lunes, 22 de diciembre de 2025

La Natividad del Señor; Jn 1, 1-18; «En el principio existía el Verbo»

 La Natividad del Señor

25.12.2025; Jn 1, 1-18

Se inicia el tiempo de Navidad «En el principio existía el Verbo»

 

La liturgia de Navidad también sabe sorprendernos.

Feliz Navidad a todos. En la Eucaristía del día de Navidad, cuando veamos al celebrante acercarse al ambón para proclamar el Evangelio, quizá por dentro nos preparemos para escuchar el relato del nacimiento de Jesús en Belén, o la aparición del ángel a los pastores anunciando la paz en la tierra a los hombres que Dios ama. Ese pasaje lo escuchan quienes participan en la Misa de medianoche.

Pero el texto que la liturgia nos propone hoy no es el relato del nacimiento, sino el inicio del Evangelio según san Juan: el famoso prólogo. No es una página fácil, pero es tan alta y tan honda que a Juan se le ha llamado, con razón, “el águila” entre los evangelistas. Y nosotros queremos saborear esta página, porque nos anuncia un mensaje extraordinario, inaudito, que el Hijo de María ha venido a traer al mundo.

 

El amor de Dios no se compra con “portarse bien”.

¿Cuál es ese mensaje? No es simplemente: “si somos buenos, Dios nos quiere”. Eso, sinceramente, no sería una novedad: todas las religiones, de un modo u otro, han enseñado algo parecido. Si el Hijo de María hubiera venido solo a decirnos eso, no nos habría traído nada nuevo.

Él ha venido a decirnos algo mucho más grande: que hemos sido introducidos en una relación de amor indisoluble e incondicional con el Dios inmortal; indisoluble e incondicional, porque ninguna de nuestras infidelidades, ningún pecado —por grande que sea— podrá jamás torcer ese amor. Esto no lo ha enseñado ninguna religión: esta es la gran noticia de la Navidad. Y en el prólogo de su Evangelio, Juan nos cuenta la historia de este increíble entrelazarse de amor entre Dios y la humanidad.

 

El Verbo:

Dios toma la iniciativa de hablarnos.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

El prólogo comienza con un título, cuanto menos, sorprendente para Jesús: lo llama “Verbo”. Nosotros solemos decir Cristo, Rey, Señor, Hijo de Dios, Salvador… Aquí, en cambio, aparece como Verbo, y solo el evangelista Juan lo llama así. Encontramos este título en su Evangelio, vuelve a tomarlo en su primera carta y aparece también una vez en el Apocalipsis. ¿Por qué Juan elige esa palabra?

“Verbo” viene del latín verbum, que significa “palabra”. Es la traducción del término griego logos, que Juan usa para decirnos que Jesús es “Palabra”. Y todos sabemos, aunque a veces lo olvidemos, para qué sirve una palabra: es el puente con el que nos comunicamos. Cuando dirigimos la palabra a alguien, es porque queremos entrar en relación, porque tenemos algo que decirle.

 

En Navidad, Dios nos llama por nuestro nombre.

Pensemos en algo muy humano: cuando nos llama una persona a la que queremos, nos cambia el gesto y por dentro nos preguntamos enseguida: “¿Qué querrá decirme?”. Pues bien, en Navidad —nos sugiere Juan— quien toma la iniciativa de hablarnos no es un amigo cualquiera: es Dios mismo, el Eterno, el Inmortal, que tiene algo muy importante y muy hermoso que comunicarnos. Ahí está una de las razones de la alegría grande de este día.

Dios, en realidad, siempre ha hablado a los hombres. Primero, a través de la creación. El salmo 19 comienza diciendo: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos, el día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia» (cfr. Sal 19, 1-3).

Pero esa “palabra” del mundo creado no la captan todos. Hay quien usa la creación… pero no escucha lo que la creación le está diciendo. En cambio, el contemplativo percibe ese mensaje: se queda maravillado ante la armonía del firmamento, ante esos espacios misteriosos e inmensos, y aun así va más allá de lo que ven los ojos, y sabe leer allí un mensaje de amor. Ve la creación como un regalo, un regalo que nos habla de la grandeza y de la belleza de Dios.

