Homilía
del Domingo VI del Tiempo Ordinario, ciclo a
Mt 5, 17-37 «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de
cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».
Hay una pregunta
que aparece muchísimo —en creyentes y en no creyentes— cuando se asoman al
Antiguo Testamento: “Pero… ¿cómo pueden ser Palabra de Dios ciertas páginas?”.
Páginas donde asoma la violencia, donde se respira dureza, donde incluso parece
que a Dios se le cuelgan acciones u órdenes que no encajan con lo que después
veremos en Jesús de Nazaret. Y entonces viene el impulso de borrón y cuenta
nueva: “Esto habría que quitarlo”. Como si por un lado estuviera Moisés con la
Torá y, por otro, Jesús viniendo a desmentirlo todo. Pero así lo entendemos
mal.
La Biblia no es un bloque caído del cielo:
Es un camino de Dios con su pueblo.
Para algunos —y
así lo vive el judaísmo— el Antiguo Testamento es la última palabra definitiva
que Dios dijo a su pueblo: “Ya está todo dicho; no hay nada que añadir”.
Y desde esa lógica se tiende a leerlo de modo literal, como quien dice: “Aquí
pone esto, pues se hace esto”. No puedo comerme unas buenas morcillas de
Burgos porque el alma del cerdo (que está en la sangre) entraría dentro de mí;
dicho en broma, en algunos no se les notaría mucho. Algo parecido —solo como
comparación— a la idea de un texto definitivo que no necesita interpretación,
sino cumplimiento.
El Antiguo Testamento no es un “código penal”:
Es una historia de maduración.
Los cristianos nos
acercamos de otro modo. Para nosotros, el Antiguo Testamento no es, ante todo,
un “código cerrado” para cumplirlo al milímetro, como si fuera el manual de
instrucciones de un electrodoméstico (y aun así, reconozcámoslo, a veces ni el
manual lo entendemos a la primera). Es el relato de un camino; el recorrido
largo y trabajoso de maduración espiritual de Israel. Dios fue educando a su
pueblo con los patriarcas, con la palabra de los profetas, con la oración de
los salmistas, con la sabiduría de quienes fueron acompañando al pueblo a lo
largo de los siglos.
Y lo educó también
en la vida real; en una historia con guerras, injusticias, tentaciones e
infidelidades. Estos libros nos cuentan cómo Israel fue descubriendo, paso a
paso, el verdadero rostro de Dios, y al mismo tiempo cómo fue comprendiendo qué
significa ser un hombre auténtico.
Por eso no nos
debería sorprender la “progresividad”. Al inicio, Israel atribuye a Dios rasgos
que se parecen a los de otras divinidades del antiguo Oriente: un Dios guerrero
que pelea al lado de su pueblo, un aliado fuerte, un legislador, un juez severo
que castiga al que rompe la norma. Esa era la manera de pensar de la época, el
lenguaje religioso con el que se movían. Pero Israel no se queda ahí: poco a
poco va descubriendo un rostro más tierno. Lo reconoce como pastor, como
enamorado, como esposo, como padre. Es un descubrimiento gradual del Dios vivo.
Jesús no viene a tachar páginas:
Viene a encender la luz plena.
Y aquí está lo
decisivo: Jesús no vino a desmentir el camino espiritual de su pueblo, como si
dijera “todo eso estaba mal”. Vino a llevarlo a su cumplimiento, a
encender la luz plena sobre el rostro de Dios y sobre el rostro del hombre
verdadero. En el Calvario aparece con claridad total la belleza de Dios:
Dios es amor y solo amor. Más grande que esa revelación ya no se puede ir: no
existe un amor mayor que el de quien entrega la vida.
Y lo mismo sucede
con la imagen del hombre. En la Biblia aparecen comportamientos morales que, al
comienzo, se parecen a los de otros pueblos. Pero hay maduración. La Torá
señala una dirección justa: no matar, no robar, no cometer adulterio,
honrar al padre y a la madre. Son indicaciones bellas y verdaderas. Jesús no
podía desmentirlas, claro. Pero tampoco se detuvo ahí: nos mostró el
horizonte último, que es el amor sin condiciones, la disponibilidad a dar
la vida incluso por el enemigo. Más allá de ese amor no se puede ir.
De “no hagas esto” a “ama así”:
El salto cristiano.
Pensemos en un
ejemplo sencillo: Cuando uno es pequeño, aprende reglas básicas para no hacerse
daño y no dañar a los demás: “no cruces en rojo”, “no metas los dedos
en el enchufe”, “no pegues”. Es bueno y necesario. Pero, si ya somos
adultos, no nos basta con “no hacer el mal”: se nos invita a dar un paso
más, a aprender a amar de verdad, a elegir el bien, a cuidar, a perdonar. No es
que lo primero estuviera mal; es que era el comienzo de un camino. Algo
parecido pasa con la pedagogía de Dios en la historia.
