jueves, 23 de abril de 2020
sábado, 18 de abril de 2020
Homilía del Segundo Domingo de Pascua 2020
Domingo Segundo
de Pascua
19 de abril de 2020
19 de abril de 2020
«Los
hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la
fracción del pan y en las oraciones» [Hch 2, 42-47]. Eso es lo que ahora estamos
haciendo –con grandes limitaciones- en medio de este estado de alarma por el
Covid-19, cada cual en su hogar. No podemos comer de un mismo pan y beber de un
mismo cáliz por esta situación extraordinaria y de dolor, pero un
signo de la salud de nuestra fe es el preocuparse de los hermanos en medio de
esta pandemia y podernos ver aunque sea por medio de una pantalla
pequeña del teléfono móvil es un motivo de alegría.
Esta primera lectura nos
habla de comunión; de cómo el Señor hace obras grandes en medio de ellos; que
no permitían que los hermanos pasaran necesidad y eso implicaba un despego de los bienes por amor al hermano y a Cristo;
de cómo partían el pan en las casas con todo lo que eso implica de poner la casa al servicio de los hermanos
y de cuidar la calidad de la acogida a
los hermanos en esas casas; y
además dice la lectura de los Hechos de los Apóstoles que «tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón»,
o sea relacionan directamente la celebración con el ágape, con la comida
compartida entre los hermanos y con los hermanos y alababan a Dios. Todas estas
cosas que acabo de enumerar son consecuencia directa de la resurrección del
Señor. De tal modo que el pecado personal y la falta de
fe en la resurrección del Señor acarrea que mencionados signos no se den o
pierdan mucha intensidad. El abrir la propia casa a los que no
son de la familia, el privarse de algo importante para que el hermano no pase
necesidad, el perseverar en la oración común y en la enseñanza de los pastores,
el cuidar la calidad de la acogida de los hermanos y de aquellos que se nos
acercan, así como el estar alabando a Dios aun en medio de la prueba… es algo totalmente contracultural que sólo se
puede sostener si estamos unidos a Cristo Resucitado.
Yo no sé cómo, pero Cristo
realmente ha resucitado. Ahora bien, si me piden indicios, pruebas,
huellas dactilares, una fotografía o algún objeto para poder extraer su ADN
resucitado… de eso no tengo nada.
Yo lo que sí que sé, porque me fío totalmente del testimonio de los Apóstoles,
de María Magdalena, de las mujeres, entre ellas la Madre de Jesús y Madre nuestra,
y hoy por el descubrimiento de Tomás de que Cristo había resucitado. Ya se lo decían los otros apóstoles a Tomás: «Hemos visto al Señor», y tuvo el Señor que
aparecerse a Tomás para decirle «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos;
trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» [Jn 20, 19-31]. ¿Quién
le contó a Jesús la conversación de Tomás para que el mismo Jesús reprodujera
en su integridad esas palabras del apóstol? ¿Es que acaso Jesús estuvo durante
todo el tiempo constantemente entre ellos sin que ellos se enterasen? Puede ser
que se tratara de una presencia silenciosa pero muy real que habitaba en medio
de ellos, aun sin ellos enterarse, y que les iba alimentando espiritualmente de
un modo misterioso.
El
apóstol Tomás al principio no creyó el testimonio de sus hermanos en la fe.
Como tampoco creyeron al principio el testimonio de María Magdalena. Mirad, María Magdalena…También el Señor “fue fino”,
sabiendo que el testimonio de una mujer no era válido para testificar ante un
juicio o para tomar una declaración, va y le dice a una mujer que diga a los
Doce que se ha encontrado con Jesús Resucitado y que le ha dicho una serie de
cosas. El Señor empleó una pedagogía para
que descubriesen la certeza del hecho histórico de su resurrección, de
que era algo real, auténtico, que había sucedido, que no era una proyección de
su mente ni fruto o consecuencia de un trastorno de su mente. Si queremos sacarnos razones y argumentos para
no creer, lo conseguiremos y no creeremos en la resurrección. Tomás se
sacó una serie de argumentos, él quería ver y tocar para creer. Cuando a
nosotros las cosas no nos van bien o la zarza del dolor, el agobio, la
precariedad y de la enfermedad hacen su aparición podemos sentirnos solos, como
olvidados de los demás y del mismo Dios, dejándonos vencer por el desánimo y
enfriando nuestra relación personal con Él. De ahí la importancia de la
Comunidad Cristiana que te recuerda con alegría una y otra vez: «Hemos visto al Señor».
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viernes, 13 de marzo de 2020
Oración contra el Coronavirus
domingo, 8 de marzo de 2020
sábado, 7 de marzo de 2020
Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo A
Homilía del
Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma, Ciclo A
Moisés escribió la Torá para enseñar
a su pueblo la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la
entrada de Israel a la tierra prometida a los antepasados. Sin embargo fue a Abrán el destinatario del primer regalo
dado por Dios: Dios le habló; escuchó su voz. Por vez primera el oído y
el corazón humano pudo recoger las palabras salidas de Dios. Y nosotros todos
los días se nos regala este inmerecido don que es poder escuchar su Palabra,
meditar su Palabra, dejarnos instruir por su Palabra, y de este modo, de un
modo misterioso, al leerla, meditarla y aprendiendo de ella, el mismo Dios te acompaña, estamos bajo
su sombra protectora. Puede pasarnos que
estamos tan acostumbrados a hacer las cosas que pueda pasar desapercibida su
divina presencia.
Es cierto que cuando Dios habló a
Abrán, el mismo Abrán no sabía quién le estaba hablando, porque en aquel
entonces Abrán no conocía quien era Dios. Dios se le fue manifestando en su historia
personal y así es como Abrán le fue descubriendo. Y en medio de este contexto
de desconocimiento de Abrán respecto a quién era esa voz que la hablaba, Abrán
arriesga, Abrán hace una clara apuesta por fiarse de esa voz que viene del más
allá. El Señor le dice que deje su tierra, su casa, su parentela y que vaya
donde Él le vaya marcando. Es decir, Abrán no tenía ni idea de dónde iba a ir,
sólo sabía que todo lo que poseía, junto con sus seguridades, lo tenía que
dejar. Cualquiera de nosotros le hubiéramos dicho a Dios: «dame la dirección que la pongo en el GPS del coche o
la busco con Google Maps y me señala cuánta distancia hay y cuánto tiempo he de
invertir en recorrerla». Y nosotros actuaríamos así
porque queremos tener seguridades, y con
Dios las seguridades no nos vale. ¿Qué seguridad tienen una pareja de
recién casados en que su matrimonio sea fiel hasta que la muerte les separe?
¿Qué seguridad tiene un matrimonio en que sus hijos sean buenos cristianos
aunque ellos se esfuercen en educarlos en la fe y ofrecerles un modelo de vida
lo más coherente que se pueda? ¿Qué seguridad tiene un presbítero en no decaer
en su vitalidad ministerial cuando se encuentra ante la incomprensión y la
indiferencia de aquellos con los que comparte su vida? ¿Qué seguridad puede
tener un soltero o una soltera que aun teniendo su vida arreglada con un
trabajo todo se puede llegar a desplomar por un despido, por una enfermedad o
cualquier infortunio? Por esto mismo, muchos, pero muchos aún no han salido ni de Ur de los Caldeos. ¿Por qué
hay tantas parejas que viven unidas sin estar casados? ¿Por qué hay muchos
cristianos que aún no han descubierto su vocación y eso que ya están más que
creciditos en años y en conocimientos? ¿Por qué hay muchos presbíteros que desempeñan
su ministerio haciendo cosas sociales, culturales, sindicales, de animación
socio cultural pero no arriesgan por una clara evangelización por quedarse
solos ante un mensaje que es en sí mismo exigente? Mucha gente que aún no ha
salido de Ur de los Caldeos, ni siquiera se han puesto en la parrilla de salida
para empezar a andar porque no nos
terminamos de fiar de Dios.
¿Abrán acaso pensó en sus propios
intereses al obedecer aquel mandato divino de salir de su tierra? Estoy totalmente convencido que Saray las
habrá tenido y muy gordas (las discusiones) con su esposo, llamándole de
irresponsable y loco, para arriba. Sin embargo Abrán
hizo lo que le había mandado el Señor [Gn 12, 1-4a]. Pero a nosotros no
nos sale el hacer lo que nos manda el Señor; no
sale de nosotros ni el estar pendiente de Dios ni el estar pendientes de los
otros. Nos resistimos en tomar parte en los padecimientos por el
Evangelio, tal y como nos pide en la epístola de San Pablo a Timoteo [2 Tim 1,
8b-10]. Queremos pasar desapercibidos, vivir nuestra vida como queremos, montar
nuestro propio chiringuito y que nadie
nos cuestione lo que hacemos: Pero esto no es compatible con el
Evangelio.
Creo que el origen de la crisis es que el miedo se ha apoderado de nuestro
corazón. No queremos ser impopulares ante los ojos del mundo, queremos
pasar desapercibidos. Sin embargo los silencios, las incertidumbres o las
ambigüedades por nuestra parte, el no salir de Ur de los Caldeos, el no el
estar pendiente ni de Dios ni de los otros, traen
por nuestra parte el eclipse de la verdad humana y cristiana, y privamos
de la verdad de Cristo tanto a nosotros mismos como a los más pobres y desfavorecidos.
«Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, mis
humildes hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo»,
dice el Señor. Nuestro no salir de Ur de los Caldeos es una participación
personal en la complicidad y culpabilidad de que en la realidad no reine Dios. ¿Dónde
puede reinar Dios en una programación diocesana cuyo lema cuaresmal sea «La
Cuaresma: Camino de humanización»? Como las cosas de Dios son exigentes las
apartamos porque se prefiere estar acompañados por muchos a estar anunciándoles
la Vida Eterna y preocupándose de su propia salvación. Es decir, es un
aparentar que se está avanzando hacia la tierra prometida, hacia Caná de
Galilea, pero sin ni siquiera atravesar la parrilla de salida.
A
lo que el Evangelio nos recuerda que Dios Padre nos hace una exhortación: «Escuchadlo», [Mt 17, 1-9] que
escuchemos lo que nos dice su Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, para que alimentando nuestro espíritu con su
Palabra contemplemos gozosos la gloria de su rostro.
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sábado, 22 de febrero de 2020
Homilía del Domingo Séptimo del Tiempo Ordinario, ciclo a
Homilía
del Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo a
Pablo quiere decir algo importante a
la comunidad para que se percate de una vez por todas de la importancia de todo
lo que les ha dicho hasta este momento en su carta a los Corintios. Les dice
que los criterios de la comunidad
cristiana deben de ser distintos de los del mundo. Nos está hablando de
los principios de la sabiduría cristiana. Nos habla de aquello que cautivaba el
corazón de tantas personas y que hacía que muchos alejados en la fe se
aproximasen a las comunidades cristianas. Les dice y nos dice que los que más
valen, no son los que triunfan en el mundo, sino aquellos que por amor se van
entregando día a día, muchos de ellos en medio del silencio y pasando
desapercibidos, para que los demás estén bien.
Lo que estaba sucediendo en esa
comunidad cristiana, como puede estar ocurriendo en cualquier otra, es que la tacañería en la entrega se había instalado
como algo normal. Y la tacañería engendra
la cautela, la maña, la astucia, la sutileza para engañar. Y del mismo
modo la tacañería también engendra el
adormecimiento, la modorra en el amor. Y cuando la tacañería se instala
en una comunidad se asemeja a una vela encendida metida dentro de una campaña
de cristal que se la condena a ser apagada por agotarse el oxígeno. Y además siempre
tendemos a imitar el mal ejemplo de los demás: «si él no lo hace, yo tampoco. Si él no está
colaborando, yo tampoco. Si él no da el primer paso, yo menos». Y recordemos que los
criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo.
En el fondo es falta de fe y de esperanza en el amor. Por eso San Pablo en su
escrito nos recuerda que «somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en nosotros» [1 Cor 3, 16-23].
Si una comunidad cristiana se deja
mover por los criterios mundanos no
tardará en aparecer la acedia, la flojedad en la vida espiritual. La
acedia es como la cizaña o la avena loca que estropean de corros los campos de
cereales. A veces es la parálisis, donde uno no termina de aceptar el ritmo de
su vida o reniega de su historia. Otras veces se muestra en el hastío de la vida
cristiana, de la oración y las amargas críticas hacia nuestros hermanos. Y todo
esto se acaba traduciendo en un gran ajetreo, un abuso en las redes sociales y
del Internet, un sobre consumo de las series de televisión… todo orientado para llenar el espacio vacío.
Y no olvidemos que la acedia, esta flojedad en la vida espiritual es «un
síndrome del hombre rico», son los síntomas característicos de aquellos que han
montado el chiringuito de su vida y lo único que permiten a Dios es escucharle halagos.
No olvidemos que Cristo no se
conforma con “un porcentaje de amor”; no podemos amarlo al veinte, al cuarenta
o al ochenta por ciento de amor. O todo o nada. Es fundamental que caigamos en
la cuenta que aquello que no entreguemos a Dios, será lo que perderemos
definitivamente. Por lo tanto, luchemos contra la acedia y contra los criterios
mundanos para que seamos perfectos como
nuestro Padre celestial es perfecto.
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