lunes, 6 de enero de 2025

Homilía de la Epifanía del Señor, Ciclo C Mt 2, 1-12

 

Epifanía del Señor, 06.01.2025

Ciclo C (Mt 2, 1-12)

 

         Hoy es la fiesta de la epifanía. Pero ¿por qué celebramos esta fiesta el día 6 de enero? Epifanía (ἐπιφάνεια 'aparición', 'manifestación') deriva del verbo griego ἐπιφαίνω, que significa ‘mostrar’, ‘aparecer’ (ἐπί 'sobre' + φαίνω 'mostrar’, ‘aparecer', en la forma φαν- + -ης; etimología en ἐπί, φαίνω). ¿Por qué en esta fecha? En el origen de esta fiesta se celebraba la manifestación, la epifanía de la luz. En Oriente, ya en el siglo tercero antes de Cristo existía la fiesta del solsticio de invierno: Una fiesta dedicada al triunfo de la luz sobre las tinieblas. En toda la antigüedad se recoge y era bien conocida la escena de Apolo, el dios sol, con su cuadriga llevando al sol que triunfa sobre la oscuridad de la noche. Era como si el sol recomenzara a tener la energía, como comenzando un nuevo ciclo con nueva fuerza; la victoria de la luz sobre las tinieblas. Este solsticio en la antigüedad era calculado de un modo aproximado en torno al 21 de diciembre, pero cuando en la antigüedad se dieron cuenta realmente que las cortinas de las tinieblas eran derrotadas por la luz era el 6 de enero. De hecho, bajo el reinado de Tiberio, en la época de Jesús, el solsticio era celebrado tanto en Alejandría como en todo el Próximo Oriente en torno al 6 de enero. Incluso el propio refranero popular castellano lo recoge: «Por los Reyes, ven el alba los bueyes. Por los Reyes, un paso de bueyes»; «El día de la Epifanía se ven las estrellas al medio día»; «Por Reyes, aumenta el día la pata de una gallina —de hora más de día»; «Ya estamos en Reyes, ya lo notan hasta los bueyes».

         Este sol material que en la antigüedad era considerado como un dios (esta religión del dios sol fue lo introdujeron los emperadores romanos Heliogábalo y Aureliano). Fue Aureliano quien estableció la fecha pagana el día 6 de enero. Cuando llegó el emperador Constantino esta fiesta continuó como la manifestación de la luz sobre las tinieblas/obscuridad, pero ya no era la celebración de la victoria del dios sol sobre la oscuridad de la noche. Sino que ahora es la victoria de la luz del cielo, que es Cristo, que ha iluminado las tinieblas de nuestra mente, de nuestro ser, de nuestras vidas y de todos nuestros corazones: Este es el sentido actual de lo que hoy estamos celebrando; la epifanía del Señor. El propio Zacarías nos lo expresa en su cántico:

         «Bendito el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza salvadora (lit. ‘un cuerno de poderío y vigor’; cfr. Sal 18, 3; Sal 75, 5; Dt 33, 17; 1 R 22, 11; Za 2, 4) en la casa de David, su siervo, como había prometido desde antiguo por boca de sus santos profetas (…). Por las entrañas (sentimientos) de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite (que hicieron que nos visitara) una Luz de lo alto (estrella de la luz, ver Nm 24, 17; Ml 3, 20; Is 60, 1 y germen que retoña del tronco de David, ver. Jr 23, 5; 33, 15; Za 3, 8; 6, 12), a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, y de guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (cfr. Lc 1, 67-79).

         La Luz es la manifestación del amor de Dios; esta ha sido y es la luz que ilumina a todo el mundo. En Israel poco a poco fueron descubriendo de un modo progresivo el rostro del Dios amor, y esta preparación dada al pueblo de Israel era precisa y necesaria para que posteriormente acoger a esta luz que revelaba el amor incondicional del amor por el hombre que llegaría al mundo con Cristo.

         Con Cristo ha empezado a brillar la nueva luz, la cual ilumina y elimina todas las tinieblas del mundo. Algunos se han dejado iluminar por esta luz y otros se están empeñando en apagar esta luz. San Mateo desea acercarnos a todos nosotros a esta luz, para que la acojamos en su plenitud.

 

         «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

         Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

         Ellos le contestaron:

«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las poblaciones de Judá,

pues de ti saldrá un jefe

que pastoreará a mi pueblo Israel”».

         Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

         «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

         El pasaje evangélico empieza metiendo en escena personajes enigmáticos, los magos venidos del Oriente que van tras la luz que han visto brillar en una estrella que ellos han identificado como el nacimiento de un nuevo rey. Una de las leyendas eleva a la dignidad de reyes a estos magos de Oriente. Esto está animado por la alusión implícita que hace Mateo al Salmo 72: «(…) los reyes de Tarsis y de las islas traerán consigo tributo. Los reyes de Sabá y de Seba todos pagarán tributos, ante él se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones (…) que viva y le den el oro de Sabá. Sin cesar rogarán por él, todo el día lo bendecirán» (Sal 72, 10-15). Por esto inmediatamente ese pensó que aquellos que trajeron los regalos y que se postraron y le adoraron haciendo homenaje a Jesús recién nacido se les tomó como reyes de naciones del Oriente, tal y como rezaba el Salmo 72.

         El segundo paso a dar es el de precisar el número de estos magos. En un primer momento el número variaba de dos a doce magos. Posteriormente se estabilizó en tres porque eran tres los regalos que ofrecieron a Jesús recién nacido: Oro, incienso y mirra.

         El tercer paso fue el darles nombre a estos tres magos de Oriente: Melchor, Gaspar y Baltasar. La tradición nos cuenta que ellos después de muchas vicisitudes y peripecias en sus vidas ocasionadas por la fe en este nuevo rey al cual le han rendido sincera y eterna pleitesía, abandonaron aquellos reinos del mundo para seguir al nuevo rey que ellos habían encontrado. Se cuenta que 60 años después de este acontecimiento se volvieron a reunir los magos para celebrar la fiesta del nacimiento en Sebaste, en Armenia. Y posteriormente uno tras otro fueron muriendo; Melchor con 116 años, luego Baltasar con 112 y por último Gaspar con 109 años. Después en el año 1164, el emperador alemán Federico Barbarroja regaló a la ciudad de Colonia las reliquias de los Reyes Magos, mismas que fueron trasladadas desde la Tierra Santa a Milán, y desde ahí a Colonia. La devoción cristiana se ha aficionado y apegado a estos personajes.

 

         El evangelista Mateo les llama ‘magos’, pero no hacen referencia a la magia. Ese tipo de ‘magos’ de la magia eran considerados por los romanos y por los judíos como charlatanes. Mateo les llama magos y la razón es que está aludiendo a una profecía de Antiguo Testamento que está hablando de un mago del Oriente que se llamaba Balaán (en hebreo: בִּלְעָם) (cfr. Nm 22-24). La historia de este mago, Balaán, está relatada en el libro de los Números. Balaán había sido llamado por el rey Balac, el rey de Moab, el cual visto cómo los israelitas estaban atravesando sus tierras y le estaban causando problemas. Entonces el rey de Moab, Balac, quería combatir contra los israelitas pero los israelitas eran fuertes y numerosos; además los israelitas tenían la fama de que tener a un dios de parte, el cual era un dios invencible; tan invencible que había derrotado incluso al ejército de los Egipcios. Entonces el rey de Moab llama a Balaán, el cual era un mago, para que maldijera a ese pueblo israelita. Y ¿qué es lo que pasa? Que este mago es llevado a una montaña (con toda la peripecia que le sucedió con la burra, la cual incluso le llegó a hablar [cfr. 22, 22-35]) y en vez de maldecir a Israel lo bendijo «postrándose rostro en tierra». De nuevo Balac hace subir a Balaán a la montaña desde el cual se divisaba un extremo del campamento de los israelitas porque el rey le había pagado a Balaán por maldecir a Israel. El propio Balaán llega a pronunciar un oráculo de gran interés:

         «Entonces Balac, enfurecido contra Balaam golpeó las manos y le dijo: «Yo te llamé para que maldijeras a mis enemigos, y tú ya los has bendecido tres veces. Huye a tu patria cuanto antes. Estaba dispuesto a colmarte de honores, pero el Señor te ha privado de ellos».

Balaam le respondió: «Ya le había anticipado a los mensajeros que me enviaste: «Aunque Balac me diera su casa llena de plata y oro, yo no podría transgredir una orden del Señor, haciendo algo por mi cuenta, ni bueno ni malo. Yo debo decir únicamente lo que dice el Señor». Y ahora que regreso a mi cada, déjame anunciarte lo que este pueblo hará con el tuyo en los días que vendrán». Entonces pronunció su poema, diciendo: «Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre de mirada penetrante; oráculo del que oye las palabras de Dios y conoce el pensamiento del Altísimo; del recibe visiones del Todopoderoso, en éxtasis, pero con los ojos abiertos. Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel» (Nm 24, 10-17).

         El mago Balaán se refiere a una estrella que surge en la dinastía de David. Esta estrella se refería a la profecía. Surge una nueva estrella la cual eclipsa a todas las estrellas anteriores a ella. Mateo introduce a los magos de Oriente que han visto la estrella, porque esa estrella era la estrella anunciada por el mago Balaán era la de un rey como Josías. Pero Mateo dice que la estrella nacida en la dinastía de David, la cual dará inicio a un reino que no tendrá fin, es Jesucristo. Mateo quiere decir que los magos reconocieron en Jesús la estrella anunciada por Balaán.

         Es Jesús la estrella. Jesús es la estrella porque él es la luz que guía a cada hombre. Y el que siga a esta estrella ha de saber que no seguirá a una persona con éxito en este mundo. Esta luz, que es Cristo, nos trae y nos hace ver los valores más auténticos que realmente cuentan para edificar al hombre como hombre y a la mujer como auténtica mujer. Si seguimos a otras estrellas nos terminaremos estrellando y caeremos en la más profunda decadencia moral y ética.

 

         Jesús es presentado en el Nuevo Testamento como la entrada de la luz, como la epifanía; la manifestación de la luz venida del Cielo. El propio Simeón reconoce a Jesús como la luz: «(…) porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para alumbrar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel» (cfr. Lc 2, 31-32). En el mismo prólogo del evangelio de San Juan, cuando habla del Bautista nos dice: «Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, cuando viene a este mundo» (cfr. Jn 1, 7-9). No obstante, el mundo ha preferido vivir en la oscuridad antes que la luz, siendo ésta la gran tragedia de los hombres. Lo que sucede es que la luz me deja bien en claro cuando uno se sale del camino o de la senda. Si amas las cosas o a las personas de un modo equivocado, la luz te lo muestra para que corrijas los pasos mal dados. En el capítulo 8 de san Juan, el mismo Jesús se presenta como la Luz: «Yo soy la luz del mundo, la persona que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).

 

         Con Jesús ha llegado la luz al mundo y esta luz se manifiesta a todos los pueblos; se realizar la epifanía de esta luz. Ante esta luz, que es Cristo, hay dos actitudes, y estas dos actitudes se reflejan en dos grupos de personas:     El primer grupo son los magos. Frente a esta luz, que es el mismo Cristo, los magos de Oriente se caracterizan porque ellos levantan los ojos y miran a esta estrella. Ellos no se contentan con mirar hacia la tierra, ellos no se contentan con las comodidades o necesidades ya cubiertas en la tierra, pero es una vida que termina. Los magos de Oriente anhelan una vida que nunca termina. Esta vida que no termina sólo puede proceder de lo alto, y ésta es la luz que brilla en Jesús de Nazaret. Mirar hacia lo alto es lo propio del hombre que se cuestiona sobre el sentido de su existencia y de su destino. Y este sentido de la vida nos lo entrega la suprema luz que es Cristo. Ellos vislumbraron una luz que les daba un sentido a sus vidas. Esos magos nos representan en la búsqueda de la estrella que guía nuestras vidas y nuestros pasos. Y la tradición ha identificado inteligentemente a estos personajes: Melchor, el viejo, el más mayor, con el pelo blanco, de larga barba y que ofrece el oro que representan a todos aquellos mayores que tienen una mirada cansada por el peso de la historia y de la sabiduría acumulada; Baltasar con la piel oscura, el hombre maduro y que ofrece la mirra; y luego Gaspar, el más joven, sin barba con la piel rosada, que ofrece el incienso. En estos tres están representados todas las razas y todas las edades. Y Mateo nos hace la invitación a ser como ellos; a ser personas que alzan la mirada a lo alto y que se dejan envolver por esta luz del Cielo que es Cristo.

 

         Entra en escena un segundo grupo, un segundo grupo que no acoge en absoluto a esta luz. Es el rey Herodes que se encuentra muy perturbado y enfadado. Aquellos que se oponen a la luz son todos aquellos que se han instalado en su ubicación de poder, ya sea político o religioso. Y si se tienen que subir los impuestos y oprimir a los más desfavorecidos o a todo el pueblo para conseguir sus propios fines, pues lo hacen sin problema. Y ese reino de los poderosos continua porque a ellos les interesa. No sirven al pueblo, sino que se sirven del pueblo. Y claro está, los poderosos no quieren hacer cambios; no cuestionan nada; no sienten ninguna preocupación por los demás porque están drogados y son adictos del tener y del poder.

         El evangelista nos dice que «el rey Herodes se sobresaltó». La forma verbal griega que emplea el evangelista Mateo es ἐταράχθη (ser agitado). Que nos remite a la agitación del agua del mar, de las olas embravecidas. Es el mismo verbo que emplea Flavio Josefo cuando habla del terror del faraón y de todos los egipcios cuando se enteraron del nacimiento -procedencia- de Moisés (cfr. Ex 2, 15). Cuando se enteran del que va a venir a cambiar el mundo les entra el pánico a todos los faraones.

 

         De hecho, Herodes ya había matado a una docena de familiares por temor a que ellos le usurpasen el trono. Y era normal que tuviera miedo porque era un rey ilegítimo. Y nos cuenta Mateo que «se sobresaltó y toda Jerusalén con él». Mateo presenta a toda Jerusalén como la ciudad rodeada de tinieblas, de oscuridad; si permaneces en Jerusalén no vas a poder ver esta luz brillar. Esta Jerusalén indica el mundo antiguo, la forma antigua de concebir a Dios y la relación con él. La religión del Templo de Jerusalén era un comercio con Dios en el que uno ofrecía alguna cosa a Dios para que Dios se mostrase con uno con benevolencia. Y este tipo de relación tenebrosa y oscura con Dios quedará disuelta con la luz que viene a traernos Cristo. Y toda Jerusalén queda sobresaltada, turbada, queda agitada por esta luz, por este nuevo modo de entender y concebir esta nueva relación con Dios. Herodes está agitado porque Jesús ha venido a derribar los reinos de este mundo, los reinos de la opresión y de la tiranía. El reino que Jesús nos trae no es el de los dominadores o de los faraones, sino el reino de los siervos. El que gobierna, gobierna sirviendo. El que es grande no es el que está en el trono, sino el que se rodilla para lavar los pies al hermano. Los que están siempre en la esfera del poder viven en la mentira, traman las cosas desde el secreto ya que temen perder el poder y las influencias que tienen. Herodes no quiere cambiar y hará todo lo posible para mantenerse en el puesto que está.

 

         «Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

         Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

         Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino».

         La estrella no se ve estando en Jerusalén. Sólo cuando están los magos lejos de la capital donde dominan la oscuridad y las tinieblas que indican el poder de la religión mal entendida como comercio con Dios, la religión inventada por el hombre, allí no brilla la luz de la estrella. Cuando salen de Jerusalén es cuando ellos ven de nuevo la luz de esta estrella que es Cristo. Salir de Jerusalén es una invitación a salir del modo tradicional de justificar todo lo que sucede, salir del modo de pensar común, salir del modo de razonar y de evaluación común de todos, el no actuar en forma de manada, sino razonar y penar como personas con criterios elaborados con firmeza evangélica. Salir de Jerusalén para poder ver de nuevo la luz de la estrella es salir del reino de la lógica del mundo que nos enseña que el hombre con éxito es el que acumula bienes, que alcanza muchos reconocimientos, que le dedican calles, plazas y puentes y que disfruta del poder. Es necesario salir de Jerusalén para poder contemplar la luz de la estrella ya que si tenemos un embotamiento mental nuestro corazón estaría petrificado.

         Esta Jerusalén que ‘se agita’ y en el que no se puede ver la luz de la estrella representa el reino de la religión que no establece ni desea instaurar una relación de amor libre y gratuito con Dios, sino que únicamente desean y apuestan por una relación comercial como ocurría en el Templo de Jerusalén. Recordemos cómo Jesús volcó las mesas de los cambistas e hizo un látigo para expulsar a los vendedores del Templo (cfr. Mt 21, 12-13). Es necesario salir de esta ciudad para poder ver la luz de la estrella que es Cristo.

 

         Una de las señales que nos muestra que no brilla la luz es la tristeza. Apenas salen de Jerusalén y ellos vuelven a ver de nuevo la luz de la estrella y se llenaron de una gran alegría e inmensa. Ese viaje hacia la luz es lo que nos conduce a la alegría. Y nos conduce esa luz a la alegría porque cuando uno responde a la propuesta del hombre que nos hace Cristo uno descubre la propia identidad; sabe quién es uno, sabe para que trabaja, sabe para qué vive, y sabe para quién ama. Es entonces cuando uno encuentra la paz y la armonía con uno mismo y con los demás.

         El camino tras esta luz no es sencillo, porque de vez en cuando esta luz desaparece y nosotros nos sentimos desorientados y nos podemos sentir sumidos en la niebla y tinieblas de este mundo. ¿Qué hacer en estos momentos de dificultad que se nos presenta en nuestro camino tras la luz de la estrella? Porque son momentos de duda, de incertidumbre, de miedo. Ante esto uno no debe de cambiar de dirección, sino sigue confiando sin alterar trascurso del camino. Los magos no han abandonado la dirección al dejar de ver la luz de la estrella, sino que continuaron buscando esta luz.

 

         Los magos cuando se encuentran con la luz que es Cristo lo que hacen es presentar sus regalos. Mateo concreta los regalos en oro, incienso y mirra. Estos dones (oro, incienso y mirra) nos remiten a la profecía de Isaías donde se nos dice que Jerusalén ante la luz del Señor «al verlo te pondrás radiante, tu corazón se ensanchará estremecido, pues vendrán a ti los tesoros del mar, te traerán las riquezas de los pueblos. Un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos vienen de Sabá trayendo oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé» (Is 60, 5-6). De aquí -de este texto del profeta Isaías- entendemos que en nuestra tradición los magos vengan en camellos y en dromedarios.

 

         El simbolismo de los regalos (oro, incienso y mirra) ha sido variado. El oro hace referencia al pago de un tributo al soberano y aquellos que han visto la luz del nuevo rey le presentan el tributo; es decir, reconocen en Jesús que él es el rey y ellos quieren pertenecer a ese nuevo reinado.

         El incienso es un elemento específico del servicio sacerdotal; sólo los sacerdotes pueden hacer la ofrenda del incienso. Estas personas que han visto la luz y han mostrado su total adhesión a Jesús como nuevo rey también ellos son constituidos sacerdotes. Ofrecen a Dios el culto de toda su vida, y ese ofrecer la propia vida a Dios es el único incienso que le place, que le gusta, que disfruta el propio Dios. Es el incienso del amor, del servicio al hermano. Aquel que entra en este nuevo reino ofrece a Dios el culto que a él le gusta.

