miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuaresma en San Agatón y de don Salustiano

 


Cuaresma en San Agatón y de don Salustiano

En San Agatón, el Miércoles de Ceniza siempre tenía algo de romería con prisa: niños que lloraban porque no querían “mancharse”, madres peinando a la vez que rezaban, catequistas buscando velas como si fueran arqueólogas, y gente entrando con cara de “llego justo, Señor, pero llego”.

Don Salustiano -el Cura Párroco- en cambio, llegaba con otro ritmo: el de quien va con prisa y además con genio.

Tenía sesenta y tantos, voz potente, mirada de inspector y esa forma de caminar por la sacristía que hacía pensar que iba a levantar acta. Entró, dejó la estola en una silla, el misal donde pilló sitio y empezó a repartir órdenes.

—Marisa, las cenizas no ahí, que luego me lo dejáis todo perdido.

Marisa, que llevaba media vida en la parroquia y ya había visto curas santos, curas nerviosos y curas que confundían la sacristía con un cuartel, levantó una ceja y siguió a lo suyo.

—¿Y los monaguillos? —siguió Salustiano—. Aquí al final hago yo de cura, de sacristán y de electricista.

—Están colocando sillas para la reunión de jóvenes —dijo Lucía, una universitaria con mochila, ojeras nobles y paciencia de campeonato.

—Primero la misa. Luego, si eso, sus dinámicas.

La palabra “dinámicas” le salió con el mismo cariño con el que uno dice “humedad en la pared”.

En un rincón, don Pablo, el otro sacerdote de la casa, bastante más joven, preparaba el incienso en silencio. Llevaba meses en San Agatón y ya había entendido una cosa: algunos días, la santidad consistía en no contestar a la primera.

La iglesia se fue llenando. Señoras con misal gastado, padres con niños elásticos, adolescentes con cara de “yo venía por obediencia”, universitarios que reaparecían en Cuaresma como quien vuelve a casa por temporadas, y algún feligrés de puntualidad creativa.

Don Salustiano salió al altar, empezó la celebración, se saltó alguna rúbrica, añadió alguna cosecha propia y en la homilía habló de la Cuaresma con tono de apretad los dientes.

—La Cuaresma es tiempo de penitencia, sacrificio y seriedad. Aquí no venimos a hacer cada uno lo que le da la gana.

La gente escuchó. Algunos asentían. Otros aguantaban. Y más de uno pensó lo de siempre: cuarenta días de cara seria, renuncias y esfuerzo como si la santidad fuera ir por la vida en modo “no me hables, estoy siendo espiritual”.

Ordenar para respirar

La mala fama de la Cuaresma venía justo de ahí.

Porque la Cuaresma, bien vivida, no es castigo. Es puesta a punto. Es como cuando un cuarto se te va desordenando sin darte cuenta: primero una sudadera en la silla, luego una mochila en el suelo, después papeles, vasos, ropa “que aún no está sucia pero tampoco limpia”, y un día descubres que ya no es un cuarto: es una excavación arqueológica con calcetines.

Nadie ordena su habitación para castigarse. La ordena para volver a respirar. Para encontrar las cosas. Para no pisar una zapatilla a las siete de la mañana con dolor y conversión inmediata.

Con el corazón pasa algo parecido. Por fuera uno sigue funcionando. Por dentro, a veces, ya no hay sitio ni para el silencio.

Terminó la misa. La fila de la ceniza llegó hasta media nave. Don Salustiano imponía ceniza con velocidad de ventanilla eficiente.

—Conviértete y cree en el Evangelio.

—Conviértete y cree en el Evangelio.

—Conviértete y cree en el Evangelio.

La frase le salía perfecta. Lo que no terminaba de salir era dejar que le entrara a él.

La ceniza también cae sobre la sotana

Cuando acabó, se le acercó Carmen. Señora mayor, mirada limpia, fe robusta y una habilidad casi sobrenatural para decir verdades sin hacer ruido.

—Don Salustiano, muy bonita la homilía.

Él asintió, satisfecho.

—Gracias, Carmen. Hay que decir las cosas claras.

Carmen sonrió.

—Sí, hijo. Y vivirlas también. Le digo una cosa: cuando usted celebra la misa “a su manera”, la gente se lía. La misa no es suya, ni mía. Es de la Iglesia. Y cuando un cura cambia cosas porque sí, al final los pequeños creen que la fe se improvisa. Y eso hace daño.

Salustiano hizo media mueca.

—Bueno, mujer, tampoco exageremos.

—No exagero. Mi nieta me preguntó si en cada parroquia “se inventan la misa”. ¿Ve? Los niños aprenden mucho mirando. Y otra cosa —añadió, tocándole el brazo—: las cenizas no distinguen sotana.

Él sonrió como quien recibe una caricia con alfiler.

Una hora después estaba en el bar de Manolo. “Solo un café”, se había dicho. Manolo, que conocía mejor que nadie el “solo un café” de media parroquia, le puso café y tapa sin preguntar.

—Padre, hoy viene usted con cara de homilía larga.

—Lo de siempre, Manolo. Aquí todo recae en el mismo.

Dio un sorbo. Miró la barra. Y sin pedir permiso, le volvió por dentro la frase de Carmen, como una piedrecita en el zapato: las cenizas no distinguen sotana.

Al día siguiente tocaba reunión de Cuaresma en el salón parroquial. Había café recalentado, galletas blandas y ese ambiente tan de parroquia donde conviven buena voluntad, cansancio y fotocopias torcidas.

Lucía, Rosa de Cáritas, Pilar catequista, el chico del coro, don Pablo y don Salustiano. Él, por supuesto, en la cabecera.

—Vamos a ser ágiles —arrancó—. Viacrucis, confesiones, colecta extraordinaria y nada de inventos.

Lucía se removió en la silla. Llevaba una propuesta preparada con otros jóvenes: una vigilia de oración un viernes por la noche, con adoración, testimonios, silencio y cantos sobrios. Nada raro. Todo muy pensado.

—Don Salustiano, si quiere, antes de cerrar del todo, queríamos propon—

No la dejó acabar. Ni la frase.

Levantó la mano, seco.

—Lucía, luego. Primero lo importante.

Lucía bajó la carpeta despacio. Don Pablo la miró de reojo.

Luego habló Rosa. Una familia nueva. Alquiler atrasado. Dos niños. Trabajo inestable. Situación muy justa.

Don Salustiano abrió su carpeta, miró números y soltó su frase habitual:

—La parroquia no es un cajero automático. Hay que mirar bien estas cosas.

No era mentira. Pero sonó a portazo.

Lucía lo intentó otra vez.

—La vigilia puede ayudar mucho. Hay jóvenes con ansiedad, con líos en casa, con preguntas… algunos no vienen a misa, pero sí vendrían a rezar una noche tranquila.

Salustiano se echó hacia atrás.

—Mira, Lucía, con cariño: a esta parroquia no me la convirtáis en un laboratorio. Luego vienen grupitos, estilos raros, movimientos, cada uno a su aire…

Cuando el control ahoga

Lucía ya no sonreía.

—No estamos hablando de “grupitos”. Estamos hablando de rezar y de acoger. Hay jóvenes que han vuelto a la fe por caminos distintos dentro de la Iglesia. Si aquí solo cabe lo que se hacía hace veinte años, no estamos cuidando la parroquia. La estamos empequeñeciendo.

Se hizo un silencio corto, pero de los que pesan.

Pilar, que solía hablar poco, se animó.

—Perdone que se lo diga, don Salustiano, pero a veces parece que San Agatón fuera su cortijo. Y nosotros, peones.

La cara de Salustiano se tensó.

Don Pablo habló sin subir el tono.

—Y cuando no dejas terminar a la gente, no solo cortas ideas. Cortas personas. Hay laicos que ya no proponen nada porque sienten que molestan. Y eso también hace daño.

Salustiano soltó una risa defensiva.

—Ahora va a resultar que yo soy el problema.

Rosa negó con la cabeza.

—No. Pero hay cosas en usted que están haciendo daño. Y como le queremos, se las decimos.

