domingo, 9 de agosto de 2015

Homilía del Domingo XIX del tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b. 9 de agosto de 2015
Primera lectura: Primer Libro de los Reyes 19,4-8.
Sal. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Segunda lectura: Efesios 4,30-5,2.
Lectura del santo Evangelio según San Juan (6, 41-52)

             Son muchas las dificultades que tenemos que atravesar por la vida; son muchos los desiertos que tenemos que atravesar, tal y como hizo el profeta Elías. Algunos de esos desiertos, algunas de esas dificultades nos hacen flaquear, provocan que nuestras convicciones -que las considerábamos sólidas- se puedan llegar a desmoronar. Elías ha experimentado la dureza de la misión. Elías permanece fiel en medio de un mundo lleno de ídolos y de un sin fin de dinámicas y planteamientos que atentan contra la fe en Dios. Y esto nos pasa a todos. En el momento en que uno desea vivir en cristiano una determinada realidad en la vida, ya sea en el ámbito laboral, en la universidad, en el hogar, con la familia o con las amistades,... cuando uno desea que Cristo esté en el centro de esas realidades, te empiezan a mirar como 'un bicho muy raro'. Hermanos, ¡que desentonamos totalmente! Y cuando digo desentonar no me refiero a que un joven venga a la Eucaristía o que pertenezcan a un movimiento eclesial; cuando hablo de desentonar me refiero cuando esa persona ha descubierto que ya no puede vivir como vivía ni pensar como pensaba, ni amar como amaba, porque Cristo ha entrado en su vida, porque se ha encontrado con Jesucristo y su vida es Cristo. Será entonces cuando ese cristiano acudirá a las fuentes una y otra vez para recobrar las fuerzas para poder atravesar el desierto de la incomprensión de los demás. Irá adquiriendo el hábito de ir, una tras otra, al monte Horeb; deseará, una y otra vez, acudir a la oración, al encuentro frecuente con la Palabra de Dios, deseará encontrarse con los hermanos en la fe para celebrar la Eucaristía y sentirse amado y perdonado en el sacramento de la reconciliación. De este modo, en ese ir y volver, un día y el otro también, al monte Horeb, ante la presencia de Dios uno irá aprendiendo y adquiriendo la madurez en la fe.

            Y de esa madurez en la fe es de lo que nos habla San Pablo en la epístola a los Efesios. Del mismo modo que en nuestra cartera tenemos el Documento Nacional de Identidad que acredita nuestra nacionalidad, San Pablo nos dice que lo que acredita que somos de Cristo es nuestra existencia planificada, organizada, que esté girando una y otra vez, en torno a la confianza y fe en Cristo. Es decir que la nueva vida en el Espíritu tiene sus exigencias. San Pablo sabía bien que el hombre tiene su genio, que hay ciertos arranques de temperamentos insoportables, pero San Pablo nos hace una llamada de atención para que esto no degenere en pecado. Que se avance en capacidad de perdonar, de rehacer las relaciones humanas, de crecer en el amor cuando ese amor exige un esfuerzo mayor del acostumbrado.

            Cristo está con nosotros y por eso es posible conseguir ese nivel de amor máximo siempre que apostemos, día a día, momento a momento, en su divina persona.

sábado, 18 de julio de 2015

Homilía del domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

            Cuando proclamamos que «el Señor es mi pastor, nada me falta», estamos proclamando un acto de fe, a la vez que manifestamos tener una experiencia de Dios. El pastor, con su bastón nos conduce, va abriendo camino a través del campo. Sin embargo, aún sabiendo por la fe que el Señor está conmigo, que está en medio de nosotros, nos inquietamos porque también la fe se oscurece y no entendemos el sentido de las cosas que nos suceden. Es cierto que en los momentos duros suele quedarnos –a modo de residuo- un hilo de fe que nos invita a creer que es Dios el que escribe nuestra historia de salvación, pero debe de usar una tinta invisible o una pluma mágica porque no captamos el sentido sobrenatural de lo que vivimos en el presente. Y al no entenderlo nos desazonamos.

