viernes, 6 de agosto de 2021

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo B

8 de agosto de 2021

            En el evangelio de este domingo el Señor nos habla del Pan de Vida, es un discurso eucarístico [Jn 6, 41-51]. Y en este mismo evangelio se nos hace alusión a dos episodios acontecidos en el Antiguo Testamento. Uno de ellos es paso por el desierto del pueblo de Israel durante cuarenta años. Y ese pueblo sobrevivió a todo ese larguísimo itinerario gracias al maná. Un maná venido del Cielo y que permitió la supervivencia de Israel a lo largo de esa travesía por el desierto durante esos cuarenta años. Pero tengamos presente que el pueblo de Israel no vivió con gratitud y agradecimiento por este maná. El pueblo de Israel se quejaba, decían ‘estamos hartos ya de este pan sin sabor’, ‘de este pan insípido’, ‘¿pero no hay otra cosa distinta para comer?’, no les resultaba sabroso, no les resultaba atrayente. Ellos en vez de percibirlo como un don de Dios, ellos lo vivían con quejas y como algo que les mortificaba.

            Algo parecido pasa con la primera lectura que está tomada del libro de los Reyes [1Re 19, 4-8]. Es el pasaje en el que el profeta Elías huye por el desierto durante cuarenta días porque está siendo perseguido porque es el último de los profetas de Yahvé que había permanecido fiel y Jezabel le perseguía para matarle. Elías estaba rendido por el cansancio, y agotado se sienta bajo una retama y se desea la muerte. Y en ese momento un ángel del Señor le despierta y le dice ‘levántate y come’. Y a Elías no le apetecía comer en absoluto, es como si el propio instinto de supervivencia ya no le funcionase a Elías. Pero el ángel le dice ‘levántate y come’. Y Elías, por obediencia, se levantó, comió un poco y se volvió a tumbar. Pero el ángel le volvió a insistir ‘levántate y come más’. Y Elías obedeciendo volvió a comer, forzándose, obligándose y con la fuerza de aquel alimento fue capaz de atravesar el desierto durante cuarenta días.

            Una aplicación para nuestras vidas de este paso por el desierto del pueblo de Israel y por el paso por el desierto Horeb del profeta Elías. A todos los pasa que cuando estamos extenuados por el cansancio lo que nos apetece es tumbarnos, dormir, …muchas veces necesitamos más el dormir que el comer por el agotamiento tan serio que a veces podemos sufrir…y no comer. Pero sin embargo necesita comer y sólo así le volverán las fuerzas. Esto mismo ocurre en la vida espiritual, que el desánimo, la desesperación nos conduce a tirar la toalla y a dejarnos llevar. Y sin embargo es precisamente en ese momento cuando más necesitamos del alimento de Dios. Puede ocurrir que cuando menos nos apetezca una cosa sea cuando más lo necesitemos. Lo cual es importantísimo educar las ganas, educar el gusto, porque muchas veces al hombre no le apetece lo que es bueno, sino que le apetece lo malo. Es muy importante educar el gusto, el forzarnos en gustar de las cosas de Dios, de lo bueno y aborrecer lo malo. Y a veces hay que obligarnos a comer. Eso que aconteció a Elías es también una enseñanza para nosotros, ya que también nosotros podemos padecer una especie de anorexia espiritual, en la que alguien no llega a percibir que tiene distorsionada la percepción de la realidad y no se da cuenta de que tiene que comer, de que tiene que alimentarse, de que está débil y no lo percibe. Y cuando uno está débil tiene que dar un voto de confianza a aquel que le cuida y le dice ‘aliméntate, come porque la travesía es fuerte, es larga y necesitas el alimento para el camino’. El pueblo de Israel decía que no le gustaba el maná del Cielo, pero es que resulta que el gusto hay que educarlo: hay que aprender a gustar de la Eucaristía. Porque en la vida espiritual hay muchos momentos en los que uno no siente nada, tiene una sequedad interior, se acerca a los sacramentos y no tiene esa percepción favorable que en otros momentos haya podido tener…Es que en nuestra vida espiritual hay muchas ocasiones en las que tenemos que caminar a la luz de la fe. Lo decisivo en la experiencia de Dios no es el sentimiento, sino caminar en la fe. No se puede confundir experiencia de fe con sentimientos. La mayoría de las veces la experiencia más profunda de la fe es obediencia, no sentimiento. El sentimiento puede acompañarnos en algunas fases de nuestra vida espiritual, pero en otras nos abandona. Y esas fases donde caminamos a la luz de la fe, obedeciendo –aún sin entender- son muy importante porque se va aquilatando nuestra fe, se autentifica nuestra fe, se madura.

