domingo, 7 de marzo de 2010

Día del Seminario 2010, El Sacerdote, testigo de la misericordia de Dios

DÍA DEL SEMINARIO 2010.

EL SACERDOTE, TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS.

http://www.conferenciaepiscopal.es/seminarios/2010/motivacion.pdf

El lema que titula la celebración del Día del Seminario para este año, «El sacerdote,testigo de la misericordia de Dios», también debe ayudarnos a tomar conciencia de aquellos rasgos que son propios de los sacerdotes y que han de ser los que un joven seminarista desee y anhele para su futuro comportamiento pastoral en la Iglesia y en la sociedad.

El tema de la misericordia vivida y testimoniada por el sacerdote se centra en una dimensión primordial y capital de su vocación concreta: la relación con Cristo pastor misericordioso. También esta relación debe ir creciendo gradual y paulatinamente durante los años de formación en el seminario.

Actualmente, seminaristas y sacerdotes son un haz de relaciones que modelan su forma de ser y espiritualidad. Llamados a la triple condición teológica (servidores de la Palabra, de la liturgia y de la comunidad), igualmente su formación reclama actitudes personales y espirituales coherentes con estas funciones que se darán en su ministerio. Por tanto, es el seminario el lugar más propio y único para iniciar a los candidatos al sacerdocio en las virtudes sacerdotales: la fe, la esperanza, la caridad pastoral, la vida orante, el celibato, la pobreza, la disponibilidad obediente, la formación teológica, la fraternidad presbiteral... ¡y las actitudes de misericordia!

Ante un panorama tan amplio, vamos a fijarnos en el tema de la misericordia como trabajo propio para esta campaña o jornada anual del Día del Seminario.

El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios

DÍA DEL SEMINARIO 2010

MOTIVACIÓN GENERAL

MISERICORDIA DE DIOS EN EL CAMINO VOCACIONAl

La teología del ministerio sacerdotal, basada en la Escritura y en la Tradición de la Iglesia, ha acuñado una fórmula que expresa fielmente la identidad del sacerdote: es signo sacramental de Cristo pastor . Esto significa que hay rasgos y actitudes que no pueden faltar en la vida de los pastores. De entre todos, el rasgo básico, primordial y de identificación vital del sacerdote con Cristo es su amor identificativo; esto es, encarna en sí las actitudes, acciones, comportamientos y sentimientos de Cristo.

Bajo la cobertura de este rasgo general, reflexionaremos acerca de la misericordia por medio de la cual el presbítero realiza su condición de ser signo sacramental de Cristo pastor.

Diario de 7 días de televisión

Diario de 7 días de televisión

Texto José Javier Esparza Fortografías Jesús Caso

Si la programación televisiva es un espejo de la sociedad que todos los días se sienta frente a ella, españa tiene graves motivos para preocuparse. La crónica de una semana frente a la pequeña pantalla permite sacar algunas conclusiones inquietantes sobre los intereses de los productores y sobre los instintos, los gustos y los disgustos de los espectadores.

Hay tres formas de ver la tele (entre otras). Una consiste en verla como puro entretenimiento, sin dar mayor importancia a lo que aparece en pantalla. Esta es la forma que frecuenta la mayoría de nuestros vecinos, lo cual explica su deplorable gusto (el de los dos: el mal gusto de la tele y el mal gusto de la muchedumbre). Como la tele da de sí lo que da, que es más bien poco y, en todo caso, siempre insuficiente, esta pauta de comportamiento conduce necesariamente al zapeo desenfrenado, con sus inevitables consecuencias en el ámbito psicológico: déficit de atención, volubilidad sentimental, etcétera. ¿O no ha tenido usted la impresión, hablando por ejemplo con un jovenzuelo, de que su interlocutor, en cierto momento de la conversación, ha hecho amago de sacar un imaginario mando a distancia para escabullirse cambiando de canal, como si usted fuera un programa intercambiable por otro?
Hay una segunda forma de ver la tele que podríamos describir así: mucho sufrimiento. Es el tipo de conducta de quien se implica de tal manera en lo que ve en pantalla, que el ejercicio le produce sudoraciones frías, tics incontrolables, insomnio y malestar general. Por fortuna para la salud pública, no hay muchos espectadores así; de otro modo, las urgencias de nuestro sistema sanitario estarían aún más colapsadas que de ordinario. Esta manera de ver la tele se extiende en una cierta minoría social, digamos, ilustrada, y es particularmente activa en los críticos de televisión de rango novel.
Y luego está la tercera forma de ver televisión, la que podríamos calificar como forma fetén, y que consiste en observar la pantalla en actitud impertérrita, con la pétrea cualidad del mineral, que ni siente ni padece. Esta es la actitud aconsejable, a un paso de la ataraxia que proponían los estoicos: vacío de pasiones, sin odio ni piedad. Bien es cierto que, para llegar hasta aquí, hace falta un largo y duro ejercicio, y también un caparazón que sólo con el tiempo se desarrolla.
Después de veinte años de ejercicio diario de la crítica televisiva, quien esto suscribe puede blasonar de haber alcanzado ya –o estar a punto– el sublime estado de la ataraxia televisiva. Desde tal estatuto, el espectáculo no posee más consistencia que las sombras chinescas, y la realidad televisual adquiere un etéreo aire de simulacro. Es, por cierto, el momento en el que cualquier cosa que uno pueda decir deja de tener importancia. No se extrañe usted, por tanto, si al acabar de leer este texto recibe la noticia de que un servidor ha sido cesado de sus funciones como crítico. Pero, de momento, he aquí el fruto de una semana televisiva vista con ojos ataráxicos.

Lunes

‘CSI’: ¿Quién dijo que a la gente sólo le interesa la basura?

Sangre e higadillos. No viscosos y repugnantes, sino pulcros y asépticos. Es admirable la habilidad de CSI para poner en escena la chicha con la mayor apariencia de limpieza. Todo supermercado debería inmediatamente fichar a los directores artísticos de esta serie. Que es, por otro lado, una estupenda serie. CSI, esta historia de forenses policiales que resuelven crímenes sobre la base de sus investigaciones científicas, lleva siete años (si no he contado mal) emitiéndose en España. Y durante todo ese tiempo, ha sido el programa más visto de su franja de emisión. Para que luego digan que a la gente sólo le interesa la basura. Mentira cochina: la gente ve aquello que puede elegir de entre la limitada oferta que las cadenas le proponen. Y cuando le proponen una buena serie, con buenas historias, es raro que la audiencia falte a la cita. Por cierto que hay tres CSI distintos y cada uno de ellos responde a un patrón psicológico y sociológico diferente. El primero y más afamado es CSI Las Vegas, que transcurre en esa especie de Gomorra desértica que es la ciudad de los casinos. CSI Las Vegas ha pivotado en torno a un personaje decisivo: el doctor Gill Grissom, escéptico científico de aire entre ilustrado y positivista. Por fortuna para el público más primario, como este servidor, el reparto incluye a Marg Helgenberger, la única mujer del mundo que ha logrado estar más guapa cada año que pasa. Luego está CSI Miami, que traslada la acción a la Meca de Florida, que es algo así como el Patio de Monipodio y Puerto de Arrebatacapas de los United States. Aquí, en Miami, el personaje principal es un duro policía (duro por fuera y sensible por dentro, como siempre) que se llama Horatio Caine, que es pelirrojo y que mira al mundo con aire de eterna suspicacia, ocultos los ojos tras unas gafas de sol de imposibles colores.
“Horatio es un fascista”, me decía hace poco una amiga, periodista ella y, por supuesto, muy progresista. ¿Por qué? Porque Horatio representa a la autoridad. Mi amiga, por el contrario, admira al Grissom de CSI Las Vegas, porque representa a la inteligencia. Mi amiga, pese a su talento natural, ha pasado por alto que en eso precisamente consiste el truco: CSI propone a diferentes tipos de público diferentes situaciones y diferentes personajes, para que el público elija, se implique, adore a unos y deteste a otros, y cada uno de esos sentimientos revierta siempre, invariablemente, en el éxito global del producto. (Por cierto que a mí me cae mejor Caine que Grissom, porque entiendo con más nitidez sus sentimientos; es obvio que hay un CSI de izquierdas y otro de derechas, y que los guionistas han sabido dibujar ambos personajes con mano maestra).Hay un tercer CSI que transcurre en Nueva York. Es el que menos éxito ha tenido en España. A mi amiga le deja fría. Ella, no obstante, viaja a Nueva York cada vez que puede, para comprarse trapos –aunque ya han pasado los tiempos en los que los turistas españoles arrasaban las tiendas neoyorquinas al grito de “Give me two!”– y dejarse fascinar por el encanto de hormigón y hierro de la ciudad de los rascacielos. Es interesante: nos fascina menos lo que consideramos más a mano.


Martes

La lucha por el poder se libra en las series, no en los telediarios

Una vez asistí a un debate entre políticos con responsabilidades de Gobierno. Yo mismo las tenía entonces, si es que en mi caso puede hablarse propiamente de “responsabilidades” en momento alguno. La cosa es que, en el curso de la discusión, alguien planteó la necesidad de aprovechar TVE para comunicar a la sociedad la visión del mundo, la ideología o como usted quiera llamarlo, del Gobierno en cuestión. “Eso, eso: hay que apoderarse de los telediarios”, bramó alguno. “¿Los telediarios? –contestó el que había sugerido la idea–. ¿Para qué me sirven los telediarios? La gente no construye su visión del mundo sobre lo que dicen los telediarios, sino sobre los otros programas: los culebrones, las series, las películas, los concursos… Es ahí donde se transmiten ideas, sentimientos; no en los telediarios”.
La lucha por el poder cultural es un clásico de la política en todos los tiempos, y lo es muy especialmente desde el primer tercio del siglo xx. Si a usted no le suena el nombre de Gramsci, haría bien en ir familiarizándose con él.
En TVE hay dos programas de ficción, dos series, dos productos de muy buena factura, que son un perfecto ejemplo de transmisión de una visión del mundo determinada, políticamente orientada en una dirección muy concreta. Se trata de Amar en tiempos revueltos y La señora. Ambos vienen firmados por Diagonal TV, que es una casa de la factoría Endemol, controlada por Toni Cruz y Mainat, los ex componentes del grupo musical La Trinca y conspicuos representantes de la izquierda-caviar catalana.
Los dos relatos, Amar en tiempos revueltos y La señora, tienen un mismo objetivo: reconstruir la memoria histórica de los españoles a partir de sendas narraciones ficticias. La primera pone en escena la España de la inmediata posguerra civil; la segunda, la España de los años veinte. Ambos productos destacan por una calidad técnica y artística más que aceptable. Ambos obtienen un sostenido éxito de audiencia.
Esto es importante: no se trata de plúmbeos discursos doctrinales, sino de historias de ficción. Porque los discursos doctrinales huelen de lejos a manipulación y buena parte del público pone los pies en polvorosa en cuanto los divisa. Por el contrario, las historias de ficción permiten hacer pasar, por vía sentimental –siempre mucho más eficaz que la vía racional–, juicios y prejuicios, valores y antivalores. Así, un público que vivió la España de la posguerra desde el bando vencedor ha llegado a identificarse con la situación de los vencidos, y un público que apenas conocía la España de los años veinte ha llegado a entender que todo, absolutamente todo, justificaba los intentos de revolución proletaria de los treinta.
¿Legítimo? ¿Ilegítimo? En el fondo, ¿qué más da? “Sólo son relatos de ficción”, dicen los mismos que los han puesto ahí para cambiar la mentalidad de la gente. En el lado contrario del espectro político, los perjudicados por la operación siguen preocupándose por qué se dice de ellos en los telediarios. Aún no han entendido que la clave de poder cultural, de la influencia sobre las mentalidades, como decía aquel sujeto, no está en los telediarios sino en el resto de la programación.


Miércoles

Telebasura: hace medio siglo hubiese habido una revolución por esto


Érase una vez un país donde la afición favorita de las masas consistía en asomarse a la ventana, a ver cómo los profesionales del cotilleo se entregaban a la feroz tarea de desollar sin pausa al prójimo. Terminada la fiesta, con los pellejos de las víctimas sobre el suelo y las manos de los cotillas rojas de sangre, el público prorrumpía en una expresión incontinente y confusa de sus sentimientos, con gritos de “viva” y “muera” mezclándose en una repugnante promiscuidad mental. Concluido el griterío, los profesionales del cotilleo saludaban al tendido; porque el griterío, en efecto, también formaba parte del espectáculo. Y el público, satisfecho, vuelve a sus rutinarios quehaceres con el ánimo repuesto y distendido. (Que nadie piense, en efecto, que la disconformidad del público afecta al desarrollo del espectáculo. Para el promotor, lo importante no es si a la gente le gusta o no, sino si la gente lo ve o no. No importa la satisfacción del público, sino la cantidad de él que se ha acumulado en los balcones. Si no entendemos esto, no entenderemos nada).
Esto no es una pesadilla. Con frecuencia tiene uno esa impresión, la de la corrala desolladora, cuando asiste a los espectáculos de cotilleo que de un tiempo a esta parte inundan las “parrillas” de nuestros canales, y especialmente de nuestros canales “italianos”, o sea, Antena 3 y sobre todo Telecinco. Los italianos, como es sabido, vienen a España a hacer la televisión que no se les deja hacer en su país. ¿Por qué no se les deja hacer esa televisión allí? Porque allí hay leyes que protegen determinados horarios, para que la tele no deforme excesivamente a los niños y los jóvenes. Pero ¿acaso no existen esas leyes en España? Sí, existen; en España y en todos los países de Europa. La diferencia reside en que en el resto de Europa se cumplen, y en España, no. Spain City, ciudad sin ley. Si nuestros gobernantes pusieran en aplicar la legislación televisiva el mismo celo que ponen en aplicarnos multas e impuestos, nuestra televisión sería la más legal del mundo. Pero no: la tele es una de las regiones nacionales donde la ley nunca está vigente. Y así los Gobiernos dan y quitan canales, y a cambio obtienen la certidumbre de que las cadenas, gozosas con ese libertinaje ilimitado, nunca irán demasiado lejos en sus críticas, no vaya a ser que se les acabe el negocio. Es asqueroso, pero es así.
Calamitosa coalición: el interés político y la falta de escrúpulos comercial difunden un nuevo tipo de opio del pueblo. Hace medio siglo habría habido una revolución por esto. Ahora no. Quizás es que nos han dormido ya.
El problema de la llamada “telebasura” no es que exista; en el mundo existen el mal y el horror, la estupidez y la infamia, la zafiedad y el vicio, y sería absurdo cerrar los ojos a eso. Pero una sociedad, para construirse una imagen sana de sí misma, se ocupa en confinar tales cosas en espacios determinados. En las ciudades hay bajos fondos y barrios “hot”, y en la televisión hay, o debería haber, horarios protegidos y otros donde sí sea posible exhibir todas aquellas cosas. Así funciona el asunto en la mayor parte del mundo; no es una situación óptima, pero, al menos, hace el aire respirable. En España, por el contrario, hemos consentido que pongan los burdeles en las puertas de los colegios. Y luego, eso sí, nos quejamos, dolientes, de la “pérdida de valores”. Estúpidos.
Sí, sí: estaba hablando de Sálvame, en Telecinco. Pero lo mismo vale para algunos otros programas.


Jueves

‘Gran Hermano’: la fidelidad de tres millones de espectadores revela que
algo malo nos pasa en España


no, no es verdad que todo reality-show sea necesariamente nocivo. Es cierto que el reality, desde el momento en que pivota sobre la exhibición de la privacidad, tiende más que otros géneros televisivos a caer en lo inaceptable. Pero ha habido reality-shows bastante decentes como Operación triunfo (lo fue algún día), y esta misma semana hemos tenido en pantalla dos buenos ejemplos de programas constructivos –al menos, en su planteamiento– dentro de ese género: El aprendiz, en La Sexta, y Curso del 63, en Antena 3. Ahora bien, cuando un reality-show toma como único argumento aquella exhibición de la privacidad, sin más cobertura narrativa, entonces el espectáculo degenera. Un ejemplo perfecto es Gran hermano. Y un dato inquietante: España es el único país del mundo donde Gran hermano se prolonga año tras año manteniendo la fidelidad de tres millones de espectadores. Es evidente que algo malo nos pasa.
Es muy interesante ver la evolución de Gran hermano. Las últimas temporadas han ido estilizando cada vez más su planteamiento hasta llegar a la destilación perfecta de los instintos más primarios, o sea, sexo y violencia. Objeción posible del lector: “El sexo sí, desde luego pero la violencia, ¿dónde está?”. Pues la violencia está en la escenificación, más aún, en la provocación del conflicto entre los concursantes; conflicto que con alguna frecuencia llega a la expresión física de la agresividad. Sexo y violencia, pues: Eros y Thanatos. Las potencias elementales, instintivas, del género humano desde la aparición del homo sapiens sapiens. No hemos progresado mucho, a decir verdad.
En la temporada de verano-otoño de 2009, la televisión nos ha mostrado hasta la saciedad la imagen de un concursante que, sumergido en una piscina (“yacuchi” la llaman), cae sobre sus espaldas y exhibe un miembro erecto. A juzgar por la insistencia con que nos han puesto la escena en cuestión, todos los días y a todas horas –a todas–, se diría que el cámara, el productor, el director, o quien sea, ignora por completo el origen de este fenómeno fisiológico y cree hallarse ante un descubrimiento sensacional, uno de esos hallazgos que cambian el curso de la historia humana. ¿Es acaso la primera vez que el jefe de Telecinco lo ve? ¿A él nunca le ha pasado? ¿Padecen los responsables de Gran hermano alguna secreta carencia que nos ocultan? Todo varón normalmente constituido estaría en condiciones de explicarles detalladamente el proceso. También podría hacerlo sin rubores cualquier ganadero.
Ganado: la estabulación ha terminado siendo el rasgo mayor de Gran hermano y es, probablemente, lo que más valor de metáfora social da a este programa. El famoso “experimento sociológico” de Mercedes Milá ha terminado conduciendo a una atmósfera de zoológico. No deja de haber algo atractivo en ello. Todos los hombres, en todos los tiempos, hemos sentido alguna vez la tentación de volver a ser como animales salvajes: abandonar nuestras inhibiciones y dar rienda suelta al instinto depredador, a la aplicación estricta del principio de supervivencia. Ahora bien, lo que es radicalmente nuevo, lo que en verdad es un acontecimiento, es que esa nostalgia secreta no apele al estado salvaje, sino al estatuto del animal doméstico, como los cerditos y las gallinitas: estar encerrado en una granja, mansamente expuesto a la visión ajena, y dedicar la vida a comer, aparearse, rodar en el barro y pelear de vez en cuando con los compañeros de encierro. Lo que Gran hermano lleva años proponiéndonos es ese retroceso degenerado, y lo que pasma no es que alguien lo proponga, sino que haya tanta gente dispuesta a vivir como cerditos en la cochiquera, y con tan manifiesta voluntad de adaptación. Es un rasgo característico de nuestro tiempo: no añoramos al lobo que una vez fuimos, sino al cerdito que desearíamos ser. Gran Cerdito.


Viernes

La supervivencia de ‘Saber y ganar’ es algo ciertamente inconcebible


Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Lo decía Machado, don Antonio, el hermano de don Manuel. Como todo el mundo sabe. Igual el viejo verso ya no sirve y ha de formularse de otra manera: “Una de las dos Españas ha de secarte el cerebro”, o algo así. Dos Españas, sí. Pero, visto el asunto desde la tele, no es lo que parece. En un lado tenemos la España del cotilleo salvaje, la risotada gruesa y el grito zafio. Uno deja volar la fantasía e imagina a toda esa gente, no sólo los cotillas, sino también el público que les aplaude, en la Francia de 1793, tejiendo calceta y cantando la Carmañola mientras ruedan las cabezas de las víctimas bajo la guillotina. Pero luego está la otra; la otra España.
¿Cuál es? La de Saber y ganar. Ojo al asunto: estamos ante un concurso de conocimientos que se emite en la sobremesa de una cadena ultraminoritaria como es La 2. Y a despecho de habitar en medio tan hostil, este programa consigue todos los días, y especialmente los viernes, cifras de audiencia estupendas, con frecuencia por encima del 10% de share, que no pocas veces superan el millón y medio de espectadores.
Saber y ganar: un concurso de conocimientos. Tal y como se ha puesto el patio televisivo, su supervivencia es ciertamente inconcebible. Una señora, un señor, acude ahí a responder preguntas. Quien más sepa se lleva el premio. Parece simple, ¿verdad? Sin embargo, es la atmósfera exactamente antitética de la que domina en la sociedad española, donde cualquiera pontifica sobre lo que ignora y a cuyos niños, en las escuelas, se los prepara para ser analfabetos satisfechos (y la satisfacción es casi peor que el analfabetismo). ¿Quién se refugia en Saber y ganar? ¿Quiénes son ese millón y medio de españoles que se asoman a un programa así? Que alguien los busque, los reúna y les encargue la dirección del país.


Sábado

‘Física y Química’ o cómo reflejar en una serie el mundo que le gustaría a una cierta elite española


Miscelánea: Risto Mejide. Algún día todos los telepredicadores serán así: gente que sube al púlpito elevada por el ruido ambiente, que mantiene el ruido una vez arriba y que, después, baja mientras el ruido permanece. Lo importante es el ruido. El telepredicador es transversal, multidisciplinar, le dan lo mismo churras que merinas (“churros que meninas”, como dijo aquella célebre estrella televisiva) y mezcla todo con todo en universal confusión: políticos y artistas, obispos y presentadoras pechugonas, deportistas y, por supuesto, comunicadores de la cadena rival. Para ese hombre, todo pertenece al mismo mundo. ¿Por qué? Porque el mundo del que habla no es en realidad nuestro mundo, sino el de la tele, que es un mundo propio y aparte. Alienación.
Física o Química es en realidad una pesadilla, tiene ese aire grotesco y terrible del mundo puesto al revés. Los que parecen inacabados, adolescentes, son los profesores, con sus problemas de personalidad y sus fragilidades y sus inconsistencias. Por el contrario, los alumnos parecen individuos plenamente formados, completamente hechos en torno a un mundo de valores muy concreto que gira en torno a una visión muy naïf del principio de solidaridad y una ecuación exclusiva en las tareas sexuales. Es interesante, porque nunca se habrá visto una serie ambientada en el mundo docente donde la enseñanza importe menos que en Física o Química. La serie levantó muchas ampollas en su estreno, tanto entre padres como educadores. Antena 3, con esa chulería tan típica de las cadenas españolas, desoyó cualquier crítica y mantuvo la serie una temporada, dos, tres. No sé si realmente esto es un retrato fiel de la juventud española; lo que sí me consta es que estamos ante el mundo que le gustaría a una cierta elite intelectual española. Esa gente está volcando sus frustraciones de juventud, que ya queda muy atrás, sobre la juventud contemporánea. La operación tiene algo de criminal.
Hay una cosa que me llama la atención en Doctor Mateo: no hay iglesias; en ese pueblo no hay iglesias. Creo que es la primera vez en la historia de la cultura española que alguien recrea el escenario de un pueblo, de una comunidad, y prescinde del referente religioso. Ya no me refiero a que el cura influya en la vida de la gente, sino, simplemente, a la presencia física de la iglesia, del edificio religioso, en el centro de la ciudad. En Doctor Mateo hay médicos y policías, hay maestros y hay putas, hay concejales y hay periodistas, hay camareros y pescadores, hay hasta un ex militar ricachón y cornudo (lo políticamente correcto obliga, y al militar siempre hay que darle lo suyo, ¿verdad?), pero no hay la menor sombra de eso que se llama religión. Típico ejemplo de serie producida por factoría progresista con subvención de gobierno socialista (asturiano, concretamente), esta versión cañí de Doctor en Alaska imagina el mundo ideal de sus promotores: el mundo post-cristiano.
Cuando una persona es capaz de hablar del último divorcio en el mundo del couché y, acto seguido, procede a la hermenéutica del último avatar político, estamos ante un prodigio de la naturaleza que convendría cuanto antes catalogar. Telecinco los cataloga en La Noria, un programa que sirve lo mismo para un roto que para un descosido, aunque siempre rompe y descose en la misma dirección (izquierda). “Hay que opinar donde la gente escucha”, dicen los periodistas que se prestan al espectáculo. Es el tipo de argumento que, hace sólo diez años, este servidor hubiera rebatido con bélica aspereza. Pero el paso del tiempo dota a las personas de una mayor indulgencia hacia las flaquezas ajenas.


Domingo

Fórmula 1 o cómo ir a toda velocidad a ninguna parte: un signo de nuestra era


Sé que esto que voy a decir no suscitará el acuerdo de mucha gente, pero, si no lo digo, reviento: no he visto en mi vida cosa más aburrida que una retransmisión televisiva de los llamados “deportes del motor”. La primera vez que vi un partido de golf por televisión pensé que no podría haber nada más soso, pero me equivocaba: es que aún no había visto la Fórmula 1.
Veamos: ¿Alguien puede explicarme dónde está la gracia de un espectáculo que consiste en ver cómo varios coches de carreras dan vueltas sin parar en torno a un circuito cerrado, sin ir a ningún sitio? Vueltas y más vueltas, vueltas y venga vueltas. Y sí, bueno, aparecen mujeres hermosas y alguna escena llamativa, pero eso lo podemos ver también en cualquier otro sitio. Y sin embargo, he aquí a los deportes del motor, coches y motos, convertidos en un éxito seguro de audiencia. ¿Por qué?
Un coche de carreras lanzado a toda velocidad es más bello que la Victoria de Samotracia. Lo dijo Marinetti y pensábamos que era una exageración de esteta. ¡Quia! Un siglo después de Marinetti, las masas le han dado la razón. Y helas ahí, fascinadas, ante el espectáculo de la velocidad pura y circular, la velocidad que no va a ninguna parte. El signo de nuestra época.

Fuente: http://www.unav.es/nuestrotiempo/es/temas/diario-de-7-dias-de-television

Maestros;La batalla decisiva.

Maestros, la batalla decisiva (enlace para la revista)

(Os presento un artículo sacado de la revista NUESTRO TIEMPO, editada por la UNIVERSIDAD DE NAVARRA)

A juzgar por los titulares de prensa, la enseñanza atraviesa horas bajas. Sin embargo, ni los episodios de violencia, ni las supuestas crisis de autoridad, ni las bajas laborales, ni los preocupantes resultados del informe PISA hacen justicia a los miles y miles de maestros que todos los días acuden al encuentro de sus alumnos con la convicción de que deben prepararles bien para que después sean capaces de construir un mundo mejor.

martes, 2 de marzo de 2010

Reflexión sobre el DÍA DEL SEMINARIO DIOCESANO

RETIRO DEL DÍA DEL SEMINARIO 2010

“Por entonces subió Jesús a la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles…” (Lc. 6, 12s).

I. Nosotros, los sacerdotes,

hemos sido engendrados en la oración de Jesucristo.

La elección de los discípulos es un ACONTECIMIENTO DE ORACIÓN; ellos son, por decirlo así, ENGENDRADOS en la ORACIÓN, en la familiaridad con el Padre. Así la llamada de los Doce tiene, muy por encima de cualquier otro aspecto funcional, un profundo sentido teológico: su elección nace del diálogo del Hijo con el Padre y está anclada en Él. También se debe partir de ahí para entender las palabras de Jesús cuando nos dice: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).

Nuestra vocación sacerdotal ha sido engendrada en ese diálogo fecundo que ha mantenido el Hijo con el Padre. Dios ha pensado en cada uno de nosotros y te ha elegido y me ha elegido porque Él ha querido. A quienes trabajan en la cosecha de Dios no se les puede escoger simplemente como un patrón busca a sus obreros; siempre deben ser pedidos a Dios y elegidos por Él mismo para este servicio. El Evangelista San Marcos nos dice que “Jesús llamó a los que quiso”.

Uno no puede hacerse discípulo por sí mismo, sino que es resultado de una elección, una decisión de la voluntad del Señor basada, a su vez, en su unidad de voluntad con el Padre.

II. Es una CERTEZA INTERIOR que te impulsa a dejarlo todo.

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su libro “Jesús de Nazaret” nos instruye muy bien en esta certeza interior que te impulsa a dejarlo todo para seguir a Jesucristo.

Jesucristo instituye a los Doce con una doble misión: para que estuvieran con Él y para enviarlos. Tienen que estar con Él para conocerlo, para tener ese conocimiento de Él que las “gentes” no podían alcanzar porque lo veían desde el exterior y lo tenían por un profeta, un gran personaje, pero la gente no llegaba a percibir su carácter único. Los Doce tienen que estar con Él para conocer a Jesús como el Hijo de Dios encarnado y para irse dejando conquistar por el amor de Dios manifestado en Cristo. El modo de proceder del Señor no es el de la imposición ni el de la conquista: Así es como obran los que tienen una mentalidad belicista que terminan arrollando al personal. El modo de proceder el Señor es la PROPUESTA.

Cristo propone con una mirada que llega al corazón. “Jesús, poniendo los ojos en él, lo amó” nos dice el Evangelista San Marcos refiriéndose al Joven Rico. Jesús, mira “volviéndose a la mujer pecadora” reconociendo el amor y la necesidad del perdón de esta mujer cuando esta mujer lavó sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos (Lc 7,44). “Jesús levantó los ojos” cuando atravesaba la ciudad de Jericó y subido a una higuera encontró a Zaqueo (Lc 19, 1-10), una mirada que busca salvar lo que estaba perdido. Cristo propone con una mirada que enamora el corazón.

Dios normalmente no suscita en un muchacho la idea del sacerdocio. Dios lo puede hacer, pero normalmente no lo hace. Dios suscita el encuentro de un muchacho con un sacerdote. Un seminarista, en su autobiografía habla así del sacerdote que más ha significado en su infancia:

«Don Isidoro, su figura creo que no me abandonará jamás: encierra al hombre que se entrega totalmente a Cristo, imitándolo en su darse a los otros, hasta dar su vida por ellos. Era un santo: pienso que no fui el único que en los días de su muerte pidió al Señor poder parecerse a él». En otras palabras; la hipótesis del sacerdocio nace en un chico por la fascinación de totalidad que ve vivir en un sacerdote. No se impresiona tanto por las cosas que hace el sacerdote, cuanto por lo que el sacerdote es.

¿Y quién es el sacerdote para un muchacho?. Es un padre. En el sacerdote el chico ve un hombre que, a través de lo que hace, muestra un interés especial por las personas que tiene delante, un interés que no se limita a aspectos particulares o sectoriales de su vida, sino que es un interés desinteresado por la persona, por el destino personal. Esto es lo que fascina y atrae al muchacho; esto es de lo que Dios se sirve para hacer nacer en él la hipótesis de la vocación sacerdotal.

El testimonio de otro seminarista nos cuenta esto:

«Aquel hombre viejo, tan humilde y tan digno a la vez, tan consumido y débil y sin embargo tan fuerte y ardoroso, me conquistaba frase a frase, palabra a palabra. Pensaba en mi padre, de quien no recordaba la cara (había muerto cuando él era muy pequeño) y me llenaba de piedad y de admiración: él me había sido quitado para que pudiera descubrir más dramáticamente y por tanto más profundamente la experiencia totalizante de ser un padre, del Padre».

El chico queda fascinado por la madurez del sacerdote, por la autoridad de su propuesta, por el hecho de que afronta la vida. Viviendo junto a él, el sacerdote tiene algo que él, el chico no tiene y querría tenerlo, que él no es y querría ser. Algunos de los seminaristas que ahora tenemos en el seminario han señalado la presencia del sacerdote que no los a apartaba de su vida cotidiana y normal, sino que los acompañaba, mostrando cómo el estudio, los afectos, las dificultades, los proyectos para el futuro… todo sería más verdadero, más bello y más grandioso siguiendo a Cristo.

Es en el interior de una vida normal donde se capta de extraordinario de Jesús. Esto es lo que impresiona al joven: ver en el sacerdote no a un especialista de la oración o de la liturgia, ni tampoco un mero organizador de juegos y de excursiones, sino un verdadero hombre que ha encontrado en Cristo el desarrollo más auténtico de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva. A este propósito ha escrito otro muchacho:

«Al estar con don Antonio sentía una tensión por entender cómo era posible que un sacerdote pudiera vivir de ese modo, porque también a mí me hubiera gustado vivir así, tratar a las cosas y a las personas como lo hacía él».

Al ser la vida normal el lugar donde se muestra lo excepcional de la vida cristiana y sacerdotal, se comprende entonces qué importante es que la presencia del sacerdote atraviese aquellos ambientes donde los jóvenes pasan la mayoría de su tiempo, como la escuela.

«El aspecto más positivo de los años del Instituto –cuenta un seminarista llamado José- estuvo para mí en el profesor de religión, don Fabio. No tuve nunca con él una relación estrictamente personal o confidencial, pero la autoridad y la credibilidad de la propuesta con que me hablaba de Cristo durante las clases me parecían ofrecerme lo que realmente faltaba a mi experiencia de fe hasta ahora».

Cuando el sacerdote está presente en el ambiente de vida del muchacho, su misma figura se convierte en un signo, un reclamo para la vocación:

«Siguiendo a don Francisco, el sacerdote que estaba en el Instituto, percibí la grandeza de una vida gastada por Cristo, una vida que también yo quería vivir –son las palabras de otro seminarista de España-, y así el último año del Instituto me decidí a decir lo que sentía a un sacerdote y es así como comencé un periodo de verificación de la vocación».

En una frase: Es una certeza interior que te impulsa a dejarlo todo.

III. En un CAMINO DE ENTREGA al estudio, a la oración y al apostolado.

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. (…). Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15).

El Seminario es un plantel, un vivero. La cepa vieja es JESUCRISTO. Se han cogido sarmientos y se han injertado en Cristo. Esos sarmientos se aplican a la otra planta, que es Cristo, y se sueldan con Él para que la savia procedente de las raíces vaya fluyendo por los vasos de los nuevos tallos. Los sarmientos son los seminaristas que vienen cada cual con su historia, con su realidad y con sus ilusiones. Los formadores y el director espiritual somos los encargados de irles injertando en Cristo para que la savia de Cristo también vaya circulando por ellos.

Los jóvenes de hoy saben que el sacerdote juega un papel esencial en su crecimiento espiritual. Buscan en el sacerdote no el especialista en pastoral juvenil, sino al pastor bueno y cercano que les muestre a Jesucristo, que sea testigo de la fe y del amor del Señor por su pueblo.

Desde el testimonio orante del sacerdote irá suscitando en el joven el hambre por la experiencia de Dios, la necesidad de la oración diaria, la frecuencia en la participación en la Eucaristía, la práctica habitual de la lectura de la Palabra de Dios y el gusto por el sacramento de la Reconciliación.

El seminarista, como todo sarmiento injertado a la vid, precisa de unos cuidados.

El sarmiento se vuelve más consistente, aumenta en grosor, y empieza a ser una pequeñita cepa y de él van surgiendo otros sarmientos menores. Es entonces cuando hay que empezar a destallar, o sea, quitar tallos para que sólo broten los fuertes. El formador, para ayudar a crecer al chico, debe de corregir los hábitos negativos del muchacho, pedirle que redoble fuerzas en su vida de oración, que no se rinda en el trabajo, que modere su genio, que empiece en pensar en los demás, que cuando peque se confiese con frecuencia, que no busque el placer ni la comodidad, que cuide sus amistades y que sepa rectificar después de sus caídas pidiendo fuerza al Señor para seguir. Dicho con otras palabras: El formador, con la ayuda del Espíritu Santo, va podando aquellos tallos que obstaculizan al seminarista en su camino hacia Cristo. Podando esos sarmientos débiles van adquiriendo mayor consistencia los demás hábitos positivos y robustecer a la nueva y débil cepa.

A las cepas hay que sulfatarlas para librarlas de las plagas de hongos y de insectos. Las plagas de hongos brotan de uno mismo, tan pronto como se despista de la vida de oración y la confesión la va abandonando… espiritual y vocacionalmente uno va enfermando. Pero también puede ser una plaga de insectos la que ataque a la nueva cepa. Insectos como las orugas que vienen de fuera, un grupo de amigos que le perjudican, el no mantener un trato frecuente con el sacerdote de su parroquia, el dejar que la mirada demasiado libre,… entre otras cosas. Por eso es importante sulfatar la cepa con la corrección fraterna, con el acompañamiento y la constante oración por los seminaristas.

Pasa el tiempo y, de suyo, se deja madurar los racimos. Si la cepa tiene muchos racimos, para que la cepa de uva de calidad, se opta por quitar algunos racimos, por eso se seleccionan los racimos mejores y se desechan los peores. Muchas cosas y muy buenas puede estar haciendo el seminarista, pero debe de seleccionar las auténticas motivaciones para hacer lo que hace: La única motivación debe ser Cristo.

Y el último paso a seguir es, cuando la uva ya se encuentra madura es cuando se procede a la vendimia. Y la vendimia es cuando la Iglesia te llama para ser ordenado sacerdote de Cristo.

En todo este camino que recorre el seminarista es fundamental la santidad de vida de los testigos. Sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Animar, sostener y orientar su crecimiento espiritual y su madurez humana; el contrastar desviaciones o equívocos en ese crecimiento espiritual; el abrir nuevos caminos en su forma de orar y de llegar a Dios, así como ayudar a discernir por dónde le quiere el Señor es la tarea que todos los sacerdotes, junto con los formadores, estamos llamados a realizar para que estos chicos tengan toda su vida injertada en la vid verdadera que es Cristo.

IV. SER SACERDOTE es un REGALO que no se puede merecer.

“No os llamo ya siervos… A vosotros os he llamado amigos, porque lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15)

Durante la celebración de la Última Cena Jesucristo pronunció estas palabras, dirigidas a los Apóstoles, al instituir el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, a la vez que les encargaba: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22,19).

Estas palabras están relacionadas de modo particular con la vocación sacerdotal. Cristo hace sacerdotes a los Apóstoles, confiando en sus manos el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este Cuerpo que será ofrecido en la cruz, esta Sangre que será derramada (ahora bajo las especies de pan y vino) constituyen la memoria del sacrificio de la cruz de Cristo.

En el Cenáculo, Cristo llama a los Apóstoles amigos porque les ha entregado su Cuerpo y su Sangre. Desde aquel momento, realizando sacramentalmente este sacrificio, debían obrar en su nombre, representándole personalmente, “in persona Christi”.

La vocación es ante todo INICIATIVA DEL MISMO DIOS. Continuamente Dios llama al sacerdocio a personas concretas. Es impresionante la descripción que de esta llamada hace el profeta Jeremías:

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía» (Jr 1,5). El “conocer” de Dios es elección, llamada a participar en la realización de sus planes salvíficos. El profeta Jeremías sigue refiriéndose a la Palabra de Dios que se le dirigió y que le continuaba diciendo: «Antes que nacieses, te tenía consagrado». La consagración a Dios ES DEDICACIÓN PLENA, TOTAL DE POR VIDA, a un encargo o misión, bajo la acción del Espíritu Santo que unge y envía. Por la ordenación sagrada el sacerdote participa de la unción y misión de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, «ungido y enviado por el Espíritu Santo para anunciar a los pobres la Buena Noticia» (Lc 4,18).

De ahí que el compromiso del sacerdocio lleve el sello de lo eterno. Los sacerdotes somos consagrados para siempre. No es una decisión sujeta al vaivén del tiempo ni a las vicisitudes de la vida. Ni tampoco puede fundarse en sentimientos o emociones pasajeras. Implica, como el verdadero amor, la permanencia de la fidelidad. Los sacerdotes somos llamados a estar siempre con el Señor, a perpetuar día a día su amistad para moldearnos en su Corazón. Sólo a la luz de este amor divino comprendemos y vivimos las exigencias evangélicas del sacerdocio ministerial.

En la vocación sacerdotal se experimenta el contraste entre la fuerza y la santidad del Maestro que llama, y la fragilidad y pequeñez de quien es elegido. El temor ante la sublimidad, la excelencia y la magnitud de la misión que se nos encomienda lo estamos experimentando; pero también sentimos la seguridad y la alegría de saber que es Jesús quien nos llama, que Él estará siempre con nosotros y nos da las energías y la alegría para ser fieles a su servicio. Él nunca abandona a los suyos.

Participamos de modo singular en el sacerdocio de Cristo. Aunque «todos hemos recibido de su plenitud» (Jn 1, 16), cada uno participa de este «don de Cristo» (Ef 4,7) según las gracias o carismas particulares, siempre al servicio de la comunidad eclesial que es comunión de hermanos. En la medida en que amamos gozosamente nuestro sacerdocio, nos sentimos llamados a apreciar, respetar, suscitar y cultivar los otros carismas de la comunidad eclesial.

La identidad sacerdotal es pues una realidad gozosa que se experimenta cuando amamos el don recibido para servir mejor a los demás, con la actitud de “dar la vida” como el Buen Pastor (Jn 10,15).

Si la vocación sacerdotal es un don tan grande para la Iglesia, ello quiere decir que los sacerdotes no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos propiedad de Cristo que vive en la Iglesia y que nos espera en los múltiples campos del apostolado. Pertenecemos a Cristo y pertenecemos a la Iglesia, que es su «Esposa inmaculada», «a la que Cristo amó hasta darse en sacrificio por ella» (Ef 5, 25).

El amor a Cristo y el amor al sacerdocio no serían posibles sin amar hondamente a la Iglesia, sintiéndonos en plena comunión con el Obispo y con el Romano Pontífice; una Iglesia que, a pesar de las limitaciones propias de su condición peregrina, no deja de ser el Cuerpo de Cristo, su Esposa y el Pueblo de Dios.

V. Ser sacerdote es REVESTIRSE DE CRISTO.

En la Exhortación Apostólica PASTORES DABO VOBIS, en el número 46 nos ilustra diciendo esto: «En nuestra cultura no falta valores espirituales y religiosos, y el hombre –a pesar de su apariencia contraria- sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios». La Exhortación Apostólica sigue exponiendo lo siguiente: «El Decreto del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal OPTATAM TOTIUS, en el número 8, (…) relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús con una forma de amistad». Y la Exhortación Apostólica insiste de este modo: «El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor espiritual: ‘la búsqueda de Jesús’, ‘enséñeseles a buscar a Cristo’. (…)». Ese deseo de búsqueda para que, una vez que tenga un encuentro con Él, una vez que ‘encuentre’ al Maestro pueda mostrarlo a los demás y, mejor aún, para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro.

El sacerdote es la persona enamorada DE Cristo; el Sacerdote es el que tiene que estar injertado en cristo. El sacerdote se ha encontrado con el Maestro, reconoce todo lo bueno y todo lo que el Maestro le ha aportado… y desea comunicarlo a todos los hombres para que todos los hombres puedan ir adquiriendo ese deseo de buscar a Jesucristo.

La labor de un sacerdote, además de consolar y de ser guía espiritual, es ser alguien que, como decía San Pablo, administra los misterios de Dios. El sacerdote es el que lleva los sacramentos a la vida del pueblo de Dios.

Cuando yo digo «Éste es mi Cuerpo entregado por vosotros», yo me estremezco, ¿quién soy yo para hacer esto?, ¿quién soy yo?. Tener los poderes de Dios de invocar al Espíritu Santo sobre el pan y el vino. Y ofreciendo la Sangre del Hijo de Dios a su Padre, pidiendo misericordia, invocando sobre el mundo la misericordia del Padre, mientras levanto el Cáliz, sabiendo que ese Cáliz está lleno de la sangre que brotó de su Sagrado Corazón.

Ciertamente no falta en los muchachos la fascinación de la celebración de los sacramentos, vistos al principio como algo absolutamente misterioso y extraño, pero atractivo. Esta una de las tantas razones para celebrar la liturgia con la solemnidad que precisa. Esta experiencia vivida en la infancia la testimonia un seminarista de Getafe:

«Me acuerdo que mientras estaba con mi abuela (tenía cuatro años), fuimos a encender una vela en la capilla de la Virgen y vi a un sacerdote que decía Misa en el altar mayor. Aún hoy no sabía explicar la fascinación que experimenté. Solo recuerdo que pregunté a mi abuela quién era ese hombre y qué estaba haciendo. Me respondió que era un sacerdote y que decía Misa. Qué quería decir eso sinceramente no lo sabía, pero dije que de mayor quería ser sacerdote».

Se trata de una experiencia común a muchos que, a menudo desde niños, son alcanzados por la presencia del Señor que parece atraerles a Sí de una manera misteriosa. Por eso es muy importante la figura de los monaguillos en nuestras parroquias. Tener monaguillos que ayuden en el Altar y que sean objeto de una especial tarea pastoral hacia ellos y con sus respectivas familias. Los monaguillos de las parroquias deben ser, como de hecho lo es en muchas diócesis, la cantera para poder luego ir al Seminario Menor.

Un sacerdote ya entrado en años de esta diócesis me contaba lo siguiente:

«Desde pequeño había notado que el sacerdote es el que puede estar más cerca de Jesús durante la Misa. La presencia de Jesús es, en efecto, el primer recuerdo claro y fuerte que tengo de mi infancia. Cuando mi madre volvía al banco después de comulgar, me apoyaba sobre su vientre para estar más cerca de Jesús, aunque no podía todavía comulgar».

Es justamente el guardar esta misteriosidad de lo que el Señor pudo servirse para llamar desde niños, porque los sacramentos son en verdad el descubrimiento cada vez más envolvente y pacificador de Otro que sana nuestra vida atrayéndola a sí.

El sacerdote habla al corazón y al alma de toda sociedad. El sacerdocio es una vida de sacrificio y de servicio porque es la vida de Nuestro Señor. No se trata de estar todo el día en la Iglesia de rodillas y rezar, se trata de ‘remangarse la camisa’ y de hacer cosas por los demás. Y haciendo esas cosas por los demás irles llevando a Cristo. Es una vida de entrega, eso de dar tu tiempo completamente a los demás, escuchando confesiones, celebrando la Eucaristía, llevando retiros y haciéndolo todo con completo gozo.

