sábado, 4 de enero de 2025

Homilía del Domingo II después de Navidad Jn 1, 1-18

 


Domingo II después de Navidad, Ciclo C

05.01.2025

Jn 1, 1-18

          Nos cuenta la Sagrada Escritura que Moisés deseaba ver el rostro de Dios y así se lo rogó a Dios, mas el Señor no se lo concedió porque nadie podía verlo y seguir con vida. No obstante Yahvé Dios le colocó en una hendidura de la roca y le tapó con su divina mano los ojos, y al retirar su mano del rostro de Moisés, Moisés únicamente pudiera ver la espalda de Dios, pero su rostro no lo vio (cfr. Ex 33, 18-23). Esta sed ardiente de ver el rostro de Dios lo escuchamos en las súplicas de los salmos que desean ver el rostro de Dios: «¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!» (Sal 4, 7); «Una cosa pido a Yahvé, es lo que ando buscando: mirar en la Casa de Yahvé todos los días de mi vida, admirar la belleza de Yahvé contemplando su templo» (Sal 27, 4); «Digo para mis adentros: Busca su rostro. Sí, Yahvé, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro» (Sal 27, 8-9); «Como anhela la cierva los arroyos, así te anhela mi ser; Dios mío. Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sal 42-43, 2-3). Pablo en la primera carta a Timoteo nos dice que Dios «habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni lo puede ver» (cfr. 1 Tm 6, 16).  En el prólogo del evangelio de san Juan nos trae un gran mensaje: En el hijo de María el mismo Dios ha venido a mostrarse. Aquel rostro que deseaba poder ver el mismo Moisés y con tantas ganas se lo rogaba al mismo Dios, ese rostro nosotros lo podemos contemplar sorprendentemente en Jesús de Nazaret. Ahora bien, es de un modo muy diferente de cómo ellos se habían imaginado. Y Jesús ha venido a mostrar el rostro de Dios y para involucrarnos en una relación de amor indisoluble e incondicional. Es indisoluble e incondicional porque, aunque nuestros pecados sean rojos como la grana (cfr. Is 1, 18) no podrán nunca con su amor.

         En el prólogo el evangelista anticipa todo su evangelio; lo cual posteriormente lo irá desarrollando.

         «En el principio existía el Verbo», el Verbo, la Palabra, la cual es creadora y que realiza el proyecto de Dios. «Y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». El evangelista corrige lo que se dice en el libro del Génesis donde está escrito «en el principio creó Dios el cielo y la tierra», porque incluso antes de crear el cielo y la tierra ya tenía este proyecto para realizar. Primero estaba el proyecto de realizarlo y lo hizo junto al Verbo. Y todo lo hizo por medio de la Palabra, del Verbo: «Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz» (cfr. Gn 1, 3). El evangelista destaca el papel que desempeña Cristo en la creación. En un primer momento la tradición bíblica sostenía que el mundo había sido creado con vistas o respondiendo a las Diez Palabras, a los Diez Mandamientos, es decir el decálogo. Será una única Palabra la que se manifestará en este evangelio en un único Mandamiento Nuevo, el de Jesús: «que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis así entre vosotros» (cfr. Jn 13, 34).

 

            «Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

         El evangelista llama a Jesús con el título ‘Verbo’. Nosotros estamos más acostumbrados a llamarle ‘Cristo’, ‘Señor’, ‘Mesías’, ‘hijo de Dios’, ‘Salvador’, etc.; lo llama ‘Verbo’ y sólo el evangelista Juan lo llama así. Lo emplea en su primera carta y también en el Apocalipsis. ¿Por qué el evangelista Juan lo llama así? ‘Verbo’ es una palabra que deriva del latino ‘verbum’ que significa ‘palabra’; la traducción del término griego ‘logos’ (λóγος). Jesús es llamado ‘Verbo’ o ‘Λóγος’ o Palabra porque es el modo de cómo nos comunicamos con las personas, con los demás. Cuando uno está con alguien que desea estar y está expectante se pregunta: ¿Qué cosa querrá decirme? Es el Eterno, el Inmortal el que tiene algo muy importante que comunicarnos.

         Dios siempre ha hablado a los hombres; primero con la Creación. Recordemos cómo empieza el Salmo 19: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos, el día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia» (Sal 19, 2-3). Hay muchos que ven la Creación, pero no escucha lo que dice el Creador en su creación. El contemplativo capta este mensaje y escucha la Palabra del Creador. Dios nos envía su mensaje de amor a través de la Creación. El contemplativo contempla las estrellas, pero no las ve únicamente como cuerpos celestes regulados por una estupenda armonía, sino que los capta como el signo de un cuidado infinito de Dios hacia el hombre. Los campos repletos de grano para ser cosechados son entendidos como un especial mimo de Dios Padre hacia sus hijos que quiere que prosperen en todos los aspectos de la vida, y sobre todo en el amor.

         Dios ha hablado a los hombres a través de los profetas; esas personas sensibles capaces de entrar en sintonía y de conectar con los pensamientos de Dios y que luego se lo comunicaban a sus hermanos los hombres. Y ahora en el hijo de María esta revelación de Dios llega a su plenitud. Porque el hijo de María es el hijo de Dios que ha venido a hacerse uno de nosotros. Ese niño que ahora mismo sólo sabe reír y llorar, ahora en su fragilidad nos está hablando de Dios; en su rostro brilla la belleza de Dios. Es razonable pensar que existe un creador del universo porque el mundo no tiene en sí mismo la razón de su existencia. Parménides de Elea (Παρμενίδης), el filósofo griego presocrático nos decía con mucha sabiduría que del no ser no puede llegar o venir el ser. Que esta creación no tiene en sí misma la razón de su existencia. Tiene que haber un ser superior que le da el ser a todo lo creado.

         Creer que Dios se ha hecho uno de nosotros para encontrarse con nosotros, para mostrarnos su rostro y decirnos cuánto nos ama y para revelarnos nuestro destino; creer en este amor infinito es realmente difícil y sólo los cristianos creemos en un Dios que nos ha amado así.

        

         Ese niño, el hijo de María e hijo de Dios es el Verbo, porque toda su persona nos habla y nos muestra la belleza de Dios. Es toda nuestra persona la que habla, no sólo con los labios, sino con todo nuestro comportamiento, nuestra mirada, con nuestro modo de vestir. Incluso se habla con los tatuajes, con los piercings con los cuales queremos llamar la atención sobre nosotros. También nos comunicamos con el silencio. El niño Jesús comienza ya a hablar. Ese niño crecerá y se manifestará y hablará con toda su persona sobre quién es Dios. Ese Dios que él llamará padre, ‘abba’ (אבא ). 

 

         El evangelista sigue diciendo que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Ese niño es la luz que ha venido a disolver la oscuridad de la humanidad. La tiniebla pretendió sofocar y apagar agresivamente la luz. Han intentado apagar esta luz sin éxito. Esa luz continúa encendida en la comunidad cristiana y los enemigos han intentado, por todos los medios, sofocarla; pero la luz que trae el hijo de María nadie jamás podrá apagarla.

 

         ¿Qué oscuridad ha concedido disolver esta luz del Señor? En primer lugar, toda la oscuridad que nublaba el verdadero rostro de Dios. Todas las religiones se imaginaban a un señor, un caballero, un maestro que daba órdenes y que exigía ser obedecido y servido; como contraprestación concedía favores y bendiciones a los que le ofrecían sacrificios, holocaustos, incienso…, y mandaba pestes y plagas a todos aquellos que no se sometían a su voluntad u osaban transgredir sus órdenes. Incluso los pueblos, que se sentían elegidos y protegidos por dios o los dioses hacían la guerra a otros pueblos. Todo esto era oscuridad sobre Dios. El Dios manifestado en Jesucristo es un Dios que no da miedo, sino que nos entrega amor.

         Luego hay otra oscuridad que disuelve esta luz: Es la oscuridad que nos impide percibir la dignidad del hombre. Cuando la oscuridad está en las mentes, cuando la oscuridad del egoísmo, de la codicia de dominar está hace confundir al hombre con las cosas: se instrumentaliza, se utiliza, se manipula al hombre y se trata a los hombres como bestias. Y la dignidad del hombre no se respeta. Tal y como dice el profeta Amós que «porque venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles» (Am 2, 6-7). Este es el niño que con su luz disuelve esta oscuridad y nos dice cuánto vale un hombre para Dios.

         A esta altura del prólogo el evangelista interrumpe e introduce un personaje, el Bautista.

            «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».

         Llegará un día en que Jesús dirá a sus discípulos «vosotros sois la luz del mundo» (cfr. Mt 5, 14-16); no quiere decir que estemos brillando con nuestra luz, sino que se volverán transparentes y así transparentarán la luz de Cristo. No tendrás que luchar contra la oscuridad; te bastará que estés envuelto en la luz del Señor como si se tratase de un extenso y magnífico manto. Y a través de uno -que deja transparentar la luz de Cristo- los demás podrán ver la luz del hijo de Dios. El Bautista ha encontrado esta luz y se ha dejado envolver por ese manto de luz. Y está iluminado hasta tal punto que su rostro se ha vuelto tan brillante que incluso alguno ha llegado a pensar que el Bautista fuera él mismo la propia Luz. Esa es la razón por la que el evangelista Juan se adelanta a precisa diciendo que Juan el Bautista no era él la luz, sino testigo de la luz. El propio Bautista lo ha dejado muy claro: «Yo no soy el Mesías» (cfr. Jn 1, 19-28); el Bautista siempre se ha presentado como el testigo de la luz. Juan el Bautista no sólo anunciaba a la Luz con sus palabras, sino que también daba testimonio con sus actuaciones; de este modo la luz de Cristo brilla en la propia persona. Juan el Bautista nos urge a todos a hacer apostolado, a llevar a Cristo allá en donde nos encontremos. De ese modo la luz de Dios podrá llegar a todos los rincones del mundo. Y los efectos directos de esa luz es que el amor empezará a reinar y nuestra relación tanto con Dios como con los hermanos será auténtica y edificante. Ya no cabrá la manipulación, ni el despotismo, ni el abuso de autoridad, ni el aprovecharse del cargo para el propio beneficio, ni el entender a Dios como aquel que tengo que actuar por miedo ni actuando con Dios como si estuviera haciendo trueques o chantajes para obtener lo que uno desea, etc.

 

         «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios».

         Las palabras de los hombres pueden ser luz y pueden ser tinieblas, verdaderas o falsas; pueden construir amor o generar odio; ser fuente de vida o causa de muerte. Cristo es una palabra que sólo dice la verdad; nos dice la verdad de Dios porque él mismo ha venido a manifestarse. Por lo tanto, todas las palabras sobre Dios que no estén en sintonía con lo que nos dice Jesús de Nazaret son mentiras. Si deseamos saber la verdad del hombre es preciso escuchar y atender la verdad que nos dice Jesús.

         El hombre descubre su auténtica verdad cuando escucha la verdad que Jesús nos regala. El hombre si apuesta por el odio, por construir bombas nucleares, en torturar o aprovecharse de los demás, de este modo no somos ni seriamos hombres verdaderos, sino bestias. Jesús de Nazaret nos dice toda la verdad sobre el hombre. El hombre auténtico, verdadero es aquel que ama, que llega a amar incluso a aquellos que nos quieren mal. Uno es verdadero en la medida en que se asimila o parece a Jesús.

         El mundo ha sido hecho con sabiduría, que el mundo está bien hecho. Todas las criaturas están hechas con un diseño de Dios; y este diseño o plan de Dios estamos urgidos a respetarlo y no a desfigurarlo: Las criaturas deben de ser empleadas según el diseño o plan del Creador para que las podemos entender y amar correctamente. Pero el mundo no ha aceptado este plan o proyecto de su Creador: No lo recibieron.

         El mundo no lo conoció. En el evangelista Juan la palabra ‘mundo’ tiene varios significados: Puede indicar el mundo como la creación como nosotros lo entendemos. También puede indicar toda la humanidad; el hijo de Dios ha venido a salvar el mundo, salvar a toda la humanidad. En el presente caso la palabra ‘mundo’ indica la parte de la humanidad que ha preferido la tiniebla a la luz, la mentira a la verdad. Este término ‘mundo’ no es una ofensiva o polémica contra los que han preferido las tinieblas a la luz, sino que es principalmente una clara advertencia para todos los cristianos que también deben de tener bastante cuidado para no dejarse seducir por las luces engañosas, ya que son únicamente destellos efímeros que engañan ya que no son estrellas. Son meramente simples espejismos. Y este peligro también se cierne/se filtra sobre los que son llamados cristianos.

 

         Y en el centro del prólogo de san Juan viene el versículo más importante: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios». Aceptar esta palabra no significa adherirse a una doctrina; lo que significa es aceptar su propuesta sobre Dios y sobre el hombre. Y quien acoge con agrado esta palabra recibe como regalo de Dios su propia vida. Esta vida que es dada por Dios no viene ni deriva de lo biológico ni de la tierra; no viene «de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón», proviene de Dios. En nuestro mundo ya tenemos el germen de la vida divina que se dona a cada hombre. Y gracias a este don los hombres no estamos destinados a la muerte como todas las criaturas animales. La suerte de los hombres no es la misma que la suerte de las bestias. El hijo de María nos dice que Dios nos dona de su propia vida, la cual no puede ser tocada por la muerte biológica.

 

 

            «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». El Verbo se hizo carne. En la Biblia cuando se dice la palabra ‘carne’ no se refieren a los músculos, tendones y demás partes. Se refiere a todo el hombre. Cuando se dice que el hombre es carne es para resaltar que el hombre es una criatura frágil, débil y sobre todo mortal. El salmo 78 que nos cuenta la infidelidad del pueblo de Israel dice que Dios tiene compasión de este pueblo porque «se acordaba de que sólo eran carne» (Sal 78, 39), son frágiles y mortales. El Verbo asume nuestra condición humana de mortal, de frágil, se hizo carne. No es una apariencia de hombre como si fuera revestido de un hábito; sino que se hizo hombre en todo como nosotros menos en el pecado, pero incluido la mortalidad. Y no solo se hizo hombre, sino que asumió el último eslabón, se puso a servir como sirven los esclavos. La identidad del hijo de Dios es la del siervo que se abaja para lavar los pies al hombre.

  

            «Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer
». A Dios no lo podemos ver porque nuestros ojos materiales no pueden captar lo invisible. Sin embargo, aquellos que han tenido la fortuna y la gloria de encontrar a Jesús de Nazaret, de caminar con él por aquellos caminos de Palestina vieron en él el rostro de Dios. Juan, el hijo de Zebedeo, uno de los Doce que estuvieron tres años juntos con Jesús experimentó esta gloria. Y a finales del siglo primero en su primera carta recuerda con emoción la maravillosa experiencia que tuvo: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos» (1 Jn 1, 1). Estas palabras las escribe san Juan a su comunidad que está atravesando un momento muy difícil, un momento de persecución: Son los cristianos de la tercera generación que no tuvieron la fortuna de encontrar, de ver y de tocar a Jesús de Nazaret. Esta experiencia de Juan no se la cuenta sólo a los cristianos de su comunidad, sino principalmente a los cristianos de hoy.

sábado, 28 de diciembre de 2024

Rito completo de apertura de la Puerta Santa en la prisión de Rebibbia p...

Así fue la apertura de la Puerta Santa 24.12.2024 ROMA

Homilía del Domingo de la Sagrada Familia Lc 2, 41-52 JESÚS PERDIDO Y ENCONTRADO EN EL TEMPLO

 

Domingo de la Sagrada Familia 2024, ciclo C

Lc 2, 41-52 (29.12.2024)

 

         El evangelio de hoy es bellísimo. El evangelista nos da un primer indicio para interpretar de un modo correcto el texto: No menciona por el nombre ni a María ni a José. Lo que dice el evangelista es «los padres de Jesús». Se habla del padre, la madre; y cuando los semitas hablan así es porque se refieren a ‘nuestro padre’ o ‘nuestros padres’ sin llamarles por su propio nombre y se refieren a los primogenitores como los personajes representativos de una realidad.

El padre en Israel representa el vínculo con la tradición; el padre es el que tiene la tarea de educar a los hijos en la fidelidad a lo que le ha sido transmitido desde la antigüedad. El padre es la conexión con la historia del pasado, de toda la tradición.

Y la madre de un israelita es Israel. Israel es la esposa amada por el Señor su Dios, por Aḏōnāy ( אֲדֹנָי ). Ella es la madre de cada israelita. Y de aquí de nuevo el enlace con el pasado, con la historia, con la tradición, como si fueran los eslabones de la cadena entrelazados los unos a los otros.

En el evangelio de Lucas presenta a estos padres como representantes de la tradición; son fieles a la observancia de la tradición. Nos dice el evangelista que «solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua». La Ley establecía el ir a Jerusalén tres veces, en tres peregrinaciones al año (cfr. Dt 16, 16; Ex 12 +) en la Pascua, en Pentecostés y en la Fiesta de las Tiendas. En realidad, por las dificultades en el desplazamiento y por la distancia se quedó la costumbre de realizar una sola peregrinación a Jerusalén. Y algunos judíos que vivían en Roma o en Éfeso era una gran fortuna poder hacer esa peregrinación una sola vez en la vida, a lo que le llamaban el ‘santo viaje’ para poder ver ‘la casa del Señor’ en la ciudad santa.

 

La pregunta fundamental es: ¿Cómo se comportará el niño Jesús ante esta tradición de Israel? Si los padres representan la observancia de la tradición ¿cómo se portará Jesús, el Mesías? ¿aceptará estas tradiciones o entrará en conflicto con lo que siempre ha sido transmitido y enseñado en Israel? Lucas en su evangelio ya introdujo una misteriosa profecía cuando sus padres llevaron a Jesús al Templo para presentarle (cfr. Lc 2, 22-38). Dice el evangelista que «los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, (Simeón) lo tomó en brazos y alabó a Dios» y Simeón se volvió a María diciéndole «éste está destinado para la caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción- ¡a ti misma una espada te atravesará el alma! -, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones». Misteriosa profecía, pero María y José no lo entendieron. Simeón no anunció una inserción tranquila y pacífica de Jesús en el ámbito de las tradiciones de su pueblo. Simeón predijo que Jesús tomaría decisiones sorprendentes para todos y para sus propios padres que habían creído en este contexto de una observancia de todo lo que había sido enseñado y recibido. El evangelista ya entonces notó que los padres no lo habían entendido al señalar que «su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él» (cfr. Lc 2, 33), es decir, ellos no entendían lo que allí se estaba diciendo; ellos no estaban entendiendo que el Mesías estaba demostrando que las expectativas de los hombres son erróneas, ya que ellos -como todo el pueblo- estaban esperando un Mesías glorioso según el criterio de gloria de este mundo. Jesús no seguirá esta tradición, sino que introducirá una novedad ya que la gloria de Dios no es el dominio; la gloria de Dios es el amor, el servicio.

 

«Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo».

La tradición de ir a la fiesta de la Pascua se iniciaba a los trece años de edad, sin embargo, Jesús tenía doce años (cfr. Lc 2, 42). Esto nos dice que estamos ante una familia observadora de la tradición, al punto que no esperan a que el niño tenga los trece años para llevarlo a Jerusalén; lo educa a la observancia de lo que siempre se ha hecho.  

El evangelista Lucas al hacer referencia que el niño tenía doce años cuando fue con sus padres a Jerusalén está haciendo referencia al profeta Samuel. Según Flavio Josefo en su obra ‘Las antigüedades judías’, Samuel tenía doce años cuando comenzó a profetizar (cfr. 1 Sm 3).

 

La fiesta de la Pascua comprendía entre los 3 a 7 días. Y cuando llega el momento de abandonar Jerusalén nos encontramos con que Jesús permanece en la ciudad. El término griego que se usa no significa que ‘permaneciera en la ciudad’ o que ‘se quedara en la ciudad’. La forma verbal empleada en griego es ὑπέμεινεν, (ypémeinen) es decir, ‘él soportó’; ‘él resistió’ en Jerusalén, no sigue a sus padres en el camino de regreso. El mensaje del evangelista es claro: el Mesías de Dios, en el adolescente que está a punto de convertirse en adulto, comienza a refutar las expectativas de los padres que están convencidos de que él les debe de seguir, pero no les sigue. Seguirá un camino diferente al que ellos se esperaban. Seguirá el camino trazado, no el de los hombres, sino el del Padre Dios.

 

Buscan a Jesús y a los tres días le encuentran en el Templo. El número tres es una clara referencia a la búsqueda desesperada. Recordemos que este número tres nos remite a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús buscándole entre los muertos, entre los derrotados, entre los condenados de la historia (cfr. Lc 24, 1-4), en cambio se encontraron con la sorpresa de Dios que le vuelven a encontrar vivo y vencedor de la muerte. Dios les manifiesta que los ganadores no son los gobernadores poderosos de este mundo, sino los siervos, aquellos que dan la vida por amor.

Aquí están los dos caminos que divergen; el camino de los padres de la tradición -que representa a los vencedores gloriosos de este mundo- y el del nuevo camino que sigue Jesús que no es el de los padres, sino el de su Padre Celestial; que es el camino que nos dice que es preciso perder la vida por amor.

 

En el Templo Jesús estaba «sentado en medio de los maestros» y Jesús los escucha y les pregunta. Naturalmente el rabino o maestro está siempre sentado en el centro rodeado entre sus discípulos; en cambio aquí es Jesús quien está sentado en el centro y los rabinos en torno a él. Los alumnos son conocedores de la Escritura que educan a la gente esperando a un Mesías que no responde, ni mucho menos, con lo que Cristo viene a traernos. Y ¿cuál es la reacción de estos escribas o rabinos que estaban alrededor de Jesús? Dice la Palabra: «Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba». La traducción nos dice que ‘quedaban asombrados’, pero el término griego usado es ἐξίσταντο (estaban fuera de sí). Este término griego no significa ‘asombro’ o ‘sorprendidos’. El término griego ἐξίσταντο significa que estos rabinos estaban ‘fuera de sí’ y esta expresión indica un asombro negativo; los rabinos están sorprendidos por sus respuestas que no están en sintonía ni de acuerdo con las suyas, con las interpretaciones tradicionales. Y cuando dice la Palabra que ‘les hacía preguntas’ significa que se dan cuenta de que sólo él puede iluminar la oscuridad de los textos del Antiguo Testamento. Recordemos que Jesús, después de la resurrección, abrirá la mente de sus discípulos a la comprensión de toda la Escritura (cfr. Lc 24, 13-35); toda la Escritura sólo se entiende a la luz de Cristo. Lucas tira de la ironía al decir que Jesús escuchaba y preguntaba; realmente cuando Jesús les hacía las preguntas no les dejaba tiempo para responderlas, sino que él mismo las respondía sin esperar a que ellos le respondieran.

Nos dice el libro del Eclesiástico o del Sirácida: «La sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo» (Eclo 24, 1). Cristo, el que es la Sabiduría encarnada, estaba en el medio de su pueblo; ya que Jesús es la imagen de la Sabiduría divina.

 

Los padres del niño Jesús nos cuenta la Palabra que «al verlo, se quedaron atónitos/perplejos». Sus padres quedaron atónitos, perplejos, maravillados, pero no entendieron la novedad que les traía su hijo; porque aceptar la novedad es siempre difícil. Si no nos sorprendemos por lo que nos ha dicho Jesús es una muestra de no haber entendido su camino. Nos sorprendemos porque nos damos cuenta que el camino que él nos plantea es muy diferente a nuestro camino, nuestras tradiciones, nuestro modo de pensar y sobre nuestro propio modo de razonar. María y José se extrañaron, se quedaron atónitos, sorprendidos o perplejos porque ellos entendieron que el modo de vivir, de ser, de razonar, de amar que su hijo venía a traer al mundo era totalmente diferente a todo lo que antes ellos habían conocido; de ahí su gran sorpresa. Recordemos lo que le dijo el arcángel a Zacarías: «Tu hijo convertirá al Señor su Dios a muchos hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y poder de Elías, para que los corazones de los padres se vuelvan a los hijos» (cfr. Lc 1, 16-17). El corazón de un israelita es la mente. La tarea del Bautista no será convencer a los niños de que sigan la tradición; sino que ellos tendrán que liderar y guiar los corazones de los padres hacia Cristo.

 

María le dice: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Su madre le dijo ‘hijo’. El término que emplea Lucas para designar con el término ‘hijo’ es ‘τέκνον’, que señala ‘dado a luz’, es decir, alguien sobre el que yo tengo un poder sobre él.

 

La respuesta de Jesús a sus padres es nueva: «¿Por qué me buscabais?». Mientras a Jesús todos le escuchan, María y José no le están escuchando. Estas son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio según san Lucas. Y son palabras muy importantes. Desde un punto de vista histórico esta pregunta no se puede entender. No hay una palabra de escusa ni un ‘lo siento’, ni una palabra que indique que se hubiera dado cuenta de la angustia ocasionada a sus padres. Sin embargo, ese mensaje es muy claro: Hay padres, hay custodios de la tradición que encarnan el modo de pensar, de razonar, de juzgar y de hacer lo que siempre se ha hecho y de lo que siempre se ha considerado justo. Jesús lo que dice es que no le van a conducir por ese modo de pensar, de lo vivido en la tradición que no entiende de amor, sino de una justicia entendida como venganza y miedo. ¿Por qué le buscamos? ¿Porque queremos que él haga lo que nosotros queremos? ¿Porque le queremos sacar de procesión en las semanas santas y montar todo un negocio en torno a él en las Navidades y procesiones? ¿Quizás le buscamos para calmar nuestras conciencias bautizando y casándonos por la Iglesia para luego vivir como paganos? ¿Acaso le buscamos para que los niños y niñas se vistan de Primera Comunión, tengan un festín por todo lo alto y luego se olviden de la vida espiritual? ¿Acaso le buscamos porque nos interesa hacer uso del arte sacro y así llenar las arcas? ¿Por qué le buscamos? ¿Qué cosa esperamos de Jesucristo? Tengamos cuidado de no aprovecharnos de Jesús para llevarlo a nuestro propio terreno y encima le intentemos de convencer que lo que nosotros le planteamos a él es lo mejor y de mayor provecho. Por eso es tan importante mantener el corazón abierto ante la novedad evangélica.

La segunda pregunta que les hace Jesús a sus padres es: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Se usa el verbo ‘deber’ que implica el cumplimiento de la voluntad divina. Jesús sigue al Padre, él no es el heredero de las tradiciones de Israel transmitido por el padre humano.

Cada niño tiene su propio destino y este destino deriva de la identidad con el conocimiento de Dios. Los padres pueden querer dar continuidad en su hijo de los proyectos que ellos han tenido o desarrollado: El padre labrador dejar las tierras a sus hijos; el padre ganadero dejar en herencia el trabajo con los animales o con una empresa o un mercado… La familia es el ambiente natural donde la persona está llamada a nacer y a crecer. Pero en un cierto momento el hijo se tiene que separar de la familia y seguir el camino que el Señor le indica, el cual está en sintonía con la propia identidad de la persona. Los padres están llamados a averiguar lo que el Señor quiere de ese hijo para luego lanzarlo a la vida, no retenerlo.

 

Esta primera parte del texto es fundamentalmente teológica. Ahora, hay una breve mención, pero llena de un mensaje sobre el crecimiento de un hombre llamado Jesús de Nazaret:

«Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».

En esta última parte del pasaje evangélico ya se refiere directamente a sus padres, a María y a José. Es decir, ya volvemos a la normalidad. María, José y Jesús después de haber pasado la semana de Pascua en Jerusalén retornan a su hogar de Nazaret. Lucas nos da una serie de pautas en esa vida familiar. En primer lugar, la sumisión del hijo a los padres. Estar sujeto a ellos, bajo su sumisión” en Israel significaba dejarse modelar por ellos; significaba asimilar los valores en los que ellos habían creído y que habían plasmados en sus vidas. María y José habían asimilado estos valores de la Torá, de los profetas; y luego han sido llamados a actuar y confrontar con Jesús esta tarea.

José y María encarnaban el mensaje de la Torá. Ellos habían hecho suyo lo que se dice en el libro del Deuteronomio 6 cuando se dice el Shemá (שמע) al pueblo de Israel: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente» (Dt 6, 4-8). Este mensaje del Shemá lo han encarnado y hecho propio tanto María como José y estaba fijado en sus corazones. Estas palabras se las repitieron a su hijo Jesús y fueron inculcadas en su hijo. La Palabra de Dios ha sido siempre el punto de referencia y de esta Palabra de Dios ellos le hablaban continuamente. Obedecer a los padres -aplicado en Jesús- es dar la bienvenida y acoger esta enseñanza de los labios de José y de María. Y Jesús se daba cuenta como ellos dos encarnaban en toda su vida la enseñanza de este mensaje de la Torá.

 

La segunda observación que nos ofrece el evangelista Lucas se refiere a la madre, a María: «Su madre conservaba todo esto en su corazón». Jesús no seguía a sus padres en el modo tradicional de interpretar la Biblia, y los padres se sorprendieron de cómo Jesús estaba planteando un camino nuevo. María no entendía, pero nunca rechazó la novedad. María es la mujer que acoge con agrado la noticia, aunque ella no lo entendiera. Por esta razón, por la acogida de María, se inicia en ella un proceso de transformación que lo hará traspasar de madre de Jesús a discípula de Cristo. Para ella no le fue fácil aceptar ni entender lo que le pasó a su hijo, ya que el camino que eligió su hijo no fue el del éxito ni del triunfo, sino el de la entrega de la vida hasta el final.

 

Nos cuenta el evangelista el crecimiento humano de Jesús: «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». Este texto concluye con una cita del profeta Samuel donde se nos dice que «mientras tanto, el niño Samuel iba creciendo, y se ganaba el aprecio del Señor y de los hombres» (1 Sm 2, 26). ¿Por qué se hace esta referencia a Samuel? Porque el evangelista tomó como modelo a la madre Ana, una mujer estéril que por intervención divina logra convertirse en madre y su canto de alabanza será la base del canto de alabanza de María en el Magníficat (cfr. 1 Sm 2).

Cuando uno observa a Jesús en el evangelio y uno percibe los valores de Jesús y de las posiciones y valoraciones que adopta ante los pecadores, su amor por los pobres, por los más desvalidos; su rechazo de la hipocresía de los fariseos y su rechazo de la falsa religión de los ritos y cuando se adhiere al amor a Dios y a los hermanos… cuando uno le observa de cerca uno se percata que Jesús reproduce perfectamente el rostro del Padre celeste. Para que Jesús fuera como fue, esa imagen perfecta del rostro del Padre, se debió a que Dios eligiera perfectamente a los dos padres que debían de educar a su hijo. Porque María y José tuvieron que modelar el rostro de Jesús para que reprodujesen perfectamente el rostro del Padre del cielo. Los niños que serán los futuros hombre y mujeres no se reducen únicamente a la salud, a la educación, a la alimentación, sino que también a otros valores que lo caracterizan como hombres y mujeres. El primero de estos valores es ciertamente la relación con Dios; esta relación con Dios es el significado que se le debe dar a la vida. Si los padres cristianos quieren asimilarse a José y a María están llamados a criar a sus hijos cuidándoles e inculcándoles la vida espiritual, la cual es la única que hace al hombre plenamente persona. 


lunes, 23 de diciembre de 2024

Homilía de Media Noche (Misa del Gallo) CICLO C Lc 2, 1-14

 


Homilía de la Misa de Medianoche (Gallo), Ciclo C

Lc 2, 1-14

24/25.12.2024 

         En este momento de la historia el hijo de Dios ha querido ser uno más de los nuestros. El evangelista Lucas nos ofrece una serie de preciosas indicaciones históricas con la finalidad de conocer el contexto donde el Señor ha venido a sumergirse entre nosotros. En las mitologías antiguas los acontecimientos sucedían sin ser contextualizados, sin conocer concretamente dónde acaecieron ni tampoco se sabía el momento histórico en los que ocurrieron: Sólo se decía que aconteció en tiempos pretéritos. En el presente caso el evangelista Lucas nos ofrece estas preciosas indicaciones históricas que hacen disipar cualquier tipo de dudas de lo que ahí se nos cuenta.

         Lucas comienza su evangelio con una indicación histórica que dice que en la época del rey Herodes había en Jerusalén un sacerdote de Judea llamado Zacarías, el cual tenía una mujer anciana llamada Isabel. Nos ofrece más datos, incluso íntimos: Isabel era estéril (cfr. Lc 1, 36) y avanzada en años.  Posteriormente Lucas retoma su relato con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. Por lo tanto, estamos en la época de Herodes el Grande: En concreto en los últimos años de este cruel tirano. Es en aquel entonces cuando María y José se enamoraron y estaban desposados, sin haber empezado aún la convivencia matrimonial, ya que cada cual estaba en su propia casa paterna.

         En el capítulo segundo el evangelista nos invita a levantar la mirada hacia un pueblo muy pequeño de Palestina llamada Nazaret. Y a continuación Lucas nos hace volver a levantar más la mirada hacia las grandes ciudades del imperio -Roma y Antioquía de Siria-, en las que se decide el destino de la gente.

 

«Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria». Estamos en el año 746 de la fundación de Roma, que es para nosotros el año 7 a.C. Roma está disfrutando de la época dorada de su historia. Octavio es emperador desde hace 20 años. Colocó su palacio en el Monte Palatino donde vivía con su tercera esposa Livia Drusila o Julia Augusta, madre de Tiberio, quien más tarde se convertirá en emperador. Bajo el reinado del emperador Tiberio sí se desarrollará toda la vida pública de Jesús.

Desde el palacio del Monte Palatino el emperador Octavio dominará el mundo; sin embargo, Lucas lo llamará César Augusto. El título de Augusto era un título otorgado por el Senado romano. El título de ‘augusto’, del latín “augustus”, "el sagrado, el venerable, el divino", le otorgaba el poder de comportarse, como emperador que era, como un dios y que puede dominar y someter absolutamente a todos. Como emperador se podía comportar como un dios. Sin embargo, aun siendo cruel, ha pacificado el imperio poniendo fin a los desórdenes y a las revoluciones que habían ensangrentado Roma durante un siglo. Con Augusto se inicia un periodo de prosperidad y de desarrollo social y cultural en toda la cuenca del Mediterráneo. De tal manera que muchos pensaban que estaban en la edad de oro que estaba cantada por Virgilio en su cuarta Égloga, donde se presenta una época gloriosa y un mundo pacífico.

El primer personaje que Lucas mete en escena es el Augusto Octavio. El segundo personaje es Cirino gobernador de la provincia de Siria, sobre el cual depende Palestina. El historiador Flavio Josefo presenta a Cirino como una persona distinguida y como una persona correcta y eso que formaba parte de esta estructura de poder divinizado donde uno puede disponer de las personas según la propia voluntad.

El censo, del que nos habla Lucas, desde el punto de vista histórico presenta mucha dificultad, pero el evangelista lo ha introducido porque contiene un mensaje teológico muy importante. La práctica de los censos es conocida en el Antiguo Medio Oriente desde el cuarto milenio antes de Cristo existen documentos que testimonian la existencia de censos realizados a la población ya en Mesopotamia y en Egipto. Y en cada época siempre ha habido oposición a la realización de los censos porque los ciudadanos no se esperaban nada bueno de los censos porque los principales objetivos de los censos eran para saber de cuántos soldados se disponía para la guerra y para la recaudación de los impuestos. Lucas nos presenta la existencia de este censo porque es la señal de que el poder del emperador puede dominar a todo su pueblo: Usar a las personas para hacer que las cosas sean según sus intereses particulares; o sea, la propia imagen del mundo viejo, el que es el más poderoso y dominador que se sirve de los demás a su antojo.

La religión de Israel siempre ha considerado como blasfema esta visión de la sociedad en la que el soberano puede contar a la gente-mediante un censo- para servir a sus planes. Recordemos lo que dice la Torá que la gente no pertenece al soberano; el pueblo es de Dios: «Yahvé vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y terrible» (cfr. Dt 10, 17); «Yo soy tu porción y tu heredad entre los israelitas» (cfr. Num 18, 20). Cuando el rey David se arroga el derecho de realizar un censo porque quiere saber sobre cuántas personas está ejerciendo su dominio, su propio general Joab intenta disuadirlo porque era una decisión abominable la del rey (cfr. 2 Sam 24, 1-17; 1 Cro 21) y de hecho este censo sobrevendrá consecuencias dramáticas; la peste. 

En la Torá se habla de los censos que Dios mandó realizar a Moisés. Dios en el desierto del Sinaí mandó a Moisés que realizase un censo cuando el pueblo salió de Egipto (cfr. Num 1, 1-54). Pero la orden venía directamente de Dios. Durante la peregrinación por el desierto de nuevo se realiza un censo mandado por Dios (cfr. Ex 30, 11-16). Posteriormente en las Estepas de Moab cuando estaban por entrar en la Tierra Prometida hay un nuevo censo (cfr. Num 26, 1-4). Los rabinos no entendían el porqué Dios se empeñaba tantas veces en contar al pueblo, porque Dios ya sabía cuántos eran, a lo que uno de los grandes rabinos de la Edad Media llamado Shlomo Itzjak (1040-1105), conocido por el nombre derivado de sus iniciales ‘Rashi’ decía que ‘Dios contó a su pueblo porque quería ver si alguno se había perdido’. Sin embargo, este no es el significado de los censos realizados por los emperadores, ya que ellos quieren dominar al pueblo, pero el pueblo no es de su propiedad. La gente, los hombres pertenecen a Dios. En la Biblia cuando se presenta el censo como algo ordenado por Dios hay muchos verbos en hebreo para decir el verbo ‘contar, enumerar’ (לספור) que se pronuncia ‘safarm’ o ( מָנָא) que se pronuncia ‘maná’. Pero cuando se habla del censo ordenado por Dios no se emplea el verbo ‘contar’ se dice ‘nassa et ros’ (להרים את הראש) que significa ‘alzar la cabeza’, no simplemente contar. Dice Dios a Moisés ‘levanta las cabezas de la gente’, o sea, le dice a Moisés que la gente vea un rostro y el rostro que vea la gente les ha de remitir al mismo Dios. Dios no quiere que tengamos el rostro alicaído o bajado, sino levantado porque hemos sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Hay una distancia abismal entre los censos realizados por los hombres y el censo ordenado por el mismo Dios.

Ésta es la razón teológica por el que Lucas introduce el tema del censo: Ordenar realizar un censo es la máxima expresión del dominio donde las personas quedan sometidas totalmente a la disposición del soberano y los soberanos se arrogan de este poder divino y en manos de los hombres deshumanizan a los hombres.

