miércoles, 31 de marzo de 2021

Homilía del Jueves Santo 2021

 Jueves Santo 2021

1 de Abril de 2021

         Hoy celebramos que Cristo, por puro amor, nos ha hecho tres regalos: la institución del Orden Sacerdotal y de la Eucaristía y nos ha entregado el mandamiento del Amor Fraterno.  ¿Nos lo merecemos? No. Todo es pura gracia, puro don divino. ¡Qué diferente es decir y sentir cuando uno sabe que no es digno de lo que recibe en vez de creernos con derechos sobre ello!

Estamos en una sociedad donde todo son derechos y, como si fuera una cadena de producción de una fábrica, se crean nuevos derechos. Derechos que no dejan de ser falsos derechos que no se sostienen por sí, sólo por la voluntad y deseo de algunos. No podemos pensar con criterios mundanos, sino con los criterios que manan de Dios, de la Gracia divina. Hace poco un sacerdote de una diócesis de Italia se negó a bendecir las palmas en el Domingo de Ramos en forma de protesta porque la Iglesia no bendecía las parejas de homosexuales. Satanás siempre ataca a la cabeza, siempre ataca a aquellos que son cabeza de algo; en este caso a este cura de 50 años de un pueblo del noroeste de Italia de 977 habitantes con ganas de protagonismo.

Nosotros no somos dignos de estar en la presencia de Dios y la plegaria eucarística nos lo recuerda: «Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia». Dios nos hace dignos a nosotros. El único derecho que tenemos es el derecho a amar y a amar como Dios nos ama. El amor no es el cajón desastre donde metemos todo lo que nos ocurre, ya que por la herida ocasionada por el pecado original tendemos a confundir egoísmo, posesión, dominación y consenso… con el amor. El regalo que el Señor nos hace hoy es un amor que llega hasta la entrega total, libre y sin reservas en el madero de la cruz.

Si quitamos la visión de fe de las cosas y situaciones que nos rodean nos creeremos con el derecho de manipular todo, de pervertir las realidades y de malherir al propio amor. De ahí que salgan leyes que son auténticas salvajadas como la del aborto, la de la eutanasia, la privación de los derechos de los padres para que puedan elegir la educación que desean para sus hijos, el mal llamado matrimonio a las personas que se unen siendo los dos del mismo sexo, la satánica ideología de género, etc. Una  mentira reiterada mil millones de veces sigue siendo una mentira; y la mentira y el amor es como el aceite y el agua, no se mezclan. Dicen por ahí: ‘lo importante es el amor’, ‘es que se aman’… No caigamos en la tentación de confundir el amor con el cajón desastre.

Es cierto que en el amor se ha de dar muchas dosis de perdón, o muchas vacunas de perdón. Ahora que estamos en medio de estar interminable pandemia del Covid-19, todo el mundo habla de las vacunas y de las dos dosis para alcanzar la tan anhelada inmunidad. Incluso en los medios de comunicación y los políticos hablan de ‘inmunidad de rebaño’. Es que resulta que toda la humanidad, y nosotros como comunidad, estamos sufriendo la pandemia del pecado, la pandemia de la ausencia de amor en lo que hacemos y con los que estamos. Y hoy el Señor nos regala el sacerdocio para que pueda administrar en el confesionario esas vacunas de la gracia divina, de un modo personal, con toda la frecuencia que sea necesaria al penitente, para que ese coronavirus del pecado no irrumpa con tanto ímpetu en nuestra vida, porque no es lo mismo decir ‘se me ha roto el picaporte de la puerta’ que decir ‘se me ha caído el tejado de la casa’.

Uno hace un esfuerzo serio por algo que valora o estima importante, porque de otro modo uno ni se molesta. Es cierto que muchas veces la desilusión, la falta de respuesta, el poco interés que puede encontrar en los otros puede llegar a desmoralizar y la tentación de ‘tirar la toalla’ se acentúa con creces.  El faraón, Satanás,  está levantado porque desea que abandonemos en camino de la fe y nos adentremos por las sendas mundanas donde todo está ‘bien’, todo está permitido y donde el pecado es algo perteneciente a la moral represora de la Iglesia: es decir la senda de lo mundano, la senda de la mentira.

