miércoles, 23 de abril de 2014
sábado, 19 de abril de 2014
Homilía de la Vigilia de Resurrección 2014, ciclo a
HOMILÍA DE LA
VIGILIA DE RESURRECCIÓN 2014
Hoy se nos ha dado un anuncio que
era muy necesario. Dice el ángel a las mujeres: «Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado,
como había dicho». La pura ética no es suficientemente movilizadora para
motivar suficientemente el corazón humano. Mucha gente vive muy agobiada y
herida por sus problemas y el «chaparrón» ético no es lo primero que necesitan.
Le es más necesario recibir un mensaje esperanzador: «Dios te ama y se ocupa de
nosotros sacándonos de nuestras miserias».
Jesucristo está presente y activo en
su comunidad y en el mundo. Su espíritu actúa discreto pero real entre los
bastidores de la historia. Pero atención, el Espíritu de Dios, el mismo
Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos no se conforma con poca
cosa; como buen padre que es sabe cómo exigir a sus hijos y también sabe cómo
premiarles. El mensaje de Jesús no es un barniz, no son ni palabras bonitas ni un
ejercicio de aparentar ante los demás. El mensaje de Jesús es algo que entra
hasta el corazón y nos cambia.
Al principio de los tiempos Dios
creó todo a partir de la nada. De la profunda obscuridad hizo surgir la luz; del
pecado causado por nuestros primeros padres hizo brotar la esperanza de la
salvación; que hizo que de Abrahán surgiera un pueblo tan numeroso como las
estrellas del cielo; que de la esclavitud de Egipto supo conducir a todo un
pueblo hacia la libertad; el mismo que movió a tantos profetas y patriarcas
para alentar al pueblo en la esperanza de un Dios que hace Alianza perpetua; El
mismo que hace nuevas todas las cosas y que derrama sobre nosotros un agua pura
y que nos da un corazón nuevo, ese mismo, se ha propuesto recrearnos.
Dios tiene en su mente el proyecto de recrearnos, de sacar lo más noble, lo
mejor de nosotros mismos.
Jesús al resucitar ha sido capaz de
poder disipar el dolor que genera la muerte y nos proporciona esa serenidad que
la enfermedad se empeña en arrebatárnosla. A partir de este momento, surgen
como de la nada, nuevas razones que nos impulsan a vivir con pasión. Y no
solo vivir con pasión sino que también a no tener miedo porque sabemos que
habrá alguien que, cuando llegue su tiempo, nos sacará de nuestros sepulcros,
nos resucitará. Del mismo modo que en invierno las praderas están amarillentas
y sin vivo colorido, pero tan pronto como la primavera hace acto de presencia
todo se viste con el colorido de las flores y en alegría por el canto de los
pajarillos, así es el gozo, imposible de contener, de saber -con la mente y el
corazón-, que podremos volver a abrazar a todos aquellos que ahora ya no están.
Gozar de la presencia de Dios y poder estar en su dulce compañía es la mayor de
las recompensas que colma de plenitud hasta los corazones más exigentes.
Estamos celebrando la razón
fundamental de nuestra fe. De esta celebración si sacásemos unas gotas de su
esencia podríamos llevar el suave olor de Cristo a todos nuestros hermanos. Hay
mucha gente preocupada y muy herida, pues bien hermanos, nosotros somos los
embajadores de Cristo, llevémosles a Cristo para que así descubran el gozo de
saberse cuidados, queridos y protegidos.
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Homilía del Viernes Santo 2014, ciclo a
VIERNES SANTO 2014, 18 de abril de 2014
LECTURA DE LA CARTA A LOS HEBREOS 4, 14-16; 5, 7-9
PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN 18, 1-19,42
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS
52, 13-53, 12
SALMO 30LECTURA DE LA CARTA A LOS HEBREOS 4, 14-16; 5, 7-9
PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN 18, 1-19,42
Avergonzarse
ante Cristo crucificado es una gracia. Jesús es un auténtico maestro en sondear
nuestra vida interior. Nos avergonzamos de nuestro pecado ante la santidad del
Hijo de Dios. Y cuando uno se avergüenza de su propio pecado aprende a saber
amar a ese hermano; deja de criticarle y se empieza a rezar por él;
llegando incluso a realizar penitencias personales para pedir la gracia de su
conversión.
La
Palabra de Dios es capaz de ir tallando en nosotros a hombre y a mujeres nuevos,
siempre que nos acerquemos a Ella con una actitud admirativa y abierta a la sorpresa de Dios. El Espíritu
Santo la rejuvenece cada vez que nos acercamos a Ella y va engendrando dentro
de nuestro ser una Vida que sobrepasa toda vida. Una Palabra que nos va
enseñando a obedecer, y que a la vez nos santifica y nos protege. Una Palabra
que, en según la Epístola a los Hebreos nos exhorta diciéndonos «Mantengamos
la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha
atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios».
Hoy
se nos ha dado una Palabra muy importante a esta Asamblea: Dios ha muerto por
nuestros pecados y por medio de su pasión ha destruido la muerte. Nuestra
salvación ha sido comprada a precio de la Sangre del Cordero.
Y ante
esto nosotros debemos de ser RESPONSABLES. Recordemos, pasemos de nuevo
por el corazón, aquel anuncio realizado por el Señor al ángel de la Iglesia en
Sardes: «Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y
conviértete» (Ap. 3,3). Tenemos entre manos una gran responsabilidad;
tenemos entre manos una Palabra que salva, que ofrece y realiza la salvación.
Cada vez que nosotros nos alimentamos de Ella vamos aportando a nuestros
hermanos lo más vital y central de Ella a sus personas. Ni nosotros ni nadie
podemos poner ‘puertas al campo’ ni cerrar nuestras parroquias a los nuevos
movimientos que el Espíritu Santo va propiciando en el seno de la Iglesia
porque ese ejercicio de irresponsabilidad del llamado a ser el responsable empobrece
espiritualmente a las almas a él encargadas.
Es muy
necesario ser HUMILDE. Lo que genera la conversión y el deseo de amar a
Cristo Crucificado no son nuestras palabras ni nuestros discursos. Es su
palabra a través de las nuestras la que genera la fe, la conversión, el
seguimiento, la esperanza y el amor. Nosotros prestamos nuestras voces y
nuestros labios al autor de la Salvación eterna. La misma melodía
interpretada en un violín, un piano, un órgano o una flauta travesera, tiene su
timbre y su cromatismo diferente. El timbre, nuestro timbre, es un elemento
necesario para dar cuerpo a la Palabra, pero no es salvífico en sí; lo
salvífico es la melodía, la voz de Dios, el mensaje en su esencia más pura.
Y la
tercera cualidad es la FIDELIDAD a la Palabra, la fidelidad a Cristo, el
cual es la Palabra eterna salida del seno de Dios. No podemos desfigurarla con
nuestras ‘genialidades’, ya que los destinatarios la necesitan en su estado más
puro que ilumine su vida, le interprete y le consuele. Hoy Cristo muerte
crucificado; esta es la Palabra que Dios nos viene a ofrecer.
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jueves, 17 de abril de 2014
Homilía del JUEVES SANTO 2014, ciclo a
JUEVES SANTO 2014, 17
de abril de 2014
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 11, 23-26;
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 13, 1-15
LECTURA DEL LIBRO DEL ÉXODO 12, 1-8.11-14;
SALMO 115; LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 11, 23-26;
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 13, 1-15
Una
auténtica espiritualidad es un valioso potencial para sostener la
identidad, la autonomía y la comunión entre todos aquellos que nos llamamos
cristianos. Es más, aceptar a Dios como real y como Dios supone, asimismo,
esperar pacientemente su discreta y progresiva manifestación. Mas la
manifestación divina no es inmediata, ya que el Señor desea probarnos en la fe,
para constatar si realmente somos dignos de tener su presencia.
«Dadme
muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o
pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?»
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?»
(Santa
Teresa de Jesús, VUESTRA SOY)
Es tiempo de resistir a todas las tentaciones
evasivas. Es tiempo de perseverar,
sin forzar la máquina, en lo que hacemos y tenemos. Es hora de conocerse a sí
mismo al trasluz de la prueba e ir dejando las «defensas» y todas nuestras «elaboradas
escusas» que hasta ahora íbamos poniendo ante Dios. Es tiempo para dejarnos
enternecer ante la Palabra de Dios y de permitir que los escalofríos
atraviesen todo nuestro cuerpo ya que somos muy conscientes de que todo esto
que experimentamos nos trasciende, nos
supera y se nos regala.