Así que el
Antiguo Testamento tiene un objetivo que es ser una preparación necesaria para
comprender y acoger la luz plena que trae Jesús de Nazaret. Y ahora podemos
preguntarnos, con sinceridad: cuando leemos esas páginas difíciles, ¿las usamos
como excusa para “tachar” la Biblia… o nos dejamos educar por el camino que
conduce a la plenitud del amor? Aún recuerdo lo que me decía un amigo: Si
tuviéramos que arrancar hojas de la Biblia porque nos resultasen molestas o
incomprensibles, nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.
Jesús no viene con una excavadora:
Viene con una lámpara.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En
verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse
hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los
preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos
importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será
grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es
mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos»
En un momento
decisivo de su vida pública, Jesús sintió la necesidad de poner las cartas
sobre la mesa respecto al Antiguo Testamento. Y lo dijo con una frase que corta
el aire: «No creáis que he venido a abolir la
Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud».
¿Por qué algunos
pensaban que él estaba “demoliendo” las Escrituras? La razón es
sencilla: Jesús empezó a hablar del Reino de Dios de una forma que descolocaba
a muchos. Lo habíamos oído estas semanas: “Felices los pobres, los mansos,
los que lloran, los perseguidos…” (cfr. Mt 5, 3-12). Y, claro, eso no era
lo que gran parte de Israel esperaba escuchar.
Ellos aguardaban un reino glorioso, un Israel
rico, fuerte, poderoso, por encima de los demás pueblos. Y lo importante es
esto: no era una fantasía improvisada. Esas esperanzas se habían alimentado
durante siglos con textos que hablaban de pueblos y reyes trayendo regalos y
tributos, como signo de reconocimiento y grandeza (cfr. Sal 72). También Isaías
imagina a Jerusalén con las puertas abiertas “día y noche” para que
entren las riquezas de las naciones, con reyes extranjeros al servicio de ese
plan (cfr. Is 60). Con ese horizonte en la cabeza, cuando llega Jesús diciendo
“grande es el que sirve”, es normal que a muchos les saltaran las
alarmas.
Dios cumple sus promesas…
pero suele romper nuestros cálculos.
Parecía que Jesús
les estaba dando la vuelta a sus expectativas: grande no es el que domina,
sino el que sirve; no el que sube aplastando, sino el que baja para
levantar. Y los primeros en quedarse escandalizados —casi siempre pasa así—
no fueron “los de fuera”, sino los de casa: sus propios discípulos.
Incluso Juan el Bautista, que lo había anunciado, llega a quedarse
desconcertado. Jesús le manda un mensaje, como diciendo: “No te tropieces
conmigo; hay que entender bien estas Escrituras”. Dios cumple sus promesas,
sí… pero con una profundidad que desborda lo que nosotros imaginábamos.
Es como cuando tú te montas una película
mental perfecta y la realidad no sigue tu guion. Y descubres que el problema no
era la realidad: era tu guion. Con Dios pasa mucho: no es que no cumpla; es que
cumple “más grande” y “más hondo”.
Ni una yota se pierde:
el cumplimiento sorprende.
Por eso Jesús
insiste con una imagen contundente: «En
verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse
hasta la última letra o tilde de la ley».
Y aquí conviene
entender bien la expresión: la palabra yota alude a la letra griega ιώτα
(ióta), famosa por su tamaño diminuto. Y, en el trasfondo
hebreo, la idea se comprende también en referencia a la י (yod), la
letra más pequeña del alfabeto hebreo. Luego Jesús añade “ni un trazo”
(a veces traducido como “tilde” o “apéndice”): ese pequeño rasgo gráfico
que, siendo mínimo, distingue una letra de otra. Es decir, la Palabra de
Dios no se anula, no se borra, no se cancela: ni lo más pequeño queda en el
aire. Todo se realiza… pero de un modo que no esperábamos.
Y, a la vez, Jesús afirma algo que puede
sonar provocador: llama “mínimos” a los preceptos del Antiguo Testamento. No
porque sean falsos, sino porque son mínimos comparados con lo que él está a
punto de proponer. Reconoce que existe una justicia real y buena: la de los
escribas y fariseos, la de quienes practican con sinceridad los mandamientos.
Pero añade: hace falta ir más allá.
Lo mínimo te hace correcto;
el Reino te hace nuevo.
Jesús viene a
decirlo sin anestesia: “Si os quedáis en esa justicia, os quedaréis siendo
buenos judíos… pero no habréis puesto ni un pie en el mundo nuevo, en el Reino
de Dios que yo inauguro”. Es fuerte, sí, pero es clarísimo: no basta con
“cumplir”; hay que entrar en una vida transformada.
Pensemos en un
ejemplo sencillo. Es como conformarse con “no suspender” una amistad: no
insulto, no traiciono, no hago daño… perfecto. Pero una amistad verdadera no se
sostiene solo con “no hacer el mal”. Vive de un paso más: cuidar, escuchar,
perdonar, ponerse en el lugar del otro. Eso no contradice lo primero; lo lleva
a su plenitud. Pues así plantea Jesús el salto: del mínimo correcto al
horizonte último del amor.
Entonces introduce seis ejemplos
concretos de ese “salto hacia delante” que es necesario dar: el Antiguo
Testamento señaló la dirección, y ahora Jesús va a mostrarnos el horizonte
final, más allá del cual ya no se puede ir. ¿Estamos listos para aceptar el
primer paso?
La vida no se negocia:
“no matarás” sin letra pequeña.
«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y
el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo:
todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si
uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si
lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna”
del fuego».
«No
matarás». Este es uno de los Diez Mandamientos. Y tal como está
formulado este mandamiento en hebreo, no admite excepciones.
En hebreo bíblico
hay dos partículas muy frecuentes para negar, y no suenan igual: אַל (ál)
y לֹא (ló).
Dicho sin
tecnicismos: אַל (ál) suele aparecer en prohibiciones más exhortativas o
puntuales, del tipo “no lo hagas ahora”, “no te metas ahí”, “no
vayas por ese camino… en este momento”. Suena a advertencia inmediata, como
cuando estás a punto de contestar con el calentón a un mensaje y alguien te
frena: “¡No, no respondas así ahora! Respira y luego hablamos”. Es un
“no” que te protege del impulso.
En cambio, לֹא
(ló) es la negación del lenguaje más estable y normativo: marca un “no” de
fondo, sin fecha de caducidad. No es “no lo hagas hoy”; es “esto no se hace”.
Sería como esos límites que definen una vida humana: “no se roba”, “no
se traiciona”, “no se juega con la dignidad del otro”. No dependen
del día que tengas ni de cómo te hayan hablado.
Por eso, cuando el mandamiento dice “no
matarás”, la fórmula hebrea es לֹא תִּרְצָח (ló tirtsáḥ). Es
decir: “tú no matarás” sin letra pequeña, sin “salvo en tal caso”, sin
“depende del contexto”. Es un límite absoluto.
La vida del hermano es sagrada:
Es la imagen de Dios.
Este mandamiento
se recuerda varias veces en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el Génesis,
después del diluvio, Dios dice que pedirá cuentas de nuestra sangre, es decir,
de nuestra vida: pedirá cuentas a todo ser viviente y pedirá cuentas al hombre
por la vida del hombre, a cada uno por su hermano, porque el ser humano ha sido
hecho a imagen de Dios (cfr. Gn 9).
La imagen es potentísima: como un
alfarero, Dios, con el polvo de la tierra, se ha “hecho” su estatua. En el
mundo, la “estatua” de Dios es el ser humano. No hay otra imagen más
sagrada. Por eso —viene a decir el texto— esa estatua no se toca. Hasta ahí ha
llegado el Antiguo Testamento: a proteger la vida con una seriedad total.
Jesús no contradice:
te muestra el salto del Reino.
Y entonces Jesús
introduce su palabra: «Pero yo os digo».
En griego lo expresa así: «ἐγὼ δὲ λέγω ὑμῖν»; “ahora bien, yo os
digo a vosotros…”
Atención, porque
si lo traducimos mal puede parecer que Jesús está enfrentando su palabra a la
Escritura. Pero el sentido no es “yo contra la Ley”, sino “ahora os muestro
el paso adelante”. No viene a demoler lo anterior, sino a llevarlo a
plenitud: a enseñarnos qué significa de verdad vivir según el Reino.
Y aquí viene el
salto: Jesús presenta dos ejemplos de cosas que quizá no se consideraban
“homicidio” según una lectura mínima, pero que para él ya lo son.
Hay homicidios sin sangre:
La ira también mata por dentro.
El primero es la
ira:
quien se irrita contra su hermano. Eso, para Jesús, puede ser ya una forma de
homicidio. ¿Qué entiende por ira? La conocemos bien. Es una pulsión que Dios ha
puesto en nosotros y puede ser valiosa: ante el mal y la injusticia, despierta
rechazo, protesta, energía para defender el bien. De hecho, quien nunca se
indigna ante el mal… quizá debería preguntarse si todavía ama de verdad.
La
ira divina y la ira humana.
En la Biblia se
habla muchas veces de la ira de Dios. Eso significa que Dios no es indiferente
frente al mal: si lo fuera, no amaría. También el Bautista menciona esa ira.
Pero la ira de Dios no es capricho ni violencia: es su amor actuando para
salvar.
¿Cuál es el
problema? Que nuestra ira se nos escapa con facilidad. Se transforma en odio
y desemboca en agresión, en violencia contra el hermano. Esto a Dios no le
sucede: su “ira” es el impulso que lo mueve a intervenir para rescatar al
hombre del mal. Nosotros, en cambio, desde pequeños tenemos que aprender a
gobernar esa fuerza. Es muy bello lo que dice la carta a los Efesios: «Si os
dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo
no dure más allá de la puesta de sol» (cfr. Ef 4, 26).
La ira debería
dirigirse contra el mal, no contra la persona. Pero nosotros caemos muchas veces
en el error de identificar el mal con quien lo comete. Pensamos que eliminamos
el mal eliminando a la persona. Y a veces ni siquiera hace falta tocarla
físicamente: en el corazón ya la hemos “matado”. “Qué bien estaría el
mundo si esta persona no existiera…”. Eso ya es homicidio interior, porque
por dentro hemos querido borrarla. Por eso dice Jesús: vigila la ira, porque
puede llevarte al homicidio.
La lengua también mata:
insultar es “borrar” al hermano.
El segundo ejemplo
es el insulto:
quien le dice a su hermano רֵיקָא (reqá), “cabeza vacía”;
quien lo llama נָבָל (navál), “necio”, “idiota”. Son
homicidios con la lengua. Porque se mata con la lengua: con chismes,
maledicencias, calumnias, inventando cosas contra el hermano… y a veces incluso
diciendo verdades que no construyen. Hay verdades que, dichas sin amor, no
curan: hieren.
Por eso hay que
vigilar la lengua, porque también con la lengua se mata. Lo decimos incluso
nosotros: mata más la lengua que la espada. Y, por desgracia, cedemos a
menudo a estas pulsiones homicidas.
De ahí la
necesidad de la reconciliación con el hermano. Y para Jesús esa
reconciliación tiene prioridad absoluta. Para que nos entre de verdad, recurre
a una imagen paradójica.
La reconciliación no se deja para después:
va primero.
«Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el
altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja
allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y
entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te
pone pleito, procura
arreglarte enseguida, mientras vais todavía
de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te
metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas
pagado el último céntimo».
Los rabinos habían
llegado a fijar que la oración no podía interrumpirse… ni siquiera si una
serpiente se te enroscaba en la pierna. Imagínatelo: tú rezando con toda
devoción y la serpiente haciendo de “tobillera” viva. Pues bien: Jesús usa una
imagen todavía más paradójica para que entendamos la prioridad absoluta de la
reconciliación.
Dice, en esencia:
“No solo puedes interrumpir la oración: debes interrumpir incluso el
sacrificio que estás ofreciendo en el templo para ir primero a reconciliarte
con tu hermano”. Es como si dijera: “Detén lo más sagrado que estás
haciendo, porque hay algo sagrado que no puedes pisotear: la comunión con el
hermano”.
No es “tengo algo contra ti”:
es “tú tienes algo contra mí”.
Ahora bien,
conviene entender con precisión qué está pidiendo Jesús. No dice: “si tú
tienes algo contra tu hermano”. Porque puede pasar que alguien me haya
hecho daño; yo no debo guardar rencor, y si un día necesita ayuda, yo estoy
llamado a ayudarle… aunque por dentro todavía me cueste y “algo” me quede.
Jesús apunta a
otra situación más exigente: «de que tu
hermano tiene quejas contra ti», es decir, si has sido tú
quien le ha hecho un agravio. Entonces no hay escapatoria piadosa: debes
interrumpir incluso el sacrificio del Templo y salir al encuentro para
reconciliarte. En otras palabras; no se trata de poner buena cara a la liturgia
mientras dejamos una herida abierta que nosotros mismos causamos.
La vida es camino:
Reconcíliate mientras hay tiempo.
Y por eso añade la
urgencia: «Con el que te pone pleito, procura
arreglarte enseguida». Fíjate en la palabra: un hermano que, por
los daños y las heridas, se ha convertido en “adversario”. Y Jesús
remacha; «mientras vais todavía de camino».
El “camino”
es nuestra vida. El Nuevo Testamento insiste en que aquí estamos de paso: esta
no es una morada definitiva; somos peregrinos. Y, en ese peregrinar, puede
suceder lo más triste y lo más común: que el hermano termine siendo rival.
Jesús dice: “no esperes”. No lo dejes para “cuando se me pase”,
para “cuando haya un momento”, para “cuando el otro cambie”.
Hazlo pronto, mientras todavía estás a tiempo de caminar hacia el otro.
Para que nadie
piense que esto es solo una frase bonita, basta mirar a los primeros
cristianos. En la comunidad de Antioquía de Siria circulaba un librito muy
antiguo, la Διδαχή (didajé), que lo dice sin rodeos: si el domingo estás en
discordia con alguien, no te unas a la comunidad hasta haberte
reconciliado, para que el sacrificio no quede “contaminado”. Si hay
rencor entre hermanos, algo se ensucia en la ofrenda de todos.
Y dos siglos
después, por aquella misma zona, un obispo daba a sus compañeros un consejo muy
práctico. Como ellos eran quienes solucionaban los conflictos de la comunidad,
les decía: “pronunciad las sentencias el lunes; así tendréis hasta el sábado
para arreglar los desacuerdos, y el domingo podréis reuniros reconciliados para
la Eucaristía”.
En el fondo, Jesús
nos está diciendo esto: no me traigas un culto impecable con relaciones rotas.
Primero el hermano. Primero la paz. Y entonces, sí: la celebración respira de
verdad.
El adulterio no empieza en la cama,
empieza en el corazón.
«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero
yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya
ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo.
Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano
derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un
miembro que ir a parar entero a la “gehenna”».
Jesús da un
segundo paso, muy incómodo y muy liberador. «Habéis
oído que se dijo: “No cometerás adulterio”». La Torá llamó
adulterio a toda relación sexual fuera del vínculo conyugal, y no por
puritanismo, sino por una convicción grande.
Dios quiso que el
amor entre esposo y esposa tuviera el sello de lo único, lo total, lo fiel, lo
definitivo. No es un capricho divino ni una norma para fastidiarnos la
vida. Es que el amor, si es amor, tiende a ser entero. Cuando se parte, cuando
se negocia a trozos, no “madura”. Se encoge. El adulterio no hace crecer. Hace
retroceder. Deshumaniza.
La pregunta,
entonces, nos pone nerviosos. ¿Basta con “no hacerlo” para quedarnos tranquilos?
Para quien se contenta con lo mínimo, sí. Para Jesús, no.
«Pero yo os digo». Y aquí conviene
respirar, porque Jesús no vive una santidad de cuello rígido, como si la pureza
consistiera en caminar por la vida mirando al suelo para no “ver a nadie”. Él
se relaciona con las mujeres con libertad, con respeto, con cercanía, y con un
corazón limpio. El problema no es mirar. El problema es el “para qué”
de la mirada.
El problema no es el deseo,
es la posesión.
Cuando Jesús habla
de mirar para desear, no está demonizando el deseo humano como si fuera sucio.
Señala otra cosa, mucho más fina. Señala el deseo como posesión. Esa mirada
que, sin decirlo, piensa “esto me lo quedo”, “esto lo consumo”, “esto
me lo merezco”. La mirada que reduce a la persona a objeto, como si
el otro fuese un producto y no un rostro. Ahí empieza el adulterio, en
la conciencia, antes de cualquier gesto exterior. Esa es la justicia superior
del Reino. No se queda en la letra. Llega al corazón. Porque el Reino no se
construye solo con manos correctas, sino con corazones verdaderos.
El ojo, la mano y el pie.
Tres lugares donde se decide si amamos
o nos apropiamos.
El ojo.
La pureza de la mirada no es “no mirar”,
es mirar sin poseer.
Jesús no nos pide
una vida con los ojos cerrados, como si la santidad fuera ir por el mundo como
un GPS averiado que solo dice “recalculando”. Lo que Jesús quiere es
pureza en la mirada. Y pureza no significa falta de deseo, sino libertad
interior.
Porque “ver” puede
convertirse en otra manera de poseer. Y esto se nota especialmente en el campo
de la sexualidad. Hay miradas que no contemplan, sino que devoran, y hay otras
miradas “que matan”. Porque hay francotiradores que no precisan de un
rifle de precisión. No se acercan a una persona como a un misterio sagrado,
sino como a un objeto disponible. La persona deja de ser “tú” para
convertirse en “algo para mí”. Por eso Jesús va a la raíz y sitúa el
adulterio en el corazón antes de cualquier gesto exterior.
«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido
adulterio con ella en su corazón». Y cuando habla del “ojo
que escandaliza”, no está invitando a la mutilación, sino a sanar el
criterio interior que nos hace tropezar.
Y cuando
especifica «ojo derecho», no
está haciendo anatomía, está haciendo teología con una imagen. En la Biblia, la
“derecha” suele simbolizar fuerza, primacía y honor. La “diestra” es lo más
valioso, lo más eficaz, lo que uno considera imprescindible (cfr. Ex 15, 6; Sal
118, 16; Mt 25, 33). Jesús está diciendo que, si incluso lo que tú
consideras tu punto fuerte se convierte en tropiezo, tendrás que soltarlo.
El Reino vale más que nuestras “ventajas”.
La mano.
Fue hecha para
servir,
no para agarrar.
La mano, en el
lenguaje bíblico, representa lo que hacemos. Y aquí Jesús nos coloca delante
una verdad muy concreta. La mano está hecha para ayudar al hermano, no para
aprovecharse del hermano. Para sostener, no para manipular. Para entregar, no
para retener. Por eso la Escritura pide trabajar «para tener qué compartir
con el necesitado» (cfr. Ef 4, 28), y por eso Jesús habla de cortar lo que
conduce al mal como un modo de proteger la vida entera.
Y aquí viene una
frase que resume mucho. Todo aquello que no entregamos al Señor termina
pudriéndose. No porque Dios sea vengativo, sino porque cuando retenemos lo
que debía circular, se corrompe. Es como el agua estancada. No hace falta que
nadie la maldiga. Se pudre sola.
Por eso el
desierto es una escuela brutalmente pedagógica. El maná se recibía día a día. Y
algunos israelitas, por miedo o avaricia, quisieron guardar más de la cuenta,
como si Dios fuera a fallarles mañana. ¿Qué pasó? Que lo acumulado se llenó de
gusanos y se pudrió (cfr. Ex 16, 19-20). No fue un “castigo teatral”.
Fue una lección espiritual. Cuando conviertes el don en posesión, el don pierde
su sabor, su frescura, su vida. Lo que debía ser alimento se vuelve basura.
El pie.
La conducta marca el
rumbo
y la comunidad paga
el precio.
Aquí conviene
precisar un detalle. Es Mateo quien no menciona el pie en este punto.
Quien sí lo menciona es Marcos, y lo hace con fuerza, porque el pie
representa el rumbo de la vida, por dónde caminamos y hacia dónde nos están
llevando nuestros pasos (cfr. Mc 9, 45).
Y aquí la Biblia
nos da un ejemplo muy serio. Israel perdió la batalla en Ay no porque Dios se
“enfadase” como un niño, sino porque alguien había tomado para sí lo que estaba
destinado al anatema. Fue un gesto privado y escondido, pero con consecuencias comunitarias.
La Escritura lo cuenta con crudeza. Aquello “contaminó” al pueblo y trajo
derrota hasta que se afrontó la verdad (cfr. Jos 7, 1.11-12). Recordemos cómo
Acán, hijo de Karmí, hijo de Zabdí, hijo de Zeraj, de la tribu de Judá, se
apropió de lo consagrado al exterminio y las cosas se le torcieron a él y a
toda la comunidad del Pueblo de Israel ya que, a causa de esto, los israelitas
perdieron una batalla -la cual era sencilla de vencer- y terminaron una derrota
sin precedentes. Y Acán terminó apedreado, quemado y cubierto de piedras. Acán
tomó el rumbo de enriquecerse y de apropiarse de lo que no era suyo.
Y Acán hay muchos,
son aquellos que se enriquecen, roban, se aprovechan de altas comisiones, cuando
hay malversación de fondos públicos, se mueven por favoritismos e influencias…
y las infraestructuras de ferrocarriles, carreteras, cauces de ríos, así como
toda la sanidad pública, el campo… quedan desamparadas. Alguno ha dicho que la
corrupción mata, y es cierto, que se lo digan a esos «treinta y seis mil
hombres» israelitas y a aquellos que han perdido la vida hace pocos días en
esta única gran nación española, a los tractoristas -el campo- que está en pie
de guerra por medidas políticas injustas, a la sanidad pública que se
manifiesta con huelgas por la mala administración de sus altos responsables… Y
recordemos que Acán no tuvo una amnistía. Los ‘Acán’ salen mucho en las
noticias del parte -telediario-. No olvidemos que todos podemos llegar a
degradarnos y ser como Acán.
Este detalle es
importantísimo para la vida cristiana. El pecado no es solo “mi asunto”.
Hay decisiones que parecen pequeñas y secretas, pero rompen por dentro el
aire común. La comunidad se debilita cuando alguien vive con doble fondo. Y
lo dramático es que, muchas veces, el que se apropia de lo que no es suyo se
convence de que “no pasa nada” porque nadie lo sabe. Pero el daño ya
está hecho. El pie ha salido del camino y el pueblo entero tropieza.
La gehenna es la imagen de
una vida tirada al vertedero.
Jesús usa una
imagen cruda. Habla de la gehenna (γέεννα) (géenna) como
advertencia sobre la ruina total a la que conduce un camino no corregido (cfr.
Mc 9, 43-48). La γέεννα remite al “valle de Hinón”, גֵּי־הִנֹּם (gê hinnóm),
asociado al lugar de desechos donde lo inútil se amontonaba y se quemaba
para eliminarlo completamente. Jesús no quiere una vida tirada al
vertedero. Por eso dice que es preferible perder lo que te impide vivir de
verdad antes que perderte a ti mismo.
Y remacha con el
final de Isaías, con una frase que no se olvida: «Donde el gusano no muere y
el fuego no se apaga» (cfr. Is 66, 24). Isaías describe la destrucción
total con dos figuras, la putrefacción y la cremación.
Jesús no está
montando un espectáculo para asustar con un castigo caprichoso después de la
muerte. Está poniendo delante una alternativa real. O entramos con él en la
vida plena, o terminamos en la ruina total, en una existencia desperdiciada por
no haber sabido renunciar a tiempo a lo que la degradaba.
Y aquí la pregunta
deja de ser teórica. ¿Qué mirada necesito purificar para dejar de poseer? ¿Qué
cosas tengo en la mano que deberían estar en las manos del Señor? ¿Qué pasos
estoy dando que no solo me desvían a mí, sino que debilitan también a los míos?
Ahí se juega la libertad. Y ahí es donde Jesús nos quiere enteros.
El repudio no es un “derecho”,
es una herida que Dios no quiere.
«Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de
repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer
-no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se
casa con la repudiada comete adulterio».
En
el capítulo 24 del Deuteronomio se contempla el caso del divorcio. Un hombre
quiere repudiar a su mujer porque ya no le gusta, porque ha encontrado en ella
“algo indecoroso”. Y Moisés intervino para regular esa situación. Dijo
que el marido debía escribir el documento de repudio, el סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer
keritút), es decir, un escrito que certificaba que en esa historia de amor
había habido un corte, y debía entregarlo a la esposa.
Y aquí conviene
entender bien dos cosas. Primero, qué significa esa expresión “algo
indecoroso”. En hebreo, el texto habla de una “cosa vergonzosa” o “algo
reprochable” en ella. No describe un caso preciso, y precisamente por
eso se prestaba a abusos. Podía convertirse en una excusa amplia, una
puerta abierta para repudiar por motivos muy pobres, incluso por puro capricho.
O sea, no estamos ante una causa objetivamente clara, sino ante una fórmula que
podía usarse de forma interesada.
Segundo, que esto
no era un “permiso divino” para repudiar, como si Dios dijera “adelante,
separaos sin problema”. No. El divorcio ya existía. Como dirá Jesús, nace de la
dureza del corazón humano, no entra en el designio de Dios. Moisés
simplemente reguló una realidad ya presente, y lo hizo para proteger a la mujer.
Si ella no tenía en la mano ese documento, quedaba atrapada. No podía
rehacer su vida. Quedaba socialmente bloqueada. Moisés no está diciendo
“divorciarse está bien”. Lo que hace es poner orden en una práctica que ya
existía para que la mujer no quedara desamparada. Por eso manda que el marido
escriba un documento y se lo entregue en la mano (cfr. Dt 24, 1). Ese papel
era, por así decir, su “prueba” oficial de que ya no estaba bajo ese marido y
podía empezar de nuevo (cfr. Dt 24, 2).
¿Para qué le
servía a ella? Para cosas muy concretas y muy humanas.
Sin ese documento, podía quedarse atrapada en un limbo. Él la echaba de casa,
pero ella seguía siendo “la mujer de…” a ojos de los demás.
Sin ese documento, podía ser acusada fácilmente de adulterio si intentaba
rehacer su vida.
Sin ese documento,
le podía resultar casi imposible volver a casarse, encontrar protección o
simplemente recuperar un lugar en la comunidad.
Y además, el texto impide que el primer marido la “recupere” después como si
fuera un objeto que se devuelve cuando conviene (cfr. Dt 24, 4).
Y Jesús pone la
explicación de fondo. Moisés reguló eso “por la dureza del corazón”, no
porque sea el sueño de Dios para el amor (cfr. Mt 19, 8; cfr. Mc 10, 5).
Una alianza bella y abierta.
Un papel oscuro que rompe.
Para que lo entendamos, el predicador pone imágenes muy expresivas. Por un lado, está el documento del matrimonio, la כְּתוּבָּה (ketubá), el contrato conyugal. Es hermoso. Se firma bajo la חֻפָּה (jupá), un baldaquino. Y aquí vale la pena explicarlo. Un baldaquino es una especie de “techo” o dosel sostenido por varas, como una estructura ligera que crea un espacio simbólico. No es una tienda cerrada, es un marco visible. En la tradición judía, la jupá representa la casa nueva que los esposos empiezan a construir.
Y fíjate en los detalles. La jupá se
coloca al aire libre para recordar la bendición de Dios a Abraham. “Mira las
estrellas del cielo”, así de numerosa será tu descendencia. Y además está
abierta por los cuatro lados. Eso significa que el hogar de los esposos no es
un búnker, es una casa hospitalaria. Quien necesite entrar, tendrá acceso. Es
una imagen preciosa de un amor que no se encierra, que ensancha la vida.
En cambio, el
documento del repudio es otra historia. El סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer
keritút) aparece como una hoja fea, oscura, sin alegría, sin color. Y
aparece también una palabra hebrea breve y dura, גֵּט (guét),
compuesta por dos letras, ג (guímel) y ט (tet). Este término no
aparece en la Biblia, como si fuera una palabra que Dios no quisiera ni oír. Y el
profeta Malaquías, hablando en nombre de Dios, lo dice sin rodeos. «Yo
detesto el repudio» (cfr. Mal 2, 16). Incluso los rabinos más sabios decían
que cuando se rompe un vínculo de amor entre esposo y esposa, también Dios
llora.
Jesús llama a las cosas por su nombre,
sin jugar con el amor.
Entonces Jesús se
pronuncia sobre esa práctica existente y regulada por Moisés. Lo dice con
claridad: «Si uno repudia a su mujer -no
hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con
la repudiada comete adulterio». Es un lenguaje directo, sin
maquillaje. Jesús habla poco de sexualidad, pero cuando lo hace, lo hace con
luz.
Aterricemos a
nuestra cultura. A veces se oye decir que los tiempos han cambiado, que ahora
todo vale, que cada uno decide lo que le apetece. Pero la pregunta de Jesús no
es “qué está permitido”, sino otra mucho más seria: ¿Esto te hace más
humano o te deshumaniza? Te ayuda a crecer o te hace retroceder.
Porque el
permisivismo y la banalización de la sexualidad pueden anestesiarnos. Acabamos
llamando “normal y liberador” a lo que en realidad es solo un parche, un
sucedáneo, un apaño dictado por la “sabiduría” de este mundo. Jesús propone el
proyecto de Dios sobre el amor esponsal. Y para encarnarlo hace falta esfuerzo,
compromiso, incluso sacrificio y abnegación. Y también es verdad que no todos
logran vivirlo plenamente. La realidad está ahí, no hace falta hacerse el
sorprendido.
Jesús nos da
criterios para distinguir lo que humaniza de lo que destruye. La disolución,
el libertinaje, la inmoralidad y la violencia deshumanizan. Por eso, en los
principios, los cristianos debemos ser claros. No por gusto de llevar la
contraria, sino por honestidad con el Evangelio. No sería amar a las personas
decirles que todo da igual.
Claros en los principios,
cercanos con las personas.
Jesús no permite
que nadie se erija en juez de las personas. Podemos desaprobar elecciones y
comportamientos que son errados, pero nunca condenar a quien se equivoca.
La comunidad cristiana debe hacer sentir cercanía, comprensión, acompañamiento.
