lunes, 1 de agosto de 2016
domingo, 31 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C 31 de julio de 2016
Alguna vez he oído decir a padres
que ellos darían todos los bienes que ellos tienen con tal que su hijo recupere
la salud. Nos pensamos que nuestras riquezas son como un seguro de protección
ante eventuales desgracias, de tal modo que nos ponemos bajo su amparo, pedimos
su protección que es tanto como rendirlos culto. Tal y como hacían los paganos
con sus dioses antiguos, se les ofrece incienso y sacrificios para obtener su
protección. Es curioso porque es tanto
como pensar que con mi propio trabajo, con el dinero que yo gano marco mi
propio ritmo de vida, voy gestando -como un niño en el seno materno- mi
particular universo; compro lo que quiero comprar, viajo donde .quiero viajar,
se ama como se desea amar…. A mayor dinero y afectos adquiridos mayor capacidad
de autonomía se va adquiriendo y se va marcando las propias normas de vida
conforme a lo que uno considera importante. Y a este universo que uno mismo
se ha creado se le ha dado unas leyes de funcionamiento donde lo bueno o lo
malo queda a expensas del agrado o desagrado del interesado. Los hijos que se
tengan dentro de la convivencia se van a ir nutriendo de lo que ellos mismos
vean y asumirán como algo normal ese particular universo que han heredado. Han
heredado un espectacular castillo de naipes, pero ellos aún no lo saben.
Se creen seguros en ese particular
barco donde guardan en su camarote todas sus riquezas, posesiones, afectos y
seguridades. Sin saber cómo, de un modo repentino todo empieza a arder, las
bodegas se inundan de agua y el barco naufraga en medio del océano sin poder
hacer nada por evitarlo. ¿Qué provecho sacas ahora de todo lo que tienes? Uno
empieza a buscar desesperadamente una tabla de salvación, un chaleco salvavidas
y uno se arrepiente porque más de una vez se le había ofrecido y mil veces lo
rechazó, porque en ese universo creado por ese hombre Dios no tuvo la más
mínima cabida. «Vanidad de vanidades,
dice Qohélet, todo es vanidad» nos recuerda el libro del Eclesiastés.
Dios actúa en lo cotidiano. Sin
embargo uno se acostumbra a lo cotidiano, a lo que acontece cada día y pasamos
por alto las acciones maravillosas del Señor. Nos decimos cristianos pero
nuestro proceder es de paganos. No soy cristiano porque acuda a un culto
cristiano. Soy cristiano porque he sido
bautizado y porque quiero vivir del espíritu de Cristo resucitado. Nos dice
San Pablo en la segunda de las lecturas a los colosenses: «Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios».
¿Tengo experiencia de la exigencia que supone vivir del espíritu de Cristo
resucitado? ¿Podrías tú hablar de los
frutos conseguidos en tu vida por haber vivido del espíritu de Cristo
resucitado? No se ustedes, pero yo percibo con mayor intensidad los frutos
de aquellos que viven las normas de su particular universo. En la iglesia nos
alegramos de que los niños asistan a las catequesis de primera Comunión o de
confirmación, o que los novios acudan a los cursillos prematrimoniales. Sin
embargo entran en las catequesis como paganos y salen como paganos porque se
limitan a cumplir con la ley (acudir a unas reuniones mas o menos entretenidas)
y no se arriesgan a vivir en el espíritu
de Cristo resucitado, o bien porque aquellos que deberían de introducirles
no saben, no pueden o tal vez porque ellos mismos aún ni lo han descubierto, y
un ciego ¿cómo puede guiar a otro ciego?
San Pablo nos está hablando de ser
hombres nuevos en Cristo. Es más, nos dice lo siguiente: «Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de
la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar
a conocerlo». Es decir que ni yo ni
nadie puede decir que es cristiano si actúo y pienso como un pagano. Si un
creyente se acerca a la Eucaristía y no está dispuesto a perdonar y a rezar por
los que le odian está siendo un mal cristiano y un ejemplo lamentable para
todos. Si uno se dice cristiano pero no defiende la moral de la Iglesia está
siendo un ejemplo dañino para muchos. Nadie puede ser cristiano y vivir con
posturas relativistas del 'todo depende de cómo se mire'. Esto genera un
conflicto sin precedentes en nuestra alma. Dice Jesucristo: «El vino nuevo se echa en odres nuevos»
(Mt 9, 17).
