Homilía
del Domingo II del Tiempo de Cuaresma, ciclo a
Mt 17, 1-9 «Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No se nos regala un espectáculo,
sino una luz.
El pasaje del
Evangelio que escuchamos en este domingo es de esos que casi todos conocemos.
Aparece en los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9,
28-36) y nos habla de la transfiguración de Jesús. Durante mucho tiempo se
entendió como si, por un instante, se hubiera abierto el cielo delante de tres
discípulos privilegiados. Y, desde muy pronto, la tradición cristiana situó
esta escena en el monte Tabor, una montaña que destaca enseguida por su
forma y por su ubicación, en medio de la llanura de Esdrelón, que va desde el
Mediterráneo hasta el Jordán.
Aquel monte estaba
cubierto de encinas, robles y otros árboles típicos de la zona. Pero además era
un lugar sagrado desde tiempos remotos. De hecho, los arqueólogos han
encontrado allí señales de cultos paganos celebrados dos o tres mil años antes
de Cristo.
Si lo reducimos a crónica,
se nos escapa lo esencial.
Si leyéramos este
relato como la simple descripción de un hecho extraordinario, como una especie
de visión del paraíso concedida a tres discípulos, ¿qué sacaríamos de ahí? Tal
vez pensaríamos: ¡qué suerte la de ellos! Y poco más. Sería una página
llamativa, incluso hermosa, pero no acabaría de tocarnos la vida.
Sin embargo, este
texto no está para alimentar nuestra curiosidad. Es una página de
catequesis, una página de teología, construida con imágenes tomadas de la
Escritura. Los primeros destinatarios las entendían bien porque conocían la
Biblia. Nosotros hoy queremos acercarnos del mismo modo; no para quedarnos en
la escena, sino para dejarnos alcanzar por el mensaje.
La Cuaresma nos educa la mirada.
La liturgia nos
propone este Evangelio cada año en el segundo domingo de Cuaresma, y se
entiende bien por qué. Quiere prepararnos para lo que vendrá en la Semana
Santa. Allí veremos a un Mesías humillado, rechazado, aparentemente
vencido. Un Mesías que, mirado deprisa y por encima, podría parecer un
fracasado.
Por eso este
relato quiere abrirnos los ojos. Quiere enseñarnos a mirar como mira Dios.
Nos dice: cuidado, no te quedes en la apariencia. No juzgues demasiado rápido. Porque
donde nosotros vemos derrota, Dios puede estar revelando otra cosa.
Solo quien se deja iluminar reconoce de verdad a Jesús.
No estamos ante
una noticia contada al detalle, como si alguien hubiera llevado una cámara de
videograbadora al monte. Estamos ante la expresión de una experiencia
espiritual muy intensa, vivida por tres discípulos de Jesús.
No todos la
hicieron. Solo algunos, en un momento determinado, alcanzaron a percibir una
luz nueva en el rostro del Maestro. Y esa luz les permitió intuir quién era
Jesús de verdad. Eso es precisamente lo que hoy se nos ofrece también a
nosotros; no mirar a Jesús por costumbre, sino dejarnos sorprender otra vez por
su verdadero rostro.
Acerquémonos,
entonces, a este Evangelio con ese deseo. No solo para entender mejor un
episodio, sino para hacer también nosotros, de algún modo, la experiencia de
aquellos tres. Pedro, Santiago y Juan quizá estaban más dispuestos, más
atentos, más abiertos; por eso supieron reconocer antes que los demás esa luz
que brillaba en el rostro de Jesús.
Ojalá también nosotros podamos verla hoy.
Porque cuando cambia la mirada, cambia también la fe.
Seis días después:
Nada está puesto al azar.
«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y
a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto».
Es
fundamental ir a las fuentes para no distraernos del mensaje, allí no se dice «en
aquel tiempo», sino que el texto griego nos dice: «Καὶ μεθ’ ἡμέρας ἓξ»;
es decir, «y después de seis días». Es un detalle precioso.
Normalmente los Evangelios no se detienen en precisar el tiempo en que ocurrió
un episodio. Si aquí aparece esta indicación, es porque el evangelista nos
está invitando a mirar qué había sucedido seis días antes. Los dos momentos
están unidos; se iluminan mutuamente.
¿Qué había pasado?
