sábado, 20 de marzo de 2021
Homilía del funeral de mi abuelo materno Abilio Villumbrales Rojo
Homilía del Domingo Quinto del Tiempo de Cuaresma, Ciclo B
Domingo V del tiempo de Cuaresma, ciclo b
21 de marzo de 2021
El Evangelio que hoy se ha proclamado nos ayudan a entender el sentido que da Jesucristo a los acontecimientos que están a punto de desencadenarse durante la Semana Santa. Jesús había preparado largamente este momento. Y es muy importante vivir la Semana Santa no sólo desde los acontecimientos históricos, sino también desde la vivencia interior que Jesús tiene de esos hechos. El Evangelio de hoy sería tanto como dar respuesta a una pregunta: ¿Qué sentido tiene para Jesús esos hechos? ¿Con qué sentido vivió Él su muerte, su pasión?
Alguien ha llamado al Evangelio de
San Juan como ‘El Evangelio de la Hora’.
Porque en los capítulos de este evangelio hay referencias a ‘esa hora’. Al
comienzo del evangelio, en las bodas de Caná de Galilea, Jesús le dice a su madre:
‘Mujer, todavía no ha llegado mi hora’; trascurre el evangelio y Jesús dice: ‘ya
se acerca mi hora’. Y llegado el momento, Jesús dice ‘esta es mi hora’, ‘para
esta hora he venido al mundo’; Hoy, en el evangelio, Jesús dice: «Ha llegado la
hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». Y
cuando Jesús es prendido, dice finalmente: ‘esta es la hora’.
Jesús es sumamente consciente que
durante toda su vida hay un hilo conductor que va a terminar en la entrega de
su vida en la Cruz. Es verdad que su entrega ha tenido lugar desde el
principio. Jesús se está entregando a nosotros en cada momento, en cada acontecimiento:
cuando predica en el Monte de las Bienaventuranzas, cuando cura a los enfermos
y poseídos, cuando está comiendo en casa de los fariseos o en la de sus
discípulos, en cualquier momento. Jesús siempre se entrega por nosotros. Pero
hay un momento cumbre, un momento donde se condensa toda su vida, que es el
momento de la cruz.
Aplicándolo a nosotros podemos
también decir que nosotros, como discípulos de Jesús, también tenemos nosotros
una hora especial. Es verdad que todos los momentos de nuestra vida deben de
ser de entrega y uno no tiene que esperar a no sé qué para entregarse. En cada
momento todos nuestros talentos los tenemos que desarrollar y entregarlo con un
espíritu de servicio. Pero es verdad que hay momentos de nuestra vida en los
que se condensan de una manera muy especial la ofrenda que hacemos a Dios. Y
suelen ser normalmente momentos de cruz, como lo fue el de Jesús. Puede ser el
momento de despedir a un ser querido, el asumir una noticia concreta de nuestra
salud, aceptar un revés o contratiempo de nuestra vida, cada cual tiene el
suyo, su ‘momento de cruz’. Hay horas especiales en las que se condensa de una
manera especial esa llamada de Dios a ofrecerle la vida. Al igual que Jesús
preparó largamente durante toda su vida esa entrega en la cruz, preparó su
hora. También nosotros, durante nuestra existencia, estamos llamados a preparar
la hora por la que hemos venido al mundo.
El momento de nuestra muerte será
también el momento de nuestra hora, será el momento en el que hagamos al Señor
la ofrenda de nuestra vida: Aquí tienes Señor mi vida. Lo que es importante
subrayar cómo el evangelio de San Juan, a la hora de entender el sentido que
Jesús da a su muerte, subraya que Jesús entrega la vida. El culmen está cuando
Jesús dice: ‘a mí nadie me quita la vida, soy yo el que la entrega
voluntariamente. Tengo poder para darla y tengo poder para quitarla’. Jesús
entrega la vida. Es verdad que hay unos acontecimientos históricos que le
arrebatan la vida, pero por encima de esos acontecimientos históricos, Él
entrega libremente la vida.
Un cristiano está llamado a decir
con Jesús: ‘a mí la vida no me la quita la ancianidad, ni la enfermedad, sino
que yo la entrego’; ‘a mí la vida no le ha quita un accidente, sino que yo la
entrego’. Por encima de los acontecimientos históricos hay una entrega de
nuestra vida, que junto con Jesús es salvífica. Si unimos nuestra entrega a la
de Jesús es salvífica.
En el momento final de la plegaria
eucarística que se llama doxología, el sacerdote dice levantando la patena y el
cáliz: ‘Por Cristo, con Él y en Él. A ti Dios Padre omnipotente…’. En ese
momento nosotros hacemos entrega de nuestra vida junto con la ofrenda de Cristo
al Padre.
Una vez me acuerdo que Santiago
García, en uno de sus viajes a Tierra Santa, comentó que un guía árabe
comentando las torturas y martirios de los cristianos de aquellos territorios
musulmanes, que una vez captaron cómo musitaban, movían los labios hablando en
árabe, antes de ser ejecutados y martirizados, y leyéndoles los labios decían: ‘Jesús,
ten misericordia de mí’. En esos momentos reafirmaban su fe en la misericordia
divina, entregaban su vida a la misericordia de Dios y daban testimonio de su
fe ante los que les iban a ejecutar. Eso pedimos al Señor: ‘Jesús, ten
misericordia de nosotros’.
Pidamos al Señor que nos ayude a dar
la vida, y darla sin reservas.
sábado, 23 de enero de 2021
Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo B
sábado, 5 de diciembre de 2020
Homilía del Segundo Domingo de Adviento, ciclo B
Homilía del Domingo II del Tiempo de Adviento, ciclo B
Isaías 40, 1-5. 9-11
Sal 84, 9ab 10. 11-12. 13-14
R/.
«Muéstranos,
Señor, tu misericordia y danos tu salvación»
Segunda
carta del apóstol san Pedro 3, 8-14
San Marcos 1, 1-8
En
el Evangelio de hoy hay un protagonista especial: Juan Bautista, al que se le
llama «el
precursor».
¿Qué significa y qué representa esta figura del precursor? Algo importante debe
de ser porque el comienzo del evangelio de San Marcos se inicia con una cita
que dice: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino». Esto de
preparar el camino es muy importante porque la indiferencia del hombre ante
Dios había sido combatida por la paciencia y por el celo de Yahvé que a lo
largo de siglos y siglos ha preparado el momento de la encarnación, el momento
de la llegada de Jesús. Y a pesar de eso, uno de los momentos más dramáticos de
la Escritura es cuando en el prólogo del evangelio de San Juan se dice «vino
a los suyos, y los suyos no le recibieron». Aunque
es cierto que hubo un resto de Israel que sí le recibió.
Pero hay que
preguntarse: ¿cómo es posible que, habiendo habido una preparación tan larga,
tan intensa, con tantos profetas anunciando y esperando la llegada de ese Mesías
fuera finalmente un pequeño resto de Israel el que esperase su llegada? Tal vez
la llave está en que confundimos entre «Desear» y «Esperar».
Porque una cosa es desear la salvación y otra cosa es esperarla. El que «desea»,
sueña con que llegue; pero el que «espera», prepara la llegada, discierne, desbroza
el camino, hace acopio de fuerzas para afrontar lo que está por llegar. Es muy
distinto desear y esperar.
Es más, en la
primera de las lecturas de hoy, el profeta Isaías señala diciendo: «En el desierto preparadle un
camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los
valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y
lo escabroso se iguale»; esto es «Preparar», no solo
desear.
Juan el
Bautista, esta figura ascética que vive en el desierto, y que se alimentaba de
saltamontes y de miel silvestre, este no sólo desea, sino que también espera. La
austeridad es signo de esperanza. El que se despoja de comodidades es
porque se está desprendiendo de un lastre en la esperanza de la llegada de algo
mejor.