El contemplativo mira las estrellas no solo como cuerpos celestes regidos por una armonía asombrosa; las reconoce como signo de una solicitud infinita de Dios por el hombre. Quizá los antiguos —decía el predicador— eran más “hombres” que nosotros en esto: sabían escuchar el canto de las estrellas, el diálogo de los astros, sus danzas que parecían alabar y agradecer a su Creador.

Luego Dios habló por medio de los profetas: personas sensibles, capaces de sintonizar con los pensamientos de Dios y de comunicarlos a sus hermanos. Pero en el Hijo de María esta revelación llega a su plenitud, porque ese niño —nos dirá enseguida el prólogo— es nuestro Dios que ha venido a hacerse uno de nosotros. Y ese niño, que todavía no consigue pronunciar una palabra, en su fragilidad ya nos está hablando de Dios: en su rostro brilla la belleza de Dios.

Es verdad: no es difícil creer que exista Dios. Es razonable pensar en un Creador del universo, porque el mundo no lleva dentro, por sí mismo, la razón de su existencia: del no-ser no puede brotar el ser, decía con sabiduría un presocrático. Si hay creación, es porque hay Alguien que la ha querido.

 

Creer en un Dios que se deja tocar es otro nivel.

         Lo verdaderamente difícil es creer que Dios se ha hecho uno de nosotros para encontrarnos, para dejarse tocar, besar, acariciar; para mostrarnos su rostro, para decirnos cuánto nos ama, para revelarnos nuestro destino. Creer en esta verdad y en este amor sin medida cuesta de verdad, y solo los cristianos creen en un Dios que nos ha amado así.

Y, sin embargo, si de veras pensamos que Dios es amor, y que quiere mostrarnos cuánto nos ama, resulta razonable admitir que pueda llegar hasta ahí: hasta hacerse uno de nosotros. Por eso no creemos en “otro” dios distinto del Dios que contemplamos resplandecer en ese Niño. He aquí por qué se le llama Verbo, Palabra: porque toda su persona nos habla, nos muestra la belleza de Dios.

Además, nosotros no comunicamos solo con palabras. Habla toda nuestra persona: el comportamiento, la mirada, el modo de presentarnos. Hasta un tatuaje o un piercing —para bien o para “mírame un momento”— está diciendo algo. Y también se habla con el silencio: si, sin rencor declarado, dejo de saludar a alguien, mi silencio puede decir más que un discurso. Pues bien, en ese Niño todo empieza ya a hablarnos. Y no lo dice todo de golpe: crecerá y nos revelará, no solo con palabras, sino con toda su vida, quién es Dios, ese Dios al que Él llamará Padre.

 

La luz no discute: brilla, y las tinieblas no la vencieron

No es recibir o no recibir, sino hostilidad

Juan continúa: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

El texto griego lo dice del siguiente modo: «καὶ τὸ φῶς ἐν τῇ σκοτίᾳ φαίνει, καὶ ἡ σκοτία αὐτὸ οὐ κατέλαβεν», que traducido es; «y la luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la venció / no se apoderó de ella (la tiniebla como fuerza hostil que intenta dominar la luz)». Por lo tanto, no es un asunto de recibir o dar un portazo en todas las narices, sino que se trata de algo que supone e implica clara hostilidad para dominar.

Ese Niño ha venido a disipar las tinieblas de la humanidad, y esas tinieblas no se resignaron a desaparecer pacíficamente: lucharon contra la luz venida del cielo, pero no lograron sofocarla.

 

Los discípulos luchan contra el maligno

que intenta extinguirla

Juan lo recuerda con claridad, porque él se encontró con esa luz, la vio, y sabe que intentaron apagarla sin conseguirlo. Y en la historia de la comunidad de los discípulos esa lucha ha continuado. Pero la luz que ha venido del cielo en el Hijo de María nadie podrá extinguirla.


¿Y qué tinieblas ha disipado esta luz?

1.- La de presentar a Dios como un señor soberano arbitrario:

su palabra es ley y la desobediencia se paga caro

Ante todo, esta luz ha disipado las que oscurecían el rostro de Dios, tal como Dios era imaginado.

Muchas religiones lo presentaban como un señor y un dueño opresor: daba órdenes, exigía obediencia y servicio; concedía bendiciones a quien le ofrecía sacrificios, holocaustos e incienso, y enviaba pestes y desgracias a quien no se sometía y se atrevía a quebrantar sus mandamientos. Incluso los pueblos se sentían “elegidos” por su dios y, más aún, animados por él a hacer guerras contra otros pueblos. Todo eso era oscuridad sobre Dios; un dios así no despertaba amor, sino miedo. Era un ídolo fabricado por el hombre.

Recordemos, por ejemplo, cómo los israelitas, junto al Sinaí, viendo relámpagos, sintiendo el monte temblar y oyendo los truenos, dijeron a Moisés: «Háblanos tú y te entenderemos, pero que no nos hable Dios, no sea que muramos» (cfr. Ex 20,19). Dios quiso disipar esa oscuridad, quiso decirnos que Él no es así, y decidió venir a dejarse ver. Y eso no podía hacerlo sino haciéndose uno de nosotros.

¿Y qué tinieblas ha disipado esta luz?

2.- La de devolver al hombre su dignidad

Había otra tiniebla que esta luz tenía que disipar; la que impedía reconocer el verdadero rostro del hombre, su dignidad de hijo de Dios. Cuando en la mente hay oscuridad —egoísmo, ansia de dominar— se puede terminar confundiendo a una persona con una cosa, o con una bestia. Entonces el hombre puede llegar a valer “un par de sandalias”, como denuncia el profeta Amós (cfr. Am 2,6), o incluso menos que una oveja, como recordará Jesús.

Ese Niño, Palabra de Dios, con su luz disipa también esta tiniebla y nos muestra cuánto vale un hombre para Dios.

Y en este punto del prólogo, el evangelista se detiene e introduce a un personaje: Juan el Bautista. Escuchemos cómo nos lo presenta.

 

Envueltos en la luz de Cristo

«Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».

Un día Jesús dirá a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (cfr. Mt 5, 14). Pero lo seréis —no brillando con luz propia— sino volviéndoos transparencia de mi luz. No tendréis que pelearos con las tinieblas: bastará con que estéis envueltos en mi luz como en un vestido espléndido, y entonces, en vosotros, todos podrán verme a mí; podrán reconocer la luz del Hijo de Dios llegada a este mundo.

Juan el Bautista se encontró con esa luz y se dejó envolver por ella. Quedó tan iluminado que su rostro llegó a brillar de tal manera que algunos pensaron incluso que él mismo era la luz. Y esa es la razón por la que el evangelista Juan insiste en precisarlo: no, no era él la luz. De hecho, el propio Bautista cortó enseguida el malentendido: «No soy yo el Mesías» (cfr. Jn 1,20; Lc 3,15-16).  Él se presentó siempre, sencillamente, como testigo de la luz.

No basta hablar de la luz:

hay que dejarla brillar a través de nuestra vida

Solo hay un modo de ser testigos convincentes. Podemos intentar mostrar que la luz de Dios ha llegado a nuestro mundo hablando de Jesús, que es la Luz. Pero las palabras no bastan. Para que resulte creíble que la luz del cielo ha entrado en nuestra historia, hace falta un testimonio más hondo: dejar que esa luz resplandezca en la propia persona, a través de la propia vida. Y cuando eso sucede, ya nadie puede negar que la luz de Dios ha llegado entre nosotros.

Tras esta intervención sobre el Bautista, el prólogo continúa hablando de la luz verdadera.

 

Las palabras pueden iluminar…

o pueden oscurecer.

«El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios».

Las palabras humanas pueden ser luz, pero también tiniebla; pueden ser verdad o mentira. Pueden construir amor o generar odio; ser fuente de vida o causa de muerte.

Ese Niño nos dice la verdad sobre Dios

Pero aquel Niño —Jesús de Nazaret— es una Palabra que solo dice la verdad. Nos dice la verdad sobre Dios, porque es Dios mismo quien ha venido a dejarse ver en Él. Y, por eso, toda palabra que no corresponda al Dios que contemplamos en Jesús de Nazaret es mentira: conviene borrarla, quitarla de en medio, no alimentarla más.

Ese Niño nos dice la verdad sobre el hombre

Y esa Palabra nos dice también la verdad sobre el hombre. ¿Quién es el hombre verdadero? ¿Basta con ser razonables y autoconscientes? No: si fabricamos bombas, si odiamos, entonces no somos todavía verdaderamente humanos; nos quedamos en la bestia. Jesús de Nazaret nos revela toda la verdad sobre el hombre: hombre verdadero es el que ama, el que llega a amar incluso a quien le hace daño, incluso al enemigo que le quita la vida. Y nadie ha sido tan verdaderamente hombre como Jesús, porque nadie ha amado como Él. Nos hacemos hombres verdaderos solo en la medida en que nos parecemos a Él.

 

Cuidado con las “luces” que solo son destellos.

El prólogo sigue diciendo que el mundo ha sido hecho con sabiduría, es decir, está bien hecho para acoger esta luz sobre Dios y sobre el hombre. Y esa sabiduría con la que fue creado el universo podemos percibirla; basta escuchar la verdad que nos dicen las criaturas, hechas con sabiduría. Hay un designio de Dios sobre ellas, y ese designio merece respeto: no se trata de deformar lo creado, sino de usarlo según la intención del Creador, que podemos intuir.

 

El mundo es todo aquel que

prefiere la mentira a la verdad

Sin embargo —continúa el prólogo— «el mundo no lo conoció»; el mundo no acogió esta luz. ¿Qué significa aquí “mundo”? En el Evangelio según Juan, la palabra “mundo” puede tener varios sentidos: puede referirse a la creación, al universo; puede significar toda la humanidad (y el Hijo de Dios ha venido para salvar al mundo, es decir, a toda la humanidad). Pero aquí “mundo” señala esa parte de la humanidad que ha preferido la tiniebla a la luz, la mentira a la verdad.

Y esto no es un ataque polémico contra “los que no aceptan a Cristo”. Es un aviso para todos, también para los cristianos: que no nos dejemos seducir por luces engañosas, por estrellas que parecen deslumbrar, pero solo son un brillo fugaz… y terminan siendo estrellas caídas. El peligro es universal: nadie está vacunado.

 

Acoger esta Palabra es aceptar dos propuestas

Y ahora llega el versículo más importante de este pasaje, situado justo en el centro del prólogo: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios». Acoger esta Palabra no significa adherirse a una doctrina como quien firma un documento.

Acoger su propuesta de Dios y su propuesta de hombre

Significa acoger lo que nos dice aquel Hombre, Jesús de Nazaret: su propuesta de Dios y su propuesta de hombre. Quien acoge esta Palabra recibe de Dios, como don, su misma vida. Una vida que no procede, como la vida biológica, de la tierra. No nace —como dice el prólogo— «estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios».

La gran noticia de la Navidad:

Nuestro mundo ha sido sembrado el germen de la vida divina, ofrecido a todo hombre. Sin este don, estaríamos destinados a la muerte como todas las criaturas vivientes que conocemos: animales, árboles… También nuestra vida biológica comparte ese destino; somos tierra, y lo sabemos. Si no se nos hubiera traído la vida del Eterno, ese sería nuestro horizonte.

El Cohelet (hebreo קֹהֶלֶת, qohélet), o sea, el Eclesiastés, —todavía tanteando en la oscuridad, porque no había contemplado la luz de la Navidad— llegaba a una conclusión amarga: «Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte; muere el uno y la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad. Todos caminan hacia la misma meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo» (cfr. Qo 3,19-20). El Hijo de María ha venido a decirnos que el Padre del cielo nos ha regalado su misma vida: la vida del Inmortal, la que no queda atrapada por la muerte biológica.


 

Navidad es esto:

El Eterno se hace carne y pone su tienda.

         «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».

Hemos escuchado el relato del acontecimiento central de toda la historia de la humanidad: el Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios se hizo carne y vino a plantar su tienda junto a nosotros.

La palabra “carne” en la Biblia:

El hombre entero, vulnerable

Y aquí conviene fijarnos bien. En la Biblia, cuando se dice “carne”, no se está pensando en los músculos, sino en el hombre entero. Se dice que el hombre es “carne” cuando se quiere subrayar que es una criatura débil, frágil y, sobre todo, mortal. No es inmortal como Dios: es vulnerable, se rompe.

El Salmo 78, después de recordar tantas infidelidades del pueblo de Israel, concluye diciendo que Dios tuvo compasión de ellos porque “son carne”, porque son frágiles (cfr. Sal 78). Pues bien, la Palabra, el Verbo, ha asumido esta condición humana nuestra; se hizo carne. No es que se haya puesto “apariencia” de hombre, como quien se pone un vestido. No, se hizo hombre en todo como nosotros, incluida la mortalidad.

Si no hubiera muerto en la cruz, Jesús habría muerto de viejo, con los achaques que acompañan ese tramo de la vida. El amor de Dios ha llegado hasta ahí; hasta hacerse mortal. Y esta, quizá, es la verdad más difícil de aceptar.

El Omnipotente necesitado:

Dios en brazos de una madre joven.


         El Eterno que se hace mortal; el Invisible que se deja ver; el Omnipotente que se vuelve frágil y necesita las caricias de una madre adolescente. Cuesta creer en un Dios que se hace niño y viene a plantar su tienda junto a nosotros. Pero si el amor es infinito, puede llegar hasta ahí.

Los otros “dioses” —los que a veces fabricamos a nuestra imagen— no pueden bajar tanto, porque se quedan a nuestra medida, a la medida pequeña de nuestro amor. Solo el amor infinito de Dios puede colmar esa distancia.

 

Dios baja todavía más:

Del niño al siervo, del siervo a la cruz.

Y no le bastó con hacerse uno de nosotros; quiso bajar hasta el escalón que nosotros solemos despreciar, el del que sirve, el del esclavo. Hasta ahí llegó nuestro Dios. Nos mostró su rostro no desde arriba, sino arrodillado: como el que se inclina a lavar los pies del hombre. Este es el Dios de Jesús, el que no se impone por miedo ni se deja manejar a conveniencia; sencillamente ama sirviendo. Y todavía descendió más: murió en la cruz, la muerte reservada a los criminales, a la basura de la sociedad. Más abajo no se podía caer… y, sin embargo, el amor infinito ha sido capaz de llegar también ahí.

En este Niño —dice el prólogo— «y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Es decir, en Él podemos contemplar la verdadera identidad de Dios. Todas las demás palabras sobre Dios que no coincidan con lo que vemos en Jesús son mentira. En Él contemplamos la “gloria”, o sea, la belleza de Dios: un Dios que es amor, y solo amor.

Y en este punto, el prólogo vuelve a hablarnos del Bautista.

 

Dios se ve donde se toca la vida:

En Jesús.

«Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

A Dios nadie lo ha visto jamás: no lo vio Abraham, no lo vio Moisés, no lo vieron los profetas, porque nuestros ojos materiales no pueden ver al Invisible. Pero quienes tuvieron la dicha —y la alegría— de encontrarse con Jesús de Nazaret, de caminar a su lado por los caminos de Palestina, esos sí; en Él vieron el rostro de Dios.

 

Juan, hijo de Zebedeo, contado entre los Doce, habla como testigo de Jesús (cfr. Mc 3,17). Y lo hace desde la conciencia de haber estado con Él “desde el principio”, para dar testimonio (cfr. Jn 15,27). Por eso, al comienzo de su primera carta, recuerda con fuerza esa experiencia: «Lo que existía desde el principio, lo que han oído, lo que han visto con sus ojos, lo que contemplaron y lo que tocaron sus manos: el Verbo de la vida» (cfr. 1 Jn 1,1).

Y añade por qué lo cuenta: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos», para que también los demás entren en comunión y participen de esa misma vida (cfr. 1 Jn 1,3); y lo escribe «para que nuestra alegría sea plena» (cfr. 1 Jn 1,4). Sin ocultar que la fe se vive en tensión con el “mundo” y con la prueba de la división: «No os extrañéis si el mundo os odia» y «salieron de entre nosotros, aunque no eran de los nuestros» (cfr. 1 Jn 3,13; 1 Jn 2,19).

Y nosotros queremos saborear juntos lo que Juan de Zebedeo dice de esa experiencia, porque no la narra solo para los cristianos de entonces, sino también para nosotros hoy.

 




“Lo hemos oído, visto, contemplado… y tocado”:

La fe no es una idea.

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y lo que nuestras manos tocaron —es decir, el Verbo de la vida—, porque la Vida se hizo visible y la hemos visto, y de ello damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, la que estaba junto al Padre y se nos manifestó.

Lo que hemos visto y oído, nosotros, los católicos os lo anunciamos también a vosotros, para que nuestra alegría sea plena (cfr. 1 Jn 1,1-4). Dios te ama en tu miseria y en tu pecado, porque él no se escandaliza de tu pecado, sino que te abraza para que, descubriendo su amor puedas descubrir el Amor.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Ea Villancico palentino (Palencia-España)



Al principio del Mundo
ProfetizaronAl principio del MundoProfetizaronLa venida del niñoYa se ha llegado
Una estrella en el CieloSe ha presentadoUna estrella en el CieloSe ha presentadoAnunciando al VerboSer Soberano
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Del Oriente salieronLos Reyes MagosDel Oriente salieronLos Reyes MagosEn busca del CorderoPara adorarlo
Siguieron su viajeTan prolongadoSiguieron su viajeTan prolongadoSiendo por una estrellaLos tres guiados
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
A Judea llegaronLos Magos ReyesA Judea llegaronLos Magos ReyesY al Herodes preguntaronLos tres alegres
Dónde está el que ha nacidoEn tu reinadoDónde está el que ha nacidoEn tu reinadoEn busca de él venimosPara adorarlo
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Éste ha respondidoQue él ignoraÉste ha respondidoQue él ignoraEl que haya nacidoCon tanta Gloria
Y en el caso de que le hallareisEn el momentoY en el caso de que le hallareisen el momentoLa respuesta enviadmeSin perder el tiempo
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Se despiden los ReyesDe JerusalenSe despiden los ReyesDe JerusalenY encontraron al niñoQue estaba en Belen
Sorprendidos quedaronDe que le vieronSorprendidos quedaronDe que le vieronEn un pequeño establoAl Rey Supremo
De rodillas se ponenCon alegríaDe rodillas se ponenCon alegríaAnte la providenciaLos tres decían
Tú eres el Rey del CieloY de la TierraTú eres el Rey del CieloY de la TierraDe los niños más bellosLa mejor prenda
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Nunca se conocióTan dulce nombreNunca se conocióTan dulce nombreHasta la sucesiónDe hacerle hombre
Por salvar a los hombresTe has humanadoPor salvar a los hombresTe has humanadoSiendo el Rey del OrbeSer Soberano
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Siendo tu madre VirgenOh qué hermosuraSiendo tu madre VirgenOh qué hermosuraY tú de ella nacisteQuedando pura
Yo te ofrezco el inciensoUno decíaYo te ofrezco el inciensoUno decíaHijo del Padre inmensoY de María
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Yo te ofrezco la mirraDijo el segundoYo te ofrezco la mirraDijo el segundoY también a MaríaPor todo el mundo
Yo te ofrezco el oroDijo el terceroYo te ofrezco el oroDijo el terceroConociéndote en todoPor Rey del Cielo
Ya adoraron al NiñoLos Magos ReyesYa adoraron al NiñoLos Magos ReyesPor diversos caminosMarchan alegres
Volvamos a JudeaY el que aguardabaVolvamos a JudeaY el que aguardabaDe los Magos respuestaNunca llegaba
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Y este cruel, infameHombre malvadoY este cruel, infameHombre malvadoManda derramar sangrePor su reinado
Sus deseos se logranY en vano fueronSus deseos se logranY en vano fueronQue al Rey de la GloriaNo le cogieron
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
En Egipto se hallabanJosé y MaríaEn Egipto se hallabanJosé y MaríaCuando Herodes lograbaSu tiranía
Satisfecho ha quedadoQue había muertoSatisfecho ha quedadoQue había muertoPero no lo ha logradoPor aquel tiempo
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma
Ay de la TonadillaPor si te enfadaAy de la TonadillaPor si te enfadaFinis coronat opusQue aquí se acaba
Ea, que eres como una perlaOla, que los niños te adoranOye, que te rondan pastoresVaya, que eres sol refulgenteNiño del almaNiño del alma


La carta de un soldado inglés desde las trincheras durante la navidad de la Primera Guerra Mundial

 Historia

Un soldado inglés escribe una carta a su familia desde las trincheras del frente durante la Navidad de 1914, en plena Gran Guerra.

Àlex Sala

Periodista especializado en Arte e Historia del Arte

Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/nochebuena-trincheras-primera-guerra-mundial_25179

 

Un grupo de soldados alemanes e ingleses confraternizan en el frente belga el día de Navidad de 1914.

Topham Picturepoint / Cordon Press

 

   


Ypres (Bélgica), 29 de diciembre de 1914

Querida madre, 

Deseo que en casa os encontréis todos bien. ¿Qué tal la gripe de Jessica? Espero que mi querida hermana pequeña se haya recuperado y pueda ir a la escuela al terminar las vacaciones. ¿Y papá? ¿Todavía le duele la muela? Dile que vaya al médico de una vez, que se pone muy pesado cuando no se encuentra bien. 

        No sabes cómo os agradezco vuestro regalo de Navidad. Las croquetas estaban deliciosas, y el aguardiente es realmente necesario para pasar las frías noches aquí en Bélgica. Créeme cuando te digo que mis compañeros de guardia te lo agradecen tanto como yo mismo.  

       Muchas noches llegamos los cero grados, pero a causa de la brisa del mar del Norte, que tenemos a apenas 30 kilómetros, parecen incluso menos. Vamos abrigados de los pies a la cabeza, como momias, y aun así es imposible no pasar frío.

          El viento glacial nos cala hasta los huesos y nos persigue, impidiéndonos dormir en nuestros reducidos refugios, simples huecos excavados en la trinchera, que la lluvia llena de barro. Las interminables guardias nocturnas transcurren en absoluto silencio y oscuridad, pocas veces las nubes dejan ver alguna estrella en el firmamento.  

       Pero no os preocupéis, en realidad estoy bien. Podría decirse que hace semanas que las cosas están muy tranquilas, al menos lo más tranquilas que pueden estar en una guerra. Aquí en Ypres los durísimos combates terminaron más o menos a mitad de noviembre

Fue una carnicería que no servía a nadie para avanzar ni una pulgada de terreno. Los cadáveres mutilados se amontonaban en tierra de nadie. No podíamos ni recoger los cuerpos para darles una digna sepultura por miedo. Fueron semanas horribles, con la angustia de no saber si estaríamos vivos al día siguiente.  

 

La situación ahora ha cambiado radicalmente. El frente ha acabado estabilizado en una larguísima línea que va desde el mar del Norte hasta Suiza. Nosotros (ingleses, franceses y la magra resistencia belga) estamos al oeste, y enfrente, a unos doscientos metros al este, tenemos la barbarie alemana. Todos agazapados y bien protegidos en nuestras trincheras.

 

Los periódicos lanzamientos de obuses sobre la retaguardia se han convertido en una especie de ritual que se repite a diario a las mismas horas y en los mismos lugares, pero, al contrario de lo que diría la lógica, estos ataques parecen no querer causar un daño real. Más bien están destinados a recordarnos que estamos en guerra y a que permanezcamos en alerta. Advertidos como estamos, es relativamente fácil protegerse de ellos. 

Nuestra vida, parapetados a más de tres metros bajo el nivel del suelo, es una sucesión de rutinas que ayudan a sobrellevar la dura vida en estas estrechas zanjas en las que cocinamos, comemos, dormimos y pasamos las horas lo mejor que podemos. Pero el otro día ocurrió algo inesperado y que por unas horas nos devolvió a todos a un mundo que vivía en paz. 

A última hora de la tarde del día de Nochebuena la tranquilidad absoluta se apoderó del frente. Fue un momento inquietante. Cualquier novedad parece el preludio de que algo horrible está a punto de suceder... 

Entonces comenzamos a escuchar villancicos y canciones patrióticas provenientes de las trincheras alemanas, en las que también se habían dispuesto árboles de Navidad iluminados. No era una actitud provocativa, parecía un momento de genuina felicidad que nuestros enemigos querían compartir. Nosotros respondimos entonando nuestras propias canciones y comenzamos a intercambiar mensajes de buena voluntad de una trinchera a otra.  

Esa noche los únicos sonidos que se escucharon fueron nuestras canciones y bromas, nada de disparos. A última hora, alguien desde el bando alemán gritó: “mañana, si vosotros no disparáis, nosotros no dispararemos”. Fue el último mensaje que intercambiamos, pero ciertamente, esa noche reinó la paz más absoluta y pude dormir como hacía semanas que no dormía. 

A la mañana siguiente, un compañero me despertó diciendo “¡escucha, los alemanes están allí arriba en tierra de nadie paseando, repartiendo bebidas y cigarrillos”. Era una imagen sorprendente: soldados alemanes charlando amigablemente con mis compañeros. Reían, compartían historias y se enseñaban fotos de sus madres, hijos y esposas. Muchachos que 24 horas antes estaban disparándose entre sí. Fue un momento emocionante e irrepetible. 