Nadie puede vivir su ser cristiano
si se mueve conforme a sus propias normas de vida, en donde uno establece lo
que está bien o mal, apetece o no apetece. Cristo es la medida de todas las
cosas y nosotros le obedecemos. Nosotros no somos la medida de todas las cosas,
es Cristo.
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sábado, 23 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XVII
DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
Génesis
18, 20-32
Salmo
137
Colosenses
2, 12-14
Lucas
11, 1-13
En
el pasado cuando veían años de sequía los agricultores lo pasaban bastante mal
porque en ese año de ‘vacas flacas’ el pan y el alimento iba a escasear. Hace
muy pocos días, cuando fui a comprar el pan en uno de los tantos despachos de
la capital, estaba la tendera que ‘echaba humo’ porque una mujer –que antes
había sido una clienta habitual y que en la actualidad esta en paro y con una
niña de seis años- le debía 72 euros. Además, seguía refunfuñando porque esa
misma mañana, su hija pequeña mandada a hacer ese recado por su madre, había
ido a esa tienda a por barras de pan y huevos y la tendera se los negó. Unos
clientes habituales que habían pagado siempre ‘religiosamente’, ahora que están
atravesando una época de ‘vacas flacas’ son mirados con sospecha negándolos ese
pan y esos huevos. Duele y mucho al constatar que cuando el dinero escasea
empiezan a surgir el rechazo, la marginación, el hambre y la igualdad se
destroza en mil y un añicos. Es verdad que hay que tener muchas alturas de
miras, una sólida espiritualidad y muchas veces pasar como ingenuo o como
‘tonto’, aun sabiendo que te pueden engañar, para poder paliar el hambre de
esos hermanos nuestros y así conseguir una sonrisa de nuestro Padre del Cielo.
¿Qué interés tenía Abrahán en las ciudades
de Sodoma y Gomorra? ¿A caso tenía tierras,
casas, ganados o comercios allí y por esos intereses personales se
empeñaba en salvar esas ciudades? Cuando escasea el dinero enseguida nos
alertamos porque vemos peligrar nuestras seguridades, porque nos sentimos a
expensas de los temores y nos van apartando de la dinámica de las cosas
cotidianas como pueden ser comprar el pan, pagar la luz, hacer frente a la
cuota de la comunidad de vecinos, comprar los libros de texto de los niños o
incluso esa medicina que es necesaria pero a la que ya no se puede adquirir. Sin
embargo, cuando nuestra alma está sufriendo una pertinaz sequía por no rezar
las cosas parecen que van normales sin producirse ningún cambio que genere
desestabilidad. Pero no engañemos, sólo
hay apariencia de normalidad. En Sodoma y en Gomorra se había tomado la
decisión de expulsar a Dios de sus vidas y con sus hechos constataban que no
querían ni hablar de Dios. Los habitantes de Sodoma y Gomorra tenían puesto su
corazón en el dinero, en la lujuria, en el desenfreno, en todo tipo de apetitos
desordenados. Las consecuencias de su actuación fue su propia perdición.
A corto y mediano plazo
estarían todos muy contentos ya que el pecado tiene su dosis que lo hace
atractivo y ser deseado. Pero va originando la dinámica de un desorden interno
que al convivir con ello se ve como algo normal, acostumbrándote a estar sin lo
divino, que te envenena poco a poco
pervirtiendo el entendimiento y el corazón. Uno de los problemas muy serios
que esto acarrea es que cuando hay colectivos numerosos de personas que tienen
pervertidos el entendimiento y el corazón pretenden dar un paso más: normalizar
esa situación para que sea entendido y concebido como algo normal y con un
derecho reconocido. Esta era precisamente Sodoma y Gomorra. Y en todo este
contexto de perdición y pecado, el bueno de Abrahán ¿qué pinta aquí? Le
encontramos rezando, intercediendo ante Dios por esos pueblos pecadores. En mitad de estos pueblos impíos Abrahán hace presente a Dios con su oración.
Como si fuera en medio del bosque en una noche totalmente oscura, él aparece
con una vela que de algún modo rompe con la soberanía de las tinieblas. En
medio de esa tierra reseca sin Dios, Abrahán lo riega con su oración
permitiendo la salvación de aquellos que quisieron salvarse: Lot y su familia.
Nosotros
estamos llamados a seguir el ejemplo de Abrahán rezando en medio de este pueblo
para así hacer presente a Cristo y
que su nombre sea escuchado y jamás sea silenciado, y así Dios se pueda hacer
presente ante esta gente que se empeña en ignorarlo.
Jesucristo
hoy nos dice: «Pedid y se os dará, buscad
y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que
busca halla, y al que llama se le abre». En la oración se experimenta «la amistad con que Dios
nos trata», tal y como nos dice
Santa Teresa de Jesús en Camino. De tal modo que la oración potencia, dinamiza,
libera, desata la capacidad de entrega y de donación. Abre con fuerza
irresistible a los caminos del amor. El amor está llamado a ser creativo, a ir
abriendo nuevas veredas en la hierba y en los arbustos que pisada tras pisada
de uno y cientos de caminantes van marcando esa nueva ruta. El estar con Cristo
en la oración nos abre el entendimiento y me urge a obrar con un estilo de
amor. Recordemos lo que nos dice Santa Teresa de Jesús: «El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se
hacen».
Si yo no estoy regado con
el agua que me ofrece Cristo en la oración ¿cómo voy a poder dar esas barras de
pan y esa docena de huevos a esa niña pequeña? Si quito a Cristo de mi vida
sólo veré a una pedigüeña y aprovechada, que esto era en el fondo lo que estaba
viendo esa tendera de la panadería.
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sábado, 16 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C 17 de julio de 2016
Cuando uno llega a descubrir el amor
que le tiene Cristo se siente en deuda
para con todos. En un primer momento Abrahán sólo reconoció en esos
visitantes a tres huéspedes humanos, a tres personas que fueron recibidos con
una magnífica hospitalidad. Nos cuenta la Palabra que «Abrahán, en cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de su
tienda. Esto es una consecuencia de
alguien que se sostiene en la Palabra de Dios. Sin embargo, todos tenemos
'daños colaterales' causados por nuestro pecado que nos demuestra que no nos
sostenemos en la Palabra de Dios. El tiempo trascurre y las rutinas nos van
'como domesticando', sin darnos cuenta nos vamos enfriando en el trato personal
y fraterno creyendo que el leño que echamos hace tiempo en la hoguera aún se
está consumiendo generando ese calor; y de ese leño sólo quedan las cenizas. Al
no sostenernos en la Palabra de Dios cumplimos con los deberes asumidos,
asistimos a lo que tenemos que asistir pero
no reina ese espíritu de lo divino en nuestras relaciones humanas. Y como
una herida mal curada se genera un callo, acostumbrándonos a la ausencia de lo
trascendente en medio de lo cotidiano. Abrahán sí se sostenía en la Palabra y
de ahí que pudiera disfrutar del carácter divino de esas tres personas que se
hospedaron en su tienda aquel día tan caluroso.
Como bautizados que somos llevamos
muchos años en las parroquias y en las diversas comunidades. Y cuando hacemos
nuestras revisiones anuales o cuando compartimos se carece de esa fuerza que genera la comunión que nos trae el Espíritu
Santo. Podemos estar mil años juntos, pero no haber entrado en la dinámica gozosa de la comunión entre nosotros.
Que un hermano sufre, todos sufrimos con él, que un hermano llora, todos
lloramos con él. En palabras de San Pablo: «¿Qué
un miembro sufre? Todos los miembros sufrimos con él. ¿Qué un miembro es
agasajado? Todos los miembros comparten su alegría» (1 Cor 12, 26). Es en
estos casos cuando uno descubre la presencia real de lo divino en las
relaciones humanas cotidianas, tal y como sucedían con los antiguos aventureros
que acudían en masa a los ríos para cribar el agua y así encontrar entre tanta
piedrecita las ansiadas pepitas de oro.
El mundo necesita ver que nos
amamos, que estamos como inmersos en esa dinámica de lo divino donde nadie es extraño,
sino que se participa ya aquí y ahora de esa comunión de los santos en el que
el otro es como si fuera una prolongación de mi propio yo porque Cristo está ahí
en medio, actuando y manifestando la fuerza de su obrar.
Muchos han sido bautizados en la
Iglesia y actúan como auténticos paganos, por eso es tan importante que nos
esforcemos en ese proceso de conversión personal, que nos dejemos sostener por la Palabra divina, para poder llegar a
ser, con la fuerza del Todopoderoso, como ese
faro encendido puesto en lo alto del acantilado que oriente hacia Cristo a
tantos bautizados desorientados. San Pablo desea que «todos lleguen a la madurez en su vida cristiana» (Col 1, 28). Nacemos
y crecemos en la Iglesia y las diversas experiencias de lo divino que vayamos
adquiriendo nos irá ayudando a aceptar las limitaciones de nuestros hermanos,
reconociendo las propias, dándonos cuenta que si esto sale adelante es porque
Dios está en medio de nosotros.
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viernes, 1 de julio de 2016
Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C
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Tiempo Ordinario Ciclo C
sábado, 11 de junio de 2016
Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XI DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo C
12 de junio de 2016
En las lecturas de hoy, el Señor nos
muestra los efectos corrosivos del pecado. Todo parece empezar con un 'tu tranquilo, que yo controlo', 'todos lo hemos hecho o lo hacemos' o el
famoso 'yo sé lo que me hago'. O sea,
el anzuelo está puesto en la caña de pescar y la caña ya está dispuesta para capturar a su presa. Y como somos tan
poco inteligentes empezamos a tontear con el anzuelo hasta que lo mordemos.
Resulta curioso, somos más frágiles que unas vasijas de barro y nos creemos más
resistentes que el mejor de los aceros. La soberbia nos impide reconocer y ser
coherentes con nuestra propia realidad. ¿Conocen a alguien que se le ocurra
emplear como martillo una pieza fina de porcelana? Pues hermanos, nosotros lo
hacemos con nuestra vida.
En la primera de las lecturas nos encontramos al
rey David que está siendo que está siendo severamente reprendido por el profeta
Natán. Nos cuenta la Sagrada Escritura (2 Sm 12,1) que «el Señor envió al profeta Natán, que se presentó a David (…)». Es
Dios quien envía a su profeta para buscar la conversión del rey David, para que
reconozca su pecado, pida perdón y haga penitencia de reparación. Y hoy y aquí el Señor nos envía su Palabra para que
veamos cada cual cómo camina en su vida cristiana. Nos cuenta la Sagrada
Escritura que «David, una tarde, después
de la siesta, paseando por la terraza del palacio vio a una mujer muy hermosa
que se estaba bañando». ¿Acaso la mirada de David hacia esa mujer se caracterizaba
por la pureza y el pudor? Parece que no, porque el rey haciendo uso de su poder
mandó que se informasen acerca de ella y que se lo dijeran. Si el rey David ante el pecado concreto de
desear poseer a esa mujer con la mirada se hubiera tenido la respuesta pronta
al arrepentimiento, y ese arrepentimiento hubiese tenido un propósito de
enmienda, ese pecado hubiera sido una
cosa puntual y el fuego hubiera quedado sofocado sin causar daño. Sin
embargo David no obró conforme a la ley de Dios. David mordió de lleno el
anzuelo puesto por Satanás, porque el
pecado crea facilidad para el pecado. Al no reaccionar ante el pecado se ha
generado un vicio, una proclividad hacia el pecado. Por eso es tan importante
que cuando uno va a confesarse se diga -sin caer en la conciencia escrupulosa-
si ese pecado se ha caído una vez o las veces que hayan sido. No es lo mismo
que un pecado haya sido puntual o que haya sido repetido llegando, incluso, a
crear un vicio.
El hombre en su conciencia tiene una serie de fronteras morales,
donde uno se propone seriamente el 'no caer en ese error', 'no quiero nunca
pasar esa frontera'. Pero cuando alguien rompe una frontera moral que él mismo
se había prometido que 'eso yo no lo haré nunca', pero que acaba cayendo. Ante
esto tenemos dos alternativas: el arrepentimiento pronto y profundo; pero
también una segunda alternativa, la de
la auto-decepción y se termine auto-justificando y lejos de ser humilde y
acaba cayendo en una repetición de ese pecado. Esto puede provocar que una
serie de fronteras morales que nos
habíamos puesto acaben hechas añicos, y todo queda en un ideal de papel de
fumar, en papel mojado. Esto conlleva una voluntad debilitada, una prontitud al
pecado, una inclinación más acentuada para pecar. Si uno se queda caído en
medio del fango y lo ve como algo normal. Es más, se da el caso que cuando uno
cae en un determinado pecado, le duele, pero se dice que una vez que 'se ha
metido ya la pata' que mas da una vez o mil, o sea 'de perdidos al río'. Ya uno
piensa, ¡qué más da cinco que quinientos!, una vez que uno está sucio, ¡qué más
da!, como si uno tuviera 'barra libre' para seguir pecando hasta que uno vaya a
la 'lavadora'. Y esta reacción es absolutamente nefasta. Y esto delata que uno
no tiene un verdadero dolor de los pecados, porque no es lo mismo 'abofetear a
una persona' una vez que cinco o quinientas veces. En el fondo es un orgullo
herido por haber fallado y no hay dolor por los pecados cometidos. Y el pecado
crea facilidad para el pecado.
David manda a unos a que se la trajeran, y cuando llegó se
acostó con Betsabé, sabiendo que era una mujer casada. Lo curioso es que ni
siquiera se tomó la molestia de invitarla a cenar, a dar un paseo o irla
conociendo poco a poco, él 'entró a saco'. Y con el pecado pasa como con el
agua que cae por las laderas de los montes o montañas que van creando pequeños
surcos y cada vez que llueve el agua corre por allí. El pecado debilita la
voluntad y nubla el entendimiento. Su proceder ha quedado tan dañado por el
pecado que se deja llevar por su dañina dinámica: David intenta ocultar su
pecado al acostarse con Betsabé, ella queda embarazada,
por
eso David intenta varias veces que Urías vaya a su casa -incluso le llega a
emborrachar y le envía regalos- para que se acostase con su esposa y crea que
el niño sea suyo. Pero Urías no acude a su casa ni tiene relaciones conyugales
con su esposa, luego las cosas se le complican demasiado a David. Y como, aún
así, no se ha arrepentido ni ha reparado el daño que su pecado ha ocasionado,
él sigue endureciendo su corazón y cegando su entendimiento y envía a Urías
-que era el que le estaba ahora molestando- a primera línea de batalla donde
tiene una muerte segura. Si el rey David
hubiese tenido una respuesta pronto de arrepentimiento a su pecado…, no
hubiera cometido adulterio con Betsabé, no hubiera tenido un hijo con una mujer
casada, no se hubiera roto la cabeza pensando cómo engañar a Urías para que
creyese que ese hijo era suyo, no hubiera causado escándalo por su conducta y
no sería responsable directo de la muerte de un hombre inocente.
David se auto-justificó en su pecado,
hizo añicos algunas de sus barreras morales que se había propuesto jamás
atravesar; no se arrepintió inmediatamente por el mal ocasionado, sino que
convivió con él y se quedó postrado en medio de fango empezando a entender como
normal cosas y comportamientos que antes no hubiera dudado ni un segundo en
rechazar de plano.
En cambio en el Evangelio encontramos
a una mujer con una reputación bastante mala que nos muestra la otra
alternativa. David optó por auto-justificarse, en cambio esta mujer pecadora ha
elegido el arrepentimiento pronto y
profundo. Y por eso ella salió perdonada de ese encuentro con Jesús y se
convirtió en una cristiana, en una mujer nueva.
