconocerlo.
Desde esta
perspectiva, el relato de Mateo puede leerse como una reflexión sobre las
distintas respuestas que suscitó la venida de Jesús. Una parte de Israel lo
acogió y otra lo rechazó. Sin embargo, el significado de la parábola no queda
limitado a aquel momento de la historia.
Las diez jóvenes somos también nosotros
El relato se
dirige igualmente a la comunidad cristiana de todos los tiempos. Hoy somos
nosotros quienes esperamos al Esposo. Hemos conocido el Evangelio, confesamos
que Jesús es el Señor y vivimos dentro de la Iglesia. Pero eso no significa que
todos respondamos de la misma manera a su Palabra.
También en
nuestras comunidades encontramos las dos actitudes representadas por las
jóvenes del relato. Hay quienes procuran orientar su existencia mediante la
sabiduría del Evangelio, dejando que las enseñanzas de Cristo iluminen sus
decisiones. Y hay quienes, aun considerándose cristianos, terminan adoptando
los criterios de una sociedad que con frecuencia vive de espaldas a Dios.
San Pablo utiliza
precisamente la imagen matrimonial para dirigirse a los cristianos de Corinto.
Les recuerda que los ha desposado con un único esposo, Cristo, y que desea
presentarlos ante él como una virgen pura (cfr. 2 Cor 11, 2). La expresión
griega es παρθένον ἁγνὴν (parthénon
hagnén), «virgen pura» o «casta doncella». Pablo habla de la
comunidad cristiana como de una esposa que debe conservar su fidelidad a
Cristo.
Su preocupación
resulta comprensible. El Apóstol desea que los corintios permanezcan unidos
al Señor y no permitan que su fe se vea corrompida por formas de pensar y de
vivir incompatibles con el Evangelio.
En cierto modo,
Pablo desearía que toda aquella comunidad se identificara con las cinco jóvenes
prudentes, sin dejarse arrastrar por la insensatez que representa el otro
grupo. Pero esta enseñanza no se refiere solamente a las comunidades cristianas
consideradas en su conjunto. También alcanza a cada uno de nosotros.
La prudencia y la insensatez conviven en nuestro corazón
Si examinamos
sinceramente nuestra existencia, descubriremos que las dos actitudes de la
parábola pueden aparecer en nuestra propia vida.
Hay momentos en
que escuchamos la voz del Evangelio y comprendemos con claridad qué camino
debemos seguir. Sabemos que una determinada decisión responde a la voluntad de
Dios, que una conducta necesita ser corregida o que debemos actuar de otra
manera con las personas que nos rodean. En esos momentos reconocemos la voz de
la joven prudente, que nos invita a dejarnos guiar por la sabiduría de Cristo.
Sin embargo,
también experimentamos la fuerza de otros criterios. Podemos terminar
concediendo más importancia al dinero, al éxito, al prestigio o a nuestra
propia comodidad que a las enseñanzas de Jesús. Y entonces comenzamos a razonar
de acuerdo con una mentalidad que puede alejarnos del Evangelio. Es la actitud
que representa la joven insensata.
Dentro de nosotros
se desarrolla continuamente esta elección: Escuchar la sabiduría de Cristo o
dejarnos conducir por los criterios de la mundanidad.
Y no siempre
respondemos del mismo modo. En unas ocasiones sabemos escuchar al Señor; en
otras, aunque conocemos perfectamente sus enseñanzas, terminamos actuando como
si no las hubiéramos oído. Precisamente por eso Jesús nos pide que
permanezcamos vigilantes.
Una casa construida sobre roca o sobre arena
Esta enseñanza
recuerda otra imagen que Jesús utiliza al concluir el sermón de la montaña. Habla
de dos hombres que construyen sus casas. Uno elige un terreno firme y asienta
los cimientos sobre la roca. El otro edifica sobre la arena.
A simple vista,
ambas construcciones pueden parecer igualmente sólidas. La diferencia se
manifiesta cuando llegan las lluvias, crecen los torrentes y soplan los
vientos. La casa levantada sobre la roca permanece en pie, mientras que la
construida sobre la arena acaba derrumbándose (cfr. Mt 7, 24-27).
Jesús explica el
significado de aquella comparación. El hombre prudente es quien escucha sus
palabras y las pone en práctica. El insensato también puede escucharlas, pero
no permite que orienten su manera de vivir.
Resulta significativo que Mateo utilice
aquí los mismos calificativos que encontramos en la parábola de las diez
vírgenes: φρόνιμος (frónimos), «prudente», y μωρός (morós),
«insensato». La relación entre ambos relatos es muy clara.
En los dos casos,
Jesús nos presenta personas que deben tomar decisiones. Algunas actúan de
acuerdo con una sabiduría que les permite afrontar el momento decisivo; otras
se dejan llevar por una actitud superficial, sin considerar las consecuencias
de sus elecciones.
La casa construida
sobre arena puede mantenerse durante un tiempo y ofrecer incluso una apariencia
de estabilidad. Pero cuando llega la tormenta se descubre la fragilidad de sus
cimientos.
Algo semejante
puede suceder con nuestra existencia. Podemos construir una vida aparentemente
satisfactoria siguiendo los criterios del mundo. Es posible alcanzar
reconocimiento, acumular riquezas y disfrutar de una posición social
envidiable. Sin embargo, llegará el momento en que todo eso será examinado a la
luz de Dios.
Y entonces se
manifestará si hemos edificado nuestra existencia sobre la Palabra de Cristo o
sobre aquello que no podía ofrecernos un fundamento verdadero.
La vida construida
sobre el Evangelio tiene unos cimientos capaces de sostenerla; la que prescinde
de esa Palabra corre el riesgo de derrumbarse cuando llegue la prueba
definitiva.
Esta es también la
advertencia que Jesús dirige a quienes escuchan la parábola de las diez
vírgenes.
Seguimos caminando hacia el encuentro con el Esposo
Regresemos, una
vez más, a las diez jóvenes. Todas han salido con sus lámparas y todas esperan
encontrarse con el esposo. Comparten el mismo camino y desean participar en la
misma celebración. Sin embargo, Jesús nos ha advertido que no todas tienen la
misma disposición.
En ellas podemos
reconocer nuestra situación actual. También nosotros estamos recorriendo el
camino de la vida. Hemos recibido la promesa de un encuentro definitivo con
Cristo y esperamos participar en la alegría de las bodas eternas. Mientras
llega ese momento, nuestra existencia continúa desarrollándose entre decisiones
concretas, dificultades, oportunidades y respuestas a la Palabra de Dios.
El encuentro con
el Esposo será la culminación de nuestro éxodo, pero la manera en que
vivimos durante el camino tiene una importancia decisiva para nuestra
preparación.
Ahora debemos
escuchar atentamente lo que Jesús continúa relatando.
Las diez jóvenes se han puesto en camino
para recibir al esposo. Pero ¿qué sucede mientras esperan su llegada?
Las lámparas:
La Palabra de Dios que ilumina nuestra vida
«Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron».
Para continuar
comprendiendo la parábola, debemos prestar atención a los objetos y a los
acontecimientos que Jesús introduce en el relato. Cada uno de ellos nos ayuda a
profundizar en la enseñanza que quiere transmitirnos.
Comencemos por las
lámparas que llevan las diez jóvenes. En el texto griego de Mateo encontramos
la palabra λαμπάδας (lampádas), cuyo singular es λαμπάς (lampás),
que designa lámparas o antorchas utilizadas para proporcionar luz. En la
interpretación que estamos siguiendo, estas lámparas representan la luz que
necesitamos para orientar nuestra existencia: La Palabra de Dios, que nos
permite discernir el camino y tomar nuestras decisiones conforme a su voluntad.
Esta imagen
aparece bellamente expresada en el libro de los Salmos. Un israelita piadoso se
dirige al Señor con una oración de agradecimiento y reconoce que es su Palabra
la que le permite caminar sin extraviarse: «Lámpara es tu palabra para mis
pasos, luz en mi sendero» (Sal 119 [118], 105).
El salmista sabe
que no puede confiar únicamente en su propia capacidad para encontrar el camino
correcto. Necesita una luz que lo oriente y le permita reconocer la
dirección que debe seguir.
Lo mismo sucede
con nuestra existencia. Cada día tenemos que afrontar situaciones, tomar
decisiones y elegir entre distintas posibilidades. Algunas nos acercan al
Evangelio; otras pueden alejarnos de él. Si queremos aprender a discernir,
necesitamos escuchar la Palabra del Señor y permitir que vaya educando nuestra
manera de pensar.
Pero una lámpara
tiene una característica que todos conocemos; para continuar alumbrando
necesita recibir el combustible que mantiene viva su llama. Cuando este se
agota, la luz comienza a debilitarse hasta que finalmente desaparece.
Jesús se sirve de
esa realidad cotidiana para introducirnos en una cuestión fundamental de la
vida cristiana: la fe también necesita ser alimentada. Cuando dejamos de
escuchar la Palabra de Dios y de vivir en contacto con ella, nuestra manera de
pensar puede ir alejándose progresivamente de los criterios del Evangelio.
Cómo puede apagarse una fe que antes estaba viva
Pensemos en una
situación muy corriente, que quizá hayamos experimentado alguna vez. Un
cristiano participa habitualmente en la celebración dominical y en la vida de
su comunidad. Allí escucha el Evangelio, comparte la fe con sus hermanos y
recibe el alimento espiritual que necesita para vivir cristianamente.
Pero llega un
domingo en que, por descuido o porque concede prioridad a otros asuntos, decide
no acudir a la celebración. Al terminar el día experimenta cierta inquietud.
Recuerda que es domingo y que ha dejado pasar la ocasión de escuchar la Palabra
de Dios y encontrarse con su comunidad. Percibe que le ha faltado algo
importante.
La semana
siguiente recibe la visita de unos amigos y vuelve a dejar de lado el encuentro
comunitario. Esta vez, cuando llega la noche, apenas le preocupa su ausencia.
Ha pasado un día agradable y empieza a pensar que, después de todo, tampoco ha
ocurrido nada especial.
Al domingo
siguiente surge otra invitación y nuevamente prescinde de la celebración y de
la escucha del Evangelio. Ahora la reflexión es distinta: comienza a considerar
que asistir o no asistir a misa viene a ser prácticamente lo mismo. Si esta
actitud se prolonga durante meses, puede producirse una transformación mucho
más profunda de lo que parece. La persona que antes necesitaba escuchar el
Evangelio termina acostumbrándose a vivir sin él. Poco a poco, las palabras de
Jesús dejan de intervenir en sus decisiones y comienza a adoptar, casi sin
advertirlo, los criterios que predominan a su alrededor. Lo que antes
consideraba fundamental ha dejado de serlo.
Y cuando la
Palabra de Dios pierde su lugar en nuestra existencia, fácilmente terminamos
buscando orientación en otras luces que no siempre nos conducen por el camino
correcto.
Podemos llegar a
vivir sin una dirección clara, dejándonos llevar por las circunstancias, las
opiniones dominantes o los deseos de cada momento.
La fe raramente se
debilita de golpe. En muchas ocasiones comienza a apagarse mediante pequeñas
decisiones con las que vamos prescindiendo de aquello que la alimentaba. Precisamente por
eso resulta tan importante el segundo elemento que aparece en la parábola.
El aceite:
El alimento que mantiene encendida la lámpara
Jesús nos dice que
las jóvenes prudentes habían llevado consigo una reserva de aceite, mientras
que las insensatas salieron con sus lámparas sin preocuparse de disponer de
aquel combustible (cfr. Mt 25, 3-4).
El texto griego
utiliza la palabra ἔλαιον (élaion), que significa «aceite»,
especialmente aceite de oliva.
La diferencia
entre ambos grupos parece pequeña, pero resultará decisiva. Todas quieren
participar en la fiesta. Todas han salido para recibir al esposo y todas llevan
lámparas; sin embargo, solamente cinco han previsto lo necesario para
mantenerlas encendidas durante la espera.
Si aplicamos esta
imagen a nuestra relación con Cristo, podemos comprender el aceite como una
representación del alimento espiritual que sostiene nuestra fe. En la
interpretación que estamos desarrollando, ese alimento se encuentra
especialmente en la escucha perseverante de la Palabra de Dios.
No basta con haber
recibido la luz del Evangelio en algún momento de nuestra vida. Necesitamos
seguir escuchándolo para que continúe iluminando nuestro corazón y orientando
nuestras decisiones.
Las jóvenes
prudentes se distinguen porque han tenido presente esta necesidad. No se han
limitado a preparar una lámpara para iniciar el camino, sino que han previsto
cómo conservar su luz hasta la llegada del esposo.
Las insensatas, en
cambio, han descuidado precisamente aquello que necesitaban para alcanzar su
objetivo. Podemos reconocer en su comportamiento la actitud de quien concede
mucha importancia a preocupaciones pasajeras y termina olvidando lo esencial.
La verdadera
prudencia cristiana consiste también en cuidar aquello que mantiene viva
nuestra relación con el Señor.
Los recipientes de aceite:
La prudencia de quien sabe prepararse
para el encuentro con Cristo
Hay un detalle de
la parábola que merece especial atención. Las cinco jóvenes prudentes no se
conformaron con llevar sus lámparas: tuvieron la previsión de llevar también
unos recipientes con aceite para mantenerlas encendidas durante la espera.
El evangelista
Mateo lo expresa así en el texto griego: «αἱ δὲ φρόνιμοι ἔλαβον ἔλαιον ἐν τοῖς
ἀγγείοις μετὰ τῶν λαμπάδων ἑαυτῶν» (Mt 25, 4).
«Las prudentes, en cambio, llevaron
aceite en recipientes junto con sus lámparas».
Dos palabras nos
ayudan a comprender la profundidad de esta imagen.
La primera es φρόνιμοι (frónimoi),
que significa «prudentes» o «sensatas». En este contexto, la
prudencia implica la capacidad de prever lo que puede suceder y prepararse
adecuadamente. Las cinco jóvenes saben que el esposo podría retrasarse y que
sus lámparas necesitarán aceite durante la espera. Por eso toman las precauciones
necesarias.