A Jesús no sólo hay que desearle, hay que esperarle,
lo cual se traduce en una
actitud de conversión. Al igual que Dios le preparó una digna morada en la
Inmaculada Concepción, también nosotros estamos llamados a prepararle una digna
morada en un corazón con deseos sincero
de conversión para preparar su llegada.
Ahora bien, «este esperar» no se reduce sólo a una dimensión
ascética, penitencial, moral, de trabajar para preparar esa llegada; sino que
esa esperanza tiene una dimensión teologal. Es decir, esperar en la llegada de
Dios porque creemos en su bondad, que Dios no nos va a dejar solos, Dios es
vuelca con aquel que está desvalido. Dios es amor y el amor es comunicativo, y
el amor no soporta el silencio con los brazos cruzados viendo cómo la persona
amada sufre. Hay que tener fe en el amor de Dios para esperar su llegada.
La figura de
Juan el Bautismo es una llamada para que revisemos cómo estamos preparando la
Navidad. Porque hay que reconocer que el consumismo de nuestra sociedad nos ha
comido el adviento. El adviento popularmente ha dejado de existir. La Navidad
es pervertida hacia el consumismo y el adviento desaparece. Es un modo de
cuestionarnos de cómo yo y tú preparamos esa llegada del Señor. Que no vuelva a
ocurrir ese drama de que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Es que si no hay preparación esto puede
volver a ocurrir. ¿Nosotros estamos
realmente esperándole o únicamente deseándolo? ¿Tenemos hambre y sed de
Dios? ¿Realmente me adelanto a la aurora pidiendo auxilio al Señor? ¿Realmente
me escuece cuando me olvido de Él? ¿Soy consciente de las heridas generadas en
mi vida por haberme olvidado de Él?
sábado, 14 de noviembre de 2020
Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, ciclo A 15 de noviembre 2020
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, ciclo a
15/11/2020
[Mt
25, 14-30]
Acaba de ser proclamado el
evangelio de los talentos, y quizá la primera afirmación que se podría hacer es
que en el designio de Dios no hay pobres.
Les hay quien tiene cinco talentos, quienes tienen dos y quienes tienen un
talento. Pero en el designio de Dios cada uno hemos tenido los suficientes
talentos para ser felices y para aportar desde nuestros talentos al bien común
de la sociedad. Para que nadie se sienta inferior a nadie, porque Dios hace las
cosas bien hechas; ya que cada
uno es como es y es único e irrepetible a los ojos de Dios.
Pero es verdad, como decía la
Madre Teresa de Calcuta que ‘la más
terrible pobreza es la soledad y el no ser amado’. Por eso la pobreza se
genera no porque uno tenga cinco talentos y el otro uno, sino que la pobreza
nace por nuestra soledad, por habernos desligado de ese proyecto por el que
Dios no nos ha querido autosuficientes de cada uno, sino que en ese proyecto de Dios nos ha
querido interdependientes. En el designio de Dios los talentos se comparten y se ponen los unos al servicio de
los otros, no se entierran, se producen al servicio de los demás.
En el designio de Dios no
existían los pobres; sin embargo, en el designio de Dios sí que existe la fragilidad. Unos son
más frágiles que otros, pobres no, frágiles sí en el designio de Dios. Y la salud de una sociedad se puede
medir perfectamente por cuáles son sus reacciones, cuáles son sus
comportamientos ante la fragilidad. Es importante caer en la cuenta de
cómo es el comportamiento de la sociedad ante la fragilidad y cómo es mi
reacción ante la fragilidad que me rodea.
Ya hace algo de tiempo, tal vez
alguno de vosotros lo escuchasteis en algún medio de comunicación, un hombre
con el síndrome de Down estadounidense
llamado Frank Sephens compareció ante una de las mesas de trabajo del Congreso
de los Estados Unidos donde dio su testimonio. Fueron siete minutos de oro en
el que él dio testimonio desde su fragilidad como personas con síndrome de Down
ante el mundo. Porque en muchos lugares del mundo han dejado de existir, así
como hay muchos que conciben que hay que acabar con la pobreza del mundo
haciendo que los pobres no nazcan, pues desde esta situación de fragilidad
hablaba este joven, sabiendo que cada vez tenía menos compañeros con síndrome
de Down en este mundo. Y en este testimonio dijo una palabra importantísima. Él
dijo: «Somos como el canario en la mina de carbón». Antiguamente se bajaba a las minas
con un canario para poder detectar cuando había un escape de gas peligroso
inflamable era bajar a la mina un canario metido en una jaula. De manera que
cuando ese canario se comenzaba a marearse o se caía había que salir corriendo
porque se estaba fraguando una explosión. Y ese canario era indicativo de lo
que iba a ocurrir ahí. Pues este joven, ante el congreso de los Estados Unidos
dijo esto: «Somos el
canario en la mina de carbón». Es decir, si la fragilidad no es cuidada, si la
fragilidad no es valorada, no es estimada, si la fragilidad cae, salgamos todos
corriendo que los valores de esta sociedad están en una situación de colapso
total.
En la manera en que cuidamos de
la fragilidad es un autorretrato, nos
autorretratamos en el modo de posicionarnos ante la fragilidad. Y no
solamente de la fragilidad tenemos un autorretrato, sino que también de la fragilidad nos enriquecemos.
Necesitamos todos tener amistad con los pobres, porque los pobres nos
evangelizan. Hay una cosa muy ilustrativa: en el Evangelio, en las dos
versiones que hay de las bienaventuranzas -san Mateo y San Lucas-, en una se
dice «bienaventurados
los pobres de espíritu» y en otra se
dice «bienaventurados
los pobres». ¿En qué
quedamos? ¿en los pobres de espíritu o en los pobres?, en las dos cosas, porque
una se ilumina a la otra. Un cristiano está llamado a ser ‘un pobre de
espíritu’, es decir a tener a Dios como tesoro en su vida. Un pobre de espíritu, un pobre de
Yahvé, un cristiano es aquel que tiene a Dios como tesoro. Pero
necesitamos tener amistad con los pobres para que te enseñen a rezar el Padre
Nuestro. Es cierto que el Padre Nuestro lo hemos aprendido de pequeños, pero es
para que cuando reces ‘dame el pan de cada día’, lo hagas con la plena
conciencia de que Dios es tu tesoro, de que Dios es tu sustento y de que dependes totalmente de Él.
Que no dependes de tus falsas seguridades; no dependes de tu cuenta corriente.
Un pobre es alguien que te enseñe a rezar el Padre Nuestro, porque pobre de
espíritu no se puede ser sin aprender de los pobres. No podemos apoyarnos
falsamente en nuestras seguridades, no podemos auto-engañarnos por esa falsa
seguridad del que se suele desprender del sentirnos seguros por tener una
nómina, una pensión, unas tierras, unos pisos o una nutrida cuenta de ahorros.
Dejémonos enseñar de cómo Dios
es nuestro sustento último en el que se cimienta nuestra felicidad. La parábola de los talentos nos está recordando
que hemos sido llamados no sólo a no hacer el mal, sino hacer el bien. El Señor nos ha redimido para que no
enterremos los talentos, para que hagamos el bien, para que no hagamos
pecados de omisión; sino que hagamos todo el bien que podamos hacer en esta
vida.
domingo, 8 de noviembre de 2020
Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a
Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo a
08/11/2020
[Mt
25, 1-13]
La parábola que acaba de ser
proclamada, la de las cinco vírgenes sensatas y de las cinco necias nos habla de esa vocación para prepararnos a la
vida Eterna. Esta parábola subraya, no tanto la perspectiva moral –de
que seremos preguntados si nuestras obras han sido buenas o han sido malas-,
sino lo que subraya es la importancia de
la esperanza. Cinco de ellas mantuvieron su esperanza y las otras se
durmieron sin esperar la llegada del esposo.