            De tal modo que cuando comulguemos digamos: Creo firmemente Señor que estás aquí, aunque no te sienta. Y esa Eucaristía alimenta la presencia de Dios dentro de mí. Y es fundamental también el educarnos a aprender a vivir de la Eucaristía. ¿De dónde saco mis fuerzas para el camino? ¿De dónde saco esa energía que a veces me falta porque humanamente andamos carentes de fuerzas? La fuerza la sacamos de la presencia de Jesús que está dentro de mí en la Eucaristía que comulgo. Él me da la fuerza para seguir caminando.


sábado, 31 de julio de 2021

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

1 de agosto de 2021

 

            Nos dice el evangelio de hoy que «cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús», es decir que fueron en busca de Jesús. Y eso es lo que tiene que hacer un cristiano, buscar a Jesús. [Jn 6, 24-35]

 

Pero claro, ¿qué hay detrás de esa búsqueda? A lo que Jesús nos da una palabra inolvidable: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Esto lo dice porque antes está el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces. La gente había quedado impresionada y saciada de los panes y de los peces, pero no han visto el signo, no han comprendido el signo. Este es un gran peligro que tenemos los cristianos en nuestra vida, recibir los dones de Dios en su materialidad pero sin comprender el signo que encierra. Es como si uno recibe un ramo de rosas y dice ‘¡que bonitas que son, que preciosas!, ¡me vienen genial para colocarlas en el jarrón y adornar el salón!’ Pero lo más importante del ramo de rosas no es que ahí queden bien, lo más importante del ramo de rosas es que te las ha dado alguien con una intención, porque te quiere, porque está enamorado de ti. Lo importante no es la materialidad de las rosas, sino la intención formal que tiene aquel que te las ha enviado. Algo así es el reproche que hace Jesús a la gente. «Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros».

 

Muchas veces, nosotros ante Dios es posible que nos quedemos con la materialidad de sus dones sin llegar al dador de los dones. Estamos llamados a pervivir en todo lo que nos rodea un signo de Dios, una figura de Dios, una metáfora de Dios. Todos los dones de Dios que nos rodean son signos que nos remiten a un don superior, y quedarse en el signo sin llegar al significado es una pobreza muy grande, es perder lo principal.

 

A modo de ejemplo; estamos rodeados de belleza. La belleza que nos rodea puede ser percibida de dos maneras, en la acción de Dios la belleza es un camino, es un acceso para entender lo que es la inmensidad, la santidad de Dios, la grandiosidad de Dios. La belleza de la naturaleza, la belleza del arte, de la música…esa belleza que nos atrae no es sino un altavoz que evoca la grandeza de Dios y su belleza infinita y su santidad. Y lo que nos pasa a veces es que reducimos la belleza a un disfrute personal, egoísta, sensualmente… pero la belleza está llamada a ser como un trampolín que nos cuestiona cuál es la fuente de esta belleza. Lo mismo pasa con el amor humano; nos queremos, sentimos la importancia del cariño y de la amistad, pero a veces no nos damos cuenta de que el amor humano es una evocación del amor divino, porque estamos llamados a amar para siempre. El amor no tiene una vocación a la finitud, sino a la infinitud.