Hay cosas que se deben desautorizar como caminos equivocados, sí. Pero a
quienes las realizan hay que comprenderlos y ayudarles siempre. Porque el
Evangelio no es un martillo para aplastar, es una mano para levantar.
Y ahora viene el
cuarto ejemplo del paso adelante que Jesús pide a quienes quieren entrar en el
Reino de Dios.
La palabra cristiana
no necesita fuegos artificiales.
«También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No
jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no
juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra,
que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni
jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que
vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
En el Antiguo
Testamento, el juramento estaba previsto en algunos casos como recurso
excepcional, sobre todo cuando no había testigos ni pruebas y el conflicto
debía ponerse “delante de Dios”. Por ejemplo, en pleitos sobre depósitos
o bienes confiados, cuando no se podía demostrar lo ocurrido, se pedía un
juramento para asumir la responsabilidad ante el Señor (cfr. Ex 22, 10-11).
También aparece en contextos más solemnes o rituales, donde la persona queda
comprometida con una declaración ante Dios (cfr. Nm 5, 19-22).
Pero con el tiempo
se desvió. Tras la deportación a Babilonia (cfr. 2 Re 24–25), se fue
extendiendo el uso torcido del juramento, una práctica que los profetas
denunciaron con fuerza (cfr. Jr 7, 9; Os 4, 2). Y en tiempos de Jesús se llegó
a un punto absurdo. Ya no se podía hacer una afirmación sin acompañarla de
juramentos e imprecaciones. Era como si la palabra sola ya no valiera “en
garantía” y hubiera que ampliarla con mil sellos, como esos contratos que te
piden firmar hasta el alma.
Tenemos una prueba
clara en Pedro. Cuando la portera lo acorraló, empezó a jurar y a maldecir que
no conocía a Jesús (cfr. Mt 26, 69-74; cfr. Mc 14, 66-71). Era el lenguaje de
una sociedad enferma, donde la palabra ya no bastaba.
Y como no se debía
pronunciar el nombre de Dios, la gente buscaba fórmulas “menos comprometidas”.
Juraban por el cielo, por la tierra, por el templo, por sus padres; incluso
juraban por su propia cabeza. Dicho en versión actual, era el “te lo juro
por lo más sagrado” repetido cada dos frases. Mucho juramento, poca
confianza. En el fondo, una manera elegante de decir “créeme… aunque yo
mismo no me fiaría”.
En el Reino,
la confianza es el aire que se respira.
Jesús lo corta de
raíz: «Pero yo os digo que no juréis en
absoluto». ¿Por qué? Porque Jesús ha inaugurado una sociedad
nueva, y en esa sociedad no puede vivir la desconfianza crónica. No puede
existir la sospecha permanente, la deslealtad, el “a ver si me engañas”. Eso
pertenece al mundo viejo, al mundo enfermo del que Jesús quiere sacar a sus
discípulos. Si vivimos en el mundo nuevo, donde no debe haber mentira, el
juramento pierde sentido. Si en casa hay luz, ¿para qué andar con linterna?
Y esto, además, no
era una rareza solo de Jesús. Ya los esenios evitaban jurar. Se decía de ellos
que lo que afirmaban tenía más fuerza que un juramento, y que consideraban el
jurar como algo peor que el perjurio. También Filón de Alejandría, contemporáneo
de Jesús, afirmaba que si una persona ha aprendido a ser leal y sincera en todo
lo que dice, sus palabras valen como un juramento.
Jesús está en esa
línea y la remacha con una frase de una claridad tremenda: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí
viene del Maligno». En otras palabras, no hinches la frase, no
la disfraces, no la protejas con cien capas. Aprende a hablar con verdad.
Pensemos en un
ejemplo sencillo. Si alguien necesita jurar cada dos frases “te lo juro, te
lo juro”, ¿no será que el problema no es que sea muy apasionado, sino que
su palabra ya no inspira confianza? Es como cuando alguien empieza una historia
con “yo no soy de criticar, pero…”. Ya sabes que viene crítica y de las
buenas. Jesús no quiere una comunidad de gente que se sospecha. Quiere una
comunidad donde la palabra sea limpia y fiable, como el pan de cada día.
No jurar también es una forma
de confesar al verdadero Dios.
Pero Jesús da
todavía una razón más grave. El juramento, tal como se había convertido
en costumbre, presuponía una idea pagana de Dios. Un dios castigador,
listo para fulminar al mentiroso; un dios vengador que lanza rayos contra
quien viola un juramento. Ese dios no existe. Es un ídolo. Y por eso el
juramento, usado de ese modo, no solo es inútil, sino que alimenta una imagen
falsa de Dios.
Jesús nos libera
de ese fantasma. Dios no es el policía del cielo esperando el fallo para
sancionar. Dios es Padre, y su verdad no se impone con amenazas, se acoge con
un corazón sincero. Por eso Jesús insiste: «Pero
yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios;
ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la
ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o
negro un solo cabello»; “No juréis en absoluto
Y así, sin fuegos
artificiales ni sellos extra, la palabra del discípulo se vuelve creíble.
Porque la verdad no necesita gritar, solo necesita existir.




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