sábado, 25 de agosto de 2018
sábado, 11 de agosto de 2018
Homilía del domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo b
HOMILÍA DEL DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Nos encontramos ante la dificultad de aquel que desea
ser fiel al Señor. Uno desea vivir su vocación en fidelidad pero siente cómo la
violenta ventisca y las fuerzas contrarias nos lo ponen muy difícil.
Precisamente cuando uno pone interés en hacer bien las cosas es cuando más
dificultades se nos presentan para que nos desalentemos. Y corremos el algo
riesgo de llegar a creer que esa meta no la vamos a poder alcanzar y es mejor
dejar de luchar.
Algo parecido le sucedió al bueno de Elías. Él deseaba
hacer las cosas bien. Resulta que hay un rey llamado Ajab que era un mal bicho,
siempre ofendiendo con su conducta al Señor. Y su esposa, la reina fenicia
Jezabel era perecida a su esposo. Ajab y Jezabel eran los que gobernaban y por
lo tanto con su modo de gobernar influían al pueblo de una manera negativa, ya
que las creencias y los modos de proceder paganos se colaban por todos los
rincones, tal y como ocurre con el agua de los pantanos cuando terminan
llegando a nuestras casas por los grifos. El caso es que Elías, ni corto ni
perezoso ‘la tuvo muy gorda con el rey’, una de esas broncas que pasan a la
historia. La razón de la bronca era porque tanto Ajab como el pueblo actuaba
como si Dios no existiera. A veces nosotros somos ese Ajab que nos creemos muy
seguros de nosotros mismos y actuamos al margen de lo que Dios nos plantea,
sobre todo porque lo que Dios nos plantea es más exigente. El caso es que Elías
se enfadó tanto que le dijo al rey que no iba a llover en dos años, ni agua ni
rocío. Elías tenía una idea un tanto idealizada de lo que debía de ser el
pueblo y se encontró de bruces con la realidad, un pueblo que se dejaba llevar
por cualquier ídolo o por cualquier forma de pensar y de actuar. Nosotros
tenemos una idea de lo que es la vida consagrada, de lo que es el ministerio
ordenado, de lo que es el matrimonio o el noviazgo… y nos encontramos ‘de
bruces’ con la pobre realidad cuando lo estamos viviendo. El Demonio quiere que
nos desalentemos, sin embargo Dios nos dice ‘ánimo, cuento contigo, adelante’.
El caso es que Elías les dijo que se les acabó el
llover castigándoles con la sed. Probablemente Dios no estaría muy de acuerdo
con el castigo que les había impuesto Elías porque le dijo que se fuera al
oriente, a esconderse en el torrente Querit que está al este del Jordán. ¿Por
qué el Señor mandó al profeta que fuera hacia el oriente? Porque Elías actuando
y castigando por su cuenta al pueblo se había separado de la voluntad de Dios.
Y era necesario que dirigiera sus pasos hacia oriente para encontrarse de nuevo
con el Señor. Nuestro oriente es el sacramento de la reconciliación, nuestro
oriente es la intimidad con el Señor en la oración, nuestro oriente es el
nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo, etc. Y el Señor nos envía al oriente para purificarnos de nuestro mal
proceder y retomar nuestra vocación viviéndola con la santidad que corresponde,
actuando en el amor por Jesucristo. San Pablo a los Efesios nos lo dice: «Sed imitadores de Dios, como hijos queridos,
y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y
víctima de suave olor» (Ef 4, 30–5, 2). El Señor no se cansa de nosotros,
sino que sana nuestras heridas.
Elías siente el peso del cansancio se sentó bajo una retama, y se deseó la muerte (1 Re 19, 4-8). Nosotros también sentimos el peso de ese
cansancio, o ¿es que acaso no nos cuesta perdonar al otro aun sabiendo que
uno tiene la razón? ¿Es que acaso estar abierto a la vida es algo fácil? ¿Es que
acaso es sencillo posicionarse en cuestiones delicadas de moral ante amigos y conocidos
que piensan distinto? ¿Es que acaso vivir un noviazgo lo más casto posible es
algo que esté de moda en esta sociedad? ¿Es que acaso es algo sencillo ponerse a
rezar el matrimonio con los hijos estando un poco tranquilos? ¿Es que estar
pendiente de lo que tus hijos ven en la televisión teniendo que estar con ellos
batallando es un plato de buen gusto?