Es que resulta que teníamos puestos muchos proyectos en nuestro noviazgo y se ha roto y ahora me encuentro solo, ¿cómo voy a superar esta ruptura que tanto dolor me está generando? Uno lleva trabajando quince o veinte años en una empresa y, de la noche a la mañana, se ve en la calle, en paro. Y ahora ¿qué hago con mi vida? ¿Cómo voy a hacer frente a las facturas y cómo voy a alimentar a mi familia? Tengo ya mis treinta años y mi ilusión es ser madre y esposa, casarme con un chico pero no lo encuentro y no quiero acabar soltera. Cada cual tiene sus preocupaciones que le generan desazón. Con la fe uno sabe que Dios pretende hacer con cada uno una historia de salvación, pero nos revelamos ante lo que consideramos una injusticia o algo que es causa de dolor. Realmente hermanos, lo que nos pasa no deja de ser ‘peculiar’: Afirmamos que creemos en Dios, que Él es el único que tiene palabras de vida eterna, que ‘sólo Dios basta’, que ‘el Señor es mi pastor’, ¡que sí, que sabemos que Dios está haciendo con nosotros una historia de salvación! –lo podemos saber como sabemos cualquier otro tipo de conocimiento-, sin embargo... todos quisiéramos meter la mano en el costado de Jesucristo como el apóstol Tomás para asegurar nuestra fe y no hacerla depender ni de los sentimientos ni de la sensibilidad. Nos gustaría sentir aún más intensamente su presencia. Para tener, de algún modo, la certeza de saber que la mano del Todopoderoso está guiando nuestros pasos aunque estemos totalmente desorientados.

Nuestra fe sostiene la vivencia de nuestra propia identidad. La fe no es algo de lo que podamos prescindir o dejar en lugares relegados o apartados. Hace unos días, llevando la Sagrada Comunión a los enfermos en el hospital, entré en una habitación donde habían solicitado comulgar y apenas entré la acompañante del enfermo me invitó a salir porque estaban esperando al médico que pasara a hacer la visita. Y Jesucristo Eucaristía y yo nos tuvimos que salir porque para ella era mucho más importante la visita del médico que la visita y comunión de su Divino Salvador. ¿La fe sostiene la vivencia y ser de esa mujer? Creo tener los suficientes indicios que me inclinan a pensar que no. ¿Nuestras parroquias están sostenidas por la vivencia de nuestra fe? ¿Nuestros hogares y nuestros matrimonios están sostenidos por la vivencia de nuestra fe? ¿Nuestra Iglesia diocesana está sostenida por la vivencia de nuestra fe en Cristo Resucitado? ¿Mi propia vida es sostenida por la fe? Hermanos, por desgracia y con pena afirmo que Cristo no ocupa el lugar que le corresponde.

La fe se muestra en la vida, en la propia vida, con coherencia y radicalidad. La relación con Cristo nos proporciona la serenidad y la lucidez suficiente para poder luchar por el bien, la libertad y la justicia. La fe me da solidez y orientación en mi vida. Yo no quiero cualquier noviazgo, yo quiero un noviazgo cristiano. Problema: ¿Cómo plantear a los jóvenes un noviazgo cristiano sino tienen referentes cercanos para vivir esta bella etapa en cristiano? Yo quiero educar a mis hijos en la fe; pero... ¿dónde puedo encontrar modelos para poder hacerlo?, porque el mundo me ofrece lo que me ofrece y nosotros, aún queriendo no sabemos ni cómo hacerlo ni cómo acertar.

Un matrimonio que ha tenido una experiencia de Cristo no va a educar a sus hijos de cualquier modo o al estilo del mundo; les transmitirán la fe y esa fe los hijos la verán manifestada y patente en infinitud de detalles, gestos y actos de sus padres. ¿Cómo puedo afirmar que «el Señor es mi pastor» cuando lo que me mueve en mi día a día son mis intereses, mi gente y mis cosas? ¿Y Dios dónde le colocamos?; lo ponemos arrinconado en algún lugar donde esté y no moleste.

Estamos en una sociedad donde se dice que todas las opiniones son válidas e igualmente respetables, y con estos criterios de plantearse las cuestiones lanzamos un torpedo ‘en toda la línea de flotación del barco’, y el barco se hunde a marcha forzada. Las opiniones pueden ser acertadas o desafortunadas; y lo que se respeta no son las opiniones sino a la persona que dan sus opiniones.