La Cuaresma también se vive escuchando

La reunión siguió, pero ya no estaban hablando solo de horarios. Estaban tocando algo más serio: que la Cuaresma no se vive encerrado en “Dios y yo”, sino también dejándote corregir, dejándote acompañar y dejando de hacerte el héroe.

Esa noche, en la cena de la casa parroquial, don Pablo le enseñó a Salustiano un mensaje de Andrés, un joven de veintidós años que había vuelto a la fe hacía poco.

“Yo no vuelvo más. La última vez me sentí como un mueble.”

Salustiano leyó el mensaje, torció el gesto y dejó el móvil.

—Si por una corrección ya no vuelven, es que venían a otra cosa.

Don Pablo lo miró fijo.

—O venían buscando a Dios y se encontraron con tu mal genio, tu control y tu manera de tratar la parroquia como si fueras el señor feudal. Te lo digo porque te aprecio: eso está dañando a la gente.

Salustiano dejó la cuchara, se levantó y se fue con la sopa a medias.

—Cuando lleves treinta años de parroquia, me das lecciones.

La puerta se cerró más fuerte de lo necesario.

Don Pablo se quedó quieto. A veces la verdad entra como medicina. Primero escuece.


Aquella noche don Salustiano durmió mal. No era remordimiento limpio, era un batido de orgullo, enfado y frases que se le habían quedado pegadas por dentro.

A las tres y pico se levantó, bebió agua y bajó a la iglesia.

Encendió una luz pequeña, se sentó en un banco, se cambió a otro, volvió al primero. No sabía qué hacer con el silencio cuando no tenía que mandar ni preparar nada.

—Bueno, Señor… aquí estoy.

Mucho ruido por dentro

Por dentro iba como una casa con todas las luces encendidas y nadie sabe quién las dejó así.

Por fuera funcionaba. Por dentro, revolucionado.

Le vinieron escenas como fogonazos: Lucía bajando la carpeta, Carmen hablando de la misa, Pilar diciendo “cortijo”, don Pablo serio en la cocina, el mensaje de Andrés.

Intentó justificarse.

—Si no estoy encima, esto se desmadra…

Silencio.

—Lo de la liturgia tampoco será para tanto…

Silencio.

—Y lo de los movimientos… luego traen líos…

Silencio.

El mismo silencio. Ese que no te grita, pero tampoco te compra las excusas.

Cambiar el chip

Ahí empezó a entender algo básico y difícil: la conversión no arranca cuando uno se emociona, sino cuando deja de reaccionar en automático.

Salustiano llevaba tiempo viviendo así: algo le molestaba, saltaba; algo no estaba bajo control, apretaba; algo sonaba nuevo, desconfiaba. Muy rápido. Muy eficaz. Muy poco libre.

La metanoia, ese cambiar la mente, era justo lo contrario: cambiar el chip. Dejar el piloto automático. Volver a decidir con verdad.

Se quedó callado un rato largo y luego soltó, sin frases bonitas:

—Señor, si me he endurecido, dímelo claro. Y ayúdame tú, porque yo solo no sé.

No fue una oración brillante. Fue mejor. Fue de verdad.

Orar para mirar mejor

En aquel banco, de madrugada, descubrió algo que había predicado muchas veces y quizá había vivido poco: la oración no te saca del mundo, te enseña a mirarlo mejor.

Los problemas no desaparecieron. La parroquia seguía siendo la misma. Él seguía teniendo el mismo carácter. Pero algo se ordenó. Lo urgente dejó de taparlo todo. Lo que dolía empezó a tener nombre.

Subió a la cocina y vio una bandeja de dulces que una feligresa había dejado. Cogió uno. Lo miró. Lo olió. Lo devolvió a la bandeja.

Se rió solo.

—Vamos a empezar por algo pequeño, Salustiano… tampoco hace falta canonizarse antes del desayuno.

Aquello fue su primer ayuno serio. No de comida. De autosuficiencia.

Cuarenta días son proceso

Y entendió otra cosa: por eso son cuarenta días.

Porque las cosas serias no se arreglan con una frase buena y dos propósitos escritos con entusiasmo. Hace falta tiempo. Camino. Paciencia. Como preparar un examen, una entrevista, una mudanza o esa conversación que llevas meses esquivando.