El evangelio de hoy nos habla de
ese encuentro último con Dios, no tanto desde la perspectiva de las obras
buenas o malas, sino desde la perspectiva de la esperanza. Lo peor que le puede pasar a un cristiano es
que no espere en Dios, que deje de esperar. El cielo es para aquellos
que buscan a Dios con un corazón sincero, los que mantienen la lámpara
encendida, los que no se ajustan a este
mundo, los que mantienen la esperanza del encuentro definitivo con Dios.
Ese riesgo de que quedarnos dormidos, es una referencia al riego que tenemos de
perder la perspectiva de nuestra vocación a la transcendencia. El hombre tiene una vocación trascendente y lo
peor que le puede pasar es perder ese instituto de transcendencia. A
modo de ejemplo: imaginaros un perro de caza, de esos perros que tienen muy
desarrollado su instinto y que tienen esas habilidades para la caza; pues si a
ese perro le maleducamos en una vida cómoda, dándole de comer en exceso, sin en
vez de sacarle a pasear por el monte le quedamos en casa, si le vamos
aburguesando va perdiendo, poco a poco su instinto cazador y llegará un momento
que cuando el perro vea a una presa no haga nada porque no es consciente de
saber ante quien está. Algo así le pasa al hombre que por no esperar en Dios va
perdiendo su vocación a la trascendencia, su vocación a la vida eterna. Y eso es
lo peor que nos puede pasar. Somos peregrinos y lo propio de un peregrino es el
que no se asiente, que no se apegue a este mundo; que viva en este mundo sin
ser de este mundo.
Hay un texto del siglo II que la
es “la carta a Diogneto” donde se
nos escribe cómo eran los cristianos, cómo llamaban la atención de los
cristianos en medio del imperio romano. Porque venían a los cristianos igual
que al resto de los ciudadanos romanos, pero se les veía algo distinto: vivían
en el mundo pero tenían un estilo distinto de vida. Dice la carta: «Los cristianos no se distinguen de
los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus
costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar
insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido
inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada
en autoridad de hombres.
Viven en ciudades griegas y
bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del
país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a
juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en
todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra
extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña.
Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos
que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho».
Es decir, que les llamaba la
atención que vivían como ciudadanos, pero su talente de vida era distinto.
Sigue diciendo la carta: «Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en
la tierra, pero su ciudadanía está en el
Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y
todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con
ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y
abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren
detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y
bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen
el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se
alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y
los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no
saben explicar el motivo de su enemistad».
De los cristianos se podía
percibir ese estar en el mundo, pero sin ser del mundo. Esto es lo que el
evangelio de este domingo quiere subrayar con esa imagen de las vírgenes que
tienen las lámparas encendidas y están esperando la llegada del esposo. La imagen evangélica dice que hay que alimentar
la lámpara con el aceite para que no se apague. Hay que cuidar esa
vocación a la trascendencia, hay que seguir echando en esa lámpara el aceite de
lo trascendente, de afrontar la vida con la esperanza en Dios para que no se
apague; cuidar esa lámpara supone alimentarla con la Eucaristía; supone
alimentarla con la oración. ¿Cómo alimento yo esa lámpara de la esperanza en
Dios? La Iglesia no tiene otra razón de
ser que ofrecer de ese aceite para que esa lámpara no se apague. Hoy día
de la Iglesia diocesana nos recuerda que la razón de ser de la diócesis es la
de ofrecer de ese aceite para que esa lámpara de lo trascendente en el Dios de
Jesucristo no se apague, para que se mantenga encendida esperando la llegada de
Jesucristo.
sábado, 24 de octubre de 2020
Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo A