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sábado, 5 de diciembre de 2020

Homilía del Segundo Domingo de Adviento, ciclo B

 Homilía del Domingo II del Tiempo de Adviento, ciclo B

            Isaías 40, 1-5. 9-11

            Sal 84, 9ab 10. 11-12. 13-14

R/. «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación»

            Segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14

            San Marcos 1, 1-8

 

En el Evangelio de hoy hay un protagonista especial: Juan Bautista, al que se le llama «el precursor». ¿Qué significa y qué representa esta figura del precursor? Algo importante debe de ser porque el comienzo del evangelio de San Marcos se inicia con una cita que dice: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino». Esto de preparar el camino es muy importante porque la indiferencia del hombre ante Dios había sido combatida por la paciencia y por el celo de Yahvé que a lo largo de siglos y siglos ha preparado el momento de la encarnación, el momento de la llegada de Jesús. Y a pesar de eso, uno de los momentos más dramáticos de la Escritura es cuando en el prólogo del evangelio de San Juan se dice «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Aunque es cierto que hubo un resto de Israel que sí le recibió.

Pero hay que preguntarse: ¿cómo es posible que, habiendo habido una preparación tan larga, tan intensa, con tantos profetas anunciando y esperando la llegada de ese Mesías fuera finalmente un pequeño resto de Israel el que esperase su llegada? Tal vez la llave está en que confundimos entre «Desear» y «Esperar». Porque una cosa es desear la salvación y otra cosa es esperarla. El que «desea», sueña con que llegue; pero el que «espera», prepara la llegada, discierne, desbroza el camino, hace acopio de fuerzas para afrontar lo que está por llegar. Es muy distinto desear y esperar.

Es más, en la primera de las lecturas de hoy, el profeta Isaías señala diciendo: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale»; esto es «Preparar», no solo desear.

Juan el Bautista, esta figura ascética que vive en el desierto, y que se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre, este no sólo desea, sino que también espera. La austeridad es signo de esperanza. El que se despoja de comodidades es porque se está desprendiendo de un lastre en la esperanza de la llegada de algo mejor.

A Jesús no sólo hay que desearle, hay que esperarle, lo cual se traduce en una actitud de conversión. Al igual que Dios le preparó una digna morada en la Inmaculada Concepción, también nosotros estamos llamados a prepararle una digna morada en un corazón con deseos sincero de conversión para preparar su llegada.

Ahora bien, «este esperar» no se reduce sólo a una dimensión ascética, penitencial, moral, de trabajar para preparar esa llegada; sino que esa esperanza tiene una dimensión teologal. Es decir, esperar en la llegada de Dios porque creemos en su bondad, que Dios no nos va a dejar solos, Dios es vuelca con aquel que está desvalido. Dios es amor y el amor es comunicativo, y el amor no soporta el silencio con los brazos cruzados viendo cómo la persona amada sufre. Hay que tener fe en el amor de Dios para esperar su llegada.

La figura de Juan el Bautismo es una llamada para que revisemos cómo estamos preparando la Navidad. Porque hay que reconocer que el consumismo de nuestra sociedad nos ha comido el adviento. El adviento popularmente ha dejado de existir. La Navidad es pervertida hacia el consumismo y el adviento desaparece. Es un modo de cuestionarnos de cómo yo y tú preparamos esa llegada del Señor. Que no vuelva a ocurrir ese drama de que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Es que si no hay preparación esto puede volver a ocurrir. ¿Nosotros estamos realmente esperándole o únicamente deseándolo? ¿Tenemos hambre y sed de Dios? ¿Realmente me adelanto a la aurora pidiendo auxilio al Señor? ¿Realmente me escuece cuando me olvido de Él? ¿Soy consciente de las heridas generadas en mi vida por haberme olvidado de Él?

sábado, 10 de diciembre de 2011

Homilía del tercer domingo de adviento, ciclo b

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO, ciclo b

Los cristianos tenemos muchos motivos para estar alegres. La más importante es que, el Señor, está con nosotros. En los aledaños de la Navidad, sentimos que nuestras fuerzas son mayores que toda la problemática que nos rodea. ¿Estará el Señor de nuestra parte? ¿No se habrá desentendido de nosotros?

Interrogantes que, en este tercer domingo de adviento, merecen una respuesta: nuestra alegría no depende de sensaciones externas (más bien estas la condicionan) sino de una fuente misteriosa y a la vez cercana. Brota de Aquel que, Juan Bautista, señala con su dedo y que el mundo ignora porque, entre otras cosas pretender sustituirle, marginarle o erigirse como “dios” de nuestras conciencias. Es, Jesús, la fuente y la causa de nuestra alegría auténtica, sana y verdadera.

¿Acaso no es satisfacción pasajera la que da una fortuna, un premio, un record deportivo, el éxito o la fama? ¿No son estos, por el contrario, trampolines de decepciones o contrariedad? Hoy, muchas personas, no van buscando en nuestra tierra el prestigio o el dinero, aunque nos parezca imposible, cada vez buscan alguien que les ame, alguien que les devuelva la alegría de vivir.

Es aquí, en la alegría de vivir, donde los cristianos podemos intervenir en nuestra peculiar orquesta. Donde podemos ser, no protagonistas de esa alegría (pues lo es Jesús), pero sí canales por los que continuemos contagiando a nuestro mundo un poco de luz frente a espesos nubarrones, un poco de humor ante tantas caras largas o un poco de fe donde asoma y se cuece la incredulidad.