Y lo mismo pasa con el alimento. Porque aquellos que estaban siguiendo a Jesús estaban buscando sus necesidades perentorias: que necesito trabajo, que necesito alimentar y sacar adelante la familia… el subsistir en esta vida, a veces es duro y angustioso, el cómo vivir el futuro, el cómo pagar las facturas y dar de comer a los hijos…y en medio de esta lucha por el día a día, Jesús le dice que él tiene otro pan, al que este pan de trigo está simbolizando, que es el pan de vida eterna. «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás». Es importante que percibamos los dones que tenemos en esta vida como un signo de los dones superiores, de los dones definitivos, que son los dones de la gracia. Todos los dones que recibimos ahora son un anticipo de lo que Dios nos quiere dar. No desconectemos la tierra del cielo, no la desconectemos, porque está en plena unión. Vivamos todo lo que tenemos como un signo que evoca el amor que Dios nos tiene y con el que nos cuida. Y no olvidemos que el alimento con el que nos cuida el Señor es la Eucaristía, anticipo de la vida eterna. «Yo soy en pan de vida».

sábado, 24 de julio de 2021

Homilía del Apóstol Santiago. domingo 25 de julio de 2021

 Homilía del Apóstol Santiago, Domingo 25 de julio de 2021

            Uno lee el evangelio de hoy en el que ve cómo los apóstoles están muy despistados y de cómo la madre de los Zebedeos quiere colocar a sus hijos, el uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús. Jesús, con esto, nos está previniendo que la estructura apostólica, con la que Jesús ha querido llevar adelante la transmisión de la fe, es una estructura de autoridad apostólica, con esa misma autoridad que tuvo Jesús. Pero se habla de autoridad, pero no de poder. Y ese matiz entre autoridad y poder es muy importante.

            Jesús estaba revestido de autoridad y llamaba la atención con qué autoridad hablaba Jesús que era capaz de corregir a los fariseos en la interpretación equivocada de las Sagradas Escrituras. Pero Jesús no estaba revestido del poder humano, tenía la autoridad dada por Dios. Ese matiz es el que subraya el evangelio de hoy. En la sucesión apostólica recibimos esa autoridad de Jesús, pero Jesús nos pide que sea una autoridad que esté desprendida de esos signos de poder de este mundo que busca el ser servidos y no el servir. La estructura apostólica de la Iglesia no hay que confundirla con una estructura jerárquica en la que se informa una determinada casta que busca ser servida. Jesús insiste en que ‘no he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida en rescate por todos’.

            Un signo de que hemos entendido el espíritu de Jesús es que el don que hemos recibido a través de la sucesión apostólica, nosotros lo concretemos sirviendo en las cosas más mínimas, en las cosas más pequeñas, buscando el último puesto, el que no quiere nadie. Intentando siempre entender que Jesús nos manifestó su autoridad divina en el lavatorio de los pies, poniéndose de rodillas delante de nosotros y lavándonos los pies. Es una paradoja a los ojos de los hombres, pero sin embargo es la lógica de Dios. Que la autoridad de Dios se manifiesta en el servicio más humilde, en buscar el último puesto. Por eso Jesús reprende a esa madre que perdía para sus dos hijos los puestos principales. Por eso les dice que el puesto principal que van a tener es el del servicio, «el beber el cáliz que él ha de beber» [Mt 20, 20-28], y de hecho así les dio el cáliz en el martirio, porque el martirio es la entrega de la vida por el servicio por el bien del mundo y por el bien de la humanidad.

