sábado, 21 de noviembre de 2015

Homilía de Jesucristo, Rey del Universo

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, 22 de noviembre 2015

            Un signo característico de la presencia de Jesucristo es que es rey y uno permaneciendo en su reinado es salvado. Pero resulta que el mundo se ha separado de Dios. Nosotros éramos del mundo, ahora somos de Cristo aunque estamos en esta tierra como desterrados. Y porque somos de Cristo también somos ciudadanos del Cielo que tenemos temporalmente nuestra morada en esta tierra.
Sin embargo no olvidemos que antes éramos como todo el mundo, siguiendo las sugerencias del Demonio. Antes profesábamos con nuestros labios nuestra total adhesión a Dios como el único Señor y Rey de nuestras vidas, mientras ofrecíamos incienso a otros dioses en los que teníamos puesto nuestro corazón y las esperanzas. Decíamos que éramos monoteístas, pero éramos politeístas prácticos. Ahora, tal vez sigamos cayendo en ese pecado mortal del politeísmo y de la idolatría, pero ahora con la diferencia de conocer dónde están nuestras debilidades para evitarlas refugiándonos en el Señor. Nos dice Jesucristo: «Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Y le respondemos al Señor que estamos totalmente de acuerdo y que Él es el único que ocupa todo nuestro corazón. Pero es que resulta que uno ha prestado algo de dinero para comprar algo o para hacer un favor a alguien y está esperando recuperarlo lo antes posible. Y el tiempo pasa y el dinero no llega y uno empieza a hacer juicios contra el hermano, se le envenena la sangre y está en 'un sin vivir' en tensión ansiando tener entre sus manos ese dinero.          
            Recuerdo a esa madre de familia, que vivía con una mísera pensión, con el marido en el paro, con niños a su cargo, que va a los ultramarinos del pueblo para adquirir los alimentos básicos para su familia y va dejando a deber cada vez más con el ánimo de poder saldar las cuentas tan pronto como ella pueda. Es que encima mucha gente sintiéndose con derecho a juzgarla, a criticarla, murmurar de su esposo llamándole zángano y no cortándose 'ni un pelo' para humillarla. A lo que se sumaba que el dueño de la tienda de ultramarinos iba poniendo muchos reparos en darle la comida a esa pobre mujer, llegando casi a mendigárselo y los vecinos que conocían su precaria situación se burlaban a sus espaldas y nadie era capaz de ayudarla como los cristianos deberían de hacerlo, ya que hubo ya alguien que lo hizo por cada uno de nosotros. Sin embargo, bien acuden al culto pero su corazón está muy lejos del Señor. ¿Acaso en esta situación de precariedad y de injusticia se está dejando a Jesucristo que ejerza su reinado? No se le está permitiendo porque las fuerzas de Satanás se oponen con todas sus ganas. Lo curioso de todo esto es que la mayoría de la gente encarcelan a Cristo en el templo no permitiéndole que su reinado traspase ese pórtico, soltando a los demonios para que anden a su aire y se pavoneen por las calles y casas.
            Nosotros vivíamos antes según el proceder de este mundo. Nosotros nos elaborábamos nuestra particular verdad para afrontar la vida cotidiana, engañándonos a nosotros mismos y así acostumbrarnos a la oscuridad de las tinieblas. Es cierto que conocíamos el parecer del Señor en la mayoría de las cosas que nos acontecían, pero siempre buscábamos la vía intermedia para no romper con Dios y seguir conviviendo con nuestra mediocridad. Y de este modo andábamos en la mentira ya que al no seguir las inspiraciones de Dios nos estábamos aliando al mal. Y Cristo hoy te dice que Él ha venido para ser testigo de la verdad  y que todo el que es de la verdad, escucha su voz. Ahora bien ¿somos conscientes cuando no escuchamos su voz? La respuesta a esta pregunta va acompañada de otra pregunta: ¿vivimos según el proceder de este mundo? ¿Lo que mueve nuestro corazón son aquellas cosas que llegan a entristecer el corazón de Cristo? Un castigo terrible caerá sobre aquellos que no permitan que Cristo reine en su ser. Un castigo terrible que es buscado con entera libertad ya que uno mismo ha impedido que la gracia sanante de Cristo entre dentro de él.
            Si el agua purificadora de Cristo no nos empapa, si el Espíritu Santo no anida en nuestras almas habremos matado nuestro propio bautismo, y lo único que nos quedará será un papel con la partida de bautismo. Ante esto surge una cuestión ¿en qué consiste en ser cristiano hoy?, ¿acaso no basta con cumplir asistiendo a Misa como se ha hecho toda la vida?, ¿en qué consiste? Consiste en que se realice en nosotros el amor de Cristo. Y, ¿en qué consiste el amor de Cristo? El amor de Cristo consiste en amar a tu enemigo. Jesucristo nos dice: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Amad a vuestros enemigos, rezad por quienes os persiguen». Y claro, como siempre estamos buscando tres pies al gato, nos brota inmediatamente la pregunta espontánea: ¿Quien es mi enemigo? Surge esta pregunta porque de alguna manera nos intentamos disculpar ante Dios. Pues tú enemigo y el mío es aquel que hace lo que yo no quiero que haga. Aquel que no piensa como yo, aquel que con su forma de ser me siento desafiado y ‘me saca de mis casillas’, ese es mi enemigo y a ese yo le tengo que amar. ¿Y por qué le tengo que amar si no le puedo ni soportar? Le tengo que amar porque, como dice San Pablo, «llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús para que se vea en nuestro cuerpo que Cristo está vivo, resucitado». Porque si Cristo no estuviese vivo dentro no podríamos extender los brazos en la cruz. Vamos a ver, pensemos, ¿cómo llevas tú el morir de Jesús?, pero en cosas concretas, aterrizando en lo concreto. ¿Te dejas crucificar por los defectos de tu hermana que a veces te resulta hasta insoportable?

            Dios nos ha destinado para hacer una obra enorme que es conducirnos a la santidad. Cristo es el Santo, Cristo es el rey, Cristo es el Señor. Abandonémonos en Él con infinita confianza.  

domingo, 1 de noviembre de 2015

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos 2015

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 2015

            A lo largo de nuestra vida nos encontramos con muchos momentos de desaliento. Circunstancias o situaciones que nos generan gran desasosiego, ya sea porque las cosas no salen como pensábamos, bien sea porque las fuerzas empiezan a escasear en la lucha cotidiana. Además combatir el combate de la fe y luchar por ser fiel a Jesucristo es algo que termina agotando, ya que experimentamos en nuestra propia carne que un tesoro tan valioso lo llevamos en vasijas de barro y que la fuerza no procede de nosotros mismos, sino de Dios.
         Si Dios nos quitase la debilidad nos volveríamos unos soberbios y no llegaríamos a obtener el conocimiento de la verdad. Y sabemos muy bien de nuestra fragilidad, sabemos muy bien que somos vasos de barro porque conocemos cuales son nuestros pecados. Sabemos que somos perezosos, que juzgamos con gran facilidad. Cada cual conoce su debilidad. Y Dios ha puesto el tesoro de su mensaje; Dios ha puesto su Palabra en nuestras vidas, ha instalado su particular tienda de campaña en el santuario de nuestra alma porque así lo ha considerado Él oportuno. Y yo me digo, ¿cómo es posible que el Todopoderoso coloque en nuestras manos pecadoras un Mensaje tan sublime, tan extraordinariamente tan importante ya que en Él mismo reside nuestra propia salvación? ¿Por qué Dios actúa así? Dice el iniciador del Camino Neocatecumenal, Kiko Arguello que «desde lejos la luna brilla, pero si te acercas ves que la luna es toda polvo». Y es una verdad como un templo.
Tal vez encuentres a una religiosa, a un presbítero, a un Cardenal  o a un padre de familia magnífico, de esos ante los cuales ‘uno se quita el sombrero’, pero convives con ellos, vas conociéndole más en el trato frecuente y dices: Si la gente supiese como es ese presbítero,  o esa religiosa o padre de familia... se escandalizaría. ¡Cómo me siento tan defraudado de ellos! Es que todos somos barro, como ese barro de la luna.
         Sin embargo Dios, a pesar de nuestras miserias, traiciones, deslealtades, de los pecados de los que reincidimos una y otra vez... a pesar de todo esta miseria de nuestro ser, a pesar de eso Dios sigue depositando su Palabra en nuestros corazones para que nos demos cuenta que la fuerza viene de Dios, que este amor viene de Dios. ¿Cómo es posible que una esposa perdone la infidelidad de su esposo si no tiene la fuerza que le asiste de lo alto? ¿Cómo es posible que un inútil como un servidor pueda estar proclamando la palabra de Dios? ¿Cómo es posible? Es posible porque Dios está con nosotros y como reza el salmo, «por eso estamos alegres». Los presentes tenemos experiencia de que Dios actúa y damos fe de la existencia de Dios porque Él ha ido dejando sus huellas dactilares a lo largo de muchos momentos de nuestro existir.
         Dios permite que tengamos tribulaciones, sufrimientos. Dios nunca se recrea de nuestro sufrimiento, es más, no quiere nuestro dolor, sólo que toda nuestra vida sea una constante ofrenda agradable ante Él. Tendremos tribulaciones y sufrimientos pero una cosa nunca podremos olvidar: Estaremos atribulados por todas partes, «pero no abandonados». Nos perseguirán, nos podrán matar los hombres de cualquier modo o forma, pero no estaremos nunca abandonados por Dios. Nos dice San Pablo que  estamos «abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús para que se manifieste en nosotros su resurrección».
         Ser cristiano es algo magnífico. Cuando nosotros aceptamos ser tratados injustamente, aceptando ser calumniados, perseguidos, por no tener dinero, por ser fiel a Cristo ante planteamientos políticos y morales, «el mundo recibe la vida» porque ve en nosotros la luz de Cristo resucitado.

         Y en medio de este particular desierto, donde los alacranes, las serpientes y escorpiones nos muerden en los talones aparece Dios con una palabra que se nos dirige a cada uno en particular: « ¡Ahí de mí si no anunciase el Evangelio! ». Los Padres del Desierto nos dicen que cómo la serpiente repta por la tierra y siempre está dispuesta a atacar al talón, para morder e inyectar su mortífero veneno. Mas si te has puesto el calzado para anunciar el Evangelio no te morderán porque has cubierto el talón y te protege totalmente. Por muy largos y afilados que sean los mortíferos dientes nunca podrá llegar a perforar ese calzado para anunciar el Evangelio. No te pueden morder las serpientes siempre que tengas celo por anunciar el Evangelio. Esa fue el modo de proceder de los santos y a ese modo de proceder estamos llamados todos a imitar. 

jueves, 22 de octubre de 2015

Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XXX del Tiempo Ordinario, ciclo b, 25 de octubre de 2015
Jer 31,7-8
Sal 125
Heb 5,1-6
Mc 10, 46-52
            «Maestro, que pueda ver». Ésta es la súplica clara y directa que Bartimeo lanza a Jesucristo. Bartimeo sabía muy bien dónde residía su gran problema; era ciego. Y no solamente sabía cuál era su problema sino que además sabía quién le podía socorrer para poder ver, y por eso se pone donde se pone, sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Cristo, tanto a ti como a mí nos dice: « ¿Qué quieres que haga por tí?» Y tal vez nos surjan tantas peticiones con las cuales esperamos calmar la inquietud de nuestro corazón. Muchas de ellas serán muy legítimas y muy pertinentes, pero no por lanzar muchos dardos a la diana hemos conseguido acertar en todo el centro. Es decir que no hemos respondido al Señor porque no hemos entendido el sentido auténtico de sus divinas palabras. Cristo cuando se dirige a ti y te plantea la pregunta « ¿Qué quieres que haga por tí?» te está planteando que si conoces realmente la verdad de tu vida. Cristo te interroga ¿te has acostumbrado tanto a mentirte a ti mismo que ya la mentira es lo habitual ya pasando por verdad?  A modo de ejemplo: El vecino de un amigo engaña a su mujer. Bueno, creo que una habitación de la casa está toda la pared llenita ‘de cuernos’.  Él se las idea de tal modo que, haciendo uso de las mentiras, siempre sale victorioso para que no le pillen con su amante. Además, tanto él como esa mujer toleran, aceptan y permiten todos los actos deshonestos que realizan. El tiempo trascurre y conviven alegremente con su pecado sin hacerse el más mínimo problema. A uno se le ocurre decirles que están cometiendo adulterio –que para remate fiesta así uno no se va precisamente ‘ganando amigos’-  y ellos no lo entienden porque según sus categorías mentales eso que están haciendo no es pecado porque está permitido por los dos interesados. Es decir, viven creyéndose su propia mentira. Pero si ellos caen en cuenta de su pecado, luchan contra la tentación, hacen lo posible para no ponerse en ocasión de pecado y permiten que Cristo les ponga la verdad de su vida ante sus ojos, llegará un momento en que ellos ante la pregunta del Señor « ¿Qué quieres que haga por tí?», ellos respondan «Señor, quiero salvar mi matrimonio».
            Es cierto que el caso que les acabo de presentar es bastante alarmante, sin embargo, si hacemos un ejercicio serio de sinceridad, cada cual sabe ‘de qué pie cojea’ y a partir de cómo el Señor te ilumina tu existencia puedas responder y decirle a Jesucristo aquella cosa que necesites para avanzar por la senda de la santidad.        
Dense cuenta de lo que nos proclama el versículo del Aleluya, tomado de la segunda carta a Timoteo: «Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida, por medio del Evangelio» (2Tim 1,10).  Nosotros permitimos que Cristo destruya nuestra muerte cuando el Evangelio va teniendo influencia en nuestra vida. El hombre sumergido en su pecado está rodeado de oscuridad y llega a actuar como si la oscuridad fuera lo normal, lo asumido como lo habitual. El pecado genera pecado y se piensa con categorías de pecado para que con la voluntad se realice ese pecado: Es una dinámica destructiva que genera dolor.
            Los cristianos deberíamos de aprender de los filtros de papel de las cafeteras. El filtro impide que el café molido se cuele en el tanque de café. Nuestro particular filtro de papel es la Palabra de Dios. El agua es el contexto social donde uno se desenvuelve habitualmente –la escuela, el taller, la universidad, el hogar, el alternar por los bares, etc.- y el café molido es el cúmulo de planteamientos políticos, consumistas, sindicalistas, filosóficos, hedonistas, materialistas, etc. que están pululando continuamente por el ambiente y van creando poso consistente en las conciencias de las gentes y de los pueblos. El particular filtro de papel que es la Palabra de Dios nos ayuda a adquirir un discernimiento sabio, una prudencia digna de elogio, y nos inclina a pensar y sentir como Dios siente y piensa, de tal forma que el modo de estar, sentir, pensar, razonar y amar se vaya  depositando como líquido en esa particular jarra, siendo y constituyéndonos en  testigos de Dios para los demás hombres. Esto es posible porque el Espíritu de Dios está trabajando constantemente y no se toma ni un día de ‘asuntos propios’.
            Ahora viene lo exigente. Cuando uno su vida como esposo o esposa, como joven universitario, como hijo, como consagrada, como presbítero... la va filtrando con el filtro de la Palabra de Dios, le tiemblan las piernas a uno, porque al permitir que Cristo te ponga la verdad de tu vida ante tus ojos nos va a decir cosas duras, que  no nos va a gustar y nos escocerá ya que romper con los apegos siempre supone dolor. Pero es un dolor purificador, liberador. Será entonces cuando sepamos qué es lo que debemos de pedir a Jesucristo.
             Y concluye el Evangelio diciéndonos: «Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino».


sábado, 17 de octubre de 2015

Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 18 de octubre de 2015
Lectura del Profeta Isaías 53, 10-11
Sal. 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 35-45


            Los cristianos estamos llamados a reconstruir el mundo querido por Dios. Y se reconstruye desde el servicio, muriendo a uno mismo, desgastándose por amor a Dios y a los demás. Resulta llamativo cómo la Palabra se cumple: Se presentan ante Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan pidiéndole unos asientos/puestos de honor en la gloria, uno a la derecha y otro a la izquierda. Ellos van a lo que van, a ocupar los puestos relevantes para servirse a sí mismos, o sea para poner a su servicio el cargo que desempañan. Esto es igualito, pero igualito ahora: «Si quieres conocer a Fulanito, dale un carguito». Uno sabe que es el mismo porque lo pone el Documento Nacional de Identidad y por poca cosa más. Por eso es preciso sacudirnos nuestras rutinas, luchar contra nuestras tentaciones, conocer nuestras debilidades para pedir fortaleza en el Señor. Jesucristo nos pone la verdad de nuestra vida personal ante nuestros ojos. Jesucristo nos señala con su dedo los lugares donde se hayan nuestras debilidades, en aquellas cosas en las que flaqueamos. Es verdad que el Señor 'se podía callar la boca', guardar silencio y no decirnos nada, pensando él de cada de uno de nosotros, «ya es mayorcito para saber lo que hace», pero por amor, teniendo experiencia que mencionado amor muchas de las veces no es correspondido, él sigue permaneciendo a nuestro lado. Cristo conoce nuestras debilidades y pecados. A modo de ejemplo; las debilidades que el Señor nos muestra ante nuestros ojos se asemeja a las corrientes de aire que se producen en las habitaciones cuando las puertas y ventanas están abiertas. Si uno permanece en la corriente se termina acatarrando o cosas peores. Uno sabe lo que tiene que hacer para evitar las corrientes de aire, ya que cerrando las ventanas y las puertas queda el problema solucionado. Cristo nos muestra nuestra debilidad para que cerremos las puertas a Satanás, para estar más en guardia y con una actitud más vigilante. Recordemos lo que reza el Salmo Responsorial de hoy:
            «Nosotros aguardamos al Señor: 
            Él es nuestro auxilio y nuestro escudo».
            Hace poco cayó en mis manos una hojilla de una parroquia de la capital donde se enumeraba un elenco de actividades parroquiales, en las cuales no percibí ni la impaciencia evangélica, ni el celo para salir hacia los alejados, ni el deseo de iluminar la vida de la comunidad desde el Evangelio, sino el conformismo y la espiritualidad de mínimos. Daba la sensación que con las catequesis de Primera Comunión, de Confirmación, los cursos pre-matrimoniales, el equipo de lectoras, el coro parroquial, un grupo de oración y Cáritas ya estaba despachado todo lo despachable dando respuesta a la ardua tarea de la evangelización. Y yo pensaba, si Cristo se hubiera conformado con asistir a la sinagoga los sábados y cumplir los preceptos de los judíos ¿hubiera muerto en la cruz?, ¿hubiera sido el Camino, la Verdad y la Vida? Si el Concilio Vaticano II es el concilio de la renovación espiritual, de la nueva evangelización, ¿cómo es posible que nos quedemos en lo teórico y en lo estético y no recuperemos el fervor, la fuerza y el entusiasmo de los primeros tiempos apostólicos? ¿Qué precio tan alto están pagando los fieles cristianos al tener parroquias tibias, conformistas y tan afectadas por los aires de la secularización?

            Estamos llamados a dar respuesta a la vocación divina. Estamos llamados a evangelizar el mundo contemporáneo. Estamos expuestos a que nos den bofetadas en la cara por anunciar a Cristo -o cosas peores-, pero estaremos, como les pasó a los apóstoles que «salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Una madre de familia y un padre de familia que viven amándose entre ellos y que cada cual antes de pensar en sí mismo piensa en el otro ya actúa en consecuencia ya apostando por la instauración del Reino de Dios en ese hogar. Lo nuestro es poner todos los medios para que allá donde nos encontremos podamos instaurar los principios del Reino de Dios; lo nuestro es hacer apostolado. Recordemos que nuestra diócesis y España entera es terreno de misión. Además con un agravante serio, que no esperéis encontrar muchos agradecimientos porque nos encontraremos con personas que dicen conocer todo aquello que nosotros les vayamos a anunciar, y 'no hay peor sordo que aquel que no quiere oír'. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO,  ciclo b, 11 de octubre 2015
Lectura del Libro de la Sabiduría 7, 7-11
Sal. 89, 12-13. 14-15. 16-17 R: Sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y jubilo.
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 17-30

