domingo, 8 de marzo de 2020
sábado, 7 de marzo de 2020
Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo A
Homilía del
Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma, Ciclo A
Moisés escribió la Torá para enseñar
a su pueblo la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la
entrada de Israel a la tierra prometida a los antepasados. Sin embargo fue a Abrán el destinatario del primer regalo
dado por Dios: Dios le habló; escuchó su voz. Por vez primera el oído y
el corazón humano pudo recoger las palabras salidas de Dios. Y nosotros todos
los días se nos regala este inmerecido don que es poder escuchar su Palabra,
meditar su Palabra, dejarnos instruir por su Palabra, y de este modo, de un
modo misterioso, al leerla, meditarla y aprendiendo de ella, el mismo Dios te acompaña, estamos bajo
su sombra protectora. Puede pasarnos que
estamos tan acostumbrados a hacer las cosas que pueda pasar desapercibida su
divina presencia.
Es cierto que cuando Dios habló a
Abrán, el mismo Abrán no sabía quién le estaba hablando, porque en aquel
entonces Abrán no conocía quien era Dios. Dios se le fue manifestando en su historia
personal y así es como Abrán le fue descubriendo. Y en medio de este contexto
de desconocimiento de Abrán respecto a quién era esa voz que la hablaba, Abrán
arriesga, Abrán hace una clara apuesta por fiarse de esa voz que viene del más
allá. El Señor le dice que deje su tierra, su casa, su parentela y que vaya
donde Él le vaya marcando. Es decir, Abrán no tenía ni idea de dónde iba a ir,
sólo sabía que todo lo que poseía, junto con sus seguridades, lo tenía que
dejar. Cualquiera de nosotros le hubiéramos dicho a Dios: «dame la dirección que la pongo en el GPS del coche o
la busco con Google Maps y me señala cuánta distancia hay y cuánto tiempo he de
invertir en recorrerla». Y nosotros actuaríamos así
porque queremos tener seguridades, y con
Dios las seguridades no nos vale. ¿Qué seguridad tienen una pareja de
recién casados en que su matrimonio sea fiel hasta que la muerte les separe?
¿Qué seguridad tiene un matrimonio en que sus hijos sean buenos cristianos
aunque ellos se esfuercen en educarlos en la fe y ofrecerles un modelo de vida
lo más coherente que se pueda? ¿Qué seguridad tiene un presbítero en no decaer
en su vitalidad ministerial cuando se encuentra ante la incomprensión y la
indiferencia de aquellos con los que comparte su vida? ¿Qué seguridad puede
tener un soltero o una soltera que aun teniendo su vida arreglada con un
trabajo todo se puede llegar a desplomar por un despido, por una enfermedad o
cualquier infortunio? Por esto mismo, muchos, pero muchos aún no han salido ni de Ur de los Caldeos. ¿Por qué
hay tantas parejas que viven unidas sin estar casados? ¿Por qué hay muchos
cristianos que aún no han descubierto su vocación y eso que ya están más que
creciditos en años y en conocimientos? ¿Por qué hay muchos presbíteros que desempeñan
su ministerio haciendo cosas sociales, culturales, sindicales, de animación
socio cultural pero no arriesgan por una clara evangelización por quedarse
solos ante un mensaje que es en sí mismo exigente? Mucha gente que aún no ha
salido de Ur de los Caldeos, ni siquiera se han puesto en la parrilla de salida
para empezar a andar porque no nos
terminamos de fiar de Dios.
¿Abrán acaso pensó en sus propios
intereses al obedecer aquel mandato divino de salir de su tierra? Estoy totalmente convencido que Saray las
habrá tenido y muy gordas (las discusiones) con su esposo, llamándole de
irresponsable y loco, para arriba. Sin embargo Abrán
hizo lo que le había mandado el Señor [Gn 12, 1-4a]. Pero a nosotros no
nos sale el hacer lo que nos manda el Señor; no
sale de nosotros ni el estar pendiente de Dios ni el estar pendientes de los
otros. Nos resistimos en tomar parte en los padecimientos por el
Evangelio, tal y como nos pide en la epístola de San Pablo a Timoteo [2 Tim 1,
8b-10]. Queremos pasar desapercibidos, vivir nuestra vida como queremos, montar
nuestro propio chiringuito y que nadie
nos cuestione lo que hacemos: Pero esto no es compatible con el
Evangelio.