Y resulta que pasa el tiempo y la gente se interroga y
te pregunta que por qué llevamos a nuestros hijos a la Eucaristía, que por qué
seguimos eligiendo la clase de religión en la escuela, que por qué estas
embarazada si ya tienes hijos, que por qué te metes en un convento de clausura
o en un seminario, que por qué te vas a casar tan pronto, que por qué… ¿Es que
acaso tú no eres igual que nosotros? Eso se lo dijeron a Jesús sus propios
paisanos: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No
conocemos a su padre y a su madre?» (San Juan 6, 41-52). Entonces, ¿por qué actúa así? Fundamentalmente porque nos fiamos del Señor, porque
en medio de nuestras debilidades, que son muchas, al alimentarnos de Cristo Pan
de Vida, nos levanta de nuestro pesimismo, de nuestro agotamiento y nos anima
aún en medio de nuestras miserias a seguir siéndole fiel y así, como dice la
Escritura, nunca morir.
12 de agosto de 2018
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sábado, 4 de agosto de 2018
Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo b
Homilía
del domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo b
Todos,
y aquí no se salva nadie, necesita comer. Es una necesidad que tiene toda
persona. El comer no es una cosa de la que podamos prescindir. Otra cosa es
ayunar para mortificarse por amor al Señor acordándonos de nuestros hermanos
hambrientos. Y comidas hay muchas y de muchos tipos, tantos como clases de
panes.
Dependiendo
del tipo de pan que comamos nos alimentaremos de una manera o de otra. El
Demonio sabe que necesitamos comer para vivir, a lo que el maligno nos
proporciona de su comida. Nos atiborra de todo aquello que él mismo sabe que no
nos conviene pero que a él sí le interesa dárnoslo. Ese tipo de pan maligno nos
envenena en la mente, en la voluntad y en el corazón. Es un pan que no quita el
hambre, que no alimenta pero que engaña al estómago. Aquellos que se alimentan
de este pan maldito deambulan por la vida siempre murmurando de los demás,
echando a Dios las culpas de todo lo que les pasa, y hacen las cosas sin
discernimiento, simplemente movidos por el propio interés. Los alimentados por
este pan procedente del Demonio hace que pensemos que Dios no sabe lo que
nosotros realmente necesitamos y de saberlo, no le da la gana dárnoslo. Nos
dice el libro del Éxodo que «en aquellos
días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el
desierto» (Éx 16, 2-4.12-15). El Demonio nos vende muy bien ese pan porque
nos dice cosas como estas: ¿Por qué tienes que ser fiel a tu esposa teniendo a
mujeres tan preciosas a tu propio alcance? ¿No te das cuenta cómo aún puedes
estar con ellas sin que la bruja de tu mujer se entere? ¿Por qué vas a tener
que estar toda la vida con la pesada de tu esposa cuando perfectamente puedes
divorciarte e ir con esa que tanto te atrae? El Demonio nos ofrece ese pan
envenenado pero presentándolo como muy delicioso. Ahora bien, el Demonio
siempre ataca allá donde hay una promesa hecha ante Dios. Los esposos ante el
Altar, en el día de su matrimonio se prometieron que iban a ser uno con una,
fielmente y para siempre: Unidad o fidelidad e indisolubilidad.
No
olvidemos del pan envenenado que el Demonio intenta vender, y muchas veces lo
puede llegar a conseguir, a los propios clérigos. El Demonio nos dice: ¿Ponte a
ver esa película o serie que tanto te gusta y ya rezarás ese rollo de la Liturgia
de las Horas? ¿Por qué vas a obedecer a ese obispo cuando tú mismo ves que él
hace lo que le da la gana y nunca él te ha ayudado en nada? O el Demonio puede
decir también a los clérigos: ¿Célibe?, anda, no luches contra eso y disfruta
de los placeres de la carne que demasiado dura es ya la vida de por sí.
Disfruta y no seas tonto o ¿es que acaso crees que esto del celibato se lo cree
la gente?. El Demonio atenta contra las promesas hechas en la ordenación: el
rezo la de la Liturgia de las Horas, la promesa de la obediencia al Obispo y a
sus sucesores y el voto del celibato por el Reino de los Cielos. El Demonio nos
da el pan del Infierno, el pan de la muerte, el pan del pecado que hace que
nuestra hambre no se sacie y que estemos viviendo engañando al estómago.