La vida espiritual se puede asemejar a un mando a distancia –de los que usamos para la televisión-. Si la pila está en condiciones, con potencia, a poco que se apriete la tecla del mando, aunque estés un poco distanciado enseguida cambias de canal, subes de volumen o realizas cualquier otra operación. Como tengas poca carga en la pila, tienes que estar dando más veces en la misma tecla para hacer lo que deseas y además te tienes que acercar tanto al aparato de la televisión que hasta casi ‘te le llegas a comer’. Y como no tengas carga en la pila -esté la pila ya inservible-, por mucho que te empeñes en dar martillazos a la tecla ya no te servirá para nada. Cuando vamos adquiriendo un trato de cercanía con Jesucristo esa pila de la vida espiritual estará siendo cargada y en el modo de actuar, pensar y sentir iremos captando la presencia misteriosa y trascendente de Dios en nuestra vida. Muchas veces no veremos a Dios porque no le encontramos donde nosotros queremos, sino que le tenemos que ir buscar donde él nos indique. Porque querremos que nuestra voluntad sea la suya –y no viceversa- y nos costará aceptar su voluntad –que siempre será mejor que la nuestra. Es decir, que en el mejor de los supuestos nos va a costar y no poco. Cuando empezamos a ser tibios y a dejar en segundo lugar al Señor, nos empezaremos a desazonar porque el mundo, con sus tentáculos tan seductores, nos cautiva y únicamente cuando nos equivocamos gravemente nos duele el haberle fallado. Y cuando el trato con Cristo ya tiene unas telas de araña que decoran todo es entonces cuando vivir sin Dios ha dejado de ser un problema, y esa persona podrá decir cosas como: El placer es mi pastor, o el dinero es mi pastor o mi ídolo es mi pastor. Y por cierto, ese tipo de ‘pastores’ no le van a conducir a fuentes tranquilas ni a verdes praderas, sino que irá, por la vía rápida al infierno con Satanás.

sábado, 11 de julio de 2015

Homilía del domingo XV del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

                Cristo nos envía a la misión. Y uno se encuentra en medio de la vorágine de la gente donde uno va y el otro viene, uno grita ‘viva’ y otro grita ‘muera’. Uno se sienta en el tren y cada cual está enfrascado con su teléfono o leyendo su libro donde no se da ni un cruce de miradas, o no digamos nada se aíslan con sus cascos musicales a todo volumen. Por la calle, parecido, cada cual a lo suyo y cada cual con su propia motivación para hacer las cosas. Cada uno sabe lo que tiene que hacer en cada momento, sabe con quien se debe de encontrar, de tal modo que los planes de cada cual se van llevando a cabo. Cuando todo marcha con normalidad nadie se acuerda de Dios, pero tan pronto como un imprevisto o la desgracia se hace patente en la vida de alguno, enseguida echamos la culpa a Dios, como si Dios fuera aquel que debería de estar a nuestro capricho y órdenes, así como el garante de que todo marche correctamente para nuestro confort.

            Las diversas corrientes filosóficas y culturales nos han ido ‘adiestrando’ para que no sintamos la necesidad ni de hablar del Dios de Jesucristo. Es que ya ni echarle de menos. Hemos reducido nuestra relación con Dios a la misa dominical –y si se acude- a los actos sociales de bautismos, primeras comuniones, bodas y funerales, así como algunas manifestaciones de piedad popular movidos por un sentimiento afectivo de identificación con algo. De tal modo que se nos vende el producto de que tú puedes ser cristiano pero ‘no es necesario que te conviertas’, ‘tu sigue con tu vida tal y como vas, ya que lo importante es que tú seas feliz’. Además ¿quién es la Iglesia para decirme a mí cómo tengo que vivir?, si yo quiero irme a vivir con mi novio ¿por qué la Iglesia se tiene que meter en mi vida? Claro, partimos de una premisa totalmente equivocada: Ser cristiano y vivir como a uno le convenga, sin conversión. Además, hay gente tan retorcida que llega a pensar que los curas hablamos de la conversión porque queremos manipular sus conciencias.

            Dice el Evangelio que «los Doce salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban». La Iglesia enseña a vivir en libertad, a tener la mente despejada para poder sopesar las decisiones correctamente. Ayuda a adquirir la capacidad de discernimiento para poder valorar, en su justa medida, las razones en pro o en contra de las diversas situaciones que se nos vayan presentando en la vida. Adentrarse en las sendas de la conversión es ir aprendiendo a ejercer la libertad.

            San Pablo, en la carta a los Efesios, nos dice que «Él –Dios- nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor». O sea, que estamos llamados a ser santos, a ponernos ‘manos a la obra’ para avanzar por la senda de la conversión. Pero no lo tenemos nada fácil, ya que el tumulto y las voces del error son cautivadoras, pero la Verdad tiene su representante vivo en la persona de Jesucristo, y no hemos de buscar la verdad en otro lugar. Si uno no profundiza en la Verdad de Cristo, si uno no se abraza con todas sus fuerzas a Cristo se terminará confundiendo con el mundo y tendrá su bautismo muerto. Si yo me confundo con el mundo la luz de Cristo que uno porta se terminará desvaneciendo.

            Satanás nos conduce con facilidad al engaño. Antes términos como amor, fidelidad, virginidad y virtud eran enmarcados como algo bueno y digno de ser deseado. Las numerosas catequesis de Satanás han generado que estos términos hayan adquirido connotaciones negativas, quedando muy trastocados, dificultando la trasmisión de la Palabra de Dios. El propio testigo del Evangelio se siente con pocas fuerzas ya que es mirado bajo sospecha ofertando algo que no es deseado y se desalienta al no encontrar puntos de referencia.

            El que es enviado a la misión se encuentra con un mundo donde no hay ninguna exigencia, ninguna moralidad, ningún sacrificio ya que nos movemos por argumentos contradictorios que nacen del relativismo. ¿Cómo plantear el mensaje urgente de la conversión en este contexto? Cualquier adolescente que está despertando a la vida adulta se le presentan opciones como si quiere ser homosexual, bisexual, transexual, si quiere ser ateo o agnóstico, si desea unirse a otra persona sin comprometerse o casarse…es bombardeado por todos lados. Se les inculca diciéndoles que ellos pueden elegir lo que quieran, que es su elección personal y que no dependen para nada ni de la tradición, ni de la costumbre, ni de instituciones ni de controles sociales. La confusión se adueña de todo. Es imposible vivir sin bienes intensamente valorados y deseados, los cuales los podamos usar para colocarlos en lo más alto de nuestra escala de valores y para utilizarlos para emitir juicios y valoraciones. Como dice San Pablo «Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en el que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria». Nosotros sabemos valorar las cosas en su justa medida siempre y cuando estemos fuertemente afianzados en Cristo Jesús, Señor nuestro.

sábado, 4 de julio de 2015

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 5 de julio de 2015
Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5
Sal. 122, 1-2a. 2bcd. 3-4 R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

            Dios se queja de que seamos testarudos y obstinados. Somos duros de cerviz y tardos en obedecer. Y a pesar de ser como somos, Dios no nos abandona. Al pueblo no le van a faltar profetas y testigos del Evangelio enviados de parte de Dios. El profeta Ezequiel fue enviado al pueblo  durante el destierro de Babilonia. El pueblo empieza a relajarse bastante en las costumbres y comienzan a perder la fe. Y en este contexto de olvido de Dios por parte del pueblo es enviado Ezequiel  para que saque de esa crisis de fe al pueblo judío.
            Nos dice el profeta Ezequiel que el Espíritu "entro en él y le puso de pié". O sea, el Espíritu "le pone en pie". Dicho con otras palabras: Dios le concede esa pasión por rechazar el mal. El Espíritu le concede la VIRTUD de la fortaleza para la misión.  Estamos ante una virtud que tiene como objeto el resistir y hacer frente a los temores de la vida. El hombre está llamado a ser libre y una de las cosas que nos impiden ser libres es tener miedos. No podemos estar cohibidos por los miedos porque así no podemos disfrutar de la libertad. Dice San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Rom 8,35) Esto ya es en sí un canto a la fortaleza cristiana. Si Dios está conmigo, ¿a quién temeré? ¿Tal vez miedo a la soledad?, es que unidos a Cristo jamás estaremos solos.
            Acaso me pueda sentir débil, con pocas cualidades y eso hace que tenga temores; pero es que precisamente nosotros no nos apoyamos en la propia fuerza, nos apoyamos en la fuerza de Cristo; luego la fortaleza cristiana vence también el temor a la propia incapacidad. Hay gente que dice que no puede vivir en cristiano determinadas circunstancias de la vida. Es que resulta que detrás de ese 'no poder' hay una falta de fe y una falta de fortaleza. Otros pueden tener miedo a sentirse incomprendido, tengo miedo a la difamación, a que me queden solo y por eso da pasos hacia atrás -o se ha quedado como petrificado- en su vida cristiana. A lo que la fortaleza va contra ese temor ya que nos reafirma que hemos de actuar en presencia de Dios, y es Dios quien me conoce interiormente y el que me acompaña. Si Dios está conmigo ¿tal vez pueda temer a la pobreza, a la escasez?, a lo que la fortaleza nos hace entender que Cristo es nuestro tesoro y que unidos a Él no tenemos que temer. Otra de las cosas que podemos temer es la enfermedad. A lo que es preciso de recordar que Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas; y que todo confluye para el bien de aquellos que confían en el Señor. Incluso los propios pecados que nos hacen sufrir tanto forman parte de la providencia de Dios para que seamos más humildes y para que una y otra vez acudamos a la gracia de Cristo, ya que solamente en Él podemos y debemos apoyarnos. La fortaleza nos ayuda a resistir y hacer frente a los temores de la vida.  
            El profeta Ezequiel, cuando se "puso en pie"- fruto de la fuerza en él del Espíritu del Señor- no se dedicó a 'dar mamporros a diestro y a siniestro'. Tampoco consiste en el ser el muy atrevido. Jesucristo cuando estaba en la sinagoga de su pueblo natal, aquel sábano, no se dedicó a llamarles ciegos o necios por no reconocerle, ni tampoco mandó que cayera fuego sobre aquellos conciudadanos tan desconfiados que no creían en su persona. Cristo resistió aquellos gestos y palabras de rechazo por parte de sus propios conciudadanos, resistió, aguantó aquel chaparrón. Es más importante el resistir que el atacar. Dicen que no es mejor boxeador el que da muchos golpes, sino el que tiene capacidad de encajarlos sin caerse al suelo. Fortaleza es la capacidad de resistencia sin venirse abajo. Hermanos, es más complicado resistir que atacar, porque atacamos cuando nos sentimos fuertes, pero nos atacan las tentaciones y el desánimo cuando estamos débiles, por eso resistir es más difícil que atacar. Es la capacidad de aguantar la violencia del caparrón, manteniéndose uno firme, con la esperanza de que ya escampará. Del mismo modo que cuando tengamos que dar testimonio de nuestra fe en medio de la oposición, sabiendo que es el momento de la fidelidad y de la fortaleza en medio de la prueba.
            Dice San Pablo a los Corintios: «Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo (...). Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». San Pablo sabe que si él va de fuerte, de sobrado por la vida, el Señor le va a constatar su debilidad. Acordaros de ese Pedro tan seguro de sí mismo que decía: «Aunque todos te nieguen, yo no te negaré» y el Señor muy consciente de que eso no es fortaleza, sino que es presunción le dice: «¿A si?, esta noche me negarás tres veces». Ante Dios no cabe que presumamos, no nos podemos vanagloriar.

            Pero tanto el profeta Ezequiel, como el apóstol San Pablo, como el mismo Jesucristo en el Evangelio tienen una cosa muy importante en común: el permanecer ahí firmes, aguantando todo el chaparrón que les ha caído encima, -que no es precisamente poco- para que la verdad se vaya haciendo camino entre los hombres. 

sábado, 27 de junio de 2015

Homilía del domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 28 de junio de 2015

LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 1,13-15; 2, 23-25
SALMO 29
LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 8, 7-9.13-15
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 5, 21-43
    
            En la primera lectura, en el libro de la Sabiduría se nos subraya que Dios ha creado todo con bondad y para ser destinado a la vida. Pero por desgracia el pecado entró en escena y esparció su mortífero veneno por toda la creación. Y el pecado crea facilidad para el pecado.

            Y de esto todos tenemos experiencia: el cometer un pecado y uno haya tenido una respuesta inmediata de arrepentimiento y ese arrepentimiento tiene un propósito de enmienda, reconociéndole como un pecado puntual donde se ha dado una respuesta firme por parte del penitente. Eso es una cosa, pero otra cosa distinta es que un pecado haya creado una repetición, y no ha habido una respuesta tiempo, y eso poco a poco ha ido creando un vicio, una facilidad, una proclividad del pecado. Como ven son dos situaciones muy distintas. El pecado crea una facilidad para el pecado.

            El hombre dentro del santuario de su conciencia tiene una serie de fronteras morales. Uno se dice, 'yo no quiero caer en ese error', 'yo no quiero pasar nunca esa frontera'. ¿Y qué es lo que ocurre?, pues que cuando alguien rompe una frontera moral que uno se había establecido, proponiéndose 'yo esto jamás lo haré nunca', 'no caeré nunca',... pero puede terminar cayendo. Ante esto uno tiene dos posibilidades: Una es el arrepentimiento pronto y profundo y la otra reacción es la de la auto-decepción, diciéndose 'yo jamás quería haber caído en esto, pero he terminado por caer', y puede ser que esa persona, en vez de tener una reacción humilde, la termine liando auto-justificándose. En esa decepción que tiene busca una auto-justificación como una manera de 'sacar pecho y salir hacia delante' y termina cayendo en una repetición de ese pecado, siendo ya un vicio adquirido. O sea, que ese veneno del pecado entra de lleno en toda la corriente sanguínea de nuestro cuerpo. Uno se dice, 'yo jamás cometeré este error' y uno al poco rato termina por seguir reiterándolo. Esto supone que muchas fronteras morales que nosotros nos habíamos señalado terminen hechas añicos y esto conlleva una voluntad debilitada muy proclive a caer en pecado una y otra vez. Si al pecado no se le responde con un arrepentimiento pronto y humilde, si uno se queda caído, en esa auto-decepción es mucho más fácil que se reiteren los pecados. Uno dice, 'vaya mala pata', 'bueno ya que uno ha caído es lo mismo ya', 'bueno, ya que uno está sucio ya, hasta que uno vaya a la lavadora', 'y como he pecado ya tengo barra libre para seguir pecando'. Esto es otra reacción que resulta nefasta, pero que solemos tenerla y que no deja de ser un síntoma de que no nos duele el hecho de haber pecado. Porque cuando yo he ofendido a un amigo no es lo mismo haberle ofendido una que cinco veces. Pero a veces hay un incorrecto dolor de los pecados que no deja de ser un orgullo herido, y al ser un orgullo herido crea proclividad para seguir pecando.

            Todo esto hace que el pecado cree facilidad para el pecado. Con el pecado pasa como cuando cae el agua por las laderas de los montes que se van creando arroyos, de tal manera que el agua ha ido dejando un surco por donde fluya el agua. Del tal forma que es más fácil que la próxima vez que llueva por ese surco sigua pasando por ahí el agua. Pues esto también ocurre en nosotros y con nuestro pecado. El pecado oscurece la conciencia, debilita la voluntad y acaba corrompiendo la valoración del bien y del mal. Cuando uno se queda caído, con el tiempo a uno le parece todo esto como normal. Cuando uno lleva mucho tiempo en el fango, pues uno termina creyendo que estar en el fango es lo normal. Porque atención, uno termina valorando la realidad desde lo que está viviendo y si uno está en el fango pues todo lo verá bien, correcto porque ha pasado muchas fronteras que no deberían de haber sido atravesadas. De este modo se llega incluso a oscurecer la mente, o sea, a entender como bueno lo que es malo, es cuando hay que reconocer que el pecado se ha apoderado de nosotros mucho más.

            Uno cae en los vicios, en primer lugar por debilidad de la voluntad, y al final de tanto estar en el fango se te terminan de oscurecer los criterios, se termina obscureciendo tu razón, tu mente, y uno termina llamando bien al mal.

            Pero para salir del vicio hay que hacer el proceso contrario hay que apostar por los criterios para fortalecer a la voluntad. Solamente a la luz de la Palabra de Dios somos capaces de juzgar lo malo como malo para que yo no lo justifique en mi conciencia y así con la fuerza de la fe poder fortalecer la voluntad.

            Y para fortalecer la voluntad es preciso solicitar socorro a Jesucristo y rogarle con insistencia, tal y como hizo el Jairo, el jefe de la sinagoga. En este caso el Señor se acercó a la niña rescatándola de la fosa de la muerte. Nosotros somos rescatados por Cristo cuando acudimos al sacramento del perdón y así pueda revivir nuestra alma en el estado de gracia.

sábado, 20 de junio de 2015

Homilía del domingo XII del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

LECTURA DEL LIBRO DE JOB 38,1.8-11
SALMO 106
LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 5,14-17
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 4,35-40

 
            Hermanos, todos nosotros estamos invitados por el mismo Cristo a participar en el misterio Pascual, de su muerte y resurrección. Esto suena como muy bonito, participar en el misterio pascual, todo vida, todo alegría y júbilo. Pero no nos engañemos porque si muchos dicen ‘no a Cristo’, ya sea de un modo implícito o explícito, es porque se han dando cuenta que seguirle exige romper con cosas, comportamientos, ideologías, afectos de los que uno se siente atado desde una decisión hecha en libertad.

Si pensamos que con Dios podemos ‘jugar’ al tira y afloja con la cuerda, vamos totalmente equivocados. Vamos equivocados porque nos estamos engañando a nosotros mismos. Y cada vez que entramos en el juego del autoengaño ocasionado por el pecado nos estamos enfriando espiritualmente y alejando de Dios. Y atención, que cuando uno se ha enfriado en el espíritu el pecado pasa a ser como algo normal y uno deja de hacerse problema a la hora de pecar, uno ‘se hace colega’ del pecado. Por eso es fundamental estar muy alerta, vigilante, evitar las ocasiones de pecado, no ponerse en situaciones de peligro. Un ratoncito que olisquea el trocito de queso colocado a propósito en trampa de la ratonera termina, más pronto que tarde, atrapado y muerto.  Y luego vienen las lamentaciones: es que yo no quería, no lo pretendía, etc. Sin embargo no se dan cuenta que ese pecado no deja de ser sino el fruto de una suma de ‘plantones’ que damos a Dios, de la cantidad de veces ‘que le hemos cerrado con la puerta en las narices al Señor’.

Si uno empieza a poner su confianza donde no debería de ponerla, pues las cosas salen como salen. Es que resulta que nuestras decisiones tienen sus consecuencias.

            Muchas veces tengo que oír a algunos presbíteros o catequistas cosas como estas: ‘Jesús es tu amigo, tu colega’. Esto es una mamarrachada en toda regla. Jesucristo no es mi amigo como si fuera cómplice de mis travesuras o gamberradas porque él mismo también lo hace siendo copartícipe de esas tropelías. Y como él ‘también las lía como yo las lío’, pues no me corrige. Si yo pensara de este modo llegaría a la siguiente conclusión: Yo soy cristiano y me puedo permitir determinadas ‘licencias’, determinados ‘tonteos con el pecado’ y termino diciendo con la boquita que soy cristiano y comportándome como un auténtico pagano porque mato mi bautismo, porque expulso al Espíritu Santo de mi alma, porque excluyo a Dios de mis decisiones. Pero como todo en esta sociedad está teñido de un relativismo total si uno desea andar por la vida como Cristo nos indica se nos ríen a la cara` porque ellos jamás dejarían pasar cualquier ocasión de obtener un placer efímero.

            Dice San Pablo a los Corintos: «El que vive con Cristo es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado». Esa nueva creatura -de la que nos habla San Pablo- surge de esta particular vinculación con Jesucristo resucitado. Cuando uno se va vinculando a Cristo uno se va esforzando por actuar con la conciencia recta y cierta. Podrán acecharnos muchas cosas y muy tentadoras pero las iremos rechazando porque nuestros 'músculos espirituales' se van fortaleciendo, nuestra voluntad se refuerza y se va descubriendo un sentido sobrenatural de la realidad que te llega a ilusionar y llenar por dentro. Cuando una persona se encuentra metida dentro de la dinámica del mundo, en palabras de San Pablo, sigue siendo un 'hombre viejo' por el pecado considera que lo único válido es lo que él tiene y disfruta, y rechaza el mensaje del Evangelio porque ni se siente identificado con él, lo entiende como un mensaje de los tantos que uno puede oír, pero que ni lo da importancia ni se deja influenciar porque aun no ha descubierto que necesita poner de su parte para salvarse.

            Las fuerzas del mal se oponen a la difusión del evangelio. En el evangelio esas fuerzas del mal quedan representada en la tempestad. El evangelio de hoy nos deja bien en claro de la necesidad de esforzarnos en ir madurando nuestra unión a Cristo como para poder infundir paz y serenidad incluso en los momentos de tempestad y opresión.

sábado, 6 de junio de 2015

Homilía del Domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo, ciclo b, año 2015

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, ciclo b, año 2015

            La comunidad primera tenían muy claro que la celebración de la cena del Señor era un encuentro con Jesús vivo que les daba fuerza para conocerle mejor, seguirle, vivirle en la comunidad y en el mundo. Ellos no se sentían solos, ni nadie les podía quitar su comunión con Jesús, ni siquiera su muerte; no sentían el vacío de Jesús, sino que le tenían presente de otra manera: la celebración alimentaba su fe, gustando el pan de la Palabra y comiéndole, porque les ayudaba a seguir identificados con Él y a vivir como Él vivía.

            Todos hemos oído hablar, y de hecho tenemos experiencia, de la inadecuación entre la fe y la vida. De tal modo que nuestra forma de vivir puede llegar a desacreditar nuestra propia fe. Nuestra indecisión se convierte en complicidad con la secularización. De un cristiano que acude a la Eucaristía sería de esperar de él que de un modo u otro tuviera como 'algún efecto secundario' de ese encuentro con el Señor. Da la sensación que nos hemos aceptado a resignar que el único papel que tiene que tener la Iglesia en la sociedad es el de la Caridad, el de atender a los pobres, en una palabra: El de la asistencia social. Y como cada cual intenta cuadrar en algún lado en la sociedad, pues nosotros cuadramos en la ayuda a los más necesitados y por eso nos toleran porque somos para ellos una institución con fines sociales y caritativos.

            La Iglesia no ayuda a los pobres porque desee ser aceptada socialmente por partidos de derechas o izquierdas, ni porque desee el reconocimiento social de sectores ideológicos de lo más variopinto. Cada uno somos iglesia si permanecemos unidos a Cristo en su Iglesia. La vida de los cristianos no puede depender de lo que se practique comúnmente en nuestra sociedad. Me encuentro a alguna familia o algún joven que me dicen que se sienten solos, raros, extraños en esta sociedad y que el propio ambiente secularizado les envuelve dejando su vivencia de la fe bajo mínimos. Pues yo les digo con toda la claridad que si valoran la presencia de Cristo en medio de ellos se tienen que empezar a plantearse a vivir la fe en comunidad. Y las comunidades se han de crear. Y se crean en torno a la parroquia, en torno al altar, a la recepción y meditación de la Palabra, a la oración en común, la Eucaristía dominical y el ejercicio de la caridad en favor de los pobres, ya sea lejanos o cercanos.

            Nosotros, como el pueblo de Israel, hacemos suyas sus palabras: «Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos». Tenemos que tener el valor de marcar las diferencias. Es cierto que somos una minoría aunque luego en las procesiones de Semana Santa aparezca gente por todos lados. Pero aunque seamos una minoría no podemos dejarnos arrastrar por el modo de vida común ni confundirnos con los no cristianos. Nos falta el valor de afirmar nuestra vida como vida nueva, como vida diferente, como una alternativa a la vida que no cuenta con Dios. Y todo esto lo hacemos porque hay una Persona por la que merece la pena absolutamente todo. Que su presencia alegra nuestros días y su cercanía alienta nuestros corazones. No conocemos ni el timbre de su voz, ni el color de su piel, ni cómo son sus cabellos o su rostro. Sin embargo nuestra alma canta jubilosa cuando le reconoce presente y vivo en las especies Eucarísticas.