¿Y dónde conseguir la luz, el humor y la fe? Ni más ni menos que mirando a Cristo. Todo se lo debemos a Él y, muchos de los dramas que estamos padeciendo (a nivel social, cultural, familiar, personal, eclesial….) se deben a que, en muchos momentos, nos hemos apartado de esa fuente de alegría y de luz verdadera que es Jesús. ¿O acaso muchos de los problemas que nos encadenan no se han dado porque, nuestros ojos, han dejado de orientarse hacia la Verdad y los hemos dirigido egoístamente a nuestros grandes castillos construidos sobre pequeñas mentiras?

El niño, cuando ve a su madre, siente una indescriptible pero sonora alegría. El enamorado, cuando divisa a su amada, se siente el más feliz de los hombres. El sacerdote, cuando eleva el Cuerpo y la Sangre del Señor, es incapaz de expresar su emoción sacerdotal. Los ángeles, en la Noche de Navidad, armonizarán sus voces y sus instrumentos para proclamar que, Dios, se ha hecho humanidad.

¿Queremos recuperar la alegría? ¿Queremos que nuestros rostros vuelvan a brillar con gozo santo, auténtico y verdadero? Ya sabemos dónde está y donde tenemos la razón: ¡JESÚS NOS ESPERA! ¡JESÚS NOS LA PUEDE DAR! ¡Vayamos hacia la Navidad! ¡Jesús tiene alegría para todo el mundo! ¿La sabremos aceptar?

sábado, 17 de diciembre de 2011

Domingo cuarto del tiempo de adviento ciclo b

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO DE ADVIENTO, CICLO B

En el segundo libro de Samuel, o sea, en la primera lectura proclamada, nos va contando cómo Israel se va constituyendo como verdadero pueblo. Por primera vez en la historia las tribus israelitas se reúnen en torno a la ciudad de David, Jerusalén como la única capital y ciudad santa. Por primera vez forman una unidad política y religiosa, es decir, un pueblo.

El rey David se ha establecido en su palacio y goza de todas las comodidades. Los ciudadanos se han asentado en sus casas. Cada cual ‘se había sacado las castañas del fuego’, se habían arreglado y acomodado. Sin embargo se habían olvidado de lo más importante: El arca del Señor vivía en una tienda de campaña con piel de cabra. Algo parecido nos puede suceder a nosotros: realizamos los quehaceres cotidianos pero nos olvidamos de la presencia de Dios.

El caso es que Dios, a través del profeta Natán comenta al rey David que levante una casa para Dios: que construya un templo. Era preciso construir un lugar donde el pueblo judío pudiera adorar el nombre de Dios y ofrecerle un culto agradable.

Sin embargo las palabras del profeta Natán no se limitan a una simple construcción arquitectónica, sino que van mucho más allá. Le dice al rey David que el mismo Dios desea ‘levantarle’ una dinastía. ¿Por qué desea Dios ‘levantar’ una dinastía al rey David? La razón es la siguiente: A Dios no se le encuentra en un punto en el espacio o en un lugar concreto, sino que desea que se le encuentre en la descendencia davídica. Recordemos que Jesús de Nazaret, que el Hijo de Dios pertenece a la familia de David. El mismo arcángel San Gabriel, en la anunciación, dice a la Virgen Santa María lo siguiente: «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre».

Podemos correr el riesgo de pensar como los paganos de aquella época. Nos encontramos en torno al año 1.010 antes de Jesucristo. Los paganos de aquella época creían que la presencia de Dios se circunscribía a un espacio limitado y concreto, poniendo en peligro la trascendencia divina que desborda todos los espacios. Dios desea mantener su presencia todopoderosa en todos y en cada uno de los aspectos de nuestra vida. Tanto es así que el Hijo de Dios se encarnó para conocer todo aquello que posteriormente debería de salvar, de redimir, de liberar.

Pero esto no queda aquí, sino que Dios da un paso más allá. Desea salvarnos no individualmente sino como ‘dinastía’, como ‘familia’. Todos nosotros somos ‘el pueblo de su propiedad’ y ‘ovejas de su rebaño’. Y este pueblo de su propiedad y estas ovejas de su rebaño somos constantemente ‘fortalecidos’ por Jesucristo, tal y como nos cuenta en Apóstol San Pablo cuando escribe a los de la comunidad de Roma.

Dicho con otras palabras: Dios en su eterna sabiduría guió a las tribus de Israel para constituirle como pueblo. Dios puso al frente de este pueblo al rey David y le ordenó construir un templo para que el nombre de Dios fuera adorado. Y ese templo nos indica que Dios desea, y de hecho así lo hará, ‘levantará’ y de hecho ‘levantó’ una dinastía al rey David. Ese Dios que no se puede contener bajo las cuatro paredes de un templo va más allá en la historia y nos indica, como si fuera con el dedo divino, que el Hijo de Dios nacerá precisamente de ese nuevo linaje, del linaje de David. Y que será el Hijo de Dios el que nos conduzca ante la presencia de Aquel que nos amó desde antes de toda la eternidad.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Homilía del Domingo Segundo de Adviento, ciclo b

HOMILÍA DEL DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO, ciclo b
            Hermanos, vivimos en un periodo duro para la fe. Ya en el sacramento de la Confirmación somos ungidos como soldados de Cristo para afrontar la guerra contra Satanás. Y Satanás nos irá poniendo contantemente a prueba para comprobar hasta qué punto somos fieles a Dios. Y tan pronto como caigamos en el pecado, ya se encargará el Maligno de mofarse de nosotros y de recordarnos constantemente nuestra infidelidad. Satanás es el acusador ante nuestros hermanos, tal y como nos le llama el libro del Apocalipsis «el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios» (cfr. Ap 12, 10).  
            Y cuando uno constata la propia debilidad se llega a preguntar si realmente merece la pena vivir en cristiano. ¿Apostar por un matrimonio que desea hacer la voluntad de Dios y estar abierto a la vida o hacernos los remolones y los tontos siguiendo los criterios mundanos? ¿Luchar por un noviazgo cristiano con todo lo que esto supone –que precisamente no es poco- o dejarnos arrastrar por nuestras apetencias e ídolos? ¿Estar con el corazón alzado y ardiendo para discernir la vocación que Dios nos regala o no plantearnos nada y afrontar las cosas según se vayan presentando y nos vayan agradando? La cruz que tenemos que cargar -si optamos por ser consecuentes con nuestro bautismo- es pesada. ¡Y dichosa cruz porque nosotros morimos para que el mundo reciba la vida! ¡Dichosa cruz porque como grano de trigo que cae en tierra y muere, Cristo nos dará la vida abundante! Y en medio de esta particular guerra, donde estamos siendo torpedeados y nos atacan por todos los frentes, el mismo Dios nos ofrece una Palabra de aliento: «Consolad, consolad a mi pueblo» [PRIMERA LECTURA Isaías 40, 1-5. 9-11] «Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres».
Y precisamente cuando se lucha por cumplir la voluntad de Dios es cuando uno se da cuenta de cómo Cristo te ha ido protegiendo y se hace realidad en tu vida la Palabra: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, que lo diga Israel, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos atacaron los hombres, nos habrían devorados vivos en el volcán de su ira; nos habrían tragado las aguas, el aluvión que nos arrastraba; nos habrían arrastrado las aguas turbulentas» (Sal 123, 1-5).  
            ¿Acaso somos masocas y nos gusta sufrir mientras el mundo parece que lo está gozando? Los cristianos no buscamos el sufrimiento, pero si éste nos acerca a Dios, ¡bienvenido sea! Nosotros apostamos por lo eterno, lo que perdura, aquello que el tiempo no podrá jamás borrar de la memoria. Las letras de las lápidas de los cementerios se borrarán pero los nombres escritos en el corazón de Cristo siguen intensamente escritos con letras de fuego y oro. San Pedro también nos da una palabra de aliento: «Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos.
Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia
» [SEGUNDA LECTURA segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14]. Nosotros esperamos ese cielo nuevo y esa tierra nueva en donde esperamos entrar.

            Realmente merece la pena vivir en cristiano porque, tal y como dice la Palabra «el mundo pasa con sus pasiones» (1 Jn 2, 17). Y vivir en cristiano es un estar constantemente acogiendo a Cristo que viene a tu vida –en Palabra que escuchas, en un gesto de cariño y de perdón que se hace presente, en los sacramentos que nos alimentan y reconfortan, en los infinitos gestos de amor y en el amor que ponemos en lo que hacemos…- es preparar el camino al Señor [EVANGELIO san Marcos 1, 1-8]. Y cuando nosotros ponemos en juego/activamos nuestra fe en lo que hacemos, tenemos y somos, nos convertimos en ese Juan el Bautista que señala a los hombres con el dedo a Cristo. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

Segundo domingo tiempo de Adviento, ciclo b

SEGUNDO DOMINDO DEL TIEMPO DE ADVIENTO, ciclo b

El Apóstol San Pedro, en su segunda carta nos escribe lo siguiente: «Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan». Como cristianos que somos debemos de reconocer la primacía de la vida de Dios, la primacía de la gracia. Creer de verdad que Él es. Creernos auténticamente que Dios existe, que está aquí y que desea hacer una alianza de amor con cada uno. Es hacer de la fe el criterio de mi vida, la norma de mi conducta. Si alguien os preguntase quién es Jesucristo o qué es la Iglesia, seguro que la respuesta emanada de la mente sería la correcta, ya que muchos de ustedes tienen los conceptos claros y se acuerdan de las contestaciones del catecismo. Sin embargo si la pregunta variase y fuera, ¿quién es Jesucristo para ti?¿qué te aporta Jesucristo a tu vida cotidiana?, seguro que la contestación sería mucho más lenta. Les comentaba a las chicas de confirmación que los conceptos los podemos tener más o menos claros, pero la vivencia de Jesucristo la tenemos demasiado adormecida.

Ahora bien, la culpa de que esté adormecida nuestra experiencia de lo divino no procede de Dios, sino que los únicos culpables somos nosotros. Cuando acudimos a la consulta del médico nos dan una cita. Uno llega a esa cita y enseguida se percata que tiene que esperar mucho tiempo, ya sea porque van muy atrasados, ya sea porque algunos pacientes han requerido mayor tiempo por parte del doctor. Y nos toca esperar. Con Jesucristo pasa todo lo contrario: Es el Señor Jesús el que nos está esperando a que le hagamos una visita. Jesucristo, pacientemente, está aguardándonos en el Sagrario para podernos sanar el alma y rejuvenecer nuestra vida espiritual. Y es que resulta que para esta consulta de Jesucristo médico de los cuerpos y de las almas no hay cola para aguardar, pocos están para ser atendidos por el Señor.

Precisamente hoy Juan el Bautista grita a pleno pulmón lo siguiente: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». La fe nos ofrece al Señor, sin embargo tendemos a clasificar y a encajonar todo lo que esté relacionado con Jesucristo con la etiqueta de ‘Iglesia’ y lo empaquetamos como algo que no tiene que ver ni con la familia, ni con la escuela, ni con los medios de comunicación, ni con lo que ocurre en el pueblo, etc. Y claro está, este razonamiento está equivocado. Jesucristo es el centro de nuestra existencia. Del mismo modo que las placas solares se aprovechan de los beneficios del sol para generar energía, del mismo modo nosotros debemos aprovecharnos de la Eucaristía y de la Palabra de Dios para recargar nuestras vidas espirituales e ir descubriendo lo que Dios quiere de nosotros. De este modo, al dejar que Jesucristo entre en nuestra vida, iremos descubriendo cómo tenemos que ir reformando nuestra mentalidad para ser y vivir como cristianos plenamente. Mientras tanto, tal y como dice el Apóstol San Pedro, Dios está ejercitando la paciencia con nosotros para darnos tiempo para convertirnos y salvarnos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Homilía del Tercer Domingo de Adviento, ciclo b

DOMINGO III DE ADVIENTO, CICLO B
Isaías 61, 1-2a. 10-11
Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54 R. Me alegro con mi Dios.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 16-24
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28

            Hermanos, muchas veces parece que estamos atrapados en el presente, en las preocupaciones cotidianas, si vamos a poder llegar a final de mes con el dinero de la cartilla del banco, ese examen o trabajo que tengo que presentar que me está quietando la paz interior...es como si estuviésemos atrapados en el presente. Es más, muchos piensan que las personas tenemos que auto-realizarnos. Es más, algunos contraen matrimonio pensando que así se van a conseguir la tan ansiada gratificación o autorrealización o descarga psicológica. Lo nuestro no es vivir para nosotros mismos, sino para Cristo, que por nosotros murió y resucitó. Si viviéramos atrapados en el presente, olvidándonos de todo aquello que procede de lo alto, estaríamos tiranizados por el relativismo. Hace muy poco estuve hablando con un joven voluntario de una residencia de ancianos. Se me presentó como no cristiano, pero agnóstico. Me comentaba que no necesitaba de la religión para saber qué cosas eran buenas o malas, que tenía como un sexto sentido que le iba indicando el modo de proceder más adecuado y justo. Me acuerdo que le formulé la siguiente pregunta: ¿Quién le asegura que ese 'sexto sentido' no está siendo conducido ciegamente por el relativismo moral?. Realmente el joven se quedó sin respuesta. Le seguí comentando que los cristianos no seguimos una ideología ni a una religión, sino que seguimos a una persona: JESUCRISTO. Y que a Jesucristo le seguimos dentro de la Iglesia y es la Iglesia, como Madre y Maestra, quien cuida de sus hijos alimentándonos con la Palabra de Dios -el escrute de la Palabra-, con los sacramentos, con la oración personal, con el testimonio de amor de los hermanos. Sólo así uno puede darse cuenta de que tienes al lado a Alguien que está resucitado, y con el sólo contacto diario con Él te ofrece una sabiduría extraordinaria que hace que puedas mantenerte alegre al darte cuenta de la herencia que te espera: LA VIDA ETERNA.

            Ahora bien, al hombre le es mucho más fácil acomodarse a la justicia que a la gracia divina, y esto es porque las personas estamos muy apegadas a nuestros méritos y a nuestros derechos. Se oye mucho 'el que la haga que la pague' y esta otra frase 'a cada uno lo suyo'. ¡Qué difícil resulta aceptar la gracia y todo lo gratuito! Es difícil porque nos cuesta muchísimo dar algo a aquel no nos puede corresponder. Se requiere de mucha humildad para vivir en gratuidad. Cuando uno tiene ese contacto diario con JESUCRISTO y se sabe constantemente amado empezará a renunciar a la venganza y no querrá tomar la justicia por cuenta propia. Y todo esto porque en uno mismo se verá reflejado como en esa persona que está siendo sujeto de infinitos y esmerados cuidados al recibir esa buena noticia a él que está sufriendo; que está siendo vendado su corazón desgarrado por múltiples heridas mortales; que está disfrutando de una amnistía que le libra de su cautividad y que deja de ser prisionero para gozar de la libertad.

            Será entonces cuando uno se dará cuenta que no puede estar atrapado en la jaula de presente porque ya ha empezado a descubrir que tienes una invitación personal para acudir a la VIDA ETERNA. Porque como nos dice San Pablo «el que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas».  

sábado, 20 de diciembre de 2014

Homilía del Domingo IV de Adviento, ciclo b


DOMINGO IV DE ADVIENTO, ciclo b
                LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 7,1-5. 8b-12. 14a.16
                SALMO 88
                LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 16,25-27
                LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38

            Hermanos, a mí me viene gente que me dice que 'Dios no le habla' y que eso de que Dios habló a Abrahán y a Moisés que son monsergas de los curas. El caso es que no sé lo que hacemos que siempre los curas tenemos la culpa de todo. Es más, alguno, ya con cierto recochineo, incluso me llegan a decir que si Dios me llamó por videoconferencia o si fue una aparición para decirme que fuese cura. Pero hermanos, el trasfondo de todo esto me preocupa mucho. Muchas de estas personas se han casado por la Iglesia, a su tiempo recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana, son los grandes ausentes en la celebración de la Eucaristía dominical, pero bien vienen a la Iglesia a que sus hijos sean bautizados, reciban la Primera Comunión o incluso se confirmen. ¿Cómo podríamos ofrecer a estos hermanos nuestros una palabra que les ayudase a recapacitar  y aceptar a Cristo en su vida?  ¿Por qué andamos por la vida como ovejas sin pastor? ¿Por qué no nos decidimos a seguirle ciegamente, sin reservas? ¿Por qué seguimos creyendo que ser cristianos consiste en ir cumpliendo con cosas o preceptos? ¿Por qué nos empeñamos en seguir nuestra voluntad sin tener en cuenta la aportación que nos ofrece Dios?, ¿es que acaso ha fallado tanto nuestra catequización que no se nos ha anunciado que somos propiedad de Dios y que ser cristiano es adentrase, sumergirse, empaparse en esta bellísima historia de amistad con Jesucristo? Mi opinión es que muchos de los actuales cristianos son desconocedores de su fe; su bautismo está muerto, son analfabetos en su vida cristiana.

            Me acuerdo, siendo yo pequeño, cuando empecé mi aprendizaje en la escritura; primero con trazos y luego ya las vocales, las consonantes, la minúsculas y las mayúsculas, todo poco a poco. Y con la cartilla con la que aprendí a leer, una veces solo y otras veces todos los de la clase juntos. Nos han enseñado a escribir, a leer y a contar en la escuela y el papel de la maestra fue esencial. Sin embargo no se ha llevado a cabo un aprendizaje o una trasmisión de la fe. Tal vez porque hemos creído que llevando a nuestros niños a catequesis ya cumplíamos con el expediente, y tal vez también porque nuestras parroquias se contentaban con ofertar una serie de servicios pastorales que estaban siendo demandados. Pero claro, plantear una Nueva Evangelización supone trabajar en algo que la gente no demanda, cosas que las personas no solicitan porque aún no lo han descubierto. Bueno, no lo han descubierto muchos feligreses y un montón de presbíteros.

            ¿Se han percatado ustedes de cómo el rey David -en la primera de las lecturas- está siendo sujeto de una instrucción en la fe? ¿se han dado cuenta cómo el rey David se percatado de la presencia de Dios en medio del pueblo y que eso le implica un posicionamiento respecto a Dios? ¿se han dado cuenta del papel del profeta Natán que ha sido como el catequista del rey David?

            Pero esto no se queda aquí, sino que a San Pablo -en la segunda de las lecturas- nos lo encontramos haciendo lo que más le gusta: 'Anunciar a aquel que consolida nuestra fe, CRISTO'. ¿Y cómo lo anuncia? Lo anuncia caminando con esa comunidad concreta, ayudándoles a entender la Palabra divina, abriéndoles el entendimiento para que el Espíritu obrase en ellos. Y caminar con ellos no es solamente celebrar con ellos la Eucaristía o la Fracción del Pan (como lo llamaban), no es únicamente el reunirse para celebrar otro tipo de oraciones, sino que es la persona cualificada -llena del Espíritu- capaz de dar la palabra y ofrecer el gesto oportuno a hermanos concretos para que puedan acertar siendo así fieles a Jesucristo. El maestro o la maestra conocen a su alumno y tienen un seguimiento directo de su evolución; pues eso mismo hacía San Pablo con las comunidades cristianas; les ayudaba a despertar a la fe; les enseñaba a descubrir el proyecto que Dios tiene con cada uno de ellos e ilusionarse con ello.

            El arcángel San Gabriel planteó a Santa María el proyecto más importante de toda su vida. Ella lejos de oponer resistencia dijo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». La Santísima Virgen ya estaba ilusionada y comprometida con el proyecto de Dios aún antes del anuncio del ángel, lo que hizo fue seguir siéndole fiel con todas las fuerzas de su purísima alma. 

sábado, 29 de noviembre de 2014

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo b

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, ciclo b
                LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7
                SALMO 79
                LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 1,3-9
                LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 13, 33-37

            Yo no quiero que mi vida sea una simple sucesión de primaveras, veranos, otoños e inviernos. Ni tampoco el ir sumando velas en tartas de cumpleaños. Ni tampoco una suma de experiencias más o menos agradables de las que uno ha de hacer un ejercicio serio de memoria para recordar si merecieron la pena o fueron una pérdida de tiempo. Como si fuera un exiliado que debe de abandonar rápidamente su hogar porque la lluvia de bombas es más que inminente, yo guardo en mi maleta únicamente aquellas cosas que de perderlas vagaría sin sentido por la ciudad.

            Una de esas cosas guardadas son aquellos momentos de afecto, de cariño y de ternura, de comprensión y de sentirme amado. Uno abre los ojos, gira el cuello, observa lo que a uno le rodea y se reconoce muy poca cosa, casi insignificante. Como una pulga ante las pezuñas de un elefante se siente muy poca cosa y nada merecedor del amor porque el propio pecado está bien presente ante los ojos. Pero como una madre que se acerca ante su hijo acostado y dormido y cubriéndole con mantas lo protege del frío de la noche, así actúa el Señor con cada uno. ¿Acaso el pequeño se ha dado cuenta en ese instante del calor de la manta?, sin embargo ese calor aportado mitiga el frío de la helada y así puede descansar.

            Otra de las cosas que guardaría en esa maleta sería algo que me recordase que fui esclavo de mi pecado. Pueden ser múltiples cosas y cada cual conoce las suyas: la botella de licor, el apego al dinero, algún afecto desordenado, el consumo de alguna sustancia, el odio hacia una persona, la envidia por desear lo que el otro ya consiguió, etc. Y llevaría ese recuerdo en mi maleta para recordar que he sido rescatado de la fosa de los leones, que «Él libró mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de la caída» (Salmo 116,8). O tal como reza otro salmo: «Él rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura» (Salmo 116,8). Y es más, la primera de las lecturas de hoy, del profeta Isaías ya nos lo está diciendo con toda claridad: «Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "Nuestro redentor"». El Señor me ha liberado de la servidumbre del pecado y me ha nombrado miembro de su pueblo, del pueblo de la Nueva Alianza. Dios no me ha arrancado de la esclavitud del pecado porque yo sea el mejor, el más guapo o el más listo. Todos sabemos que tenemos 'horas bajas' donde el desánimo se acentúa y el desencanto puede hacer acto de presencia, llegando a pensar que Dios se ha olvidado de nosotros tal y como grita angustiado el salmista: «En mi angustia busco al Señor; de noche levanto mis manos sin descanso, pero no encuentro consuelo» (Salmo 77,3). Pero incluso 'en esas horas bajas' nuestra esperanza ha de rebrotar, como las ascuas aparentemente apagadas de una hoguera, para volver a arder con pasión ya que «en la vida y en la muerte, somos del Señor» (Rom 14,8). Si el Señor se ha tomado tantas molestias con cada uno, Él continuará tomándoselas, porque, tal y como escribe San Pablo a los Corintios «Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!». E incluso podemos dar un paso más: agradecerle todos los dones que Dios nos ha dispensado y de lo desdichados que hubiésemos sido si Él no nos hubiese rescatado.

            Otra de las cosas que guardaría en esa particular maleta sería un puñado de tierra. De la misma tierra que me ha visto crecer, caer y levantarme. Todo lo que tengo, lo que he tenido y tendré es don, es regalo de Dios. Sin embargo, confundidos por los engaños de Satanás, creemos que nosotros mismos nos ponemos las normas y que obedecer a Dios es tanto como aceptar ser tratado con un niño. La tierra está ideada para poder ser cultivada y obtener el buen fruto. Cristo lo que te dice es que quiere reconducir todas las cosas a Dios. Una vez escuché a un técnico de antenas de televisión que si la antena parabólica está mal orientada hacia los satélites era tanto como no tener antena. Nuestra vida sin Cristo no es vida. La llamada del Evangelio a que nos encontramos en vela es una clara invitación a que permitamos que Cristo entre hasta en aquellos lugares que le hemos ocultado su misma existencia.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo b

DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO, ciclo b
            Muchas veces hay personas que dicen que esto de la Iglesia es algo de pasado, desfasado y que hay que modernizarse o morir. Pues yo solo sé que el primera lectura del profeta Isaías, el cual vivió en el siglo quinto antes de Cristo, es muy actual. [PRIMERA LECTURA Isaías (63,16-17;64,1.3-8)]. El exilio de Babilonia ha acabado para el pueblo de Israel, pero las consecuencias de mencionado exilio siguen patentes. El pueblo de Israel sufre una seria crisis de identidad. El profeta Isaías está intentando reanimar a un pueblo que vive sin Dios, buscando simplemente subsistir, que no tiene futuro, porque no tiene esperanza.
            El profeta en medio de este desierto espiritual, en medio de esta acuciante sequía de vivencia de la fe, alza la voz a Dios para que también todos los que le rodean le puedan escuchar y hace una solemne profesión de fe sobre quién es Dios: Dios es nuestro Padre y nuestro Redentor. El profeta en su profesión de fe declara ante el pueblo esta solemne declaración: «Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano». Y en el trascurso de esta profesión de fe del profeta Isaías va narrando la historia de salvación que Dios ha ido obrando, tanto en él, como en medio del pueblo de Israel. Una historia de pecado y de arrepentimiento, una historia de olvido de Dios y de retorno a Él. Nuestra sociedad se ha acostumbrado a vivir sin Dios, a que cada cual haga lo que considere oportuno olvidando su propia identidad de cristiano. Cada cual busca subsistir, hacer su trabajo para que pueda llevar el dinero a su casa, el procurarse de divertirse para desahogarse del estrés diario, …y Dios queda arrinconado, olvidado, en el ‘baúl de los recuerdos’. Por eso nosotros –a semejanza del profeta- estamos llamados a alzar la voz a Dios y que así nos oigan los hombres, declarando con nuestra forma de vivir que Dios es el único que da el Ser a las cosas y que sin Él nada se puede llegar a hacer. Bueno, me equivoco, podremos hacer figuras pomposas de arena, pero tan pronto como se levante la ventisca, la lluvia haga acto de presencia o el tiempo vaya trascurriendo….de esas obras de arena no quedarán más que en un vago recuerdo.
            Es entonces cuando uno cae en la cuenta que por mucho que uno se esfuerce en hacer las cosas, sin la ayuda de Dios, es una auténtica perdida de tiempo es cuando surge la plegaria al Señor: «¡Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!» [SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19]. De hecho caer en la cuenta de que sin Dios todo lo que hacemos caerá en saco roto, ya de por sí, descubrir esto en la propia existencia, es una gracia divina. Por eso es tan importante redescubrir nuestra identidad de cristianos, por eso es tan fundamental por lo que luchaba el profeta Isaías para que redescubramos nuestras raíces de la fe.
            El propio San Pablo, con su estilo de vida tan unido a Cristo, está realizando una constante profesión de fe. No lo hace únicamente con los labios, sino con todo su ser. Todo lo que hace, piensa, el modo de trabajar, en el modo de cómo se entrega a los demás por amor… todo esto forma parte de esa constante profesión de fe que él ofrece a esta comunidad de los corintios. [SEGUNDA LECTURA 1ª Corintios (1,3-9)]. Esta comunidad era muy plural y muy problemática que se vanagloriaba de su bien hablar y de sus carismas. A lo que el apóstol les dice con toda claridad lo siguiente: «Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de que acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro». Les recuerda que lo único que nos puede salvar es el Señor. Nuestros títulos, nuestros méritos y nuestro dinero del banco no nos salvan. El que nos da la fortaleza en la batalla y la victoria en la guerra es el Señor. Y este Señor es fiel a pesar de nuestras numerosas infidelidades. Por eso San Pablo reza tanto por esta comunidad para que se sostenga en el Señor y no se confundan creyendo que ellos mismos se pueden llegar a sostener por sí mismos.
            Tanto el profeta Isaías, como el apóstol San Pablo como el mismo Evangelio [EVANGELIO Marcos 13, 33-37] nos destacan una común idea: ¡Velad, vigilad! El profeta Isaías nos hablaba de extravíos y de corazones endurecidos, así como de la dulzura con la que Dios nos trata. El apóstol San Pablo nos avisaba que cuidado con pensar que somos nosotros los que podemos llevar adelante nuestra vida contando con nuestras propias capacidades, porque si lo hacemos así, caeremos y nos derrumbaremos. Y el Evangelio nos urge a que velemos. ¿Y cómo podemos velar? ¿Cómo podemos vigilar? ¿Cómo saber por dónde el demonio va a poder hacer un agujero en nuestra particular muralla? ¿Acaso empezará a picar por donde menos resistencia encuentre y sea el muro menos grueso? Calzándonos las botas de la Palabra de Dios. Calzándonos con el Evangelio. Siendo embajadores de Cristo llevando su Buena Noticia. El demonio como serpiente que repta siempre está al acecho e intentará, en todo momento, hincar sus dientes venenosos en nuestro particular talón de Aquiles –el demonio conoce nuestra debilidad y nuestro pecado-. Más si nuestros pies están calzados con el Evangelio por mucho que quiera morder esa mala víbora no podrá atravesar la bota.
            Cristo sale a nuestro encuentro para auxiliarnos y para rescatarnos de nuestro pecado y pisar a esta mala víbora con los pies de aquellos que anuncian, con toda su alma y corazón, el Evangelio.

03/12/2017

sábado, 23 de diciembre de 2017

Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, ciclo b

HOMILÍA DEL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO ciclo b
Palencia, ESPAÑA ,24 de diciembre 2017
            Hoy en la primera lectura despunta un personaje bastante importante en la vida del rey David: el profeta Natán (PRIMERA LECTURA,  2 Sam 7, 1-5. 8b-12.14a.16). El profeta Natán aconsejó al rey David durante gran parte de su vida. Este profeta actuó con gran libertad de espíritu ya que lo único que le movía era su profundo amor a Yahvé. Yahvé puso en sus labios tanto las promesas para animar al rey David como las denuncias que le hacía cuando sus acciones no eran justas y que no estaban en el plan de Dios. No se dejó manipular por los afectos, sino que fue claro porque su único amor verdadero era Dios.
            El rey David le tenía gran estima porque se daba cuenta de que el profeta Natán gozaba del don del discernimiento. Natán era libre de todo lo que le retenía para seguir los deseos de Dios. Si el profeta, antes de abrir la boca -para hablar ante el rey David- hubiera pensado en las consecuencias de decirle las cosas para que el rey viviera en la Verdad, no hubiera sido libre. No hubiera sido libre porque hubiera valorado más que su cabeza siguiera estando donde debía de estar que el hecho de que el propio rey se salvase y salvaguardara su amistad con Yahvé.
            ¿Acaso se creen que el profeta Natán no las tuvo muy gordas con el rey David con lo de Betsabé (cfr. 2 Sam 11 y 2 Sam 12 –lo de la parábola de la cordera del pobre) y con lo del censo del pueblo (cfr. 2 Sam 24)? Sin embargo lo que se estila entre nosotros es ‘el ser políticamente correcto’, porque prevalece más la imagen que yo quiero dar a los demás más que el amor que yo debo de manifestar a mi hermano.
            El profeta Natán pedía constantemente ayuda a Dios para escoger el camino correcto. Nosotros hemos de partir de la base de la Palabra y de las enseñanzas de la Iglesia, éstos son nuestros puntos de partida.
Del mismo modo, el propio profeta Natán también nos enseña a sopesar los movimientos internos del alma, para poder examinar cuáles se originan en Dios y cuáles no. Cuando uno decide perdonar a un hermano y decide romper con ese odio anidado dentro de su corazón, uno siente una paz interior. El mal espíritu te genera desasosiego que te impide progresar en la vida del espíritu haciéndote creer que es preferible no ceder para no mostrar debilidad ante el otro y nos seguirá dando razones para seguir obrando en el mal. El profeta Natán está diciendo con toda la claridad al rey David que Dios no va a permitir que le construya una casa para que allí resida. Cuando uno hace un favor a alguien es porque –de algún modo- se tendrá que amortizar/compensar. El rey David quería hacer construir una casa para Dios, pero ¿qué podría pretender conseguir de Dios al hacerle este regalo/favor? ¿Acaso que Dios se olvidara de lo que hizo a Urías, el hitita cuando se encaprichó con su esposa Betsabé? ¿Acaso ponerse a bien con Yahvé por todo lo que armó con el censo que el mismo rey mandó hacer al creerse que todo lo que tenía en su territorio era de su propiedad en vez de ser de Yahvé? El profeta Natán le está diciendo al rey David que si desea tener esa paz en su alma se ha dejar de trapicheos y de chantajes con Yahvé. Que a Yahvé no se le puede comprar con favores ni a golpe de talonario. Natán muestra al rey David cómo se ha comportado Dios con él. Dice el Señor: «Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel». Y le sigue diciendo que Dios siempre le ha acompañado, que ha suprimido a sus enemigos y que le ha dado la fama de la que ahora disfruta, que le otorga la paz a su pueblo y que su trono perdurará. Por lo que el profeta Natán le está diciendo al rey David que lo único que le puede dar la paz en su alma es vivir en la presencia de Dios, sin reservarse nada para sí, ya que todo lo que tiene y es lo ha recibido de Yahvé. Y que siempre que desee hacer lo que él quiera al margen de la voluntad divina será un claro suicidio ya que se adentrará en un profundo desasosiego que le hará sufrir sobremanera.
            El profeta Natán le ayuda a discernir al rey David para que sepa priorizar sobre lo que es lo importante en su vida. Natán le pone ante la tesitura de su muerte: «Y, cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza». Natán es claro: El rey David se tendrá que morir. Es tanto como decir al rey David sobre lo que le gustaría argumentar ante Dios cuando esté declarando ante su propio juicio y así no dejarse influir por aquellos deseos desordenados. De tal manera que pensando en el lecho de su muerte sea capaz de juzgar rectamente las decisiones que tenga que ir adoptando.

            De ahí que el Salmo Responsorial vuelva a incidir en los mismos puntos que en la primera de las lecturas: la alianza sellada con David, el propósito de Yahvé de fundarle un linaje perpetuo, mantenerle perpetuamente su favor… (SALMO RESPONSORIAL, Sal 88,2-3.4-5.27 y 29). Aquel que es capaz de cantar y de dar gracias por el abundante amor que recibe de Dios demuestra que goza del discernimiento necesario para andar por la vida con dignidad. Un discernimiento que se va forjando cuando uno se va consolidando en el Evangelio (SEGUNDA LECTURA, Rom 16, 25-27), o sea que uno va adquiriendo en la escuela de Jesucristo, que es la Iglesia.  En este discernimiento que se encuentra erizado de dificultades nos encontramos a la Virgen María que nos indica que fiándonos de la Palabra de Dios podremos alcanzar aquello que sería impensable con nuestras propias fuerzas (EVANGELIO, Lc 1, 26-38): Que el mismo Dios nos tome como templos santos y que ponga su morada en nuestro ser.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Primer domingo de Adviento, ciclo b

1º domingo de Adviento, ciclo a

En este primer domingo del tiempo de adviento se nos hace una doble invitación: vigilar y esperar.

Jesucristo es nuestra riqueza. Jesucristo es nuestro tesoro. San Pablo, cuando escribe a la comunidad de los corintios se lo muestra: «Pues por Cristo habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber». De tal modo que ser cristiano es un gran regalo. Jesucristo tiene tanto que aportarnos a nuestra vida que tenemos que estar atentos y vigilantes. El problema realmente serio se plantea cuando uno, aún siendo cristiano porque ha sido bautizado, viviese prescindiendo del Señor. Por eso, en la primera lectura, tomada del profeta Isaías nos dice lo siguiente: «Nadie invocaba tu nombre ni esforzaba por aferrarse a tí». Porque puede suceder que digamos públicamente que somos cristianos pero no dejemos ‘cancha de juego’ a Jesucristo en nuestra vida. Si durante nuestra jornada no invocamos el nombre de Dios para alabarle y darle gracias o pedirle, sino nos esforzamos por aferrarnos a Él, sino le ofrecemos nuestro quehacer acabaremos como figuras de escayola, muy bonitas por fuera pero huecas por dentro.

Es preciso esforzarnos por aferrarnos a Jesucristo. Es preciso que «brille el rostro de Dios y nos salve», tal y como reza el salmo responsorial. Sin embargo, ante esto se plantea la pregunta: ¿Cómo puede brillar el rostro de Dios en mi vida cotidiana?, o dicho con otras palabras, ¿qué me puede aportar Jesucristo en mi vida familiar o en mi vida como ciudadano? Porque si nos tenemos que aferrar a Jesucristo, ¿esto supondrá muchos cambios en mi manera de entender mi mundo personal?. Lo que tenemos que tener bien en claro es que tan pronto como Jesucristo entre en nuestra vida nos va a trastocar absolutamente todo. Y nosotros nos tememos que fiar de Él porque si nos trastoca los planes es para nuestro bien.

Es que resulta que del mismo modo que nuestro planeta gira en torno al Sol, también nosotros debemos gravitar, girar en torno a Jesucristo. Nuestro centro de gravedad tiene que estar en el Sagrario y en la Palabra de Dios. Y toda nuestra vida, ya sea en el ámbito familiar, en el trabajo o en el estudio, en el hogar o en la calle, todo debe de estar teñido e impregnado de la presencia del Señor Jesús. Del mismo modo que vertemos agua hirviendo sobre una tacita con una bolsita de te y vamos observando como esa agua se va tiñendo y cogiendo la esencia del te; del mismo modo Jesucristo debe de ir tiñendo y dar esencia a nuestra vida.

Por eso el Señor nos está pidiendo que no nos durmamos y que velemos para que seamos testigos del amor de Dios ejercitando el apostolado. Así sea.