Por
eso es muy importante lo que nos dice el Apóstol san Pablo: «Hermanos, esto es lo
que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los
gentiles, en la vaciedad de sus ideas (…). Despojaos del hombre viejo y de su
anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras» (Ef 4,
17.20-24). Si nos dejamos envenenar por el pan del Demonio la muerte es nuestro
destino y seremos como troncos de árboles totalmente huecos por dentro, sin
consistencia, sin discernimiento en las decisiones, sin libertad interna, sin
amor en nuestros actos.
Cristo
es el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6, 24-35). Dice el Señor: «Porque el
pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Todo aquel que se
nutra de este pan divino irá adquiriendo la sabiduría que procede de lo alto.
Gozará de un discernimiento a la hora de actuar con sabiduría buscando el amor
que llena de gozo el corazón. Es verdad que el pan que Cristo no es tan dulce
como el que ofrece el Demonio, ya que el Maligno siempre nos ofrece el placer y
el gozo inmediato, sin embargo Cristo nos ofrece un pan amargo porque
constantemente uno ha de morir a sí mismo para que el mundo pueda vivir y uno
ser conducido a la Patria Celestial. ¿Es que acaso es fácil rechazar a una
bella mujer que se le insinúa a uno –o viceversa- estando casado? ¿Es que acaso
es fácil obedecer al obispo cuando te envía a un pueblo casi incomunicado? Recordemos
la sentencia de San Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos: «Soy trigo
de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras». Cuando recibimos el
sacramento de la confirmación entramos a formar parte al ejército de los
soldados de Cristo para luchar contra el pecado muriendo a nosotros mismos para
que Cristo pudiera lucir en nuestras almas, y así poder ser hombres libres y
herederos de la Vida Eterna.
El
Pan de Cristo es la Eucaristía, el Pan de Cristo es la Palabra de Dios, el Pan
de Cristo son los diversos sacramentos que nos alimentan y nos nutren para que
su presencia entre nosotros sea tan intensa que no dudemos en rechazar la
tentación porque tenemos la esperanza cierta de alcanzar las promesas de
nuestro Señor Jesucristo.
Ya
que tenemos que comer, porque nuestro cuerpo y nuestra alma lo necesita
clamemos a una sola voz: «Señor, danos siempre de este pan».
5 de agosto de 2018
sábado, 28 de julio de 2018
Homilía del domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo b
HOMILÍA DEL DOMINGO XVII DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo b
Dios nos pide que
confiemos en Él por encima de todas las cosas. Eliseo, el discípulo de Elías,
únicamente tenía veinte panes de cebada para que comieran cien personas. Los
cálculos humanos nos aseguran que con eso no se pueden alimentar. [Lectura del Libro segundo de los Reyes 3, 42-44] Sin
embargo, comieron y no se quedaron con hambre.
Confiar en Dios no
nos garantiza que las cosas salgan como nosotros habíamos planeado. Puedo estar
suplicando a Dios día y noche por la curación de una persona, haciendo sacrificios
y largos ayunos… y no conseguir su recuperación. ¿Acaso esto sería un motivo
más que justificado para retirar nuestra confianza en Dios? No es un motivo, es
una prueba de fidelidad al Señor porque Él es el que conduce la historia y lo
que Él quiere no coincide con lo que nosotros deseamos. Sin embargo una cosa
nos genera paz: Dios sabe lo que hace y lo que hace es sin duda lo mejor,
aunque no lo entendamos y nuestros ojos se deshagan en lágrimas.
Confiar en Dios es
preocuparse de la formación y educación de los hijos, morir a uno
constantemente para que el otro pueda vivir, amar con todo el corazón al esposo
o a la esposa, rezar en familia, dar una palabra desde la fe por parte de los
padres a los hijos y una palabra de fe compartida entre los esposos… es decir «aquí
estoy Señor para hacer tu voluntad» en medio del cansancio acumulado, del sueño,
de los dolores… siendo fiel a la vocación que Dios ha concedido. Y ¿si un hijo
o una hija sale rebelde? ¿Por eso podríamos decir de algún modo que Dios nos ha
fallado? ¿Por eso deberíamos de retirar nuestra confianza en Dios? Porque si
uno ha cumplido con su parte, parece lógico que Dios cumpla con la suya
haciendo que todo nos vaya bien. Dios no
es un seguro que nos garantice nuestra seguridad o nuestro bienestar.
Hemos rezado en el
Salmo Responsorial que «el Señor es justo en todos sus caminos, es
bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de
los que lo invocan sinceramente». [Sal 144,
10-11. 15-16. 17-18] Dios nos garantiza su presencia, lo que no está
claro es que nuestras pretensiones se realicen conforme nosotros deseamos. Lo
que nos corresponde es vivir conforme a la vocación a la que hemos sido
llamados. [San Pablo a los Efesios 4, 1-6] Cualquier
excusa nos puede parecer buena para poder tener una compensación cuando las
cosas no nos van bien, y claro está, esa compensación no la buscamos en Dios. Por
eso San Pablo nos dice: «Sed siempre humildes y amables, sed
comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad
del Espíritu, con el vínculo de la paz».
Decía el criado de
Eliseo que qué había él a hacer con veinte panes de cebada para dárselos a cien
personas. Decía el discípulo Andrés a Jesús que había un muchacho que tenía
cinco panes de cebada y un par de peces, pero que iban a hacer ellos con toda
aquella grandísima multitud de personas. [San Juan 6,
1-15] A lo que yo os pregunto: ¿acaso con nuestras fuerzas, nuestros
pecados y limitaciones, con nuestras capacidades y habilidades, -que son esos
cinco panes y ese par de peces- podremos sacar adelante nuestra vocación –que es
tanto como decir ‘el dar de comer a esa multitud’? No duden de que el milagro
de la multiplicación de los panes y de los peces es algo que constantemente
Jesucristo está realizando tanto en tu vida como en la mía.
29 de julio de 2018
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sábado, 9 de junio de 2018
Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario, ciclo b
HOMILÍA DEL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Hoy en la primera de las lecturas se
nos habla del mayor de los dramas posibles: el pecado. Del mismo modo que el
frío es la ausencia del calor, las injusticias, el hambre, los odios, las
envidias, las guerras… es fruto de la ausencia de la gracia de Dios en nuestras
vidas. Cuando se paseaba Dios por aquel jardín paradisiaco ya sabía de sobra lo
que habían hecho esta pareja. Dios desea iniciar una conversación con ellos y
por eso les busca. Dios desea escrutar el corazón de Adán y el de Eva. Y Dios
después de escrutar esos corazones ¿qué es lo que encuentra?: la culpa la tiene
el otro. Esa es la respuesta de Adán y la de Eva. La culpa la tiene el otro. Dice
la Palabra: «El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas
desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?” Adán
respondió: “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí”». (PRIMERA LECTURA Génesis 3, 9-15).
Si tuviera que contar las cantidades
de veces que he escuchado, en el sacramento de la reconciliación, cosas como:
mi esposa es insoportable, mi cuñada es una desagradecida, mi suegra me hace
muchos desprecios, etc. Si los tuviera que contar estaría a estas alturas en
unos cuantos centenares de veces. El Demonio conoce nuestro ‘talón de Aquiles’,
nuestro particular punto débil. Como mi suegra no deja de hacerme desprecios
pues soy indiferente ante ella, la ignoro totalmente. Y además, para
demostrarse uno mismo de que está actuando bien –al mostrar la total
indiferencia- uno se carga de argumentos tales como lo que ella me dijo o me
hizo aquella vez, etc. A lo que el Demonio se frota las manos. Lo curioso de
todo esto es que nosotros no nos estamos dando cuenta que en esa situación
preciosamente el Señor está escrutando ese corazón. Cuando partamos de esta tierra
peregrina para ir hacia la Eterna, y tengamos nuestro juicio particular ante
Dios nos daremos cuenta de que, muchas veces hemos sido como marionetas del
Demonio. Porque tan pronto como Dios nos pregunte sobre nuestro mal
comportamiento y de nuestras altas dosis de faltas de caridad para con esa o
esas personas no nos vale lo que ella nos haya hecho, porque eso le corresponde
a ella defenderlo en su juicio particular y no a uno. No nos vale decir en mi
juicio particular, ante Dios, que yo me comportaba así de mal porque ella era
una desagradecida, una mal educada, una mala persona, dando a entender que mi
comportamiento era malo por culpa de la otra persona, luego uno no tiene la
culpa. Es lo mismo que hizo Adán al acusar a Eva; y es lo mismo que hizo Eva al
acusar a la serpiente en el Paraíso.
Si nos creemos la Palabra y hacemos
nuestro lo que dice San Pablo que «todo
es para vuestro bien» (SEGUNDA LECTURA San Pablo a
los Corintios 4, 13–5, 1) y que «una
tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de
gloria», nuestro modo de proceder y de pensar han de ser iluminados a la
luz del amor del Señor. Dicho con otras palabras, ese hermano repelente, esa
suegra insoportable, ese familiar desagradecido, ese conocido insufrible o ese
vecino mal oliente, que no deja de incordiar, que estorba e incomoda…, de los
que uno puede tener toda una batería de argumentos para ir contra ellos y así
uno sentirse tranquilo al atacarles ya que uno lo entendería como algo que se
hace ‘por legítima defensa’ están puestos ahí en tu vida por el mismo Dios. El
problema no está en lo que ellos hagan o dejen de hacer, sino en la respuesta
que uno da a esa situación que se le va planteando.
Cuando estemos en ese juicio
personal ante Dios, de nada nos valdrá sacar toda esa batería de quejas por el
modo de cómo las otras personas se compartan con uno, ya que el Señor nos
quitará el turno de la palabra ya que eso no le importa a Él, ya que ahora está
con uno y no con el otro. El Señor te preguntará por si has crecido en la
calidad en tu amor a ese hermano tuyo, te preguntará si en esa lucha interna
que has sostenido si has formado parte de los soldados del ejército del
Espíritu Santo o de los soldados esbirros de Satanás. El Señor te preguntará si
has hecho tuyo lo que reza el Salmo: «Mi
alma espera en el Señor, espera en su palabra» (SALMO
RESPONSORIAL Sal. 129, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8.) o no te has tomado la
molestia de esperar en el Señor porque ya habías decidido hacer las cosas al
margen de Dios.
En
los gimnasios hay de estas máquinas para hacer deporte que consisten en subir
peldaños. Pero no todos los peldaños se suben con igual facilidad o agilidad,
ya que se puede regular la intensidad del mismo ejercicio usando de una
palanca. Si la palanca está graduada a un nivel máximo… uno suda tinta para ir
subiendo escalones porque tienes que hacer más fuerza con todo el cuerpo. O no
es lo mismo una carrera con obstáculos con tan solo unas pocas vallas para
saltar que con muchas para saltar… el cansancio es mayor y el esfuerzo bastante
superior. Hay personas que tienen la habilidad de hacer a uno la vida más
complicada y desagradable, pero no olvidemos que, cuando el Señor escruta
nuestra alma, lo que Él valorará es la respuesta personal que uno da en el
amor, no como el otro se porte con uno.
Jesucristo
expulsa nuestros particulares demonios con el poder del dedo de Dios (EVANGELIO San Marcos 3, 20-35), pidiéndonos que
en esta lucha contra el Demonio estemos enteramente y sin condiciones al lado
de Dios. Con Jesucristo alcanzar la Gloria es posible, porque la fuerza procede
de lo alto, así seremos buenos hijos de tan gran y buen Padre.
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sábado, 26 de mayo de 2018
Homilía del Domingo de la Santísima Trinidad, ciclo b
LA SANTÍSIMA TRINIDAD, Ciclo B
Dios ha elegido a un pueblo de entre
los pueblos para hacer con ellos una alianza de amor. El pueblo pasa revista a
los grandes acontecimientos que ellos han vivido, gozado o padecido,
acontecimientos que les ha ido dando una identidad, una historia, una nota de
excelencia frente a dos demás pueblos. Y se dan cuenta de si el Señor no
hubiera estado de su parte ni siquiera serían un borroso recuerdo. El pueblo
cuando pasa por el corazón y por la memoria todo lo vivido es cuando ellos
proclaman ‘el credo’. No van a decir si la voz de Dios es aguda, si es alto o
delgado, si tiene panza o está musculoso... en primer lugar porque Dios es Dios
y nosotros sólo criaturas con una mente y un amor limitado. El ‘credo que ellos
hacen’ es resultado de lo que ellos han descubierto en los avatares de su
existencia.
Este pueblo elegido en su particular
‘credo’ tiene en su haber aquellos acontecimientos históricos que quisieron
recorrerlos al margen de Dios. Esta situación se asemeja a una persona que al
andar pisa mal desgastando antes una determinada parte del zapato que el del
resto, ya sea el tacón, la puntera o la suela del calzado. O de aquel que a
causa del dolor de una rodilla tiende a dejar caer todo el peso en la otra
rodilla, terminando dañando la buena y la propia cadera. O ese padre o madre de
familia que intenta estar muy entretenido fuera de casa –con reuniones, en el
trabajo, con sus amigos, en sus hobbies o entretenimientos- para estar poco
tiempo en casa porque ahí ni se encuentra querido ni aceptado. Y sin embargo en
todos los acontecimientos Dios se manifiesta. Dice Moisés al pueblo israelita: «¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la
voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?» (PRIMERA LECTURA Deuteronomio 4, 32-34. 39-40).El
fuego es lo que quema, lo que purifica, lo que genera dolor para que nos
podamos sanar. Dios nos habla también en medio de ese fuego.
Hacemos nuestras las palabras del Salmo Responsorial «nosotros guardamos al Señor: Él es nuestro
auxilio y escudo» (Sal. 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22
R) Y le aguardamos porque en este mundo nadie realmente nos auxilia y porque
los escudos que aquí se nos proporcionan son de pésima calidad, cualquier
flecha los puede atravesar.
Si
estamos resguardados en Cristo, ahí escondidos con Él en ese diálogo con aquel
que sabemos que nos ama, bebiendo de la fuente de agua viva de su Sabiduría
para tener el don del discernimiento para afrontar como cristianos la vida. En
el Libro de la Vida, la Santa Madre Teresa de Jesús para animarnos a la oración
y estar escondidos con Cristo en Dios nos dice: «Mas esto del Señor (que sabe
su Majestad que, después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto), que me ha en ello de
ayudar» (V 18,8). La oración es la golosina del alma, es el oxígeno en
los pulmones, en la sangre de nuestras venas, es la caricia de Dios en nuestra
alma. Dice Santa Teresa de Jesús: «Queda el alma de esta oración y unión con
grandísima ternura, de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas
lágrimas gozosas. Hállase bañada de ellas sin sentirlo, ni saber cuándo ni cómo
las lloró; mas dale gran deleite ver aplacado aquel ímpetu de fuego con agua
que le hace más crecer» (V. 19,1).
En
la vida cristiana nos debería de suceder lo que nos dice el apóstol San Pablo «ese
Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde» porque nos
dejamos llevar por el Espíritu de Dios (SEGUNDA LECTURA San Pablo a los Romanos
8, 14-17). Hace unos días veía por la calle a una niña que tenía un berrinche
en medio de la calle y no quería acompañar a su madre. Su madre la tuvo que
coger por el brazo para llevarla a la fuerza. ¿Nos pasa lo mismo con el
Espíritu de Dios? ¿Nuestro espíritu también da berrinches por la calle como esa
niña o nos fiamos de las insinuaciones que Él nos proporciona en el alma por
medio de la oración?
Yo
no he visto a Cristo, pero sé que todo lo que Dios ha dicho lo ha cumplido, y
esta es mi esperanza, sabiendo que Cristo está presente porque Él mismo lo
prometió: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo» (EVANGELIO San Mateo 28, 16-20).
27
de mayo de 2018
domingo, 20 de mayo de 2018
Homilía de Pentecostés 2018
PENTECOSTÉS 2018, ciclo b
Cuando uno hace un corte trasversal
en el tronco de un árbol puede observar los diversos anillos de crecimiento.
Esos anillos nos hablan de su vida, del primer año de crecimiento, de las
épocas de lluvia y de sequía, las cicatrices ocasionadas por algún incendio.
Los árboles tienen memoria de lo experimentado y vivido.
Jesucristo resucitado, cuando se
hizo el encontradizo a esos dos discípulos desanimados y desalentados camino de
Emaús, hablando entre ellos de lo acontecido por aquel entonces en Jerusalén (cfr.
Lc 24, 13-35) les hizo una pregunta: «¿Qué
conversación es la que lleváis por el camino?». Jesucristo sabía
perfectamente lo que allí había acontecido, porque precisamente era Él el
principal implicado en los sucesos, pero Cristo deseaba que ellos le dijeran
cómo lo habían vivido. Que le mostrasen el fruto o resultado de lo sufrido, de
lo llorado, de las alegrías, de lo compartido y de lo rezado.
La vida personal y la vida
comunitaria tienen gran parecido a esos diversos anillos de crecimiento de los
árboles. Unos cristianos que rezan ya sea en soledad como en comunidad, que se
preocupan los unos de los otros porque les mueve el amor, cuando se van
acumulando experiencias pascuales en cada uno y en la misma comunidad, cuando
se da la comunión entre los hermanos… tanto ese cristiano como esa comunidad
cristiana hablan al mundo tal y como lo hace ese tronco cortado por la sierra.
Sin embargo nosotros no nos hacemos
a nosotros mismos, sino que es el «Señor y dador de vida» el que nos hace, aquel que «manda su luz desde el cielo», aquel que «infunde calor de vida en el hielo». Cristo nos dice: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Como dice
la Escritura, de lo más profundo de todo aquél que crea en mí brotarán ríos de
agua viva»
(Jn 7, 37-38). Por lo tanto Jesucristo nos está indicando que nos tenemos que
hidratar, que es necesario que bebamos de su agua. Porque ¿qué pasa si uno no
se hidrata del agua del Señor? Que muere deshidratado, que su matrimonio ‘hará
aguas por todas partes’; que ese noviazgo será muy mundano y allá casi ni
cuenta nada Dios; que uno no podrá llegar a descubrir cuál es la vocación que
el mismo Dios le tiene destinado, etc.
Pero también puede ser que uno se acerque al caño de
la fuente y en vez de beber empiece a jugar con el agua y a derramarlo por
todas partes. Esto de desperdiciar derramando el agua puede ocurrir a
cristianos que están físicamente dentro de la Iglesia, se han acostumbrado a
estar dentro pero no estando atentos a lo que el Espíritu de Dios quiere de
ellos. De otro modo ¿cómo se puede llegar a entender que un cristiano
‘practicante’ no pueda perdonar de corazón a un hermano y no rece por él? ¿Cómo
puede ser posible que un cristiano tenga apego al dinero y piense acumular
riquezas para uno mismo y no para Dios?
Una comunidad cristiana dirigida por el Espíritu Santo
es aquella que como resultado de todo lo vivido junto a Cristo Resucitado ha
descubierto que todo problema que no se tenga en cuenta la Palabra de Dios es
un problema sin resolver; ha descubierto que la indiferencia o el egoísmo
personal es algo que a uno le daña porque pierdes calidad en la relación con el
Señor; ha descubierto que con Dios todo se puede superar y ayuda a convertirnos
a Él porque todo forma parte de su historia de Salvación. Ha descubierto que la
comunidad no es algo, sino el encuentro con Alguien, con el Santo Espíritu del
Señor.
20 de mayo de 2018
domingo, 6 de mayo de 2018
Homilía del Domingo VI del Tiempo Pascual, ciclo b
DOMINGO VI DEL TIEMPO
PASCUAL, ciclo b
Resulta sorprendente cuando uno
escucha las conversaciones de algunas personas. Los unos preocupados por el
dinero que gastan y de lo poco que ganan. Los otros que organizan su día y
dejan otras cosas muy importantes para poder ver la retrasmisión del partido de
fútbol en la televisión o el poder jugar con los amigos. Les hay también de los
que están desando que llegue el fin de semana o las vacaciones para desconectar
de todo y desinhibirse haciendo cosas que no les llevan a ningún buen puerto.
También están los quejosos, a los que yo llamo ‘el enanito gruñón’ que siempre
están refunfuñando porque las cosas no salen como ellos desean y lo terminan
descargando y pagando con aquellos que le rodean. Cada cual tiene algo sobre lo
que va girando su vida y todo su quehacer. La vida de estos hombres se asemeja
a un pájaro que entra en una sala, de un par de vueltas y desaparece por la
ventana por donde anteriormente había entrado. La vida vivida así no tiene
sentido; es la vaciedad.
Hoy se nos relata cómo a uno de esos
hombres le ha cambiado totalmente la vida. El potente despertador de la Palabra
de Dios le ha hecho espabilar. Ese hombre tiene un nombre, Cornelio. Cornelio
está convencido que el mensaje que Pedro le va a comunicar es de capital
importancia para su vida y la de su familia. Para muchos cristianos de hoy por
hoy, de los que nos encontramos por la calle, o incluso de los que acuden a los
actos litúrgicos, no han llegado a descubrir la capital importancia del mensaje
de Cristo para su vida. Se dicen cristianos pero viven en realidad como paganos.
