sábado, 8 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hermanos, las lecturas de hoy 'tienen mucha miga', tiene gran importancia. Podemos estar acostumbrados a oír la Palabra de Dios como quien atiende a cualquier cosa de lo cotidiano, olvidándonos que es Dios mismo quien se dirige a ti para hablarte en lo más profundo de tu alma. Imagínense que yo fuera un ateo sincero que está buscando a Dios. Y movido por mi búsqueda sobre la verdad sobre la existencia de Dios yo hubiera parado aquí, hoy domingo, en esta parroquia donde se hayan congregados un grupo de cristianos. Y aprovechando esta circunstancia yo viniera a preguntarles cuáles son las razones de su fe. Es decir, ¿ustedes por qué  creen? ¿Quién es Dios para ti? ¿Qué experiencia personal tienes de Dios como para poder afirmar con determinación que Dios existe?
            Sabes que Dios es amor. Conoces de memoria los Mandamientos de la Ley de Dios, los de la Iglesia, los Sacramentos, recitas el Credo y muchas de las oraciones aprendidas, acudes a la Iglesia y además puedes hasta llevar a tus hijos o nietos a las catequesis parroquiales. Pero cuando se hace la pregunta fundamental ¿qué es Dios para ti?, ¿de qué te sirve Dios en tu vida?, o la más profunda de todas ¿cuándo te has encontrado con Él?, la gente suele dar respuestas muy vagas, demasiado pobretonas. Generalmente para contestar se responde con el catecismo. O puede ser que incluso alguno levantase la mano diciendo que él no cree. Alguno puede decir que él siente a Dios en su vida de algún modo; que no sabe cómo explicarlo con palabras pero que él lo siente. O puede ser que alguno haya tenido un conocimiento de Dios de forma de experiencia, no por lo que le hayan dicho sus padres o abuelos, sino que independientemente de todo eso, ha conocido y experimentado a Dios en una enfermedad, en una alegría inmensa, en un hecho concreto de su vida. Es muy importante que cada uno, sí lo que estamos aquí ahora, seamos capaces de sacar fuera los encuentros que hayamos tenido con Dios.
            Hoy por ejemplo tenemos a tres personajes bíblicos que han 'sacado fuera', los encuentros que han tenido con Dios. En primer lugar tenemos a Naamán el sirio, el jefe del ejército del rey de Aram, que sufría la enfermedad de la lepra y fue sanado por Dios, y así Naamán lo reconoció: «En adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro dios que no sea el Señor».
En segundo lugar tenemos a San Pablo que narra a Timoteo cómo Dios le está proporcionando las fuerzas necesarias para anunciar el Evangelio aunque anunciarle suponga llevarlas. San Pablo así lo dice: «Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él». Y en el Evangelio nos encontramos con otra experiencia de sanación de un leproso en la que reconoce cómo el poder de Jesucristo le ha curado y regresa a Jesús dando gritos de alabanza a Dios. Estos tres han sacado fuera los encuentros que tuvieron con Dios.
            Puede ser que haya algún cristiano que no tenga ninguna experiencia de Dios, sea del tipo que sea -sanación, de perdón, de felicidad, de agradecimiento por algo pedido…- y puede llegar a descubrir que a lo mejor no tiene fe. A lo que se puede preguntar ¿cómo es que yo, en mi vida, no he tenido ningún encuentro con Dios? Tal vez es que nunca se haya preocupado de estas cosas y sea uno de esos nueve leprosos desagradecidos que, después de suplicar a Jesucristo por su sanación, al verse curado aún ni siquiera llegue a reconocer ese encuentro que haya tenido con Dios.
            Lo nuestro es hacer vida lo que nos dice el Salmo Responsorial de hoy:
            «Cantad al Señor un cántico nuevo, 
            porque ha hecho maravillas».


Lecturas:
Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 14-17
Sal 97. 1. 2 3ab. 3cd 4 R. El Señor revela a las naciones su justicia.
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 2, 8-13

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19

sábado, 1 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hermanos, seamos claros. Lo que predomina ahora en nuestros tiempos es el no tener experiencia religiosa. De este modo no estamos siendo afectados, ni transformados por Dios. Es como si dentro del mundo de la iglesia, de lo religioso se hubiese instalado el virus del agnosticismo que ha infectado el modo de entender la vida cristiana. Es un virus peculiar, cuyo modus operandi es reconocer la existencia de Dios, e incluso tener mucha información acerca de Dios, pero se queda en eso, en la esfera del conocimiento. De un conocimiento, de oídas, que cuando 'lo necesitamos' vamos tirando de él o acudimos por diversos motivos.
            Los cristianos vivimos nuestra fe como dislocados. Por una parte creemos en Dios y en Jesucristo y queremos vivir en conformidad con esta fe; pero por otra parte vivimos dentro de una cultura nueva, sometidos a planteamientos que están brotando desde visiones ateas de la realidad y que poco a poco se nos van imponiendo y formando parte del ambiente que vamos respirando y aceptando como normal. Estamos inmersos en un gélido invierno, donde las temperaturas son extremadamente bajas. Las consistente placas de hielo, la humedad de la niebla, los montones acumulados de nieve compacta es el caldo de cultivo y el escenario perfecto para que los planteamientos ateos y algunos agnósticos campen a sus anchas. Por coherencia a nosotros mismos, por fidelidad a nuestra fe, por amor a nuestros hermanos tenemos que enfrentarnos con la tarea inmensa de acomodar de nuevo las características de nuestra cultura a la fe.
            Si un niño que va creciendo y ante las diversas cosas que le van pasando en su vida -desde el ejemplo de actuar creyente de sus padres desde la bendición de la mesa hasta el modo de cómo terminan solucionando entre ellos los acalorados enfados- y ante los desafíos que se le van planteando en el colegio, con los amigos, con lo que ve y escucha, va teniendo a alguien que le ofrece una palabra de fe que ilumine eso que está viviendo y descubriendo en ese momento, irá adquiriendo esa capacidad de captar la presencia de Dios.
            El profeta Habacuc estaba viviendo en una época muy difícil. Resulta que con el rey Joaquín se instala en el pueblo un periodo de injusticia e iniquidad. Que es tanto como decir que esos ciudadanos, aún sabiendo que Dios existía, actuaban con un agnosticismo práctico. El hecho de que exista Dios no es algo que ni me quite el sueño ni me lo deje de quitar. Es como si todo el pueblo judío estuviese sumergido por esa capa sólida y blanca de nieve y hielo de la que antes he hecho referencia. Y el profeta Habacuc se impacienta, le pregunta a Dios «¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?». Lo mismo le pasó a Job y al mismo Abrahán que se impacientaban por los largos silencios mantenidos por Dios. Recordemos a Job, hombre rico, con tierras, ganados, familia, con buena salud y de la noche a la mañana todo lo pierde. Y para remate fiesta, los que eran sus amigos metiéndose con él para que renegase de su fe. No olvidemos a nuestro Abrahán, que escucha la Palabra de Dios que le dice que saliese de su tierra y de su parentela para ir a la tierra que Dios le indicaría. Imaginaros a Saray, su mujer, molesta con Abrahán porque había oído una voz que le dijo que saliese de Ur de los Caldeos y que fuera a un lugar que ni el mismo Abrahán sabía. Me la imagino manifestando abiertamente su enfado a su esposo y dándole la paliza con quejas todo el día. Y el pobre Abrahán, con paciencia, soportándolo. Pero después de esos silencios, los cuales parecen eternos, Dios termina actuando. Esos tiempos de silencio son necesarios, lo mismo que es necesario el tiempo de cocción en el horno para hacer las hogazas de pan o el tiempo para que de la simiente salga la espiga con el fruto granado.
            Ser fieles en mitad de la tormenta de la adversidad. Hay una imagen que se me quedó grabada en la mente cuando ocurrió la desgracia del tsunami de aquel 26 de diciembre de 2004, en aquellas playas paradisiacas. Cómo la gente trepaba por los árboles y se agarraban con todas sus fuerzas para no ser arrancados y arrastrados por la violencia del mar. Cristo nos llama a que seamos fuertes para permanecer en medio de la fuerte tempestad. Por eso es muy importante que, en medio de toda dificultad a la hora de vivir en cristiano las diversos aspectos de nuestra vida recordemos las palabras que San Pablo escribió a Timoteo: «Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y bien juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor Jesucristo y por mí, su prisionero.(…). Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano». Aferrémonos a la cruz de Cristo, ni se nos ocurra el soltarnos de ella,  y Dios ya se procurará de mantener las fuerzas de aquellos que hemos hecho la opción de estar con Él.

Lecturas:
Lectura del Profeta Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9 R. Escucharemos tu voz, Señor.
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 17, 5-10

2 de octubre de 2016
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sábado, 24 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Hay actores de series o de películas de televisión, que interpretan tan bien su papel que son conocidos por su nombre artístico antes que por el suyo propio. Se meten tanto en su personaje llegando a crear como una realidad paralela. Introduciéndose como una burbuja donde se ve como normal una realidad sacada y montada en la misma mentira. Se piensa, se siente, se actúa, se ama como lo hace el personaje de ficción llegando a dar por auténtico al inventado. Esto mismo nos pasa a cada de nosotros.
El Demonio, que conoce nuestros puntos débiles, puede llegar a pervertir nuestro entendimiento de las cosas y de la propia realidad. Estoy totalmente seguro que de tener conciencia los árboles, si preguntásemos a un árbol totalmente inclinado si está recto, mirando hacia el cielo, no dudaría en decirnos que él es el más alto de todos y que siente en su copa, como el primero y en primicia, las brisas del amanecer y los primeros rayos del sol. Y es tontería llevarle la contraria, es tanto como darse cabezazos con las paredes, porque se cerrará totalmente en sí mismo. Es el famoso ‘no es no’ o ‘¿qué parte del ‘no’ no entiende usted?’, popularizado por un político de nuestros tiempos. Y llevarle la contraria es estar de mal humor todo el día. El rico Epulón estaría totalmente seguro de que obraba correctamente. Se creía tanto el papel del personaje que tenía que interpretar que se fusionó con él. Epulón hizo un acto de voluntad consciente y deliberada, poniendo en juego todo su entendimiento, voluntad y libertad para fusionarse, ser uno con ese personaje. Es verdad que vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día, pero eso formaba parte de lo cotidiano, era lo que tocaba hacer en ese momento.
El rico Epulón como el árbol totalmente torcido no dudarían en afirmarnos que personas mejores que ellos sería prácticamente imposible encontrarlas. Un pasaje del Nuevo Testamento nos cuenta cómo los discípulos, estando a solas con Jesús le preguntaron que por qué ellos no pudieron expulsar a ese espíritu maligno que poseía a esa persona. A lo que Jesucristo les contestó que esta clase de demonios no pueden ser expulsada sino con oración. (cf. Mc 9,28-29).
El mendigo, Lázaro, estaba echado en el portal del rico, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Lázaro, al estar ahí, de ese modo, estaba cuestionando constantemente al rico. Lázaro estaba como aquel que intenta convencer a alguien y termina dándose cabezazos con la pared, sin conseguir nada. Por eso el rico, estando en el infierno, en medio de los tormentos gritaba a Abrahán a lo que Abrahán le respondió, que si querían evitar los hermanos de Epulón ir al infierno tenían que escuchar a Moisés y a los profetas.  Cristo dijo: «Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con oración».
¿Y por qué Abrahán le contestó así al rico Epulón? Lo hizo porque sólo la Palabra de Dios tiene poder exorcizante para poder llegar a conocer la auténtica verdad de las cosas y de nuestro ser. Sólo Cristo tiene el poder ya que Él es el KYRIOS, el SEÑOR.
Epulón era ese personaje que estaba tan identificado con su papel de rico que se había fusionado de tal manera que había olvidado la auténtica verdad de las cosas. Había llevado a cabo conscientemente un borrado de mente para olvidarse que él era un peregrino por este mundo hacia la Patria del Cielo. Como nos dice el profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión, confiados en la montaña de Samaría!». La vida le sonreía, tenía todo lo que una persona deseaba, en palabras del profeta Amós «se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo (...) beben vino en elegantes copas, se ungen con los mejores aceites, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José ». Lo único que podía salvar al rico Epulón lo tenía muy cerca, pero no escuchaba, no hacía caso. Lo único con capacidad de exorcizarlo y hacer que su persona se pudiera liberar del personaje que libremente interpretaba era la Palabra de Dios. La Palabra de Dios le hubiera puesto ante su cara la verdad de su existencia. Hubiera visto anticipadamente el infierno que le esperaba si seguía por esas sendas de perdición. Epulón rechazó la fuerza sanadora de la Palabra. Y de hecho, incluso estando siendo torturado en el infierno, ante las palabras sabias de Abrahán que le dice  «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen», y de ese modo evitar que los hermanos de Epulón fueran a parar a aquel lugar de tormentos, el mismo Epulón sigue rechazando la fuerza de la Palabra de Dios, tal y como lo hizo en su vida mortal. Por eso le replica a Abrahán «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán ».  A lo que Abrahán, ante la soberbia y el desprecio culpable que siente el rico por la Palabra de Dios, dicta sentencia: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto».
Cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios se van aflojando nuestras ataduras porque reconocemos cuales son nuestros pecados, dónde reside la falsedad en nuestra vida y nos urge la conversión y la pronta reparación.

