sábado, 18 de abril de 2020

Homilía del Segundo Domingo de Pascua 2020

Domingo Segundo de Pascua                                            
19 de abril de 2020
            «Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» [Hch 2, 42-47]. Eso es lo que ahora estamos haciendo –con grandes limitaciones- en medio de este estado de alarma por el Covid-19, cada cual en su hogar. No podemos comer de un mismo pan y beber de un mismo cáliz por esta situación extraordinaria y de dolor, pero un signo de la salud de nuestra fe es el preocuparse de los hermanos en medio de esta pandemia y podernos ver aunque sea por medio de una pantalla pequeña del teléfono móvil es un motivo de alegría.
Esta primera lectura nos habla de comunión; de cómo el Señor hace obras grandes en medio de ellos; que no permitían que los hermanos pasaran necesidad y eso implicaba un despego de los bienes por amor al hermano y a Cristo; de cómo partían el pan en las casas con todo lo que eso implica de poner la casa al servicio de los hermanos y de cuidar la calidad de la acogida a los hermanos en esas casas;  y además dice la lectura de los Hechos de los Apóstoles que «tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón», o sea relacionan directamente la celebración con el ágape, con la comida compartida entre los hermanos y con los hermanos y alababan a Dios. Todas estas cosas que acabo de enumerar son consecuencia directa de la resurrección del Señor. De tal modo que el pecado personal y la falta de fe en la resurrección del Señor acarrea que mencionados signos no se den o pierdan mucha intensidad. El abrir la propia casa a los que no son de la familia, el privarse de algo importante para que el hermano no pase necesidad, el perseverar en la oración común y en la enseñanza de los pastores, el cuidar la calidad de la acogida de los hermanos y de aquellos que se nos acercan, así como el estar alabando a Dios aun en medio de la prueba… es algo totalmente contracultural que sólo se puede sostener si estamos unidos a Cristo Resucitado.
            Yo no sé cómo, pero Cristo realmente ha resucitado. Ahora bien, si me piden indicios, pruebas, huellas dactilares, una fotografía o algún objeto para poder extraer su ADN resucitado… de eso no tengo nada. Yo lo que sí que sé, porque me fío totalmente del testimonio de los Apóstoles, de María Magdalena, de las mujeres, entre ellas la Madre de Jesús y Madre nuestra, y hoy por el descubrimiento de Tomás de que Cristo había resucitado.  Ya se lo decían los otros apóstoles a Tomás: «Hemos visto al Señor», y tuvo el Señor que aparecerse a Tomás para decirle «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» [Jn 20, 19-31]. ¿Quién le contó a Jesús la conversación de Tomás para que el mismo Jesús reprodujera en su integridad esas palabras del apóstol? ¿Es que acaso Jesús estuvo durante todo el tiempo constantemente entre ellos sin que ellos se enterasen? Puede ser que se tratara de una presencia silenciosa pero muy real que habitaba en medio de ellos, aun sin ellos enterarse, y que les iba alimentando espiritualmente de un modo misterioso.

            El apóstol Tomás al principio no creyó el testimonio de sus hermanos en la fe. Como tampoco creyeron al principio el testimonio de María Magdalena. Mirad, María Magdalena…También el Señor “fue fino”, sabiendo que el testimonio de una mujer no era válido para testificar ante un juicio o para tomar una declaración, va y le dice a una mujer que diga a los Doce que se ha encontrado con Jesús Resucitado y que le ha dicho una serie de cosas. El Señor empleó una pedagogía para que descubriesen la certeza del hecho histórico de su resurrección, de que era algo real, auténtico, que había sucedido, que no era una proyección de su mente ni fruto o consecuencia de un trastorno de su mente. Si queremos sacarnos razones y argumentos para no creer, lo conseguiremos y no creeremos en la resurrección. Tomás se sacó una serie de argumentos, él quería ver y tocar para creer. Cuando a nosotros las cosas no nos van bien o la zarza del dolor, el agobio, la precariedad y de la enfermedad hacen su aparición podemos sentirnos solos, como olvidados de los demás y del mismo Dios, dejándonos vencer por el desánimo y enfriando nuestra relación personal con Él. De ahí la importancia de la Comunidad Cristiana que te recuerda con alegría una y otra vez: «Hemos visto al Señor». 

sábado, 7 de marzo de 2020

Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo A


Homilía del Segundo  Domingo del Tiempo de Cuaresma, Ciclo A

            Moisés escribió la Torá para enseñar a su pueblo la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la entrada de Israel a la tierra prometida a los antepasados. Sin embargo fue a Abrán el destinatario del primer regalo dado por Dios: Dios le habló; escuchó su voz. Por vez primera el oído y el corazón humano pudo recoger las palabras salidas de Dios. Y nosotros todos los días se nos regala este inmerecido don que es poder escuchar su Palabra, meditar su Palabra, dejarnos instruir por su Palabra, y de este modo, de un modo misterioso, al leerla, meditarla y aprendiendo de ella, el mismo Dios te acompaña, estamos bajo su sombra protectora.  Puede pasarnos que estamos tan acostumbrados a hacer las cosas que pueda pasar desapercibida su divina presencia.
            Es cierto que cuando Dios habló a Abrán, el mismo Abrán no sabía quién le estaba hablando, porque en aquel entonces Abrán no conocía quien era Dios. Dios se le fue manifestando en su historia personal y así es como Abrán le fue descubriendo. Y en medio de este contexto de desconocimiento de Abrán respecto a quién era esa voz que la hablaba, Abrán arriesga, Abrán hace una clara apuesta por fiarse de esa voz que viene del más allá. El Señor le dice que deje su tierra, su casa, su parentela y que vaya donde Él le vaya marcando. Es decir, Abrán no tenía ni idea de dónde iba a ir, sólo sabía que todo lo que poseía, junto con sus seguridades, lo tenía que dejar. Cualquiera de nosotros le hubiéramos dicho a Dios: «dame la dirección que la pongo en el GPS del coche o la busco con Google Maps y me señala cuánta distancia hay y cuánto tiempo he de invertir en recorrerla». Y nosotros actuaríamos así porque queremos tener seguridades, y con Dios las seguridades no nos vale. ¿Qué seguridad tienen una pareja de recién casados en que su matrimonio sea fiel hasta que la muerte les separe? ¿Qué seguridad tiene un matrimonio en que sus hijos sean buenos cristianos aunque ellos se esfuercen en educarlos en la fe y ofrecerles un modelo de vida lo más coherente que se pueda? ¿Qué seguridad tiene un presbítero en no decaer en su vitalidad ministerial cuando se encuentra ante la incomprensión y la indiferencia de aquellos con los que comparte su vida? ¿Qué seguridad puede tener un soltero o una soltera que aun teniendo su vida arreglada con un trabajo todo se puede llegar a desplomar por un despido, por una enfermedad o cualquier infortunio? Por esto mismo, muchos, pero muchos aún no han salido ni de Ur de los Caldeos. ¿Por qué hay tantas parejas que viven unidas sin estar casados? ¿Por qué hay muchos cristianos que aún no han descubierto su vocación y eso que ya están más que creciditos en años y en conocimientos? ¿Por qué hay muchos presbíteros que desempeñan su ministerio haciendo cosas sociales, culturales, sindicales, de animación socio cultural pero no arriesgan por una clara evangelización por quedarse solos ante un mensaje que es en sí mismo exigente? Mucha gente que aún no ha salido de Ur de los Caldeos, ni siquiera se han puesto en la parrilla de salida para empezar a andar porque no nos terminamos de fiar de Dios.   
            ¿Abrán acaso pensó en sus propios intereses al obedecer aquel mandato divino de salir de su tierra?  Estoy totalmente convencido que Saray las habrá tenido y muy gordas (las discusiones) con su esposo, llamándole de irresponsable y loco, para arriba. Sin embargo Abrán hizo lo que le había mandado el Señor [Gn 12, 1-4a]. Pero a nosotros no nos sale el hacer lo que nos manda el Señor; no sale de nosotros ni el estar pendiente de Dios ni el estar pendientes de los otros. Nos resistimos en tomar parte en los padecimientos por el Evangelio, tal y como nos pide en la epístola de San Pablo a Timoteo [2 Tim 1, 8b-10]. Queremos pasar desapercibidos, vivir nuestra vida como queremos, montar nuestro propio chiringuito y que nadie nos cuestione lo que hacemos: Pero esto no es compatible con el Evangelio.
            Creo que el origen de la crisis es que el miedo se ha apoderado de nuestro corazón. No queremos ser impopulares ante los ojos del mundo, queremos pasar desapercibidos. Sin embargo los silencios, las incertidumbres o las ambigüedades por nuestra parte, el no salir de Ur de los Caldeos, el no el estar pendiente ni de Dios ni de los otros, traen por nuestra parte el eclipse de la verdad humana y cristiana, y privamos de la verdad de Cristo tanto a nosotros mismos como a los más pobres y desfavorecidos. «Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo», dice el Señor. Nuestro no salir de Ur de los Caldeos es una participación personal en la complicidad y culpabilidad de que en la realidad no reine Dios. ¿Dónde puede reinar Dios en una programación diocesana cuyo lema cuaresmal sea «La Cuaresma: Camino de humanización»? Como las cosas de Dios son exigentes las apartamos porque se prefiere estar acompañados por muchos a estar anunciándoles la Vida Eterna y preocupándose de su propia salvación. Es decir, es un aparentar que se está avanzando hacia la tierra prometida, hacia Caná de Galilea, pero sin ni siquiera atravesar la parrilla de salida.
            A lo que el Evangelio nos recuerda que Dios Padre nos hace una exhortación: «Escuchadlo», [Mt 17, 1-9] que escuchemos lo que nos dice su Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, para que alimentando nuestro espíritu con su Palabra contemplemos gozosos la gloria de su rostro.

sábado, 22 de febrero de 2020

Homilía del Domingo Séptimo del Tiempo Ordinario, ciclo a


Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo a
            Pablo quiere decir algo importante a la comunidad para que se percate de una vez por todas de la importancia de todo lo que les ha dicho hasta este momento en su carta a los Corintios. Les dice que los criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo. Nos está hablando de los principios de la sabiduría cristiana. Nos habla de aquello que cautivaba el corazón de tantas personas y que hacía que muchos alejados en la fe se aproximasen a las comunidades cristianas. Les dice y nos dice que los que más valen, no son los que triunfan en el mundo, sino aquellos que por amor se van entregando día a día, muchos de ellos en medio del silencio y pasando desapercibidos, para que los demás estén bien.
            Lo que estaba sucediendo en esa comunidad cristiana, como puede estar ocurriendo en cualquier otra, es que la tacañería en la entrega se había instalado como algo normal. Y la tacañería engendra la cautela, la maña, la astucia, la sutileza para engañar. Y del mismo modo la tacañería también engendra el adormecimiento, la modorra en el amor. Y cuando la tacañería se instala en una comunidad se asemeja a una vela encendida metida dentro de una campaña de cristal que se la condena a ser apagada por agotarse el oxígeno. Y además siempre tendemos a imitar el mal ejemplo de los demás: «si él no lo hace, yo tampoco. Si él no está colaborando, yo tampoco. Si él no da el primer paso, yo menos». Y recordemos que los criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo. En el fondo es falta de fe y de esperanza en el amor. Por eso San Pablo en su escrito nos recuerda que «somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en nosotros» [1 Cor 3, 16-23].
            Si una comunidad cristiana se deja mover por los criterios mundanos no tardará en aparecer la acedia, la flojedad en la vida espiritual. La acedia es como la cizaña o la avena loca que estropean de corros los campos de cereales. A veces es la parálisis, donde uno no termina de aceptar el ritmo de su vida o reniega de su historia. Otras veces se muestra en el hastío de la vida cristiana, de la oración y las amargas críticas hacia nuestros hermanos. Y todo esto se acaba traduciendo en un gran ajetreo, un abuso en las redes sociales y del Internet, un sobre consumo de las series de televisión… todo orientado para llenar el espacio vacío. Y no olvidemos que la acedia, esta flojedad en la vida espiritual es «un síndrome del hombre rico», son los síntomas característicos de aquellos que han montado el chiringuito de su vida y lo único que permiten a Dios es escucharle halagos.
            No olvidemos que Cristo no se conforma con “un porcentaje de amor”; no podemos amarlo al veinte, al cuarenta o al ochenta por ciento de amor. O todo o nada. Es fundamental que caigamos en la cuenta que aquello que no entreguemos a Dios, será lo que perderemos definitivamente. Por lo tanto, luchemos contra la acedia y contra los criterios mundanos para que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.