Creo que el origen de la crisis es que el miedo se ha apoderado de nuestro
corazón. No queremos ser impopulares ante los ojos del mundo, queremos
pasar desapercibidos. Sin embargo los silencios, las incertidumbres o las
ambigüedades por nuestra parte, el no salir de Ur de los Caldeos, el no el
estar pendiente ni de Dios ni de los otros, traen
por nuestra parte el eclipse de la verdad humana y cristiana, y privamos
de la verdad de Cristo tanto a nosotros mismos como a los más pobres y desfavorecidos.
«Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, mis
humildes hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo»,
dice el Señor. Nuestro no salir de Ur de los Caldeos es una participación
personal en la complicidad y culpabilidad de que en la realidad no reine Dios. ¿Dónde
puede reinar Dios en una programación diocesana cuyo lema cuaresmal sea «La
Cuaresma: Camino de humanización»? Como las cosas de Dios son exigentes las
apartamos porque se prefiere estar acompañados por muchos a estar anunciándoles
la Vida Eterna y preocupándose de su propia salvación. Es decir, es un
aparentar que se está avanzando hacia la tierra prometida, hacia Caná de
Galilea, pero sin ni siquiera atravesar la parrilla de salida.
A
lo que el Evangelio nos recuerda que Dios Padre nos hace una exhortación: «Escuchadlo», [Mt 17, 1-9] que
escuchemos lo que nos dice su Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, para que alimentando nuestro espíritu con su
Palabra contemplemos gozosos la gloria de su rostro.
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sábado, 22 de febrero de 2020
Homilía del Domingo Séptimo del Tiempo Ordinario, ciclo a
Homilía
del Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo a
Pablo quiere decir algo importante a
la comunidad para que se percate de una vez por todas de la importancia de todo
lo que les ha dicho hasta este momento en su carta a los Corintios. Les dice
que los criterios de la comunidad
cristiana deben de ser distintos de los del mundo. Nos está hablando de
los principios de la sabiduría cristiana. Nos habla de aquello que cautivaba el
corazón de tantas personas y que hacía que muchos alejados en la fe se
aproximasen a las comunidades cristianas. Les dice y nos dice que los que más
valen, no son los que triunfan en el mundo, sino aquellos que por amor se van
entregando día a día, muchos de ellos en medio del silencio y pasando
desapercibidos, para que los demás estén bien.
Lo que estaba sucediendo en esa
comunidad cristiana, como puede estar ocurriendo en cualquier otra, es que la tacañería en la entrega se había instalado
como algo normal. Y la tacañería engendra
la cautela, la maña, la astucia, la sutileza para engañar. Y del mismo
modo la tacañería también engendra el
adormecimiento, la modorra en el amor. Y cuando la tacañería se instala
en una comunidad se asemeja a una vela encendida metida dentro de una campaña
de cristal que se la condena a ser apagada por agotarse el oxígeno. Y además siempre
tendemos a imitar el mal ejemplo de los demás: «si él no lo hace, yo tampoco. Si él no está
colaborando, yo tampoco. Si él no da el primer paso, yo menos». Y recordemos que los
criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo.
En el fondo es falta de fe y de esperanza en el amor. Por eso San Pablo en su
escrito nos recuerda que «somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en nosotros» [1 Cor 3, 16-23].
Si una comunidad cristiana se deja
mover por los criterios mundanos no
tardará en aparecer la acedia, la flojedad en la vida espiritual. La
acedia es como la cizaña o la avena loca que estropean de corros los campos de
cereales. A veces es la parálisis, donde uno no termina de aceptar el ritmo de
su vida o reniega de su historia. Otras veces se muestra en el hastío de la vida
cristiana, de la oración y las amargas críticas hacia nuestros hermanos. Y todo
esto se acaba traduciendo en un gran ajetreo, un abuso en las redes sociales y
del Internet, un sobre consumo de las series de televisión… todo orientado para llenar el espacio vacío.
Y no olvidemos que la acedia, esta flojedad en la vida espiritual es «un
síndrome del hombre rico», son los síntomas característicos de aquellos que han
montado el chiringuito de su vida y lo único que permiten a Dios es escucharle halagos.
No olvidemos que Cristo no se
conforma con “un porcentaje de amor”; no podemos amarlo al veinte, al cuarenta
o al ochenta por ciento de amor. O todo o nada. Es fundamental que caigamos en
la cuenta que aquello que no entreguemos a Dios, será lo que perderemos
definitivamente. Por lo tanto, luchemos contra la acedia y contra los criterios
mundanos para que seamos perfectos como
nuestro Padre celestial es perfecto.
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sábado, 15 de febrero de 2020
Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario,Ciclo A
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domingo, 2 de febrero de 2020
Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A
Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A
Este domingo celebramos una
solemnidad del Señor que nos trasporta a un episodio de la más tierna infancia
de Jesús. Es la presentación del Niño en el Templo. Cuando San José y la Virgen
van al Templo de Jerusalén y allí presentan al niño Jesús. Y además, allí
estaban dos ancianos, Simeón y Ana, que allí habían estado esperando toda la
vida aguardando a que se manifestara el Mesías y todo su gozo era poder recibir
de María en brazos al niño Jesús. Y así poder contemplar en el niño Jesús el
cumplimiento de todos sus deseos.
Empieza diciéndonos el evangelio de
hoy de San Lucas: «Cuando se cumplieron los días de la
purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a
Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del
Señor» [Lc 2, 22-40]. Esto que aparentemente puede
pasar de un modo desapercibido contiene en sí una gran importancia espiritual. Lo
que estaban haciendo San José y la Virgen era cumplir un precepto recogido en
el libro del Levítico [Lv 12, 6-8]. Pero en el libro del Levítico solo piden
que el niño sea presentado al sacerdote del lugar al santuario donde se viva. No
dice nada la ley que el niño haya de ser presentado en el Templo, basta que sea
presentado al Señor. De hecho, la costumbre más normal era llevarlo a un
sacerdote para ser presentado y dar una limosna y hacer unas oraciones sobre el
niño. No era necesario presentarlo en el Templo. Pero en este caso Santa María y San José hacen algo que no
viene en la Ley, hacen un plus, hacen algo como respuesta a un profundo
agradecimiento a Dios y por eso van a Jerusalén y ofrecer allí al niño Jesús a
Dios, su Padre.
El evangelista San Lucas emplea un
verbo griego, «παρίστημι», «parístemi» que significa «ofrecerse, entregarse», pero en el libro del Deuteronomio es el verbo que se
utiliza para describir cómo los sacerdotes viven en el Templo ofreciéndose
constantemente a Dios. Estando delante de Dios. San Lucas nos quiere como
destacar que sus padres tenían la conciencia de que ese hijo suyo es el Hijo de
Dios, el Mesías esperado, y como Mesías es sacerdote también, le llevan a
ofrecer a su hijo como se ofrecían los sacerdotes en el Templo de Jesusalén. Recordemos
cuando el arcángel San Gabriel, en la anunciación, cuando habla del niño le
dice a María que «el niño que va a nacer será santo» [Lc 1, 35]. «Santo»,
en el lenguaje semítico es lo que está separado del uso profano, la
consagración total del niño, que Jesucristo es Sumo Sacerdote. Y siendo
conscientes sus padres del papel sacerdotal tan importante le ofrecen en el
Templo de Jerusalén. Yendo a ese lugar, aunque no estaban obligados por la Ley.
Esto nos ayuda a caer en la cuenta
que para un cristiano todo es gracia, todo es regalo de Dios. Hay padres que
dicen que «mi hijo
es mío», a lo
que la Palabra nos dice que «tu
hijo no es tuyo, es de Dios».
Lo que pasa es que Dios te lo entrega para que le cuides. Y tu hijo, a través
de la educación tiene que conocer a Dios, su Padre. El tiempo es un regalo que
Dios te hace, no es tuyo, sino suyo. De lo que se trata es de utilizar nuestro
tiempo para dar gloria a Dios. Todo lo que tenemos no es para que nos aferremos
a ello, sino que es un regalo dado por Dios que nos debería de ayudar a estar
más cerca de Dios. La propia vida no me puedo aferrar a ella y disfrutarla de
una manera egoísta, porque este modo de proceder no viene de Dios y nos
alejaría de Él. Tus dones, tus talentos, tu tiempo, tus posesiones, tu salud y
enfermedad son usados para darle gloria. San José y María tienen a ese niño,
pero ellos son conscientes de que ese niño no es suyo, sino de Dios y se lo
ofrecen al Señor.
De hecho, cuando San Pablo escribe
su epístola a los Romanos le dice y nos dice: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de
Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y
agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual» [Rm 12, 1]. San Pablo nos hace esa exhortación para que nos ofrezcamos a Dios.
Lo que Dios está pidiendo de ti, que de igual modo que
el niño Jesús fue ofrecido en el Templo, tú
te ofrezcas a Él todos los días de tu vida.
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sábado, 25 de enero de 2020
Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Homilía del
Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
En el Evangelio nos encontramos con
el inicio del ministerio de Jesús. Una vez que Jesús ha sido bautizado por Juan
en el Jordán y que ha experimentado las tentaciones en el desierto hoy nos dice
que se va a instalar en Cafarnaún. Todos sabemos que Jesús se cría en Nazaret,
pero sin embargo se nos dice que su casa, durante su ministerio público, estaba
en Cafarnaún. Y en Cafarnaún estaba la casa de Pedro y desde ahí Jesús enseñaba,
curaba y tenía a la casa de San Pedro como
centro de operaciones, de reuniones, de descanso… Y Jesús, teniendo muy
de cerca al primer Papa, ya iba actuando.
Y el Evangelista San Mateo desea
inaugurar el ministerio público de Jesús con una cita del profeta Isaías [Isaías
8, 23b-9, 3]: «El
pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en
tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» [Mt 4, 12-23]. Esta cita
nos habla de algo muy positivo, de una gran luz que nos está brillando, pero el
contexto social, cultural, religioso y político del libro del profeta Isaías no
es nada positivo. Estamos en una época muy oscura para Israel, su mayor enemigo
era Siria, y en concreto el rey Teglatfalasar III y el gran general Senaquerib
(704-681 a.C), que prácticamente barrieron todo Israel, conquistaron el Reino
del Norte, conquistaron Samaría, y todas las ciudades que estaban rodeando Jerusalén
fueron cayendo una detrás de otra, con asedios terriblemente crueles. Los
asirios eran terriblemente crueles, cortaban las cabezas, crucificaban a sus
enemigos con grandes torturas. Para que vean hasta qué punto eran crueles los
asirios que los arqueólogos han encontrado en una ciudad muy cercana a
Jerusalén, llamada Laquís [2 Cr 32, 9] una fosa común con más de 1500 cuerpos,
de hombres, mujeres y niños enterrados con huesos de cerdo. Sabemos que los
judíos no comen cerdo y una manera más de profanar y humillar los cadáveres era
enterrar a esos judíos entre cerdos. A esto se dedicaban los asirios.
En medio de todo este panorama tan
sombrío, donde el profeta Isaías nos dice: «Vagarán por el país, agotado y
hambriento; exasperado por el hambre, maldecirán a su rey y a su Dios. Se
dirija al cielo o mire a la tierra, sólo encontrará angustia y oscuridad,
desolación y tinieblas» [Is 8, 21-22]. Pues en medio de este panorama tan
sombrío y desolador hace su aparición el Señor y la salvación, y es entonces
cuando el profeta ya anuncia que donde todo había sido arrasado va a comenzar
el ministerio del Mesías, de aquel que va a traer la luz.
Para
los profetas la situación política, de
guerra y de oscuridad que están viviendo, en el fondo es reflejo de la
situación espiritual en que se haya el pueblo. Y no hay crisis política
que en el fondo no lleve una crisis espiritual más profunda. El Papa Francisco
no se cansa en decirnos que detrás de la crisis de Occidente que palpamos
todos, se esconde una crisis de valores y un eclipse de Dios.
Por eso es tan importante que las
primeras palabras del inicio del ministerio de Jesús sean unas palabras de conversión
y que se compare a Jesucristo como una luz cegadora, que si le dejamos entrar
en nuestra vida nos descubre un horizonte de esperanza que está más allá de
cualquier tipo de solución humana.
26
enero 2020
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sábado, 18 de enero de 2020
Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Homilía del
Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
El domingo anterior, el Bautismo del
Señor, finalizamos el tiempo litúrgico de la Navidad y ya este lunes hemos
empezado el tiempo litúrgico del tiempo Ordinario. Es una invitación que el
Señor nos hace para vivamos el tiempo disfrutando de su divina presencia. Hemos
dejado a Jesús en el río Jordán siendo bautizado por Juan el Bautista y ahora
Jesús va a empezar su vida pública. Y es precisamente en este tiempo Ordinario
cuando nosotros le vamos a ir acompañando, aprendiendo de Él, escuchándole,
siendo testigos de sus milagros, parábolas e infinidad de bendiciones de las
que seremos beneficiarios.
Lo primero que nos llama la atención
el en Evangelio de San Juan es que no relata nada del nacimiento de Jesús, ni
de su infancia. Empieza con Juan el Bautista señalando a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado
del mundo [Jn 1,29-34]. Emplea uno de los títulos cristológicos más importantes
para referirse a Jesús: El Cordero.
Es más, el libro del Apocalipsis, se refieren a Jesucristo como el cordero o el
cordero degollado que está en el trono de Dios, el Cordero de pie que simboliza
a Jesucristo.
Y esto de la sangre del cordero es
muy importante en el Antiguo Testamento. Nos remite a la Pascua, cuando el
pueblo de Israel estaba en Egipto, en la noche en que iban a ser liberados, el
Señor les pidió que todas las familias se reuniesen y que sacrificaran un
cordero; y con la sangre de ese cordero rociaran las jambas y los postes de las
puertas, para que así la última plaga, que era la matanza de los primogénitos
no entrara dentro de esa casa, de tal manera que la sangre del cordero, lo que
hace a esta gente, es defenderla de la
muerte a los israelitas. Pero no solo era sacrificar el cordero, sino
que el Señor dio unas prescripciones a Moisés, y eran muy claras: sacrificar el
cordero, rociar con su sangre las jambas y el dintel de las puertas, y demás
hacía falta consumir todo el cordero, comerse el cordero. Que toda la familia
se reuniera y que toda la familia se alimentase con la carne de ese cordero. Pues
San Juan Bautista nos dice: «Este es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
De trasfondo está el sacrificio del cordero pascual.
O sea, que desde el minuto uno,
Jesús se nos presenta como cordero que viene a derramar su sangre para que
nosotros tengamos vida y viene a realizarlo en el contexto pascual, en el
contexto de la Semana Santa, cuando Cristo en la cruz derrame su sangre para la
vida del mundo. Y ese cordero no solamente es sacrificado, sino que nosotros
comemos a ese Cordero en la Eucaristía, donde Jesús derrama su sangre y también
nosotros nos alimentamos de ese cordero, de tal manera que cada vez que
celebramos la Eucaristía hacemos recuerdo, memorial de la pascua y recuerdo o
memorial del sacrificio de Cristo en la cruz.
San Juan es muy inteligente y
empieza diciendo que Jesús es el cordero y finaliza el evangelio con el
cordero. Jesús muerte un viernes pascual a las tres de la tarde. ¿Pero qué
pasaba ese viernes pascual a las tres de la tarde? Pues simultáneamente a la
muerte de Jesús en el monte Calvario se estaban sacrificando los corderos en el
Templo de Jerusalén. Sabemos que los corderos no se podían sacrificar en las
casas –cosa que sí sucedía en el Éxodo-, sino que tenían que ser sacrificados
todos en el Templo de Jerusalén. De tal forma que a las tres de la tarde,
cuando Jesús muere en la cruz, se estaban comenzando a sacrificar todos los
corderos, los miles y miles de corderos, todos sacrificados en el Templo de
Jerusalén, para todas las familias de Jerusalén que durante esa noche
celebrarían la pascua comiendo la carne de esos corderos. A la misma hora que se
están sacrificando esos corderos en el Templo, fuera de la ciudad, en el
Calvario, está derramando su sangre y sacrificándose por nosotros el que es el
verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Esto es muy importante para
los cristianos, es más en la Carta a los
Hebreos se nos habla de Cristo como Sumo Sacerdote y de cómo su muerte, como
cordero degollado, ha eliminado el pecado y nos ha santificado. Ir a Misa es
como ir al Calvario, es como ponerse a los pies del Calvario y recibir la
efusión de la sangre de Jesús que se derrama por nosotros. Esto quedó tan
dentro de los primeros cristianos que ya en la primera carta de San Pedro nos
dice «Sabed
que no habéis sido liberados de la conducta idolátrica heredada de vuestros mayores
con dones caducos –oro o la plata-, sino con la sangre preciosa de Cristo,
cordero sin mancha y sin tacha»
(1 Pe 1,18-19). Hemos sido comprados a
precio de sangre, y la sangre del Hijo de Dios cuyo valor es infinito ya
que cada uno tiene un valor infinito. Hay personas que dicen «yo
no valgo para nada, soy un desastre (…)». Pues no, tienes un valor infinito
para Dios. Tanto valor que para rescatarte ha hecho falta comprarte a precio de
la sangre del Cordero de Dios. Esto ha de ayudarnos a tener más autoestima y a
valorar más el gran regalo de la vida que Dios nos da.
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domingo, 12 de enero de 2020
El Bautismo del Señor
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