viernes, 2 de abril de 2021
Domingo de Pascua de Resurrección 2021
miércoles, 31 de marzo de 2021
Homilía de la Vigilia Pascual 2021
Vigilia Pascual 2021
3 de Abril de 2021
Para ayudar a alumbrar este hecho pondré un ejemplo: Están
sacando los médicos, científicos e investigadores unos implantes auditivos que
permiten poder oír todo tipo de sonidos a las personas sordas. Personas que
jamás han podido oír con esos implantes pueden oír. Este hecho supone para
ellos una revolución total y absoluta a
la hora de entender el mundo y lo que les rodea. Pueden oír e
identificar la voz de su propia madre y llorar de alegría por poderla oír, el
zumbido del aire, el aletear de una mariposa, el sonido de un transistor… Todo
es nuevo, todo es distinto, todo es emocionante. Surgen sensaciones nuevas, se
pueden emocionar con una canción o por el modo de recitar un poema de amor. Es
verdad que el sonido de todas esas cosas ya existía antes de la colocación de
ese implante auditivo, pero es que ahora todo ha cambiado, todo es nuevo, todo ha de ser redescubierto.
Con la resurrección de Cristo todo ha cambiado. Es que
resulta que todo lo que hacemos en esta vida tiene
su eco en la eternidad. Cristo al resucitar nos está diciendo que el más
allá sí que existe, de tal modo que todo el amor que aquí entreguemos tiene su
compensación en la vida eterna. Que la vida no es un conjunto de alegrías
mezcladas con disgustos, desazones y dolores, sino que todo tiene un sentido dado por Dios. Que, gracias a que
Cristo ha resucitado de entre los muertos, esos pecados que estaban siendo
denunciados por la conciencia pueden ser perdonados; que aunque puedan tener la
última palabra en este mundo los asesinos y terroristas, no tienen la última
palabra en la eternidad; que gracias a la resurrección de Cristo todos los que
han muerto en guerras, por la violencia, en epidemias, por el hambre, en
naufragios, por desastres naturales, por enfermedades o por cualquier causa… no están olvidados. El tiempo puede llegar a borrar las letras y
los números de las lápidas de los cementerios y desvanecerse los restos de los
ataúdes, e incluso fallecer todas aquellas personas que le recordaban en vida, o
que nos recordaron en vida, dando la impresión de que tal persona ni siquiera
hubiese nacido. Más Jesucristo al resucitar de entre los muertos no olvida a ninguno de los que han muerto,
tiene todos sus nombres y sus historias grabadas en su Santísimo Corazón. Recordemos
lo que rezamos en la liturgia: «Porque
la vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma, y, al deshacerse
nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo».
Porque al resucitar Cristo nos indica que todo lo que
vivimos, sufrimos y experimentamos, si lo vivimos con fe, apoyándonos en la fe,
ofreciéndoselo a Cristo esto nos irá purificando y dando respuesta a lo que
Dios quiere de nosotros e ir dando pasos hacia la santidad. Es cierto que creer
en la resurrección no nos va a ahorrar las lágrimas, los dolores y
sufrimientos, pero sí nos genera la certeza de saber que sí le importamos a Dios y le importamos mucho.
Tanto que por nosotros murió su Hijo y por nosotros Dios Padre le resucitó para
abrirnos las puertas de la Eternidad, puertas que habían sido cerradas a causa
del pecado de Adán.
Que gracias a que Jesucristo ha resucitado esa
enfermedad que te hace sufrir o esa discapacidad que te impide hacer una vida
como la de los otros, o ese serio problema que puedes tener con un hijo o un
esposo o esposa con la droga, el alcoholismo, la ludopatía, etc… puede ser una
ocasión para purificarte en el amor y ser
un trampolín hacia el cielo. Es verdad que es una purificación
extremadamente dolorosa, pero es un dolor que lejos de ser inútil puede llegar
a ser un sacrificio agradable ante los ojos de Dios por ejercitarse así el
amor.
Que gracias a que Jesucristo ha resucitado uno puede
tener la certeza de que en el pobre y en el necesitado está el Señor: ‘Venid
benditos de mi Padre y heredad el reino eterno, porque tuve hambre y me disteis
de comer; tuve sed y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis, enfermo y en
la cárcel y vinisteis a verme…’ Y aunque sean desagradecidos, huelan mal, mal
educados y embusteros, no dejarán de ser el rostro de Cristo y una oportunidad
que nos ofrece el Señor para avanzar por las sendas de la conversión personal
para estar más cerca de Él.
Esa persona sorda que empezó a oír gracias a esos
implantes auditivos se le abrió ante él una nueva realidad, un nuevo modo de
posicionarse ante el mundo, un nuevo y revolucionario redescubrimiento. Pues
tanto a ti como a mí, con la resurrección del Hijo de Dios también se nos
presenta una nueva forma de entender y concebir todas las cosas que nos
acontecen de un modo totalmente nuevo, tal vez no seamos capaces de llegar a entender
la intensidad del alcance de esto en nuestras vidas, pero sin lugar a dudas nada puede ya llegar a ser como antes.
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
Homilía del Viernes Santo 2021
Viernes Santo 2021
2 de Abril de 2021
Hoy el Señor pone su cruz ante ti, la tienes justo
delante, incluso puedes llegar a tocarla con tu nariz. Somos testigos, junto con Santa María, su
Madre en el Calvario de lo que allí acontece. Nos lo narra el evangelio según
san Juan, que algunos exégetas y teólogos lo han denominado como el ‘evangelio de la hora’. Aunque
perfectamente se le podía designar ‘el evangelio del minuto’, porque todos los
minutos de la vida de Cristo fueron una constante entrega por amor a cada uno
de los aquí presentes. Y su entrega se culminó en hora de la cruz. La entrega
de Cristo fue constante, consciente, libre, responsable, fiel y obediente a
Dios Padre. Y ésta fue la tónica que supremamente predominó durante toda su
vida. A lo que Cristo nos puede perfectamente preguntar: ‘¿Cómo te vas
entregando por amor a los hermanos?’, ‘¿tu entrega a los demás se ha ido
incrementando con el tiempo o te has quedado atascado o andando para atrás como
los cangrejos?’.
Ahora bien, uno se entrega a los demás no porque sea
mejor o porque desee dar una imagen ‘de cara a la galería a los demás’, ni
tampoco porque debe de dar testimonio para animar a los otros. Uno ha de
entregarse a los demás porque, del mismo que la esposa quiere estar con el
esposo y así ser uno, el cristiano desea
estar con Cristo para sentirse íntimamente unido en Él.
Hay personas que únicamente les
mueve el dinero para hacer las cosas. No le pidas un favor que te lo cobra.
Para ellos todo gira en torno al dinero y a las ganancias. Pero nosotros somos
miembros de la tribu de Leví, la cual ha tenido en suerte el heredar lo más
valioso: «El
Señor, Dios de Israel, es nuestra heredad» (Jos 13,14). Por lo tanto toda la nuestra existencia
gira en torno al Señor, por Él nos vamos entregando por amor a los hermanos;
por Él acogemos nuestras propias cruces diarias y le pedimos la gracia para
poderlo entender con la luz de la fe; por Él hacemos las actividades diarias,
siendo Él el que nos reconforta en la lucha, cura nuestras heridas y nos
fortalece en la entrega, y así, como dice la oración final de esta liturgia:
«Dios todopoderoso y eterno,
que nos has renovado
con la gloriosa
muerte y resurrección de tu Ungido,
continúa realizando en nosotros,
por la
participación en este misterio,
la obra de tu
misericordia,
para que vivamos siempre entregados a ti».
Homilía del Jueves Santo 2021
Jueves Santo 2021
1 de Abril de 2021
Estamos en una sociedad donde todo son derechos y,
como si fuera una cadena de producción de una fábrica, se crean nuevos
derechos. Derechos que no dejan de ser falsos derechos que no se sostienen por
sí, sólo por la voluntad y deseo de algunos. No
podemos pensar con criterios mundanos, sino con los criterios que manan de
Dios, de la Gracia divina. Hace poco un sacerdote de una diócesis de Italia se
negó a bendecir las palmas en el Domingo de Ramos en forma de protesta porque
la Iglesia no bendecía las parejas de homosexuales. Satanás siempre ataca a la
cabeza, siempre ataca a aquellos que son cabeza de algo; en este caso a este
cura de 50 años de un pueblo del noroeste de Italia de 977 habitantes con ganas
de protagonismo.
Nosotros no somos dignos de estar en la presencia de
Dios y la plegaria eucarística nos lo recuerda: «Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte
en tu presencia». Dios nos hace dignos a nosotros. El
único derecho que tenemos es el derecho a amar y a amar como Dios nos ama. El amor no es el cajón desastre
donde metemos todo lo que nos ocurre, ya que por la herida ocasionada por el
pecado original tendemos a confundir egoísmo, posesión, dominación y consenso…
con el amor. El regalo que el Señor nos
hace hoy es un amor que llega hasta la entrega total, libre y sin
reservas en el madero de la cruz.
Si quitamos la visión de fe de las cosas y situaciones
que nos rodean nos creeremos con el derecho de manipular todo, de pervertir las
realidades y de malherir al propio amor. De ahí que salgan leyes que son
auténticas salvajadas como la del aborto, la de la eutanasia, la privación de
los derechos de los padres para que puedan elegir la educación que desean para
sus hijos, el mal llamado matrimonio a las personas que se unen siendo los dos
del mismo sexo, la satánica ideología de género, etc. Una mentira reiterada mil
millones de veces sigue siendo una mentira; y la mentira y el amor es
como el aceite y el agua, no se mezclan. Dicen por ahí: ‘lo importante es el
amor’, ‘es que se aman’… No caigamos en la tentación de confundir el amor con
el cajón desastre.
Es cierto que en el amor se ha
de dar muchas dosis de perdón, o muchas vacunas de perdón. Ahora que estamos en medio de estar interminable
pandemia del Covid-19, todo el mundo habla de las vacunas y de las dos dosis
para alcanzar la tan anhelada inmunidad. Incluso en los medios de comunicación
y los políticos hablan de ‘inmunidad de rebaño’. Es que resulta que toda la
humanidad, y nosotros como comunidad, estamos
sufriendo la pandemia del pecado, la pandemia de la ausencia de amor en
lo que hacemos y con los que estamos. Y hoy el Señor nos regala el sacerdocio para que pueda administrar en el confesionario
esas vacunas de la gracia divina, de un modo personal, con toda la frecuencia
que sea necesaria al penitente, para que ese coronavirus del pecado no irrumpa
con tanto ímpetu en nuestra vida, porque no es lo mismo decir ‘se me ha roto el
picaporte de la puerta’ que decir ‘se me ha caído el tejado de la casa’.
Uno hace un esfuerzo serio por algo que valora o
estima importante, porque de otro modo uno ni se molesta. Es cierto que muchas
veces la desilusión, la falta de respuesta, el poco interés que puede encontrar
en los otros puede llegar a desmoralizar y la tentación de ‘tirar la toalla’ se
acentúa con creces. El faraón,
Satanás, está levantado porque desea que
abandonemos en camino de la fe y nos adentremos por las sendas mundanas donde
todo está ‘bien’, todo está permitido y donde el pecado es algo perteneciente a
la moral represora de la Iglesia: es decir la senda de lo mundano, la senda de
la mentira.
Y en las
relaciones se generan heridas, algunas de ellas llegan a supurar pus. A
lo que el perdón ha de ser una tónica general entre nosotros. Pero el perdón no
es lo mismo que la indiferencia ni la incomunicación. Jesús era muy claro con
los fariseos y saduceos. Les ‘cantaba las cuarenta’ y se enfadaba por lo duros
de corazón y la dura cerviz que tenían. Pero Jesús les amaba con todo su ser,
es más, murió por cada uno de ellos.
Las heridas ocasionadas por nuestros pecados son
patentes en la relación cotidiana en esta y en cualquier comunidad cristiana.
Muchas de las cosas que aquí ocurren están generadas por el pecado que
arrastramos. ¿Y dónde acudir para, como se hace con los ordenadores y con los
smartphones o tables, restaurar la primera configuración de fábrica o así poder
restaurar las normales relaciones entre nosotros? La liturgia nos da muchas
pistas: «Concédenos,
Dios Todopoderoso, que, quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad,
encontremos aliento en la pasión de tu hijo unigénito»
(Oración Colecta del Lunes Santo). O sea, nosotros
desfallecemos, reñimos entre nosotros, nos ignoramos, murmuramos, nos
lanzamos miradas como si lanzásemos flechas… a causa de nuestra debilidad que
es aprovechada por Satanás y al entrar nosotros en su perverso y dañino juego.
EL
Señor sabía que entre ellos había un traidor. Y aun sabiéndolo lo amó con la
misma intensidad como al resto de los Doce. Los tres regalos que hoy nos
entrega el Señor son para disfrutarlos y ejercitarlos diariamente para que así,
algún día y tal como dice la liturgia «merezcamos ser saciados en el banquete
eterno».
sábado, 20 de marzo de 2021
Homilía del funeral de mi abuelo materno Abilio Villumbrales Rojo
Homilía del Domingo Quinto del Tiempo de Cuaresma, Ciclo B
Domingo V del tiempo de Cuaresma, ciclo b
21 de marzo de 2021
El Evangelio que hoy se ha proclamado nos ayudan a entender el sentido que da Jesucristo a los acontecimientos que están a punto de desencadenarse durante la Semana Santa. Jesús había preparado largamente este momento. Y es muy importante vivir la Semana Santa no sólo desde los acontecimientos históricos, sino también desde la vivencia interior que Jesús tiene de esos hechos. El Evangelio de hoy sería tanto como dar respuesta a una pregunta: ¿Qué sentido tiene para Jesús esos hechos? ¿Con qué sentido vivió Él su muerte, su pasión?
Alguien ha llamado al Evangelio de
San Juan como ‘El Evangelio de la Hora’.
Porque en los capítulos de este evangelio hay referencias a ‘esa hora’. Al
comienzo del evangelio, en las bodas de Caná de Galilea, Jesús le dice a su madre:
‘Mujer, todavía no ha llegado mi hora’; trascurre el evangelio y Jesús dice: ‘ya
se acerca mi hora’. Y llegado el momento, Jesús dice ‘esta es mi hora’, ‘para
esta hora he venido al mundo’; Hoy, en el evangelio, Jesús dice: «Ha llegado la
hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». Y
cuando Jesús es prendido, dice finalmente: ‘esta es la hora’.
Jesús es sumamente consciente que
durante toda su vida hay un hilo conductor que va a terminar en la entrega de
su vida en la Cruz. Es verdad que su entrega ha tenido lugar desde el
principio. Jesús se está entregando a nosotros en cada momento, en cada acontecimiento:
cuando predica en el Monte de las Bienaventuranzas, cuando cura a los enfermos
y poseídos, cuando está comiendo en casa de los fariseos o en la de sus
discípulos, en cualquier momento. Jesús siempre se entrega por nosotros. Pero
hay un momento cumbre, un momento donde se condensa toda su vida, que es el
momento de la cruz.
Aplicándolo a nosotros podemos
también decir que nosotros, como discípulos de Jesús, también tenemos nosotros
una hora especial. Es verdad que todos los momentos de nuestra vida deben de
ser de entrega y uno no tiene que esperar a no sé qué para entregarse. En cada
momento todos nuestros talentos los tenemos que desarrollar y entregarlo con un
espíritu de servicio. Pero es verdad que hay momentos de nuestra vida en los
que se condensan de una manera muy especial la ofrenda que hacemos a Dios. Y
suelen ser normalmente momentos de cruz, como lo fue el de Jesús. Puede ser el
momento de despedir a un ser querido, el asumir una noticia concreta de nuestra
salud, aceptar un revés o contratiempo de nuestra vida, cada cual tiene el
suyo, su ‘momento de cruz’. Hay horas especiales en las que se condensa de una
manera especial esa llamada de Dios a ofrecerle la vida. Al igual que Jesús
preparó largamente durante toda su vida esa entrega en la cruz, preparó su
hora. También nosotros, durante nuestra existencia, estamos llamados a preparar
la hora por la que hemos venido al mundo.
El momento de nuestra muerte será
también el momento de nuestra hora, será el momento en el que hagamos al Señor
la ofrenda de nuestra vida: Aquí tienes Señor mi vida. Lo que es importante
subrayar cómo el evangelio de San Juan, a la hora de entender el sentido que
Jesús da a su muerte, subraya que Jesús entrega la vida. El culmen está cuando
Jesús dice: ‘a mí nadie me quita la vida, soy yo el que la entrega
voluntariamente. Tengo poder para darla y tengo poder para quitarla’. Jesús
entrega la vida. Es verdad que hay unos acontecimientos históricos que le
arrebatan la vida, pero por encima de esos acontecimientos históricos, Él
entrega libremente la vida.
Un cristiano está llamado a decir
con Jesús: ‘a mí la vida no me la quita la ancianidad, ni la enfermedad, sino
que yo la entrego’; ‘a mí la vida no le ha quita un accidente, sino que yo la
entrego’. Por encima de los acontecimientos históricos hay una entrega de
nuestra vida, que junto con Jesús es salvífica. Si unimos nuestra entrega a la
de Jesús es salvífica.
En el momento final de la plegaria
eucarística que se llama doxología, el sacerdote dice levantando la patena y el
cáliz: ‘Por Cristo, con Él y en Él. A ti Dios Padre omnipotente…’. En ese
momento nosotros hacemos entrega de nuestra vida junto con la ofrenda de Cristo
al Padre.
Una vez me acuerdo que Santiago
García, en uno de sus viajes a Tierra Santa, comentó que un guía árabe
comentando las torturas y martirios de los cristianos de aquellos territorios
musulmanes, que una vez captaron cómo musitaban, movían los labios hablando en
árabe, antes de ser ejecutados y martirizados, y leyéndoles los labios decían: ‘Jesús,
ten misericordia de mí’. En esos momentos reafirmaban su fe en la misericordia
divina, entregaban su vida a la misericordia de Dios y daban testimonio de su
fe ante los que les iban a ejecutar. Eso pedimos al Señor: ‘Jesús, ten
misericordia de nosotros’.
Pidamos al Señor que nos ayude a dar
la vida, y darla sin reservas.
sábado, 23 de enero de 2021
Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo B