martes, 5 de marzo de 2019

Homilía del Miércoles de Ceniza 6 de marzo de 2019


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA
Ciclo C.  06/03/2019
Nosotros somos los que cumplimos con Dios. Del mismo modo que yo cumplo con mi trabajo siendo puntual, haciendo las cosas con diligencia y sabiendo estar y luego desconecto del trabajo para irme a mi casita, pues lo mismo con las cosas de Dios. Venimos a las celebraciones, preparamos la liturgia, nos confesamos de vez en cuando, comulgamos… somos los que cumplimos, por lo tanto Dios tiene que estar muy orgulloso de nosotros.
Entonces, si yo me encuentro a gusto y cumplo con Dios, ¿por qué la Iglesia me llama con urgencia a la conversión?, ¿por qué la Palabra nos dice que toquemos las trompetas, que rasguemos los corazones y no los vestidos y que proclamemos ayunos y todas esas cosas? (LECTURA PRIMERA Jl 2, 12-18).
Lo que puede suceder es que uno se ha acostumbrado a un tipo de relación con Dios –al más bajo nivel-  en la que uno cumple con Él y a la vez uno se siente seguro porque así Él no te puede echar en cara nada –es el famoso «no se admiten ruegos ni preguntas». Es como el típico estudiante de secundaria que está en clase sin dar guerra, que pasa desapercibido por el profesor, que cumple con lo mínimo y no da problemas. Pero este tipo de relación con Dios ni te seduce ni seduces, viviendo insatisfecho y poniendo tu corazón en otras cosas, llámese la seguridad de tener una pensión o un puesto de trabajo indefinido, una casa o unas tierras, unos amigos donde uno se refugia y consuela al estar casi todos parecidos, o unos afectos desordenados que eclipsan lo que Dios espera de ti, viviendo amargados y fingiendo ser feliz.  Y nosotros, con el propósito de quedarnos siempre de pie decimos como Pedro: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10, 28-31). Pues puede ser que en un determinado momento sí que hayamos dejado todo o algo que nos condicionase mucho para seguir a Cristo, pero tal vez ahora estemos más sobrecargados de cosas que antes. Y como tenemos la mentalidad de creer que la etapa de desprendernos de cosas ya pasó, porque creemos que está superada, vivimos en un constante engaño.
San Pablo cuando escribe a la Comunidad de Corinto nos dice: «Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (SEGUNDA LECTURA 2Cor 5, 20-6,2). Vamos a ver, yo me reconcilio con alguien con el que estoy enfrentado o tengo algo contra él. Y que sepamos no estamos a mal con Dios, sin embargo algo raro pasa porque la Palabra nos está llamando la atención y la Palabra nunca miente, por lo tanto ¿qué estoy yo haciendo de mal para tener que pedir perdón a Dios? Si uno lo que hace es moverse en la rutina, hacer las labores de casa, cuidar de la familia, ir al trabajo, ver la televisión, salir con los amigos para distraerse… ¿qué cosas hago mal si uno no hace nada de especial?
Cuando uno tiene las cosas seguras –el trabajo, la pensión, la salud, la familia, las posesiones…-, menos se piensa con los criterios de Dios, uno más se justifica y menos se tienen en cuenta a los hermanos. Y lo curioso de todo esto es que uno se cree que las cosas sí que funcionan y salen adelante con normalidad. Ya nos avisa la Palabra de esto: «Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazóny olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud (..)» (Dt 8, 11-14). Uno piensa menos con los criterios de Dios y uno tiene menos en cuenta a los hermanos. Y esto tiene muchas concreciones que pueden empezar desde la calidad de la acogida al hermano, pasando por no preocuparte por él y conformarte con verle o llamarle ‘de Pascuas a Ramos’; por no aceptar una palabra desde la fe para iluminar esa vida; por mostrarte indiferente ocultando así una envidia que corroe por dentro hasta  ser como una silla más que ocupa un espacio que con la misma agilidad sigilosa aparece como desaparece de la asamblea celebrativa. Cada cual sabe dónde «le aprieta el zapato». Ahora nos damos cuenta cómo el pecado personal hace daño a la Comunidad porque hemos desviado la mirada del Señor, Nuestro Dios.
Dios quiere que volvamos a Él teniendo ratos de intimidad con Él. Nos dice la Palabra: «Tú, en cambio cuando hagas limosna (…), tú cuando ores (…), tú cuando ayunes, cierra la puerta (…), [haz limosna, ora, ayuna] y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará» (EVANGELIO Mt, 6, 1-6. 16-18).
Estemos con Jesucristo, dejemos que su amor nos cale por dentro y sólo así podremos ser «hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 45).