La Cuaresma no era un capricho del calendario. Era un proceso.


Al día siguiente, en sacristía, volvió a pasar algo pequeño y muy humano.

Un voluntario había dejado mal colocadas unas vinajeras. Don Salustiano explotó.

—Pero ¡quién ha puesto esto así! ¡No puede ser que siempre haya que rehacerlo todo!

Dos segundos después se hizo un silencio incómodo. El chico se quedó quieto, con cara de “yo solo quería ayudar”.

Salustiano respiró. Se notó la pelea por dentro.

—Perdona —dijo, torpemente—. No era para hablarte así. Mira, se colocan aquí.

El chico asintió, sorprendido.

No había cambiado del todo. Pero ya no tardaba diez días en rectificar. Tardó diez segundos. Y eso, en ciertos corazones, ya es un milagro de Cuaresma.


Don Salustiano decía que él no “frecuentaba bares”, que eso sonaba mal, y que lo suyo era simplemente “tomar un café como cualquier ciudadano”. El detalle era que ese “cualquier ciudadano” tenía mesa fija y cenicero casi con nombre.

Entró en el bar de Manolo. Café, tapa, cenicero. Liturgia local.

—Padre —dijo Manolo, secando un vaso—, ¿le puedo decir una cosa sin que me excomulgue del desayuno?

—Depende de la herejía.

—Una cosa es venir a tomar café. Otra es venir a refugiarse aquí cada vez que sale torcido de la parroquia. Y otra ya es juntar café, humo, copa y crítica como si fuera una espiritualidad nueva.

Salustiano lo miró con la taza en el aire.

—Hoy has desayunado valentía.

—No. Tostada. Pero se lo digo porque la gente lo ve. Y algunos jóvenes me han dicho: “¿Ese es el párroco? Siempre está fumando y poniendo verdes a medio mundo”. Y eso también hace daño.

En la barra, don Eusebio olía conversación como quien huele tortilla recién hecha.

—Padre, dicen que viene el obispo a un encuentro juvenil —soltó—. Eso de jóvenes y movimientos no le entusiasma mucho, ¿no?

La crítica le subió a la lengua como de costumbre. Tenía la frase afilada lista para salir, de esas que hacen gracia en la barra y dejan mal cuerpo después.

Abrió la boca.

La cerró.

Miró el cenicero. Miró el paquete. Miró a Manolo.

Ayunar la lengua también convierte

A veces ayunar no es dejar comida. Es frenar el impulso.

Es recuperar el volante.

Es decirte: no todo lo que siento tiene que mandar en mí. No toda ironía merece salir. No todo cansancio se cura con humo, alcohol o comentario venenoso.

—Opino… —dijo por fin, con esfuerzo visible— …que si vienen jóvenes a rezar, tampoco es una desgracia.

Eusebio se quedó con cara de final inesperado.

Manolo sonrió de lado.

—Padre, hoy ha hecho más ayuno de lengua que muchos en toda la Cuaresma.

—No te emociones —gruñó Salustiano.

Pagó, salió y en la puerta sacó el paquete de tabaco. Lo miró. Lo guardó otra vez.

No porque se hubiera curado de golpe, sino porque por primera vez se preguntó si aquello era descanso… o dependencia con sotana.

De camino a San Agatón se cruzó con don Julián, sacerdote mayor, humor fino, mirada limpia.

—Salustiano, te he visto salir del bar —dijo, sonriendo.

—No me digas que habéis montado vigilancia canónica.

Don Julián se rió.

—No. Pero te digo una cosa: cuando un cura se refugia demasiado en la barra, el humo o la copa, deja de estar disponible por dentro. Y la gente lo nota. Tú tienes buen fondo, pero lo estás ahumando demasiado.

Salustiano resopló.

—Hoy se ha puesto todo el mundo de acuerdo.

—Bendito sea Dios —dijo don Julián—. A veces la gracia empieza pareciendo una conspiración.


Dos días después, Rosa volvió al despacho con el tema de la familia.

Alquiler atrasado. Aviso del propietario. Dos niños. Urgencia real.

Salustiano revisaba facturas con cara de quien defiende una frontera.

—Don Salustiano, si esta semana no pagan una parte, les echan.

Él empezó con el discurso habitual: luz, goteras, gastos, prudencia, balances. Rosa lo dejó hablar. Luego habló ella.

—Le voy a decir una cosa clara. A veces usted decide demasiado desde el dinero. Desde lo que entra, lo que se guarda, lo que se controla. Y la gente se siente más “coste” que persona. Y eso hace daño.

Salustiano levantó la vista.

—¿Ahora soy avaro oficialmente?

—No. He dicho que está apegado. Y cuando uno se apega al dinero, deja de ser libre. Y un cura sin libertad delante del dinero acaba decidiendo por lo que le compensa, no por lo que más ayuda.

En ese momento entró don Pablo con unos papeles.

—Y cuando en una parroquia la gente nota que una boda, un funeral o una actividad se mide por “lo que deja”, la parroquia empieza a parecer empresa y no casa.

Salustiano cerró el libro de cuentas.

—¿Cuánto necesitan?

Rosa dijo la cifra.

Él silbó bajito.

—Voy yo a verlos.

Rosa abrió mucho los ojos.

—¿Usted?

—Sí, yo. Dame la dirección antes de que me arrepienta.

Del despacho a la casa

Aquella tarde subió a un bloque de escalera estrecha, olor a humedad y comida recalentada. Le abrió una mujer con una mezcla de vergüenza y alivio.

Dentro había pobreza y orden, que es una combinación que desmonta prejuicios en cinco segundos.

Casa limpia. Nevera medio vacía. Radiador apagado. Cuadernos en la mesa. Un cochecito sin rueda.

Hablaron un rato. Lo suficiente para que aquello dejara de ser “un caso” y se volviera una familia con nombres, horarios, cansancio y dignidad.

En un momento, el niño pequeño lo miró y preguntó:

—¿Tú eres el jefe de la iglesia?

Salustiano se quedó quieto.

—No… no exactamente.

—¿Entonces quién manda?

El padre del niño se puso colorado.

—Niño, calla.

Pero Salustiano sonrió.

—Manda Jesús. Nosotros intentamos no estropearlo mucho.

Lo dijo en broma, pero le cayó por dentro como una corrección precisa. Llevaba demasiado tiempo viviendo San Agatón como dueño. Y no era dueño. Era administrador.

La limosna no son sobras

Al salir, llamó a Rosa desde el rellano.

—Mañana mismo se les ayuda.

Luego reunió a Rosa y a don Pablo, sacó una cantidad importante de una partida “reservada por prudencia” y dijo:

—Se hace esto. Y la colecta del domingo va para emergencias familiares. Sin dar detalles.

Rosa sonrió.

—Gracias.

Salustiano mantuvo media coraza.

—Con seguimiento. Y con criterio.

—Y con misericordia —remató Rosa.

Él bufó, firmó y siguió.

Pero mientras firmaba entendió una verdad sencilla: la limosna no es tirar una moneda para quedarte tranquilo. Es abrir el corazón. Y cuando toca, abrir el bolsillo. Y a veces la agenda. Y a veces el tiempo.

Lucía lo dijo después en una reunión de jóvenes, y a él le sorprendió lo claro que sonaba:

—No siempre se comparte dinero. También se comparte escucha, compañía, tiempo, ayuda en casa sin convertirlo en negociación internacional. Hay limosnas que no suenan a monedas, pero son muy evangélicas.

Salustiano no dijo nada. Tomó nota por dentro.


Pedir perdón siempre le había parecido más fácil de predicar que de hacer.

Un martes, antes de misa, le dijo a don Pablo:

—Luego quédate un momento.

La misa acabó. Se fueron los fieles. Marisa cerró una puerta. La sacristía se quedó en silencio.

Salustiano dobló la casulla con un cuidado excesivo, como quien quiere retrasar lo que tiene que decir.

—Mira… lo del otro día. Reunión. Comedor. Me pasé.

Don Pablo no habló.

Salustiano notó venir el “pero” y se frenó a sí mismo.

