sábado, 7 de noviembre de 2026

Interactivo — Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A | Mt 25, 1-13

 


Homilía interactiva · Domingo XXXII del Tiempo Ordinario · Ciclo A

¿Llevará aceite tu lámpara?

Mt 25, 1-13 · Las diez jóvenes y el Esposo. Un recorrido para comprender por qué la prudencia consiste en preparar hoy el encuentro con Cristo.

«Manteneos, por tanto, vigilantes, porque no sabéis ni el día ni la hora». (Mt 25, 13, traducción filológica)
01 · Escuchar y profundizar

Tres audios, tres ocasiones para detenernos en el aceite

Un comentario breve y dos comentarios más extensos. Puedes ver y usar directamente los tres reproductores, y además leer la entradilla editorial de cada episodio por separado. Los tres parten de la misma parábola y profundizan en la responsabilidad personal de la fe, sin olvidar el apoyo de la Iglesia y de la comunidad.

01Escucha breve

Por qué la fe es intransferible

La fe crece en una familia y en una comunidad, pero nadie puede responder personalmente a Cristo por nosotros.

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02Escucha ampliada · I

El aceite que nadie te prestará

Las diez esperan al mismo esposo, pero solo algunas han preparado el aceite que sostendrá sus lámparas.

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03Escucha ampliada · II

El aceite que nadie puede prestarte

La negativa a compartir el aceite nos conduce a una pregunta: ¿qué hay en nuestra relación con Dios que no puede improvisarse?

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Las entradillas acompañan los audios y no sustituyen el texto bíblico. Ningún audio se inicia automáticamente.

02 · Comprender

Primero, la historia tal como la cuenta Jesús

Unas jóvenes salen para recibir al esposo. Todas tienen lámparas y todas esperan participar en una boda. Lo que las diferencia parece insignificante: cinco han previsto llevar aceite de reserva y cinco no.

Mt 25, 1-4La salida

Diez jóvenes parten hacia el esposo. Cinco llevan además recipientes con aceite; cinco descuidan esa reserva.

Mt 25, 5-9La espera

El esposo se demora. Todas se duermen. Un grito en la medianoche anuncia su llegada y las lámparas necesitan aceite.

Mt 25, 10-13El encuentro

Las preparadas entran en la celebración. Las demás llegan demasiado tarde y encuentran la puerta cerrada. Jesús llama a vigilar.

La pregunta que orienta todo el recorrido: si todas querían acudir a las bodas y todas se durmieron, ¿qué distinguió realmente a las cinco prudentes?

La respuesta está en la preparación durante la espera. Jesús no elogia la ausencia de cansancio, sino una sensatez capaz de anticiparse.

Leer Mt 25 en la Biblia oficial de la CEE
03 · Interpretar

Lo que cada imagen nos ayuda a comprender

Conviene distinguir el relato literal de sus aplicaciones espirituales. Mateo narra una boda; la homilía utiliza sus imágenes para hablar de nuestra vida cristiana.

01 · El Esposo

Alguien nos espera

La figura del esposo permite reconocer a Cristo. Nuestra vida no camina hacia la nada, sino hacia el encuentro definitivo con él. La imagen de las bodas evoca la alegría de la comunión plena con Dios (cfr. Ap 19, 7-8).

02 · Salir al encuentro

La vida es un éxodo

La salida de las jóvenes recuerda el gran éxodo de Israel. Vivimos un camino que comienza al nacer y que está orientado hacia un destino: la comunión con el Señor (cfr. Ex 3, 7-10; Dt 6, 21-23).

03 · Lámparas

Una luz para elegir

La homilía contempla en ellas la luz de la Palabra de Dios: «Lámpara es tu palabra para mis pasos» (Sal 119 [118], 105). El Evangelio ilumina nuestros criterios y decisiones.

04 · Aceite y recipientes

La previsión de quien cuida

Las prudentes llevaron aceite adicional (Mt 25, 4). Espiritualmente, la homilía lo relaciona con la escucha perseverante del Evangelio, que alimenta la fe. Mateo no define expresamente el aceite: es una lectura interpretativa.

05 · El sueño y la medianoche

El cansancio no es el fracaso

Las diez se duermen. El grito de medianoche rompe la espera. La homilía evoca también las noches de enfermedad, violencia, duelo o desconcierto en las que Cristo puede venir a nuestro encuentro.

06 · La puerta cerrada

El presente es decisivo

La escena advierte seriamente de las consecuencias de no estar preparados. Llama a la conversión hoy; no autoriza a identificar personas concretas como condenadas (cfr. Mt 25, 10-13; CEC 1033-1037).

Importante: la identificación de Israel con las diez jóvenes y la imagen del aceite como alimento de la fe son lecturas espirituales desarrolladas en la homilía. El evangelista no fija por sí mismo una única equivalencia para cada objeto.

04 · Mirar con atención

Un detalle del griego que cambia la lectura

Cuando el esposo tarda, Mateo escribe:

χρονίζοντος δὲ τοῦ νυμφίου ἐνύσταξαν πᾶσαι καὶ ἐκάθευδον.

«Como el esposo tardaba en llegar, todas comenzaron a cabecear y se quedaron dormidas» (Mt 25, 5).

πᾶσαι (pásai) significa «todas». Las prudentes también se durmieron. El cansancio de una espera prolongada no es, por sí solo, el signo que divide a los dos grupos. La diferencia está en que unas habían previsto lo necesario para afrontar la demora.

Cuando Jesús concluye «Γρηγορεῖτε οὖν» (gregoréite un), «Manteneos, por tanto, vigilantes», pide una disposición estable de preparación y fidelidad. No está mandándonos vivir sin descanso.

Pequeño glosario del texto original

φρόνιμοιfrónimoi

Prudentes, sensatas: personas que prevén lo necesario y actúan con discernimiento.

μωραίmorái

Insensatas o necias: no supone falta de inteligencia, sino una elección poco previsora.

ἔλαιονélaion

Aceite. En el relato es el combustible de las lámparas; su lectura espiritual exige interpretación.

ἀγγείοιςanguéiois

En recipientes o vasijas; dativo plural de ἀγγεῖον (anguéion).

κραυγήkraugé

Grito, clamor. Es la voz que irrumpe en mitad de la noche.

γρηγορεῖτεgregoréite

Velad, manteneos vigilantes. Imperativo presente, segunda persona plural.

La relación de las diez jóvenes con Israel y la interpretación del aceite como escucha de la Palabra pertenecen a la lectura espiritual de la homilía. No deben confundirse con definiciones literales ofrecidas por el evangelista.

05 · Aprender y discernir

Tres niveles para comprender y vivir la parábola

Empieza por el relato, pasa a su interpretación y termina con decisiones reales. No hay límite de intentos: todas las respuestas, incluso las incorrectas, reciben una explicación particular. Lo importante es comprender el porqué, no acumular puntos.

21 preguntas7 por nivel
84 explicacionesUna para cada alternativa
Sin calificaciones personalesPuedes revisar cada opción
Respondidas: 0 de 21 · Aciertos: 0
Nivel 1

Entender el relato

Observa lo que narra Mateo antes de interpretar sus símbolos. Siete preguntas sobre las diez jóvenes, la demora y la llegada del esposo.

01 / 07La espera común

¿Qué comparten las diez jóvenes al comenzar la parábola?

02 / 07La prudencia

Las cinco jóvenes son llamadas φρόνιμοι (frónimoi). ¿Qué conducta concreta permite comprender ese calificativo?

03 / 07La demora y el sueño

Según Mt 25, 5, ¿qué sucede cuando el esposo tarda?

04 / 07El grito de medianoche

¿Qué anuncia el grito que se escucha en medio de la noche?

05 / 07La petición del aceite

¿Por qué piden aceite las jóvenes insensatas?

06 / 07La puerta cerrada

¿Qué ocurre mientras las insensatas van a comprar aceite?

07 / 07La última frase

¿Con qué exhortación termina Jesús la parábola?

Te faltan 7 preguntas para completar este nivel.

Nivel 2

Leer con profundidad

Relaciona la parábola con la Escritura y distingue lo que afirma Mateo de las interpretaciones espirituales de la homilía.

01 / 07Gratuidad y respuesta

La homilía comienza afirmando que Dios ama gratuitamente. ¿Cómo se relaciona eso con el juicio de la parábola?

02 / 07La salida como éxodo

¿Qué aporta a la homilía la relación entre «salir al encuentro» y el éxodo de Israel?

03 / 07La lámpara y el aceite

¿Cómo debe expresarse con rigor la interpretación de la lámpara y del aceite?

04 / 07Israel y las diez jóvenes

Al relacionar a las diez jóvenes con el pueblo de Israel, ¿qué precisión es indispensable?

05 / 07El sueño de todas

¿Qué interpretación responde mejor al hecho de que tanto las prudentes como las insensatas se hayan dormido?

06 / 07La medianoche y la Sabiduría

La homilía relaciona la medianoche de Mateo con Sab 18, 14-15. ¿Cómo conviene presentar esa relación?

07 / 07La puerta y el juicio

¿Cómo entender «no os conozco» y la puerta cerrada sin desvirtuar la parábola?

Te faltan 7 preguntas para completar este nivel.

Nivel 3

Discernir en la vida

Situaciones de familia, cansancio, comunidad y decisiones: aplica la vigilancia cristiana con verdad y misericordia.

01 / 07Una fe cansada

Una mujer cuida a su padre enfermo y lleva meses agotada. Siente que ora menos y teme ser como las jóvenes insensatas. ¿Qué respuesta es más evangélica?

02 / 07Fe personal y comunitaria

Un joven afirma: «Mi familia cree y mi parroquia reza por mí; por eso yo no necesito responder personalmente a Cristo». ¿Qué matiz falta?

03 / 07Un domingo tras otro

Un creyente falta repetidamente al encuentro dominical por otras preferencias, y su fe va perdiendo espacio en la vida. ¿Qué hace útil este ejemplo?

04 / 07Aplazar para la jubilación

Alguien dice: «Ahora estoy muy ocupado; cuando me jubile empezaré a leer el Evangelio». ¿Qué respondería mejor al desenlace de la parábola?

05 / 07Prácticas y decisiones

Una persona conserva devociones habituales, pero nunca deja que el Evangelio cuestione su trato injusto a otros. ¿Qué observación la ayudaría más?

06 / 07Una noche difícil

Una persona vive una enfermedad larga y no comprende lo que le sucede. ¿Cómo aplicar correctamente la imagen de la medianoche?

07 / 07Ayudar sin sustituir

Una persona se ha alejado de la fe. Su hermana desea ayudarla, pero recuerda que el aceite no se presta. ¿Qué debería hacer?

Te faltan 7 preguntas para completar este nivel.

Llevarlo a mi vida →

El resultado se calcula únicamente en esta página; no se solicita identificación ni se envían las respuestas.

06 · Llevarlo a la vida

¿Qué significa preparar hoy mi lámpara?

Las cinco prudentes no pudieron evitar que el esposo tardara. Sí pudieron cuidar aquello que necesitaban mientras esperaban. Esta semana puedes elegir algún paso concreto, pequeño y realista.

La vida de fe crece en decisiones posibles y perseverantes. Puedes marcar los pasos que deseas cuidar; no se guardan ni se envían a ningún servidor.

Para rezar: Señor Jesús, tú conoces el cansancio de mi camino. Enséñame a escuchar tu Palabra, a reconocer tu presencia y a cuidar hoy la lámpara que un día quiero presentar ante ti.
07 · Volver a la homilía

La homilía completa, para leer sin prisas

El interactivo acompaña la lectura de la homilía íntegra que hemos trabajado a partir de la predicación italiana. Puedes desplegarla para recorrer con calma la argumentación, las referencias bíblicas y sus aplicaciones espirituales.

📖 Abrir la homilía publicada en Capilla Argaray

Desplegar la homilía completa (Mt 25, 1-13)

¿En qué consiste realmente la buena noticia del Evangelio?

La palabra Evangelio significa «buena noticia». Y una buena noticia, cuando verdaderamente lo es, despierta alegría en quien la recibe. Sin embargo, aunque los cristianos estamos acostumbrados a escuchar esta palabra, quizá no siempre tenemos tan claro cuál es la noticia extraordinaria que Jesús vino a comunicarnos.

Si preguntáramos a un grupo de creyentes qué anuncia el Evangelio, seguramente algunos responderían que Dios tiene preparado el paraíso para quienes cumplen sus mandamientos y llevan una vida honrada. Después, quizá con cierta incomodidad, añadirían que quienes se comportan mal se exponen a terminar en el infierno.

Pero ¿qué tiene de novedoso ese mensaje? La convicción de que las buenas acciones merecen una recompensa y las malas reciben su correspondiente castigo ha estado presente, de distintas maneras, en numerosas tradiciones religiosas. También en ciertos ambientes religiosos del tiempo de Jesús se entendía la salvación como una recompensa reservada a quienes habían vivido de acuerdo con la voluntad de Dios.

La gran novedad: un amor que no depende de nuestros méritos

Para descubrir la originalidad del anuncio de Jesús, tenemos que dirigir nuestra mirada hacia el rostro de Dios que él nos revela.

Dios ama gratuitamente a cada ser humano. Su amor no comienza cuando nos comportamos bien, ni desaparece cuando nos apartamos de su voluntad. Su bondad alcanza también a quienes viven alejados de él y no pueden presentar una conducta ejemplar.

Jesús lo explica mediante una imagen que todos podemos comprender. Nuestro Padre celestial hace salir el sol sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre justos e injustos (cfr. Mt 5, 45).

Pensemos en lo que esto significa. Cuando amanece, la luz del sol alcanza por igual la casa de una persona generosa y la de otra que ha cometido graves injusticias. La lluvia riega los campos de quien procura vivir rectamente y también los de quien lleva una existencia desordenada. Dios continúa ofreciendo sus dones incluso a quienes no responden a su amor.

Esta manera de presentar al Padre encuentra su plenitud en Jesús y lleva hasta sus últimas consecuencias algo que ya comenzaba a manifestarse en las Escrituras de Israel: la misericordia divina supera nuestros cálculos sobre quién merece recibirla.

Podemos comprender que semejante anuncio provocara desconcierto y oposición. Para determinados responsables religiosos, acostumbrados a valorar la relación con Dios desde el cumplimiento de la Ley y la conducta de las personas, resultaba escandaloso que Jesús acogiera a los pecadores y hablara de un Padre cuya bondad también los alcanzaba. Su predicación y su manera de actuar cuestionaban convicciones profundamente arraigadas y contribuyeron al conflicto que acabaría conduciéndolo a la muerte.

Si Dios ama a todos, ¿qué importancia tiene nuestra manera de vivir?

Aquí aparece una cuestión decisiva. Si el amor de Dios es gratuito y alcanza indistintamente a justos y pecadores, alguien podría concluir que nuestras decisiones carecen de importancia.

Según ese razonamiento, vivir con honradez, respetar a los demás y orientar la propia existencia según el Evangelio tendría, en último término, el mismo resultado que entregarse a la violencia, la mentira, los abusos, las injusticias o cualquier otra forma de maldad.

Jesús quiere evitar precisamente ese equívoco.

La gratuidad del amor de Dios no convierte nuestras decisiones en algo indiferente. Nuestra conducta tiene consecuencias reales, y existe una diferencia radical entre una vida que responde al bien y otra que se deja dominar por el mal.

Para ayudarnos a comprender la gravedad de esta elección, Jesús recurre a unos relatos que la liturgia nos presenta durante los tres últimos domingos del año litúrgico, en el ciclo correspondiente al Evangelio de san Mateo.

Aunque solemos incluirlos entre las parábolas, estos relatos poseen también las características de unas escenas de juicio. Nos colocan ante el momento en que quedará al descubierto el verdadero valor de nuestra existencia.

Sus desenlaces pueden parecernos especialmente severos. Pero Jesús emplea deliberadamente imágenes dramáticas porque desea que comprendamos, mientras todavía podemos orientar nuestra vida, la importancia de aquello que está en juego.

Jesús nos revela cómo será valorada nuestra vida

En muchos relatos parabólicos, Jesús se sirve de acontecimientos presentes o pasados para explicar una enseñanza. En las escenas de juicio, en cambio, adquiere especial importancia la referencia al futuro, porque nuestra atención se dirige hacia aquello que sucederá cuando Dios examine nuestra existencia.

Hay una experiencia muy corriente que puede ayudarnos a entenderlo.

Cuando éramos estudiantes y se acercaba la fecha de un examen, procurábamos averiguar qué aspectos de la asignatura consideraba más importantes el profesor. Repasábamos sus explicaciones, recordábamos las cuestiones en las que había insistido durante el curso e intentábamos imaginar qué preguntas nos haría. Conocer sus criterios nos ayudaba a preparar mejor la prueba.

Pues bien, algo semejante sucede con estas enseñanzas de Jesús.

Antes de que llegue el momento de rendir cuentas de nuestra vida, él nos da a conocer los criterios con los que seremos juzgados. Quiere que sepamos qué es lo verdaderamente importante a los ojos de Dios y podamos actuar en consecuencia.

Naturalmente, aquí hablamos de un examen incomparablemente más serio que aquellos a los que nos enfrentábamos en nuestros años de estudiantes. No habrá un profesor que califique nuestros conocimientos ni estará en juego la posibilidad de aprobar una asignatura. Será Dios quien manifieste la verdad definitiva de nuestra existencia, haciendo patente si hemos respondido a nuestra vocación o hemos desperdiciado las posibilidades que se nos habían confiado.

Ahora se comprende mejor por qué Jesús recurre a relatos cuyos finales resultan tan estremecedores. Con ellos pretende despertar nuestra conciencia ante una responsabilidad que afecta al destino entero de nuestra vida.

Y comienza con una historia que solamente encontramos en el Evangelio según san Mateo: la parábola de las diez vírgenes.

Cuando desaparezcan las apariencias, ¿qué quedará de nuestra vida?

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo».

La parábola de las diez vírgenes comienza con unas palabras que conviene escuchar atentamente. El texto griego lo dice así: «Τότε ὁμοιωθήσεται ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν δέκα παρθένοις, αἵτινες λαβοῦσαι τὰς λαμπάδας ἑαυτῶν ἐξῆλθον εἰς ὑπάντησιν τοῦ νυμφίου», que traducida significa «entonces será semejante el Reino de los cielos a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo». Jesús anuncia que «entonces» el Reino de los cielos será semejante a diez jóvenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.

Ese «entonces» nos remite al horizonte del juicio definitivo, del que Jesús viene hablando en su discurso sobre los últimos tiempos. No está relatando simplemente los preparativos de una boda. Mediante aquella escena quiere ayudarnos a comprender algo que afecta a todos: llegará el momento en que nuestra existencia se manifestará ante Dios en toda su verdad.

A lo largo de la vida podemos conseguir el reconocimiento de muchas personas y ocupar posiciones que nos proporcionan prestigio. Los títulos académicos, las responsabilidades profesionales, los cargos públicos e incluso las dignidades eclesiásticas pueden llegar a tener una enorme importancia a nuestros ojos. También la riqueza, el poder o la fama conquistada mediante grandes hazañas, como ocurría con los vencedores de las competiciones olímpicas en la Antigüedad.

Pero ninguna de estas cosas podrá sustituir, cuando llegue el juicio de Dios, a la verdad de lo que hemos vivido.

Ante el Señor desaparecerán las apariencias y quedará al descubierto lo que realmente somos. De poco servirá haber recibido grandes honores si nuestra existencia no ha respondido a aquello para lo que fuimos creados.

Precisamente por eso Jesús nos habla de unas jóvenes que esperan la llegada de un esposo. Quiere enseñarnos cómo debemos vivir mientras avanzamos hacia ese encuentro que pondrá de manifiesto el verdadero sentido de nuestra historia.

Diez jóvenes que salen: la imagen de nuestra existencia

Fijémonos ahora en lo primero que hacen las protagonistas del relato: «salieron al encuentro del esposo». Ese movimiento inicial tiene una belleza particular. Las jóvenes abandonan el lugar donde estaban porque esperan encontrarse con alguien. Su salida está orientada hacia una persona y hacia una celebración.

Esta imagen nos permite contemplar nuestra propia vida desde una perspectiva profundamente bíblica. El verbo salir nos recuerda uno de los grandes acontecimientos de la historia de Israel: el Éxodo. El nombre de este libro procede del griego ἔξοδος (éxodos), que significa «salida» o «partida».

Dios envió a Moisés a Egipto para liberar a su pueblo de la esclavitud. Los israelitas debían abandonar aquella tierra, atravesar el desierto y dirigirse hacia la tierra que el Señor les había prometido. Su salida tenía una finalidad: Comenzar una vida nueva en libertad (cfr. Ex 3, 7-10; Dt 6, 21-23). Aquella experiencia se convirtió en una de las grandes imágenes de la existencia creyente.

También nosotros comenzamos nuestra vida con una salida. Cuando nacemos, dejamos el seno de nuestra madre y emprendemos un recorrido que continuará durante todos los años de nuestra existencia.

A partir de ese momento comienza nuestro propio éxodo. Atravesaremos etapas diferentes, conoceremos alegrías y sufrimientos, encontraremos personas que nos acompañarán y tendremos que afrontar situaciones que nunca habríamos imaginado.

Sin embargo, hay una cuestión que resulta decisiva: ¿hacia dónde nos conduce este camino? Aquí comprendemos mejor la imagen escogida por Jesús. Las diez jóvenes no salen para caminar sin rumbo. Salen porque esperan encontrarse con el esposo.

El relato nos invita así a preguntarnos por el destino de nuestra existencia. Hemos nacido, estamos viviendo y sabemos que un día terminaremos nuestro recorrido por este mundo. Pero ¿qué sentido tiene todo este camino? ¿Qué nos espera al final?

La respuesta que demos a estas preguntas cambiará profundamente nuestra manera de comprender la vida.

Cuando termina nuestro éxodo, ¿nos espera la nada?

En algunas tumbas de la antigua Roma encontramos inscripciones que reflejan una visión de la existencia muy diferente de la esperanza cristiana. Una conocida fórmula funeraria latina decía: «Non fui, fui, non sum, non curo». Podemos traducirla así: «No existía, existí, ya no existo y nada me importa».

Detrás de estas palabras aparece una manera de comprender la condición humana: Antes de nacer no existíamos y, después de morir, regresaríamos a la nada. Nuestra vida sería solamente un breve intervalo entre dos momentos de inexistencia.

No todos los antiguos compartían esta concepción, ni tampoco hoy quienes no profesan la fe cristiana piensan necesariamente de ese modo. Sin embargo, aquellas inscripciones expresan una respuesta posible ante el misterio de la muerte: considerar que, cuando nuestra existencia termine, ya no habrá nadie esperándonos.

La parábola de Jesús nos abre a una perspectiva completamente distinta. Recordemos a las diez jóvenes, las cuales han salido de sus casas porque saben que hay un esposo al que deben recibir. No caminan hacia un lugar vacío, sino hacia el encuentro con alguien. En esa espera podemos reconocer la esperanza cristiana.

Nuestra vida es un éxodo cuyo término no es la nada, sino el encuentro con Cristo, el Esposo que desea acogernos en la fiesta de la vida eterna.

El camino puede resultar fatigoso y, en ocasiones, especialmente doloroso. Pero nuestra esperanza no descansa en que la vida presente esté libre de sufrimientos. Descansa en la promesa de aquel que nos aguarda al término del recorrido.

Para el creyente, cada jornada que pasa significa también que se acerca ese encuentro. Incluso el transcurso de los años, que tantas veces nos inquieta porque nos recuerda nuestra fragilidad, puede contemplarse desde una esperanza nueva: caminamos hacia el abrazo de Cristo.

Volvamos entonces a la parábola. La llegada del esposo representa mucho más que el comienzo de una celebración; nos remite a la comunión definitiva con el Señor, hacia la que está orientada nuestra existencia.

Pero Jesús todavía quiere enseñarnos algo más. El esposo al que esperamos al final de nuestro camino es el mismo que ya ha venido a nuestro encuentro y que continúa haciéndose presente en nuestra vida.

El Esposo ya ha venido y sigue llamando a nuestra puerta

Para comprender la espera de las diez jóvenes necesitamos distinguir dos momentos fundamentales de la venida de Cristo.

El primero tuvo lugar con la Encarnación, cuando el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad en el seno de la Virgen María.

En Jesús, Dios se acercó definitivamente a su pueblo. Y para expresar el significado de su presencia, el propio Señor recurrió a la imagen del esposo.

En cierta ocasión, algunas personas le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Jesús respondió recordándoles que los invitados a una boda no pueden comportarse como si estuvieran de duelo mientras el esposo permanece con ellos (cfr. Mt 9, 14-15). La respuesta resulta muy reveladora. Su presencia es motivo de alegría porque con él comienza a cumplirse la promesa de comunión que Dios había hecho a su pueblo. Sin embargo, aquella primera venida no pertenece únicamente al pasado.

El Resucitado prometió a sus discípulos permanecer con ellos todos los días, hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20). Por eso, aunque ya no lo contemplamos físicamente como quienes lo acompañaron por los caminos de Galilea, Cristo continúa verdaderamente presente entre nosotros.

Y uno de los lugares privilegiados de ese encuentro es su Palabra. Cuando escuchamos el Evangelio, Cristo sigue dirigiéndose a nosotros. Sus palabras no son solamente el recuerdo de una enseñanza antigua. El Señor resucitado se sirve de ellas para iluminar nuestra existencia, mostrarnos el camino y llamarnos a vivir en comunión con él.

Aquí descubrimos una primera relación decisiva con la parábola. Las diez jóvenes esperan la llegada del esposo; nosotros, que conocemos a Cristo, estamos llamados a acogerlo cada vez que viene a nuestro encuentro durante la vida.

La espera cristiana, por tanto, no consiste en permanecer pendientes de un acontecimiento lejano mientras transcurren nuestros días. El mismo Señor hacia quien caminamos ya se hace presente y espera nuestra respuesta.

La última venida y las bodas eternas

El Nuevo Testamento anuncia también una manifestación gloriosa y definitiva de Cristo. Para hablar de ella emplea, entre otros términos, el griego παρουσία (parusía), palabra que significa «presencia» o «venida» y que, en el lenguaje cristiano, se utiliza especialmente para designar la venida gloriosa del Señor.

Conviene entenderla correctamente. Cuando hablamos del regreso de Cristo no queremos decir que haya abandonado a su Iglesia y permanezca ausente hasta el final de los tiempos. El Resucitado está presente entre nosotros, aunque esperamos todavía la manifestación plena de su gloria.

Y resulta significativo que la Escritura describa precisamente esa plenitud recurriendo a la imagen de unas bodas.

En el capítulo 19 del Apocalipsis se anuncia con alegría que ha llegado el momento de las bodas del Cordero. Su esposa está preparada y se le ha concedido vestirse con un lino resplandeciente y puro. El propio texto explica que aquel vestido representa las obras justas de los santos (cfr. Ap 19, 7-8).

La imagen nupcial nos ayuda a comprender el destino hacia el que caminamos. Dios desea introducirnos en una comunión de amor que ya no conocerá separación ni muerte. Ahora podemos regresar a las diez jóvenes y comprender mejor por qué esperan precisamente a un esposo. La fiesta a la que desean acceder evoca esa plenitud de vida que la Escritura presenta como las bodas eternas.

Pero el vestido de la esposa del Apocalipsis introduce también una cuestión fundamental: la vida que hemos llevado tiene importancia. Las obras justas de los santos expresan la respuesta concreta al amor de Dios.

Y esto nos conduce nuevamente al problema que planteábamos al comienzo de nuestra reflexión: aunque Dios nos ama gratuitamente, nuestra manera de vivir no resulta indiferente.

¿Cómo nos preparamos para recibir al Esposo?

Las jóvenes de la parábola esperan un acontecimiento futuro. Sin embargo, su preparación tiene que realizarse antes de que llegue el esposo.

Esta circunstancia nos permite comprender la relación entre las dos venidas de Cristo.

El Señor se hace presente a lo largo de nuestra vida y nos invita continuamente a acogerlo. Al mismo tiempo, avanzamos hacia el encuentro definitivo en el que se manifestará plenamente la verdad de nuestra respuesta a su amor. No podemos separar ambas realidades.

La manera en que recibimos hoy a Cristo está íntimamente relacionada con nuestra preparación para el encuentro definitivo con él.

Si el Esposo nos habla ahora mediante su Evangelio, sería contradictorio esperar con ilusión las bodas eternas y permanecer, mientras tanto, indiferentes a sus palabras.

La vigilancia que Jesús nos pide está vinculada precisamente a esta disposición interior. Nuestra existencia presente es el tiempo en que podemos responder a su invitación y orientar nuestra vida hacia él.

Así se entiende mejor por qué Jesús utiliza una escena matrimonial para hablarnos del juicio. Quiere mostrarnos que el encuentro final con Dios guarda relación con las decisiones que tomamos durante el camino.

Las diez jóvenes han salido para recibir al esposo. Pero todavía debemos descubrir si todas están realmente preparadas para hacerlo.

Las diez jóvenes y la esposa que Dios había elegido

Queda por resolver otra cuestión importante: ¿a quién representan esas diez jóvenes? En la Escritura, los números pueden tener un significado simbólico. El diez expresa en diversos contextos una totalidad, y el relato presenta a las jóvenes divididas en dos grupos de cinco.

Una interpretación simbólica puede relacionar ese conjunto con Israel, aunque no debemos convertir la división numérica en una identificación que el evangelista no establece expresamente.

Para comprender esta lectura resulta más importante fijarnos en la figura del esposo y en el lenguaje matrimonial utilizado por los profetas. Hay un detalle llamativo: Jesús menciona a las diez jóvenes que aguardan al esposo, pero no identifica expresamente a la novia. Las jóvenes pueden entenderse como integrantes del cortejo nupcial. También es posible, desde una interpretación alegórica, contemplarlas conjuntamente como una representación de Israel, el pueblo llamado a recibir al Señor.

Esta segunda lectura nos lleva directamente a una de las imágenes más hermosas del Antiguo Testamento: Dios se presenta como el esposo de Israel.

Los profetas habían utilizado el matrimonio para expresar la Alianza. El Señor ama a su pueblo, lo ha elegido y desea establecer con él una relación permanente de fidelidad.

Por eso, al contemplar a las diez jóvenes que esperan al esposo, podemos recordar la larga historia de Israel, preparado durante siglos para reconocer la presencia salvadora de Dios.

Israel, la esposa amada por el Señor

El profeta Oseas transmite una declaración de amor profundamente conmovedora. Dios se dirige a Israel, que tantas veces se ha apartado de él, y le promete que renovará su alianza con una fidelidad que no tendrá fin: «Te desposaré conmigo para siempre» (cfr. Os 2, 21-22).

No estamos ante la simple promesa de una recompensa por la buena conducta del pueblo. Es Dios quien toma la iniciativa y ofrece una relación fundada en la misericordia, la justicia y la fidelidad.

También Isaías anuncia la permanencia de ese amor mediante una comparación extraordinaria. Aunque las montañas llegaran a desplazarse y las colinas perdieran su firmeza, el amor del Señor no se apartaría de Israel y su alianza de paz permanecería (cfr. Is 54, 10).

Pensemos en lo que estas palabras significaban para el pueblo elegido. A pesar de sus infidelidades, de sus errores y de los sufrimientos que había atravesado, Dios no había renunciado a él.

El Señor seguía amándolo y lo invitaba a renovar su alianza. Durante siglos, Israel vivió sostenido por esa promesa. Su historia fue también un largo tiempo de preparación para el encuentro con aquel que llevaría a cumplimiento la voluntad salvadora de Dios.

Desde esta perspectiva, la parábola de las diez vírgenes adquiere una profundidad especial. El esposo que llega es Cristo. Las jóvenes que lo esperan nos recuerdan, en esta lectura simbólica, al pueblo que Dios había preparado para recibirlo.

Y aquí conviene relacionar nuevamente los elementos del relato. Las jóvenes salen porque esperan encontrarse con el esposo. Israel había recorrido su propia historia sostenido por la promesa de Dios. Ahora, con la venida de Jesús, esa espera alcanza un momento decisivo.

Lo fundamental ya no es solamente haber recibido una promesa o pertenecer al pueblo de la Alianza. Es necesario reconocer y acoger a aquel en quien esa promesa comienza a cumplirse definitivamente.

Por eso, la cuestión que Jesús plantea mediante su parábola adquiere toda su importancia. Israel había sido amado, elegido y preparado por Dios. Pero ¿estaba verdaderamente dispuesto a recibir al Esposo cuando este se presentó? El relato de las diez jóvenes nos permitirá descubrir la respuesta. Y, mientras lo escuchamos, también nosotros tendremos que preguntarnos cómo estamos acogiendo hoy a Cristo, porque el Esposo continúa viniendo a nuestro encuentro.

Las diez jóvenes representan dos maneras de acoger al Esposo

«Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes».

Hemos visto que las diez jóvenes de la parábola pueden interpretarse, en una lectura simbólica, como una representación del pueblo de Israel, al que Dios había preparado durante siglos para recibir al Esposo prometido.

Ahora bien, Jesús introduce una distinción decisiva: «Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes». El texto griego utiliza dos términos especialmente expresivos. A las primeras las llama φρόνιμοι (frónimoi), es decir, «prudentes», «sensatas», personas que saben discernir y actuar con previsión. A las segundas las denomina μωραί (morái), «necias» o «insensatas». No se refiere a personas carentes de inteligencia, sino a quienes no saben orientar acertadamente sus decisiones.

Desde la interpretación que estamos siguiendo, esta división nos permite contemplar las diferentes respuestas que encontró Jesús cuando se presentó ante Israel. El Esposo llegó, pero no todos supieron reconocerlo y recibirlo.

Quienes reconocieron al Esposo cuando llegó

Entre los israelitas que acogieron a Jesús encontramos personas cuyos nombres conocemos perfectamente. Pensemos, en primer lugar, en María y José, que recibieron con fe la misión que Dios les confiaba.

Recordemos también al anciano Simeón. San Lucas nos cuenta que era un hombre justo y piadoso que aguardaba la consolación de Israel. Había vivido sostenido por aquella esperanza y, cuando María y José llevaron al niño Jesús al templo, supo reconocer en él la salvación que Dios había preparado para su pueblo. Lo tomó en brazos y bendijo al Señor, porque sus ojos habían contemplado finalmente aquello que tanto tiempo llevaba esperando (cfr. Lc 2, 25-32).

Junto a Simeón aparece la profetisa Ana, una mujer anciana que perseveraba en la oración y el servicio a Dios. También ella reconoció la importancia de aquel niño y comenzó a hablar de él a quienes esperaban la liberación de Jerusalén (cfr. Lc 2, 36-38).

Después encontramos a los apóstoles, a las mujeres que acompañaron a Jesús durante su ministerio y a tantos otros israelitas que escucharon su palabra y se convirtieron en discípulos suyos.

No olvidemos, además, un dato histórico fundamental: La primera comunidad cristiana de Jerusalén nació dentro del pueblo judío. Los primeros discípulos de Jesús eran israelitas que habían reconocido en él al Mesías esperado.

Todos ellos pueden ayudarnos a comprender, en esta lectura de la parábola, la actitud de las cinco jóvenes prudentes. Habían recibido la promesa de Dios y, cuando llegó el momento de su cumplimiento, supieron reconocer al Esposo y abrirse a su presencia.

Quienes no supieron reconocerlo

Pero hubo también personas que reaccionaron de manera muy diferente.

Entre quienes se opusieron a Jesús encontramos a las autoridades sacerdotales que intervinieron en el proceso contra él, como Anás y Caifás, y a determinados miembros de los grupos religiosos y dirigentes de su tiempo. Algunos escribas, fariseos y saduceos rechazaron su mensaje y se enfrentaron abiertamente con él (cfr. Mt 26, 3-5; Jn 18, 12-24).

Conviene precisar que no todos los miembros de esos grupos actuaron de la misma manera. El propio Evangelio nos presenta respuestas diferentes. Lo decisivo para comprender la parábola es que hubo quienes, aun conociendo las Escrituras y esperando el cumplimiento de las promesas de Dios, no reconocieron en Jesús al enviado del Padre.

En este sentido, las cinco jóvenes insensatas pueden representar a quienes no estuvieron preparados para recibir al Esposo.

Y aquí debemos comprender adecuadamente el calificativo «insensatas». No se trata simplemente de distinguir entre personas buenas y personas malas. Jesús quiere mostrarnos la gravedad de una actitud que puede hacer que alguien desaproveche la ocasión más importante de su vida.

El Esposo al que Israel había esperado durante generaciones se encontraba ya en medio de su pueblo, pero algunos no supieron reconocerlo.

Desde esta perspectiva, el relato de Mateo puede leerse como una reflexión sobre las distintas respuestas que suscitó la venida de Jesús. Una parte de Israel lo acogió y otra lo rechazó. Sin embargo, el significado de la parábola no queda limitado a aquel momento de la historia.

Las diez jóvenes somos también nosotros

El relato se dirige igualmente a la comunidad cristiana de todos los tiempos. Hoy somos nosotros quienes esperamos al Esposo. Hemos conocido el Evangelio, confesamos que Jesús es el Señor y vivimos dentro de la Iglesia. Pero eso no significa que todos respondamos de la misma manera a su Palabra.

También en nuestras comunidades encontramos las dos actitudes representadas por las jóvenes del relato. Hay quienes procuran orientar su existencia mediante la sabiduría del Evangelio, dejando que las enseñanzas de Cristo iluminen sus decisiones. Y hay quienes, aun considerándose cristianos, terminan adoptando los criterios de una sociedad que con frecuencia vive de espaldas a Dios.

San Pablo utiliza precisamente la imagen matrimonial para dirigirse a los cristianos de Corinto. Les recuerda que los ha desposado con un único esposo, Cristo, y que desea presentarlos ante él como una virgen pura (cfr. 2 Cor 11, 2). La expresión griega es παρθένον ἁγνὴν (parthénon hagnén), «virgen pura» o «casta doncella». Pablo habla de la comunidad cristiana como de una esposa que debe conservar su fidelidad a Cristo.

Su preocupación resulta comprensible. El Apóstol desea que los corintios permanezcan unidos al Señor y no permitan que su fe se vea corrompida por formas de pensar y de vivir incompatibles con el Evangelio.

En cierto modo, Pablo desearía que toda aquella comunidad se identificara con las cinco jóvenes prudentes, sin dejarse arrastrar por la insensatez que representa el otro grupo. Pero esta enseñanza no se refiere solamente a las comunidades cristianas consideradas en su conjunto. También alcanza a cada uno de nosotros.

La prudencia y la insensatez conviven en nuestro corazón

Si examinamos sinceramente nuestra existencia, descubriremos que las dos actitudes de la parábola pueden aparecer en nuestra propia vida.

Hay momentos en que escuchamos la voz del Evangelio y comprendemos con claridad qué camino debemos seguir. Sabemos que una determinada decisión responde a la voluntad de Dios, que una conducta necesita ser corregida o que debemos actuar de otra manera con las personas que nos rodean. En esos momentos reconocemos la voz de la joven prudente, que nos invita a dejarnos guiar por la sabiduría de Cristo.

Sin embargo, también experimentamos la fuerza de otros criterios. Podemos terminar concediendo más importancia al dinero, al éxito, al prestigio o a nuestra propia comodidad que a las enseñanzas de Jesús. Y entonces comenzamos a razonar de acuerdo con una mentalidad que puede alejarnos del Evangelio. Es la actitud que representa la joven insensata.

Dentro de nosotros se desarrolla continuamente esta elección: Escuchar la sabiduría de Cristo o dejarnos conducir por los criterios de la mundanidad.

Y no siempre respondemos del mismo modo. En unas ocasiones sabemos escuchar al Señor; en otras, aunque conocemos perfectamente sus enseñanzas, terminamos actuando como si no las hubiéramos oído. Precisamente por eso Jesús nos pide que permanezcamos vigilantes.

Una casa construida sobre roca o sobre arena

Esta enseñanza recuerda otra imagen que Jesús utiliza al concluir el sermón de la montaña. Habla de dos hombres que construyen sus casas. Uno elige un terreno firme y asienta los cimientos sobre la roca. El otro edifica sobre la arena.

A simple vista, ambas construcciones pueden parecer igualmente sólidas. La diferencia se manifiesta cuando llegan las lluvias, crecen los torrentes y soplan los vientos. La casa levantada sobre la roca permanece en pie, mientras que la construida sobre la arena acaba derrumbándose (cfr. Mt 7, 24-27).

Jesús explica el significado de aquella comparación. El hombre prudente es quien escucha sus palabras y las pone en práctica. El insensato también puede escucharlas, pero no permite que orienten su manera de vivir.

Resulta significativo que Mateo utilice aquí los mismos calificativos que encontramos en la parábola de las diez vírgenes: φρόνιμος (frónimos), «prudente», y μωρός (morós), «insensato». La relación entre ambos relatos es muy clara.

En los dos casos, Jesús nos presenta personas que deben tomar decisiones. Algunas actúan de acuerdo con una sabiduría que les permite afrontar el momento decisivo; otras se dejan llevar por una actitud superficial, sin considerar las consecuencias de sus elecciones.

La casa construida sobre arena puede mantenerse durante un tiempo y ofrecer incluso una apariencia de estabilidad. Pero cuando llega la tormenta se descubre la fragilidad de sus cimientos.

Algo semejante puede suceder con nuestra existencia. Podemos construir una vida aparentemente satisfactoria siguiendo los criterios del mundo. Es posible alcanzar reconocimiento, acumular riquezas y disfrutar de una posición social envidiable. Sin embargo, llegará el momento en que todo eso será examinado a la luz de Dios.

Y entonces se manifestará si hemos edificado nuestra existencia sobre la Palabra de Cristo o sobre aquello que no podía ofrecernos un fundamento verdadero.

La vida construida sobre el Evangelio tiene unos cimientos capaces de sostenerla; la que prescinde de esa Palabra corre el riesgo de derrumbarse cuando llegue la prueba definitiva.

Esta es también la advertencia que Jesús dirige a quienes escuchan la parábola de las diez vírgenes.

Seguimos caminando hacia el encuentro con el Esposo

Regresemos, una vez más, a las diez jóvenes. Todas han salido con sus lámparas y todas esperan encontrarse con el esposo. Comparten el mismo camino y desean participar en la misma celebración. Sin embargo, Jesús nos ha advertido que no todas tienen la misma disposición.

En ellas podemos reconocer nuestra situación actual. También nosotros estamos recorriendo el camino de la vida. Hemos recibido la promesa de un encuentro definitivo con Cristo y esperamos participar en la alegría de las bodas eternas. Mientras llega ese momento, nuestra existencia continúa desarrollándose entre decisiones concretas, dificultades, oportunidades y respuestas a la Palabra de Dios.

El encuentro con el Esposo será la culminación de nuestro éxodo, pero la manera en que vivimos durante el camino tiene una importancia decisiva para nuestra preparación.

Ahora debemos escuchar atentamente lo que Jesús continúa relatando.

Las diez jóvenes se han puesto en camino para recibir al esposo. Pero ¿qué sucede mientras esperan su llegada?

Las lámparas: La Palabra de Dios que ilumina nuestra vida

«Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron».

Para continuar comprendiendo la parábola, debemos prestar atención a los objetos y a los acontecimientos que Jesús introduce en el relato. Cada uno de ellos nos ayuda a profundizar en la enseñanza que quiere transmitirnos.

Comencemos por las lámparas que llevan las diez jóvenes. En el texto griego de Mateo encontramos la palabra λαμπάδας (lampádas), cuyo singular es λαμπάς (lampás), que designa lámparas o antorchas utilizadas para proporcionar luz. En la interpretación que estamos siguiendo, estas lámparas representan la luz que necesitamos para orientar nuestra existencia: La Palabra de Dios, que nos permite discernir el camino y tomar nuestras decisiones conforme a su voluntad.

Esta imagen aparece bellamente expresada en el libro de los Salmos. Un israelita piadoso se dirige al Señor con una oración de agradecimiento y reconoce que es su Palabra la que le permite caminar sin extraviarse: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119 [118], 105).

El salmista sabe que no puede confiar únicamente en su propia capacidad para encontrar el camino correcto. Necesita una luz que lo oriente y le permita reconocer la dirección que debe seguir.

Lo mismo sucede con nuestra existencia. Cada día tenemos que afrontar situaciones, tomar decisiones y elegir entre distintas posibilidades. Algunas nos acercan al Evangelio; otras pueden alejarnos de él. Si queremos aprender a discernir, necesitamos escuchar la Palabra del Señor y permitir que vaya educando nuestra manera de pensar.

Pero una lámpara tiene una característica que todos conocemos; para continuar alumbrando necesita recibir el combustible que mantiene viva su llama. Cuando este se agota, la luz comienza a debilitarse hasta que finalmente desaparece.

Jesús se sirve de esa realidad cotidiana para introducirnos en una cuestión fundamental de la vida cristiana: la fe también necesita ser alimentada. Cuando dejamos de escuchar la Palabra de Dios y de vivir en contacto con ella, nuestra manera de pensar puede ir alejándose progresivamente de los criterios del Evangelio.

Cómo puede apagarse una fe que antes estaba viva

Pensemos en una situación muy corriente, que quizá hayamos experimentado alguna vez. Un cristiano participa habitualmente en la celebración dominical y en la vida de su comunidad. Allí escucha el Evangelio, comparte la fe con sus hermanos y recibe el alimento espiritual que necesita para vivir cristianamente.

Pero llega un domingo en que, por descuido o porque concede prioridad a otros asuntos, decide no acudir a la celebración. Al terminar el día experimenta cierta inquietud. Recuerda que es domingo y que ha dejado pasar la ocasión de escuchar la Palabra de Dios y encontrarse con su comunidad. Percibe que le ha faltado algo importante.

La semana siguiente recibe la visita de unos amigos y vuelve a dejar de lado el encuentro comunitario. Esta vez, cuando llega la noche, apenas le preocupa su ausencia. Ha pasado un día agradable y empieza a pensar que, después de todo, tampoco ha ocurrido nada especial.

Al domingo siguiente surge otra invitación y nuevamente prescinde de la celebración y de la escucha del Evangelio. Ahora la reflexión es distinta: comienza a considerar que asistir o no asistir a misa viene a ser prácticamente lo mismo. Si esta actitud se prolonga durante meses, puede producirse una transformación mucho más profunda de lo que parece. La persona que antes necesitaba escuchar el Evangelio termina acostumbrándose a vivir sin él. Poco a poco, las palabras de Jesús dejan de intervenir en sus decisiones y comienza a adoptar, casi sin advertirlo, los criterios que predominan a su alrededor. Lo que antes consideraba fundamental ha dejado de serlo.

Y cuando la Palabra de Dios pierde su lugar en nuestra existencia, fácilmente terminamos buscando orientación en otras luces que no siempre nos conducen por el camino correcto.

Podemos llegar a vivir sin una dirección clara, dejándonos llevar por las circunstancias, las opiniones dominantes o los deseos de cada momento.

La fe raramente se debilita de golpe. En muchas ocasiones comienza a apagarse mediante pequeñas decisiones con las que vamos prescindiendo de aquello que la alimentaba. Precisamente por eso resulta tan importante el segundo elemento que aparece en la parábola.

El aceite: El alimento que mantiene encendida la lámpara

Jesús nos dice que las jóvenes prudentes habían llevado consigo una reserva de aceite, mientras que las insensatas salieron con sus lámparas sin preocuparse de disponer de aquel combustible (cfr. Mt 25, 3-4).

El texto griego utiliza la palabra ἔλαιον (élaion), que significa «aceite», especialmente aceite de oliva.

La diferencia entre ambos grupos parece pequeña, pero resultará decisiva. Todas quieren participar en la fiesta. Todas han salido para recibir al esposo y todas llevan lámparas; sin embargo, solamente cinco han previsto lo necesario para mantenerlas encendidas durante la espera.

Si aplicamos esta imagen a nuestra relación con Cristo, podemos comprender el aceite como una representación del alimento espiritual que sostiene nuestra fe. En la interpretación que estamos desarrollando, ese alimento se encuentra especialmente en la escucha perseverante de la Palabra de Dios.

No basta con haber recibido la luz del Evangelio en algún momento de nuestra vida. Necesitamos seguir escuchándolo para que continúe iluminando nuestro corazón y orientando nuestras decisiones.

Las jóvenes prudentes se distinguen porque han tenido presente esta necesidad. No se han limitado a preparar una lámpara para iniciar el camino, sino que han previsto cómo conservar su luz hasta la llegada del esposo.

Las insensatas, en cambio, han descuidado precisamente aquello que necesitaban para alcanzar su objetivo. Podemos reconocer en su comportamiento la actitud de quien concede mucha importancia a preocupaciones pasajeras y termina olvidando lo esencial.

La verdadera prudencia cristiana consiste también en cuidar aquello que mantiene viva nuestra relación con el Señor.

Los recipientes de aceite: La prudencia de quien sabe prepararse para el encuentro con Cristo

Hay un detalle de la parábola que merece especial atención. Las cinco jóvenes prudentes no se conformaron con llevar sus lámparas: tuvieron la previsión de llevar también unos recipientes con aceite para mantenerlas encendidas durante la espera.

El evangelista Mateo lo expresa así en el texto griego: «αἱ δὲ φρόνιμοι ἔλαβον ἔλαιον ἐν τοῖς ἀγγείοις μετὰ τῶν λαμπάδων ἑαυτῶν» (Mt 25, 4).

«Las prudentes, en cambio, llevaron aceite en recipientes junto con sus lámparas».

Dos palabras nos ayudan a comprender la profundidad de esta imagen.

La primera es φρόνιμοι (frónimoi), que significa «prudentes» o «sensatas». En este contexto, la prudencia implica la capacidad de prever lo que puede suceder y prepararse adecuadamente. Las cinco jóvenes saben que el esposo podría retrasarse y que sus lámparas necesitarán aceite durante la espera. Por eso toman las precauciones necesarias.

La segunda expresión es ἐν τοῖς ἀγγείοις (en tois anguéiois), «en los recipientes». El sustantivo ἀγγείοις (anguéiois) es el dativo plural de ἀγγεῖον (anguéion), que significa «recipiente» o «vasija». En ellos guardan la reserva de aceite que les permitirá mantener encendidas sus lámparas.

La diferencia entre las jóvenes prudentes y las insensatas comienza precisamente aquí: unas han sabido anticiparse a las necesidades del camino; las otras han descuidado aquello que resultará indispensable para recibir al esposo.

Esta imagen nos permite comprender mejor una exigencia fundamental de la vida cristiana. Si la lámpara representa la fe que ilumina nuestra existencia, necesitamos cuidar aquello que mantiene viva esa luz. En la interpretación espiritual que estamos siguiendo, el aceite nos recuerda especialmente el alimento que recibimos mediante la escucha perseverante de la Palabra de Dios.

Esa Palabra es un regalo que no hemos conquistado por nuestros méritos. Jesús enseñó a sus discípulos que debían comunicar gratuitamente lo que gratuitamente habían recibido (cfr. Mt 10, 8). También nosotros hemos recibido el Evangelio como un don destinado a ser acogido, vivido y anunciado.

Pero recibir la Palabra una vez no significa que podamos prescindir de ella durante el resto de nuestra existencia. Del mismo modo que las jóvenes necesitan conservar una reserva de aceite para afrontar la espera, el cristiano necesita alimentar su fe constantemente, sin confiar únicamente en el entusiasmo o en las experiencias religiosas del pasado.

Cada vez que escuchamos el Evangelio y permitimos que ilumine nuestras decisiones, vamos aprendiendo a reconocer la voluntad de Dios. Su Palabra corrige nuestros criterios, fortalece nuestra confianza y nos ayuda a distinguir aquello que verdaderamente merece la pena de lo que solamente ofrece una satisfacción pasajera.

Puede ocurrir, sin embargo, que una persona conserve determinadas costumbres religiosas y continúe realizando algunas prácticas devocionales, mientras va abandonando progresivamente la escucha de la Palabra de Dios. Esas prácticas pueden ser valiosas, pero corren el riesgo de convertirse en gestos rutinarios si dejan de expresar una relación viva con Cristo y de orientar la propia conducta según su Evangelio.

Entonces puede suceder algo semejante a lo que encontramos en la parábola: la lámpara continúa estando en nuestras manos, pero la reserva de aceite se va agotando. Exteriormente todavía conservamos ciertos signos de nuestra vida cristiana, mientras interiormente comenzamos a pensar y a decidir según criterios cada vez más alejados de las enseñanzas de Jesús.

Por eso resulta tan importante la previsión de las cinco jóvenes prudentes. No esperaron a que llegara el esposo para preocuparse de sus lámparas. Habían comprendido que la preparación debía realizarse durante el camino.

También nosotros necesitamos aprender a anticiparnos: cuidar hoy nuestra relación con Cristo, escuchar hoy su Palabra y alimentar hoy nuestra fe, porque la preparación para el encuentro definitivo con el Señor se realiza durante nuestra vida presente.

Esta es la enseñanza que podemos descubrir en aquellos sencillos recipientes de aceite. La verdadera prudencia consiste en reconocer qué necesitamos para permanecer fieles al Evangelio y procurar que nunca nos falte el alimento que sostiene nuestra fe mientras esperamos al Esposo.

Todas se quedaron dormidas: el cansancio de una espera que se prolonga

Jesús introduce ahora un cuarto detalle de la parábola que, a primera vista, puede sorprendernos. El esposo tarda en llegar y, mientras la espera se prolonga, las diez jóvenes comienzan a sentir sueño hasta que, finalmente, todas se quedan dormidas.

El evangelista lo expresa en el texto griego con estas palabras: «χρονίζοντος δὲ τοῦ νυμφίου ἐνύσταξαν πᾶσαι καὶ ἐκάθευδον».

Podemos traducirlas así: «Como el esposo tardaba en llegar, todas comenzaron a cabecear y se quedaron dormidas». Conviene detenernos en algunas palabras, porque Mateo describe con bastante precisión lo que está sucediendo.

La primera es χρονίζοντος (jronízontos), del verbo χρονίζω (jronízo), que significa «tardar», «demorarse» o «retrasarse». Es un participio presente que expresa una circunstancia importante: el esposo no llega cuando las jóvenes lo esperan, y esa demora hace que la espera resulte más larga de lo previsto.

A continuación, aparecen dos verbos que describen cómo las vence el cansancio. El primero, ἐνύσταξαν (enýstaxan), procede de νυστάζω (nystázo) y significa «sentir sueño» o «cabecear». El segundo, ἐκάθευδον (ekátheudon), procede de καθεύδω (kathéudo), «dormir», y está en imperfecto, un tiempo verbal que permite contemplar el sueño mientras se prolonga.

La escena resulta fácil de imaginar. Las jóvenes llevan tiempo esperando. Las horas pasan, la noche avanza y el esposo no aparece. Al principio intentan mantenerse despiertas, pero poco a poco comienzan a cabecear hasta que terminan durmiéndose.

Sin embargo, la palabra más significativa del versículo es πᾶσαι (pásai), que significa «todas».

Mateo subraya que se durmieron las diez jóvenes, tanto las cinco prudentes como las cinco insensatas. Este detalle es fundamental para comprender correctamente la parábola. Jesús no está distinguiendo entre cinco muchachas ejemplares que consiguieron permanecer despiertas y otras cinco que se dejaron vencer por el sueño. Todas experimentaron el mismo cansancio. La diferencia se encontraba en la preparación con la que habían comenzado la espera.

Las prudentes habían previsto que el esposo podía retrasarse y llevaron una reserva de aceite para sus lámparas. Las insensatas, en cambio, no se preocuparon de disponer de ese combustible.

Por tanto, la verdadera prudencia no consistió en resistir el sueño, sino en haber preparado lo necesario para recibir al esposo, aunque su llegada se demorase.

El cansancio de las primeras comunidades cristianas

Este detalle adquiere una profundidad especial cuando contemplamos la situación de las primeras comunidades cristianas a las que iba destinado el Evangelio de Mateo.

Numerosos estudios sitúan su redacción hacia los años ochenta del siglo I y consideran posible que estuviera vinculado con comunidades de Siria, particularmente del entorno de Antioquía. Se trata de una reconstrucción histórica probable, aunque no podemos establecer con certeza ni la fecha exacta ni el lugar de composición. Para entonces habían pasado varias décadas desde la muerte y resurrección de Jesús.

Los primeros discípulos habían anunciado con entusiasmo que Cristo había resucitado y que en él se cumplían las promesas de Dios. Habían nacido comunidades que se reunían para escuchar las enseñanzas apostólicas, compartir la fe y celebrar su encuentro con el Señor.

Pero los años transcurrían y la manifestación gloriosa de Cristo, que los cristianos esperaban, todavía no había llegado.

La demora podía suscitar preguntas e inquietudes. La vida cotidiana continuaba con sus dificultades, las comunidades tenían que afrontar tensiones y algunos creyentes comenzaban a experimentar el cansancio de una espera prolongada.

El entusiasmo de los primeros momentos podía debilitarse. Aquello que inicialmente se había acogido con alegría corría el riesgo de convertirse, para algunos, en una costumbre. La repetición de las dificultades, las decepciones y el desgaste de los años podían terminar afectando a su perseverancia.

En ese ambiente, algunos cristianos podían sentirse atraídos nuevamente por la manera de pensar y de vivir de la sociedad pagana que los rodeaba. Otros, sin abandonar expresamente la fe, corrían el peligro de acomodarse progresivamente a unos criterios cada vez más alejados del Evangelio.

La parábola de las diez jóvenes podía resultar especialmente elocuente para aquellos creyentes. El Esposo tardaba en llegar y la comunidad necesitaba aprender a vivir una espera más larga de lo que había imaginado.

Cuando el entusiasmo inicial comienza a debilitarse

Esta experiencia de las primeras generaciones cristianas tiene mucho que ver con lo que también sucede en nuestras comunidades. Pensemos en una persona que comienza a descubrir la belleza de la vida cristiana. Escucha el Evangelio con interés, participa con alegría en su comunidad y experimenta que la Palabra de Dios ilumina cuestiones de su existencia que antes no sabía cómo afrontar.

Durante algún tiempo vive con entusiasmo. Desea conocer mejor a Jesucristo y procura orientar sus decisiones según sus enseñanzas. Pero pasan los años. Aparecen las preocupaciones familiares, las dificultades del trabajo, los problemas de salud y las decepciones que acompañan a cualquier historia humana. A veces llegan también las dificultades dentro de la propia comunidad cristiana, las incomprensiones o la sensación de que la vida espiritual se ha vuelto monótona.

Aquella alegría de los comienzos ya no se experimenta con la misma intensidad. La persona continúa creyendo, pero descubre que necesita perseverar incluso cuando no siente el entusiasmo que antes la sostenía.

Esta experiencia, por sí misma, no significa que haya perdido la fe. El cansancio forma parte de nuestra condición humana y también puede aparecer en quienes desean sinceramente seguir a Cristo.

Precisamente esto nos recuerda el detalle de que las diez jóvenes se quedaron dormidas. El problema comienza cuando, además del cansancio, dejamos de cuidar aquello que sostiene nuestra relación con el Señor. Si abandonamos progresivamente la escucha del Evangelio, si dejamos de permitir que la Palabra de Dios ilumine nuestras decisiones y nos acostumbramos a vivir sin buscar en ella orientación, nuestra fe puede ir perdiendo fuerza.

Al principio quizá apenas advertimos el cambio. Seguimos considerándonos cristianos, mantenemos algunas prácticas religiosas y conservamos determinados recuerdos de nuestra vida de fe. Sin embargo, comenzamos a valorar las situaciones y a tomar decisiones según unos criterios que ya no proceden del Evangelio. De esta manera, podemos terminar adoptando la mentalidad que anteriormente hemos reconocido en las jóvenes insensatas.

Y aquí comprendemos la importancia de la reserva de aceite. Las jóvenes prudentes también se cansaron y se quedaron dormidas, pero habían cuidado su preparación. Cuando llegara el momento de recibir al esposo, dispondrían de lo necesario para encender sus lámparas.

La parábola nos enseña que no basta con comenzar ilusionados el camino cristiano. Necesitamos cuidar nuestra fe durante toda la vida, especialmente cuando el entusiasmo inicial disminuye y la perseverancia se vuelve más exigente.

En la interpretación espiritual que estamos siguiendo, esa reserva de aceite nos recuerda la escucha constante de la Palabra de Dios, que alimenta nuestra fe y nos permite conservar los criterios de Jesucristo incluso en medio de las dificultades.

La vigilancia que Jesús nos pide

Ahora podemos comprender mejor por qué Jesús concluirá la parábola con una llamada a la vigilancia: «Velad, porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25, 13).

A primera vista, podría parecer contradictorio que nos pida permanecer vigilantes cuando en su propio relato todas las jóvenes se han dormido.

Pero precisamente ahí encontramos una de las enseñanzas más importantes. Jesús conoce nuestra fragilidad. Sabe que podemos cansarnos, atravesar momentos de desánimo y experimentar períodos en los que nuestra vida espiritual resulte más difícil. Lo que nos pide es que no descuidemos nuestra preparación para recibirlo.

Vigilar significa vivir de tal manera que, cuando llegue el Esposo, estemos preparados para acogerlo. Y esa preparación se realiza ahora, mediante una fe que procuramos alimentar continuamente con la escucha y la acogida de su Palabra.

Las diez jóvenes se han quedado dormidas. La noche continúa avanzando y el esposo todavía no ha llegado. Pero llegará un momento en que esa espera terminará. Entonces se descubrirá por qué había sido tan importante que unas jóvenes hubieran llevado aceite de reserva y las otras no.

A medianoche se escucha un grito: ¡Llega el Esposo!

«A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas».

La parábola continúa con una escena que cambia por completo la situación de las diez jóvenes. Mientras todas duermen, de repente, en medio de la noche, se escucha un grito: «A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”». «En plena noche, cuando la oscuridad lo envuelve todo y las diez jóvenes permanecen dormidas, irrumpe inesperadamente un grito que anuncia la llegada del esposo. La espera ha terminado: ha llegado el momento de recibirlo».

En el texto griego encontramos una expresión significativa: μέσης δὲ νυκτὸς κραυγὴ γέγονεν (méses de nyktós kravgé gégonen). Su significado es: «Pero a medianoche se produjo un grito».

La palabra κραυγή (kravgé) significa «grito», «clamor» o «voz fuerte». Alguien advierte la llegada del esposo y anuncia su presencia a quienes todavía permanecen dormidas.

Conviene detenernos también en otro detalle: ¿Por qué sitúa Jesús la llegada del esposo precisamente a medianoche? La medianoche es el momento en que la oscuridad parece dominarlo todo. La noche ha alcanzado su punto central y todavía no aparecen las primeras luces del amanecer. Esta imagen nos permite descubrir una relación especialmente sugerente con uno de los grandes acontecimientos de la historia de Israel.

La medianoche: Cuando Dios intervino para liberar a su pueblo

El libro de la Sabiduría recuerda la noche en que Dios intervino decisivamente en Egipto, cuando el pueblo de Israel se encontraba sometido a la esclavitud. El autor sagrado describe aquel momento con un lenguaje solemne. Mientras el silencio envolvía todas las cosas y la noche había llegado a la mitad de su recorrido, la Palabra omnipotente de Dios descendió desde el cielo, desde su trono real (cfr. Sab 18, 14-15).

Es importante recordar el contexto de este pasaje. El libro de la Sabiduría está evocando la última plaga de Egipto, la muerte de los primogénitos, presentada como una intervención del juicio divino contra la opresión que sufría Israel (cfr. Ex 11, 4-6; 12, 29-30). Aquella noche de juicio estuvo vinculada a la liberación del pueblo esclavizado.

La escena es dramática. Dios actúa en una situación en la que su pueblo llevaba mucho tiempo padeciendo la opresión del faraón, sin disponer de fuerzas para alcanzar por sí mismo la libertad.

Desde esta experiencia bíblica podemos comprender mejor el simbolismo de la medianoche en la parábola.

Cuando la oscuridad parece haber alcanzado su mayor intensidad, Dios puede intervenir y abrir un camino de salvación. La llegada del esposo en plena noche puede leerse, desde esta perspectiva, como una imagen de la presencia salvadora de Cristo, que se acerca a nosotros precisamente cuando más necesitamos su luz.

Las noches que atravesamos durante nuestra vida

Esta imagen no pertenece únicamente a la historia de Israel. También nosotros conocemos lo que significa atravesar momentos de oscuridad.

Hay noches que los seres humanos provocamos con nuestras propias decisiones. Pensemos en las guerras, la violencia, los abusos y las injusticias que destruyen la convivencia y causan sufrimientos terribles a tantas personas.

Son oscuridades que nacen del pecado humano y de nuestra resistencia a vivir conforme a la voluntad de Dios.

Pero existen otras noches que no hemos elegido ni provocado. Son aquellos momentos en que una enfermedad irrumpe inesperadamente en nuestra vida; cuando perdemos a una persona querida, experimentamos una traición o sufrimos el abandono de alguien en quien habíamos depositado nuestra confianza.

También conocemos la oscuridad de las incomprensiones, las decepciones y aquellas situaciones dolorosas en las que, por mucho que intentemos encontrar una explicación, no conseguimos comprender lo que nos está sucediendo.

A veces continuamos caminando, cumpliendo nuestras obligaciones y procurando vivir con normalidad, mientras interiormente atravesamos un período de profunda desorientación.

La noche representa esos momentos en que perdemos claridad para comprender nuestra vida y necesitamos una luz que nos ayude a encontrar nuevamente el camino.

Pues bien, la parábola nos permite escuchar una noticia llena de esperanza: el Esposo llega también en medio de esas noches. Cristo no abandona a quienes atraviesan la oscuridad. Continúa acercándose a nosotros mediante su Palabra, ofreciéndonos una luz que puede ayudarnos a comprender lo que vivimos y a descubrir cómo afrontarlo.

Esto no significa que todas nuestras dificultades desaparezcan inmediatamente. La enfermedad puede continuar, las consecuencias de una injusticia pueden resultar dolorosas y algunas heridas necesitan mucho tiempo para sanar.

Pero la presencia de Cristo permite atravesar esas situaciones sin quedar abandonados a la oscuridad.

Quien ha aprendido a escuchar su Palabra puede reconocer su cercanía incluso cuando las circunstancias de la vida resultan especialmente difíciles.

Y aquí comprendemos nuevamente la importancia de las jóvenes prudentes. Habían conservado el aceite necesario para mantener encendidas sus lámparas. Por eso, cuando se anuncia la llegada del esposo, están preparadas para recibirlo.

El grito de quienes saben reconocer la llegada del Señor

Hay otro elemento de la narración que merece nuestra atención. Alguien percibe que el esposo está llegando y hace resonar un grito para que las jóvenes se preparen.

Mateo no identifica a la persona que pronuncia aquel anuncio. Sin embargo, podemos reconocer en esa voz una imagen de quienes, por su sensibilidad espiritual, descubren la acción de Dios y ayudan a los demás a reconocerla.

Es lo que encontramos en la misión de los profetas. Los profetas fueron hombres llamados a escuchar la Palabra del Señor, interpretar a su luz los acontecimientos y ayudar al pueblo a reconocer aquello que Dios le pedía en cada momento de su historia.

Cuando muchos se dejaban llevar por las apariencias, ellos denunciaban las injusticias, recordaban las exigencias de la Alianza y anunciaban la fidelidad de Dios.

Desde esta lectura espiritual, el grito de medianoche nos recuerda esa misión profética: despertar a quienes se han adormecido y anunciar que el Señor viene a nuestro encuentro.

También hoy necesitamos escuchar esas voces que nos ayudan a descubrir la presencia de Cristo, especialmente cuando las preocupaciones, el sufrimiento o la rutina han debilitado nuestra atención a su Palabra.

La medianoche de nuestro encuentro definitivo con Cristo

Pero la llegada del esposo no nos remite solamente a las intervenciones de Dios durante nuestra vida. La parábola mantiene también abierto el horizonte del encuentro último y definitivo con Cristo.

La medianoche puede evocar ese momento cuya fecha desconocemos, cuando nuestra existencia presente llegue a su término y nos encontremos ante el Señor.

Ya hemos visto que el Esposo continúa haciéndose presente a lo largo del camino. Nos habla mediante el Evangelio y nos invita a reconocerlo y acogerlo en las circunstancias concretas de nuestra existencia.

Pero llegará también el momento en que ese encuentro alcance su plenitud. Y para esa última venida debemos prepararnos.

Las jóvenes insensatas no habían tenido suficientemente en cuenta la posibilidad de que el esposo se retrasara. Habían salido con sus lámparas, pero descuidaron la reserva de aceite que necesitaban para recibirlo cuando llegara. Las prudentes, en cambio, comprendieron que la espera exigía preparación.

La manera en que acogemos hoy a Cristo y alimentamos nuestra fe nos prepara para reconocerlo y recibirlo en el encuentro definitivo.

Por eso la medianoche de la parábola no pretende despertar en nosotros una preocupación angustiosa por el futuro. Nos recuerda que nuestra vida tiene un destino y que debemos cuidar aquello que nos permitirá llegar preparados.

El Esposo se acerca. El grito ha despertado a las diez jóvenes y todas tendrán que levantarse para recibirlo. Hasta este momento compartían la misma espera, el mismo cansancio y el mismo sueño. Pero ahora comenzará a manifestarse una diferencia decisiva: unas habían previsto lo necesario para mantener encendidas sus lámparas y las otras habían descuidado su preparación.

Estemos atentos a qué sucede cuando las diez jóvenes se despiertan y descubren el estado de sus lámparas.

El aceite que no se puede compartir: La responsabilidad personal de nuestra fe

«Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.

La parábola nos presenta ahora una situación que puede resultar desconcertante. Las cinco jóvenes insensatas descubren que sus lámparas se están apagando y piden a las prudentes que compartan con ellas un poco de aceite. Sin embargo, reciben una respuesta que difícilmente esperaríamos de quienes han sido presentadas como ejemplo de sensatez: les dicen que no, porque entonces podría faltarles a todas, y las envían a comprarlo.

A primera vista, su actitud parece egoísta, incluso poco caritativa. Después de todo, ¿no nos enseña Jesús a compartir nuestros bienes y ayudar a quienes se encuentran en dificultades? ¿Cómo es posible que precisamente las jóvenes prudentes se nieguen a prestar ayuda a sus compañeras?

Para comprender esta escena debemos recordar que Jesús está utilizando una parábola para enseñarnos algo que afecta profundamente a nuestra relación con Dios. El aceite representa, en la interpretación que venimos desarrollando, el alimento que mantiene viva nuestra fe. Y aquí encontramos una realidad que no debemos olvidar: hay decisiones que nadie puede tomar en nuestro lugar.

Pensemos, por ejemplo, en un matrimonio. Cuando dos personas celebran su boda, cada una debe expresar personalmente su consentimiento. El esposo pronuncia su «sí» y la esposa hace lo mismo. Ningún amigo, por muy cercano que sea, puede sustituirlos en esa decisión interior de entregarse mutuamente.

Algo semejante sucede con nuestra relación con Jesucristo. La respuesta que damos a Cristo y a su Evangelio es personal. Nadie puede creer, amar o decidir por nosotros de tal manera que nuestra propia respuesta resulte innecesaria. Podemos recibir ayuda, consejos y el testimonio de otras personas, pero cada uno debe decidir qué lugar concede al Señor en su existencia. También depende de nosotros cuidar o descuidar aquello que alimenta nuestra fe.

Imaginemos a dos cristianos que han recibido el bautismo y pertenecen a la misma comunidad. Uno dedica diariamente algún tiempo a la oración, escucha el Evangelio y medita la Palabra de Dios. Procura que las enseñanzas de Jesús iluminen su conducta y le ayuden a afrontar las dificultades de cada jornada.

El otro también se considera creyente, pero sus intereses discurren por caminos diferentes. Tiene tiempo para leer detenidamente el periódico deportivo, seguir los resultados de sus equipos y enterarse de las últimas noticias, mientras que apenas encuentra unos minutos para escuchar el Evangelio.

El problema, naturalmente, no está en disfrutar del deporte o leer el periódico. Está en que podemos encontrar tiempo para muchas cosas y terminar descuidando precisamente aquello que sostiene nuestra relación con Cristo.

Con el paso de los años, la vida de estos dos cristianos puede evolucionar de manera muy diferente. El primero ha ido alimentando su fe mediante el contacto perseverante con la Palabra de Dios. Su lámpara continúa recibiendo el aceite que necesita para alumbrar.

El segundo, en cambio, corre el riesgo de que su fe se debilite progresivamente. Al dejar de escuchar el Evangelio, puede terminar adoptando otros criterios para orientar sus decisiones. Y aquella luz que un día había recibido comienza a perder intensidad hasta llegar, incluso, a apagarse.

Volvamos ahora a las cinco jóvenes prudentes. Su negativa a entregar el aceite no pretende enseñarnos que debamos desentendernos de las necesidades ajenas. Jesús quiere llamar nuestra atención sobre algo mucho más profundo: la relación de amor con Cristo no puede prestarse ni transferirse de una persona a otra.

Podemos anunciar el Evangelio, acompañar a nuestros hermanos, compartir con ellos nuestra experiencia de fe y ayudarlos a descubrir la belleza de la vida cristiana. Todo esto forma parte de nuestra vocación. Pero nadie puede sustituir la respuesta libre y personal que cada uno está llamado a dar al Señor.

Del mismo modo que las jóvenes insensatas no pueden resolver su falta de preparación recurriendo, en el último momento, a la reserva de sus compañeras, tampoco nosotros podemos confiar nuestra fidelidad a Cristo únicamente a la fe de quienes nos rodean.

La fe de nuestros padres, de nuestros amigos o de nuestra comunidad puede ayudarnos enormemente, pero no nos dispensa de escuchar personalmente al Señor y responder a su llamada.

La prudencia consiste en comprender que nuestra relación con Cristo debe cuidarse durante toda la vida, porque llegará un momento en que nadie podrá responder por nosotros.

Ahora entendemos mejor por qué Jesús concede tanta importancia a la preparación de las diez jóvenes. Todas desean participar en la fiesta, pero no todas han cuidado aquello que necesitan para recibir al esposo.

Y mientras las insensatas buscan el aceite que habían olvidado, sucede finalmente lo que todas estaban esperando: El Esposo llega.

La llegada del Esposo: Cuando se descubre el verdadero valor de nuestra vida

«Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

La puerta se cierra: el momento decisivo de la parábola

Llegamos ahora al desenlace de la parábola de las diez vírgenes. Mientras las cinco jóvenes insensatas salen a buscar el aceite que les falta, llega finalmente el esposo. Las que estaban preparadas entran con él en la celebración de las bodas y, una vez dentro, se cierra la puerta.

Jesús nos sitúa ante el encuentro definitivo con el Señor, cuando concluya nuestro camino por este mundo y nuestra existencia quede plenamente iluminada por la verdad de Dios.

La escena resulta especialmente dramática. Las cinco jóvenes insensatas también deseaban participar en la fiesta, pero cuando llega el momento decisivo descubren que no estaban preparadas. Mientras intentan solucionar su descuido, el esposo entra con las otras jóvenes y la puerta queda cerrada.

Para comprender adecuadamente este desenlace, conviene recordar que Jesús utiliza con frecuencia imágenes muy severas cuando habla del juicio de Dios y de las consecuencias de nuestras decisiones.

Pensemos en la parábola de los dos constructores, con la que concluye el sermón de la montaña. Dos hombres edifican sus casas, uno sobre roca y otro sobre arena. Cuando llegan las lluvias, crecen los torrentes y soplan los vientos, la casa construida sobre roca permanece firme, mientras que la levantada sobre arena se derrumba por completo (cfr. Mt 7, 24-27).

La imagen es estremecedora ya que una existencia que parecía segura termina convertida en ruinas porque había sido construida sobre unos cimientos incapaces de sostenerla. Encontramos algo semejante en la parábola de los talentos. El criado que no ha sabido responder a la confianza de su señor acaba siendo expulsado a las tinieblas exteriores, donde hay llanto y rechinar de dientes (cfr. Mt 25, 14-30).

Y todavía escucharemos, en la escena del juicio de las naciones, la separación entre las ovejas y las cabras, con la imagen del fuego eterno para expresar la gravedad del rechazo definitivo de Dios (cfr. Mt 25, 31-46).

Son relatos que utilizan un lenguaje difícil para nuestra sensibilidad actual. Sin embargo, las imágenes de juicio, separación, oscuridad y castigo pertenecían al lenguaje religioso y apocalíptico conocido en el judaísmo de aquella época. Mediante ellas se expresaba la trascendencia de las decisiones humanas y la responsabilidad de cada persona ante Dios.

Jesús se sirve de este lenguaje para despertar nuestra conciencia. No debemos convertir sus advertencias en un instrumento de intimidación religiosa, pero tampoco podemos vaciarlas de su gravedad.

Su intención es que comprendamos, mientras todavía estamos a tiempo, que nuestra manera de vivir tiene consecuencias y que podemos malograr aquello para lo que Dios nos ha llamado.

Reconocer la voz del Esposo en medio de tantas voces

La primera enseñanza que podemos extraer del desenlace de la parábola se refiere a nuestra capacidad para reconocer al Señor. Ya hemos visto que Cristo, el Esposo, continúa acercándose a nosotros mediante su Palabra. El Evangelio nos permite conocer su manera de pensar, descubrir lo que verdaderamente tiene valor y aprender a orientar nuestras decisiones conforme a su voluntad.

Pero no es la única voz que escuchamos. Vivimos rodeados de propuestas que prometen felicidad, seguridad y reconocimiento. Algunas nos presentan el dinero como la medida del éxito; otras nos invitan a imponer nuestra voluntad, buscar continuamente la admiración de los demás o satisfacer nuestros deseos sin preocuparnos demasiado por sus consecuencias.

Son las voces seductoras de la mundanidad, que pueden terminar pareciéndonos más atractivas que las exigencias del Evangelio.

La prudencia de las cinco jóvenes nos recuerda que necesitamos aprender a reconocer la voz de Cristo y distinguirla de aquellas propuestas que, aunque resulten seductoras, pueden conducirnos por caminos equivocados. No basta con llevar una lámpara. Es necesario mantenerla encendida para disponer de luz cuando llegue el momento de actuar.

En nuestra existencia sucede algo semejante. Conocer las enseñanzas de Jesús es fundamental, pero necesitamos permitir que iluminen nuestras decisiones. Solo entonces podremos reconocer por dónde nos conduce el Señor y evitar que otros criterios terminen ocupando su lugar.

Dos maneras de vivir que no conducen al mismo resultado

La segunda enseñanza tiene que ver con el destino de nuestra existencia. Desde el comienzo de la parábola hemos contemplado la vida humana como un éxodo, un camino que nos conduce hacia el encuentro definitivo con Cristo.

Pero ese camino puede recorrerse de maneras muy diferentes. Podemos orientar nuestra existencia según la sabiduría del Evangelio, aprendiendo a vivir desde el amor, la justicia, la verdad y la atención a nuestros hermanos. O podemos adoptar los criterios de un mundo en el que muchas personas compiten por imponerse, buscan dominar a los demás y consideran legítimo anteponer siempre sus propios intereses.

No necesitamos mirar demasiado lejos para reconocer las consecuencias de esta segunda manera de vivir. Las guerras, las injusticias, la violencia, los enfrentamientos y tantos sufrimientos que afectan a la humanidad nacen, en buena medida, de decisiones inspiradas por el egoísmo y el deseo de poder.

Es un mundo donde fácilmente se acaba considerando al otro como un rival, un obstáculo o alguien de quien podemos aprovecharnos. Y lo más preocupante es que podemos contribuir a construir ese mundo incluso mientras nos consideramos cristianos.

En la interpretación que estamos siguiendo, las jóvenes insensatas representan precisamente esa posibilidad: haber recibido la invitación del Esposo y, sin embargo, terminar viviendo según unos criterios que no corresponden a su Evangelio.

No tiene el mismo valor una vida construida desde el amor de Cristo que otra entregada al egoísmo, la violencia y la injusticia. Las imágenes dramáticas del juicio nos obligan a tomar en serio esta diferencia. Nos recuerdan que el mal que realizamos no es indiferente y que nuestras decisiones pueden alejarnos de la comunión para la que hemos sido creados.

El peligro de descubrir demasiado tarde lo que era importante

Hay todavía una tercera enseñanza, quizá la más directamente relacionada con el comportamiento de las cinco jóvenes insensatas.

Fijémonos en un detalle que puede pasar inadvertido: Ellas también terminan consiguiendo aceite. Después de escuchar que llega el esposo, salen a comprarlo. Cuando regresan, ya disponen de aquello que antes les faltaba. Pero la celebración ha comenzado y encuentran la puerta cerrada.

Esta circunstancia resulta decisiva para comprender la advertencia de Jesús. Las jóvenes han conseguido el aceite, pero demasiado tarde para la finalidad que debía cumplir. Lo necesitaban durante la espera, para mantener encendidas sus lámparas y recibir al esposo cuando llegara.

En la interpretación espiritual que venimos desarrollando, el aceite nos recuerda especialmente el alimento de la Palabra de Dios. Y aquí descubrimos una enseñanza que nos afecta profundamente: La Palabra de Dios necesitamos escucharla ahora, durante nuestra vida, porque es ahora cuando debe iluminar nuestras decisiones.

El Evangelio nos ayuda a elegir, a corregir nuestros errores, a reconocer el bien y a descubrir la voluntad del Señor en las circunstancias concretas de nuestra existencia.

Cuando lleguemos al encuentro definitivo con Cristo, habrá concluido el tiempo en que podíamos orientar mediante nuestras decisiones esta etapa de nuestro camino. Por eso Jesús nos advierte del peligro de aplazar indefinidamente nuestra respuesta a Dios.

El libro abierto en las manos de Cristo

Esta enseñanza puede ilustrarse mediante una imagen de gran fuerza espiritual. En la iconografía cristiana encontramos representaciones de Cristo Pantocrátor. El término griego Παντοκράτωρ (Pantokrátor) significa «Todopoderoso» o «Señor de todo».

En muchas de estas imágenes, Cristo aparece sosteniendo el libro de los Evangelios, abierto o cerrado según la representación. Podemos servirnos de esa imagen para comprender nuestra situación presente.

Mientras recorremos el camino de nuestra vida, el Evangelio permanece abierto ante nosotros. Podemos escucharlo, meditarlo, dejar que nos corrija y responder a sus enseñanzas. Es el tiempo que se nos concede para aprender a vivir conforme a la voluntad de Dios.

Imaginemos ahora el momento en que termina nuestra peregrinación y el libro se cierra. La imagen no significa que la Palabra de Dios pierda su valor, sino que habrá concluido el tiempo de nuestras decisiones terrenas, durante el cual esa Palabra debía guiarnos hacia el encuentro con Cristo.

La segunda carta de san Pedro utiliza una comparación especialmente hermosa. Invita a los cristianos a prestar atención a la palabra profética como a una lámpara que ilumina un lugar oscuro, hasta que llegue el amanecer y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones (cfr. 2 Pe 1, 19).

La imagen vuelve a situarnos ante la luz que necesitamos mientras caminamos en medio de la oscuridad. Durante nuestra existencia, la Palabra de Dios nos permite avanzar sin perder la dirección. Y cuando nuestra comunión con Cristo alcance su plenitud, ya no necesitaremos caminar hacia él del mismo modo, porque habremos llegado al encuentro que ahora esperamos. Este es el sentido espiritual que podemos descubrir en la llegada definitiva del Esposo.

La tentación de dejar el Evangelio para más adelante

Pensemos en algo que seguramente hemos escuchado alguna vez.

Una persona reconoce que debería dedicar más tiempo a la oración, escuchar el Evangelio y cuidar su vida cristiana. Pero siempre encuentra alguna razón para aplazarlo.

—Ahora tengo demasiado trabajo y muchas responsabilidades. Cuando me jubile y disponga de más tiempo, entonces leeré tranquilamente el Evangelio.

Sin embargo, llega la jubilación y aparecen otras ocupaciones. Ahora hay tiempo para encontrarse con los amigos, pasar largas horas en el bar o disfrutar de numerosas actividades, pero la escucha de la Palabra de Dios sigue quedando para otro día. Y así pueden pasar los años.

El problema no está en el trabajo, en la jubilación o en disfrutar de la compañía de los amigos. Está en acostumbrarnos a posponer continuamente aquello que reconocemos como importante para nuestra relación con Dios.

El peligro consiste en descubrir, cuando nuestra vida haya terminado, que hemos dedicado tiempo a muchas cosas mientras dejábamos sin cultivar nuestra amistad con Cristo.

Precisamente eso es lo que Jesús quiere que comprendamos mediante las jóvenes que regresan con el aceite cuando ya se ha cerrado la puerta.

Habían tenido tiempo para prepararse, pero no supieron aprovecharlo.

La parábola nos invita a vivir con responsabilidad nuestro presente. El Evangelio es una luz que Dios nos ofrece hoy, cuando todavía podemos dejarnos transformar por ella.

«No os conozco»: una advertencia sobre nuestra relación con Cristo

El desenlace del relato contiene unas palabras particularmente severas.

Las jóvenes que han llegado tarde llaman a la puerta y suplican que les permitan entrar. Pero el esposo responde: «“En verdad os digo que no os conozco”». En el texto griego encontramos la expresión: οὐκ οἶδα ὑμᾶς (uk óida hymás), que significa literalmente «no os conozco». ¿Cómo debemos comprender estas palabras?

Evidentemente, Jesús no pretende decir que Dios desconozca la identidad de esas personas. La expresión tiene un sentido más profundo, relacionado con el reconocimiento y la comunión. Desde la lectura espiritual que estamos desarrollando, podemos comprender que el Esposo no reconoce en aquellas jóvenes una vida configurada según sus enseñanzas. Habían recibido la invitación, pero no habían permitido que esa relación orientara verdaderamente su existencia.

La misma preocupación aparece al final del sermón de la montaña, cuando Jesús advierte que no basta con invocarlo como Señor; es necesario poner en práctica la voluntad de su Padre (cfr. Mt 7, 21-23).

Esto nos ayuda a comprender por qué la pertenencia exterior a la comunidad cristiana, siendo un don precioso, no puede separarse de la respuesta personal al Evangelio.

Podemos haber recibido el bautismo, conocer las enseñanzas de Jesús y participar en determinadas prácticas religiosas. Sin embargo, necesitamos preguntarnos si nuestra manera de vivir va adquiriendo realmente los rasgos de Cristo.

Conocer a Jesús y vivir en comunión con él implica permitir que su Palabra transforme progresivamente nuestros criterios y nuestra conducta.

Por eso, en esta interpretación de la parábola, la expresión «no os conozco» adquiere una fuerza especial: nos advierte del peligro de haber mantenido una relación solamente exterior con el Señor, sin haber acogido verdaderamente su Evangelio.

La puerta cerrada y las palabras del esposo pertenecen al lenguaje del juicio y expresan una posibilidad seria de exclusión de la fiesta. No conviene reducirlas a una simple metáfora de oportunidades perdidas ni utilizarlas para declarar condenadas a personas concretas. Su finalidad es llamarnos a una conversión que todavía podemos realizar.

«Velad»: la última invitación de Jesús

La parábola concluye con una exhortación que recoge toda su enseñanza: «Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

En griego está de este modo: «Γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε τὴν ἡμέραν οὐδὲ τὴν ὥραν», que traducido es «Manteneos, por tanto, vigilantes, porque no sabéis ni el día ni la hora».

El verbo griego es γρηγορεῖτε (gregoréite), imperativo presente de γρηγορέω (gregoréo), que significa «estar despierto», «mantenerse alerta» o «vigilar».

Pero recordemos un detalle que hemos examinado anteriormente: las diez jóvenes se habían quedado dormidas, incluidas las cinco prudentes.

Por tanto, Jesús no está exigiendo que vivamos sin experimentar cansancio ni que permanezcamos continuamente preocupados por el futuro.

La vigilancia cristiana consiste en mantenernos preparados para reconocer y acoger al Señor, alimentando nuestra fe mientras recorremos el camino de la vida. Jesús nos invita a vivir preparados para recibirlo, cuidando nuestra relación con él a lo largo de toda nuestra existencia.

Cristo continúa viniendo a nuestro encuentro mediante su Evangelio. Nos habla en medio de nuestras alegrías y dificultades, nos muestra cómo debemos vivir y nos invita a abandonar aquellos caminos que pueden apartarnos de él.

Pero nuestra existencia presente también llegará a su término. Entonces tendrá lugar el encuentro definitivo con el Esposo, hacia quien hemos estado caminando durante toda nuestra vida.

Por eso la llamada de Jesús tiene una urgencia profundamente humana. No sabemos cuánto tiempo nos queda, pero sí sabemos que hoy podemos escuchar su Palabra, acoger su amor y orientar nuestra existencia conforme a sus enseñanzas.

Las jóvenes prudentes habían comprendido la importancia de prepararse durante la espera. Las insensatas descubrieron demasiado tarde que no bastaba con desear participar en la fiesta.

Jesús nos invita a aprovechar el tiempo que tenemos para vivir en comunión con él, de manera que, cuando llegue el encuentro definitivo, podamos recibir al Esposo y participar de la alegría de sus bodas.

Nota de rigor: en las secciones pedagógicas distinguimos entre relato evangélico y aplicaciones espirituales. El texto íntegro reproduce el documento base, que contiene algunas lecturas simbólicas y reconstrucciones históricas expresadas como propuestas interpretativas.

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Palabra y Vida · Capilla Argaray · Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo A · Mt 25, 1-13

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