sábado, 11 de agosto de 2018

Homilía del domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo b


HOMILÍA DEL DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Nos encontramos ante la dificultad de aquel que desea ser fiel al Señor. Uno desea vivir su vocación en fidelidad pero siente cómo la violenta ventisca y las fuerzas contrarias nos lo ponen muy difícil. Precisamente cuando uno pone interés en hacer bien las cosas es cuando más dificultades se nos presentan para que nos desalentemos. Y corremos el algo riesgo de llegar a creer que esa meta no la vamos a poder alcanzar y es mejor dejar de luchar.
Algo parecido le sucedió al bueno de Elías. Él deseaba hacer las cosas bien. Resulta que hay un rey llamado Ajab que era un mal bicho, siempre ofendiendo con su conducta al Señor. Y su esposa, la reina fenicia Jezabel era perecida a su esposo. Ajab y Jezabel eran los que gobernaban y por lo tanto con su modo de gobernar influían al pueblo de una manera negativa, ya que las creencias y los modos de proceder paganos se colaban por todos los rincones, tal y como ocurre con el agua de los pantanos cuando terminan llegando a nuestras casas por los grifos. El caso es que Elías, ni corto ni perezoso ‘la tuvo muy gorda con el rey’, una de esas broncas que pasan a la historia. La razón de la bronca era porque tanto Ajab como el pueblo actuaba como si Dios no existiera. A veces nosotros somos ese Ajab que nos creemos muy seguros de nosotros mismos y actuamos al margen de lo que Dios nos plantea, sobre todo porque lo que Dios nos plantea es más exigente. El caso es que Elías se enfadó tanto que le dijo al rey que no iba a llover en dos años, ni agua ni rocío. Elías tenía una idea un tanto idealizada de lo que debía de ser el pueblo y se encontró de bruces con la realidad, un pueblo que se dejaba llevar por cualquier ídolo o por cualquier forma de pensar y de actuar. Nosotros tenemos una idea de lo que es la vida consagrada, de lo que es el ministerio ordenado, de lo que es el matrimonio o el noviazgo… y nos encontramos ‘de bruces’ con la pobre realidad cuando lo estamos viviendo. El Demonio quiere que nos desalentemos, sin embargo Dios nos dice ‘ánimo, cuento contigo, adelante’.
El caso es que Elías les dijo que se les acabó el llover castigándoles con la sed. Probablemente Dios no estaría muy de acuerdo con el castigo que les había impuesto Elías porque le dijo que se fuera al oriente, a esconderse en el torrente Querit que está al este del Jordán. ¿Por qué el Señor mandó al profeta que fuera hacia el oriente? Porque Elías actuando y castigando por su cuenta al pueblo se había separado de la voluntad de Dios. Y era necesario que dirigiera sus pasos hacia oriente para encontrarse de nuevo con el Señor. Nuestro oriente es el sacramento de la reconciliación, nuestro oriente es la intimidad con el Señor en la oración, nuestro oriente es el nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo, etc. Y el Señor nos envía al oriente para purificarnos de nuestro mal proceder y retomar nuestra vocación viviéndola con la santidad que corresponde, actuando en el amor por Jesucristo. San Pablo a los Efesios nos lo dice: «Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor» (Ef 4, 30–5, 2). El Señor no se cansa de nosotros, sino que sana nuestras heridas.
Elías siente el peso del cansancio se sentó bajo una retama, y se deseó la muerte (1 Re 19, 4-8). Nosotros también sentimos el peso de ese cansancio, o ¿es que acaso no nos cuesta perdonar al otro aun sabiendo que uno tiene la razón? ¿Es que acaso estar abierto a la vida es algo fácil? ¿Es que acaso es sencillo posicionarse en cuestiones delicadas de moral ante amigos y conocidos que piensan distinto? ¿Es que acaso vivir un noviazgo lo más casto posible es algo que esté de moda en esta sociedad? ¿Es que acaso es algo sencillo ponerse a rezar el matrimonio con los hijos estando un poco tranquilos? ¿Es que estar pendiente de lo que tus hijos ven en la televisión teniendo que estar con ellos batallando es un plato de buen gusto?  
Y resulta que pasa el tiempo y la gente se interroga y te pregunta que por qué llevamos a nuestros hijos a la Eucaristía, que por qué seguimos eligiendo la clase de religión en la escuela, que por qué estas embarazada si ya tienes hijos, que por qué te metes en un convento de clausura o en un seminario, que por qué te vas a casar tan pronto, que por qué… ¿Es que acaso tú no eres igual que nosotros? Eso se lo dijeron a Jesús sus propios paisanos: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?» (San Juan 6, 41-52). Entonces, ¿por qué actúa así?  Fundamentalmente porque nos fiamos del Señor, porque en medio de nuestras debilidades, que son muchas, al alimentarnos de Cristo Pan de Vida, nos levanta de nuestro pesimismo, de nuestro agotamiento y nos anima aún en medio de nuestras miserias a seguir siéndole fiel y así, como dice la Escritura, nunca morir.

12 de agosto de 2018

sábado, 4 de agosto de 2018

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo b


Homilía del domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo b
         Todos, y aquí no se salva nadie, necesita comer. Es una necesidad que tiene toda persona. El comer no es una cosa de la que podamos prescindir. Otra cosa es ayunar para mortificarse por amor al Señor acordándonos de nuestros hermanos hambrientos. Y comidas hay muchas y de muchos tipos, tantos como clases de panes.
         Dependiendo del tipo de pan que comamos nos alimentaremos de una manera o de otra. El Demonio sabe que necesitamos comer para vivir, a lo que el maligno nos proporciona de su comida. Nos atiborra de todo aquello que él mismo sabe que no nos conviene pero que a él sí le interesa dárnoslo. Ese tipo de pan maligno nos envenena en la mente, en la voluntad y en el corazón. Es un pan que no quita el hambre, que no alimenta pero que engaña al estómago. Aquellos que se alimentan de este pan maldito deambulan por la vida siempre murmurando de los demás, echando a Dios las culpas de todo lo que les pasa, y hacen las cosas sin discernimiento, simplemente movidos por el propio interés. Los alimentados por este pan procedente del Demonio hace que pensemos que Dios no sabe lo que nosotros realmente necesitamos y de saberlo, no le da la gana dárnoslo. Nos dice el libro del Éxodo que «en aquellos días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto» (Éx 16, 2-4.12-15). El Demonio nos vende muy bien ese pan porque nos dice cosas como estas: ¿Por qué tienes que ser fiel a tu esposa teniendo a mujeres tan preciosas a tu propio alcance? ¿No te das cuenta cómo aún puedes estar con ellas sin que la bruja de tu mujer se entere? ¿Por qué vas a tener que estar toda la vida con la pesada de tu esposa cuando perfectamente puedes divorciarte e ir con esa que tanto te atrae? El Demonio nos ofrece ese pan envenenado pero presentándolo como muy delicioso. Ahora bien, el Demonio siempre ataca allá donde hay una promesa hecha ante Dios. Los esposos ante el Altar, en el día de su matrimonio se prometieron que iban a ser uno con una, fielmente y para siempre: Unidad o fidelidad e indisolubilidad.
         No olvidemos del pan envenenado que el Demonio intenta vender, y muchas veces lo puede llegar a conseguir, a los propios clérigos. El Demonio nos dice: ¿Ponte a ver esa película o serie que tanto te gusta y ya rezarás ese rollo de la Liturgia de las Horas? ¿Por qué vas a obedecer a ese obispo cuando tú mismo ves que él hace lo que le da la gana y nunca él te ha ayudado en nada? O el Demonio puede decir también a los clérigos: ¿Célibe?, anda, no luches contra eso y disfruta de los placeres de la carne que demasiado dura es ya la vida de por sí. Disfruta y no seas tonto o ¿es que acaso crees que esto del celibato se lo cree la gente?. El Demonio atenta contra las promesas hechas en la ordenación: el rezo la de la Liturgia de las Horas, la promesa de la obediencia al Obispo y a sus sucesores y el voto del celibato por el Reino de los Cielos. El Demonio nos da el pan del Infierno, el pan de la muerte, el pan del pecado que hace que nuestra hambre no se sacie y que estemos viviendo engañando al estómago.
         Por eso es muy importante lo que nos dice el Apóstol san Pablo: «Hermanos, esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la vaciedad de sus ideas (…). Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras» (Ef 4, 17.20-24). Si nos dejamos envenenar por el pan del Demonio la muerte es nuestro destino y seremos como troncos de árboles totalmente huecos por dentro, sin consistencia, sin discernimiento en las decisiones, sin libertad interna, sin amor en nuestros actos.
         Cristo es el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6, 24-35). Dice el Señor: «Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Todo aquel que se nutra de este pan divino irá adquiriendo la sabiduría que procede de lo alto. Gozará de un discernimiento a la hora de actuar con sabiduría buscando el amor que llena de gozo el corazón. Es verdad que el pan que Cristo no es tan dulce como el que ofrece el Demonio, ya que el Maligno siempre nos ofrece el placer y el gozo inmediato, sin embargo Cristo nos ofrece un pan amargo porque constantemente uno ha de morir a sí mismo para que el mundo pueda vivir y uno ser conducido a la Patria Celestial. ¿Es que acaso es fácil rechazar a una bella mujer que se le insinúa a uno –o viceversa- estando casado? ¿Es que acaso es fácil obedecer al obispo cuando te envía a un pueblo casi incomunicado? Recordemos la sentencia de San Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos: «Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras». Cuando recibimos el sacramento de la confirmación entramos a formar parte al ejército de los soldados de Cristo para luchar contra el pecado muriendo a nosotros mismos para que Cristo pudiera lucir en nuestras almas, y así poder ser hombres libres y herederos de la Vida Eterna.
         El Pan de Cristo es la Eucaristía, el Pan de Cristo es la Palabra de Dios, el Pan de Cristo son los diversos sacramentos que nos alimentan y nos nutren para que su presencia entre nosotros sea tan intensa que no dudemos en rechazar la tentación porque tenemos la esperanza cierta de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
         Ya que tenemos que comer, porque nuestro cuerpo y nuestra alma lo necesita clamemos a una sola voz: «Señor, danos siempre de este pan».



