sábado, 28 de febrero de 2026

Homilía del Domingo II del Tiempo de Cuaresma, ciclo a - Mt 17, 1-9 «Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

 

Homilía del Domingo II del Tiempo de Cuaresma, ciclo a

Mt 17, 1-9 «Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».  

No se nos regala un espectáculo,

sino una luz.

El pasaje del Evangelio que escuchamos en este domingo es de esos que casi todos conocemos. Aparece en los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36) y nos habla de la transfiguración de Jesús. Durante mucho tiempo se entendió como si, por un instante, se hubiera abierto el cielo delante de tres discípulos privilegiados. Y, desde muy pronto, la tradición cristiana situó esta escena en el monte Tabor, una montaña que destaca enseguida por su forma y por su ubicación, en medio de la llanura de Esdrelón, que va desde el Mediterráneo hasta el Jordán.

Aquel monte estaba cubierto de encinas, robles y otros árboles típicos de la zona. Pero además era un lugar sagrado desde tiempos remotos. De hecho, los arqueólogos han encontrado allí señales de cultos paganos celebrados dos o tres mil años antes de Cristo.

Si lo reducimos a crónica,

se nos escapa lo esencial.

Si leyéramos este relato como la simple descripción de un hecho extraordinario, como una especie de visión del paraíso concedida a tres discípulos, ¿qué sacaríamos de ahí? Tal vez pensaríamos: ¡qué suerte la de ellos! Y poco más. Sería una página llamativa, incluso hermosa, pero no acabaría de tocarnos la vida.

Sin embargo, este texto no está para alimentar nuestra curiosidad. Es una página de catequesis, una página de teología, construida con imágenes tomadas de la Escritura. Los primeros destinatarios las entendían bien porque conocían la Biblia. Nosotros hoy queremos acercarnos del mismo modo; no para quedarnos en la escena, sino para dejarnos alcanzar por el mensaje.

La Cuaresma nos educa la mirada.

La liturgia nos propone este Evangelio cada año en el segundo domingo de Cuaresma, y se entiende bien por qué. Quiere prepararnos para lo que vendrá en la Semana Santa. Allí veremos a un Mesías humillado, rechazado, aparentemente vencido. Un Mesías que, mirado deprisa y por encima, podría parecer un fracasado.

Por eso este relato quiere abrirnos los ojos. Quiere enseñarnos a mirar como mira Dios. Nos dice: cuidado, no te quedes en la apariencia. No juzgues demasiado rápido. Porque donde nosotros vemos derrota, Dios puede estar revelando otra cosa.

Solo quien se deja iluminar reconoce de verdad a Jesús.

No estamos ante una noticia contada al detalle, como si alguien hubiera llevado una cámara de videograbadora al monte. Estamos ante la expresión de una experiencia espiritual muy intensa, vivida por tres discípulos de Jesús.

No todos la hicieron. Solo algunos, en un momento determinado, alcanzaron a percibir una luz nueva en el rostro del Maestro. Y esa luz les permitió intuir quién era Jesús de verdad. Eso es precisamente lo que hoy se nos ofrece también a nosotros; no mirar a Jesús por costumbre, sino dejarnos sorprender otra vez por su verdadero rostro.

Acerquémonos, entonces, a este Evangelio con ese deseo. No solo para entender mejor un episodio, sino para hacer también nosotros, de algún modo, la experiencia de aquellos tres. Pedro, Santiago y Juan quizá estaban más dispuestos, más atentos, más abiertos; por eso supieron reconocer antes que los demás esa luz que brillaba en el rostro de Jesús.

Ojalá también nosotros podamos verla hoy. Porque cuando cambia la mirada, cambia también la fe.

Seis días después:

Nada está puesto al azar.

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto».

         Es fundamental ir a las fuentes para no distraernos del mensaje, allí no se dice «en aquel tiempo», sino que el texto griego nos dice: «Καὶ μεθ’ ἡμέρας ἓξ»; es decir, «y después de seis días». Es un detalle precioso. Normalmente los Evangelios no se detienen en precisar el tiempo en que ocurrió un episodio. Si aquí aparece esta indicación, es porque el evangelista nos está invitando a mirar qué había sucedido seis días antes. Los dos momentos están unidos; se iluminan mutuamente.

¿Qué había pasado? Pedro había hecho su profesión de fe en Jesús como Mesías: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (cfr. Mt 16, 16). Y, precisamente después de esa confesión, Jesús había hablado con claridad del destino que le esperaba. Iba camino de Jerusalén, pero no para ser recibido en un palacio ni para sentarse en un trono. Allí le aguardaban el sufrimiento, el rechazo de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; sería condenado a muerte y, después de tres días, resucitaría (cfr. Mt 16, 21).

Aquello desconcertó por completo a los discípulos. No se lo esperaban. En su mente estaba la imagen de un Mesías glorioso, victorioso, fuerte. Y Jesús, en cambio, presenta un Mesías que pierde, un Mesías derrotado a los ojos del mundo.

Pedro, entonces, lo lleva aparte y empieza a reprenderlo. Y Jesús le responde con palabras durísimas: «Ponte detrás de mí, Satanás» (cfr. Mt 16, 23). Dicho con otras palabras; no estás pensando según Dios, sino según los hombres. Porque los criterios de este mundo llaman exitoso al que vence, al que acumula, al que puede imponerse; no al que se hace pobre, no al que entrega la vida, no al que acepta ser vencido por amor.

Jesús añadió algo todavía más desconcertante: Si alguien quiere seguirlo, tendrá que contar también con esto, con dar la propia vida (cfr. Mt 16, 24-28). Y claro, una propuesta así dejó a los discípulos aturdidos. No era precisamente el folleto publicitario que uno esperaría. Pero ese es el contexto en el que el evangelista sitúa el relato de la transfiguración, y si no lo tenemos presente, el mensaje se nos escapa. Tengamos presente que está cerca la fiesta de las Tiendas.

Primer paso…

Para ver la luz de Dios

hay que subir al monte.

Nosotros queremos hacer la experiencia de aquellos discípulos. Y, si es así, conviene preguntarnos: ¿qué pasos dieron ellos? ¿Qué camino estamos llamados a recorrer nosotros?

El primero es subir a un monte alto. Si nos quedamos en la llanura, no haremos nunca su misma experiencia. Hay que subir a ese monte que toca el cielo. Dicho de un modo sencillo: hay que salir de nuestra manera habitual de pensar y entrar, poco a poco, en los pensamientos de Dios.

Eso es lo que representa el monte en la Biblia. No se trata, ante todo, de una elevación de tierra y piedras. Es el lugar interior donde el ser humano se abre a Dios. Es el monte al que sube Moisés para acoger la manifestación del Señor. Es el Horeb, donde Elías hace experiencia de su gloria. El monte, en definitiva, representa esa experiencia interior en la que uno deja espacio a la mirada de Dios.

Si nosotros no nos despegamos de la llanura, es decir, del modo de pensar de todos, del ambiente donde todos repiten lo mismo, del pueblo donde se razona únicamente con los criterios de este mundo, no veremos nunca esa luz en el rostro de Jesús. Y entonces acabaremos juzgándolo también nosotros con los criterios de abajo: un fracasado, un vencido, alguien que no triunfó.

Por eso el primer paso es tomar distancia del modo de pensar demasiado humano. No para despreciar el mundo, sino para no quedarnos encerrados en él.

Segundo paso…

Dios habla mejor cuando baja el ruido.

El segundo paso es igualmente importante. Jesús llevó a los tres discípulos aparte. Los separó de la multitud e incluso de los demás, que todavía no estaban preparados para entrar en la lógica de Dios.

¿Y qué significa esto para nosotros? Significa que, si de verdad queremos hacer experiencia de una revelación de Dios, necesitamos regalarnos un espacio de silencio. Un espacio donde nos apartemos del ruido, de la confusión y también, por un momento, de las preocupaciones cotidianas. Necesitamos momentos de reflexión en los que tomemos un poco de distancia de tantas ocupaciones que llenan la jornada.

El encuentro con Jesús pide este desprendimiento. Y hoy lo necesitamos muchísimo. Necesitamos silencio. Necesitamos estar alguna vez a solas con nosotros mismos y con el Señor. Porque, cuando vivimos absorbidos por los problemas, por la agitación, por el estrés, por el sonido constante del teléfono y las notificaciones del WhatsApp, de Facebook, de Instagram…, ya casi no nos queda tiempo para pensar, para releer la vida, para escuchar de verdad.

Y entonces pasa algo curioso. Estamos permanentemente conectados, pero interiormente dispersos. Mucha pantalla, mucha prisa, mucho aviso… y muy poca alma respirando. Por eso, si queremos ver la luz que contemplaron aquellos tres discípulos, también nosotros tenemos que subir al monte alto.

¡Quedémonos a solas con Cristo! ¡Dejemos que nos alcance la luz del cielo! Ahora iremos descubriendo lo que sucede a quienes se atreven a entrar en esa intimidad con el Señor.

Cuando cambiamos de mirada,

Jesús aparece distinto.

«Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él»

¿Qué experiencia hacen los discípulos que se han separado de la llanura —esa llanura que representa la manera de pensar y de ver de los hombres— y han subido al monte, a solas con Jesús? Ven su rostro transfigurado.

El verbo griego que se emplea es μεταμορφόομαι (metamorfomai): se ha producido una metamorfosis. En griego lo expresa de este modo: «καὶ μετεμορφώθη ἔμπροσθεν αὐτῶν»; «y fue transfigurado delante de ellos».

Ya no lo ven como antes. Lo perciben de un modo completamente nuevo. Sabemos bien lo que es una metamorfosis. Una oruga puede parecernos fea, insignificante, incluso desagradable. Pero esa no es su verdad definitiva. Su verdadera identidad es otra: está llamada a ser una mariposa delicada y hermosa.

Eso mismo sucede aquí. Seis días antes, en el anuncio de su destino, Jesús se había presentado como el hombre humillado y rechazado, como aquel que cumple la profecía del siervo del Señor en el capítulo 53 de Isaías: «Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie. ¡Y de hecho cargó con nuestros males y soportó todas nuestras dolencias! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado» (cfr. Is 53, 3-4).

Así es como los hombres vieron a Jesús, como un derrotado. Y lo mismo expresa también el célebre himno cristológico que presenta al Hijo de Dios asumiendo la condición de siervo, de esclavo: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (cfr. Flp 2, 6-8). Jesús entrando de verdad en nuestra condición humana y mortal. El Inmortal, al hacerse hombre, se hizo mortal. No podía no morir. Y permaneció fiel a esta condición humana hasta la muerte, y una muerte de cruz, la muerte de los esclavos. Eso es lo que ve la mirada de la llanura. Pero quien sube al monte contempla la metamorfosis. Descubre algo completamente distinto. Aquel que a los ojos del mundo parecía un fracasado, a los ojos de Dios es el hombre verdadero, el Hijo de Dios, el vencedor glorioso.

Sin esta luz no tenemos fuerza

para entregar la vida.

Nosotros necesitamos hacer esta experiencia de la metamorfosis del rostro de Jesús. No es un lujo espiritual. Es una iluminación interior de la que nace después la fuerza, el valor, la libertad para acoger la propuesta de vida que él nos hace. También vosotros, como yo, estáis llamados a dar la vida.

Lo que aquí se nos revela es que el destino último de quien entrega la vida por amor no es el sepulcro, sino la gloria de la resurrección. Y si uno no hace esta experiencia interior, si no llega a ver esta luz, le faltará el coraje para darse. Porque, seamos sinceros, hablar de entrega está muy bien… hasta que toca entregar de verdad.

Las imágenes usadas por el Evangelista

El sol.

El evangelista Mateo acumula una serie de imágenes tomadas de la Biblia para describirnos el mundo de Dios presente en Jesús.

Su rostro brilló como el sol. El sol, en el lenguaje bíblico, es imagen de la gloria de Dios por la plenitud de luz que posee. Durante siglos se pensó incluso que el sol era incorruptible, perfecto, sin mancha. Esa es la imagen que la Escritura utiliza.

En el rostro de Jesús se transparenta precisamente ese resplandor incorruptible de Dios. Pero eso no se ve desde la llanura. Lo ve solo quien sube al monte. Es un esplendor sin sombra, sin mancha, porque la luz pertenece a Dios mismo, tal como lo canta el salmo: «¡Bendice, alma mía, a Yahvé! Yahvé, Dios mío, ¡qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, te arropa la luz como un manto, como una tienda extiendes el cielo» (cfr. Sal 104, 1-2).

Las imágenes usadas por el Evangelista

El color blanco.

 Aparece también el blanco, que es otro símbolo de la luz, como color propio del mundo de Dios. La blancura única de las vestiduras de Jesús. En la Biblia, las vestiduras representan las obras, aquello por lo que una persona se manifiesta y deja ver quién es. Pues bien, las vestiduras de Jesús están llenas de luz. Es una manera de decir que en Jesús la presencia divina resplandece de un modo incomparable. Ningún hombre ha dejado transparentar la luz del amor de Dios como la ha dejado transparentar Jesús.

         El blanco, en la Biblia, no es un simple detalle estético. Es el color de la luz, de la gloria y del ámbito de Dios. Por eso, en la Transfiguración, cuando las vestiduras de Jesús aparecen blancas y resplandecientes, el Evangelio no está describiendo solo un efecto visual. Está diciendo que, en Jesús, se manifiesta el mundo mismo de Dios. Mateo dice que «sus vestidos se volvieron blancos como la luz»; Marcos subraya una blancura incomparable; y Lucas habla de una blancura fulgurante. Es decir, en Jesús aparece una luz que no viene de fuera, sino que brota de su propia identidad (cfr. Mt 17,2; Mc 9,3; Lc 9,29).

Esta imagen ya estaba preparada en el lenguaje bíblico. En Daniel, el Anciano de días aparece vestido de blanco como nieve. El blanco pertenece al mundo de Dios, a su majestad y a su santidad. Y en el Apocalipsis, los redimidos están vestidos con túnicas blancas delante del trono: el blanco expresa comunión con Dios, victoria y participación en su gloria. Por eso, cuando el Evangelio aplica esta imagen a Jesús, nos está diciendo que en él se hace visible la gloria divina (cfr. Dn 7,9; Ap 7,9.13-14; 3,4-5).

Lo que Moisés y Elías no pudieron ver,

en Jesús se revela.

Entonces aparecen Moisés y Elías. ¿Qué hacen estos dos personajes en el relato de la transfiguración? Remiten a dos momentos muy significativos del Antiguo Testamento.

Moisés y la hendidura de la roca


            Moisés había pedido al Señor: «Déjame ver tu gloria»”.
Y la respuesta fue clara: «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida». Entonces Dios lo introduce en una hendidura de la roca, lo cubre con su mano mientras pasa, y luego le permite ver solo sus espaldas, no su rostro (cfr. Ex 33,18-23).  La imagen es bellísima. Mientras vivimos en este mundo no podemos contemplar plenamente el rostro de Dios. Es como un niño en el seno materno, no puede ver el rostro de su madre sin nacer; solo después podrá contemplarlo. Aquí, en la historia, podemos percibir el paso de Dios, las huellas de sus obras, pero no aún su rostro en plenitud.

Elías y el susurro de una brisa suave


        También Elías tuvo una experiencia decisiva. Huía porque había dado muerte a los sacerdotes de Baal y Jezabel quería matarlo (cfr. 1 Re 18,40; 19,1-3). Caminó hasta el monte de Dios, donde vivió el encuentro con el Señor. Y fue una experiencia desconcertante, porque esperaba encontrar a Dios en lo tremendo: en el terremoto, en el viento impetuoso, en el fuego, en los relámpagos. Pero todo eso resultó engañoso. Al final se escuchó una voz «en el susurro de una brisa suave» (cfr. 1 Re 19, 12) y entonces «al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo de pie a la entrada de la cueva» (cfr. 1 Re 19, 13). Elías se cubrió el rostro, porque empezó a comprender algo del misterio de Dios; que Dios no era como él lo había imaginado.

Pues bien, esa gloria que Moisés y Elías no pudieron contemplar plenamente, ahora los tres discípulos la tienen delante de sus ojos. En Jesús pueden ver con claridad la gloria de Dios, que es amor.

Y esa misma experiencia, si subimos al monte y nos quedamos a solas con Jesús, también nosotros podemos vivirla. ¿Cómo? A través del Evangelio. En Jesús vemos con nitidez el rostro de Dios. Pero es una gloria desconcertante, porque no coincide con lo que los hombres esperan. No es la del dios terrible, legislador y justiciero, que exige ser servido. Es la gloria de un Dios que se pone al servicio del hombre; de un Dios que se hace esclavo; de un Dios que ama hasta el punto de dar su propia vida.

Lo que a los ojos del mundo parece humillación y derrota —porque quien se hace siervo parece un perdedor— se revela, en realidad, como la verdadera identidad de Dios: un Dios siervo por amor.

Si no hacemos esta experiencia de metamorfosis, nos resultará imposible dar nuestra adhesión al modelo de hombre que Jesús nos propone.

 

La experiencia de Dios no es para quedarnos arriba,

sino para vivir de otra manera abajo.

«Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo
».

Quien atraviesa el desierto y decide montar una tienda, en realidad está diciendo una cosa muy sencilla; quiere detenerse, quiere quedarse allí. Y eso es justamente lo que le pasa a Pedro. Quisiera permanecer para siempre en el monte, en ese momento de luz, de belleza, de paz. Y se entiende. Pedro ha descubierto en Jesús una belleza nueva. Pedro ha descubierto la belleza de quien ama de verdad y entrega la vida. A los ojos del mundo, ese tipo de persona puede parecer débil, poco importante, incluso despreciable, como un siervo que no cuenta. Pero Pedro, envuelto ahora por la luz de Dios, ha comprendido algo decisivo, que esa es la verdadera belleza de un ser humano.

También nosotros lo percibimos a veces. Cuando nos enteramos de un gesto de amor grande, generoso, silencioso, algo por dentro se nos mueve. Y decimos: ‘todavía existen personas buenas en este mundo’. Pero el Evangelio nos obliga a dar un paso más. No basta con admirarlas. No basta con decir: ‘¡qué bonito!, ¡qué ejemplo!, ¡qué maravilla!’ Después hay que decidir si queremos vivir también nosotros de esa manera.

El monte no es una fuga:

Es una escuela para volver a la vida.

Por eso hay que bajar del monte y volver al mundo, a la vida concreta, a la realidad de cada día. Porque no estamos llamados a quedarnos en una emoción espiritual bonita, sino a dejar que esa luz se note en nuestra manera de vivir.

Si de verdad hemos entendido que el sentido de la vida está en entregarla, entonces ahora toca servir al hermano. Toca bajar del monte, volver a lo cotidiano, salir de la iglesia y empezar a amar en lo concreto. En casa. En el trabajo. En las responsabilidades de cada día. En la manera de tratar a los demás.

Es entonces cuando la propia profesión, la vida familiar, social, eclesial, todas y cada una de las facetas de la vida se viven de otra forma, no como un escaparate para sobresalir, no como una carrera por quedar por encima, no como una búsqueda de prestigio vacío, sino como una ocasión para servir. Y eso cambia mucho las cosas. Porque, seamos sinceros, subir al monte nos gusta; lo que ya nos cuesta un poco más es bajar y seguir amando cuando llega el lunes.

La nube luminosa dice

que Dios está ahí.

Mientras Pedro todavía estaba hablando, aparece otra imagen bíblica: «una nube luminosa los cubrió con su sombra». Esa nube expresa que están siendo envueltos por el mundo de Dios, por su presencia.

La imagen de la nube no es extraña en la Biblia. La nube acompaña a Israel en el desierto y es signo de la presencia de Dios que guía y protege a su pueblo (cfr. Ex 13,21-22; 14,19-20; 40,34-38; Nm 9,15-23). Y, al mismo tiempo, evoca la vida, porque en el lenguaje bíblico la nube está ligada a la lluvia que fecunda la tierra (cfr. Job 36,27-28; Sal 147,8; Is 55,10). Por eso, cuando Mateo habla de una “nube luminosa”, nos está diciendo que los discípulos quedan envueltos por la presencia misma de Dios, que es luz (cfr. Mt 17,5; 1 Jn 1,5; Sal 104,2).

Quien mira a Jesús

descubre cómo es Dios.

Y desde esa nube sale una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». En los evangelios sinópticos, la voz de Dios se escucha dos veces; en el bautismo y en la transfiguración. Y en las dos reconoce a Jesús como el Hijo amado, el predilecto, aquel en quien Dios se complace plenamente.

Aquí conviene recordar algo importante del mundo semita. Cuando se habla del “hijo”, no se piensa solo en alguien engendrado biológicamente. “Hijo” es también el que se parece al padre, el que refleja sus rasgos, sus valores, su manera de vivir. Un padre reconocía de verdad a su hijo cuando veía en él su misma alma, por decirlo así.

Por eso el Padre reconoce a Jesús como Hijo, porque en Jesús se ve perfectamente quién es Dios. Quien mira a Jesús está viendo la belleza de Dios, y esa belleza no es otra cosa que el amor.

Escucharlo a él

es no equivocarse en la vida.

Aquí aparece algo que en el bautismo no estaba: «Escuchadlo». Jesús todavía no había desarrollado su camino ni había mostrado del todo su mensaje. Pero Jesús aquí ya ha hablado y ha dicho quién es Dios. Ya ha enseñado que la verdadera grandeza no está en dominar, sino en servir. Ya ha revelado que la gloria de Dios no consiste en imponerse, sino en amar hasta el extremo.

Por eso estas palabras no suenan solo como una orden, sino que suenan casi como una súplica de Dios al corazón del hombre: «Escuchadlo». Escuchadlo, si no queréis equivocar vuestra vida. Escuchadlo, si no queréis gastar la existencia en lo que al final no llena. Escuchadlo, porque la vida que no se entrega termina perdiéndose.

 

La tentación de vivir para uno mismo

está siempre ahí.

«Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

¿Cuál es el impulso que todos experimentamos cuando hacemos algo? Casi siempre pensamos en nuestro beneficio, en lo que eso nos aportará, en las consecuencias positivas que tendrá para nuestra vida. Pensamos en nosotros mismos incluso en la vida espiritual. Hubo incluso una cierta espiritualidad del pasado que hablaba de “acumular méritos”. En el fondo, también ahí podía esconderse una manera de buscarse a uno mismo.

Pero en el monte, los discípulos que contemplaron el rostro transfigurado de Jesús comprendieron algo nuevo: no es verdaderamente bello y realizado quien vive pendiente de sí mismo, sino quien ama, quien entrega la vida, quien busca el bien del hermano, quien se pregunta cómo servir.

La fe empieza donde ya no hay cálculos.

La propuesta de vida que hace Jesús es paradójica, porque queda fuera de cualquier verificación inmediata. Y ahí entra en juego la fe. O te fías de Jesús o no te fías. Pruebas, en el sentido de seguridades humanas, no las tienes. Todo se juega en acoger o no su propuesta de amor.

Es como si Jesús nos dijera: “¿Quieres unir tu vida a la mía? ¿Te fías de mí o no?”. Y aquí el terreno se vuelve delicado, incluso arriesgado, porque uno piensa: “¿Y si luego me arrepiento? ¿Y si al final no he disfrutado mi vida para mí mismo?”. Si Jesús tiene razón, si su propuesta es verdadera, entonces hay motivo para temblar, porque se trata de apostar la vida entera, y vida solo tenemos una.

Quien no siente de algún modo este vértigo es que quizá todavía no ha entendido del todo lo que Jesús está proponiendo.

Jesús no elimina el miedo:

Se acerca en medio de él.

Los discípulos, en el monte, lo comprendieron, y por eso tuvieron miedo. ¿Y qué hace Jesús? Jesús no los deja solos, se acerca, los toca —qué imagen tan hermosa— y les dice: «Levantaos, no temáis».También nosotros necesitamos escuchar esas palabras. Hay momentos en que intuimos que el Evangelio es verdad, pero al mismo tiempo nos asusta lo que puede cambiar en nuestra vida. Y entonces Jesús no nos empuja desde lejos ni nos humilla por nuestras resistencias. Se acerca, nos toca, nos pone en pie.

Cuando levantamos los ojos,

queda solo Él.

Y ellos, «al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo».

Ahí está el centro de todo: Si queremos que en el mundo suceda algo nuevo, algo verdaderamente distinto, tenemos que levantar los ojos y mirar a él, y solo a él. Es él quien da sentido a nuestra vida. Sin Jesucristo, la meta final parece ser simplemente la muerte. Y si ese fuera el horizonte último, casi habría que preguntarse si merece la pena haber empezado el camino.

Es él, y solo él, con su amor, quien da sentido a nuestra existencia. Solo él hace que la vida no termine en absurdo, sino en entrega, en plenitud, en verdad.

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