Pedro había hecho su profesión de fe en Jesús como Mesías: «Tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (cfr. Mt 16, 16). Y, precisamente después
de esa confesión, Jesús había hablado con claridad del destino que le esperaba.
Iba camino de Jerusalén, pero no para ser recibido en un palacio ni para
sentarse en un trono. Allí le aguardaban el sufrimiento, el rechazo de
los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; sería condenado a
muerte y, después de tres días, resucitaría (cfr. Mt 16, 21).
Aquello
desconcertó por completo a los discípulos. No se lo esperaban. En su mente
estaba la imagen de un Mesías glorioso, victorioso, fuerte. Y Jesús, en
cambio, presenta un Mesías que pierde, un Mesías derrotado a los ojos del
mundo.
Pedro, entonces,
lo lleva aparte y empieza a reprenderlo. Y Jesús le responde con palabras
durísimas: «Ponte detrás de mí, Satanás» (cfr. Mt 16, 23). Dicho con
otras palabras; no estás pensando según Dios, sino según los hombres.
Porque los criterios de este mundo llaman exitoso al que vence, al que acumula,
al que puede imponerse; no al que se hace pobre, no al que entrega la vida, no
al que acepta ser vencido por amor.
Jesús añadió algo
todavía más desconcertante: Si alguien quiere seguirlo, tendrá que contar
también con esto, con dar la propia vida (cfr. Mt 16, 24-28). Y claro, una
propuesta así dejó a los discípulos aturdidos. No era precisamente el folleto
publicitario que uno esperaría. Pero ese es el contexto en el que el
evangelista sitúa el relato de la transfiguración, y si no lo tenemos
presente, el mensaje se nos escapa. Tengamos presente que está cerca la fiesta de las Tiendas.
Primer paso…
Para ver la luz de Dios
hay que subir al monte.
Nosotros queremos
hacer la experiencia de aquellos discípulos. Y, si es así, conviene
preguntarnos: ¿qué pasos dieron ellos? ¿Qué camino estamos llamados a recorrer
nosotros?
El primero es
subir a un monte alto. Si nos quedamos en la llanura, no haremos nunca su
misma experiencia. Hay que subir a ese monte que toca el cielo. Dicho de un
modo sencillo: hay que salir de nuestra manera habitual de pensar y entrar,
poco a poco, en los pensamientos de Dios.
Eso es lo que representa el monte
en la Biblia.
No se trata, ante todo, de una elevación de tierra y piedras. Es el lugar
interior donde el ser humano se abre a Dios. Es el monte al que sube Moisés
para acoger la manifestación del Señor. Es el Horeb, donde Elías hace
experiencia de su gloria. El monte, en definitiva, representa esa
experiencia interior en la que uno deja espacio a la mirada de Dios.
Si nosotros no nos
despegamos de la llanura, es decir, del modo de pensar de todos, del
ambiente donde todos repiten lo mismo, del pueblo donde se razona únicamente
con los criterios de este mundo, no veremos nunca esa luz en el rostro de
Jesús. Y entonces acabaremos juzgándolo también nosotros con los criterios de
abajo: un fracasado, un vencido, alguien que no triunfó.
Por eso el
primer paso es tomar distancia del modo de pensar demasiado humano. No para
despreciar el mundo, sino para no quedarnos encerrados en él.
Segundo paso…
Dios habla mejor cuando baja el ruido.
El segundo paso es
igualmente importante. Jesús llevó a los tres discípulos aparte. Los
separó de la multitud e incluso de los demás, que todavía no estaban preparados
para entrar en la lógica de Dios.
¿Y qué significa
esto para nosotros? Significa que, si de verdad queremos hacer experiencia de
una revelación de Dios, necesitamos regalarnos un espacio de silencio.
Un espacio donde nos apartemos del ruido, de la confusión y también, por un
momento, de las preocupaciones cotidianas. Necesitamos momentos de reflexión
en los que tomemos un poco de distancia de tantas ocupaciones que llenan la
jornada.
El encuentro con
Jesús pide este desprendimiento. Y hoy lo necesitamos muchísimo. Necesitamos
silencio. Necesitamos estar alguna vez a solas con nosotros mismos y con el
Señor. Porque, cuando vivimos absorbidos por los problemas, por la agitación,
por el estrés, por el sonido constante del teléfono y las notificaciones del
WhatsApp, de Facebook, de Instagram…, ya casi no nos queda tiempo para pensar,
para releer la vida, para escuchar de verdad.