La segunda
expresión es ἐν τοῖς ἀγγείοις (en tois anguéiois), «en los
recipientes». El sustantivo ἀγγείοις (anguéiois) es el dativo
plural de ἀγγεῖον (anguéion), que significa «recipiente» o «vasija».
En ellos guardan la reserva de aceite que les permitirá mantener encendidas sus
lámparas.
La diferencia
entre las jóvenes prudentes y las insensatas comienza precisamente aquí: unas
han sabido anticiparse a las necesidades del camino; las otras han descuidado
aquello que resultará indispensable para recibir al esposo.
Esta imagen nos
permite comprender mejor una exigencia fundamental de la vida cristiana. Si
la lámpara representa la fe que ilumina nuestra existencia, necesitamos cuidar
aquello que mantiene viva esa luz. En la interpretación espiritual que
estamos siguiendo, el aceite nos recuerda especialmente el alimento que
recibimos mediante la escucha perseverante de la Palabra de Dios.
Esa Palabra es un
regalo que no hemos conquistado por nuestros méritos. Jesús enseñó a sus
discípulos que debían comunicar gratuitamente lo que gratuitamente habían
recibido (cfr. Mt 10, 8). También nosotros hemos recibido el Evangelio como un
don destinado a ser acogido, vivido y anunciado.
Pero recibir la
Palabra una vez no significa que podamos prescindir de ella durante el resto de
nuestra existencia. Del mismo modo que las jóvenes necesitan conservar una
reserva de aceite para afrontar la espera, el cristiano necesita alimentar
su fe constantemente, sin confiar únicamente en el entusiasmo o en las
experiencias religiosas del pasado.
Cada vez que
escuchamos el Evangelio y permitimos que ilumine nuestras decisiones, vamos
aprendiendo a reconocer la voluntad de Dios. Su Palabra corrige nuestros
criterios, fortalece nuestra confianza y nos ayuda a distinguir aquello que
verdaderamente merece la pena de lo que solamente ofrece una satisfacción
pasajera.
Puede ocurrir, sin
embargo, que una persona conserve determinadas costumbres religiosas y continúe
realizando algunas prácticas devocionales, mientras va abandonando
progresivamente la escucha de la Palabra de Dios. Esas prácticas pueden ser
valiosas, pero corren el riesgo de convertirse en gestos rutinarios si dejan de
expresar una relación viva con Cristo y de orientar la propia conducta según su
Evangelio.
Entonces puede
suceder algo semejante a lo que encontramos en la parábola: la lámpara continúa
estando en nuestras manos, pero la reserva de aceite se va agotando.
Exteriormente todavía conservamos ciertos signos de nuestra vida cristiana,
mientras interiormente comenzamos a pensar y a decidir según criterios cada vez
más alejados de las enseñanzas de Jesús.
Por eso resulta
tan importante la previsión de las cinco jóvenes prudentes. No esperaron a que
llegara el esposo para preocuparse de sus lámparas. Habían comprendido que la
preparación debía realizarse durante el camino.
También nosotros
necesitamos aprender a anticiparnos: cuidar hoy nuestra relación con Cristo,
escuchar hoy su Palabra y alimentar hoy nuestra fe, porque la preparación para
el encuentro definitivo con el Señor se realiza durante nuestra vida presente.
Esta es la
enseñanza que podemos descubrir en aquellos sencillos recipientes de aceite. La
verdadera prudencia consiste en reconocer qué necesitamos para permanecer
fieles al Evangelio y procurar que nunca nos falte el alimento que sostiene
nuestra fe mientras esperamos al Esposo.
Todas se quedaron dormidas:
el cansancio de una espera que se prolonga
Jesús introduce
ahora un cuarto detalle de la parábola que, a primera vista, puede
sorprendernos. El esposo tarda en llegar y, mientras la espera se prolonga,
las diez jóvenes comienzan a sentir sueño hasta que, finalmente, todas se
quedan dormidas.
El evangelista lo
expresa en el texto griego con estas palabras: «χρονίζοντος δὲ τοῦ νυμφίου ἐνύσταξαν
πᾶσαι καὶ ἐκάθευδον».
Podemos
traducirlas así: «Como el esposo tardaba en llegar, todas comenzaron a
cabecear y se quedaron dormidas». Conviene detenernos en algunas palabras,
porque Mateo describe con bastante precisión lo que está sucediendo.
La primera es χρονίζοντος
(jronízontos), del verbo χρονίζω (jronízo), que significa «tardar»,
«demorarse» o «retrasarse». Es un participio presente que expresa
una circunstancia importante: el esposo no llega cuando las jóvenes lo esperan,
y esa demora hace que la espera resulte más larga de lo previsto.
A continuación,
aparecen dos verbos que describen cómo las vence el cansancio. El primero, ἐνύσταξαν
(enýstaxan), procede de νυστάζω (nystázo) y significa «sentir
sueño» o «cabecear». El segundo, ἐκάθευδον (ekátheudon),
procede de καθεύδω (kathéudo), «dormir», y está en imperfecto, un
tiempo verbal que permite contemplar el sueño mientras se prolonga.
La escena resulta
fácil de imaginar. Las jóvenes llevan tiempo esperando. Las horas pasan, la
noche avanza y el esposo no aparece. Al principio intentan mantenerse
despiertas, pero poco a poco comienzan a cabecear hasta que terminan
durmiéndose.
Sin embargo, la
palabra más significativa del versículo es πᾶσαι (pásai), que
significa «todas».
Mateo subraya que
se durmieron las diez jóvenes, tanto las cinco prudentes como las cinco
insensatas. Este
detalle es fundamental para comprender correctamente la parábola. Jesús no está
distinguiendo entre cinco muchachas ejemplares que consiguieron permanecer
despiertas y otras cinco que se dejaron vencer por el sueño. Todas
experimentaron el mismo cansancio. La diferencia se encontraba en la
preparación con la que habían comenzado la espera.
Las prudentes
habían previsto que el esposo podía retrasarse y llevaron una reserva de aceite
para sus lámparas. Las insensatas, en cambio, no se preocuparon de disponer de
ese combustible.
Por tanto, la
verdadera prudencia no consistió en resistir el sueño, sino en haber preparado
lo necesario para recibir al esposo, aunque su llegada se demorase.
El cansancio de las primeras comunidades cristianas
Este detalle
adquiere una profundidad especial cuando contemplamos la situación de las
primeras comunidades cristianas a las que iba destinado el Evangelio de Mateo.
Numerosos estudios
sitúan su redacción hacia los años ochenta del siglo I y consideran posible que
estuviera vinculado con comunidades de Siria, particularmente del entorno de
Antioquía. Se trata de una reconstrucción histórica probable, aunque no podemos
establecer con certeza ni la fecha exacta ni el lugar de composición. Para
entonces habían pasado varias décadas desde la muerte y resurrección de Jesús.
Los primeros
discípulos habían anunciado con entusiasmo que Cristo había resucitado y que en
él se cumplían las promesas de Dios. Habían nacido comunidades que se reunían
para escuchar las enseñanzas apostólicas, compartir la fe y celebrar su
encuentro con el Señor.
Pero los años
transcurrían y la manifestación gloriosa de Cristo, que los cristianos
esperaban, todavía no había llegado.
La demora podía
suscitar preguntas e inquietudes. La vida cotidiana continuaba con sus
dificultades, las comunidades tenían que afrontar tensiones y algunos creyentes
comenzaban a experimentar el cansancio de una espera prolongada.
El entusiasmo de
los primeros momentos podía debilitarse. Aquello que inicialmente se había
acogido con alegría corría el riesgo de convertirse, para algunos, en una
costumbre.
La repetición de las dificultades, las decepciones y el desgaste de los años
podían terminar afectando a su perseverancia.
En ese ambiente,
algunos cristianos podían sentirse atraídos nuevamente por la manera de pensar
y de vivir de la sociedad pagana que los rodeaba. Otros, sin abandonar
expresamente la fe, corrían el peligro de acomodarse progresivamente a unos
criterios cada vez más alejados del Evangelio.
La parábola de las
diez jóvenes podía resultar especialmente elocuente para aquellos creyentes. El
Esposo tardaba en llegar y la comunidad necesitaba aprender a vivir una espera
más larga de lo que había imaginado.
Cuando el entusiasmo inicial comienza a debilitarse
Esta experiencia
de las primeras generaciones cristianas tiene mucho que ver con lo que también
sucede en nuestras comunidades. Pensemos en una persona que comienza a
descubrir la belleza de la vida cristiana. Escucha el Evangelio con interés,
participa con alegría en su comunidad y experimenta que la Palabra de Dios
ilumina cuestiones de su existencia que antes no sabía cómo afrontar.
Durante algún
tiempo vive con entusiasmo. Desea conocer mejor a Jesucristo y procura orientar
sus decisiones según sus enseñanzas. Pero pasan los años. Aparecen las
preocupaciones familiares, las dificultades del trabajo, los problemas de salud
y las decepciones que acompañan a cualquier historia humana. A veces llegan
también las dificultades dentro de la propia comunidad cristiana, las
incomprensiones o la sensación de que la vida espiritual se ha vuelto monótona.
Aquella alegría de
los comienzos ya no se experimenta con la misma intensidad. La persona continúa
creyendo, pero descubre que necesita perseverar incluso cuando no siente el
entusiasmo que antes la sostenía.
Esta experiencia,
por sí misma, no significa que haya perdido la fe. El cansancio forma parte
de nuestra condición humana y también puede aparecer en quienes desean
sinceramente seguir a Cristo.
Precisamente esto
nos recuerda el detalle de que las diez jóvenes se quedaron dormidas. El
problema comienza cuando, además del cansancio, dejamos de cuidar aquello que
sostiene nuestra relación con el Señor. Si abandonamos progresivamente la
escucha del Evangelio, si dejamos de permitir que la Palabra de Dios ilumine
nuestras decisiones y nos acostumbramos a vivir sin buscar en ella orientación,
nuestra fe puede ir perdiendo fuerza.
Al principio quizá
apenas advertimos el cambio. Seguimos considerándonos cristianos, mantenemos
algunas prácticas religiosas y conservamos determinados recuerdos de nuestra
vida de fe. Sin embargo, comenzamos a valorar las situaciones y a tomar
decisiones según unos criterios que ya no proceden del Evangelio. De esta manera,
podemos terminar adoptando la mentalidad que anteriormente hemos reconocido en
las jóvenes insensatas.
Y aquí
comprendemos la importancia de la reserva de aceite. Las jóvenes prudentes
también se cansaron y se quedaron dormidas, pero habían cuidado su preparación.
Cuando llegara el momento de recibir al esposo, dispondrían de lo necesario
para encender sus lámparas.
La parábola nos
enseña que no basta con comenzar ilusionados el camino cristiano. Necesitamos
cuidar nuestra fe durante toda la vida, especialmente cuando el entusiasmo
inicial disminuye y la perseverancia se vuelve más exigente.
En la
interpretación espiritual que estamos siguiendo, esa reserva de aceite nos
recuerda la escucha constante de la Palabra de Dios, que alimenta nuestra fe y
nos permite conservar los criterios de Jesucristo incluso en medio de las
dificultades.
La vigilancia que Jesús nos pide
Ahora podemos
comprender mejor por qué Jesús concluirá la parábola con una llamada a la
vigilancia: «Velad, porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25, 13).
A primera vista,
podría parecer contradictorio que nos pida permanecer vigilantes cuando en su
propio relato todas las jóvenes se han dormido.
Pero precisamente
ahí encontramos una de las enseñanzas más importantes. Jesús conoce nuestra
fragilidad. Sabe que podemos cansarnos, atravesar momentos de desánimo y
experimentar períodos en los que nuestra vida espiritual resulte más difícil.
Lo que nos pide es que no descuidemos nuestra preparación para recibirlo.
Vigilar significa
vivir de tal manera que, cuando llegue el Esposo, estemos preparados para
acogerlo.
Y esa preparación se realiza ahora, mediante una fe que procuramos alimentar
continuamente con la escucha y la acogida de su Palabra.
Las diez jóvenes
se han quedado dormidas. La noche continúa avanzando y el esposo todavía no ha
llegado. Pero llegará un momento en que esa espera terminará. Entonces se
descubrirá por qué había sido tan importante que unas jóvenes hubieran llevado
aceite de reserva y las otras no.
A medianoche se escucha un grito: ¡Llega el Esposo!
«A medianoche se oyó una voz: “¡Qué llega el esposo, salid
a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron
a preparar sus lámparas».
La parábola
continúa con una escena que cambia por completo la situación de las diez
jóvenes. Mientras todas duermen, de repente, en medio de la noche, se escucha
un grito: «A medianoche se oyó una voz: “¡Qué
llega el esposo, salid a su encuentro!”». «En plena noche,
cuando la oscuridad lo envuelve todo y las diez jóvenes permanecen dormidas,
irrumpe inesperadamente un grito que anuncia la llegada del esposo. La espera
ha terminado: ha llegado el momento de recibirlo».
En el texto griego
encontramos una expresión significativa: μέσης δὲ νυκτὸς κραυγὴ γέγονεν
(méses de nyktós kravgé gégonen). Su significado es: «Pero a
medianoche se produjo un grito».
La palabra κραυγή
(kravgé) significa «grito», «clamor» o «voz fuerte».
Alguien advierte la llegada del esposo y anuncia su presencia a quienes todavía
permanecen dormidas.
Conviene
detenernos también en otro detalle: ¿Por qué sitúa Jesús la llegada del
esposo precisamente a medianoche? La medianoche es el momento en que la
oscuridad parece dominarlo todo. La noche ha alcanzado su punto central y
todavía no aparecen las primeras luces del amanecer. Esta imagen nos
permite descubrir una relación especialmente sugerente con uno de los grandes
acontecimientos de la historia de Israel.
La
medianoche:
Cuando
Dios intervino para liberar a su pueblo
El libro de la
Sabiduría recuerda la noche en que Dios intervino decisivamente en Egipto,
cuando el pueblo de Israel se encontraba sometido a la esclavitud. El autor
sagrado describe aquel momento con un lenguaje solemne. Mientras el silencio
envolvía todas las cosas y la noche había llegado a la mitad de su recorrido,
la Palabra omnipotente de Dios descendió desde el cielo, desde su trono real
(cfr. Sab 18, 14-15).
Es importante
recordar el contexto de este pasaje. El libro de la Sabiduría está evocando la
última plaga de Egipto, la muerte de los primogénitos, presentada como una
intervención del juicio divino contra la opresión que sufría Israel (cfr. Ex
11, 4-6; 12, 29-30). Aquella noche de juicio estuvo vinculada a la liberación
del pueblo esclavizado.
La escena es
dramática. Dios actúa en una situación en la que su pueblo llevaba mucho tiempo
padeciendo la opresión del faraón, sin disponer de fuerzas para alcanzar por sí
mismo la libertad.
Desde esta
experiencia bíblica podemos comprender mejor el simbolismo de la medianoche en
la parábola.
Cuando la
oscuridad parece haber alcanzado su mayor intensidad, Dios puede intervenir y
abrir un camino de salvación. La llegada del esposo en plena noche puede
leerse, desde esta perspectiva, como una imagen de la presencia salvadora de
Cristo, que se acerca a nosotros precisamente cuando más necesitamos su luz.
Las noches que atravesamos durante nuestra vida
Esta imagen no
pertenece únicamente a la historia de Israel. También nosotros conocemos lo que
significa atravesar momentos de oscuridad.
Hay noches que los
seres humanos provocamos con nuestras propias decisiones. Pensemos en las
guerras, la violencia, los abusos y las injusticias que destruyen la
convivencia y causan sufrimientos terribles a tantas personas.
Son oscuridades
que nacen del pecado humano y de nuestra resistencia a vivir conforme a la
voluntad de Dios.
Pero existen otras
noches que no hemos elegido ni provocado. Son aquellos momentos en que una
enfermedad irrumpe inesperadamente en nuestra vida; cuando perdemos a una
persona querida, experimentamos una traición o sufrimos el abandono de alguien
en quien habíamos depositado nuestra confianza.
También conocemos
la oscuridad de las incomprensiones, las decepciones y aquellas situaciones
dolorosas en las que, por mucho que intentemos encontrar una explicación, no
conseguimos comprender lo que nos está sucediendo.
A veces
continuamos caminando, cumpliendo nuestras obligaciones y procurando vivir con
normalidad, mientras interiormente atravesamos un período de profunda
desorientación.
La noche
representa esos momentos en que perdemos claridad para comprender nuestra vida
y necesitamos una luz que nos ayude a encontrar nuevamente el camino.
Pues bien, la
parábola nos permite escuchar una noticia llena de esperanza: el Esposo llega
también en medio de esas noches. Cristo no abandona a quienes atraviesan la
oscuridad. Continúa acercándose a nosotros mediante su Palabra, ofreciéndonos
una luz que puede ayudarnos a comprender lo que vivimos y a descubrir cómo
afrontarlo.
Esto no significa
que todas nuestras dificultades desaparezcan inmediatamente. La enfermedad
puede continuar, las consecuencias de una injusticia pueden resultar dolorosas
y algunas heridas necesitan mucho tiempo para sanar.
Pero la
presencia de Cristo permite atravesar esas situaciones sin quedar abandonados a
la oscuridad.
Quien ha aprendido
a escuchar su Palabra puede reconocer su cercanía incluso cuando las
circunstancias de la vida resultan especialmente difíciles.
Y aquí
comprendemos nuevamente la importancia de las jóvenes prudentes. Habían
conservado el aceite necesario para mantener encendidas sus lámparas. Por eso,
cuando se anuncia la llegada del esposo, están preparadas para recibirlo.
El grito de quienes saben reconocer
la llegada del Señor
Hay otro elemento
de la narración que merece nuestra atención. Alguien percibe que el esposo
está llegando y hace resonar un grito para que las jóvenes se preparen.
Mateo no
identifica a la persona que pronuncia aquel anuncio. Sin embargo, podemos
reconocer en esa voz una imagen de quienes, por su sensibilidad espiritual,
descubren la acción de Dios y ayudan a los demás a reconocerla.
Es lo que
encontramos en la misión de los profetas. Los profetas fueron hombres llamados
a escuchar la Palabra del Señor, interpretar a su luz los acontecimientos y
ayudar al pueblo a reconocer aquello que Dios le pedía en cada momento de su
historia.
Cuando muchos se
dejaban llevar por las apariencias, ellos denunciaban las injusticias,
recordaban las exigencias de la Alianza y anunciaban la fidelidad de Dios.
Desde esta lectura
espiritual, el grito de medianoche nos recuerda esa misión profética: despertar
a quienes se han adormecido y anunciar que el Señor viene a nuestro encuentro.
También hoy
necesitamos escuchar esas voces que nos ayudan a descubrir la presencia de
Cristo, especialmente cuando las preocupaciones, el sufrimiento o la rutina han
debilitado nuestra atención a su Palabra.
La medianoche de nuestro
encuentro definitivo con Cristo
Pero la llegada
del esposo no nos remite solamente a las intervenciones de Dios durante nuestra
vida. La parábola mantiene también abierto el horizonte del encuentro último y
definitivo con Cristo.
La medianoche
puede evocar ese momento cuya fecha desconocemos, cuando nuestra existencia
presente llegue a su término y nos encontremos ante el Señor.
Ya hemos visto que
el Esposo continúa haciéndose presente a lo largo del camino. Nos habla
mediante el Evangelio y nos invita a reconocerlo y acogerlo en las
circunstancias concretas de nuestra existencia.
Pero llegará
también el momento en que ese encuentro alcance su plenitud. Y para esa última
venida debemos prepararnos.
Las jóvenes
insensatas no habían tenido suficientemente en cuenta la posibilidad de que el
esposo se retrasara. Habían salido con sus lámparas, pero descuidaron la
reserva de aceite que necesitaban para recibirlo cuando llegara. Las prudentes,
en cambio, comprendieron que la espera exigía preparación.
La manera en que
acogemos hoy a Cristo y alimentamos nuestra fe nos prepara para reconocerlo y
recibirlo en el encuentro definitivo.
Por eso la
medianoche de la parábola no pretende despertar en nosotros una preocupación
angustiosa por el futuro. Nos recuerda que nuestra vida tiene un destino y que
debemos cuidar aquello que nos permitirá llegar preparados.
El Esposo se
acerca. El grito ha despertado a las diez jóvenes y todas tendrán que
levantarse para recibirlo. Hasta este momento compartían la misma espera, el
mismo cansancio y el mismo sueño. Pero ahora comenzará a manifestarse una
diferencia decisiva: unas habían previsto lo necesario para mantener encendidas
sus lámparas y las otras habían descuidado su preparación.
Estemos atentos a
qué sucede cuando las diez jóvenes se despiertan y descubren el estado de sus
lámparas.
El aceite que no se puede compartir:
La responsabilidad personal de nuestra fe
«Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro
aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por
si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la
tienda y os lo compréis”.
La parábola nos
presenta ahora una situación que puede resultar desconcertante. Las cinco
jóvenes insensatas descubren que sus lámparas se están apagando y piden a las
prudentes que compartan con ellas un poco de aceite. Sin embargo, reciben una
respuesta que difícilmente esperaríamos de quienes han sido presentadas como
ejemplo de sensatez: les dicen que no, porque entonces podría faltarles a
todas, y las envían a comprarlo.
A primera vista,
su actitud parece egoísta, incluso poco caritativa. Después de todo, ¿no nos
enseña Jesús a compartir nuestros bienes y ayudar a quienes se encuentran en
dificultades? ¿Cómo es posible que precisamente las jóvenes prudentes se
nieguen a prestar ayuda a sus compañeras?
Para comprender
esta escena debemos recordar que Jesús está utilizando una parábola para
enseñarnos algo que afecta profundamente a nuestra relación con Dios. El
aceite representa, en la interpretación que venimos desarrollando, el alimento
que mantiene viva nuestra fe. Y aquí encontramos una realidad que no
debemos olvidar: hay decisiones que nadie puede tomar en nuestro lugar.
Pensemos, por
ejemplo, en un matrimonio. Cuando dos personas celebran su boda, cada una debe
expresar personalmente su consentimiento. El esposo pronuncia su «sí» y la
esposa hace lo mismo. Ningún amigo, por muy cercano que sea, puede sustituirlos
en esa decisión interior de entregarse mutuamente.
Algo semejante
sucede con nuestra relación con Jesucristo. La respuesta que damos a Cristo
y a su Evangelio es personal. Nadie puede creer, amar o decidir por nosotros de
tal manera que nuestra propia respuesta resulte innecesaria. Podemos
recibir ayuda, consejos y el testimonio de otras personas, pero cada uno debe
decidir qué lugar concede al Señor en su existencia. También depende de
nosotros cuidar o descuidar aquello que alimenta nuestra fe.
Imaginemos a dos
cristianos que han recibido el bautismo y pertenecen a la misma comunidad. Uno
dedica diariamente algún tiempo a la oración, escucha el Evangelio y medita la
Palabra de Dios. Procura que las enseñanzas de Jesús iluminen su conducta y le ayuden
a afrontar las dificultades de cada jornada.
El otro también se
considera creyente, pero sus intereses discurren por caminos diferentes. Tiene
tiempo para leer detenidamente el periódico deportivo, seguir los resultados de
sus equipos y enterarse de las últimas noticias, mientras que apenas encuentra
unos minutos para escuchar el Evangelio.
El problema,
naturalmente, no está en disfrutar del deporte o leer el periódico. Está en que
podemos encontrar tiempo para muchas cosas y terminar descuidando
precisamente aquello que sostiene nuestra relación con Cristo.
Con el paso de los
años, la vida de estos dos cristianos puede evolucionar de manera muy
diferente. El primero ha ido alimentando su fe mediante el contacto
perseverante con la Palabra de Dios. Su lámpara continúa recibiendo el aceite
que necesita para alumbrar.
El segundo, en
cambio, corre el riesgo de que su fe se debilite progresivamente. Al dejar de
escuchar el Evangelio, puede terminar adoptando otros criterios para orientar
sus decisiones. Y aquella luz que un día había recibido comienza a perder
intensidad hasta llegar, incluso, a apagarse.
Volvamos ahora a
las cinco jóvenes prudentes. Su negativa a entregar el aceite no pretende
enseñarnos que debamos desentendernos de las necesidades ajenas. Jesús quiere
llamar nuestra atención sobre algo mucho más profundo: la relación de amor
con Cristo no puede prestarse ni transferirse de una persona a otra.
Podemos anunciar
el Evangelio, acompañar a nuestros hermanos, compartir con ellos nuestra
experiencia de fe y ayudarlos a descubrir la belleza de la vida cristiana. Todo
esto forma parte de nuestra vocación. Pero nadie puede sustituir la respuesta
libre y personal que cada uno está llamado a dar al Señor.
Del mismo modo que
las jóvenes insensatas no pueden resolver su falta de preparación recurriendo,
en el último momento, a la reserva de sus compañeras, tampoco nosotros podemos
confiar nuestra fidelidad a Cristo únicamente a la fe de quienes nos rodean.
La fe de nuestros
padres, de nuestros amigos o de nuestra comunidad puede ayudarnos enormemente,
pero no nos dispensa de escuchar personalmente al Señor y responder a su
llamada.
La prudencia
consiste en comprender que nuestra relación con Cristo debe cuidarse durante
toda la vida, porque llegará un momento en que nadie podrá responder por
nosotros.
Ahora entendemos
mejor por qué Jesús concede tanta importancia a la preparación de las diez
jóvenes. Todas desean participar en la fiesta, pero no todas han cuidado
aquello que necesitan para recibir al esposo.
Y mientras las
insensatas buscan el aceite que habían olvidado, sucede finalmente lo que todas
estaban esperando: El Esposo llega.
La llegada del Esposo:
Cuando se descubre el verdadero valor de nuestra vida
«Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
La
puerta se cierra: el momento decisivo de la parábola
Llegamos ahora al
desenlace de la parábola de las diez vírgenes. Mientras las cinco jóvenes
insensatas salen a buscar el aceite que les falta, llega finalmente el esposo.
Las que estaban preparadas entran con él en la celebración de las bodas y, una
vez dentro, se cierra la puerta.
Jesús nos sitúa
ante el encuentro definitivo con el Señor, cuando concluya nuestro camino por
este mundo y nuestra existencia quede plenamente iluminada por la verdad de
Dios.
La escena resulta
especialmente dramática. Las cinco jóvenes insensatas también deseaban
participar en la fiesta, pero cuando llega el momento decisivo descubren que no
estaban preparadas. Mientras intentan solucionar su descuido, el esposo entra
con las otras jóvenes y la puerta queda cerrada.
Para comprender
adecuadamente este desenlace, conviene recordar que Jesús utiliza con
frecuencia imágenes muy severas cuando habla del juicio de Dios y de las
consecuencias de nuestras decisiones.
Pensemos en la
parábola de los dos constructores, con la que concluye el sermón de la montaña.
Dos hombres edifican sus casas, uno sobre roca y otro sobre arena. Cuando
llegan las lluvias, crecen los torrentes y soplan los vientos, la casa
construida sobre roca permanece firme, mientras que la levantada sobre arena se
derrumba por completo (cfr. Mt 7, 24-27).
La imagen es
estremecedora ya que una existencia que parecía segura termina convertida en
ruinas porque había sido construida sobre unos cimientos incapaces de
sostenerla. Encontramos algo semejante en la parábola de los talentos. El
criado que no ha sabido responder a la confianza de su señor acaba siendo
expulsado a las tinieblas exteriores, donde hay llanto y rechinar de dientes
(cfr. Mt 25, 14-30).