            Cada vez voy entendiendo más las palabras de Jesucristo: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha porque ancha es la puerta que conduce a la perdición». Eso implica que concebir la vida personal en cristiano me va a generar renuncia, dolor y lágrimas. Pero ¿por qué el Señor me pide que haga este esfuerzo tan tremendo cuando yo mismo estoy dándome cuenta que la mayoría de los cristianos no se plantean nada de esto? La mayoría de los cristianos desempeñan sus trabajos y relaciones personales y familiares según como a ellos les parece bien pero la fe no tiene incidencia en esto eso. ¿Por qué en mí sí tiene que tener incidencia? ¿Por qué el Señor me quiere complicar la vida de esta manera pudiendo yo hacer las cosas sin romperme tanto la cabeza amoldándome a las conveniencias que me vengan bien? El Espíritu Santo se mueve por donde quiere y como quiere.  Y el Espíritu Santo desea que nuestro bautismo sea redescubierto esforzándonos en ‘vivir en la verdad’. Lejos de nosotros el estar montado de pie, sobre una tabla de surf deslizándonos sobre las olas de la mentira. Lo nuestro es estar con Cristo y Cristo es la VERDAD.
            Nos hemos acostumbrado a movernos por lo ‘aceptado comúnmente por los demás’, ‘por lo políticamente correcto’, por la mediocridad en usos y costumbres, por las olas de unas mentiras toleradas que de tanto emplearlas las entendemos como algo normal... que nos han ido adormeciendo la conciencia haciéndonos creer y razonar que se puede ser cristiano de cualquier modo. Y esta falta de testimonio cristiano, ese escaso celo por anunciar el Evangelio desalienta y enfría a nuestros hermanos. ¿Y por qué yo no puedo ser como el resto que hace las cosas como considera oportuno? ¿Por que yo tengo que vivir ‘en la verdad’ cuando lo que deseo es vivir ‘en mi verdad’? Porque el Señor te quiere en ese proceso de conversión. Y no esperes que en ese proceso de conversión te den palmaditas de aprobación en la espalda, bueno, alguna puede caer, pero no las esperes.
             Si uno hace un ejercicio de honestidad, al poco tiempo cae en la cuenta de todos los pensamientos, ideas, planteamientos que a uno le van influyendo diariamente. Es más, la conversación que uno mantenga con una persona determinada tiene en sí un peso específico bastante diferente a otra conversación que uno tenga con otra. Es decir, que no solamente nos influye sino que nosotros nos dejamos influir. Pues la Palabra de Dios, tal y como nos dice la epístola a los Hebreos «no hay criatura que escape a su mirada» y además «juzga los deseos e intenciones del corazón». La Palabra de Dios ¿qué papel juega en nuestra vida o qué influencia tiene en nosotros?  Claro, tal vez habría que plantear una pregunta previa: ¿He tenido algún encuentro con la  Palabra de Dios o simplemente la oigo en la Eucaristía o la leo ocasionalmente? ¿Tengo la experiencia de cómo la Palabra de Dios me ha interpelado, me ha violentado, me ha cuestionado aspectos de mi modo de vivir? ¿Tengo la experiencia de cómo la Palabra de Dios me ha ayudado a ‘vivir en la verdad’ acontecimientos o situaciones personales? Y una vez que he vivido en la verdad ese acontecimiento ¿eso me ha ayudado para estar más cercano a Jesucristo? Es que resulta que a los padres cristianos y practicantes les ha salido una hija de 18 años que se quiere ir a vivir con su novio, y los padres, por miedo de perder a su hija, no se oponen. ¿Esos padres están viviendo en la verdad esa situación para con su hija? ¿Están siendo honestos consigo mismos? ¿Están traicionando a su fe? O es que resulta que un joven cristiano ha cogido como hábito los fines de semana el abusar del alcohol para desinhibirse en el trato con las chicas para hacer cosas impropias de cristianos. ¿Este joven está viviendo ‘en la verdad’ y creciendo en autenticidad tanto en el plano humano como en el creyente?
No olvidemos que «la Palabra de Dios es viva y eficaz» Está viva porque ilumina las entrañas de tu misma realidad personal –esa relación laboral, ese modo de administrar el dinero, las relaciones matrimoniales y familiares, en tu modo de sentirte y participar en la parroquia, todo el mundo de los afectos, etc.- y es eficaz porque te va indicando, poco a poco, si lo que se te va presentando es cosa de Dios, o del demonio o de uno mismo, y de este  modo actuar con prudencia y sabiduría.
            Jesucristo en ese encuentro con el joven rico le puso la verdad de su vida ante sus propios ojos. El joven rico quería heredar la vida eterna, quería salvarse, pero quería salvarse a su modo y manera. Además el Señor no era el centro de su vida, sino que su existencia gravitaba en torno a sus riquezas que le generaban seguridad. Y Jesucristo le cuestiona para que ‘viva en la verdad’  para que Dios sea el principio y fundamento de su existencia. El problema está que cuando uno dice las cosas como son en realidad, eso no gusta, y uno corre el riesgo de `ganarse pocos amigos por ahí’