5 de agosto de 2018

sábado, 28 de julio de 2018

Homilía del domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo b


HOMILÍA DEL DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
            Dios nos pide que confiemos en Él por encima de todas las cosas. Eliseo, el discípulo de Elías, únicamente tenía veinte panes de cebada para que comieran cien personas. Los cálculos humanos nos aseguran que con eso no se pueden alimentar. [Lectura del Libro segundo de los Reyes 3, 42-44] Sin embargo, comieron y no se quedaron con hambre.
            Confiar en Dios no nos garantiza que las cosas salgan como nosotros habíamos planeado. Puedo estar suplicando a Dios día y noche por la curación de una persona, haciendo sacrificios y largos ayunos… y no conseguir su recuperación. ¿Acaso esto sería un motivo más que justificado para retirar nuestra confianza en Dios? No es un motivo, es una prueba de fidelidad al Señor porque Él es el que conduce la historia y lo que Él quiere no coincide con lo que nosotros deseamos. Sin embargo una cosa nos genera paz: Dios sabe lo que hace y lo que hace es sin duda lo mejor, aunque no lo entendamos y nuestros ojos se deshagan en lágrimas.
            Confiar en Dios es preocuparse de la formación y educación de los hijos, morir a uno constantemente para que el otro pueda vivir, amar con todo el corazón al esposo o a la esposa, rezar en familia, dar una palabra desde la fe por parte de los padres a los hijos y una palabra de fe compartida entre los esposos… es decir «aquí estoy Señor para hacer tu voluntad» en medio del cansancio acumulado, del sueño, de los dolores… siendo fiel a la vocación que Dios ha concedido. Y ¿si un hijo o una hija sale rebelde? ¿Por eso podríamos decir de algún modo que Dios nos ha fallado? ¿Por eso deberíamos de retirar nuestra confianza en Dios? Porque si uno ha cumplido con su parte, parece lógico que Dios cumpla con la suya haciendo que todo nos vaya bien.  Dios no es un seguro que nos garantice nuestra seguridad o nuestro bienestar.
            Hemos rezado en el Salmo Responsorial que «el Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente». [Sal 144, 10-11. 15-16. 17-18] Dios nos garantiza su presencia, lo que no está claro es que nuestras pretensiones se realicen conforme nosotros deseamos. Lo que nos corresponde es vivir conforme a la vocación a la que hemos sido llamados. [San Pablo a los Efesios 4, 1-6] Cualquier excusa nos puede parecer buena para poder tener una compensación cuando las cosas no nos van bien, y claro está, esa compensación no la buscamos en Dios. Por eso San Pablo nos dice: «Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz».
            Decía el criado de Eliseo que qué había él a hacer con veinte panes de cebada para dárselos a cien personas. Decía el discípulo Andrés a Jesús que había un muchacho que tenía cinco panes de cebada y un par de peces, pero que iban a hacer ellos con toda aquella grandísima multitud de personas. [San Juan 6, 1-15] A lo que yo os pregunto: ¿acaso con nuestras fuerzas, nuestros pecados y limitaciones, con nuestras capacidades y habilidades, -que son esos cinco panes y ese par de peces- podremos sacar adelante nuestra vocación –que es tanto como decir ‘el dar de comer a esa multitud’? No duden de que el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces es algo que constantemente Jesucristo está realizando tanto en tu vida como en la mía.

29 de julio de 2018

sábado, 9 de junio de 2018

Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario, ciclo b


HOMILÍA DEL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
            Hoy en la primera de las lecturas se nos habla del mayor de los dramas posibles: el pecado. Del mismo modo que el frío es la ausencia del calor, las injusticias, el hambre, los odios, las envidias, las guerras… es fruto de la ausencia de la gracia de Dios en nuestras vidas. Cuando se paseaba Dios por aquel jardín paradisiaco ya sabía de sobra lo que habían hecho esta pareja. Dios desea iniciar una conversación con ellos y por eso les busca. Dios desea escrutar el corazón de Adán y el de Eva. Y Dios después de escrutar esos corazones ¿qué es lo que encuentra?: la culpa la tiene el otro. Esa es la respuesta de Adán y la de Eva. La culpa la tiene el otro. Dice la Palabra: «El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?” Adán respondió: “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí». (PRIMERA LECTURA Génesis 3, 9-15).
            Si tuviera que contar las cantidades de veces que he escuchado, en el sacramento de la reconciliación, cosas como: mi esposa es insoportable, mi cuñada es una desagradecida, mi suegra me hace muchos desprecios, etc. Si los tuviera que contar estaría a estas alturas en unos cuantos centenares de veces. El Demonio conoce nuestro ‘talón de Aquiles’, nuestro particular punto débil. Como mi suegra no deja de hacerme desprecios pues soy indiferente ante ella, la ignoro totalmente. Y además, para demostrarse uno mismo de que está actuando bien –al mostrar la total indiferencia- uno se carga de argumentos tales como lo que ella me dijo o me hizo aquella vez, etc. A lo que el Demonio se frota las manos. Lo curioso de todo esto es que nosotros no nos estamos dando cuenta que en esa situación preciosamente el Señor está escrutando ese corazón. Cuando partamos de esta tierra peregrina para ir hacia la Eterna, y tengamos nuestro juicio particular ante Dios nos daremos cuenta de que, muchas veces hemos sido como marionetas del Demonio. Porque tan pronto como Dios nos pregunte sobre nuestro mal comportamiento y de nuestras altas dosis de faltas de caridad para con esa o esas personas no nos vale lo que ella nos haya hecho, porque eso le corresponde a ella defenderlo en su juicio particular y no a uno. No nos vale decir en mi juicio particular, ante Dios, que yo me comportaba así de mal porque ella era una desagradecida, una mal educada, una mala persona, dando a entender que mi comportamiento era malo por culpa de la otra persona, luego uno no tiene la culpa. Es lo mismo que hizo Adán al acusar a Eva; y es lo mismo que hizo Eva al acusar a la serpiente en el Paraíso.  
            Si nos creemos la Palabra y hacemos nuestro lo que dice San Pablo que «todo es para vuestro bien» (SEGUNDA LECTURA San Pablo a los Corintios 4, 13–5, 1) y que «una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria», nuestro modo de proceder y de pensar han de ser iluminados a la luz del amor del Señor. Dicho con otras palabras, ese hermano repelente, esa suegra insoportable, ese familiar desagradecido, ese conocido insufrible o ese vecino mal oliente, que no deja de incordiar, que estorba e incomoda…, de los que uno puede tener toda una batería de argumentos para ir contra ellos y así uno sentirse tranquilo al atacarles ya que uno lo entendería como algo que se hace ‘por legítima defensa’ están puestos ahí en tu vida por el mismo Dios. El problema no está en lo que ellos hagan o dejen de hacer, sino en la respuesta que uno da a esa situación que se le va planteando.
            Cuando estemos en ese juicio personal ante Dios, de nada nos valdrá sacar toda esa batería de quejas por el modo de cómo las otras personas se compartan con uno, ya que el Señor nos quitará el turno de la palabra ya que eso no le importa a Él, ya que ahora está con uno y no con el otro. El Señor te preguntará por si has crecido en la calidad en tu amor a ese hermano tuyo, te preguntará si en esa lucha interna que has sostenido si has formado parte de los soldados del ejército del Espíritu Santo o de los soldados esbirros de Satanás. El Señor te preguntará si has hecho tuyo lo que reza el Salmo: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra» (SALMO RESPONSORIAL Sal. 129, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8.) o no te has tomado la molestia de esperar en el Señor porque ya habías decidido hacer las cosas al margen de Dios.
En los gimnasios hay de estas máquinas para hacer deporte que consisten en subir peldaños. Pero no todos los peldaños se suben con igual facilidad o agilidad, ya que se puede regular la intensidad del mismo ejercicio usando de una palanca. Si la palanca está graduada a un nivel máximo… uno suda tinta para ir subiendo escalones porque tienes que hacer más fuerza con todo el cuerpo. O no es lo mismo una carrera con obstáculos con tan solo unas pocas vallas para saltar que con muchas para saltar… el cansancio es mayor y el esfuerzo bastante superior. Hay personas que tienen la habilidad de hacer a uno la vida más complicada y desagradable, pero no olvidemos que, cuando el Señor escruta nuestra alma, lo que Él valorará es la respuesta personal que uno da en el amor, no como el otro se porte con uno.
Jesucristo expulsa nuestros particulares demonios con el poder del dedo de Dios (EVANGELIO  San Marcos 3, 20-35), pidiéndonos que en esta lucha contra el Demonio estemos enteramente y sin condiciones al lado de Dios. Con Jesucristo alcanzar la Gloria es posible, porque la fuerza procede de lo alto, así seremos buenos hijos de tan gran y buen Padre.

sábado, 26 de mayo de 2018

Homilía del Domingo de la Santísima Trinidad, ciclo b


LA SANTÍSIMA TRINIDAD, Ciclo B
            Dios ha elegido a un pueblo de entre los pueblos para hacer con ellos una alianza de amor. El pueblo pasa revista a los grandes acontecimientos que ellos han vivido, gozado o padecido, acontecimientos que les ha ido dando una identidad, una historia, una nota de excelencia frente a dos demás pueblos. Y se dan cuenta de si el Señor no hubiera estado de su parte ni siquiera serían un borroso recuerdo. El pueblo cuando pasa por el corazón y por la memoria todo lo vivido es cuando ellos proclaman ‘el credo’. No van a decir si la voz de Dios es aguda, si es alto o delgado, si tiene panza o está musculoso... en primer lugar porque Dios es Dios y nosotros sólo criaturas con una mente y un amor limitado. El ‘credo que ellos hacen’ es resultado de lo que ellos han descubierto en los avatares de su existencia.
            Este pueblo elegido en su particular ‘credo’ tiene en su haber aquellos acontecimientos históricos que quisieron recorrerlos al margen de Dios. Esta situación se asemeja a una persona que al andar pisa mal desgastando antes una determinada parte del zapato que el del resto, ya sea el tacón, la puntera o la suela del calzado. O de aquel que a causa del dolor de una rodilla tiende a dejar caer todo el peso en la otra rodilla, terminando dañando la buena y la propia cadera. O ese padre o madre de familia que intenta estar muy entretenido fuera de casa –con reuniones, en el trabajo, con sus amigos, en sus hobbies o entretenimientos- para estar poco tiempo en casa porque ahí ni se encuentra querido ni aceptado. Y sin embargo en todos los acontecimientos Dios se manifiesta. Dice Moisés al pueblo israelita: «¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?» (PRIMERA LECTURA Deuteronomio 4, 32-34. 39-40).El fuego es lo que quema, lo que purifica, lo que genera dolor para que nos podamos sanar. Dios nos habla también en medio de ese fuego.
Hacemos nuestras las palabras del Salmo Responsorial «nosotros guardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo» (Sal. 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 R) Y le aguardamos porque en este mundo nadie realmente nos auxilia y porque los escudos que aquí se nos proporcionan son de pésima calidad, cualquier flecha los puede atravesar.
Si estamos resguardados en Cristo, ahí escondidos con Él en ese diálogo con aquel que sabemos que nos ama, bebiendo de la fuente de agua viva de su Sabiduría para tener el don del discernimiento para afrontar como cristianos la vida. En el Libro de la Vida, la Santa Madre Teresa de Jesús para animarnos a la oración y estar escondidos con Cristo en Dios nos dice: «Mas esto del Señor (que sabe su Majestad que, después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto), que me ha en ello de ayudar» (V 18,8).  La oración es la golosina del alma, es el oxígeno en los pulmones, en la sangre de nuestras venas, es la caricia de Dios en nuestra alma. Dice Santa Teresa de Jesús: «Queda el alma de esta oración y unión con grandísima ternura, de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas lágrimas gozosas. Hállase bañada de ellas sin sentirlo, ni saber cuándo ni cómo las lloró; mas dale gran deleite ver aplacado aquel ímpetu de fuego con agua que le hace más crecer» (V. 19,1).
En la vida cristiana nos debería de suceder lo que nos dice el apóstol San Pablo «ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde» porque nos dejamos llevar por el Espíritu de Dios (SEGUNDA LECTURA San Pablo a los Romanos 8, 14-17). Hace unos días veía por la calle a una niña que tenía un berrinche en medio de la calle y no quería acompañar a su madre. Su madre la tuvo que coger por el brazo para llevarla a la fuerza. ¿Nos pasa lo mismo con el Espíritu de Dios? ¿Nuestro espíritu también da berrinches por la calle como esa niña o nos fiamos de las insinuaciones que Él nos proporciona en el alma por medio de la oración?
Yo no he visto a Cristo, pero sé que todo lo que Dios ha dicho lo ha cumplido, y esta es mi esperanza, sabiendo que Cristo está presente porque Él mismo lo prometió: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (EVANGELIO San Mateo 28, 16-20).


27 de mayo de 2018

domingo, 20 de mayo de 2018

Homilía de Pentecostés 2018


PENTECOSTÉS 2018, ciclo b
            Cuando uno hace un corte trasversal en el tronco de un árbol puede observar los diversos anillos de crecimiento. Esos anillos nos hablan de su vida, del primer año de crecimiento, de las épocas de lluvia y de sequía, las cicatrices ocasionadas por algún incendio. Los árboles tienen memoria de lo experimentado y vivido.
            Jesucristo resucitado, cuando se hizo el encontradizo a esos dos discípulos desanimados y desalentados camino de Emaús, hablando entre ellos de lo acontecido por aquel entonces en Jerusalén (cfr. Lc 24, 13-35) les hizo una pregunta: «¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?». Jesucristo sabía perfectamente lo que allí había acontecido, porque precisamente era Él el principal implicado en los sucesos, pero Cristo deseaba que ellos le dijeran cómo lo habían vivido. Que le mostrasen el fruto o resultado de lo sufrido, de lo llorado, de las alegrías, de lo compartido y de lo rezado.
            La vida personal y la vida comunitaria tienen gran parecido a esos diversos anillos de crecimiento de los árboles. Unos cristianos que rezan ya sea en soledad como en comunidad, que se preocupan los unos de los otros porque les mueve el amor, cuando se van acumulando experiencias pascuales en cada uno y en la misma comunidad, cuando se da la comunión entre los hermanos… tanto ese cristiano como esa comunidad cristiana hablan al mundo tal y como lo hace ese tronco cortado por la sierra.
            Sin embargo nosotros no nos hacemos a nosotros mismos, sino que es el «Señor y dador de vida» el que nos hace, aquel que «manda su luz desde el cielo», aquel que «infunde calor de vida en el hielo». Cristo nos dice: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Como dice la Escritura, de lo más profundo de todo aquél que crea en mí brotarán ríos de agua viva» (Jn 7, 37-38). Por lo tanto Jesucristo nos está indicando que nos tenemos que hidratar, que es necesario que bebamos de su agua. Porque ¿qué pasa si uno no se hidrata del agua del Señor? Que muere deshidratado, que su matrimonio ‘hará aguas por todas partes’; que ese noviazgo será muy mundano y allá casi ni cuenta nada Dios; que uno no podrá llegar a descubrir cuál es la vocación que el mismo Dios le tiene destinado, etc.
Pero también puede ser que uno se acerque al caño de la fuente y en vez de beber empiece a jugar con el agua y a derramarlo por todas partes. Esto de desperdiciar derramando el agua puede ocurrir a cristianos que están físicamente dentro de la Iglesia, se han acostumbrado a estar dentro pero no estando atentos a lo que el Espíritu de Dios quiere de ellos. De otro modo ¿cómo se puede llegar a entender que un cristiano ‘practicante’ no pueda perdonar de corazón a un hermano y no rece por él? ¿Cómo puede ser posible que un cristiano tenga apego al dinero y piense acumular riquezas para uno mismo y no para Dios?
Una comunidad cristiana dirigida por el Espíritu Santo es aquella que como resultado de todo lo vivido junto a Cristo Resucitado ha descubierto que todo problema que no se tenga en cuenta la Palabra de Dios es un problema sin resolver; ha descubierto que la indiferencia o el egoísmo personal es algo que a uno le daña porque pierdes calidad en la relación con el Señor; ha descubierto que con Dios todo se puede superar y ayuda a convertirnos a Él porque todo forma parte de su historia de Salvación. Ha descubierto que la comunidad no es algo, sino el encuentro con Alguien, con el Santo Espíritu del Señor.


20 de mayo de 2018

domingo, 6 de mayo de 2018

Homilía del Domingo VI del Tiempo Pascual, ciclo b


DOMINGO VI DEL TIEMPO PASCUAL, ciclo b
            Resulta sorprendente cuando uno escucha las conversaciones de algunas personas. Los unos preocupados por el dinero que gastan y de lo poco que ganan. Los otros que organizan su día y dejan otras cosas muy importantes para poder ver la retrasmisión del partido de fútbol en la televisión o el poder jugar con los amigos. Les hay también de los que están desando que llegue el fin de semana o las vacaciones para desconectar de todo y desinhibirse haciendo cosas que no les llevan a ningún buen puerto. También están los quejosos, a los que yo llamo ‘el enanito gruñón’ que siempre están refunfuñando porque las cosas no salen como ellos desean y lo terminan descargando y pagando con aquellos que le rodean. Cada cual tiene algo sobre lo que va girando su vida y todo su quehacer. La vida de estos hombres se asemeja a un pájaro que entra en una sala, de un par de vueltas y desaparece por la ventana por donde anteriormente había entrado. La vida vivida así no tiene sentido; es la vaciedad.
            Hoy se nos relata cómo a uno de esos hombres le ha cambiado totalmente la vida. El potente despertador de la Palabra de Dios le ha hecho espabilar. Ese hombre tiene un nombre, Cornelio. Cornelio está convencido que el mensaje que Pedro le va a comunicar es de capital importancia para su vida y la de su familia. Para muchos cristianos de hoy por hoy, de los que nos encontramos por la calle, o incluso de los que acuden a los actos litúrgicos, no han llegado a descubrir la capital importancia del mensaje de Cristo para su vida. Se dicen cristianos pero viven en realidad como paganos. Se han amoldado a los criterios de este mundo y piden ayuda a Dios para que sus cosas sean como ellos desean que sean. Por lo tanto no cabe la lucha interna ni ese deseo que le mueve a uno a buscar la voluntad de Dios para poderla así realizar.
Cornelio al escuchar y acoger el mensaje de Pedro se dio cuenta de que todas las dificultades que tenía, que aquello que le impedía amar de verdad a su esposa y a sus hijos, que aquel apego al dinero que tenía, que aquellos afectos desordenados que le estaban torturando, que todo aquello que le había hecho pasar noches sin dormir se puede superar confiando y poniendo toda su vida en las manos de Cristo Jesús, el Señor. Se dio cuenta de cómo la venganza solo crea insatisfacción cuando se realiza y de cómo el perdón genera paz en el alma. Se dio cuenta de cómo trabajando con alma, corazón y vida en esta tierra, mirando hacia lo alto para poder discernir sobre cuál es la voluntad de Dios y suplicar la fuerza de lo alto y teniendo los brazos tendidos para ayudar a todos los hombres, sus hermanos, era cómo él y los suyos podían ser rescatados por el amor de Dios. Esto es la cruz, bien incrustada en la tierra, mirando hacia lo alto y con ese tronco horizontal que abarca a toda la humanidad en el abrazo fraterno del Padre Dios. Cornelio, como padre de familia, se pondría de rodillas en su casa, ante sus hijos para rezar a Dios, a lo que sus propios hijos reconocerían que su propio padre reconocía a una autoridad divina y que le obedecía porque le amaba. Cornelio dejaría de tratar ásperamente a su esposa, para tratarla como una igual, como alguien puesta en su camino para amarla con todo su corazón para así amar a Cristo y santificarse en el amor. Cornelio dejaría de ponerse nervioso cuando se aproximaba la hora de irse a tomar unos vinos y así el poder frecuentar tanto esas tabernas donde acababa más cargado de la cuenta de alcohol para olvidarse de sus problemas y hacer lo que le daba la gana tratando bruscamente con aquellos con los que se relacionaba. Cornelio dejaría de lado su comodidad, el estar tumbado en el sofá o el realizar sus  manías/rutinas para ayudar a sus hijos en los deberes, para llevarles a la escuela, para hacer la compra y ayudar en las tareas del hogar, empezaría a ir muriendo a sí mismo y a su propia comodidad para que los otros puedan vivir. Cornelio descubriría que esos hijos que tiene con su esposa no son de su propiedad, sino que son un cometido que Dios le ha otorgado para que les eduque, les ame y les forme como futuros cristianos. Cornelio sabía de la capital importancia que tenía aquellas palabras de Pedro (PRIMERA LECTURA, Hechos de los Apóstoles 10, 25-26. 34-35. 44-48).
            Por eso en la epístola de San Juan (SEGUNDA LECTURA, 1º carta del Apóstol San Juan 4, 7-10) nos dice que «en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él». Esto es precisamente lo que Cornelio y toda su familia descubrieron, el vivir por medio de Cristo poniendo a Cristo en el centro de todas sus aspiraciones. De ahí que «el Señor revela a las naciones su justicia» (SALMO RESPONSORIAL, Sal. 97, 1. 2-3ab. 3cd-4).
            De ahí que el Señor Jesús nos pide que permanezcamos en su amor, porque Él mismo sabe que no es fácil, que es una continua lucha, pero que contamos con su espíritu. Es como si uno estuviera en el centro de un gran campo de futbol donde en las gradas de la izquierda estuviera a rebosar de gente que te gritara que hicieras con tu vida lo que te venga en gana, que para eso es tuya. Mientras que en las gradas de la derecha solamente estuviera Cristo mirándote con ternura y con infinito amor. Esa mirada con infinito amor de Jesucristo es la que nos da las fuerzas para poderle ser fiel y así permanecer en su amor. (EVANGELIO, San Juan 15, 9-17).



Palencia, 6 de mayo de 2018

sábado, 28 de abril de 2018

Homilía del Domingo V del Tiempo Pascual, ciclo b


DOMINGO V del tiempo Pascual, ciclo b
            En la Plegaria Eucarística segunda, después de la Consagración, el presbítero se dirige a Dios Padre y le dice: «te damos gracias
porque nos haces dignos de servirte en tu presencia
». Es decir, que aquí los méritos personales que hayamos podido alcanzar, los años que estemos en la Iglesia o el cúmulo de mortificaciones y sacrificios que tengamos no nos valen para estar ahora en la Eucaristía en la presencia de Dios. Porque ahora estamos en la presencia de Dios y Dios, nos escruta el corazón. Quien nos hace dignos de estar ahora aquí, en la Eucaristía, es el propio Dios. Nosotros no somos nada ante Dios y lo que somos es porque Él generosamente nos lo entrega.
            Si el Espíritu Santo es el que me habilita para poder ser digno de servir a Dios en su presencia y a mi hermano también le habilita para que también le sirva en su presencia, ¿quién soy yo para desconfiar de mi hermano? ¿De dónde surgen mis resistencias a la hora de amarle? Los discípulos, nos cuenta la primera de las lecturas (Hechos de los Apóstoles 9, 26-31), desconfiaban de Pablo. Se acordaban de la saña con la que perseguía a los cristianos y ellos no se fiaban de él. Ellos se podían pensar «aquí tenemos un topillo que quiere conocernos para destruirnos desde dentro». A lo que es el propio Bernabé quien les da una catequesis de cómo Jesucristo resucitado actúa en la vida de las personas, en este caso en la vida de Pablo. Posteriormente lo proclamará el propio Pablo sobre cómo Dios «os ha hecho dignos de compartir la herencia de los creyentes en la luz. Él es el que nos arrancó del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado, de quien los viene la liberación y el perdón de los pecados» (Col 1, 12-14).
            Cuando los sarmientos estamos unidos a la vid seremos capaces de disfrutar de una realidad oculta para el resto los hombres, pero reservada para los amigos del Señor (San Juan 15, 1-8). Recordemos lo que nos dice el Señor Jesús, «seréis mis amigos», estaréis a mi lado, estaréis unidos a mí… «si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 14). Es decir, seremos sus amigos siempre que desobedezcamos al mundo y a sus pasiones. Nuestro pensamiento debe de estar orientado hacia allí donde está nuestro tesoro, Cristo.  Seremos sus amigos, nosotros los sarmientos estaremos unidos a la vid que es Cristo siempre que diariamente recibamos la dosis del Espíritu Santo que se nos regala en la oración, siempre que desahoguemos nuestra alma ante el Señor, siempre que le pidamos de aquella Sabiduría que le asiste en su divino trono… Y yo no sé cómo lo hará Dios, ni cómo se irá apañando, pero en ese trato frecuente con Él uno va ascendiendo peldaños, descubriendo más su amor y a dar a cada cosa la importancia real que debe de tener. Nos dice el Santo Cura de Ars «hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios» y sigue diciéndonos «hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido» (De una catequesis sobre la hermosa obligación del hombre: orar y amar).
            Y de ese corazón que se va ensanchando en ese encuentro diario con el Señor, en ese recibir la dosis diaria del Espíritu Santo, en esa obediencia a la Palabra ese amor cristiano uno lo concreta en hechos (Primera carta del Apóstol San Juan 3, 18-24). Nuestra obediencia nace de esa especial vinculación con Jesús. A más vinculación se dará una mayor capacidad y disposición de darnos en el perdón y en el amor.