Se han amoldado a los criterios de este mundo y piden ayuda a Dios para que sus
cosas sean como ellos desean que sean. Por lo tanto no cabe la lucha interna ni
ese deseo que le mueve a uno a buscar la voluntad de Dios para poderla así
realizar.
Cornelio al escuchar y acoger el mensaje de Pedro se
dio cuenta de que todas las dificultades que tenía, que aquello que le impedía
amar de verdad a su esposa y a sus hijos, que aquel apego al dinero que tenía,
que aquellos afectos desordenados que le estaban torturando, que todo aquello
que le había hecho pasar noches sin dormir se puede superar confiando y
poniendo toda su vida en las manos de Cristo Jesús, el Señor. Se dio cuenta de
cómo la venganza solo crea insatisfacción cuando se realiza y de cómo el perdón
genera paz en el alma. Se dio cuenta de cómo trabajando con alma, corazón y
vida en esta tierra, mirando hacia lo alto para poder discernir sobre cuál es
la voluntad de Dios y suplicar la fuerza de lo alto y teniendo los brazos
tendidos para ayudar a todos los hombres, sus hermanos, era cómo él y los suyos
podían ser rescatados por el amor de Dios. Esto es la cruz, bien incrustada en
la tierra, mirando hacia lo alto y con ese tronco horizontal que abarca a toda la
humanidad en el abrazo fraterno del Padre Dios. Cornelio, como padre de
familia, se pondría de rodillas en su casa, ante sus hijos para rezar a Dios, a
lo que sus propios hijos reconocerían que su propio padre reconocía a una
autoridad divina y que le obedecía porque le amaba. Cornelio dejaría de tratar
ásperamente a su esposa, para tratarla como una igual, como alguien puesta en
su camino para amarla con todo su corazón para así amar a Cristo y santificarse
en el amor. Cornelio dejaría de ponerse nervioso cuando se aproximaba la hora
de irse a tomar unos vinos y así el poder frecuentar tanto esas tabernas donde
acababa más cargado de la cuenta de alcohol para olvidarse de sus problemas y
hacer lo que le daba la gana tratando bruscamente con aquellos con los que se
relacionaba. Cornelio dejaría de lado su comodidad, el estar tumbado en el sofá
o el realizar sus manías/rutinas para
ayudar a sus hijos en los deberes, para llevarles a la escuela, para hacer la
compra y ayudar en las tareas del hogar, empezaría a ir muriendo a sí mismo y a
su propia comodidad para que los otros puedan vivir. Cornelio descubriría que
esos hijos que tiene con su esposa no son de su propiedad, sino que son un
cometido que Dios le ha otorgado para que les eduque, les ame y les forme como
futuros cristianos. Cornelio sabía de la capital importancia que tenía aquellas
palabras de Pedro (PRIMERA LECTURA, Hechos de los
Apóstoles 10, 25-26. 34-35. 44-48).
Por eso en la epístola de San Juan (SEGUNDA LECTURA, 1º carta del Apóstol San Juan 4, 7-10)
nos dice que «en esto se
manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo
único, para que vivamos por medio de Él». Esto es
precisamente lo que Cornelio y toda su familia descubrieron, el vivir por medio
de Cristo poniendo a Cristo en el centro de todas sus aspiraciones. De ahí que
«el
Señor revela a las naciones su justicia» (SALMO
RESPONSORIAL, Sal. 97, 1. 2-3ab. 3cd-4).
De ahí que el Señor Jesús nos pide
que permanezcamos en su amor, porque Él mismo sabe que no es fácil, que es una
continua lucha, pero que contamos con su espíritu. Es como si uno estuviera en
el centro de un gran campo de futbol donde en las gradas de la izquierda
estuviera a rebosar de gente que te gritara que hicieras con tu vida lo que te
venga en gana, que para eso es tuya. Mientras que en las gradas de la derecha
solamente estuviera Cristo mirándote con ternura y con infinito amor. Esa
mirada con infinito amor de Jesucristo es la que nos da las fuerzas para
poderle ser fiel y así permanecer en su amor. (EVANGELIO,
San Juan 15, 9-17).
Palencia,
6 de mayo de 2018
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