            Hay muchos presbíteros que quieren obtener frutos pastorales a su modo y manera y si no lo consiguen se enfadan con Dios y se auto justifican diciendo que ‘ellos ya han echado las redes’ pero no han pescado nada. Lo más curioso -por no decir cachondo del tema- es que por echar las redes para pescar una vez o un par de veces ya 'piden la baja laboral' porque se han herniado al echarlas -¡realmente que pobrecitos!-. Cuando menos se hace menos se quiere hacer y más justificaciones uno se elabora para hacer lo que mejor se sabe hacer, o sea, nada. Estos amigos de la hamaca se han olvidado que seguimos a uno que no paraba de un lado para otro y no tenía ni tiempo ni para comer porque la gente le apretujaba; ya que Jesucristo nos enseñó con su testimonio personal que uno, si quiere ganar la vida, ha de vivir para los demás y no para sí mismo. Por lo tanto, a echar las redes de nuevo, mil y una vez. Y tanto el joven rico como esos presbíteros se olvidan de que no seguimos a un triunfador,  sino a un crucificado y que Pedro estuvo toda la  noche echando las redes y no consiguieron nada; pero a pleno día, el Señor le mandó que volviera a echar las redes y en su nombre lo hizo y no podían con el peso de la redada de peces que habían conseguido pescar. El Señor no quiere nuestras limosnas sino que nos quiere a nosotros mismos

sábado, 3 de octubre de 2015

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 4 de octubre 2015
Lectura del Libro del Génesis 2, 18-24
Sal. 127, 1-2. 3. 4-5. 6 R: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9-11
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

            Muchas veces me quedo pensando sobre el modo de proceder que suele tener Dios con nosotros. Para muchos Dios no deja de ser el que se dedica a censurar todo -eso no lo hagas, aquello ni se te ocurra, eso es pecado, etc.- y claro está, nadie echa de menos a un controlador que desaprueba tus acciones. De hecho, muchos que fueron bautizados no dejan de entender a la Iglesia como la madrastra malvada que con su sola presencia te recrimina tus malas acciones. Algunos de los que andan por la calle y emplean un lenguaje soez con las religiosas o a los presbíteros con los que se encuentran no hacen otra cosa que manifestar un desajuste que les genera sufrimiento interno. Esto es como cuando a uno se le ocurre mezclar Coca-Cola con pastilla de Mentos, que se genera una reacción que salta el líquido pringando y ensuciando todo. Cuando Cristo se muestra de cualquier modo hace que Satanás arda en ira.
            Lo que nos puede suceder es que estamos tan acostumbrados a entender nuestra libertad como el poder elegir entre dos cosas contrarias -el angelito malo que te invita diciendo: «mira que apetitoso es, anda, no seas cobarde, atrévete y lo vas a disfrutar....» y el angelito bueno que te dice: «no lo hagas, sé bueno, no hagas caso al angelito malo porque te va ha hacer daño»-. De tal modo que nos cuesta entender nuestra libertad de un modo distinto al de poder elegir entre dos elecciones contrarias.
            Hay un Salmo precioso (salmo 138) que reza diciendo:
            «Señor, tú me sondeas y me conoces;
            me conoces cuando me siento o me levanto,
            desde lejos penetras mis pensamientos;
            distingues mi camino y mi descanso,
            todas mis sendas te son familiares.
            No ha llegado la palabra a mi lengua,
            y ya, Señor, te la sabes toda».

            Cristo se pone a nuestro servicio para que aprendamos a vivir en libertad. Si permanecemos al lado de Cristo iremos descubriendo lo bueno, lo bello, lo noble, lo hermoso, lo verdadero, lo recto, el amor. Al ir, poco a poco, adquiriendo estos nobles disposiciones para que luego vayan orientando nuestras vidas. Y resulta curioso porque cuando uno permanece al lado de Cristo va sintiendo y atractivo por su persona porque descubres que Él te hace mucho bien. Entonces la libertad no consiste ya en estar escuchando a los dos angelitos -el bueno y el malo- que te van 'dando la turra' sino disfrutar estando con alguien que sabemos nos ama como nadie nos ha amado ni nos amará. Pero no sólo consiste en saber las cosas sino también educar la voluntad para correr tras aquello que enciende de alegría nuestro corazón.
            Y para resaltar más aun que seguir a Cristo es un ejercitar la inteligencia, de lo valorativo, de lo volitivo y de la voluntad para realizar. Reza el Salmo Responsorial de hoy:
            «¡Dichoso el que teme al Señor,
            y sigue sus caminos!».

            El casado tiene sus tentaciones como todos, como las tienen las personas consagradas, los presbíteros y toda persona. Y el Demonio nos puede llegar a confundir presentándonos nueva opciones -que por muy seductoras y apetitosas que puedan llegar a ser- están rezumando de veneno por todas partes. Por eso Cristo nos recuerda el proyecto originario de Dios, ya que es el único que puede generar paz en nuestro interior.