Una Palabra fue revelada a Moisés y
a Aarón en tierra de Egipto: «Dios, allá por donde pasa, da vida». En el seno
de la opresión, cuando los hebreos estaban sufriendo la esclavitud en Egipto, se implanta la fiesta de la liberación.
Moisés había adquirido esa complicidad tan necesaria con el Señor, de
tal modo que Dios se había constituido en su autentica pasión de amor.
San Pablo optó por Jesucristo y nos urge a que no perdamos ni un segundo
más en la duda ante esta opción. Ya no seguimos a Cristo como un imperativo
categórico como aquel que acude a una clases o hace unos exámenes en la
universidad para conseguir un título académico, o como aquel que hace algo como
remedio a un mal mayor o fruto de la obligación. Ahora seguimos a Jesucristo porque
ha pasado a
nuestro corazón y aquí ha encontrado «una secreta y dichosa complicidad».
De este modo, hacemos nuestras las palabras del salmista:
«Amo tu
voluntad, Dios mío, llevo tu ley en mis entrañas»
(Sal
40,9)
El gozo nace del afecto. Es tanto el
atractivo que Jesucristo ejerce sobre nosotros que renunciamos a nuestras
propias apetencias por gozar de la dulzura de su compañía en la
Palabra revelada y en la Eucaristía.
Cuando el frágil árbol de nuestra
vida es sacudido por los agresivos vientos de las crisis, del dolor, de los
desengaños, llegan hasta a hacer peligrar las hojas, las ramas y su tronco...
es entonces cuando los motivos para continuar en la entrega interior y en la
dedicación exterior se jerarquizan; y de entre ellos emerge el motivo de los
motivos que nos hace brotar una sonrisa de honda alegría: Dios. La fidelidad a
Dios se convierte, no en una simple norma de nuestra vida, sino en el motivo
que nos sostiene, alimenta y alegra nuestra entrega diaria.
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domingo, 13 de abril de 2014
Homilía del DOMINGO DE RAMOS 2014
DOMINGO DE RAMOS, 2014
Hermanos,
estamos llamados a ir al encuentro de las almas.
Muchos hermanos nuestros carecen de referentes en su vivir, no encuentran
modelos de conducta que les genere un interrogante serio y crucial. En una
sociedad como la nuestra se nos presenta el estar atado a las cosas y el
acumular riquezas como una liberación y el desenfreno de los deseos más
primarios como algo natural y bueno. En una sociedad como la nuestra todo esto
genera un socavón y una herida de dimensiones muy preocupantes. La maldad ha
adquirido carta de ciudadanía y 'campa a sus anchas' en muchas de las
conciencias. No olvidemos que Jesucristo ha venido a liberarnos de la
esclavitud del pecado, y resulta cosa de necios, volvernos a atar con los
mismos grilletes que Cristo mismo ya nos había quitado. Nos confunden
identificando el bien con el derecho a la mujer a abortar; nos confunden
identificando el bien con el disfrutar del propio cuerpo sin limitaciones; nos
confunden identificando el bien con el adoctrinamiento ideológico que sufren
nuestros jóvenes en los institutos y en las universidades; nos confunden
identificando el bien con el usar de la otra persona a tu antojo; nos confunden
identificando el bien con el derecho a que dos homosexuales realicen un acto
jurídico de unión y que a eso lo llamen 'matrimonio'; nos confunde de mil y una
forma llegando a deformar las conciencias cristianas.
El
profeta Isaías nos dice el Señor «cada mañana me espabila el oído, para que
escuche como los iniciados». Y lo que vamos a escuchar no nos a gustar, nos
va a incomodar; nos generará malestar porque nos habla de exigencia, de
esfuerzo, de renuncia, de que cada cual cargue con la cruz y que sigamos a
Cristo. El pecado nos ha adormilado y nos creemos con el derecho a hacer lo que
‘nos venga en gana’ dejándonos guiar en nuestro vivir por las corrientes e inspiraciones
mundanas. Sin embargo, el Señor haciendo un serio ejercicio de paciencia con
cada uno nos dice que ‘le escuchemos’. Y cuando uno escucha la voz de Dios
descubre que lo que antes se consideraba como bueno y deseable se constituye en
algo odioso y aborrecible. Para el cristiano, ir adelante, el progresar
significa abajarse. Si no aprendemos esta regla cristiana, nunca seremos
capaces de entender el verdadero mensaje de Jesús sobre el poder. El mundo ‘nos
mete por los ojos’ su mensaje seductor, y Cristo nos desenmascara
manifestándonos que vivir así la vida es una auténtica estafa. Nos enseña el
Papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta que «el que ama da su vida como don; mientras que el egoísta
cuida su vida y crece en este egoísmo, hasta volverse un traidor, pero siempre
solo».
