Homilía del Domingo I de Cuaresma, ciclo a
Mt 4, 1-11 «Y
después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre».
Dentro
de nosotros no vive una sola voz.
En la carta a los
Romanos, san Pablo, en el capítulo 7, describe con crudeza el conflicto
interior que él mismo experimenta. Viene a decir: “No acabo de entender lo
que hago: no termino haciendo lo que deseo, sino precisamente lo que detesto.
Por dentro reconozco que la ley de Dios es buena y justa, que merece ser
observada… pero en mí hay otra fuerza, otra ley, que me empuja hacia el mal, hacia
el pecado” (cfr. Rm 7, 15-16.22-23).
Y esta experiencia
dolorosa no fue exclusiva de Pablo. En nuestro interior, todos percibimos
una tensión: por un lado, lo que nos sugiere el Espíritu, esa vida nueva,
ese “Hijo de Dios” que habita en nosotros, esa naturaleza divina que
hemos recibido como don; y por otro lado, impulsos que no nacen del Espíritu,
sino de lo que Pablo llama “la carne”.
La “carne” no son los músculos:
es lo que tira de nosotros hacia abajo.
Cuando la Biblia
habla de “carne” no está señalando el cuerpo como si fuera malo, ni está
hablando de los bíceps, para entendernos. Se refiere a nuestra condición
biológica: venimos de la tierra y volvemos al polvo; y esa dimensión,
cuando se queda sola, tiende a encerrarnos en nosotros mismos. Nos empuja a
buscar lo que nos apetece, lo que nos conviene, lo que nos da ventaja. Por
eso Espíritu y carne no suelen darnos el mismo consejo: más bien nos hablan en
direcciones opuestas.
Pensemos en algo
muy concreto: si alguien me da una bofetada, dentro de mí pueden aparecer dos
voces. Una, fuerte, inmediata, que dice: “Devuélvesela”. Y otra —la del
Hijo de Dios que habita en mí— que susurra algo desconcertante: “Responde
haciendo el bien a quien te ha hecho el mal”.
Dos listas, dos caminos, dos frutos.
En la carta a los
Gálatas, Pablo retoma el mismo tema: la carne tiene deseos contrarios al
Espíritu, y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; se enfrentan entre
sí (cfr. Ga 5, 16-17).
Y para que no nos
quedemos en teorías, Pablo pone ejemplos: enumera las obras de quien sigue la
voz de la carne —menciona muchas, y podríamos seguir añadiendo—: «En cuanto
a las consecuencias de esos desordenados apetitos, son bien conocidas:
fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades,
discordias, rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas, envidias,
borracheras, orgías y otras cosas semejantes» (cfr. Gal 5, 19-21). … y deja la lista abierta, como
diciendo: “Ya me entendéis: hay más de lo mismo”.
Luego presenta, en
cambio, el fruto del Espíritu: quien escucha al Espíritu, ¿qué empieza a
saborear? Amor, alegría, paz, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio
(cfr. Gal 5, 22-23). No son solo “normas”; son frutos, es decir, señales de
vida que madura.
Y aquí llega la
pregunta que nos toca por dentro: ¿Jesús también vivió este combate interior?
¿También sintió esa tensión entre la voz de la carne y la voz del Espíritu?
Jesús nos entiende porque pasó por nuestra prueba.
La respuesta
—consoladora para nosotros— es que sí: también él experimentó ese conflicto.
Jesús
también ha experimentado este conflicto interior y Jesús ha querido que fuese
así porque deseó estar lo más cerca de nosotros. En la carta a los Hebreos se
nos dice «por lo cual debió hacerse en todo semejante a sus hermanos, para
convertirse en sumo sacerdote misericordioso y fiel ante Dios, para alcanzar el
perdón de los pecados del pueblo. Pues por el hecho de haber sufrido y haber
sido probado, está capacitado para venir en ayuda de aquellos que están
sometidos a la prueba» (cfr. Hb 2, 17-18). Por eso Jesús sabe entender
nuestras debilidades ya que él fue expuesto a la prueba en todo y semejante a
nosotros, pero él nunca pecó. Conoce nuestra fragilidad y no se avergüenza en
llamarnos hermanos (cfr. Hb 2, 11). Jesús sabe lo difícil que puede llegar a
ser el ser dócil a la voz del Espíritu. Con una diferencia decisiva: Jesús
no se dejó gobernar por la carne; escuchó siempre y solo al Espíritu. Por
eso en él no hubo pecado.
Y esto ilumina de
lleno el inicio de la Cuaresma, que es tiempo de conversión, de volver a Dios
con verdad. Cada año, la liturgia nos pone delante las tentaciones de Jesús
para mostrarnos cómo respondió él a esas seducciones que tiran de nosotros
desde la carne. Y hoy el evangelista Mateo quiere presentarnos esta verdad
consoladora con una página de teología preciosa.
Así la introduce. La escuchamos de verdad, como quien busca una luz para su propio combate.
No escuchamos una crónica:
Escuchamos un espejo.
«En aquel tiempo, Jesús fue
llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo».
Lo que estamos a
punto de escuchar no es un hecho de sucesos. Mateo, usando imágenes bíblicas
muy conocidas por los cristianos de sus comunidades, quiere mostrarnos el
combate interior entre el bien y el mal, entre la luz y la tiniebla, entre
la verdad y la mentira, que Jesús tuvo que afrontar a lo largo de toda su vida.
Y abre su relato con una primera imagen: el desierto.
El desierto es camino:
la vida de Jesús es éxodo.
Para un israelita,
el desierto remite enseguida al éxodo. Mateo quiere que leamos toda
la vida de Jesús como un éxodo: como un camino que él ha venido a recorrer
junto con todos los seres humanos sobre esta tierra. Y el Hijo de Dios fue
conducido a ese desierto por el Espíritu, es decir, por su vida divina, por su
inmenso amor a la humanidad.
El desierto desenmascara el corazón
y revela a Dios.
Cuando la Biblia
habla del desierto, puede hacerlo de dos maneras complementarias: como un
lugar geográfico y como un tiempo decisivo de la historia de la salvación.
Como lugar, el desierto aparece, a primera vista, como una tierra “no
bendecida”: el agua es rara, como en el huerto del paraíso antes de la
lluvia (Gen 2,5); la vegetación es raquítica y la vida parece inviable (Is
6,11). Convertir un país en desierto equivale a devolverlo al caos de los
orígenes (Jer 2,6 4,20-26), imagen de lo que merecen los pecados de
Israel (Ez 6,14; Lam 5,18; Mt 23,38).
En esa tierra
infértil, además, la Escritura sitúa simbólicamente fuerzas oscuras: demonios
(Lev 16,10; Lc 8,29 11,24), sátiros (Lev 17,7) y bestias amenazantes (Is 13,21
14,23 30,6 34,11-16; Sof 2,13s.). En resumen, visto así, el desierto se opone a
la tierra habitada como la maldición a la bendición.
Ahora bien —y este es el punto de vista bíblico dominante— Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta “tierra espantosa” (Dt 1,19) para introducirlo en la tierra donde fluyen leche y miel. Y aquí cambia todo; el desierto, sin dejar de ser desolado, se convierte sobre todo en una época privilegiada, el nacimiento del pueblo de Dios. Por eso el simbolismo bíblico del desierto no es una invitación a huir del mundo como quien se va a “desconectar” del todo; no propone “volver” a un desierto ideal, sino atravesar un tiempo de desierto, como Israel.
Dios no nos llama a instalarnos en el desierto:
nos llama a atravesarlo.
Seamos sinceros;
nosotros también tenemos desiertos, aunque no tengan dunas. Hay desiertos con
ascensor y portero. Por ejemplo: cuando se estropea el wifi justo el día que
tienes que enviar algo urgente… y de pronto descubres que tu paciencia no era
una virtud: era una señal de buena cobertura. O cuando te quedas sin batería y
el móvil muere, o cuando estás pasándolo mal y no tienes a nadie cerca al que
se pueda recurrir: ahí aparece el desierto, el silencio… y, curiosamente,
también aparece tu corazón. En el desierto se nos caen los apoyos.
Por eso el
desierto es el lugar donde Dios escruta el corazón. Allí se agota la
seguridad, el control, las distracciones, las “muletas” con las que
vamos tirando. En el desierto se ve qué buscamos de verdad, de qué vivimos,
en quién confiamos. El Deuteronomio lo dice con fuerza: Dios permitió ese
paso “para conocer lo que había en tu corazón”, para enseñarnos que “el
hombre no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”
(cfr. Dt 8,2ss.15-18). No es un examen para humillar, sino una pedagogía
para madurar.
Y en ese camino
hacia la tierra prometida, la memoria bíblica nos deja tres grandes escenas: el
designio de Dios, la infidelidad del pueblo y el triunfo de Dios.
Dios guía incluso cuando
el camino no es el más corto.
Primero, el
designio de Dios.
El paso por el desierto no fue una improvisación, ni una mala suerte en el
GPS. Fue un camino escogido por Dios, aunque no fuera el más corto: «Cuando
el faraón dejó marchar al pueblo, Dios no lo llevó por el camino de Filistea,
aunque era más corto, pues pensó: Si esta gente tiene que luchar, se acobardará
y volverá a Egipto; así que hizo dar un rodeo al pueblo por el camino del
desierto hacia el mar de las cañas» (Ex 13,17-18). Dios quería ser el guía
de su pueblo: «El Señor los precedía por el día en una columna de nube para
marcarles el camino, y por la noche en una columna de fuego para alumbrarlos:
así podían caminar tanto de día como de noche. La columna de nube no abandonaba
al pueblo durante el día, ni la de fuego durante la noche» (Ex 13,21-22).
Además, es en el
desierto del Sinaí donde Israel ha de adorar a Dios (Ex 3,17s=5,1ss); allí
recibe la Ley y sella la alianza que convierte a aquellos errantes en un
auténtico pueblo (Num 1,1ss). Es como si Dios dijera: “Antes de daros una
tierra, os doy un corazón; antes de daros un lugar, os doy una relación”.
El pueblo nace en el desierto, pero el desierto es provisional.
Y aquí nos conviene un poco de realismo: a nosotros nos encanta el camino corto. Lo queremos todo “para ayer”, con entrega inmediata, como si la vida espiritual tuviera envío exprés. Pero a veces Dios no nos ahorra el proceso, porque en el proceso nos va haciendo pueblo, no turistas.
En el desierto sale el niño interior…
y también el rebelde.
Segundo, la
infidelidad del pueblo. El camino de Dios no se parecía a Egipto, donde,
aunque hubiera esclavitud, al menos había rutina, comida y “sensación de
control”. El desierto era fe desnuda. Y entonces comienzan las
murmuraciones: falta seguridad, falta agua, falta carne… (Ex 14,11 16,2s
17,2s; Num 14,2ss 16,13s 20,4s 21,5). Traducido a nuestro idioma cotidiano: “Yo
esto no lo firmé”, “a mí nadie me avisó”, “yo con estas
condiciones no trabajo”. El desierto saca a relucir lo que llevamos
dentro.
Y, seamos honestos: cuando la vida aprieta, también nosotros nos volvemos expertos en nostalgia selectiva. Recordamos Egipto como si fuera un spa: “qué bien estábamos antes…”. Olvidamos convenientemente que era esclavitud. Nos pasa cuando idealizamos el pasado, cuando nos decimos: “yo antes era mejor”, “la familia antes funcionaba mejor”, “la Iglesia antes era más fácil” … A veces no es que antes fuera mejor: es que ahora el desierto nos está mostrando lo que necesitamos sanar.
La misericordia de Dios
es más terca que nuestras quejas.
Tercero, el
triunfo de la misericordia divina. Dios deja que perezcan en el desierto
quienes se endurecen, pero no abandona su designio: saca bien del mal. Al
pueblo que murmura le da alimento y agua de manera admirable; y cuando tiene
que corregir, ofrece también caminos inesperados de salvación, como la
serpiente de bronce (Num 21,9). Dios hace resplandecer su santidad y su gloria
(Nm 20,13). Y el triunfo final se verá cuando el pueblo entre en la tierra
prometida con Josué.
Aquí hay una
verdad que nos viene bien escuchar: Dios no se escandaliza de nuestras
etapas inmaduras. Nos educa. Y lo hace con paciencia. A veces, si Dios nos
contestara como nosotros contestamos en casa, este pasaje acabaría en el
capítulo dos. Pero Dios no corta la historia: la conduce.
El desierto es memoria que convierte:
“hoy” no endurezcamos el corazón.
Cuando Israel ya
está instalado en la tierra prometida, aparece otra tentación: preferir los
dones a Dios. Entonces el desierto se vuelve memoria que convierte. El
Deuteronomio actualiza ese pasado para que el pueblo recordándolo no olvide las
acciones del Señor: «Acuérdate del camino que el Señor tu Dios te ha hecho
recorrer durante estos cuarenta años a través del desierto, con el fin de
humillarte y probarte, para ver si observas de corazón sus mandatos o no. Te ha
humillado y te ha hecho sentir hambre; te ha alimentado con el maná, un
alimento que no conocías, ni habían conocido tus antepasados, para que aprendieras
que no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca del Señor
(…). Quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto,
lleno de serpientes y escorpiones, tierra sedienta y sin agua; fue él quien
hizo brotar para ti agua de la roca de pedernal y te ha alimentado en el
desierto con el maná, un alimento que no conocieron tus antepasados, a fin de
humillarte y probarte, para después hacerte feliz. Y no digas: Con mis propias
fuerzas he conseguido todo esto. Acuérdate del Señor, tu Dios: él es quien te
ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la alianza que hizo
con juramento a tus antepasados, como hace hoy» (Dt 8,2ss.15-18).
El pueblo fue
probado para comprender que la vida no se sostiene solo con pan, sino con la
Palabra
de Dios. Y esa sobriedad del culto de aquellos años advierte contra una
piedad de puro trámite (Am 5,25=Act 7,42). El recuerdo de las desobediencias
llama a la conversión: no tentar a Dios (Sal 78,17s.40; Act 7,51), aprender el
ritmo de Dios (Sal 106,13s), contemplar el triunfo de la misericordia (Neh 9;
Sal 78 106; Ez 20). “¡Por lo menos hoy no tienten a Dios!” (Sal 95,7ss).
Es que el “hoy”
es clave. Porque nosotros somos especialistas en prometer: “mañana rezo”,
“la semana que viene cambio”, “cuando tenga tiempo me pongo”. Y
Dios, con su paciencia, nos dice: “Hoy”. No cuando te venga bien. Hoy.
Porque no sabemos si existirá el mañana.
Y junto al
realismo, la Escritura recuerda las “maravillas” del Señor: el tiempo de los
desposorios. Elías va al Horeb y encuentra allí aprovisionamiento (1Re 19).
Oseas anuncia que Dios llevará al desierto al pueblo para hablarle al corazón
(Os 2,16) y renovar la alianza (Os 2,21s.). El maná se convierte en “alimento
celeste” (Sal 78,24), en “pan de sabores variados” (Sab 16,21). Y
Dios aparece como padre amoroso (Os 11) y pastor (Is 40,11 63,11-14; Sal
78,52). Si un día nos alimentó, ¿cómo no confiar hoy? (Sal 81,11).
Y ojo con una
tentación muy fina: idealizar el desierto, como si la fe consistiera en
quedarnos siempre “a la intemperie”, lejos de todo, sin mezclarnos con nada. La
Biblia misma nos ofrece un ejemplo que lo ilustra bien: los recabitas.
Los recabitas eran
un clan que, por fidelidad a una consigna antigua de su antepasado Jonadab,
eligió un estilo de vida nómada y austero: vivían bajo tiendas, no
construían casas, no cultivaban campos ni plantaban viñas, y además no
bebían vino (cfr. Jer 35,6-10). Su vida era un signo visible: preferían no
“instalarse” para mantenerse fieles a lo que habían recibido.
Jeremías los
menciona porque Dios los pone como contraste: ellos obedecen con constancia
una palabra humana transmitida por tradición, mientras que Judá no escucha
la Palabra del Señor (cfr. Jer 35,13-16). Su coherencia deja en evidencia la
incoherencia del pueblo.
Ahora bien, aquí
está el punto: ese gesto puede tener belleza e inspirarnos, pero si lo
convertimos en un ideal absoluto, corremos el riesgo de transformarlo en
escapismo. Como cuando alguien dice: “Yo lo soluciono todo: me voy al campo,
me compro una cabaña y vivo sin problemas” … y a la semana ya está
discutiendo con el vecino por la valla, peleándose con los mosquitos y
descubriendo que el silencio es precioso… hasta que empiezan a sonar los
propios pensamientos. O como quien se hace un “ayuno digital” heroico… y
a las dos horas está mirando la pantalla apagada, solo por si acaso se enciende
sola.
La lógica bíblica
es otra: Dios no nos llama a vivir permanentemente en el desierto, sino
a atravesarlo. El desierto es un tiempo de purificación y aprendizaje,
sí, pero está orientado a la tierra prometida. No es el destino: es el camino.
Jesús atraviesa el desierto
y vence donde Israel cayó.
En el Nuevo
Testamento, Juan Bautista predica en el desierto para preparar el corazón, y
luego devuelve a la gente a su vida cotidiana (Lc 3,10-14): el desierto es
ocasión de conversión, no una jubilación anticipada del mundo.
Y Jesús recorre
las etapas del pueblo de Dios; es llevado por el Espíritu al desierto para ser
probado (Mt 4,1-11). Pero, a diferencia de los padres, supera la prueba: prefiere
la Palabra de Dios al pan, la confianza al milagro espectacular, el servicio al
poder. En Marcos asoma incluso el tema del paraíso recobrado (Mc 1,12s).
Y esto aterriza en
nuestra vida con mucha sencillez: Jesús no vence porque tenga “trucos”, sino
porque está centrado. No negocia con la mentira. No se deja seducir
por atajos. En el fondo, las tentaciones de Jesús son tentaciones muy humanas:
convertir piedras en pan… o sea, resolverlo todo ya; tirarse del templo… o sea,
buscar un éxito espectacular; adorar al poder… o sea, tenerlo todo sin cruz.
¿Nos suena? A veces queremos que Dios nos quite la prueba; otras veces queremos
que nos aplaudan por la fe; y otras veces, si somos sinceros, nos gustaría el
Reino… pero sin renunciar a mandar.
La Iglesia,
mientras camina, se comprende también con este símbolo: vive “oculta en el
desierto” hasta el retorno de Cristo (Ap 12,6.14). Y cuando Jesús
multiplica los panes en el desierto, no invita a instalarse allí, sino a
entender que ha comenzado un tiempo nuevo: se vive de su palabra (Mt 14,13-21
p).
Pablo lo resume:
lo de entonces fue “para nuestra instrucción” (1Cor 10,11). Vivimos
todavía “en el desierto”, pero sacramentalmente: el pan vivo, el agua
del Espíritu, la roca que es Cristo. Y mientras no entremos en el reposo de
Dios, la vida cristiana sigue siendo prueba (Heb 4,1). Pero con una certeza:
somos “partícipes de Cristo” (Heb 3,14), el que permaneció fiel.
Así que la
pregunta final no es si tendremos desiertos —eso está garantizado, como los
impuestos—, sino esta: cuando el desierto nos apaga los apoyos y nos deja
frente a nosotros mismos, ¿a qué voz estamos dando crédito?
Y en ese éxodo en
el desierto tuvo que enfrentarse con el diablo. Ahí aparece el segundo
personaje que Mateo introduce.
El “diablo” no se presenta feo:
si no, no seduce.
Conviene
identificarlo bien. No es un bichito despreciable con alas de murciélago,
garras de ave rapaz y cuernos de cabra, como a veces se le representa. Si se
presentara así, no engañaría a nadie. Marcos no lo llama “diablo”, lo llama “satanás”.
Y “satanás”, igual que “diablo”, se escribe con minúscula, porque Satan, en
hebreo, no es un nombre propio: es un nombre común. En la Biblia, cualquiera
que extravía, traiciona o engaña recibe ese nombre: Satan (שָׂטָן). (cfr. Nm 22, 22.32; 1 Sam 29, 4; Sal 109, 6; Zac 3, 1-2). Lo que sucede es
que en las traducciones al castellano diluyen el nombre ‘satán’ por
otros términos sucedáneos de ínfima calidad.
Lucas y Mateo lo
llaman “diablo”, un término de origen griego. También suele
escribirse con minúscula y procede del verbo griego διαβάλλω (diabállō),
que significa calumniar, y por extensión dividir, poner obstáculos,
atravesarse en el camino, sembrar discordia.
No es solo “alguien”:
Es una lógica que se nos mete dentro.
Es la
personificación de la lógica de este mundo: la fuerza del mal con la que todo
ser humano tiene que medirse. Forma parte de nuestra condición humana. Ni
siquiera Dios puede crear un ser humano que no tenga esta tensión, porque
entonces no sería un hombre: sería otra cosa, un ángel… o yo qué sé.
Y esa fuerza toma
cuerpo en estructuras. Pensemos, por ejemplo, en las presiones de ciertos lobbies
de la industria armamentística: son “satanillos”, por decirlo en plural.
Pensemos en los carteles de la droga, en tantos sistemas criminales extendidos
por el mundo: también ahí se encarna ese “satanas”. Y, además, se encarna en
las personas. El Evangelio nos da un ejemplo clarísimo: Pedro es llamado ‘satanás’
porque se puso en medio; quería impedir que Jesús fuera a entregar la vida
(cfr. Mt 16, 23; Mc 8, 33).
Estrategia de satanás
Fijémonos en cómo
actúa el ‘satanas’; no se acerca a Jesús de modo feo, agresivo o
amenazante. No. Se le arrima con buenas palabras, aparte, como quien da
consejos de amigo. Le sugiere: “No vayas a Jerusalén: allí te harán
daño. Si quieres tener éxito, ser grande y poderoso, escúchame a mí: haz lo que
yo te digo”. Pedro fue, en ese momento, ‘un satanás’.
‘Satanás’ no es
solo alguien o algo fuera de nosotros: también es parte de nosotros mismos.
Esa voz la reconocemos dentro: “Haz lo que te apetece. ¿Para qué investigar
cómo piensa Dios? Haz lo que te da la gana. Dios es para menores de edad, para
quien aún vive en la Edad Media. Cuando uno madura ya no necesita a Dios; es
más, Dios te impide ser feliz. Vive como quieras. Vamos, deja a Dios en paz”.
Hoy el ‘satanás’
nos susurra otra versión: “La ciencia y la técnica lo deciden todo; ellas
son el nuevo dios. Lo demás son credulidades”. Así el ser humano se vuelve
autorreferencial: decide lo moral según le parece, como si no necesitara a
Dios. Y, entonces, la Palabra del Señor ya no se recibe como la sugerencia
amorosa de un padre que te quiere, que te quiere feliz, sino como una imposición
pesada, arbitraria, sin sentido.
Y ahora Mateo nos cuenta, con tres
parábolas, cómo respondió Jesús a esa voz que viene de la carne, una voz que
también a él le insinuaba elecciones contrarias al Espíritu. Lo hace para
enseñarnos cómo responder nosotros a las seducciones del mal. Atendamos a la
primera parábola.
Cuarenta no es un número:
Es una vida entera.
«Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta
noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo
de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan
vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
El número cuarenta
es la tercera imagen bíblica que Mateo introduce en su relato. Es un
número simbólico: aparece muchas veces en la Escritura. Todos recordamos que el
pueblo de Israel estuvo cuarenta años en el desierto durante el éxodo: es
decir, toda una generación, toda una vida (cfr. Ex 16, 35; cfr. Nm 14,
33-34; cfr. Dt 2, 14). Cuarenta días duró el diluvio (cfr. Gn 7, 12.17). Y,
tras el diluvio, Noé esperó cuarenta días antes de abrir la ventana del arca y
empezar a buscar tierra firme (cfr. Gn 8, 6). Elías caminó cuarenta días para
llegar al monte de Dios (cfr. 1 Re 19, 8). El cuarenta, por tanto, señala toda
nuestra vida.
Por eso, cuando
Mateo nos dice que Jesús permaneció cuarenta días en el desierto, no habla solo
de un episodio aislado; está insinuando que esos cuarenta días representan
toda su vida, un éxodo entero (cfr. Mt 4, 2). Y entonces la pregunta se
vuelve inevitable: ¿qué pasa en esos “cuarenta días” que son nuestra
vida? ¿Cómo invertimos nuestro tiempo y nuestras capacidades? ¿Qué sentido
damos a nuestros días? Son preguntas que tenemos que hacernos precisamente
porque somos humanos: ¿qué hacemos en este mundo?
El desierto no es un castigo:
Es un “laboratorio” del corazón.
El Evangelio lo
dice sin rodeos: «Jesús fue llevado al
desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo» (cfr.
Mt 4,1; cfr. Lc 4,1). Y “desierto” no es solo arena y silencio: es una
imagen bíblica que nos lleva al éxodo. Israel pasó cuarenta años allí,
toda una generación (cfr. Ex 16,35; cfr. Nm 14,33-34; cfr. Dt 2,14). Por eso,
cuando Jesús vive cuarenta días en el desierto (cfr. Mt 4,2; cfr. Lc
4,2), no estamos ante un episodio suelto: el desierto simboliza su camino en
este mundo, su éxodo, en cierto modo toda su vida.
La tentación de murmurar
en medio de nuestra vulnerabilidad
La
trastada seria que hizo Abrán:
Cuando
el miedo aprieta,
la
fe se nos puede encoger.
El hambre -el sentirse muy vulnerable- empujó a Abrán a hacer las maletas: la tierra ya no daba para vivir, y tuvo que bajar a Egipto como emigrante, buscando sustento para él y para Saray (cfr. Gn 12,10). Y ahí aparece la vulnerabilidad en estado puro: no es lo mismo confiar en Dios con la despensa llena que confiar con el estómago vacío.
Abrán, además,
llevaba consigo un “problema” añadido: Saray era una mujer muy bella. Él lo
sabe y, en cuanto se acerca a Egipto, se le enciende la alarma interior: “En
cuanto la vean, la desearán; y si es mi mujer, a mí me quitan de en medio”
(cfr. Gn 12,11-12). Y entonces toma una decisión torcida, de esas que nacen del
miedo: le pide a Saray que diga que es su hermana, no su esposa (cfr. Gn
12,13). Traducido a nuestra vida: cuando uno se siente frágil, a veces no reza
más… sino que calcula más. Y el cálculo, si no lo vigilamos, nos vuelve
creativos con la verdad -la cual es mentira enmascarada-.
El plan, por un
tiempo, “funciona”. Saray entra en el palacio, y Abrahán recibe un trato de
favor: regalos, ganado, siervos y siervas, camellos, asnas… como quien dice: “Te
ha salido redondo” (cfr. Gn 12,14-16). Es una escena incómoda porque
deja al descubierto lo fácil que es acostumbrarse a los beneficios de una
mentira. La tentación no siempre viene con cuernos: a veces viene con un
paquete de ventajas.
Pero el relato no
se queda ahí. El Señor interviene y castiga a faraón y a su casa con grandes
plagas (cfr. Gn 12,17). Y entonces todo sale a la luz: faraón llama a Abrahán,
le reprocha el engaño —“¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu
mujer?”—, y lo despacha (cfr. Gn 12,18-20). Es como cuando intentamos
“arreglar” una situación con una pequeña trampa y, al final, la realidad nos
pasa factura… con intereses.
Y aquí está la
enseñanza, sin regañina: el hambre y la precariedad no solo prueban el cuerpo; prueban
el corazón. Cuando estamos vulnerables, podemos caer en la tentación de
murmurar, de desconfiar, o de torcer la verdad para sentirnos a salvo. La
pregunta es muy concreta: cuando la vida nos aprieta, ¿nos volvemos más
confiados… o más tramposillos “por supervivencia”?
Esaú y su sabroso plato de lentejas
Esaú,
Jacob y el plato de lentejas:
cuando
el hambre manda,
el
futuro se vende barato.
La Biblia cuenta que Esaú llegó un día del campo agotado y hambriento. Jacob estaba cocinando un guiso de lentejas, y Esaú, sin rodeos —cuando uno tiene hambre, la poesía se acaba— le suelta: “Dame de ese guiso rojo, que estoy desfallecido” (cfr. Gn 25,29-30). Jacob, que no era precisamente ingenuo, le responde con calma quirúrgica: “Véndeme hoy tu primogenitura” (cfr. Gn 25,31).
Y aquí viene la
escena que da un poco de escalofrío porque es demasiado humana: Esaú, con el
estómago al volante, dice algo así como: “Me estoy muriendo, ¿de qué me
sirve la primogenitura?” (cfr. Gn 25,32). Jacob le pide que lo jure, y Esaú
lo jura: cambia la primogenitura por un plato de lentejas (o potaje).
Jacob le da pan y el guiso de lentejas; Esaú come, bebe, se levanta y se va. Y
el texto remata con una frase seca, como un diagnóstico: “Así menospreció
Esaú la primogenitura” (cfr. Gn 25,33-34).
Ahora, para que
entendamos el golpe: la primogenitura en Israel no era solo “ser el
mayor”. Era una posición con peso real:
·
Tenía
una dimensión familiar y económica: el primogénito recibía un lugar de
liderazgo y una parte principal de la herencia (cfr. Dt 21,17).
·
Tenía
también una dimensión espiritual: en la historia de los patriarcas, la
primogenitura estaba vinculada a la línea de la promesa, a la bendición
transmitida en la familia de la alianza (cfr. Gn 27,27-29).
Por eso el relato
no se burla del hambre de Esaú —hambre tenemos todos—; lo que subraya es la
tragedia de lo inmediato: vender un futuro por un presente. Hoy
diríamos: cambiar una vocación por un capricho, una relación por un impulso, la
paz interior por “tener razón”, la fe por un “me apetece”. Esaú
no cambió la primogenitura por un banquete: la cambió por un plato de lentejas.
O sea, ni siquiera fue una gran tentación con luces de neón. Fue una tentación
de olla humeante.
Y aquí el texto
nos hace una pregunta incómoda, pero muy útil para Cuaresma: cuando estamos
cansados, heridos, hambrientos de afecto o de seguridad… ¿no estaremos también
nosotros negociando cosas grandes a cambio de cosas pequeñas? ¿Qué “primogenitura”
estamos poniendo en venta cuando decimos: “bah, total, ¿qué más da”?
Nosotros murmuramos y murmuramos
Nos
quejamos con una constancia
que
ya quisiéramos para la oración.
Murmuramos y
murmuramos… A veces, si hiciéramos con la misma disciplina un pequeño acto de
confianza al día, ya estaríamos medio canonizados. Pero lo cierto es que muchas
veces murmuramos más de lo que amamos a Dios, y la queja se nos vuelve
una segunda piel: sale sola, casi sin darnos cuenta.
La
murmuración nace cuando
no
aceptamos límites… ni a Dios.
Murmuramos porque
nos cuesta aceptar nuestras limitaciones: la enfermedad, las manías, la
situación económica, laboral, social, familiar… Y en ese punto, sin decirlo en
voz alta, se nos cuela la sospecha: “Dios no me conoce” o “Dios pasa
de mí”. La frase interior suena así: “¿Acaso sabe Dios lo que a mí me
conviene?”. Y cuando el corazón entra en ese bucle, la fe deja de ser
confianza y se convierte en reclamación: como si el amor de Dios tuviera que
demostrarse con resultados inmediatos y a medida.
El
mal no suele gritar:
Susurra
anestesia rápida.
Ahí aparece la voz
del tentador: “Dios no te quiere”, “Dios pasa de ti”, “arréglatelas
tú solo”. Pero fíjate qué fino es: rara vez viene diciendo “haz el mal”.
Eso sería demasiado burdo. Viene como si fuera un consejero de confianza y
te habla con tono casi razonable: “Pobrecito… con lo que tú aguantas. Tú
no tienes por qué sufrir así. Date un respiro. Te lo mereces”.
Y entonces sus
ofertas se vuelven seductoras porque tocan justo donde duele. “¿Que en casa
no te sientes querido? No te compliques. Solo necesitas un poco de cariño… un
mensaje, una conversación, alguien que te mire como antes. Total, no estás
haciendo daño a nadie. Y además, nadie tiene por qué saberlo”. Y lo que
empieza como “solo un café” termina pidiendo más, porque el corazón,
cuando se acostumbra a la anestesia, siempre quiere subir la dosis.
“¿Que llevas
meses con ansiedad y la cabeza a mil? Anda, afloja. Solo una copa para dormir,
para desconectar. Tú controlas. Mañana lo dejas”. Y mañana llega… pero el
vacío sigue ahí, solo que con resaca y con culpa.
“¿Que te
aprieta la precariedad? Busca un atajo. Un pequeño arreglo, una mentira
piadosa, un apaño… total, es para sobrevivir. Dios comprenderá”. Y sin
darnos cuenta, vendemos la paz interior por una sensación momentánea de
control.
“¿Que te
sientes poca cosa? Compénsalo: compra, presume, demuestra. Que se note que
vales. Que te vean. Que te admiren”. Y el alma, que pedía sentido, acaba
persiguiendo aplausos como quien persigue una sombra.
En el fondo, es la
misma lógica: si la vida duele, no la atravieses; anestésiala. Y claro,
la anestesia funciona… un rato. Luego pasa el efecto y la herida sigue ahí,
solo que más sola. Porque el tentador nunca te dice: “Esto te va a romper”.
Te lo envuelve como un derecho: “Tú necesitas esto para soportar la
vida”. Te promete descanso, pero te deja más inquieto; te promete compañía,
pero te vuelve más solo; te promete libertad, pero te ata.
Al final, la
tentación no es solo “hacer algo malo”. Es más fina: es creer que, sin
esos sucedáneos, “no se puede” soportar la fragilidad de la vida. Y ahí
se decide mucho: o convertimos la precariedad en un lugar de encuentro con
Dios, o la convertimos en excusa para rendirnos a cualquier sustituto.
¿En qué momento
notamos que nuestra queja deja de ser oración y se vuelve amargura? Y, cuando
eso pasa, ¿qué pequeño gesto concreto nos ayudaría hoy a pasar de la
murmuración a la confianza?
Si quitas a Dios
de tu vida cualquier tontería o necedad la querrá sostener. Y todos sabemos lo
que dura un castillo de arena junto a la olas del mar en la playa.
Jesús conoció nuestras necesidades…
y no se hizo el “super espiritual”.
Jesús experimentó lo que significa tener necesidades básicas: hambre de pan, sed, cansancio, necesidad de techo, de vestido, de salud, de estar en forma; necesidad de relaciones, de amigos, de familia. Vamos, que no vivió en “modo nube”. Y Dios pone a disposición de sus hijos lo necesario para el sustento; y el ser humano, con su trabajo y sus capacidades, se procura lo que necesita. Lo material no es malo. El pan no es el enemigo. El problema aparece cuando el pan se sienta en el trono.
La tentación suena muy sensata…
hasta que te encierra.
Dentro del hombre
se siente un impulso que el Evangelio presenta como la voz del diablo. ¿Qué
dice esa voz? Algo que parece razonable: “Quédate con lo material. No te
compliques. Haz de esto el absoluto”. Y lo expresa con esa frase directa: «Di que estas piedras se conviertan en panes».
Traducido a nuestra vida: “Ocúpate solo de necesidades, de resultados, de lo
que se mide. Salud, profesión, éxito, dinero… eso sí que cuenta. Lo demás, ya
si eso”.
Y claro, si uno
vive así, termina creyendo que la vida es una lista de tareas: pagar la
hipoteca, rendir en el trabajo, llegar al verano “mejorado”, controlar
la dieta, tener el cuerpo a punto, el móvil cargado y el ánimo… si se puede…
también. Y cuando algo falla, entramos en ese modo de supervivencia en el que
solo existe el “pan”: lo urgente, lo inmediato, lo que tapa el agujero.