No te lo vas a creer, pero yo mismo conversé con uno de ellos, Gunter, no llegaba a la treintena. Tenía un buen inglés. Había estado viviendo en Londres, según me explicó. Me regaló su casco, ese típico con el pincho arriba. Lo llevaré para enseñároslo cuando regrese a casa. Me invitó a ir a su casa, una granja cerca de Múnich, por un momento, mientras compartíamos cigarrillo, pensé que eso sería posible. 

Fue un milagro que solo podía darse el día de Navidad, la guerra paró por unas horas y pudimos comprobar como los enemigos que tenemos en frente están tan cansados, desaseados y enfermos como nosotros; y que su vida, en unos agujeros como los nuestros, es muy similar a la que llevamos nosotros.  

He oído que en otros lugares incluso llegaron a jugar algún partido de fútbol. He escuchado la misma historia explicada de tres lugares distintos. No sé si será cierta, puesto que la tierra de nadie no es el mejor lugar. Está llena de proyectiles, alambradas y de cadáveres. También para ellos hubo esta vez tiempo. Fue un día para recoger sus cuerpos, un trabajo duro pero que había que hacer por respeto a los muertos y a sus familiares. 

Fuéramos ingleses, franceses, alemanes o austriacos, todos compartíamos el deseo real de terminar con esta guerra. Pero la tregua había sido algo espontáneo, no previsto por los oficiales superiores y que puso muy nerviosos a los altos mandos. A media tarde tanto nosotros como nuestros enemigos comenzamos a recibir órdenes de regresar a nuestras trincheras

Regresen a su posición”; “Bajen de nuevo a sus trincheras”, eran las órdenes que iban pasando de boca en boca. Al mismo tiempo, estas mismas instrucciones recorrían las filas alemanas. No entiendo su idioma, pero en los rostros de esos soldados se dibujaba la misma expresión de desaprobación y malestar que en los nuestros. Por dentro maldecíamos a los generales que habían decidido desde su confortable cuartel en la retaguardia que debíamos continuar la guerra. Y así terminó este espejismo de paz que vivimos por unas horas. 

El día de Navidad no hubo más disparos, pero poco a poco han regresado las bombas y las balas vuelven a volar por encima de nosotros. Cuánto deseo que termine esta terrible guerra y poder volver con vosotros. Sabes que estáis siempre en mi mente.  

Tu querido hijo. 

P.D. No os olvidéis de mandar pudin, tu comida es lo más parecido a estar en casa que tengo.  

Besos 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Viaje apostólico del Papa León XIV al Líbano

 

 

 

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
EN TÜRKIYE Y LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A İZNIK (TÜRKIYE)
CON MOTIVO DEL 1700.° ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA

Los cristianos del Líbano recibieron con enorme alegría al Papa León XIV en su primer viaje apostólico, viviendo su presencia como una gracia: la de ver fortalecida su fe y la de acoger, a través del Sucesor de Pedro, un anuncio renovado de Cristo en medio de un país marcado por tensiones y cansancio social. Miles de fieles se abrieron paso entre multitudes —incluso con mal tiempo— solo para poder verlo y participar de esa experiencia eclesial que, para ellos, fue motivo de consuelo y esperanza.

Pero la visita no quedó “dentro” de las comunidades cristianas. Uno de sus ejes principales fue el diálogo interreligioso y, según el historiador Abib Malik, también hubo reacciones muy positivas entre comunidades no cristianas, especialmente suníes y drusas. Muchos interpretaron el viaje como algo bueno para el Líbano: un impulso para la convivencia pacífica y para rebajar el tono de las divisiones que desgastan al país.

Incluso algunos comentaristas musulmanes hablaron en clave espiritual, diciendo que percibían en la visita del Papa una presencia de paz que asociaban con Jesús. Esa impresión les llevó, a la vez, a una reflexión autocrítica: si un líder cristiano puede despertar alegría, ánimo y deseo de paz, ¿por qué no promover lo mismo desde dentro de su propia comunidad?

En el fondo, el reportaje subraya una idea sencilla: el paso del Papa llevó consuelo y un mensaje de Cristo a los cristianos del Líbano, y al mismo tiempo tocó el corazón de muchas personas de buena voluntad —cristianas y musulmanas— que desean paz. Queda por ver cómo el país logrará convertir esa resonancia en gestos concretos, pero el eco del mensaje fue amplio, más allá de fronteras religiosas.