Lo
nuestro es salir al encuentro de las almas, anunciar a Cristo como la VERDAD
que da sólido fundamento a todos aquellos que deseen estar con Él.
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viernes, 4 de abril de 2014
Homilía del Domingo Quinto de Cuaresma, ciclo a
DOMINGO QUINTO DE CUARESMA,
ciclo a
EZEQUIEL 37, 12-14; SALMO 129; SAN PABLO A LOS ROMANOS 8, 8-11; SAN JUAN 11, 1-45
No hace mucho, una vez concluida la
Eucaristía, entra una señora en la sacristía y me comenta que era la primera
vez, en mucho tiempo, que había escuchado una homilía en la que se hablase de Satanás, del infierno y del pecado. De hecho el
pecado es una constante en nuestro quehacer diario que nos hace perder pasión
en el amor. Todos los que conducimos enseguida nos percatamos cuando el
automóvil no responde como debe al apretar el acelerador o en el cambio de
marchas. Es como si tuviese una fuga por donde se escapase la fuerza al
vehículo y no pudiera rendir como debiera durante la conducción en carretera. No
digamos nada cuando estamos disfrutando de una película en la televisión y se
produce una bajada de la intensidad de la señal quedando la imagen y el sonido
interrumpidos durante unos instantes. Pues esa fuga de potencia en el automóvil
o esa imagen interrumpida en el receptor de la televisión es consecuencia de un
anormal funcionamiento de las cosas. En la vida
cristiana ese anormal funcionamiento de las cosas es el espacio que el pecado ha
triunfado sobre el amor. Ese espacio vaciado del amor nos incapacita a vivir en
plenitud como hijos de Dios y perjudica
a nuestros hermanos al no ofrecerles el mensaje de Cristo encarnado en nuestro
vivir.
En la lectura del profeta Ezequiel se nos habla de unos sepulcros. Los
sepulcros son para los muertos, aunque hay una especie nueva de cristianos: los
'cristianos zombis', es cierto que suena muy raro, pero sí, hay muertos
vivientes espiritualmente hablando. Es que resulta que hay
cristianos que viven habitualmente en estado de condenación. Recordemos
que el pecado envejece el
alma y puede llegar a matarla.
¿Y qué consecuencias tiene tener
el alma envejecida? Por lo pronto el dar igual pecar otra vez sin
hacerse problema, bajar la guardia y visto que se ha pecado una vez pues, ya
estropeado ¡qué más da! Las relaciones familiares se resienten porque, al
costar el hecho de perdonar, pues no se perdona; el abuso de la mentira; la
lujuria hace acto de presencia; la ira y la 'mala leche' se descontrolan. Y un
elenco infinito de cosas que todos conocemos, y muy de cerca, por experiencia. Cuando
el Demonio está tranquilo ante nuestra presencia, mal vamos. Ahora bien, cuando
somos fieles a Cristo y luchamos por crecer en la vida espiritual y a
permanecer en el estado de gracia, estas cosas generan que en Demonio se ponga
muy nervioso, no pare quieto (sea un 'culo inquieto') y se estruje los sesos
para engañarnos.
Dios nos quiere rescatar de nuestros
sepulcros, de nuestros pecados. Lo que nos puede pasar es que la inercia, los
hábitos mal adquiridos, nos inciten e inclinen a volver a pecar. De ahí la
importancia de no descuidar la oración personal y comunitaria para resistir
firmes en la fe. Jesucristo nos dice: «¡Quitad la losa!»; Jesucristo te dice:
Rompe con tu pecado y vente ante mi presencia. Muchas veces somos como ciegos
que se dejan guiar por el perro lazarillo. Gracias a ese animal el ciego puede
llegar felizmente a su destino. El pecado nos ha debilitado mucho el alma, y es
el Espíritu Santo el que, como lazarillo, nos va guiando por el camino recto
por el honor de su nombre. La presencia del pecado nos perjudica perdiendo
intensidad en el amor. Dejemos que Cristo sane esa herida ocasionada por el
pecado para amar con la intensidad que nos debe de caracterizar a todos
aquellos que somos de Jesucristo.
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sábado, 29 de marzo de 2014
Homilía del Domingo Cuarto de Cuaresma, ciclo a
Domingo Cuarto
de Cuaresma, ciclo a
PRIMER LIBRO DE SAMUEL 16, 1b. 6-7. 10-13 a;
SALMO 22; SAN PABLO A LOS EFESIOS
5, 8-14; SAN JUAN 9,
1-41
El Papa Francisco, en una de sus
homilías matutinas en Santa Marta nos dice que «para
seguir a Jesús debemos despojarnos de la cultura del bienestar y de la
fascinación de lo provisional». Reconozcamos que estamos domesticados y
ese bienestar nos adormece y no nos deja seguir de cerca a Cristo. El bienestar nos está anestesiando
porque al encontrarnos cómodos y satisfechos nos olvidamos de ir buscando la
auténtica riqueza que es Cristo. Muchos novios e incluso matrimonios piensan en
lo hondo de su corazón 'estaremos juntos hasta que
se acabe el amor', una vez que 'el amor se acabe' cada cual se vaya por
su lado. Y no digamos nada cuando hablando de la paternidad responsable, tanto
él como ella, te dicen: «No, no, más de un hijo no. Porque no podremos ir de
vacaciones, no podremos ir a tal lugar, ni comprar ese coche que queremos ni poder
pagar la hipoteca de la casa», y se quedan tan frescos. Esto es lo que hace la
cultura del bienestar, una cultura que nos destruye, que nos despoja de aquel
valor y coraje para acercarnos a Jesucristo. Todo
sujeto y bien agarrado, pero Dios no cuenta por ningún lado.
Hay
adolescentes y jóvenes que han cogido el hábito de acudir al alcohol para
evadirse de la dura problemática que le envuelve olvidándose de buscar a Aquel
que da la paz. Todo a nuestra medida y todo a nuestro gusto.
Pues bien, hoy Dios nos ofrece una
catequesis sobre cómo nunca debemos
dejarnos llevar por las apariencias, de
cómo no podemos permitirnos estar anestesiados por el bienestar, por lo que
pueda atraernos por parecernos lo más atractivo. Cada cristiano tiene dentro de sí una potente luz que
proporciona una claridad que no es de este mundo: Es la inspiración divina
que va moldeando nuestros corazones. El Señor dice al profeta Samuel «No te fijes en
las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los
hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón».
¡Que importante es tener la luz de
Cristo para poder ver la realidad en su verdadera dimensión! Dense
cuenta de lo que dice San Pablo a los Efesios: «Caminad como hijos de la luz (toda bondad,
justicia y verdad son fruto de la luz), buscando lo que agrada al Señor, sin
tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas».
Sin la luz de la fe estaríamos ciegos. Un bautizado que vive como un pagano está
ciego. Una decena de bautizados que están viviendo como paganos están ciegos;
un millar de bautizados que están viviendo como paganos están ciegos; un millón
de bautizados que están viviendo como paganos están ciegos; el que más de medio
planeta de bautizados que están viviendo como paganos estén ciegos no quiere decir ni que para ser cristiano
hay que estar ciego ni quiere decir que la luz que es Cristo se haya apagado.
Lo que pasa es que estamos muy empecatados, adormecidos, atolondrados y el Demonio
va ocupando un lugar que únicamente le pertenece a Jesucristo. San Agustín,
partiendo de su propia experiencia nos ofrece esta cita o pensamiento donde
afirma que «no hay nada más infeliz que la
felicidad de los que pecan».
La Pascua está cerca y el Señor
quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Acojamos a Cristo
resucitado y dispongámonos a acogerle. «Vete, lávate», nos dice Jesús. Lavémonos en
las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia para encontrar la luz y
la auténtica alegría que brota de Jesucristo.
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sábado, 22 de marzo de 2014
Homilía del Domingo Tercero de Cuaresma, ciclo a
DOMINGO TERCERO
DE CUARESMA, ciclo a
ÉXODO 17, 3-7; SALMO 94; SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 1-2. 5-8; SAN JUAN 4, 5-42
Tanto el Pueblo de Israel como la
Samaritana del Evangelio son símbolos de todos nosotros y de la humanidad
entera, siempre inquietos buscando aquello que
deseamos y no tenemos: la realización plena, la vida, la felicidad.
En la primera lectura nos
encontramos al Pueblo de Israel que está sediento. Llegan a tal extremo que los
más atrevidos se llegan a encarar con Moisés.
Le empiezan 'a echar en cara' las cosas: «¿Por
qué nos ha sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros
hijos y nuestros ganados?» (Ex 17.3). La ausencia de agua física
-recordemos que estaban en el desierto- les
lleva a cuestionarse si verdaderamente Dios está con ellos o si todo ha sido
una alucinación y acabarán muriendo de sed en el desierto. El pueblo
empieza a entrar en una espiral de rebeldía, de murmuración, de falta de
respeto y de sinrazones que se rebelan contra
Moisés de tal manera que llegan a
ofender a Dios. El pueblo había cogido una rabieta escandalosa y
lo mismo que sucede con los niños cuando están enrabietados es imposible poder
razonar con ellos. Sin embargo, toda esta situación
de pecado no impide que Dios continúe escribiendo la historia de la salvación
para que, cuando se calmen, recapaciten y se arrepientan de su mala conducta puedan descubrir el paso de Dios durante
estos momentos tan encolerizados y de impiedad por parte del pueblo. Por
eso se dice que se dio a aquel lugar el nombre de Masá -es decir, PRUEBA- y Meribá -es decir, QUERELLA, y nos sigue diciendo la
Sagrada Escritura «porque los israelitas habían
querellado contra Él». Es tanto
como si el mismo Dios hubiera levantado un monolito en ese mismo lugar para que el pueblo recuerde la infinita paciencia que Dios tiene con nosotros y cómo nos asiste
a pesar de nuestro comportamiento desagradecido e ingrato. Nosotros
muchas veces culpamos a Dios injustamente porque nuestras necesidades no están
saciadas como deberían, mientras que somos las personas las que provocamos esas
situaciones con nuestro egoísmo y con nuestra falta de solidaridad. Dicho con
otra palabras: son muchas las veces que nosotros mismos sufrimos las
consecuencias del pecado. Por ejemplo, el pecado del resentimiento, del no
querer perdonar de corazón, el odio acumulado son las cosas que hacen imposible
la reconciliación en al amor en un hogar. El llegar a pensar que se puedan dar
unas malas acciones son tan serias que ni siquiera la misericordia de Dios lo
pueda sanar, eso ya es en sí mismo un pecado muy serio. Si Dios es capaz
de perdonar y de sanar esa herida ocasionada por el pecado; cada uno de
nosotros, con la asistencia divina, también podremos.
El pueblo de Israel bebió y comió
gracias a Dios. Pero el ser humano anhela algo más
que lo material, algo más que no sea tan superficial y pasajero. Nos
dice Jesús en el Evangelio de hoy «El que
bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré
nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un
surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Esa es la gran verdad que
descubre esa mujer Samaritana tras encontrarse con Jesús. La Samaritana puede ser cualquier persona que tiene en el
fondo de su corazón una sed desconocida, pero que busca, y no se niega a
ser saciada. Por eso Jesús se presenta como el AGUA VIVA que apagará su sed para siempre. Hay gente que, de modo
equivocado, no acuden a Jesucristo, y se dedican a 'ponerse parches' o remedios
superficiales tales como el alcohol, el refugiarse en el trabajo, la droga, el
afán de poseer, el mal uso de la sexualidad, la violencia con los demás o
cualquier otro 'parche' que no hacen más que incrementar la sed de gozar de una
vida plena con sentido.
San Pablo nos da una palabra de
aliento. Jesús ha venido al mundo para restablecer nuestra relación con Dios;
que es tanto como decir que ¡Sí es
posible podernos quitar esa molesta sed bebiendo de Dios! O sea, Dios nos
permite beber de Él porque su amor hacia nosotros sigue intacto. Y ahora la
pregunta es...y ahora ¿qué tengo que hacer yo para beber de Dios?¿qué medios me
ofrece la Iglesia y me pone a mi disposición para que yo entre en esa dinámica
sobrenatural a lo que Cristo me invita a adentrarme? ¿me puedo conformar con lo
que tengo o realmente tengo que 'buscar mi sitio' y dejarme evangelizar dentro
de la gran riqueza que existe en nuestra Madre la Iglesia?.
Cristo te dice: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba»
(Jn 7,37b)
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