 

«Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada».  Después de haber sido presentado a los dominadores del mundo y puestas ‘las cartas sobre la mesa’ a cerca de sus intenciones manipuladoras, el evangelista Lucas introduce a los pobres de la tierra, a aquellos que no importan nada. José pertenece a la dinastía de David, pero se trata de una dinastía que ha decaído y no tiene relevancia de ningún tipo; y junto a José está una muchacha, que es su esposa, de unos catorce años, llamada María. El evangelista nos ofrece una catequesis sobre la escala de valores según los criterios mundanos: Primero el emperador Augusto, en segundo lugar el gobernador de la región de Siria llamado Cirino, a continuación pasa a un pobre que es un varón, después aparece la mujer y en el escalón más bajo está ocupado por un niño. ¿Qué nos está diciendo el evangelista Lucas con esta escala de valores mundanos? Lo que nos dice Lucas es que en el Reino de los Cielos esta escala mundana es dada totalmente la vuelta. Se pondrá en el primer puesto, en la cúspide de la escala de valores, el que ahora es el último. No en el sentido de que el niño vaya al palacio en el Monte Palatino para que derroque de su trono a César Augusto y que se ponga a dominar en su lugar, como diría el refrán castellano ‘el mismo perro con distinto collar’. No era una intención de derrocar sino de para demostrar que en esa escala nueva de valores quien es grande no es el que ordena hacer el censo: La grandeza del mundo nuevo que Cristo ha venido a introducir y a presentar es de la aquellos que sirven y están atentos de los demás, no los que se dejan servir. Y este mundo nuevo se iniciará en Belén. Es en Belén donde se inició la dinastía de David que había sido un fracaso a los ojos del mundo. El profeta Miqueas nos dice: «En cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel» (cfr. Mi 5, 1). Su dominio será sobre el mundo entero, pero su dominio no será como aquellos que hacen los censos, sino el reino de los que son grandes en el amor.

 

Después de contarnos de un modo detallado el motivo por el cual José y María tenían que ir a Belén, Lucas nos cuenta el nacimiento de Jesús de una manera muy rápida; sin embargo, ofrece unas preciosas indicaciones teológicas:

María y José ya estaban en Belén cuando a María le llegó el momento del parto. El evangelista no nos dice que el momento del parto llegase de un modo de improviso mientras ellos estaban llegando a Belén. El evangelista dice que «Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto». Ellos ya se encontraban en Belén.

Y allí, mientras estaban en Belén, María «dio a luz a su hijo primogénito». ¿Por qué se hace notar que es su hijo primogénito? La razón es porque el primogénito, de todas las especies del mundo animal tenían que ser sacrificado al Señor. El libro del Éxodo en el capítulo 13 dice que el primogénito del hombre no debe de ser sacrificado (cfr Ex 13, 12-13) ya que ha sido redimido recordando cómo Yahvé les sacó con brazo fuerte de Egipto y que todo es regalo de Dios y todo ha de ser consagrado al Señor. Ahora bien, los animales debían de ser sacrificados, pero el hombre primogénito no se sacrificará porque el hombre pertenece a Dios y aceptan el diseño de Dios para con ellos. Jesús es el primogénito que pertenece y asume totalmente el plan de Dios en él y lo realizará en plenitud durante toda su vida.

El evangelista nos cuenta que María «lo envolvió en pañales». Es muy importante este detalle porque es recordado dos veces. Recordemos que cuando el ángel da el anuncio a los pastores se les dice que: «Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (cfr. Lc 2, 12). Envuelto en pañales. Esto nos remite a un famoso texto del libro de la Sabiduría en el capítulo 7 en el que el propio Salomón -el gran rey y el más sabio- nos cuenta cómo fue su propio nacimiento, el cómo llegó a este mundo nos dice que «también yo soy un hombre mortal como todos, descendiente del primero formado de la tierra. En el seno materno se modeló mi carne; durante diez meses lunares fui cuajado en su sangre, a partir de la simiente viril y del placer unido al sueño. Al nacer también yo respiré el aire común, caí en la tierra que a todos nos recibe, y mi primera vez, como la de todos, fue el llanto. Me crie entre pañales y cuidados. Pues ningún rey comenzó de todo modo su existencia» (Sb 7, 1-5). ¿Qué se pretende decir con esta reflexión del propio Salomón? Lucas quiere decirnos que Jesús es un hombre como nosotros, no es un superhombre, sin embargo, nació uno que siendo el hacedor del hombre se ha hecho mortal como nosotros.

Las mujeres que estaban en Belén asistieron a María durante el parto observando que ese recién nacido es un hombre y que es el Hijo de Dios. Y lo primero que hace, como todo niño que nace a este mundo, es la de comenzar a llorar. Las mujeres que asistieron a María no eran conscientes realmente de lo que allí estaba aconteciendo que la historia del mundo, a partir de este momento, quedó dividida en dos partes: Antes y después de ese nacimiento. Sabemos que en Israel las fechas se cuentan desde el inicio del mundo (por ejemplo, al año 2.025 es para ellos el año 5.786 del inicio de los tiempos). El nacimiento de Jesús es la nueva creación de Dios para su pueblo.

 

Otro detalle es que «lo recostó en un pesebre». Esto alude a una profecía de Isaías del capítulo primero: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne» (cfr. Is 1, 3). Mientras el buey y el asno reconoce a su señor, el pueblo de Israel no reconoce a su Señor. Es un recordatorio de lo que el evangelista Juan dice en el prólogo: «En el mundo estaba, y el mundo fue hecha por ella, pero el mundo no la conoció» (cfr Jn 1, 10). El pueblo de Israel no le reconoció ni le dio su adhesión al nuevo reino que él ha venido a traer.

 

Nos dice el evangelista que «no había sitio para ellos en la posada». Pero esta traducción es incorrecta porque han traducido el término griego ‘κατάλυμα’ (katályma) con el término ‘albergue o posada’. El término ‘albergue, posada’ es ‘ξενοδοχείο’ (senodokéio); luego hay una traducción inadecuada del término griego. ‘κατάλυμα’ (katályma) debemos imaginarlo como una habitación, una sala protegida por un techo colocada en frente de las cuevas, y en estas cuevas estaban los animales; de tal manera que frente a la cueva había un techo que ampliaba el espacio y debajo de este techo se desarrollaba la vida de la familia. No era un ambiente adecuado ni reservado para un nacimiento. No era normal que una mujer diera a luz debajo de ese techo, sino que era llevada dentro donde estaban los animales para tener más privacidad. De ahí entendemos que Jesús esté colocado en un pesebre.

 

¿Qué nos quiere aportar estos detalles? Se nos ha contado desde el inicio de que Jesús había sido rechazado por los hospederos y por los posaderos en Belén de tal modo que tuvo que refugiarse en una cueva o en una gruta. Esta historia aparece ya en el siglo segundo en los Diálogos con Trifón, san Justino Mártir (100-165) ya comentaba que la Sagrada Familia se había refugiado en una cueva a las afueras del pueblo: “Pero cuando el Niño nació en Belén, puesto que José no pudo encontrar un alojamiento en ese pueblo, instaló su morada en una cueva cerca de la aldea; y mientras ellos estaban allí, María dio a luz al Cristo y lo puso en un pesebre, y aquí los Reyes Magos que vinieron de Arabia lo encontraron”. Pero en realidad esta concepción es inconcebible porque conociendo la atención y acogida tan cuidada en el Antiguo Medio Oriente en todo lo referente a la hospitalidad es impensable que entre los semitas pudiesen permitir que no acogieran a una mujer que estaba a punto de dar a luz a su hijo. Lucas quiere presentarnos al Hijo de Dios que vino a ser uno de nosotros en la condición más pobre y dolorosa de la humanidad. El Hijo de Dios podía haber nacido en un palacio, pero eligió el último lugar. Este niño desde ese pesebre ya nos está hablando de Dios, por eso no podemos perder esta primera revelación de su rostro.

 

«En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo:

«No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

Cuando pensamos en los pastores nos los imaginamos como personas buenas, con sus corderitos en sus hombros dirigiéndose hacia la gruta. Pero estos no son los pastores de los que nos habla el evangelio de hoy. En Israel el pastoreo era estimada y apreciada cuando eran nómadas en el desierto. Pero cuando se instalaron en la Tierra Prometida se convirtieron en agricultores y el pastoreo pasó a ser una actividad marginal y también despreciada. Entre los pastores y agricultores había gran rivalidad porque los pastores buscaban los pastos y a menudo con sus rebaños invadían los campos cultivados de los agricultores. En todo el Antiguo Medio Oriente se despreciaba el trabajo de pastor. En el libro del Génesis se nos cuenta lo que pensaban los egipcios de los pastores que eran una abominación: «Así, cuando os llame el faraón y os pregunte cuál es vuestro oficio, le decís que habéis sido ganaderos desde la mocedad hasta ahora, lo mismo que vuestros padres. De esta suerte os quedaréis en el país de Gosen. (Y es que los egipcios detestan a todos los pastores de ovejas)» (Gn 46, 33-34).

Pero no era únicamente el desprecio social que sufrían los pastores, sino también el desprecio religioso en Israel. Eran colocados al mismo nivel que los publicanos, por lo tanto, tenían el máximo de los desprecios. Los pastores estaban privados de sus derechos civiles ni podían testimoniar porque estaban consideradas como personas falsas y como ladrones. Por lo tanto ningún rabino compraría jamás leche de los pastores. Eran personas muy violentas y fácilmente resolvían sus discusiones con los cuchillos. Y ellos sabían que eran despreciados por todos.

El Talmud -escrito por los antiguos estudiosos rabinos- dice que si se te cae una oveja propia en el pozo hay que sacarla, pero si se cae al pozo un publicano o un pastor déjalos dentro (cfr. Mt 12, 11-12). ¿Qué cosa nos quiere decir el relato evangélico de hoy con estos pastores? Nos dice que «pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño». Este dato nos ofrece otro dato: Jesús no nació en invierno porque los rebaños se quedaban al aire libre de marzo hasta octubre, ya que cuando hacía frío, en invierno, las ovejas eran resguardadas por las noches dentro de las grutas. Pero esto es un detalle marginal.

Lo importante es que era de noche, al decir que «pasaban la noche». La noche representa la noche de la humanidad, donde se da toda la violencia, la maldad, donde reina todas nuestras concepciones falsas del rostro de Dios. Estaban totalmente envueltos por la obscuridad de la noche. Y es en medio de esta noche cuando brilla una luz inesperada a los que pasaban la noche haciendo guardia por cuidar a los rebaños. De la noche nos dice el libro de la Sabiduría; «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde los cielos» (Sb 18, 14-15). Es esta palabra omnipotente la que ahora ilumina las tinieblas de nuestro mundo; será la palabra y la luz del rostro nuevo de Dios y del rostro del hombre auténtico; y la noche es iluminada. El libro de la Sabiduría dice que la noche estaba a la mitad, cuando la oscuridad es más espesa, de ahí la tradición de la misa de medianoche. Y en medio de esta densa oscuridad de la noche un ángel del Señor se presenta a los pastores y la gloria del Señor les envuelve con su luz. La gloria del Señor se lo imaginaban como una fuertísima explosión de su potencia y de la ira divina contra los malvados. Y ellos «se llenaron de gran temor». El texto original dice que ‘se asustaron/se espantaron con un enorme susto’. ¿Por qué se asustan los pastores? Se asustan porque ellos sabían que estaban lejos de Dios y la catequesis que ellos habían recibido era que ellos era que Dios tenía que destruirlos. El profeta Malaquías había dicho que cuando venga el Señor «será como fuego de fundidor y lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata» (cfr. Ml 3, 2-3). Los pastores sabían que los primeros que iban a ser aniquilados y borrados de la faz del mundo con la venida del Señor iban a ser ellos; lo sabían porque eran gente impura, no podían acudir ni al Templo ni a la sinagoga. Ellos son conscientes de su propia condición y por esos ellos estaban ‘asustados con un susto grande’. Sin embargo, el ángel les dice: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». Es el anuncio de un Dios que no nos despedaza, sino que es la revelación del rostro de Dios que es amor y solo amor y que nos ama, así como somos.

 

La señal que se les da a los pastores: «Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Es un niño como todos los niños; no es un niño con la aureola en la cabeza. La señal del verdadero Dios es un niño pobre entre los pobres.

 

Y una multitud de ángeles alababan a Dios. Son todos aquellos que han acogido la luz que ha venido a traer Cristo. Somos la comunidad de discípulos que acogen el verdadero rostro de Dios y le cantan.

 

Ahora bien ¿quiénes son esos ‘hombres de buena voluntad’? Son los hombres llenos de la benevolencia, o sea, los pequeños, los que no cuentan. Aquí está el canto de esta comunidad que ha acogido la luz. Ellos han entendido que los hombres de la benevolencia de Dios son los pequeños, los últimos. La gloria está en que Dios te ama tal y como eres; no te ama porque seas bueno, simpático o servicial. Te ama tal y como eres porque eres su hijo.