En cambio los que estaban allí viendo
la escena de esa mujer ungiendo los pies de Jesús se dedicaban a hacer juicios negativos contra esa mujer y contra Jesús
al permitir que le tocase los pies. Jesús les invita a que reflexionen y conozcan cuál es el pecado capital que les está
gobernando y así descubran la causa
de ese juicio, porque del mismo modo que uno si tiene fiebre es porque algo no
va bien en el organismo, que ellos se examinen porque proceden de un modo que
está tan lejos del amor de Dios.
domingo, 5 de junio de 2016
#WeAreN2016 International Congress
Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario, ciclo C
HOMILÍA
DEL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C
Nosotros sabemos que toda
revitalización en la vida espiritual tiene su eco en el comportamiento para con
nuestros hermanos y hacia nuestra relación personal con el mismo Dios. Esta
revitalización, de la que todos tenemos experiencia, es una especie de imagen
que nos prefigura algo más sorprendente que nos esperará en la eterna gloria.
Uno puede ir por la calle y escuchar la interpretación de una pieza musical con
violín, alzar la mirada y ver muchos pisos alrededor y no saber de dónde
procede tal música. Si no tocase ese violín no percibiríamos su sonido. La
Palabra de Dios resucita nuestra vida pecaminosa y eso es gracias a que en la
Gloria, el Todopoderoso, tocando su particular sinfonía musical, nos irradia de
su vida.
Nos podemos encontrar con cristianos
que están convencidos de tener una vida espiritual lúcida, brillante y
espectacular. Sin embargo si es examinada a la luz de la Palabra de Dios puede
que nos encontremos con un gran suspenso. Cuando un cristiano hace la opción
por la conversión, poco a poco se van manifestando los cambios en el modo de
proceder, ya que esa conversión iniciada tiene sus repercusiones que afectan
directamente en lo cotidiano. Los cristianos no podemos ser como los barcos con
el ancla echada al fondo del mar. Estar en la Iglesia supone e implica el estar
dispuesto a cambiar, a dejarte ilusionar por lo que el Señor te vaya a
plantear, a abrirte a la novedad de su Palabra. Si un cristiano está en
contacto con el Señor pero luego nada cambia en esa persona, ahí hay algo que
no funciona. Puedo estar toda la vida asistiendo a los diversos cultos en la
Iglesia y pasar totalmente de Jesucristo. Un esposo o una esposa pueden estar
juntos casados durante muchísimos años y lo único que les una sea el que se han
acostumbrado el uno a otro, que viven bajo el mismo techo, que tienen su dinero
en una misma cartilla bancaria y que hay hijos en común. Pero ¿dónde queda el
deseo de seguir amándose y descubrir las novedades que te pueda brindar la otra
persona?¿dónde queda ese actualizar ese proyecto de vida y amor en el
matrimonio? ¿dónde queda esa complicidad, esa ternura, ese diálogo que brota
del amor de aquel que ama y es amado? ¿dónde ese deseo de sorprender y obtener
una sonrisa de ese ser amado? Si en un día lluvioso llevo puesto un buen
impermeable el agua me mojará realmente muy poco. Si yo no espero que Cristo me
ofrezca su palabra de novedad para mi vida y deseo que todo siga como siempre,
me estaré engañando creyendo que soy el mejor de todos. Sin embargo, cuando
Cristo interviene y uno le deja intervenir, todo cambia. Esa es la experiencia
de Pablo en la segunda de las lecturas. Pablo de Tarso reconoce que su vida
antes de conocer a Cristo era un sin sentido. Cierto que en aquel entonces
creía que estaba haciendo lo correcto, pero la luz de Cristo le abrió el
entendimiento para aceptar al que es la verdad en persona: Jesucristo. De las
cenizas de su vida pasada el Señor sopló y de donde no había vida, la creó y
abundante.
Ojala tengamos una experiencia
fuerte de Cristo que nos impulse a amarle con todas nuestras fuerzas y que eso
tenga su repercusión siempre a favor de nuestros hermanos.
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