         Y al final está la mirra. Si nos acercamos al Cantar de los Cantares continuamente la mirra nos remite al símbolo del amor. Ya en el capitulo primero dice la esposa que casarse con su amado es para ella como una bolsa de mirra: «Mi amado es para mí una bolsita de mirra que descansa entre mis pechos» (cfr. Ct 1, 13). Y más adelante dice el esposo a la esposa «eres huerto cerrado, hermana, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada. Jardín de granados tus brotes, con exquisitos frutos: nardo, azafrán, canela y cinamomo, mirra, áloe y los mejores bálsamos» (cfr. Ct 4, 13-14). La mirra remite siempre al amor; la mirra es el amor de la esposa. Los magos representan a todos aquellos que han mostrado su total adhesión al nuevo reino instaurado por Cristo, lo cuales se han constituido sacerdotes y tienen una relación esponsal/matrimonial con Dios. Dios no es el patrón o el legislador, ni el verdugo ni el justiciero; Dios es el que ama incondicionalmente al hombre y el hombre se siente tan involucrado en ese amor como la esposa con el esposo en este amor.

 

         Y los magos «se retiraron a su tierra por otro camino». Regresan por otra ruta. Ya no retornan por el mismo camino, sino por otro distinto porque han descubierto la nueva luz y ahora ellos inician una nueva relación con Dios, consigo mismos y con los hermanos. Todo completamente nuevo, y van por otro camino a la hora de regresar a su tierra. Si nos dejamos guiar por la luz de esta estrella toda la historia de nuestra vida adquirirá todo su sentido.

sábado, 4 de enero de 2025

Homilía del Domingo II después de Navidad Jn 1, 1-18

 


Domingo II después de Navidad, Ciclo C

05.01.2025

Jn 1, 1-18

          Nos cuenta la Sagrada Escritura que Moisés deseaba ver el rostro de Dios y así se lo rogó a Dios, mas el Señor no se lo concedió porque nadie podía verlo y seguir con vida. No obstante Yahvé Dios le colocó en una hendidura de la roca y le tapó con su divina mano los ojos, y al retirar su mano del rostro de Moisés, Moisés únicamente pudiera ver la espalda de Dios, pero su rostro no lo vio (cfr. Ex 33, 18-23). Esta sed ardiente de ver el rostro de Dios lo escuchamos en las súplicas de los salmos que desean ver el rostro de Dios: «¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!» (Sal 4, 7); «Una cosa pido a Yahvé, es lo que ando buscando: mirar en la Casa de Yahvé todos los días de mi vida, admirar la belleza de Yahvé contemplando su templo» (Sal 27, 4); «Digo para mis adentros: Busca su rostro. Sí, Yahvé, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro» (Sal 27, 8-9); «Como anhela la cierva los arroyos, así te anhela mi ser; Dios mío. Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sal 42-43, 2-3). Pablo en la primera carta a Timoteo nos dice que Dios «habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni lo puede ver» (cfr. 1 Tm 6, 16).  En el prólogo del evangelio de san Juan nos trae un gran mensaje: En el hijo de María el mismo Dios ha venido a mostrarse. Aquel rostro que deseaba poder ver el mismo Moisés y con tantas ganas se lo rogaba al mismo Dios, ese rostro nosotros lo podemos contemplar sorprendentemente en Jesús de Nazaret. Ahora bien, es de un modo muy diferente de cómo ellos se habían imaginado. Y Jesús ha venido a mostrar el rostro de Dios y para involucrarnos en una relación de amor indisoluble e incondicional. Es indisoluble e incondicional porque, aunque nuestros pecados sean rojos como la grana (cfr. Is 1, 18) no podrán nunca con su amor.

         En el prólogo el evangelista anticipa todo su evangelio; lo cual posteriormente lo irá desarrollando.

         «En el principio existía el Verbo», el Verbo, la Palabra, la cual es creadora y que realiza el proyecto de Dios. «Y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». El evangelista corrige lo que se dice en el libro del Génesis donde está escrito «en el principio creó Dios el cielo y la tierra», porque incluso antes de crear el cielo y la tierra ya tenía este proyecto para realizar. Primero estaba el proyecto de realizarlo y lo hizo junto al Verbo. Y todo lo hizo por medio de la Palabra, del Verbo: «Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz» (cfr. Gn 1, 3). El evangelista destaca el papel que desempeña Cristo en la creación. En un primer momento la tradición bíblica sostenía que el mundo había sido creado con vistas o respondiendo a las Diez Palabras, a los Diez Mandamientos, es decir el decálogo. Será una única Palabra la que se manifestará en este evangelio en un único Mandamiento Nuevo, el de Jesús: «que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis así entre vosotros» (cfr. Jn 13, 34).

 

            «Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

         El evangelista llama a Jesús con el título ‘Verbo’. Nosotros estamos más acostumbrados a llamarle ‘Cristo’, ‘Señor’, ‘Mesías’, ‘hijo de Dios’, ‘Salvador’, etc.; lo llama ‘Verbo’ y sólo el evangelista Juan lo llama así. Lo emplea en su primera carta y también en el Apocalipsis. ¿Por qué el evangelista Juan lo llama así? ‘Verbo’ es una palabra que deriva del latino ‘verbum’ que significa ‘palabra’; la traducción del término griego ‘logos’ (λóγος). Jesús es llamado ‘Verbo’ o ‘Λóγος’ o Palabra porque es el modo de cómo nos comunicamos con las personas, con los demás. Cuando uno está con alguien que desea estar y está expectante se pregunta: ¿Qué cosa querrá decirme? Es el Eterno, el Inmortal el que tiene algo muy importante que comunicarnos.

         Dios siempre ha hablado a los hombres; primero con la Creación. Recordemos cómo empieza el Salmo 19: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos, el día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia» (Sal 19, 2-3). Hay muchos que ven la Creación, pero no escucha lo que dice el Creador en su creación. El contemplativo capta este mensaje y escucha la Palabra del Creador. Dios nos envía su mensaje de amor a través de la Creación. El contemplativo contempla las estrellas, pero no las ve únicamente como cuerpos celestes regulados por una estupenda armonía, sino que los capta como el signo de un cuidado infinito de Dios hacia el hombre. Los campos repletos de grano para ser cosechados son entendidos como un especial mimo de Dios Padre hacia sus hijos que quiere que prosperen en todos los aspectos de la vida, y sobre todo en el amor.

         Dios ha hablado a los hombres a través de los profetas; esas personas sensibles capaces de entrar en sintonía y de conectar con los pensamientos de Dios y que luego se lo comunicaban a sus hermanos los hombres. Y ahora en el hijo de María esta revelación de Dios llega a su plenitud. Porque el hijo de María es el hijo de Dios que ha venido a hacerse uno de nosotros. Ese niño que ahora mismo sólo sabe reír y llorar, ahora en su fragilidad nos está hablando de Dios; en su rostro brilla la belleza de Dios. Es razonable pensar que existe un creador del universo porque el mundo no tiene en sí mismo la razón de su existencia. Parménides de Elea (Παρμενίδης), el filósofo griego presocrático nos decía con mucha sabiduría que del no ser no puede llegar o venir el ser. Que esta creación no tiene en sí misma la razón de su existencia. Tiene que haber un ser superior que le da el ser a todo lo creado.

         Creer que Dios se ha hecho uno de nosotros para encontrarse con nosotros, para mostrarnos su rostro y decirnos cuánto nos ama y para revelarnos nuestro destino; creer en este amor infinito es realmente difícil y sólo los cristianos creemos en un Dios que nos ha amado así.

        

         Ese niño, el hijo de María e hijo de Dios es el Verbo, porque toda su persona nos habla y nos muestra la belleza de Dios. Es toda nuestra persona la que habla, no sólo con los labios, sino con todo nuestro comportamiento, nuestra mirada, con nuestro modo de vestir. Incluso se habla con los tatuajes, con los piercings con los cuales queremos llamar la atención sobre nosotros. También nos comunicamos con el silencio. El niño Jesús comienza ya a hablar. Ese niño crecerá y se manifestará y hablará con toda su persona sobre quién es Dios. Ese Dios que él llamará padre, ‘abba’ (אבא ). 

 

         El evangelista sigue diciendo que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Ese niño es la luz que ha venido a disolver la oscuridad de la humanidad. La tiniebla pretendió sofocar y apagar agresivamente la luz. Han intentado apagar esta luz sin éxito. Esa luz continúa encendida en la comunidad cristiana y los enemigos han intentado, por todos los medios, sofocarla; pero la luz que trae el hijo de María nadie jamás podrá apagarla.

 

         ¿Qué oscuridad ha concedido disolver esta luz del Señor? En primer lugar, toda la oscuridad que nublaba el verdadero rostro de Dios. Todas las religiones se imaginaban a un señor, un caballero, un maestro que daba órdenes y que exigía ser obedecido y servido; como contraprestación concedía favores y bendiciones a los que le ofrecían sacrificios, holocaustos, incienso…, y mandaba pestes y plagas a todos aquellos que no se sometían a su voluntad u osaban transgredir sus órdenes. Incluso los pueblos, que se sentían elegidos y protegidos por dios o los dioses hacían la guerra a otros pueblos. Todo esto era oscuridad sobre Dios. El Dios manifestado en Jesucristo es un Dios que no da miedo, sino que nos entrega amor.

         Luego hay otra oscuridad que disuelve esta luz: Es la oscuridad que nos impide percibir la dignidad del hombre. Cuando la oscuridad está en las mentes, cuando la oscuridad del egoísmo, de la codicia de dominar está hace confundir al hombre con las cosas: se instrumentaliza, se utiliza, se manipula al hombre y se trata a los hombres como bestias. Y la dignidad del hombre no se respeta. Tal y como dice el profeta Amós que «porque venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles» (Am 2, 6-7). Este es el niño que con su luz disuelve esta oscuridad y nos dice cuánto vale un hombre para Dios.

         A esta altura del prólogo el evangelista interrumpe e introduce un personaje, el Bautista.

            «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».

         Llegará un día en que Jesús dirá a sus discípulos «vosotros sois la luz del mundo» (cfr. Mt 5, 14-16); no quiere decir que estemos brillando con nuestra luz, sino que se volverán transparentes y así transparentarán la luz de Cristo. No tendrás que luchar contra la oscuridad; te bastará que estés envuelto en la luz del Señor como si se tratase de un extenso y magnífico manto. Y a través de uno -que deja transparentar la luz de Cristo- los demás podrán ver la luz del hijo de Dios. El Bautista ha encontrado esta luz y se ha dejado envolver por ese manto de luz. Y está iluminado hasta tal punto que su rostro se ha vuelto tan brillante que incluso alguno ha llegado a pensar que el Bautista fuera él mismo la propia Luz. Esa es la razón por la que el evangelista Juan se adelanta a precisa diciendo que Juan el Bautista no era él la luz, sino testigo de la luz. El propio Bautista lo ha dejado muy claro: «Yo no soy el Mesías» (cfr. Jn 1, 19-28); el Bautista siempre se ha presentado como el testigo de la luz. Juan el Bautista no sólo anunciaba a la Luz con sus palabras, sino que también daba testimonio con sus actuaciones; de este modo la luz de Cristo brilla en la propia persona. Juan el Bautista nos urge a todos a hacer apostolado, a llevar a Cristo allá en donde nos encontremos. De ese modo la luz de Dios podrá llegar a todos los rincones del mundo. Y los efectos directos de esa luz es que el amor empezará a reinar y nuestra relación tanto con Dios como con los hermanos será auténtica y edificante. Ya no cabrá la manipulación, ni el despotismo, ni el abuso de autoridad, ni el aprovecharse del cargo para el propio beneficio, ni el entender a Dios como aquel que tengo que actuar por miedo ni actuando con Dios como si estuviera haciendo trueques o chantajes para obtener lo que uno desea, etc.

 

         «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios».

         Las palabras de los hombres pueden ser luz y pueden ser tinieblas, verdaderas o falsas; pueden construir amor o generar odio; ser fuente de vida o causa de muerte. Cristo es una palabra que sólo dice la verdad; nos dice la verdad de Dios porque él mismo ha venido a manifestarse. Por lo tanto, todas las palabras sobre Dios que no estén en sintonía con lo que nos dice Jesús de Nazaret son mentiras. Si deseamos saber la verdad del hombre es preciso escuchar y atender la verdad que nos dice Jesús.

         El hombre descubre su auténtica verdad cuando escucha la verdad que Jesús nos regala. El hombre si apuesta por el odio, por construir bombas nucleares, en torturar o aprovecharse de los demás, de este modo no somos ni seriamos hombres verdaderos, sino bestias. Jesús de Nazaret nos dice toda la verdad sobre el hombre. El hombre auténtico, verdadero es aquel que ama, que llega a amar incluso a aquellos que nos quieren mal. Uno es verdadero en la medida en que se asimila o parece a Jesús.

         El mundo ha sido hecho con sabiduría, que el mundo está bien hecho. Todas las criaturas están hechas con un diseño de Dios; y este diseño o plan de Dios estamos urgidos a respetarlo y no a desfigurarlo: Las criaturas deben de ser empleadas según el diseño o plan del Creador para que las podemos entender y amar correctamente. Pero el mundo no ha aceptado este plan o proyecto de su Creador: No lo recibieron.

         El mundo no lo conoció. En el evangelista Juan la palabra ‘mundo’ tiene varios significados: Puede indicar el mundo como la creación como nosotros lo entendemos. También puede indicar toda la humanidad; el hijo de Dios ha venido a salvar el mundo, salvar a toda la humanidad. En el presente caso la palabra ‘mundo’ indica la parte de la humanidad que ha preferido la tiniebla a la luz, la mentira a la verdad. Este término ‘mundo’ no es una ofensiva o polémica contra los que han preferido las tinieblas a la luz, sino que es principalmente una clara advertencia para todos los cristianos que también deben de tener bastante cuidado para no dejarse seducir por las luces engañosas, ya que son únicamente destellos efímeros que engañan ya que no son estrellas. Son meramente simples espejismos. Y este peligro también se cierne/se filtra sobre los que son llamados cristianos.

 

         Y en el centro del prólogo de san Juan viene el versículo más importante: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios». Aceptar esta palabra no significa adherirse a una doctrina; lo que significa es aceptar su propuesta sobre Dios y sobre el hombre. Y quien acoge con agrado esta palabra recibe como regalo de Dios su propia vida. Esta vida que es dada por Dios no viene ni deriva de lo biológico ni de la tierra; no viene «de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón», proviene de Dios. En nuestro mundo ya tenemos el germen de la vida divina que se dona a cada hombre. Y gracias a este don los hombres no estamos destinados a la muerte como todas las criaturas animales. La suerte de los hombres no es la misma que la suerte de las bestias. El hijo de María nos dice que Dios nos dona de su propia vida, la cual no puede ser tocada por la muerte biológica.

 

 

            «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». El Verbo se hizo carne. En la Biblia cuando se dice la palabra ‘carne’ no se refieren a los músculos, tendones y demás partes. Se refiere a todo el hombre. Cuando se dice que el hombre es carne es para resaltar que el hombre es una criatura frágil, débil y sobre todo mortal. El salmo 78 que nos cuenta la infidelidad del pueblo de Israel dice que Dios tiene compasión de este pueblo porque «se acordaba de que sólo eran carne» (Sal 78, 39), son frágiles y mortales. El Verbo asume nuestra condición humana de mortal, de frágil, se hizo carne. No es una apariencia de hombre como si fuera revestido de un hábito; sino que se hizo hombre en todo como nosotros menos en el pecado, pero incluido la mortalidad. Y no solo se hizo hombre, sino que asumió el último eslabón, se puso a servir como sirven los esclavos. La identidad del hijo de Dios es la del siervo que se abaja para lavar los pies al hombre.

  

            «Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer
». A Dios no lo podemos ver porque nuestros ojos materiales no pueden captar lo invisible. Sin embargo, aquellos que han tenido la fortuna y la gloria de encontrar a Jesús de Nazaret, de caminar con él por aquellos caminos de Palestina vieron en él el rostro de Dios. Juan, el hijo de Zebedeo, uno de los Doce que estuvieron tres años juntos con Jesús experimentó esta gloria. Y a finales del siglo primero en su primera carta recuerda con emoción la maravillosa experiencia que tuvo: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos» (1 Jn 1, 1). Estas palabras las escribe san Juan a su comunidad que está atravesando un momento muy difícil, un momento de persecución: Son los cristianos de la tercera generación que no tuvieron la fortuna de encontrar, de ver y de tocar a Jesús de Nazaret. Esta experiencia de Juan no se la cuenta sólo a los cristianos de su comunidad, sino principalmente a los cristianos de hoy.

sábado, 28 de diciembre de 2024

Rito completo de apertura de la Puerta Santa en la prisión de Rebibbia p...

Así fue la apertura de la Puerta Santa 24.12.2024 ROMA

Homilía del Domingo de la Sagrada Familia Lc 2, 41-52 JESÚS PERDIDO Y ENCONTRADO EN EL TEMPLO

 

Domingo de la Sagrada Familia 2024, ciclo C

Lc 2, 41-52 (29.12.2024)

 

         El evangelio de hoy es bellísimo. El evangelista nos da un primer indicio para interpretar de un modo correcto el texto: No menciona por el nombre ni a María ni a José. Lo que dice el evangelista es «los padres de Jesús». Se habla del padre, la madre; y cuando los semitas hablan así es porque se refieren a ‘nuestro padre’ o ‘nuestros padres’ sin llamarles por su propio nombre y se refieren a los primogenitores como los personajes representativos de una realidad.

El padre en Israel representa el vínculo con la tradición; el padre es el que tiene la tarea de educar a los hijos en la fidelidad a lo que le ha sido transmitido desde la antigüedad. El padre es la conexión con la historia del pasado, de toda la tradición.

Y la madre de un israelita es Israel. Israel es la esposa amada por el Señor su Dios, por Aḏōnāy ( אֲדֹנָי ). Ella es la madre de cada israelita. Y de aquí de nuevo el enlace con el pasado, con la historia, con la tradición, como si fueran los eslabones de la cadena entrelazados los unos a los otros.

En el evangelio de Lucas presenta a estos padres como representantes de la tradición; son fieles a la observancia de la tradición. Nos dice el evangelista que «solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua». La Ley establecía el ir a Jerusalén tres veces, en tres peregrinaciones al año (cfr. Dt 16, 16; Ex 12 +) en la Pascua, en Pentecostés y en la Fiesta de las Tiendas. En realidad, por las dificultades en el desplazamiento y por la distancia se quedó la costumbre de realizar una sola peregrinación a Jerusalén. Y algunos judíos que vivían en Roma o en Éfeso era una gran fortuna poder hacer esa peregrinación una sola vez en la vida, a lo que le llamaban el ‘santo viaje’ para poder ver ‘la casa del Señor’ en la ciudad santa.

 

La pregunta fundamental es: ¿Cómo se comportará el niño Jesús ante esta tradición de Israel? Si los padres representan la observancia de la tradición ¿cómo se portará Jesús, el Mesías? ¿aceptará estas tradiciones o entrará en conflicto con lo que siempre ha sido transmitido y enseñado en Israel? Lucas en su evangelio ya introdujo una misteriosa profecía cuando sus padres llevaron a Jesús al Templo para presentarle (cfr. Lc 2, 22-38). Dice el evangelista que «los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, (Simeón) lo tomó en brazos y alabó a Dios» y Simeón se volvió a María diciéndole «éste está destinado para la caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción- ¡a ti misma una espada te atravesará el alma! -, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones». Misteriosa profecía, pero María y José no lo entendieron. Simeón no anunció una inserción tranquila y pacífica de Jesús en el ámbito de las tradiciones de su pueblo. Simeón predijo que Jesús tomaría decisiones sorprendentes para todos y para sus propios padres que habían creído en este contexto de una observancia de todo lo que había sido enseñado y recibido. El evangelista ya entonces notó que los padres no lo habían entendido al señalar que «su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él» (cfr. Lc 2, 33), es decir, ellos no entendían lo que allí se estaba diciendo; ellos no estaban entendiendo que el Mesías estaba demostrando que las expectativas de los hombres son erróneas, ya que ellos -como todo el pueblo- estaban esperando un Mesías glorioso según el criterio de gloria de este mundo. Jesús no seguirá esta tradición, sino que introducirá una novedad ya que la gloria de Dios no es el dominio; la gloria de Dios es el amor, el servicio.

 

«Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo».

La tradición de ir a la fiesta de la Pascua se iniciaba a los trece años de edad, sin embargo, Jesús tenía doce años (cfr. Lc 2, 42). Esto nos dice que estamos ante una familia observadora de la tradición, al punto que no esperan a que el niño tenga los trece años para llevarlo a Jerusalén; lo educa a la observancia de lo que siempre se ha hecho.  

El evangelista Lucas al hacer referencia que el niño tenía doce años cuando fue con sus padres a Jerusalén está haciendo referencia al profeta Samuel. Según Flavio Josefo en su obra ‘Las antigüedades judías’, Samuel tenía doce años cuando comenzó a profetizar (cfr. 1 Sm 3).

 

La fiesta de la Pascua comprendía entre los 3 a 7 días. Y cuando llega el momento de abandonar Jerusalén nos encontramos con que Jesús permanece en la ciudad. El término griego que se usa no significa que ‘permaneciera en la ciudad’ o que ‘se quedara en la ciudad’. La forma verbal empleada en griego es ὑπέμεινεν, (ypémeinen) es decir, ‘él soportó’; ‘él resistió’ en Jerusalén, no sigue a sus padres en el camino de regreso. El mensaje del evangelista es claro: el Mesías de Dios, en el adolescente que está a punto de convertirse en adulto, comienza a refutar las expectativas de los padres que están convencidos de que él les debe de seguir, pero no les sigue. Seguirá un camino diferente al que ellos se esperaban. Seguirá el camino trazado, no el de los hombres, sino el del Padre Dios.

 

Buscan a Jesús y a los tres días le encuentran en el Templo. El número tres es una clara referencia a la búsqueda desesperada. Recordemos que este número tres nos remite a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús buscándole entre los muertos, entre los derrotados, entre los condenados de la historia (cfr. Lc 24, 1-4), en cambio se encontraron con la sorpresa de Dios que le vuelven a encontrar vivo y vencedor de la muerte. Dios les manifiesta que los ganadores no son los gobernadores poderosos de este mundo, sino los siervos, aquellos que dan la vida por amor.

Aquí están los dos caminos que divergen; el camino de los padres de la tradición -que representa a los vencedores gloriosos de este mundo- y el del nuevo camino que sigue Jesús que no es el de los padres, sino el de su Padre Celestial; que es el camino que nos dice que es preciso perder la vida por amor.

 

En el Templo Jesús estaba «sentado en medio de los maestros» y Jesús los escucha y les pregunta. Naturalmente el rabino o maestro está siempre sentado en el centro rodeado entre sus discípulos; en cambio aquí es Jesús quien está sentado en el centro y los rabinos en torno a él. Los alumnos son conocedores de la Escritura que educan a la gente esperando a un Mesías que no responde, ni mucho menos, con lo que Cristo viene a traernos. Y ¿cuál es la reacción de estos escribas o rabinos que estaban alrededor de Jesús? Dice la Palabra: «Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba». La traducción nos dice que ‘quedaban asombrados’, pero el término griego usado es ἐξίσταντο (estaban fuera de sí). Este término griego no significa ‘asombro’ o ‘sorprendidos’. El término griego ἐξίσταντο significa que estos rabinos estaban ‘fuera de sí’ y esta expresión indica un asombro negativo; los rabinos están sorprendidos por sus respuestas que no están en sintonía ni de acuerdo con las suyas, con las interpretaciones tradicionales. Y cuando dice la Palabra que ‘les hacía preguntas’ significa que se dan cuenta de que sólo él puede iluminar la oscuridad de los textos del Antiguo Testamento. Recordemos que Jesús, después de la resurrección, abrirá la mente de sus discípulos a la comprensión de toda la Escritura (cfr. Lc 24, 13-35); toda la Escritura sólo se entiende a la luz de Cristo. Lucas tira de la ironía al decir que Jesús escuchaba y preguntaba; realmente cuando Jesús les hacía las preguntas no les dejaba tiempo para responderlas, sino que él mismo las respondía sin esperar a que ellos le respondieran.

Nos dice el libro del Eclesiástico o del Sirácida: «La sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo» (Eclo 24, 1). Cristo, el que es la Sabiduría encarnada, estaba en el medio de su pueblo; ya que Jesús es la imagen de la Sabiduría divina.

 

Los padres del niño Jesús nos cuenta la Palabra que «al verlo, se quedaron atónitos/perplejos». Sus padres quedaron atónitos, perplejos, maravillados, pero no entendieron la novedad que les traía su hijo; porque aceptar la novedad es siempre difícil. Si no nos sorprendemos por lo que nos ha dicho Jesús es una muestra de no haber entendido su camino. Nos sorprendemos porque nos damos cuenta que el camino que él nos plantea es muy diferente a nuestro camino, nuestras tradiciones, nuestro modo de pensar y sobre nuestro propio modo de razonar. María y José se extrañaron, se quedaron atónitos, sorprendidos o perplejos porque ellos entendieron que el modo de vivir, de ser, de razonar, de amar que su hijo venía a traer al mundo era totalmente diferente a todo lo que antes ellos habían conocido; de ahí su gran sorpresa. Recordemos lo que le dijo el arcángel a Zacarías: «Tu hijo convertirá al Señor su Dios a muchos hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y poder de Elías, para que los corazones de los padres se vuelvan a los hijos» (cfr. Lc 1, 16-17). El corazón de un israelita es la mente. La tarea del Bautista no será convencer a los niños de que sigan la tradición; sino que ellos tendrán que liderar y guiar los corazones de los padres hacia Cristo.

 

María le dice: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Su madre le dijo ‘hijo’. El término que emplea Lucas para designar con el término ‘hijo’ es ‘τέκνον’, que señala ‘dado a luz’, es decir, alguien sobre el que yo tengo un poder sobre él.

 

La respuesta de Jesús a sus padres es nueva: «¿Por qué me buscabais?». Mientras a Jesús todos le escuchan, María y José no le están escuchando. Estas son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio según san Lucas. Y son palabras muy importantes. Desde un punto de vista histórico esta pregunta no se puede entender. No hay una palabra de escusa ni un ‘lo siento’, ni una palabra que indique que se hubiera dado cuenta de la angustia ocasionada a sus padres. Sin embargo, ese mensaje es muy claro: Hay padres, hay custodios de la tradición que encarnan el modo de pensar, de razonar, de juzgar y de hacer lo que siempre se ha hecho y de lo que siempre se ha considerado justo. Jesús lo que dice es que no le van a conducir por ese modo de pensar, de lo vivido en la tradición que no entiende de amor, sino de una justicia entendida como venganza y miedo. ¿Por qué le buscamos? ¿Porque queremos que él haga lo que nosotros queremos? ¿Porque le queremos sacar de procesión en las semanas santas y montar todo un negocio en torno a él en las Navidades y procesiones? ¿Quizás le buscamos para calmar nuestras conciencias bautizando y casándonos por la Iglesia para luego vivir como paganos? ¿Acaso le buscamos para que los niños y niñas se vistan de Primera Comunión, tengan un festín por todo lo alto y luego se olviden de la vida espiritual? ¿Acaso le buscamos porque nos interesa hacer uso del arte sacro y así llenar las arcas? ¿Por qué le buscamos? ¿Qué cosa esperamos de Jesucristo? Tengamos cuidado de no aprovecharnos de Jesús para llevarlo a nuestro propio terreno y encima le intentemos de convencer que lo que nosotros le planteamos a él es lo mejor y de mayor provecho. Por eso es tan importante mantener el corazón abierto ante la novedad evangélica.

La segunda pregunta que les hace Jesús a sus padres es: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Se usa el verbo ‘deber’ que implica el cumplimiento de la voluntad divina. Jesús sigue al Padre, él no es el heredero de las tradiciones de Israel transmitido por el padre humano.

Cada niño tiene su propio destino y este destino deriva de la identidad con el conocimiento de Dios. Los padres pueden querer dar continuidad en su hijo de los proyectos que ellos han tenido o desarrollado: El padre labrador dejar las tierras a sus hijos; el padre ganadero dejar en herencia el trabajo con los animales o con una empresa o un mercado… La familia es el ambiente natural donde la persona está llamada a nacer y a crecer. Pero en un cierto momento el hijo se tiene que separar de la familia y seguir el camino que el Señor le indica, el cual está en sintonía con la propia identidad de la persona. Los padres están llamados a averiguar lo que el Señor quiere de ese hijo para luego lanzarlo a la vida, no retenerlo.

 

Esta primera parte del texto es fundamentalmente teológica. Ahora, hay una breve mención, pero llena de un mensaje sobre el crecimiento de un hombre llamado Jesús de Nazaret:

«Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».

En esta última parte del pasaje evangélico ya se refiere directamente a sus padres, a María y a José. Es decir, ya volvemos a la normalidad. María, José y Jesús después de haber pasado la semana de Pascua en Jerusalén retornan a su hogar de Nazaret. Lucas nos da una serie de pautas en esa vida familiar. En primer lugar, la sumisión del hijo a los padres. Estar sujeto a ellos, bajo su sumisión” en Israel significaba dejarse modelar por ellos; significaba asimilar los valores en los que ellos habían creído y que habían plasmados en sus vidas. María y José habían asimilado estos valores de la Torá, de los profetas; y luego han sido llamados a actuar y confrontar con Jesús esta tarea.

José y María encarnaban el mensaje de la Torá. Ellos habían hecho suyo lo que se dice en el libro del Deuteronomio 6 cuando se dice el Shemá (שמע) al pueblo de Israel: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente» (Dt 6, 4-8). Este mensaje del Shemá lo han encarnado y hecho propio tanto María como José y estaba fijado en sus corazones. Estas palabras se las repitieron a su hijo Jesús y fueron inculcadas en su hijo. La Palabra de Dios ha sido siempre el punto de referencia y de esta Palabra de Dios ellos le hablaban continuamente. Obedecer a los padres -aplicado en Jesús- es dar la bienvenida y acoger esta enseñanza de los labios de José y de María. Y Jesús se daba cuenta como ellos dos encarnaban en toda su vida la enseñanza de este mensaje de la Torá.

 

La segunda observación que nos ofrece el evangelista Lucas se refiere a la madre, a María: «Su madre conservaba todo esto en su corazón». Jesús no seguía a sus padres en el modo tradicional de interpretar la Biblia, y los padres se sorprendieron de cómo Jesús estaba planteando un camino nuevo. María no entendía, pero nunca rechazó la novedad. María es la mujer que acoge con agrado la noticia, aunque ella no lo entendiera. Por esta razón, por la acogida de María, se inicia en ella un proceso de transformación que lo hará traspasar de madre de Jesús a discípula de Cristo. Para ella no le fue fácil aceptar ni entender lo que le pasó a su hijo, ya que el camino que eligió su hijo no fue el del éxito ni del triunfo, sino el de la entrega de la vida hasta el final.

 

Nos cuenta el evangelista el crecimiento humano de Jesús: «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». Este texto concluye con una cita del profeta Samuel donde se nos dice que «mientras tanto, el niño Samuel iba creciendo, y se ganaba el aprecio del Señor y de los hombres» (1 Sm 2, 26). ¿Por qué se hace esta referencia a Samuel? Porque el evangelista tomó como modelo a la madre Ana, una mujer estéril que por intervención divina logra convertirse en madre y su canto de alabanza será la base del canto de alabanza de María en el Magníficat (cfr. 1 Sm 2).

Cuando uno observa a Jesús en el evangelio y uno percibe los valores de Jesús y de las posiciones y valoraciones que adopta ante los pecadores, su amor por los pobres, por los más desvalidos; su rechazo de la hipocresía de los fariseos y su rechazo de la falsa religión de los ritos y cuando se adhiere al amor a Dios y a los hermanos… cuando uno le observa de cerca uno se percata que Jesús reproduce perfectamente el rostro del Padre celeste. Para que Jesús fuera como fue, esa imagen perfecta del rostro del Padre, se debió a que Dios eligiera perfectamente a los dos padres que debían de educar a su hijo. Porque María y José tuvieron que modelar el rostro de Jesús para que reprodujesen perfectamente el rostro del Padre del cielo. Los niños que serán los futuros hombre y mujeres no se reducen únicamente a la salud, a la educación, a la alimentación, sino que también a otros valores que lo caracterizan como hombres y mujeres. El primero de estos valores es ciertamente la relación con Dios; esta relación con Dios es el significado que se le debe dar a la vida. Si los padres cristianos quieren asimilarse a José y a María están llamados a criar a sus hijos cuidándoles e inculcándoles la vida espiritual, la cual es la única que hace al hombre plenamente persona.