—No. Sin “pero”. Me pasé. Te hablé mal. Y muchas veces te he tratado como mozo de carga, no como hermano sacerdote. No está bien. Y hace daño.

Pedir perdón de verdad

Don Pablo bajó los hombros, como quien deja de defenderse.

—Gracias por decirlo.

Se hizo un silencio bueno, de esos que no pesan: curan.

Salustiano se sentó.

—Esto de convertirse es agotador.

Don Pablo se rió.

—Y eso que aún no hemos llegado a Semana Santa.

Los dos se rieron. Poco. Pero de verdad.

—Quiero hablar con don Ricardo y con don Julián —añadió Salustiano—. Necesito que me digáis claro qué tengo que corregir. Porque si no… vuelvo a lo mismo.

Don Pablo lo miró sorprendido.

—Eso no me lo esperaba.

—Ni yo.

Dios no pide perfección, pide verdad

A los pocos días comieron juntos: don Ricardo, arcipreste; don Julián; don Pablo; y Salustiano.

No fue una encerrona. Fue una corrección fraterna seria.

Don Ricardo habló primero.

—Salustiano, cuando celebras la Eucaristía o los sacramentos “a tu manera”, aunque a ti te parezca una tontería, deseducas al pueblo. Los sacramentos no son propiedad del celebrante. Son de la Iglesia. Ahí hay comunión y cuidado.

Don Julián añadió:

—Y cuando criticas al obispo o a otros curas delante de la gente, siembras amargura. Te descarga a ti cinco minutos y deja mal a la comunidad mucho tiempo.

Don Pablo terminó:

—Y San Agatón necesita abrir puertas. A jóvenes, a realidades distintas, a espiritualidades de la Iglesia que no son tu estilo. No todo lo nuevo es una amenaza. A veces es un don.

Salustiano quiso responder varias veces. Varias veces se calló.

Le costaba. Muchísimo.

Pero ya no huía.

Al final dijo lo que más le costó decir:

—Tenéis razón… en bastante más de lo que me gustaría.

No sonó a derrota. Sonó a grieta. Y por esa grieta empezó a entrar aire.


La vigilia de jóvenes se hizo el viernes de la cuarta semana de Cuaresma.

Don Salustiano llegó pronto “solo para supervisar”, que en su idioma significaba “estoy nervioso y no quiero reconocerlo”.

Llevaba veinte minutos recolocando cosas que ya estaban bien cuando llegó Lucía.

—Esa mesa, ¿para qué es?

—Para el Evangelio y un testimonio.

—Que no parezca una feria.

Lucía sonrió.

—No va a parecer una feria. Va a parecer una iglesia rezando.

Él refunfuñó algo y siguió moviendo una vela medio centímetro.

Fueron llegando jóvenes. Algunos de la parroquia. Otros reaparecidos. Otros invitados por amigos. Uno se quedó en la última fila con capucha y cara de “si esto se pone raro, me voy”. Dos chicos de un movimiento que antes Salustiano habría frenado en seco entraron saludando con respeto. Él respiró y les devolvió el saludo con normalidad.

Pequeño gesto. Gran paso.

Acoger ensancha la parroquia

La vigilia empezó. Palabra de Dios. Cantos sencillos. Testimonio. Silencio. Adoración.

Nada espectacular.

Y por eso mismo, mucha verdad.

Andrés, el del mensaje del “mueble”, pasó a dar testimonio.

—Yo me alejé de la fe bastante —dijo—. Volví hace unos meses porque estaba mal por dentro. Un amigo me invitó a rezar y me hizo bien. Luego vine aquí un día… y salí tocado. No por Dios. Por cómo me sentí. Como si estorbara.

Lucía cerró los ojos un segundo. Don Pablo miró de reojo a Salustiano.

Andrés siguió:

—Lo digo porque a veces nosotros hacemos de muro donde Cristo quiere hacer de puerta. Y mucha gente llega cansada, rota, perdida… y no necesita que la examinemos primero. Necesita que la acojamos.

La frase cayó limpia.

No atacó a nadie.

Por eso atravesó a varios.

Don Salustiano, al fondo, no se movió. Tenía la nuca caliente. No era vergüenza pública, pero se parecía bastante.

La oración devuelve el centro

Luego vino la adoración.

Silencio de verdad. No silencio incómodo. No silencio de espera. Silencio que empieza a sacar a la luz lo que uno esquiva.

Al principio Salustiano seguía en modo supervisor: el micrófono, los cantos, el orden, la postura de no sé quién. Pero poco a poco se fue quedando quieto.

Y empezó a rezar.

Le sorprendió descubrir que la oración no lo sacaba de los problemas de San Agatón. Se los devolvía mejor enfocados. Lo urgente dejaba de masticarse a lo importante. Lo que antes veía como amenaza empezaba a parecer oportunidad.

Le vino una frase por dentro, con una sonrisa involuntaria:

Pues resulta que no era una feria.

Y detrás otra, más honda:

No necesitaban que yo lo controlara todo. Necesitaban que yo les abriera la puerta.

Al final, varios jóvenes se acercaron a confesarse con don Pablo. Otros se quedaron en silencio. Otros charlaban en el atrio con esa alegría tranquila de quien por fin ha respirado.

Lucía se acercó.

—¿Qué le ha parecido?

Salustiano tardó dos segundos.

—Ha habido oración. Y de la buena.

—Gracias por abrir la puerta.

Él se acomodó el abrigo, incómodo con el agradecimiento.

—Gracias a vosotros por tomaros en serio a Dios.

Andrés pasó cerca, dudó, se acercó.

—Buenas noches, don Salustiano.

—Buenas noches.

Silencio corto. Grande.

—Gracias por venir —dijo Andrés.

Salustiano lo miró distinto. Ya no veía “el chico que se queja”. Veía a un joven que, con esfuerzo, había vuelto.

—Gracias a ti por hablar claro. Y… aquella vez te hice sentir que estorbabas. Perdona.

Andrés sonrió.

—Todos estamos aprendiendo.

—No sabes tú cuánto —dijo Salustiano, medio riéndose.

Oración, ayuno y limosna: medicina

Aquella noche, apagando velas, entendió algo que no se aprende en teoría: oración, ayuno y limosna no son un temario para impresionar a Dios.

Son medicina para el corazón cuando empieza a desordenarse.

Y la medicina buena se nota porque devuelve vida.


La Semana Santa llegó a San Agatón con lo de siempre: flores, ensayos, horarios pegados en la puerta, llamadas de última hora y preguntas imposibles.

—Padre, si llego tarde a la Vigilia, ¿resucita igual? —preguntó un adolescente con cara de sueño.

—Resucita igual, pero tú llegas antes —respondió Salustiano, con una media sonrisa que meses antes habría sido noticia diocesana.

No se había convertido en otro hombre de golpe. Seguía teniendo genio. Seguía frunciendo el ceño cuando alguien descolocaba algo. Seguía diciendo “vamos a ser serios” varias veces al día.

Pero había cambios.

Pequeños. Reales. De los que una parroquia detecta enseguida.

Un día volvió a soltar una crítica rápida sobre un cura del arciprestazgo delante de dos feligreses. Se quedó callado en mitad de la frase, carraspeó y corrigió.

—Bueno, no. Eso sobra. Rezad por él… y por mí, que me embalo.

Las dos señoras se miraron con cara de “esto sí que no lo teníamos en el guion”.

Con don Pablo el aire era otro. Ya no era el mozo de carga oficial. Había más escucha y menos ráfagas de órdenes.

Con el bar, el tabaco y el alcohol no hubo milagro instantáneo. No salió de Cuaresma convertido en atleta. Pero empezó a vigilarse. Menos barra como refugio, menos humo automático, menos crítica con tapa.

Manolo lo resumió una tarde:

—Padre, sigue viniendo… pero ya no se queda a vivir.

Y eso, en lenguaje de bar, era una reforma profunda.

Con el dinero, también cambió la mirada. Seguía cuidando cuentas, claro. Pero con más libertad. Menos miedo. Más misión.

Y con la comunidad, quizá ahí estaba la Pascua más visible: empezó a escuchar más, a dejar terminar, a acoger propuestas, a no cerrar por reflejo toda realidad que no fuera “su estilo”.

No abrió todo sin criterio.

Pero dejó de cerrar todo por miedo.

La meta era la Pascua

La Vigilia Pascual en San Agatón fue sobria y hermosa. Todo estaba orientado al Misterio, no al lucimiento del celebrante.

Lucía, desde un lateral, susurró a una catequista:

—Hoy celebra distinto.

La catequista respondió, sin apartar la vista del altar:

—Sí. Hoy parece que reza lo que celebra.

En la homilía, don Salustiano habló menos de lo habitual. Ya era un signo.

Y habló con más verdad.

—La Pascua no es premio para perfectos —dijo—. Es gracia para gente que se deja levantar. A veces uno puede pasar años en la Iglesia, trabajar mucho, hablar mucho, mandar mucho… y tener el corazón cansado o endurecido. Y el Señor, con paciencia, vuelve a llamarnos.

Hizo una pausa.

—La meta no era aguantar cuarenta días como una prueba de resistencia. La meta era la Pascua. Dejar que Dios ordene algo por dentro para vivir con más verdad, más libertad y más alegría.

Muchos no sabían cuánto le había costado decir eso. Pero algunos sí. Y se notó.

Cuando terminó la celebración, llegó el jaleo bonito de siempre: felicitaciones, niños con sueño, fotos, risas, preguntas repetidas sobre horarios.

Carmen se le acercó.

—Feliz Pascua, hijo.

—Feliz Pascua, Carmen.

Ella lo miró con esa mirada de madre espiritual que no falla.

—Este año la ceniza ha trabajado.

Salustiano soltó una risa limpia.

—Y todavía queda obra.

—Mientras el Señor sea el albañil, vamos bien —dijo Carmen.


Ya tarde, cuando se vació San Agatón, don Salustiano volvió a entrar en la nave medio a oscuras. Olor a cera, flores y esa paz rara de después de una noche grande.

Se sentó al fondo.

No tenía una emoción espectacular. Tenía algo mejor: gratitud.

Pensó en Carmen y la liturgia. En Lucía y la puerta. En Rosa y el dinero. En Manolo y el humo. En don Julián y la barra. En don Ricardo y la comunión. En don Pablo y el perdón. En la familia ayudada. En Andrés y aquella frase que ya no olvidaría: hacemos de muro donde Cristo quiere hacer de puerta.

Sonrió, cansado.

—Bueno, Señor… milagro tampoco soy.

Se quedó en silencio. Luego añadió:

—Pero gracias por no cansarte de empezar conmigo.

Dios no pide perfección

Ahí entendió algo que le dio descanso: Dios no le había pedido una Cuaresma perfecta. No le había pedido salir sin defectos, sin genio, sin tropiezos.

Le había pedido verdad.

Un sí sincero. Un paso concreto. Y luego otro.

Una pequeña revolución

La Cuaresma, al final, no había sido una temporada de cara de funeral. Había sido un camino serio, sí, pero esperanzado. Una limpieza buena por dentro.

Como cuando por fin ordenas un cuarto imposible y vuelves a respirar.

Miró la nave y pensó algo que antes le habría sonado a perder poder y ahora le sonaba a alivio:

La parroquia no es mía. No soy dueño de nada. Esto es del Señor. Y qué bien que así sea.

Apagó una luz. Luego otra. Salió al atrio y vio a dos jóvenes haciéndose una foto con cara de sueño y felicidad.

—Venga, a casa —dijo, firme pero con sonrisa—. Cristo ha resucitado, pero mañana hay misa temprano.

Uno se rio.

—Don Salustiano, hoy hasta eso suena cariñoso.

Él negó con la cabeza, haciéndose el ofendido.

—No os acostumbréis.

Y se fue caminando despacio hacia la casa parroquial.

Seguía siendo Salustiano. Con su carácter, sus manías y camino por delante.

Pero ya no llevaba el corazón como un cuarto cerrado y lleno de trastos.

Y en San Agatón, cuando un corazón empieza a ordenarse, se nota hasta en cómo se abre una puerta.

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