Y en las relaciones se generan heridas, algunas de ellas llegan a supurar pus. A lo que el perdón ha de ser una tónica general entre nosotros. Pero el perdón no es lo mismo que la indiferencia ni la incomunicación. Jesús era muy claro con los fariseos y saduceos. Les ‘cantaba las cuarenta’ y se enfadaba por lo duros de corazón y la dura cerviz que tenían. Pero Jesús les amaba con todo su ser, es más, murió por cada uno de ellos.

Las heridas ocasionadas por nuestros pecados son patentes en la relación cotidiana en esta y en cualquier comunidad cristiana. Muchas de las cosas que aquí ocurren están generadas por el pecado que arrastramos. ¿Y dónde acudir para, como se hace con los ordenadores y con los smartphones o tables, restaurar la primera configuración de fábrica o así poder restaurar las normales relaciones entre nosotros? La liturgia nos da muchas pistas: «Concédenos, Dios Todopoderoso, que, quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad, encontremos aliento en la pasión de tu hijo unigénito» (Oración Colecta del Lunes Santo). O sea, nosotros desfallecemos, reñimos entre nosotros, nos ignoramos, murmuramos, nos lanzamos miradas como si lanzásemos flechas… a causa de nuestra debilidad que es aprovechada por Satanás y al entrar nosotros en su perverso y dañino juego.

EL Señor sabía que entre ellos había un traidor. Y aun sabiéndolo lo amó con la misma intensidad como al resto de los Doce. Los tres regalos que hoy nos entrega el Señor son para disfrutarlos y ejercitarlos diariamente para que así, algún día y tal como dice la liturgia «merezcamos ser saciados en el banquete eterno».

sábado, 20 de marzo de 2021

CyLTV Noticias 14.30 horas (07/03/2021) MINUTO 14,30 LOS CAPELLANES DEL COMPLEJO HOSPITALARIO DE PALENCIA

Homilía del funeral de mi abuelo materno Abilio Villumbrales Rojo

 

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo de Cuaresma, Ciclo B

Domingo V del tiempo de Cuaresma, ciclo b

21 de marzo de 2021

           El Evangelio que hoy se ha proclamado nos ayudan a entender el sentido que da Jesucristo a los acontecimientos que están a punto de desencadenarse durante la Semana Santa. Jesús había preparado largamente este momento. Y es muy importante vivir la Semana Santa no sólo desde los acontecimientos históricos, sino también desde la vivencia interior que Jesús tiene de esos hechos. El Evangelio de hoy sería tanto como dar respuesta a una pregunta: ¿Qué sentido tiene para Jesús esos hechos? ¿Con qué sentido vivió Él su muerte, su pasión?

            Alguien ha llamado al Evangelio de San Juan como ‘El Evangelio de la Hora’. Porque en los capítulos de este evangelio hay referencias a ‘esa hora’. Al comienzo del evangelio, en las bodas de Caná de Galilea, Jesús le dice a su madre: ‘Mujer, todavía no ha llegado mi hora’; trascurre el evangelio y Jesús dice: ‘ya se acerca mi hora’. Y llegado el momento, Jesús dice ‘esta es mi hora’, ‘para esta hora he venido al mundo’; Hoy, en el evangelio, Jesús dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». Y cuando Jesús es prendido, dice finalmente: ‘esta es la hora’.

            Jesús es sumamente consciente que durante toda su vida hay un hilo conductor que va a terminar en la entrega de su vida en la Cruz. Es verdad que su entrega ha tenido lugar desde el principio. Jesús se está entregando a nosotros en cada momento, en cada acontecimiento: cuando predica en el Monte de las Bienaventuranzas, cuando cura a los enfermos y poseídos, cuando está comiendo en casa de los fariseos o en la de sus discípulos, en cualquier momento. Jesús siempre se entrega por nosotros. Pero hay un momento cumbre, un momento donde se condensa toda su vida, que es el momento de la cruz.

            Aplicándolo a nosotros podemos también decir que nosotros, como discípulos de Jesús, también tenemos nosotros una hora especial. Es verdad que todos los momentos de nuestra vida deben de ser de entrega y uno no tiene que esperar a no sé qué para entregarse. En cada momento todos nuestros talentos los tenemos que desarrollar y entregarlo con un espíritu de servicio. Pero es verdad que hay momentos de nuestra vida en los que se condensan de una manera muy especial la ofrenda que hacemos a Dios. Y suelen ser normalmente momentos de cruz, como lo fue el de Jesús. Puede ser el momento de despedir a un ser querido, el asumir una noticia concreta de nuestra salud, aceptar un revés o contratiempo de nuestra vida, cada cual tiene el suyo, su ‘momento de cruz’. Hay horas especiales en las que se condensa de una manera especial esa llamada de Dios a ofrecerle la vida. Al igual que Jesús preparó largamente durante toda su vida esa entrega en la cruz, preparó su hora. También nosotros, durante nuestra existencia, estamos llamados a preparar la hora por la que hemos venido al mundo.

            El momento de nuestra muerte será también el momento de nuestra hora, será el momento en el que hagamos al Señor la ofrenda de nuestra vida: Aquí tienes Señor mi vida. Lo que es importante subrayar cómo el evangelio de San Juan, a la hora de entender el sentido que Jesús da a su muerte, subraya que Jesús entrega la vida. El culmen está cuando Jesús dice: ‘a mí nadie me quita la vida, soy yo el que la entrega voluntariamente. Tengo poder para darla y tengo poder para quitarla’. Jesús entrega la vida. Es verdad que hay unos acontecimientos históricos que le arrebatan la vida, pero por encima de esos acontecimientos históricos, Él entrega libremente la vida.

            Un cristiano está llamado a decir con Jesús: ‘a mí la vida no me la quita la ancianidad, ni la enfermedad, sino que yo la entrego’; ‘a mí la vida no le ha quita un accidente, sino que yo la entrego’. Por encima de los acontecimientos históricos hay una entrega de nuestra vida, que junto con Jesús es salvífica. Si unimos nuestra entrega a la de Jesús es salvífica.

            En el momento final de la plegaria eucarística que se llama doxología, el sacerdote dice levantando la patena y el cáliz: ‘Por Cristo, con Él y en Él. A ti Dios Padre omnipotente…’. En ese momento nosotros hacemos entrega de nuestra vida junto con la ofrenda de Cristo al Padre.

            Una vez me acuerdo que Santiago García, en uno de sus viajes a Tierra Santa, comentó que un guía árabe comentando las torturas y martirios de los cristianos de aquellos territorios musulmanes, que una vez captaron cómo musitaban, movían los labios hablando en árabe, antes de ser ejecutados y martirizados, y leyéndoles los labios decían: ‘Jesús, ten misericordia de mí’. En esos momentos reafirmaban su fe en la misericordia divina, entregaban su vida a la misericordia de Dios y daban testimonio de su fe ante los que les iban a ejecutar. Eso pedimos al Señor: ‘Jesús, ten misericordia de nosotros’.

            Pidamos al Señor que nos ayude a dar la vida, y darla sin reservas.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Homilía del Segundo Domingo de Adviento, ciclo B

 Homilía del Domingo II del Tiempo de Adviento, ciclo B

            Isaías 40, 1-5. 9-11

            Sal 84, 9ab 10. 11-12. 13-14

R/. «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación»

            Segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14

            San Marcos 1, 1-8

 

En el Evangelio de hoy hay un protagonista especial: Juan Bautista, al que se le llama «el precursor». ¿Qué significa y qué representa esta figura del precursor? Algo importante debe de ser porque el comienzo del evangelio de San Marcos se inicia con una cita que dice: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino». Esto de preparar el camino es muy importante porque la indiferencia del hombre ante Dios había sido combatida por la paciencia y por el celo de Yahvé que a lo largo de siglos y siglos ha preparado el momento de la encarnación, el momento de la llegada de Jesús. Y a pesar de eso, uno de los momentos más dramáticos de la Escritura es cuando en el prólogo del evangelio de San Juan se dice «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Aunque es cierto que hubo un resto de Israel que sí le recibió.

Pero hay que preguntarse: ¿cómo es posible que, habiendo habido una preparación tan larga, tan intensa, con tantos profetas anunciando y esperando la llegada de ese Mesías fuera finalmente un pequeño resto de Israel el que esperase su llegada? Tal vez la llave está en que confundimos entre «Desear» y «Esperar». Porque una cosa es desear la salvación y otra cosa es esperarla. El que «desea», sueña con que llegue; pero el que «espera», prepara la llegada, discierne, desbroza el camino, hace acopio de fuerzas para afrontar lo que está por llegar. Es muy distinto desear y esperar.

Es más, en la primera de las lecturas de hoy, el profeta Isaías señala diciendo: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale»; esto es «Preparar», no solo desear.

Juan el Bautista, esta figura ascética que vive en el desierto, y que se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre, este no sólo desea, sino que también espera. La austeridad es signo de esperanza. El que se despoja de comodidades es porque se está desprendiendo de un lastre en la esperanza de la llegada de algo mejor.

A Jesús no sólo hay que desearle, hay que esperarle, lo cual se traduce en una actitud de conversión. Al igual que Dios le preparó una digna morada en la Inmaculada Concepción, también nosotros estamos llamados a prepararle una digna morada en un corazón con deseos sincero de conversión para preparar su llegada.

Ahora bien, «este esperar» no se reduce sólo a una dimensión ascética, penitencial, moral, de trabajar para preparar esa llegada; sino que esa esperanza tiene una dimensión teologal. Es decir, esperar en la llegada de Dios porque creemos en su bondad, que Dios no nos va a dejar solos, Dios es vuelca con aquel que está desvalido. Dios es amor y el amor es comunicativo, y el amor no soporta el silencio con los brazos cruzados viendo cómo la persona amada sufre. Hay que tener fe en el amor de Dios para esperar su llegada.

La figura de Juan el Bautismo es una llamada para que revisemos cómo estamos preparando la Navidad. Porque hay que reconocer que el consumismo de nuestra sociedad nos ha comido el adviento. El adviento popularmente ha dejado de existir. La Navidad es pervertida hacia el consumismo y el adviento desaparece. Es un modo de cuestionarnos de cómo yo y tú preparamos esa llegada del Señor. Que no vuelva a ocurrir ese drama de que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Es que si no hay preparación esto puede volver a ocurrir. ¿Nosotros estamos realmente esperándole o únicamente deseándolo? ¿Tenemos hambre y sed de Dios? ¿Realmente me adelanto a la aurora pidiendo auxilio al Señor? ¿Realmente me escuece cuando me olvido de Él? ¿Soy consciente de las heridas generadas en mi vida por haberme olvidado de Él?

sábado, 14 de noviembre de 2020

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, ciclo A 15 de noviembre 2020

 Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, ciclo a

15/11/2020

[Mt 25, 14-30]

 

                Acaba de ser proclamado el evangelio de los talentos, y quizá la primera afirmación que se podría hacer es que en el designio de Dios no hay pobres. Les hay quien tiene cinco talentos, quienes tienen dos y quienes tienen un talento. Pero en el designio de Dios cada uno hemos tenido los suficientes talentos para ser felices y para aportar desde nuestros talentos al bien común de la sociedad. Para que nadie se sienta inferior a nadie, porque Dios hace las cosas bien hechas; ya que cada uno es como es y es único e irrepetible a los ojos de Dios.

                Pero es verdad, como decía la Madre Teresa de Calcuta que ‘la más terrible pobreza es la soledad y el no ser amado’. Por eso la pobreza se genera no porque uno tenga cinco talentos y el otro uno, sino que la pobreza nace por nuestra soledad, por habernos desligado de ese proyecto por el que Dios no nos ha querido autosuficientes de cada uno, sino que en ese proyecto de Dios nos ha querido interdependientes. En el designio de Dios los talentos se comparten y se ponen los unos al servicio de los otros, no se entierran, se producen al servicio de los demás.

                En el designio de Dios no existían los pobres; sin embargo, en el designio de Dios sí que existe la fragilidad. Unos son más frágiles que otros, pobres no, frágiles sí en el designio de Dios. Y la salud de una sociedad se puede medir perfectamente por cuáles son sus reacciones, cuáles son sus comportamientos ante la fragilidad. Es importante caer en la cuenta de cómo es el comportamiento de la sociedad ante la fragilidad y cómo es mi reacción ante la fragilidad que me rodea.

                Ya hace algo de tiempo, tal vez alguno de vosotros lo escuchasteis en algún medio de comunicación, un hombre con el síndrome de Down  estadounidense llamado Frank Sephens compareció ante una de las mesas de trabajo del Congreso de los Estados Unidos donde dio su testimonio. Fueron siete minutos de oro en el que él dio testimonio desde su fragilidad como personas con síndrome de Down ante el mundo. Porque en muchos lugares del mundo han dejado de existir, así como hay muchos que conciben que hay que acabar con la pobreza del mundo haciendo que los pobres no nazcan, pues desde esta situación de fragilidad hablaba este joven, sabiendo que cada vez tenía menos compañeros con síndrome de Down en este mundo. Y en este testimonio dijo una palabra importantísima. Él dijo: «Somos como el canario en la mina de carbón». Antiguamente se bajaba a las minas con un canario para poder detectar cuando había un escape de gas peligroso inflamable era bajar a la mina un canario metido en una jaula. De manera que cuando ese canario se comenzaba a marearse o se caía había que salir corriendo porque se estaba fraguando una explosión. Y ese canario era indicativo de lo que iba a ocurrir ahí. Pues este joven, ante el congreso de los Estados Unidos dijo esto: «Somos el canario en la mina de carbón». Es decir, si la fragilidad no es cuidada, si la fragilidad no es valorada, no es estimada, si la fragilidad cae, salgamos todos corriendo que los valores de esta sociedad están en una situación de colapso total.

                En la manera en que cuidamos de la fragilidad es un autorretrato, nos autorretratamos en el modo de posicionarnos ante la fragilidad. Y no solamente de la fragilidad tenemos un autorretrato, sino que también de la fragilidad nos enriquecemos. Necesitamos todos tener amistad con los pobres, porque los pobres nos evangelizan. Hay una cosa muy ilustrativa: en el Evangelio, en las dos versiones que hay de las bienaventuranzas -san Mateo y San Lucas-, en una se dice «bienaventurados los pobres de espíritu» y en otra se dice «bienaventurados los pobres». ¿En qué quedamos? ¿en los pobres de espíritu o en los pobres?, en las dos cosas, porque una se ilumina a la otra. Un cristiano está llamado a ser ‘un pobre de espíritu’, es decir a tener a Dios como tesoro en su vida. Un pobre de espíritu, un pobre de Yahvé, un cristiano es aquel que tiene a Dios como tesoro. Pero necesitamos tener amistad con los pobres para que te enseñen a rezar el Padre Nuestro. Es cierto que el Padre Nuestro lo hemos aprendido de pequeños, pero es para que cuando reces ‘dame el pan de cada día’, lo hagas con la plena conciencia de que Dios es tu tesoro, de que Dios es tu sustento y de que dependes totalmente de Él. Que no dependes de tus falsas seguridades; no dependes de tu cuenta corriente. Un pobre es alguien que te enseñe a rezar el Padre Nuestro, porque pobre de espíritu no se puede ser sin aprender de los pobres. No podemos apoyarnos falsamente en nuestras seguridades, no podemos auto-engañarnos por esa falsa seguridad del que se suele desprender del sentirnos seguros por tener una nómina, una pensión, unas tierras, unos pisos o una nutrida cuenta de ahorros.

                Dejémonos enseñar de cómo Dios es nuestro sustento último en el que se cimienta nuestra felicidad. La parábola de los talentos nos está recordando que hemos sido llamados no sólo a no hacer el mal, sino hacer el bien. El Señor nos ha redimido para que no enterremos los talentos, para que hagamos el bien, para que no hagamos pecados de omisión; sino que hagamos todo el bien que podamos hacer en esta vida.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a

 Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a

08/11/2020

[Mt 25, 1-13]

                La parábola que acaba de ser proclamada, la de las cinco vírgenes sensatas y de las cinco necias nos habla de esa vocación para prepararnos a la vida Eterna. Esta parábola subraya, no tanto la perspectiva moral –de que seremos preguntados si nuestras obras han sido buenas o han sido malas-, sino lo que subraya es la importancia de la esperanza. Cinco de ellas mantuvieron su esperanza y las otras se durmieron sin esperar la llegada del esposo.

                El evangelio de hoy nos habla de ese encuentro último con Dios, no tanto desde la perspectiva de las obras buenas o malas, sino desde la perspectiva de la esperanza. Lo peor que le puede pasar a un cristiano es que no espere en Dios, que deje de esperar. El cielo es para aquellos que buscan a Dios con un corazón sincero, los que mantienen la lámpara encendida, los que no se ajustan a este mundo, los que mantienen la esperanza del encuentro definitivo con Dios. Ese riesgo de que quedarnos dormidos, es una referencia al riego que tenemos de perder la perspectiva de nuestra vocación a la transcendencia. El hombre tiene una vocación trascendente y lo peor que le puede pasar es perder ese instituto de transcendencia. A modo de ejemplo: imaginaros un perro de caza, de esos perros que tienen muy desarrollado su instinto y que tienen esas habilidades para la caza; pues si a ese perro le maleducamos en una vida cómoda, dándole de comer en exceso, sin en vez de sacarle a pasear por el monte le quedamos en casa, si le vamos aburguesando va perdiendo, poco a poco su instinto cazador y llegará un momento que cuando el perro vea a una presa no haga nada porque no es consciente de saber ante quien está. Algo así le pasa al hombre que por no esperar en Dios va perdiendo su vocación a la trascendencia, su vocación a la vida eterna. Y eso es lo peor que nos puede pasar. Somos peregrinos y lo propio de un peregrino es el que no se asiente, que no se apegue a este mundo; que viva en este mundo sin ser de este mundo.

                Hay un texto del siglo II que la es “la carta a Diogneto” donde se nos escribe cómo eran los cristianos, cómo llamaban la atención de los cristianos en medio del imperio romano. Porque venían a los cristianos igual que al resto de los ciudadanos romanos, pero se les veía algo distinto: vivían en el mundo pero tenían un estilo distinto de vida. Dice la carta: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres

                Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho».

                Es decir, que les llamaba la atención que vivían como ciudadanos, pero su talente de vida era distinto. Sigue diciendo la carta: «Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad».

                De los cristianos se podía percibir ese estar en el mundo, pero sin ser del mundo. Esto es lo que el evangelio de este domingo quiere subrayar con esa imagen de las vírgenes que tienen las lámparas encendidas y están esperando la llegada del esposo. La imagen evangélica dice que hay que alimentar la lámpara con el aceite para que no se apague. Hay que cuidar esa vocación a la trascendencia, hay que seguir echando en esa lámpara el aceite de lo trascendente, de afrontar la vida con la esperanza en Dios para que no se apague; cuidar esa lámpara supone alimentarla con la Eucaristía; supone alimentarla con la oración. ¿Cómo alimento yo esa lámpara de la esperanza en Dios? La Iglesia no tiene otra razón de ser que ofrecer de ese aceite para que esa lámpara no se apague. Hoy día de la Iglesia diocesana nos recuerda que la razón de ser de la diócesis es la de ofrecer de ese aceite para que esa lámpara de lo trascendente en el Dios de Jesucristo no se apague, para que se mantenga encendida esperando la llegada de Jesucristo.