Lecturas:
Am 6, 1a. 4-7
Sal 145
1 Tim 6,11-16
Lc 16, 19-31

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo C, 25 de septiembre de 2016

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sábado, 17 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hermanos, les tengo que reconocer que las lecturas de hoy me han quedado como 'fuera de juego'. Me han descolocado totalmente. Para poderme hacer entender les voy a poner un ejemplo, con todas mis torpezas. No hace mucho estaba en la casa de una familia, comiendo, y los niños estaban todo entretenidos, sentados en la moqueta, jugando con la consola. Se trataba de aquellos juegos en los que uno debe de ir superando diversos niveles, en los cuales la dificultad van aumentando. Normalmente te suelen dar tres vidas, las cuales puedes ir gastando y recuperando hasta que llegas al último nivel. Y uno llega, y si llega, con muy poca vida. A todo esto hay que sumar que es ahora, al final, cuando uno tiene que enfrentarse con el malo malísimo, con el villano de los villanos. Con muy poca vida y además haciendo frente al mayor de los desafíos que uno se tiene que hacer frente en todo el juego. Por este motivo uno ha de 'devanarse los sesos', buscar estrategias adecuadas para luchar contra él.
            Muchas veces confundimos, aun sin pretenderlo, este tipo de juegos con nuestra vida cristiana. Vamos superando pantalla a pantalla, nivel a nivel y damos por conseguido y superado todas las etapas o niveles que hemos traspasado ya. Es que resulta que en la vida real no disponemos de tres vidas como en los video juegos, sino únicamente tenemos una. Y durante cada nivel nos vamos encontrando con pruebas duras, pero es que al final nos encontramos con toda la crudeza y comportamientos retorcidos y crueles del malo malísimo, de Satanás. Satanás no va a escatimar ni medios ni esfuerzos para confundirnos y para atraparnos. Algunos son atrapados por las redes de las riquezas. Y si tienen que robar para conseguirlo, lo hacen sin problema: «Disminuís la medida, aumentáis el precio,
usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo
». Esto nos lo recordaba la Palabra del profeta Amos. Lo que pasa es que a veces no queremos escuchar porque no lo sentimos como necesario porque creemos que esto ya lo tenemos superado, pero no es así. Y atención, que si nos comportamos sin hacer caso a los avisos que nos hace la Palabra puede ser que estemos atrapados por la red tendida por Satanás. El administrador injusto de la parábola de hoy sabía muy bien lo que hacía. Él se conocía todos los trucos; él había traspasado una infinidad de pantallas o de niveles en su particular juego; se conocía al dedillo donde estaban las trapas para poder sortearlas pero su vida se fundaba en la mentira. Su ser no estaba formado de roca sólida sino de arenisca, y la mentira en sí misma no se puede mantener, se desploma, se desintegra, se vaporiza.
            En la vida cristiana no funcionamos, como por ejemplo, como las esclusas del Canal de Castilla, que de una se va pasando a otra y a otra, y la que está pasada ya está superada. Podemos encontrarnos con catequistas, presbíteros o incluso obispos que se supone que están o estamos por delante en la vida cristiana, pero que 'hacemos aguas' en muchas cosas. Me he encontrado a personas con ciertos años que me comentan que determinados pecados ya no les afectan porque son cosa de jóvenes. Que eso es algo superado para ellos. Que eso ya no les afecta. Y claro está, están totalmente engañados. Un bautizado que ha recorrido una etapa importante como cristiano, y que se supone que ha ido descubriendo mucho más que otros, debería de brotar de su alma muchos ecos y palabras sinceras tan pronto como la Palabra de Dios fuese escuchada por sus oídos y calentase su corazón. Y si esto no ocurre ¿no será porque nos creemos que tenemos superadas etapas anteriores cuando lo que pasa en realidad es que no somos capaces de reconocer nuestras importantes lagunas espirituales?
            De ahí que cuanto más responsabilidad o más recorrido se haya realizado en la vida cristiana mayores dosis de humildad se han de tener porque de gloriarnos sólo nos hemos de gloriar en el Señor. En palabras de San Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo y yo un crucificado para el mundo!» (Gal 6, 14).
            Lo importante y fundamental es lo que nos dice San Pablo: «He combatido bien mi combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de la salvación, que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa» (2 Tim 4, 7-8).
           
Lecturas:
Lectura del Profeta Amós 8, 4-7
Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8 R. Alabad al Señor, que ensalza al pobre.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 2, 1-8
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 16, 1-13
18 de septiembre de 2016

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domingo, 11 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo c

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

            En los numerosos estudios de los científicos sobre la evolución de la especie humana y de los animales nos cuentan que un elemento clave para la supervivencia de las especies fue la adaptación ante los importantes desafíos e inclemencias de fenómenos atmosféricos, desastres naturales, escasez de comida y de bebida, etc. Muchas especies han desaparecido de la faz de la Tierra y conocemos de su existencia por los fósiles que se encuentran en numerosos estudios de investigación.

            Sin embargo nosotros, los hombres, siempre hemos tenido a Alguien con mayúsculas que siempre ha velado por nosotros. Su mano todopoderosa nos protegía para que ningún mal fuera tan poderoso como para borrar nuestras huellas de la faz de esta tierra. Ya el salmo 70 nos lo recuerda en éste precioso versículo: «En el vientre materno ya me apoyaba en tí, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en tí». Fíjense en la belleza de esta frase: «En el seno tú me sostenías». Antes de poder hacer yo algo, cuando era un feto, un niño gestándose en el seno materno, ya recibíamos dosis infinitas de amor de Dios sosteniéndonos.

El hombre al intuir la existencia de algo sobrenatural empezó a darse cuenta que no estaba allí solo. Los hombres salían a cazar y muchos no volvían y esos cuerpos no eran arrojados a los animales, sino que esos cadáveres eran tratados de un modo muy especial. Hombres y mujeres se unían y fruto de esas uniones nacían sus hijos, surgía una nueva vida. Una nueva vida que año tras año se iba desplegando como si fuera un abanico. Los siglos fueron pasando y la especie humana fue evolucionando. No fue nada fácil, ya que éramos como esos grandes y frágiles navíos de la época de los piratas que ante el mar embravecido y las tormentas violentas amenazaban constantemente con hundirse en el fondo del océano. Sin embargo no se hundieron, porque Dios estaba constantemente velando por nosotros. «Todos aguardan a que les eches la comida a su tiempo; se las echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes; escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra» reza el salmo 103.

Los hombres somos libres y podemos hacer lo que consideremos más oportuno. Podemos pervertirnos, como se pervirtió el pueblo hebreo recién sacado de Egipto por el mismo Dios. Además el Señor dice a Moisés: «Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado». No han tardado en adentrarse en el océano del pecado, que siempre está siendo agitado por el violento oleaje, con el altísimo riesgo de hallar en el océano su propia tumba. ‘No han tardado en darme la espalda’, dice el Señor. Y como una madre, en medio de la noche, que espera que sus hijos regresen a casa, está pendiente, en vela –aunque esté muerta de cansancio. Tal y como nos enseña el salmo, si el Señor nos retira su aliento, morimos y volvemos a ser polvo. De ahí que Él permanezca siendo fiel a la alianza de amor, aunque nosotros lo hayamos despreciado. De ahí que el Padre de la parábola saliera todos los días con la esperanza de ver regresar a ese hijo pródigo. Nos dice el Evangelio: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio  y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos».

Dios tiene un proyecto precioso con cada uno: Crear en nosotros un corazón puro, renovarnos por dentro con espíritu firme; tal y como reza el salmo responsorial de hoy.

            Adquirir ese espíritu puro y esa renovación por dentro con espíritu firme no se alcanza de la noche a la mañana. Es un proceso largo y muy costoso, donde muchas veces se dan más retrocesos que avances. Sin embargo el Señor tolera determinadas cosas –no las quiere, ni tampoco las desea-, pero las tolera para que el alma vaya madurando en el amor. Cuando uno pasea por la calle y ve a un joven tirado borracho por la calle, siente lástima por el estado de cómo está esa persona. Pero si ese joven es tu hermano, o tu hermana de sangre, o tu primo o tus sobrinos... ya no sientes lástima sino que un sentimiento de pena y dolor profundo invade tu corazón. Ese dolor profundo y constante es el que sufre Dios con cada uno de nosotros cuando pecamos. Por eso es de agradecer que San Pedro, en su segunda carta, nos aliente recordándonos «que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación» (2 Pe 3,15).

            Bellísimas son las palabras de San Pablo en su carta a Timoteo: «Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por eso precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en Él y tener vida eterna».

 

 

 

 

 

Lecturas:       Éx 32, 7-11. 13-14

                        Sal 50

                        1 Tim 1, 12-17

                        Lc 15, 1-32

 

11 de septiembre de 2016

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viernes, 9 de septiembre de 2016

Homilía del funeral del señor Crisanto

HOMILÍA DEL FUNERAL DEL SEÑOR CRISANTO
El padre de la Hna. Magdalena, Abancay - + 7 de septiembre de 2016 - 9 de septiembre de 2016
(A la Hna. Magdalena y a su familia acompañando en su dolor ante el Sagrario)