HOMILÍA DEL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C.  03/03/2019

Hoy la Palabra no es precisamente dulzura, es dura, clara y exigente. Empieza diciéndonos: «Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos». Y no acaba ahí, sino que sigue: «El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación». (PRIMERA LECTURA, Eclo 27, 4-7). Y de qué hornos nos puede estar hablando… pues puede estar hablando de todas aquellas cosas que hacen mis hermanos y que me ponen con un temperamento bien caliente por el enfado. También es cierto que san Pablo nos dice en la carta a los Efesios: «Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que os oyen» (Ef 4, 29). Pero si San Pablo se lo tenía que escribir a la comunidad cristiana de Éfeso era para recordarles que ellos estaban sellados, marcados por el Espíritu Santo y que mencionado sello les recuerda que pertenecen a Cristo –no al mundo- y que les garantiza la resurrección. Porque somos propiedad de Cristo no podemos bajar la guardia en el amor y cuando bajamos tiene su repercusión directa dañando la convivencia y prestando nuestros labios al mal. Hemos sido creados para dar gracias a Dios, para bendecir, ya lo rezamos en el prefacio de la Eucaristía: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias, Padre Santo,  siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu hijo amado». Recordemos que si hablamos mal de una criatura de Dios sería tanto como reconocer que Dios se ha confundido con esa criatura, y eso es imposible. Y es que resulta que ese hermano, al cual “le pones verde y a bajar de un burro” también está sellado por el Espíritu Santo de Dios para resucitar a la Vida Eterna.
Sabemos por experiencia que en la lucha contra el mal demasiadas veces bajamos la guardia porque el pecado ejerce en nosotros una fuerza, una inercia a sacar todos los espíritus malignos que tenemos dentro que en vez de someterlos nos someten. Sin embargo no temamos, porque teniendo a Cristo como nuestro aliado contra nuestro pecado tenemos garantizada la victoria total y definitiva. La Palabra nos lo asegura y Ella nunca miente: «¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (SEGUNDA LECTURA, 1 Cor 15, 54-58).
La Palabra dice: «¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano déjame que te saque la mota del ojo” sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?» (EVANGELIO, Lc 6, 39-45).  El Señor en el fondo nos está diciendo siguiente: «¿Tú te crees mejor que tu hermano?». Y como muchas veces no queremos dar nuestro brazo a torcer le decimos que sí. A lo que Dios nos mira directamente a los ojos y nos vuelve a decir: «¿De verdad que te crees tú mejor que ese hermano tuyo? ¿Me estás hablando en serio?». Y claro, como nosotros estamos movidos por el enfado empezamos a hablar mal del hermano, mientras Dios, con paciencia escuchándonos y sin decirnos nuestros pecados y la cantidad de chapuzas que le hacemos a la hora de amar. Dios guarda silencio. Y nosotros mientras tanto diciéndole: Pues sí, soy mejor que ese hermano, y erguidos decimos que nosotros no somos ladrones, injustos, adúlteros, sino que ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. ¿Les suena esto de algo? ¿No les recuerda a la parábola del fariseo y del publicano en el templo? (Lc 18, 9-14). Ya sabemos quién salió del templo justificado y quién no. Si nos dedicamos a ponernos medallas es tanto como decir que nosotros ya estamos salvados y que no era preciso que Cristo hubiera venido a salvarme.
Dios te interpela diciéndote: ¿Por qué haces ese juicio de valor contra tu hermano? ¿Por qué no eres capaz de darte cuenta que he puesto a este hijo mío para que tú vayas madurando en la paciencia, la caridad y en la prudencia y así te puedas salvar? Ese hermano es un instrumento que yo te he puesto para que tú te salves y tú lo que haces es despreciar mi regalo.
Cuando el Señor nos llame ante su presencia ¿Qué llevaremos atesorado en nuestro corazón?

sábado, 26 de enero de 2019

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario ciclo c


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
         La primera de las lecturas está tomada del libro de Nehemías [Neh 8,1-10], y aquí se nos relata cómo cinco siglos antes, el sacerdote Esdras inaugura la praxis de leer la Palabra de Dios, en este caso la Torah, el Pentateuco. La práctica de esta praxis de leer la Palabra de Dios fue lo que le dio la identidad a este pueblo después del destierro de Babilonia. El pueblo venía del destierro en otro pueblo con otra cultura y regresan a su tierra desorientados, confundidos, con una montaña de malos hábitos adquiridos allí. Necesitan una brújula que les ayude a encontrase a sí mismos, a redescubrir su propia identidad, su propia peculiaridad. De ahí que la Torah fuera determinante para constituirse como pueblo después del destierro de Babilonia.
                Nos dice la Palabra que «Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió: «Amén, Amén»; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor». Dios habla y el pueblo responde con un acto de fe; y ese acto de fe se concreta en ese «Amén, Amén», inclinándose y postrándose a tierra. Es tanto como decir que ese pueblo, ante la proclamación de la Palabra de Dios, estaba cada cual “haciendo los ecos” de todo aquello que les estaba suscitando el Espíritu del Señor, ya fuera con palabras de reconocimiento de lo que Dios hace en cada uno, ya sea cantando con ganas, tocando las palmas en los cantos, tocando los diversos instrumentos musicales (guitarras, panderetas…), preparando con alma, vida y corazón las moniciones, peticiones, los adornos del Altar o preocuparse sinceramente de los hermanos que no hayan podido acudir. La Palabra proclamada exige una respuesta personal desde la fe que se plasman en actos concretos.
         De hecho, lo que se celebra en la Eucaristía dominical ha de ser la dosis de encuentro con Cristo que ayude a ir afrontando las jornadas de cada día de la semana. Es como el depósito de gasolina del coche que llenamos hasta arriba para que nos dure el máximo tiempo posible para todos los desplazamientos que tengamos que hacer. De ese modo podremos ir redescubriendo lo que Cristo te aporta en tu día a día.
         Sin embargo tenemos un serio problema: el pecado nos puede y el Demonio nos engaña sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Dice el que fue prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, el Cardenal Burke que «la Iglesia actual se encuentra en un estado de apostasía de la fe, no de cisma». Los apóstatas son los que reniegan de la fe. En los primeros siglos se obligaban a ofrecer incienso a los emperadores y así se les reconocían como dioses.  Y como no lo hicieras podía ir tu vida en ello. Muchos cristianos ofrecieron incienso a los emperadores cayendo en la apostasía. Nosotros no ofrecemos incienso a los emperadores, pero no respondemos a la fe cuando actuamos con indiferencia ante los hermanos; cuando creyendo que por estar más tiempo en la Iglesia uno se encuentra como un estatus mayor que el que acaba de entrar en ella; cuando actuamos de tal modo que asistiendo a la liturgia ya cumplimos; cuando los afectos impiden dar una palabra de corrección fraterna a un hermano; cuando el juicio que uno tiene contra un hermano te impide acercarte a él y mostrarte con naturalidad; cuando teniendo que poner al servicio de todos el carisma que Dios te ha otorgado no se hace por pereza o por desidia; cuando no tengo en cuenta la importancia de la hospitalidad y de la acogida a los demás porque prevalecen los propios intereses antes que los del hermano que tengo enfrente; cuando me pongo en sitios estratégicos en la asamblea litúrgica y evito dar la paz a determinadas personas; cuando hago las cosas de cualquier modo porque sé de antemano que no voy a tener un reconocimiento de ello, etc. Estas son un elenco de mini-apostasías que debilitan la fe y minan la fe de la comunidad cristiana. Y no digamos nada cuando desde la web de una diócesis se cuelgan oraciones y plegarias inventadas para ser sustituidas por las del Misal para la celebración de la Eucaristía, o se hable de la violencia, de la huelga feminista, del trabajo digno, que se haga la vista gorda a las absoluciones generales, que se confundan a los feligreses en cuestiones de moral sexual y familiar, que se traigan a ponentes en foros de iglesia que ofrezcan una doctrina podrida y pestilente …en vez adentrarnos en las cosas que constituyen nuestra propia esencia. Son apostasías. Lo nuestro es decir «Amén, Amén»; inclinarnos y postramos rostro a tierra ante el Señor».
         La segunda de las lecturas [1Cor 12,12-30] nos deja muy claro que la Iglesia, la comunidad, es como el cuerpo humano, organismo que no puede subsistir mas que gracias a la diversidad de sus órganos y de sus funciones, y que a pesar de su multiplicidad, es una unidad inquebrantable en razón de su misma diversidad. Sin embargo las micro-apostasías que se dan en cada uno dificultan la evangelización y el avance de las comunidades porque no se percibe los frutos de la fe que son la caridad y la comunión. Nuestro pecado personal obstaculiza el flujo fluido de la Gracia de Dios.
         Sin embargo, como dice San Pablo «pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20). Nos encontramos a Jesús también proclamando la Palabra en la sinagoga de Nazaret [Lc 1,1-4; 4,14-21]. ¿Cómo respondo yo y cada uno desde la fe a su Palabra y a su presencia?

27 de enero de 2019

domingo, 30 de diciembre de 2018

Homilía de Santa María, Madre de Dios



SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

¿Habrá qué explicar que quién nace en Belén no es Papá Noel?

Homilía del Domingo de la Sagrada Familia 2018


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 2018
         En un mundo como el de Occidente, donde el dinero y la riqueza son la medida de todo, donde el modelo de economía de mercado impone sus leyes aplicables a todos los aspectos de la vida, la ética católica auténtica se les antoja a muchos como un cuerpo extraño, remoto; una especie de meteorito que contrasta no sólo con los modos concretos de comportamiento, sino también con el esquema básico de pensamiento.
         Estamos inmersos en un liberalismo económico donde impera la ley de la oferta y el de la demanda; donde se da el libre comercio; donde cada cual mira por sus ahorros y por sus propios ingresos para garantizarse un status social y las correspondientes comodidades; donde cada cual busca su propio beneficio; y cuánto más riqueza y progreso se dé, mucho mejor. Éste liberalismo económico encuentra, en el plano moral, su exacta correspondencia en el permisivismo, en una tolerancia excesiva. En consecuencia, se hace difícil, cuando no imposible, presentar la moral de la Iglesia como razonable; se haya demasiado distante de lo que consideran obvio y normal la mayoría de las personas, condicionados por una cultura reinante, a la cual han acabado por amoldarse.
         Si no somos capaces de penetrar hasta el fondo de la realidad y las consecuencias del pecado original, ello se debe precisamente a que tal pecado existe; porque la muestra es una ofuscación de la mente y del corazón de las personas, que nos desequilibra, que confunde en nosotros la lógica de las cosas inscritas en el ser de todo lo creado que nos impide darnos cuenta que muchos de los razonamientos y sentimientos nacen heridos de muerte a causa del propio pecado que anida dentro de cada uno. Pero cuando el cristiano anuncia a sus hermanos a Cristo que les redime ante todo del pecado da pie a la esperanza de obtener la gracia que nos redime y nos salva de toda alienación y atadura. Cuando uno escucha a Cristo siente que su carne leprosa se va sanando, se va liberando de esa mediocridad, de ese relativismo y de ese permisivismo que nos impedía amar de verdad ya que lo que se buscaba únicamente la autorrealización y la autorredención que nos lleva a la destrucción.
         «¡Y mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida!» (2 Co 4, 11-12) Estamos salvados cuando nos abandonamos al Amor Eterno del Padre. Pocos quieren morir de amor porque cada cual quiere reservarse para sí lo mejor. Esto es una consecuencia de una crisis seria de fe que ataca los fundamentos más básicos de nuestro ser.
No hay nada nuevo bajo el sol, más si anulamos la fe y nos apartamos de Dios nada se puede sostener por sí mismo, todo queda derrumbado formando enormes ruinas. Para seguir la vocación que Dios otorga uno se ha de descalzar, porque pisa terreno sagrado, debe de luchar internamente con la mentalidad mercantilista reinante que tiene sus consecuencias desastrosas en la moral y fiarse obedeciendo al Señor aunque no lo entienda, ya que a su debido tiempo todo nos será revelado.

30 de diciembre de 2018

sábado, 1 de diciembre de 2018

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo c
2 de diciembre de 2018
          La mayor parte de los conflictos que sean entre nosotros tienen un mismo origen: nuestra falta de fe. Estamos acostumbrados a que nos sirvan, a tomar decisiones rápidas, a estar en reuniones sin darnos cuenta de cómo se encuentra el otro, a buscar la efectividad en aquello que hacemos. Y si alguien se comporta de un modo hiriente o te hace un desprecio enseguida nos sale el juicio en vez de disculparle porque aún no ha descubierto eso que uno sí cree haberlo descubierto. En la vida cotidiana sufrimos «graves hemorragias de fe» que nos genera una grave crisis de identidad cristiana. Esto tiene grandes consecuencias en la vida personal y comunitaria y sin darnos cuenta nos adentramos en una dinámica de secularización. El hecho de estar dentro de la Iglesia no supone que Cristo esté dentro de nuestra alma.
          La Iglesia tiene que estar abierta al mundo pero evangelizar y no para perderse en el mundo. Demostramos que estamos perdidos en el mundo cuando pensamos y actuamos del mismo modo de cómo actúa el mundo. No somos una sociedad humana más, somos un pueblo llamado a morir a nosotros mismos para que el rostro de Cristo pueda resplandecer mientras nosotros nos apagamos. ¿Qué somos los cristianos? Somos el trapo que se usa para limpiar las ventanas. Es cierto que nuestro cuerpo se resiente y se resiste. Es cierto que cuando nos intentan humillar o hacer de menos sale de nosotros todos los demonios que tenemos dentro. A lo que Cristo se acerca a tu persona, se sienta a tu lado, te coge de la mano, y con cariño te dice: «Si me amas no te resistas al mal y acepta las injusticias de tu hermano», porque cuando “menos tú”, más Cristo. Así es como se «practicará el derecho y la justicia en la tierra» (Jeremías 33, 14-16), y así Yahvé será nuestra justicia.  
          ¿De qué males yo y tú nos estamos resistiendo? ¿Qué injusticias me está haciendo mi hermano y qué injusticias le estoy yo haciendo a él? ¿Cómo estoy reaccionando ante sus justicias y cómo deseo yo que el mismo Dios reaccione ante las que yo mismo cometo?
          Dice el Salmo responsorial que «el Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes». Si no percibimos el rostro de Cristo en nuestra comunidad es porque nuestro pecado lo oculta. Es preciso descalzarse ante el hermano porque en él, aunque él ni se entere, te está hablando Dios y te está pidiendo que pongas fe y amor allá donde no haya ni fe ni amor. Recordemos que Cristo es el Señor de la historia y Él escribe la historia. Pero no lo escribe con tinta normal, sino con tinta invisible que únicamente con la luz y el calor de la fe lo podemos llegar a leer.