Y entonces pasa
algo curioso. Estamos permanentemente conectados, pero interiormente
dispersos. Mucha pantalla, mucha prisa, mucho aviso… y muy poca alma
respirando. Por eso, si queremos ver la luz que contemplaron aquellos tres
discípulos, también nosotros tenemos que subir al monte alto.
¡Quedémonos a
solas con Cristo! ¡Dejemos que nos alcance la luz del cielo! Ahora iremos
descubriendo lo que sucede a quienes se atreven a entrar en esa intimidad con
el Señor.
Cuando cambiamos de mirada,
Jesús aparece distinto.
«Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía
como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les
aparecieron Moisés y Elías conversando con él»
¿Qué experiencia
hacen los discípulos que se han separado de la llanura —esa llanura que
representa la manera de pensar y de ver de los hombres— y han subido al monte,
a solas con Jesús? Ven su rostro transfigurado.
El verbo griego
que se emplea es μεταμορφόομαι (metamorfomai): se ha producido
una metamorfosis. En griego lo expresa de este modo: «καὶ μετεμορφώθη ἔμπροσθεν
αὐτῶν»; «y
fue transfigurado delante de ellos».
Ya no lo ven como
antes. Lo perciben de un modo completamente nuevo. Sabemos bien lo que
es una metamorfosis. Una oruga puede parecernos fea, insignificante,
incluso desagradable. Pero esa no es su verdad definitiva. Su verdadera
identidad es otra: está llamada a ser una mariposa delicada y hermosa.
Eso mismo sucede
aquí. Seis días antes, en el anuncio de su destino, Jesús se había
presentado como el hombre humillado y rechazado, como aquel que cumple la
profecía del siervo del Señor en el capítulo 53 de Isaías: «Despreciado, marginado,
hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable,
un Don Nadie. ¡Y de hecho cargó con nuestros males y soportó todas nuestras
dolencias! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado» (cfr.
Is 53, 3-4).
Así es como los
hombres vieron a Jesús, como un derrotado. Y lo mismo expresa también el
célebre himno cristológico que presenta al Hijo de Dios asumiendo la condición
de siervo, de esclavo: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó
su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando
la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte
como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una
muerte de cruz» (cfr. Flp 2, 6-8). Jesús entrando de verdad en nuestra
condición humana y mortal. El Inmortal, al hacerse hombre, se hizo mortal. No
podía no morir. Y permaneció fiel a esta condición humana hasta la muerte, y
una muerte de cruz, la muerte de los esclavos. Eso es lo que ve la mirada de
la llanura. Pero quien sube al monte contempla la metamorfosis.
Descubre algo completamente distinto. Aquel que a los ojos del mundo parecía un
fracasado, a los ojos de Dios es el hombre verdadero, el Hijo de Dios, el
vencedor glorioso.
Sin esta luz no tenemos fuerza
para entregar la vida.
Nosotros
necesitamos hacer esta experiencia de la metamorfosis del rostro de Jesús. No es un lujo
espiritual. Es una iluminación interior de la que nace después la fuerza, el
valor, la libertad para acoger la propuesta de vida que él nos hace. También
vosotros, como yo, estáis llamados a dar la vida.
Lo que aquí se
nos revela es que el destino último de quien entrega la vida por amor no es el
sepulcro, sino la gloria de la resurrección. Y si uno no hace esta
experiencia interior, si no llega a ver esta luz, le faltará el coraje para
darse. Porque, seamos sinceros, hablar de entrega está muy bien… hasta que toca
entregar de verdad.
Las imágenes usadas por el Evangelista
El sol.
El evangelista Mateo
acumula una serie de imágenes tomadas de la Biblia para describirnos el
mundo de Dios presente en Jesús.
Su rostro brilló
como el sol.
El sol, en el lenguaje bíblico, es imagen de la gloria de Dios por la
plenitud de luz que posee. Durante siglos se pensó incluso que el sol era
incorruptible, perfecto, sin mancha. Esa es la imagen que la Escritura utiliza.
En el rostro de
Jesús se transparenta precisamente ese resplandor incorruptible de Dios. Pero eso no se
ve desde la llanura. Lo ve solo quien sube al monte. Es un esplendor sin
sombra, sin mancha, porque la luz pertenece a Dios mismo, tal como lo
canta el salmo: «¡Bendice, alma mía, a Yahvé! Yahvé, Dios mío, ¡qué grande
eres! Vestido de esplendor y majestad, te arropa la luz como un manto, como una
tienda extiendes el cielo» (cfr. Sal 104, 1-2).
Las imágenes usadas por el Evangelista
El color blanco.
El
blanco, en la Biblia, no es un simple detalle estético. Es el color de la luz,
de la gloria y del ámbito de Dios. Por eso, en la Transfiguración, cuando
las vestiduras de Jesús aparecen blancas y resplandecientes, el Evangelio no
está describiendo solo un efecto visual. Está diciendo que, en Jesús, se
manifiesta el mundo mismo de Dios. Mateo dice que «sus vestidos se volvieron blancos como la luz»;
Marcos subraya una blancura incomparable; y Lucas habla de una blancura
fulgurante. Es decir, en Jesús aparece una luz que no viene de fuera, sino
que brota de su propia identidad (cfr. Mt 17,2; Mc 9,3; Lc 9,29).
Esta imagen ya
estaba preparada en el lenguaje bíblico. En Daniel, el Anciano de días aparece
vestido de blanco como nieve. El blanco pertenece al mundo de Dios, a su
majestad y a su santidad. Y en el Apocalipsis, los redimidos están vestidos con
túnicas blancas delante del trono: el blanco expresa comunión con Dios,
victoria y participación en su gloria. Por eso, cuando el Evangelio aplica
esta imagen a Jesús, nos está diciendo que en él se hace visible la gloria
divina (cfr. Dn 7,9; Ap 7,9.13-14; 3,4-5).
Lo que Moisés y Elías no pudieron ver,
en Jesús se revela.
Entonces aparecen
Moisés y Elías. ¿Qué hacen estos dos personajes en el relato de la
transfiguración? Remiten a dos momentos muy significativos del Antiguo
Testamento.
Moisés
y la hendidura de la roca
Moisés había pedido al Señor: «Déjame ver tu gloria»”. Y la respuesta fue clara: «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida». Entonces Dios lo introduce en una hendidura de la roca, lo cubre con su mano mientras pasa, y luego le permite ver solo sus espaldas, no su rostro (cfr. Ex 33,18-23). La imagen es bellísima. Mientras vivimos en este mundo no podemos contemplar plenamente el rostro de Dios. Es como un niño en el seno materno, no puede ver el rostro de su madre sin nacer; solo después podrá contemplarlo. Aquí, en la historia, podemos percibir el paso de Dios, las huellas de sus obras, pero no aún su rostro en plenitud.
Elías
y el susurro de una brisa suave
También Elías tuvo una experiencia decisiva. Huía porque había dado muerte a los sacerdotes de Baal y Jezabel quería matarlo (cfr. 1 Re 18,40; 19,1-3). Caminó hasta el monte de Dios, donde vivió el encuentro con el Señor. Y fue una experiencia desconcertante, porque esperaba encontrar a Dios en lo tremendo: en el terremoto, en el viento impetuoso, en el fuego, en los relámpagos. Pero todo eso resultó engañoso. Al final se escuchó una voz «en el susurro de una brisa suave» (cfr. 1 Re 19, 12) y entonces «al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo de pie a la entrada de la cueva» (cfr. 1 Re 19, 13). Elías se cubrió el rostro, porque empezó a comprender algo del misterio de Dios; que Dios no era como él lo había imaginado.
Pues bien, esa
gloria que Moisés y Elías no pudieron contemplar plenamente, ahora los tres
discípulos la tienen delante de sus ojos. En Jesús pueden ver con claridad
la gloria de Dios, que es amor.
Y esa misma
experiencia, si subimos al monte y nos quedamos a solas con Jesús, también
nosotros podemos vivirla. ¿Cómo? A través del Evangelio. En Jesús vemos con
nitidez el rostro de Dios. Pero es una gloria desconcertante, porque no
coincide con lo que los hombres esperan. No es la del dios terrible,
legislador y justiciero, que exige ser servido. Es la gloria de un Dios que se
pone al servicio del hombre; de un Dios que se hace esclavo; de un Dios que ama
hasta el punto de dar su propia vida.
Lo que a los ojos
del mundo parece humillación y derrota —porque quien se hace siervo parece un
perdedor— se revela, en realidad, como la verdadera identidad de Dios: un
Dios siervo por amor.