            Cuenta la tradición que cuando el apóstol Santiago se dirigía hacia Finisterre, al pasar por Zaragoza, el apóstol tuvo un momento de prueba, de dificultad para llevar adelante su encomienda. Tuvo un momento de desolación, de experimentar que era muy difícil llevar adelante esa encomienda y tuvo la tentación de volverse atrás. Y que fue allí, en Zaragoza, donde recibió aquella manifestación de la Virgen, nuestra Madre, quien le consoló y de ahí la advocación de Nuestra Señora del Pilar. De María recibe la consolación para poder ser perseverante. María es un don por el que Dios nos da la gracia de la fidelidad. ‘En tiempos de turbación, no hagas mudanza’, como diría San Ignacio. En este momento tal vez, seas tentado de cansancio, de desesperación, sintiéndote tentado de pesimismo, y la Virgen María a Santiago apóstol le dice que ‘no cambies tu propósito, sigue tu marcha, sigue hasta el fin de la tierra’. Jesús nos dijo ‘id al mundo entero y proclamad el evangelio’. Sé perseverante, sé fiel. Y es impresionante el papel de la Virgen incentivando la fidelidad en sus hijos, nos fortalece y anima en la evangelización. María es una ayuda para seguir adelante en el camino de la cruz. El encuentro con María es una bocanada de aire fresco en la que ella nos anima a la fidelidad, para que abrazando con confianza la cruz, encontramos en esa cruz nuestra gloria.

sábado, 17 de julio de 2021

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo b

 

Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)

             En el evangelio de hoy [Mc 6, 30-34] nos encontramos cómo Jesús después de haber estado largos ratos con los apóstoles les ha enviado a proclamar el Evangelio de dos en dos ya ahora regresan entusiasmados al darse cuenta del poder que tiene la Palabra para aquellos que la acogen.

            Primero los apóstoles han estado con el Señor, han disfrutado de su presencia, se han dejado tocar el corazón por su amor, han abierto sus oídos a las divinas enseñanzas. Después el Señor les ha enviado de dos en dos para que ellos difundiesen la Palabra y se dieran cuenta del poder que tiene esa Palabra.

Cuando regresaron los apóstoles y le contaron a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado le hablarían de frutos concretos de esa predicación, de experiencias de esa evangelización: de cómo ayudaron a reconciliar a un matrimonio que estaba a punto de romper; de cómo dieron una palabra de fe a esos padres para educar a sus hijos; de cómo evitaron un suicidio; de cómo, fruto de la Palabra, unos vecinos se han organizado para proporcionar comida y sustento a una familia que había perdido todo por incendio; de cómo se han podido reconciliar dos hermanos enfrentados desde hace mucho tiempo; de cómo la gente les habría su corazón para contarles todo lo que les hacen sufrir y ellos les han dado la razón de la alegría; etc. Los apóstoles han experimentado la fuerza del Espíritu Santo y están gozosos por ello.

También nosotros estamos con el Señor ahora mismo, en la Eucaristía, y escuchamos su Palabra, disfrutamos de su presencia y nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre. Nosotros, tal y como lo hacían los apóstoles, estamos largos ratos con Jesús. Estamos en esa escuela del apostolado aprendiendo del Maestro y dejándonos conquistar por su amor fecundo. Y también a nosotros nos envía para anunciarle. De hecho, si nos creemos su Palabra, caeremos en la cuenta de los efectos positivos que experimentamos por ello y de ahí surge la acción de gracias.

Estamos muy acostumbrados a oír, y alguna vez a escuchar la Palabra. Y puede ser que creamos que el hecho de estar en la Eucaristía con Jesús no tenga consecuencias reales en nuestro quehacer diario, de tal manera que acudir a la Eucaristía y hacer un recado o la comida, a efectos prácticos,  pueda quedar al mismo nivel. La Eucaristía no es una cosa de las tantas que hacemos, sino la que da sentido a todo lo que hacemos. Trabajar con perspectiva de eternidad ayuda a aliviar agobios inútiles, desasosiegos infecundos. Depende de qué espíritu trabajes te cansas mucho más o te cansas mucho menos.

 

            El problema serio recae cuando me he acostumbrado a hacer las cosas, uno pone ‘el piloto automático’, está en la Eucaristía pero no se deja influenciar, no se deja afectar haciendo las cosas cotidianas al estilo de los paganos. De ser así, es urgente el cambio.