Y todavía
escucharemos, en la escena del juicio de las naciones, la separación entre las
ovejas y las cabras, con la imagen del fuego eterno para expresar la gravedad
del rechazo definitivo de Dios (cfr. Mt 25, 31-46).
Son relatos que
utilizan un lenguaje difícil para nuestra sensibilidad actual. Sin embargo, las
imágenes de juicio, separación, oscuridad y castigo pertenecían al lenguaje
religioso y apocalíptico conocido en el judaísmo de aquella época. Mediante
ellas se expresaba la trascendencia de las decisiones humanas y la
responsabilidad de cada persona ante Dios.
Jesús se sirve de
este lenguaje para despertar nuestra conciencia. No debemos convertir sus
advertencias en un instrumento de intimidación religiosa, pero tampoco podemos
vaciarlas de su gravedad.
Su intención es
que comprendamos, mientras todavía estamos a tiempo, que nuestra manera de
vivir tiene consecuencias y que podemos malograr aquello para lo que Dios nos
ha llamado.
Reconocer la voz del Esposo
en medio de tantas voces
La primera
enseñanza que podemos extraer del desenlace de la parábola se refiere a nuestra
capacidad para reconocer al Señor. Ya hemos visto que Cristo, el Esposo,
continúa acercándose a nosotros mediante su Palabra. El Evangelio nos permite
conocer su manera de pensar, descubrir lo que verdaderamente tiene valor y
aprender a orientar nuestras decisiones conforme a su voluntad.
Pero no es la
única voz que escuchamos. Vivimos rodeados de propuestas que prometen
felicidad, seguridad y reconocimiento. Algunas nos presentan el dinero como la
medida del éxito; otras nos invitan a imponer nuestra voluntad, buscar
continuamente la admiración de los demás o satisfacer nuestros deseos sin
preocuparnos demasiado por sus consecuencias.
Son las voces
seductoras de la mundanidad, que pueden terminar pareciéndonos más atractivas
que las exigencias del Evangelio.
La prudencia de
las cinco jóvenes nos recuerda que necesitamos aprender a reconocer la voz
de Cristo y distinguirla de aquellas propuestas que, aunque resulten
seductoras, pueden conducirnos por caminos equivocados. No basta con llevar una
lámpara. Es necesario mantenerla encendida para disponer de luz cuando llegue
el momento de actuar.
En nuestra
existencia sucede algo semejante. Conocer las enseñanzas de Jesús es
fundamental, pero necesitamos permitir que iluminen nuestras decisiones. Solo
entonces podremos reconocer por dónde nos conduce el Señor y evitar que otros
criterios terminen ocupando su lugar.
Dos maneras de vivir
que no conducen al mismo resultado
La segunda
enseñanza tiene que ver con el destino de nuestra existencia. Desde el comienzo
de la parábola hemos contemplado la vida humana como un éxodo, un camino que
nos conduce hacia el encuentro definitivo con Cristo.
Pero ese camino
puede recorrerse de maneras muy diferentes. Podemos orientar nuestra
existencia según la sabiduría del Evangelio, aprendiendo a vivir desde el amor,
la justicia, la verdad y la atención a nuestros hermanos. O podemos adoptar los
criterios de un mundo en el que muchas personas compiten por imponerse, buscan
dominar a los demás y consideran legítimo anteponer siempre sus propios
intereses.
No necesitamos
mirar demasiado lejos para reconocer las consecuencias de esta segunda manera
de vivir. Las guerras, las injusticias, la violencia, los enfrentamientos y
tantos sufrimientos que afectan a la humanidad nacen, en buena medida, de
decisiones inspiradas por el egoísmo y el deseo de poder.
Es un mundo donde
fácilmente se acaba considerando al otro como un rival, un obstáculo o alguien
de quien podemos aprovecharnos. Y lo más preocupante es que podemos contribuir
a construir ese mundo incluso mientras nos consideramos cristianos.
En la
interpretación que estamos siguiendo, las jóvenes insensatas representan
precisamente esa posibilidad: haber recibido la invitación del Esposo y, sin
embargo, terminar viviendo según unos criterios que no corresponden a su
Evangelio.
No tiene el mismo
valor una vida construida desde el amor de Cristo que otra entregada al
egoísmo, la violencia y la injusticia. Las imágenes dramáticas del juicio nos
obligan a tomar en serio esta diferencia. Nos recuerdan que el mal que
realizamos no es indiferente y que nuestras decisiones pueden alejarnos de la
comunión para la que hemos sido creados.
El peligro de descubrir demasiado tarde
lo que era importante
Hay todavía una
tercera enseñanza, quizá la más directamente relacionada con el comportamiento
de las cinco jóvenes insensatas.
Fijémonos en un
detalle que puede pasar inadvertido: Ellas también terminan consiguiendo
aceite. Después de escuchar que llega el esposo, salen a comprarlo. Cuando
regresan, ya disponen de aquello que antes les faltaba. Pero la celebración ha
comenzado y encuentran la puerta cerrada.
Esta circunstancia
resulta decisiva para comprender la advertencia de Jesús. Las jóvenes han
conseguido el aceite, pero demasiado tarde para la finalidad que debía cumplir.
Lo necesitaban durante la espera, para mantener encendidas sus lámparas y
recibir al esposo cuando llegara.
En la
interpretación espiritual que venimos desarrollando, el aceite nos recuerda
especialmente el alimento de la Palabra de Dios. Y aquí
descubrimos una enseñanza que nos afecta profundamente: La Palabra de Dios
necesitamos escucharla ahora, durante nuestra vida, porque es ahora cuando debe
iluminar nuestras decisiones.
El Evangelio nos
ayuda a elegir, a corregir nuestros errores, a reconocer el bien y a descubrir
la voluntad del Señor en las circunstancias concretas de nuestra existencia.
Cuando lleguemos
al encuentro definitivo con Cristo, habrá concluido el tiempo en que podíamos
orientar mediante nuestras decisiones esta etapa de nuestro camino. Por eso
Jesús nos advierte del peligro de aplazar indefinidamente nuestra respuesta a
Dios.
El libro abierto en las manos de Cristo
Esta enseñanza
puede ilustrarse mediante una imagen de gran fuerza espiritual. En la
iconografía cristiana encontramos representaciones de Cristo Pantocrátor. El
término griego Παντοκράτωρ (Pantokrátor) significa «Todopoderoso»
o «Señor de todo».
En muchas de estas
imágenes, Cristo aparece sosteniendo el libro de los Evangelios, abierto o
cerrado según la representación. Podemos servirnos de esa imagen para
comprender nuestra situación presente.
Mientras
recorremos el camino de nuestra vida, el Evangelio permanece abierto ante
nosotros. Podemos escucharlo, meditarlo, dejar que nos corrija y responder a
sus enseñanzas. Es el tiempo que se nos concede para aprender a vivir conforme
a la voluntad de Dios.
Imaginemos ahora
el momento en que termina nuestra peregrinación y el libro se cierra. La imagen
no significa que la Palabra de Dios pierda su valor, sino que habrá
concluido el tiempo de nuestras decisiones terrenas, durante el cual esa
Palabra debía guiarnos hacia el encuentro con Cristo.
La segunda carta
de san Pedro utiliza una comparación especialmente hermosa. Invita a los
cristianos a prestar atención a la palabra profética como a una lámpara que
ilumina un lugar oscuro, hasta que llegue el amanecer y aparezca el lucero de
la mañana en sus corazones (cfr. 2 Pe 1, 19).
La imagen vuelve a
situarnos ante la luz que necesitamos mientras caminamos en medio de la
oscuridad. Durante nuestra existencia, la Palabra de Dios nos permite avanzar
sin perder la dirección. Y cuando nuestra comunión con Cristo alcance su
plenitud, ya no necesitaremos caminar hacia él del mismo modo, porque habremos
llegado al encuentro que ahora esperamos. Este es el sentido espiritual que
podemos descubrir en la llegada definitiva del Esposo.
La tentación de dejar el Evangelio
para más adelante
Pensemos en algo
que seguramente hemos escuchado alguna vez.
Una persona
reconoce que debería dedicar más tiempo a la oración, escuchar el Evangelio y
cuidar su vida cristiana. Pero siempre encuentra alguna razón para aplazarlo.
—Ahora tengo demasiado trabajo y muchas
responsabilidades. Cuando me jubile y disponga de más tiempo, entonces leeré
tranquilamente el Evangelio.
Sin embargo, llega la jubilación y
aparecen otras ocupaciones. Ahora hay tiempo para encontrarse con los amigos,
pasar largas horas en el bar o disfrutar de numerosas actividades, pero la
escucha de la Palabra de Dios sigue quedando para otro día. Y así pueden pasar
los años.
El problema no
está en el trabajo, en la jubilación o en disfrutar de la compañía de los
amigos. Está en acostumbrarnos a posponer continuamente aquello que reconocemos
como importante para nuestra relación con Dios.
El peligro
consiste en descubrir, cuando nuestra vida haya terminado, que hemos dedicado
tiempo a muchas cosas mientras dejábamos sin cultivar nuestra amistad con
Cristo.
Precisamente eso
es lo que Jesús quiere que comprendamos mediante las jóvenes que regresan con
el aceite cuando ya se ha cerrado la puerta.
Habían tenido tiempo para prepararse, pero
no supieron aprovecharlo.
La parábola nos
invita a vivir con responsabilidad nuestro presente. El Evangelio es una luz
que Dios nos ofrece hoy, cuando todavía podemos dejarnos transformar por ella.
«No os conozco»:
una advertencia sobre nuestra relación con Cristo
El desenlace del
relato contiene unas palabras particularmente severas.
Las jóvenes que han llegado tarde llaman a
la puerta y suplican que les permitan entrar. Pero el esposo responde: «“En verdad os digo que no os conozco”». En
el texto griego encontramos la expresión: οὐκ οἶδα ὑμᾶς (uk óida
hymás), que significa literalmente «no os conozco». ¿Cómo debemos
comprender estas palabras?
Evidentemente,
Jesús no pretende decir que Dios desconozca la identidad de esas personas. La
expresión tiene un sentido más profundo, relacionado con el reconocimiento y la
comunión. Desde la lectura espiritual que estamos desarrollando, podemos
comprender que el Esposo no reconoce en aquellas jóvenes una vida configurada
según sus enseñanzas. Habían recibido la invitación, pero no habían permitido
que esa relación orientara verdaderamente su existencia.
La misma
preocupación aparece al final del sermón de la montaña, cuando Jesús advierte
que no basta con invocarlo como Señor; es necesario poner en práctica la
voluntad de su Padre (cfr. Mt 7, 21-23).
Esto nos ayuda a
comprender por qué la pertenencia exterior a la comunidad cristiana, siendo un
don precioso, no puede separarse de la respuesta personal al Evangelio.
Podemos haber
recibido el bautismo, conocer las enseñanzas de Jesús y participar en
determinadas prácticas religiosas. Sin embargo, necesitamos preguntarnos si
nuestra manera de vivir va adquiriendo realmente los rasgos de Cristo.
Conocer a Jesús y
vivir en comunión con él implica permitir que su Palabra transforme
progresivamente nuestros criterios y nuestra conducta.
Por eso, en esta
interpretación de la parábola, la expresión «no os conozco» adquiere una fuerza
especial: nos advierte del peligro de haber mantenido una relación solamente
exterior con el Señor, sin haber acogido verdaderamente su Evangelio.
La puerta cerrada
y las palabras del esposo pertenecen al lenguaje del juicio y expresan una
posibilidad seria de exclusión de la fiesta. No conviene reducirlas a una
simple metáfora de oportunidades perdidas ni utilizarlas para declarar
condenadas a personas concretas. Su finalidad es llamarnos a una conversión
que todavía podemos realizar.
«Velad»: la última invitación de Jesús
La parábola
concluye con una exhortación que recoge toda su enseñanza: «Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
En griego está de
este modo: «Γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε τὴν ἡμέραν οὐδὲ τὴν ὥραν»,
que traducido es «Manteneos, por tanto, vigilantes, porque no sabéis ni el día
ni la hora».
El verbo griego es
γρηγορεῖτε (gregoréite), imperativo presente de γρηγορέω (gregoréo),
que significa «estar despierto», «mantenerse alerta» o «vigilar».
Pero recordemos un
detalle que hemos examinado anteriormente: las diez jóvenes se habían quedado
dormidas, incluidas las cinco prudentes.
Por tanto, Jesús no está exigiendo que
vivamos sin experimentar cansancio ni que permanezcamos continuamente
preocupados por el futuro.
La vigilancia
cristiana consiste en mantenernos preparados para reconocer y acoger al Señor,
alimentando nuestra fe mientras recorremos el camino de la vida. Jesús nos
invita a vivir preparados para recibirlo, cuidando nuestra relación con él a lo
largo de toda nuestra existencia.
Cristo continúa
viniendo a nuestro encuentro mediante su Evangelio. Nos habla en medio de
nuestras alegrías y dificultades, nos muestra cómo debemos vivir y nos invita a
abandonar aquellos caminos que pueden apartarnos de él.
Pero nuestra
existencia presente también llegará a su término. Entonces tendrá lugar el
encuentro definitivo con el Esposo, hacia quien hemos estado caminando durante
toda nuestra vida.
Por eso la llamada
de Jesús tiene una urgencia profundamente humana. No sabemos cuánto tiempo nos
queda, pero sí sabemos que hoy podemos escuchar su Palabra, acoger su amor y
orientar nuestra existencia conforme a sus enseñanzas.
Las jóvenes
prudentes habían comprendido la importancia de prepararse durante la espera.
Las insensatas descubrieron demasiado tarde que no bastaba con desear
participar en la fiesta.
Jesús nos invita a
aprovechar el tiempo que tenemos para vivir en comunión con él, de manera que,
cuando llegue el encuentro definitivo, podamos recibir al Esposo y participar
de la alegría de sus bodas.



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