Si no hacemos esta
experiencia de metamorfosis, nos resultará imposible dar nuestra adhesión al
modelo de hombre que Jesús nos propone.
La experiencia de Dios no es para quedarnos arriba,
sino para vivir de otra manera abajo.
«Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres,
haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía
estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con
su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es
mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Quien atraviesa el
desierto y decide montar una tienda, en realidad está diciendo una cosa muy
sencilla; quiere detenerse, quiere quedarse allí. Y eso es
justamente lo que le pasa a Pedro. Quisiera permanecer para siempre en el
monte, en ese momento de luz, de belleza, de paz. Y se entiende. Pedro ha
descubierto en Jesús una belleza nueva. Pedro ha descubierto la belleza de
quien ama de verdad y entrega la vida. A los ojos del mundo, ese tipo de
persona puede parecer débil, poco importante, incluso despreciable, como un
siervo que no cuenta. Pero Pedro, envuelto ahora por la luz de Dios, ha
comprendido algo decisivo, que esa es la verdadera belleza de un ser humano.
También nosotros
lo percibimos a veces. Cuando nos enteramos de un gesto de amor grande,
generoso, silencioso, algo por dentro se nos mueve. Y decimos: ‘todavía
existen personas buenas en este mundo’. Pero el Evangelio nos obliga a dar
un paso más. No basta con admirarlas. No basta con decir: ‘¡qué bonito!, ¡qué
ejemplo!, ¡qué maravilla!’ Después hay que decidir si queremos vivir
también nosotros de esa manera.
El monte no es una fuga:
Es una escuela para volver a la vida.
Por eso hay que
bajar del monte y volver al mundo, a la vida concreta, a la realidad de
cada día. Porque no estamos llamados a quedarnos en una emoción espiritual
bonita, sino a dejar que esa luz se note en nuestra manera de vivir.
Si de verdad hemos
entendido que el sentido de la vida está en entregarla, entonces ahora
toca servir al hermano. Toca bajar del monte, volver a lo cotidiano, salir de
la iglesia y empezar a amar en lo concreto. En casa. En el trabajo. En las
responsabilidades de cada día. En la manera de tratar a los demás.
Es entonces cuando
la propia profesión, la vida familiar, social, eclesial, todas y cada una de
las facetas de la vida se viven de otra forma, no como un escaparate para
sobresalir, no como una carrera por quedar por encima, no como una búsqueda de
prestigio vacío, sino como una ocasión para servir. Y eso cambia mucho
las cosas. Porque, seamos sinceros, subir al monte nos gusta; lo que ya nos
cuesta un poco más es bajar y seguir amando cuando llega el lunes.
La nube luminosa dice
que Dios está ahí.
Mientras Pedro
todavía estaba hablando, aparece otra imagen bíblica: «una nube luminosa los cubrió con su sombra».
Esa nube expresa que están siendo envueltos por el mundo de Dios, por su
presencia.
La imagen de la
nube no es extraña en la Biblia. La nube acompaña a Israel en el
desierto y es signo de la presencia de Dios que guía y protege a su pueblo
(cfr. Ex 13,21-22; 14,19-20; 40,34-38; Nm 9,15-23). Y, al mismo tiempo, evoca
la vida, porque en el lenguaje bíblico la nube está ligada a la lluvia que
fecunda la tierra (cfr. Job 36,27-28; Sal 147,8; Is 55,10). Por eso, cuando
Mateo habla de una “nube luminosa”, nos está diciendo que los
discípulos quedan envueltos por la presencia misma de Dios, que es luz (cfr.
Mt 17,5; 1 Jn 1,5; Sal 104,2).
Quien mira a Jesús
descubre cómo es Dios.
Y desde esa nube
sale una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en
quien me complazco». En los evangelios sinópticos, la voz de
Dios se escucha dos veces; en el bautismo y en la transfiguración. Y en las
dos reconoce a Jesús como el Hijo amado, el predilecto, aquel en quien Dios se
complace plenamente.
Aquí conviene
recordar algo importante del mundo semita. Cuando se habla del “hijo”,
no se piensa solo en alguien engendrado biológicamente. “Hijo” es
también el que se parece al padre, el que refleja sus rasgos, sus valores, su
manera de vivir. Un padre reconocía de verdad a su hijo cuando veía en él
su misma alma, por decirlo así.