            Y después de la tarea de evangelización Jesús invita a sus apóstoles a descansar. Jesús les dice y nos dice: «Venid vosotros a solas a un lugar tranquilo desierto a descansar un poco». Y esto incluye otra cosa, que cuando el Señor nos llama a trabajar también incluye la alternancia al descanso; trabajar y también descansar, que es querida por Dios. San Juan Pablo II decía que «el hombre tiene que imitar a Dios, tanto trabajando como descansando» [Carta Encíclica LABOREM EXERCENS, 25]. La Sagrada Escritura nos dice como Dios trabajaba y cómo Dios descansó. Es uno modo de hablar para indicarnos cómo hacer las cosas. Dios nos propone un modelo de cómo trabajar y de cómo descansar.

            Hay como cuatro tipo de cansancios: el cansancio físico, el cansancio mental o psicológico –el cual suele ser el más frecuente y el que menos pueden notar los demás-, el cansancio emocional –que es el de la tristeza, cuando uno está triste, está deprimido, agobiado, con ganas de poder tener tiempo para ‘recargarse las pilas’- y el cansancio espiritual –que es cuando falta el sentido de la vida, falta el sentido de la vocación a la que uno está llamado en esta vida-. Es importante concienciarnos que el descanso no es un lujo, sino que es necesario. Todos tenemos experiencia de estar una hora de trabajo de calidad a estar trabajando varias horas sin efectividad. Esto es debido a que se ha sabido ha podido descansar y su actividad entonces es de calidad.

            Es verdad que estamos en una cultura donde no se ha valorado en su justa medida el valor del descanso, dando la impresión que aquel que recurre al descanso ‘es como menos generoso’ y esto es un error. Hay una sabiduría cristiana que nos tiene que hacer entender el valor del descanso. Saber descansar supone darnos cuenta de que nosotros no somos dueños del mundo, no somos dueños de nuestra vida, sino que el Señor nos la he encomendado. Nadie es dueño de nada, es el Señor quien nos encomienda las cosas, las tareas, las personas. Saber descansar es también saber poner las cosas en manos de Dios y saber que yo no soy necesario ni imprescindible, sino que Dios sólo se sirve de mí, sólo se sirve de uno.

            El Señor nos dice en el evangelio: «Venid vosotros a solas a un lugar tranquilo desierto a descansar un poco», a lo que podríamos añadir, poniéndolo en labios de Jesús,  “venid conmigo a descansar un poco”. Porque el secreto está en descansar en Cristo, en reposar la cabeza, como Juan, en su costado y aprender a buscar descanso en Él.

sábado, 3 de julio de 2021

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

 Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

4 de julio de 2021

             Hoy el evangelio nos lleva al pueblo de Jesús, donde Jesús se había criado, donde había vivido y donde tenía la casa paterna. Y todos sus paisanos acudían todos los sábados a la sinagoga y eran personas que cumplían con una serie de normas religiosas que les identificaba como pueblo. Sin embargo, nos dice la Escritura, allí no pudo nacer ningún milagro porque les faltaba fe. O sea, toda la vida acudiendo a la sinagoga, cumpliendo con una serie de normas y resulta que las cosas que hacen las hacen sin fe, sin confiar en Dios. Es un gran drama.

            Entonces realmente ¿qué sucede? Sucede que estamos engañados por el Demonio. Kiko Argüello, en una de sus catequesis decía: Que había un monje muy anciano que reunió a jóvenes y les preguntó “¿qué creéis vosotros que es lo propio del cristiano, lo más suyo, lo más auténtico?”. Y se alza uno y le dice “la obediencia”. A lo que el anciano le dice “no”. Otro dice “la humildad”, a lo que el anciano le dice “no”. Otro grita “la santidad”, y el anciano le dice “no”. Y como no sabían los jóvenes cómo responderle, el anciano les dijo: “lo propio del cristiano es el discernimiento”. Porque si tú no tienes discernimiento te crees buena persona y eres un pecador; te crees humilde y eres un soberbio; te crees generoso y eres un profundo egoísta.

El discernimiento es algo que se aprende viviendo en una comunidad cristiana que va dando pasos descubriendo la aportación de Cristo en ti, para ir consiguiendo un fe adulta y sepas que el Demonio ya no te pueda engañar. Y no te puede engañar porque sabes descubrir sus trampas. El Demonio siempre se disfraza de ángel de luz y siempre te dice cosas agradables. Una manera de descubrir si un pensamiento viene del Demonio es que el Demonio siempre te adula. Porque el que te adula es tu enemigo, el que te corrige es tu padre.

Esos hebreos todos los sábados acudían religiosamente a la sinagoga a escuchar a la Palabra de Dios, sin embargo estaban viviendo en la época del becerro de oro, porque aunque no lo sepamos o no queramos admitir estamos encadenados al materialismo, al consumismo, al hedonismo, al egoísmo. Confiamos en todo menos en el Señor. Y lo propio del cristiano es ir discerniendo para saber cuántas y cómo de largas son las cadenas que nos están impidiendo ser sanados, ser fortalecidos, ser consolados, ser portadores de esa alegría que viene de Cristo. El Demonio te dice que eres una buena persona, que haces lo que tienes que hacer, que el otro se comporta así porque es tonto o soberbio, que la culpa de lo que está ocurriendo lo tiene el otro. El Demonio quiere que tú no cambies y por eso muchas veces las cosas van de mal a peor.

El profeta Ezequiel [Ez 2, 2-5] en la primera de las lecturas fue enviado por Dios a un pueblo que se habían relajado en las costumbres, que lo que antes era pecado ahora era algo normal. Se habían olvidado del Señor, y le habían sustituido por sus posesiones, por sus preocupaciones, por su ocio, por buscarse una vida más cómoda. Habían sido atrapados por las redes del Demonio. De esta manera sólo se empieza a razonar, a pensar y a sentir de modo meramente mundano. Y podemos estar en la Iglesia y ser los más mundanizados. Esos hebreos del pueblo de Jesús acudían todos los sábados a la sinagoga y cumplían todas las normas religiosas, pero en el centro de su ser no estaba instalado el Señor. Se creían buenas personas, buenos judíos, humildes, cumplidores, generosos, pero todo era un espejismo ya que se habían dejado engañar por el Demonio y su vida, sin ellos ni percatarse, emanaba un hedor más desagradable que el de un estercolero.

Y con pena Jesús allí no pudo hacer milagros, porque ni siquiera ellos contaban con Dios en sus vidas. Ellos tributan culto a sus particulares ‘becerros de oro’.

viernes, 25 de junio de 2021

Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 

Domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo b

27 de Junio de 2021                      

             Hoy en el Evangelio de San Marcos nos encontramos a Jesús siendo apretujado por el gentío. Todos querían ver a Jesús, estar con Él, conocer a aquel del cual todos hablaban. Dice el evangelio que «se le reunión mucha gente a su alrededor» y que «mucha gente lo apretujaba». En otros textos evangélicos nos cuentan que a veces que «se juntaba tanta gente que no le dejaban ni comer». Todas esas personas que le apretujaban estaban totalmente empecatadas hasta el tuétano, pero no sentían la necesidad de cambiar de vida. Y es más, tampoco estaban educando su oído para poder aplicar en sus vidas aquellas cosas que decía el Señor.

Nos puede pasar a nosotros, nos podemos acomodar, nos podemos aburguesar, pensamos que con lo que hacemos ya es suficiente. Se nos proclama la Palabra de Dios y no la llegamos a permitir que ordene nuestra vida, que nos eche el vino nuevo de su amor en nuestras heridas para que sean cicatrizadas. Es como si le dijéramos al Señor, con gran diplomacia y educación: ‘Señor, cuenta conmigo pero sólo hasta aquí, poniendo uno los límites’.  Y lo llegar a suceder es que uno termina por creerse que la Palabra de Dios no le dice nada, no le cuestiona nada, no le alumbra nada, cuando ha sido uno el que ha hecho el libre ejercicio de silenciarla. Y cuando uno silencia la Palabra de Dios en su vida, la lectura de todo lo que hace es una lectura plana, totalmente empobrecida y mundanizada. Nos acostumbramos a pensar y razonar tal y como lo hace el mundo. Estamos en la Iglesia, pero pensamos con el mundo. Nos estamos olvidando de lo que el Espíritu Santo nos dice en los acontecimientos.

Esta semana han salido en todos los titulares de los noticiarios un “megabrote” de Covid-19 por los viajes de fin de curso a Mallorca con más de 500 contagiados y más de 2000 jóvenes en cuarentena estando seis comunidades autónomas afectadas. Pues un concierto de reggaetón, fiestas en barcos, en hoteles, en la playa… y todo por divertirse de un modo totalmente incívico e insolidario. Pero detrás de todo esto hay una ausencia de amor, un no renunciar a mi fiesta alocada acosta de todos aquellos que puedo contagiar e incluso matar por el virus. Cuando el pecado abunda, la vida se desperdicia. Se sufren enormes hemorragias de sangre, hemorragias de vida.

            Daos cuenta que San Pablo, en la segunda lectura, está exhortando a la comunidad de los Corintios diciéndoles que los límites no los ponemos nosotros. Que a las cosas de Dios no se les puede poner límites, porque te limitas. Si a una piscina de dos metros de profundidad únicamente la llenas unos centímetros no podrás, ni siquiera chapotear con el agua. Por eso San Pablo nos dice que demos con generosidad por amor a los demás. Le dice que pueden tener mucho dinero, pero si no ayudan a los hermanos, ese dinero puede ser para ellos causa de perdición.

Esas personas que apretujaban a Jesús estaban enfermas por el pecado y no sentían la necesidad de ser sanados porque se habían acostumbrado a estar así. Estaban con Jesús porque sus palabras les llenaban el corazón pero tan pronto como Jesús les ponía en la verdad y les desenmascaraba su pecado, ellos se iban porque sus palabras eran duras y exigentes al ponerles en un camino de conversión. Incluso Jesús les llega a decir a los doce: «¿También vosotros queréis iros?».

            Sin embargo una mujer que padecía flujos de sangre, que oyó hablar de Jesús, se le acercó por detrás, de entre la gente, le tocó el manto pensando que así quedaría curada. Y al tocar el manto de Jesús, inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y quedó curada. Jesús se da cuenta de que había salido fuerza sanadora de Él y pregunta que quién le ha tocado el manto y le busca con su mirada. Hasta que ella se le acerca, asustada y temblorosa, se le echó a los pies y le confesó a Jesús toda la verdad.

            La sangre representa la vida, en el libro del Deuteronomio así no lo presenta. Una vida que se desperdicia por el pecado, por las adicciones, por entrar en la dinámica de Satanás. Esa mujer estaba perdiendo la vida, se estaba desangrando desde hacía doce años y quería sanar, pero no lo conseguía. Seguramente que esta mujer ‘tocó fondo’, se consideraría como ‘causa perdida’. Sin embargo, la Palabra también fue proclamada para ella.

Oyó hablar de Jesús, alguien le habló a esta mujer de Jesús. Seguramente que la contaría cómo Jesús le ordenó su vida, descubrió el amor, recobró la alegría perdida, adquirió el sentido de vivir que antes había desaparecido… y ese testimonio fue el que hizo que esta mujer que sufría flujos de sangre, flujos de vida también pudiera experimentar la alegría de poder contar con Cristo en su día a día. Se hicieron realidad las palabras del Salmo al sacar a esta mujer del abismo y la hizo revivir cuando bajaba a la fosa.