No puedo ocultar que un niño también es atraído por el MODO DE HABLAR DEL SACERDOTE, por las palabras que usa. No es absolutamente necesario que sea culto en el sentido mundano del término, pero si sus palabras nacen de la profundidad del silencio y de la oración, revelan siempre las cosas en una luz nueva y desconocida.

Francamente, el sacerdote tiene que ser todo para todas las personas. En el momento más importante de sus vidas estás ahí. Un desconocido, pero por ser sacerdote eres parte de sus vidas, eres parte de su familia. Lo que una persona pasa durante toda una vida, los sacerdotes podemos pasarlo durante un solo día: Porque en un momento tienes que alegrarte con la persona que estás casando, en otro momento tienes que tener el gozo de bautizar a un bebé y al siguiente momento tienes que estar preparando a un alma para la muerte.

Lo que acerca a los jóvenes al sacerdocio es el ejemplo del sacerdote, es como un padre para ellos. Porque nosotros los sacerdotes somos el ROSTRO DE CRISTO y cuando nos miran a nosotros, ellos ven a la Iglesia, y cuando ven a la Iglesia ven a Cristo.

Yo creo que todos los jóvenes tienen ese profundo anhelo de hacer algo extraordinario, de ser alguien extraordinario.

VI. El sacerdote es HOMBRE DE ORACIÓN.

La oración como centro de la existencia sacerdotal. Nuestro sacerdocio debe de estar profundamente vinculado a la oración: ENRAIZADO EN LA ORACIÓN. El presbítero debe ser, como el mismo Cristo, hombre de oración.

Jesús es un hombre de oración: comienza su vida pública con cuarenta días en el desierto; se levanta muy de madrugada, cuando todavía no ha salido el sol, para orar en descampado; pasa la noche en oración antes de elegir a los Doce; ora después del milagro de los panes y los peces, retirándose solo, al monte; ora antes de enseñar a sus discípulos a orar; ora antes de la Transfiguración; ora antes de realizar cualquier milagro; ora en la Última Cena para confiar al Padre su futuro y el de su Iglesia. En Getsemaní se entrega por completo a la voluntad del Padre. En la Cruz le dirige las últimas invocaciones, llenas de angustia y de confianza, sucesivamente.

No es posible el ejercicio fecundo del ministerio presbiteral sin la oración. Todos hemos comprobado cómo nos volvemos unos simples palabreros si nuestra jornada no está bañada de intensos momentos de oración para vivir en lo cotidiano lo que decía Santa Teresa: Orar es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Libro de la vida, 8).

La Exhortación Apostólica, PASTORES DABO VOBIS, en el número 72 nos ilustra con estas palabras:

«La vida de oración debe ser ‘renovada’ constantemente en el sacerdote. En efecto, la experiencia nos enseña que en la oración no se vive de las rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la fidelidad exterior a los momentos de oración, sobre todo los destinados a la celebración de la Liturgia de las Horas y los dejados a la libertad personal y sometidos a tiempos fijos o a horarios de servicio litúrgico, sino que también se necesita, y de modo especial, reanimar la búsqueda continua de un verdadero encuentro personal con Jesús, de un coloquio confiado con el Padre, de una profunda experiencia del Espíritu».

Juan Pablo II, en la Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1987 nos escribía que La oración nos da una especial sensibilidad hacia los demás, haciéndonos sensibles a sus necesidades, a sus vidas y a sus destinos. La oración permite al sacerdote reconocen los “que el Padre le ha dado”. Estos son, ante todo, los que, por decirlo así, son puestos por el Buen Pastor en nuestro camino sacerdotal. Son los niños, los adultos, los ancianos, son la juventud, las parejas de novios, las familias, los enfermos… Son los que están espiritualmente cercanos, dispuestos a la colaboración apostólica, pero también los lejanos, los ausentes, los indiferentes.

¿Cómo ser sacerdote ‘para’ todos ellos y para cada uno de ellos según el modelo de Cristo?. ¿Cómo ser sacerdote ‘para’ aquellos que “el Padre nos ha dado” confiándonoslos como encargo?. Nuestra prueba será siempre una prueba de amor, una prueba que hemos de aceptar, antes que nada, en el terreno de la oración.

Todos sabemos bien cuánto cuesta esta prueba. ¡Cuánto cuesta a veces los coloquios aparentemente normales con las distintas personas!, ¡cuánto cuesta el servicio a las conciencias en el confesionario!, ¡cuánto cuesta la solicitud por las familias!, ¡cuánto cuesta llegar a tantas personas, que aún siendo cristianas, han dejado arrinconado a Dios!. Todas estas pruebas las debemos de sostener con la ayuda de la oración.

Por lo tanto, la oración nos permitirá, a pesar de muchas contrariedades, dar esa prueba de amor que debe de ofrecer, de un modo especial, el sacerdote.

Los cristianos necesitan al sacerdote como acompañamiento espiritual que los vaya acogiendo, escuchando, orientando, desde la amistad cristiana. Los laicos, que con tantos problemas viven en medio de la sociedad, necesitan ser aconsejados por un sacerdote con honda vida espiritual.

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar. Decía que «no hay necesidad de hablar mucho para orar bien», «sabemos que Jesús está en el sagrario, abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración».

VII. El sacerdote es TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS.

San Juan María Vianney consiguió cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso de Dios. Llegó a decir: «La mayor desgracia para nosotros los párrocos es que el alma se endurezca», refiriéndose al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en el que viven muchos fieles.

Es preciso que nosotros, los sacerdotes, con nuestra vida y con nuestras obras, se nos distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Estamos llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.

El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo con su condición de presbítero:

· Su pobreza fue la que se le pide a un sacerdote, a pesar de manejar mucho dinero por los donativos que recibía, era consciente de que todo era para sus huérfanos, sus familias más necesitadas, sus pobres… (Él explicaba: «Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada»).

· Su castidad también era la que se le pide a un sacerdote, los fieles se daban cuenta de que miraba el sagrario con los ojos de un enamorado.

· La obediencia le hizo permanecer en su puesto ya que le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y deseaba retirarse. Su regla de oro para ser obediente era: «Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al Buen Dios».

El Santo Padre, Benedicto XVI en la Carta para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del ‘dies natalis’ de Juan María Vianney nos instruye con estas sabias palabras:

«El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del amor. A veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “la mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo- es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas ovejas».

El Santo Padre Benedicto XVI nos sigue diciendo: «Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza».

Termino este momento de reflexión con la proclamación de la primera carta de San Pedro:

«A los presbíteros de esta comunidad yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a descubrirse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad, no como dominadores sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelo del rebaño. Y cuando aparezca el Supremo Pastor recibiréis la corona de gloria que no se marchita».

PALABRA DE DIOS.