Por eso el Padre
reconoce a Jesús como Hijo, porque en Jesús se ve perfectamente quién es Dios. Quien
mira a Jesús está viendo la belleza de Dios, y esa belleza no es otra cosa que
el amor.
Escucharlo a él
es no equivocarse en la vida.
Aquí aparece algo
que en el bautismo no estaba: «Escuchadlo».
Jesús todavía no había desarrollado su camino ni había mostrado del todo su
mensaje. Pero Jesús aquí ya ha hablado y ha dicho quién es Dios. Ya ha
enseñado que la verdadera grandeza no está en dominar, sino en servir.
Ya ha revelado que la gloria de Dios no consiste en imponerse, sino en amar
hasta el extremo.
Por eso estas
palabras no suenan solo como una orden, sino que suenan casi como una
súplica de Dios al corazón del hombre: «Escuchadlo».
Escuchadlo, si no queréis equivocar vuestra vida. Escuchadlo, si no
queréis gastar la existencia en lo que al final no llena. Escuchadlo, porque
la vida que no se entrega termina perdiéndose.
La tentación de vivir para uno mismo
está siempre ahí.
«Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de
espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos,
no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie
más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los
muertos».
¿Cuál es el
impulso que todos experimentamos cuando hacemos algo? Casi siempre pensamos
en nuestro beneficio, en lo que eso nos aportará, en las consecuencias
positivas que tendrá para nuestra vida. Pensamos en nosotros mismos incluso en
la vida espiritual. Hubo incluso una cierta espiritualidad del pasado que
hablaba de “acumular méritos”. En el fondo, también ahí podía esconderse
una manera de buscarse a uno mismo.
Pero en el monte,
los discípulos que contemplaron el rostro transfigurado de Jesús comprendieron
algo nuevo: no es verdaderamente bello y realizado quien vive pendiente de
sí mismo, sino quien ama, quien entrega la vida, quien busca el bien del
hermano, quien se pregunta cómo servir.
La fe empieza donde ya no hay cálculos.
La propuesta de
vida que hace Jesús es paradójica, porque queda fuera de cualquier verificación
inmediata. Y ahí entra en juego la fe. O te fías de Jesús o no te fías.
Pruebas, en el sentido de seguridades humanas, no las tienes. Todo se juega
en acoger o no su propuesta de amor.
Es como si Jesús
nos dijera: “¿Quieres unir tu vida a la mía? ¿Te fías de mí o no?”. Y
aquí el terreno se vuelve delicado, incluso arriesgado, porque uno piensa: “¿Y
si luego me arrepiento? ¿Y si al final no he disfrutado mi vida para mí mismo?”.
Si Jesús tiene razón, si su propuesta es verdadera, entonces hay motivo para
temblar, porque se trata de apostar la vida entera, y vida solo tenemos una.
Quien no siente de
algún modo este vértigo es que quizá todavía no ha entendido del todo lo que
Jesús está proponiendo.
Jesús
no elimina el miedo:
Se
acerca en medio de él.
Los discípulos, en
el monte, lo comprendieron, y por eso tuvieron miedo. ¿Y qué hace Jesús? Jesús
no los deja solos, se acerca, los toca —qué imagen tan hermosa— y les dice:
«Levantaos, no temáis».También
nosotros necesitamos escuchar esas palabras. Hay momentos en que intuimos
que el Evangelio es verdad, pero al mismo tiempo nos asusta lo que puede
cambiar en nuestra vida. Y entonces Jesús no nos empuja desde lejos ni nos
humilla por nuestras resistencias. Se acerca, nos toca, nos pone en pie.
Cuando levantamos los ojos,
queda solo Él.
Y ellos, «al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús,
solo».
Ahí está el centro de todo: Si queremos
que en el mundo suceda algo nuevo, algo verdaderamente distinto, tenemos que
levantar los ojos y mirar a él, y solo a él. Es él quien da sentido a
nuestra vida. Sin Jesucristo, la meta final parece ser simplemente la muerte. Y
si ese fuera el horizonte último, casi habría que preguntarse si merece la pena
haber empezado el camino.
Es él, y solo él,
con su amor, quien da sentido a nuestra existencia. Solo él hace que
la vida no termine en absurdo, sino en entrega, en plenitud, en verdad.



No hay comentarios:
Publicar un comentario