Es como vivir con el corazón siempre en “modo alerta”.
El mundo te aplaude
si te limitas a producir pan.
Esa voz, además, promete aplauso: “Si te dedicas a asegurar el bienestar material, este mundo te amará: te pondrán una calle, un puente, una estatua, te nombrarán hijo predilecto de la villa… porque eso es lo que la gente quiere”. Es la tentación de reducir la misión de Jesús a ser solo un proveedor: “Haz que todo funcione, que todos estén alimentados, que nadie sufra… y con eso basta”. Incluso “forma a tus discípulos” para que se empeñen solo en eso.
Cuando la vida biológica se vuelve absoluta,
Dios queda como accesorio.
Y aquí viene lo
delicado: esta tentación puede colarse también en creyentes. A veces nos
traicionan expresiones muy nuestras: “Lo importante es la salud”. Sí, la
salud es importante… pero no es lo último. O: “Recé para sanarme”, como
si la fe fuera una especie de máquina expendedora: meto oración, sale
resultado. También puede pasar que trabajemos por transformar la sociedad —más
justa, más solidaria, más fraterna— y eso es bueno, pero, si descuidamos la
conversión personal y el encuentro con Cristo, hemos movido el centro: todo
queda al servicio de la vida biológica, como si fuera la única vida.
Y la trampa
final es esta; acabar adorando lo que solo debía ser un medio. Vivir para
las cosas materiales como si fueran nuestro dios.
Jesús nos enseña a responder, no despreciando el pan, sino poniéndolo en su sitio. Porque el Evangelio no nos quita humanidad: nos la ordena.
Cuando la vida se reduce a pan,
el alma se queda con hambre.
A esa primera
pregunta le puede responder una voz engañosa, un consejo seductor que se
presenta con la imagen del pan: «di que estas
piedras se conviertan en panes». Solo en esto debes pensar.
Ocúpate del pan. Atiende a tus necesidades biológicas. Cuídate. Busca estar
bien. Lo material es lo único que vale, lo único que la gente aprecia:
comida, casa, salud, profesión. Dedica tu tiempo y tus capacidades a
transformar piedras en pan. Y la tentación va todavía más lejos: “Si eres
hijo de Dios, es decir, si quieres ser ‘como un dios’, si quieres que todos te
consideren un dios en este mundo, produce bienes materiales. No necesitas nada
más para ser feliz. La ciencia y la técnica te vuelven un superhombre
precisamente porque te dan todo lo que necesitas para tu vida”.
Ahora bien, el
“pan” de esta parábola no es solo el que llena el estómago: representa
todos los bienes necesarios para la vida biológica en este mundo. No
podemos prescindir de ellos: son importantes. De hecho, en la Biblia el verbo “comer”
(φαγετε -en griego), en lengua hebrea אָכַל (akál) (cfr. Gn 18,8;
2,16-17; 3,6; 3,11; 9,3-4; Ex 24,11; 12,8.11; 16,15.18.35; Nm 11,4-6; Dt 6,11;
8,3.10.12-14; Lv 6,16-18; 7,15-18; 10,17; Dt 12,7; 14,26; Jos 5,11-12; Rt 2,14;
1 S 14,24-30; 1 R 13,8-9.16-22; 19,5-8; 2 R 4,42-44; Pr 9,5; 13,25; 24,13-14;
Qo 2,24; 3,13; 5,18-19; 9,7; Ct 5,1; Is 55,1-2; 65,13; Jr 15,16; Ez 2,8; 3,1-3;
Os 4,10; Sal 14,4; Mi 3,3; Pr 30,20; Is 49,26) aparece 910 veces. Es uno de los
verbos más repetidos, y eso muestra algo precioso: a Dios le importa de
verdad que cada persona tenga lo necesario para vivir.
Pero aquí viene la gran pregunta: ¿Basta
el pan material para tener una vida plenamente humana? Es indispensable, sí,
pero sostiene solo la vida biológica, la que perece, la que compartimos con los
animales.
Por eso hay que vigilar esa voz del mal que habita dentro de nosotros y nos susurra: “Quédate solo con este pan, deja lo demás”. Es una trampa, porque puede llegar un día en que ya no encuentres sentido a los años que pasas en este mundo, a estos “cuarenta días” … y no son tantos, por cierto.
La tentación también le habló a Jesús:
“Sé solo un proveedor”.
Esa voz que empuja
a pensar únicamente en lo material la escuchó también Jesús. También a él se le
propuso limitarse a curar enfermos, a dar pan y pescado a los hambrientos, a
vestir las necesidades más inmediatas. En el fondo, mucha gente esperaba eso de
él: que fuese un “solucionador” de problemas, una especie de proveedor
permanente.
Muchas de las
parroquias -sobre todo en las zonas rurales- quieren tener ‘su misa’ en
‘su iglesia’; y el cura -aunque tenga cuatro o cinco o seis misas- tiene
que ir allí, pero si el presbítero invita a catequesis de adultos, a
confesarse, al ayuno, a la oración y a la limosna… únicamente tiene como
feligreses las arañas que están en los esquinazos del techo y algún ratoncito
despistado que corretea por la sacristía. El diablo dice al cura: ‘tú dales
lo que te pidan, lo que ellos te reclamen y no te preocupes de nada más’.
Jesús se dio
cuenta de que algunos, a su alrededor, lo buscaban solo por ese pan. Por eso les dijo
que no lo buscaran por el alimento que perece y que ese pan podía procurárselo
ellos con las capacidades inmensas que el Padre les había dado, porque él había
venido a traer un alimento distinto: el que permanece, el que conduce a la vida
eterna (cfr. Jn 6, 27).
Y así Jesús
responde al consejo maligno que nace de la carne con la palabra de la
Escritura: «“No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (cfr. Mt 4,
4; cfr. Dt 8, 3). El ser humano necesita el pan del Evangelio más que el pan
material. Se nos ha dado una vida que no procede solo de la tierra: viene del
cielo. Y esa vida también necesita alimento.
La Palabra de Dios
te realiza plenamente como persona
La Palabra de Dios
es la que hace pasar al hombre de una vida puramente biológica y lo introduce
en el mundo de Dios, en lo divino. Si no te alimentas de ese pan —que es la
Palabra de Dios— no te realizas plenamente como persona.
Este es el primer
engaño del que la primera parábola quiere ponernos en guardia: podemos
equivocarnos al relacionarnos con las realidades materiales, con lo que está
“debajo” de nosotros, con lo que necesita todo ser vivo para subsistir. El
error es convertirlo en el absoluto, como si fuera lo único necesario.
Y, sin embargo, no
solo podemos equivocarnos con lo que está debajo de nosotros: también podemos
equivocarnos con quien está por encima de nosotros, es decir, con Dios. Por eso
el evangelista Mateo introduce ahora la segunda parábola.
¿De quién soy hijo, de verdad?
«Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en
el alero del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está
escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y
te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al
Señor, tu Dios”».
Por segunda vez,
el maligno tienta a Jesús con la misma cuña: «Si
eres Hijo de Dios»; es decir, “Verifica tu identidad. ¿Estás
tan seguro de tener a Dios por Padre? ¿Tienes pruebas?”. Y esta pregunta,
en el fondo, es la misma que se nos plantea también a nosotros: ¿de quién soy
hijo? ¿Quién es mi padre?
Yo sé que tengo un
padre biológico: conozco a quien me dio la vida “de la tierra”, esa
vida que al final vuelve al polvo. Pero, ¿estoy tan seguro de que esa es mi
única vida? ¿Hay alguien por encima de mí o no hay nadie? ¿Tengo un Padre o
estoy solo en este universo? ¿Estoy aquí por casualidad? ¿Soy huérfano… o
existe un Padre que me ama y me acompaña —y me acompañará siempre— con su amor?
De la respuesta a
estas preguntas depende el sentido —o el sinsentido— de nuestra vida. Por eso
tenemos que tomarlas en serio. Y también tenemos que contar con esto: que
oiremos una voz maligna que nos repetirá: “Mira, tú no tienes otro padre
fuera del biológico”. Y esa voz del Satanás puede llegarnos de modo muy
real y concreto, incluso por boca de alguien que quizá cree querernos: “Déjalo.
Ese Padre del que hablas no existe”.
Cuando pedimos “pruebas”,
el amor se convierte en contrato.
La tentación
sigue: “Un padre no puede haber hecho un mundo donde hay tanto mal. Por
encima del cielo, más allá del sol, no hay nadie. A nadie le interesa tu vida.
A nadie le importa que existas”. Y entonces viene el remate: “Repliega
tu vida sobre las realidades de este mundo y deja lo que no puedes demostrar. Y
si existe un Padre, que lo demuestre: que te haga milagros, que te pruebe su
presencia y su amor”.
Y aquí el maligno
incluso se apoya en la Biblia: “Está escrito que Dios protege la vida de sus
fieles”. Cita el Salmo 91: «“Ha dado
órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu
pie no tropiece con las piedras”» (cfr. Sal 91, 11-12). Y así se
instala un modo torcido de relacionarnos con Dios: la pretensión de pruebas, la
exigencia de milagros.
La fe es
razonable, sí; si no, se convierte en credulidad. Pero la fe también es
abandono en los brazos de Aquel del que uno se sabe amado. Y quien se
sabe amado no va pidiendo pruebas, porque esa exigencia contradice el amor:
delata desconfianza hacia la persona amada. Cuando entra el “exigir
milagros”, la religión puede deslizarse hacia la superstición y la magia:
intentos, más o menos velados, de apoderarnos de Dios para que haga lo que
nosotros queremos.
Dios no es un amuleto:
no se le “maneja” con trucos.
Entonces la fe se
reduce a veces a rezos “para conseguir” prodigios, recurriendo quizá a
reliquias, a aguas supuestamente milagrosas, a objetos tenidos por sagrados,
pero vividos como si fueran poco más que amuletos o talismanes. Y si planteamos
así la relación con Dios, la vida misma termina sembrando dudas: “¿Será que
Dios no es fiel? ¿Será que no cumple lo que promete?”.
¿Quién no ha oído
—o no ha pensado— algo parecido? Creyentes desilusionados porque sus
insistentes oraciones no fueron escuchadas, y entonces sueltan: “¿Qué
sentido tiene creer si Dios no hace lo que le pido?”.
Y también Jesús pasó por esta prueba: el
Padre no intervenía para “demostrar” que él tenía razón; dejaba que los
acontecimientos siguieran su curso, como si no existiera. ¿Por qué triunfan los
malvados sobre el justo y Dios no hace nada? ¿Por qué no intervino para
desenmascarar la falsedad de Anás y Caifás? Son preguntas que los hombres de
todos los tiempos se han hecho: por qué prosperan los impíos mientras la vida
puede ser injusta y cruel con los débiles y con los justos.
Ahí está la
tentación: dejar de confiar en Dios si no da pruebas de su amor.
La respuesta de Jesús:
Fe pura, sin chantaje.
Jesús responde con
una frase neta: «“No tentarás al Señor, tu
Dios”» (cfr. Mt 4, 7; cfr. Dt 6, 16). Es una invitación a
cultivar una fe limpia, que no necesita milagros para sostenerse. Jesús nos
muestra cómo vivir los acontecimientos alegres y los tristes —incluso los
dramáticos— sin dejarnos devorar por la sospecha de que Dios no es fiel a su
amor.
Jesús no dudó
nunca del amor del Padre, ni siquiera en los momentos más duros. Incluso en la
cruz, cuando gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(cfr. Sal 22, 2), terminó confiándose: “En tus manos encomiendo mi espíritu”
(cfr. Lc 23, 46). Es el testimonio de una fe total en el amor del Padre.
Le exigían un signo
Cuando
el desierto se alarga,
nos
cansamos de caminar
En Masá se ve una
tentación muy nuestra: cuando el desierto se hace largo, no solo se nos seca la
garganta; se nos seca la paciencia. Y entonces el corazón pone condiciones: “Yo
sigo… si Dios se manifiesta. Si se nota. Si me lo demuestra”. Si no,
aparece la nostalgia tramposa: “Casi mejor volver a Egipto”. Y la Biblia
lo dice sin maquillaje: prefieren la seguridad conocida, aunque sea esclavitud,
antes que una libertad que exige confiar (cfr. Ex 16,3; cfr. Nm 14,2-4).
Fe
por contrato:
“yo
te sigo si tú me explicas”
Ahí se activa el
mecanismo: dejamos de pedir como hijos y empezamos a exigir como clientes. Como
si dijéramos: “Señor, yo te sigo… pero antes explícame todo. Hazme un
informe. Pasa por una comisión de investigación y aclárame por qué me pasa esto”.
Y como no aceptamos nuestra propia historia —sufrimientos, penas, dolores,
pérdidas, muertes—, el tentador nos propone un trato: un chantaje espiritual.
“Dios, cámbiame los planes y entonces creeré”. Es decir: “Reescríbeme la
vida a mi medida y ya confiaré”.
La
frase que envenena:
“Dios
lo estropea todo”
Y esa voz mete una
idea corrosiva: “Dios no sabe hacer las cosas bien. Lo que toca, lo estropea”.
Cuando esa frase se instala, ya no es solo dolor: es acusación. Ya no digo “esto
me cuesta”, sino “Dios es el problema”.
De
la palabra a los golpes:
Incluso
Moisés se desborda
Por eso ayuda mirar a Moisés. En otro episodio de “agua de la roca”, Dios le dice claramente: “Habla a la roca” (cfr. Nm 20,8). Pero Moisés, saturado, golpea la roca (cfr. Nm 20,11), en hebreo se dice así: La expresión clave “hablad a la roca” וְדִבַּרְתֶּם אֶל־הַסֶּלַע.
El texto nos
advierte: cuando estamos al límite, podemos pasar de la confianza a la
brusquedad; de la relación a la exigencia; de la palabra a los golpes.
La
pregunta que lo decide todo
Y ahora la
pregunta es muy concreta: ¿qué hechos de tu vida no aceptas? ¿Qué parte
de tu historia te empuja a pedir pruebas, a exigir explicaciones, o a “negociar”
con Dios? Recuerda esto: si Dios ha permitido algo, no es para hundirte, sino
para abrir —de un modo misterioso, pero real— un encuentro contigo
precisamente ahí, donde más te cuesta confiar.
Y ahora viene la tercera parábola, que nos pone en guardia no ya sobre nuestra relación con las cosas materiales, ni sobre nuestro modo de relacionarnos con Dios, sino sobre cómo nos relacionamos con quien tenemos al lado: con nuestro hermano.
El mundo te propone una lógica…
y suena “realista”.
«De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le
mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me
adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces
lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían».
“Vaya mundo”.
Es una expresión que también nosotros usamos cuando miramos lo que pasa
alrededor. Y solemos describirlo así: cada uno busca lo que le conviene,
cada uno hace lo que le apetece; los jefes de las naciones están
corrompidos, miran su interés o, como mucho, el interés del propio pueblo,
pactan con los enemigos de la nación para asegurarse en sillón del poder…. “En
el mundo las cosas van así: o compites o te pisan. Si no luchas, te pasan por
encima”.
El
maligno nos ofrece sus consejos
En un mundo
gobernado por esa lógica de competencia, aparece el maligno y ofrece sus
“consejos” para triunfar, para hacerse grande, para dominar. Y también intentó
dárselos a Jesús: “Si me adoras, tendrás éxito, conquistarás el mundo”.
Es decir: “Si aceptas mis órdenes, si sigues mis indicaciones, tendrás
poder. Porque aquí el grande es el que conquista el poder, el que manda, el que
domina. Yo te enseño cómo se gana… porque el mundo lo tengo en la mano”.
No
mires a nadie a la cara y písalo sin dudarlo
Y hasta se apoya
en una frase durísima de la primera carta de Juan: “El mundo entero yace
bajo el poder del maligno” (cfr. 1 Jn 5,19). Y entonces la tentación se
hace muy concreta: “No mires a nadie a la cara. No te enternezcas con el que
sufre o con el pobre. Piensa en ti. Y si hace falta aplastar al más débil… pues
se aplasta. Si manejas finanzas o economía, piensa solo en la ganancia. Explota
la creación, contamina, devasta, desperdicia recursos. No te preocupes por las
generaciones futuras. En el mundo se gana así. El poder se alcanza así.
Escúchame… o serás un fracasado a los ojos del mundo”.
Y claro, Jesús no lo escuchó… y acabó en la cruz.
La tentación del poder:
Dominar o servir.
Esta es la tercera tentación: la del poder, la del dominio sobre los demás. La elección que se le presenta a Jesús es clara: dominar o servir; competir o hacerse solidario; aplastar o considerarse servidor. Y esa alternativa está también delante de nosotros: escuchar al maligno y “tener éxito”, o seguir al Espíritu y parecer perdedores a los ojos del mundo.
Jesús corta por lo sano:
Dios no se negocia.
¿Cómo responde
Jesús? Con una frase tajante: «Vete, Satanás,
porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”»
(cfr. Mt 4,10; cfr. Dt 6,13). Jesús no era un ingenuo sin capacidades. Tenía
dotes de sobra para destacar, para imponerse, para alcanzar poder político o
religioso: era inteligente, lúcido, valiente, y tenía un ascendiente
impresionante sobre las multitudes. Podía “triunfar”, sí… con una condición: que
adorara a Satanás, es decir, que se ajustara a los principios de este mundo:
entrar en competencia, usar la fuerza, el engaño si hiciera falta, pactar con
los poderosos y utilizar sus métodos. Adorar a Satanás es aceptar los criterios
de este mundo como las normas del juego.
Pero Jesús elige
lo contrario: lo que dicta el Espíritu, no el maligno. Se hace servidor. Es
el Cordero que inaugura el Reino de todos los que se hacen corderos con él:
dispuestos no a quitar la vida, no a dominar, sino a dar la vida por amor, a
hacerse servidores.
Y aquí está la
sentencia final, que nos coloca frente al espejo: solo quienes se hacen
corderos con el Cordero —Jesús de Nazaret— son verdaderamente humanos. Porque,
en el fondo, ser humano significa amar.
Y ahora la pregunta incómoda, pero honesta: ¿en qué terreno concreto de nuestra vida nos tienta más esa lógica del “éxito” que pide dominar… en vez de servir?
Adorar a Satanás es aceptar
sus reglas como “lo normal”.
Cuando el tentador le dice a Jesús: “Adórame” (cfr. Mt 4,9), no le está pidiendo que se arrodille ante una estatua con cuernos. Le está proponiendo algo más fino: acepta los criterios de este mundo como si fueran las normas del juego. En otras palabras: “Si quieres que te vaya bien, juega como juegan todos: poder, imagen, éxito… y, sobre todo, la gran divinidad moderna: el dinero”.
El becerro de oro:
Cuando la espera se nos hace insoportable.
Esto ya lo conocía Israel. Moisés fue llamado a la cima del Monte Sinaí para recibir las tablas de la Ley (cfr. Ex 24,12; cfr. Ex 31,18) escrita por el dedo de Dios (cfr. Jn 8, 6.8). Pero como Moisés tardaba en bajar, el pueblo se impacientó: “No sabemos qué le ha pasado” (cfr. Ex 32,1). Y en vez de sostener la confianza, buscaron un “dios” manejable: se hicieron un becerro de oro y lo adoraron (cfr. Ex 32,2-6). Aquel becerro era símbolo de poder, de fecundidad, de éxito… y también del brillo que da el dinero, que parece que lo puede todo. Era como decir: “Necesitamos algo visible, seguro, que podamos controlar. Con esto sí que contamos”.
Y fíjate qué
actual suena: cuando la vida tarda en aclararse, cuando Dios no responde a
nuestro ritmo, cuando los planes se retrasan… aparece la tentación de
fabricarnos un ídolo.
El ídolo no es “tener”:
Es “apoyar la vida” en eso.
Nosotros también
nos hacemos nuestros becerros de oro, solo que con mejor marketing. A veces no
los llamamos ídolos: los llamamos “seguridad”, “estabilidad”, “bienestar”.
Y empezamos a “diseñar” cómo tendría que ser Dios: un Dios que me proteja
los negocios, que me asegure prosperidad, que haga que todo salga bien y
acabemos felices y comamos perdices. Y si algo se tuerce, entonces nos
enfadamos: “¿Para qué sirve Dios?”. En el fondo, lo que se rompe no es
la fe: es el contrato que habíamos imaginado.
La mentira grande:
Creer que el dinero salva la vida.
El mundo puede acabar con una mentalidad mezquina: pensar que lo que salva es tener una pensión garantizada, pisos alquilados, una cuenta saneada, un colchón “por si acaso”. Y ojo; ahorrar, trabajar, prever, es sensato. Pero cuando eso se convierte en el eje, en la columna vertebral, ya no es prudencia: es adoración. Y lo curioso es que el becerro de oro siempre pide más: hoy “un poco”, mañana “un poco más” … y pasado mañana la paz interior ya cotiza en bolsa.
¿Cuáles son las columnas de tu vida?
Si tuvieras que
señalar tus “pilares”, ¿cuáles serían? ¿Qué cosa podría desestabilizarte por
completo si la perdieras? ¿Qué pérdida te haría decir: “ya no sé quién
soy”? Porque ahí, precisamente ahí, suele estar nuestro becerro de oro
escondido.
Y la respuesta de
Jesús nos recoloca: «Al Señor, tu Dios,
adorarás y a él solo darás culto”» (cfr. Mt 4,10; cfr. Dt 6,13).
Es decir, lo demás puede ser importante, pero no puede ser Dios. Solo
Dios merece el centro, porque solo Él no se cae, no fluctúa, no te promete una
cosa hoy y te la quita mañana.






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