sábado, 24 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Hay actores de series o de películas de televisión, que interpretan tan bien su papel que son conocidos por su nombre artístico antes que por el suyo propio. Se meten tanto en su personaje llegando a crear como una realidad paralela. Introduciéndose como una burbuja donde se ve como normal una realidad sacada y montada en la misma mentira. Se piensa, se siente, se actúa, se ama como lo hace el personaje de ficción llegando a dar por auténtico al inventado. Esto mismo nos pasa a cada de nosotros.
El Demonio, que conoce nuestros puntos débiles, puede llegar a pervertir nuestro entendimiento de las cosas y de la propia realidad. Estoy totalmente seguro que de tener conciencia los árboles, si preguntásemos a un árbol totalmente inclinado si está recto, mirando hacia el cielo, no dudaría en decirnos que él es el más alto de todos y que siente en su copa, como el primero y en primicia, las brisas del amanecer y los primeros rayos del sol. Y es tontería llevarle la contraria, es tanto como darse cabezazos con las paredes, porque se cerrará totalmente en sí mismo. Es el famoso ‘no es no’ o ‘¿qué parte del ‘no’ no entiende usted?’, popularizado por un político de nuestros tiempos. Y llevarle la contraria es estar de mal humor todo el día. El rico Epulón estaría totalmente seguro de que obraba correctamente. Se creía tanto el papel del personaje que tenía que interpretar que se fusionó con él. Epulón hizo un acto de voluntad consciente y deliberada, poniendo en juego todo su entendimiento, voluntad y libertad para fusionarse, ser uno con ese personaje. Es verdad que vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día, pero eso formaba parte de lo cotidiano, era lo que tocaba hacer en ese momento.
El rico Epulón como el árbol totalmente torcido no dudarían en afirmarnos que personas mejores que ellos sería prácticamente imposible encontrarlas. Un pasaje del Nuevo Testamento nos cuenta cómo los discípulos, estando a solas con Jesús le preguntaron que por qué ellos no pudieron expulsar a ese espíritu maligno que poseía a esa persona. A lo que Jesucristo les contestó que esta clase de demonios no pueden ser expulsada sino con oración. (cf. Mc 9,28-29).
El mendigo, Lázaro, estaba echado en el portal del rico, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Lázaro, al estar ahí, de ese modo, estaba cuestionando constantemente al rico. Lázaro estaba como aquel que intenta convencer a alguien y termina dándose cabezazos con la pared, sin conseguir nada. Por eso el rico, estando en el infierno, en medio de los tormentos gritaba a Abrahán a lo que Abrahán le respondió, que si querían evitar los hermanos de Epulón ir al infierno tenían que escuchar a Moisés y a los profetas.  Cristo dijo: «Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con oración».
¿Y por qué Abrahán le contestó así al rico Epulón? Lo hizo porque sólo la Palabra de Dios tiene poder exorcizante para poder llegar a conocer la auténtica verdad de las cosas y de nuestro ser. Sólo Cristo tiene el poder ya que Él es el KYRIOS, el SEÑOR.
Epulón era ese personaje que estaba tan identificado con su papel de rico que se había fusionado de tal manera que había olvidado la auténtica verdad de las cosas. Había llevado a cabo conscientemente un borrado de mente para olvidarse que él era un peregrino por este mundo hacia la Patria del Cielo. Como nos dice el profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión, confiados en la montaña de Samaría!». La vida le sonreía, tenía todo lo que una persona deseaba, en palabras del profeta Amós «se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo (...) beben vino en elegantes copas, se ungen con los mejores aceites, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José ». Lo único que podía salvar al rico Epulón lo tenía muy cerca, pero no escuchaba, no hacía caso. Lo único con capacidad de exorcizarlo y hacer que su persona se pudiera liberar del personaje que libremente interpretaba era la Palabra de Dios. La Palabra de Dios le hubiera puesto ante su cara la verdad de su existencia. Hubiera visto anticipadamente el infierno que le esperaba si seguía por esas sendas de perdición. Epulón rechazó la fuerza sanadora de la Palabra. Y de hecho, incluso estando siendo torturado en el infierno, ante las palabras sabias de Abrahán que le dice  «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen», y de ese modo evitar que los hermanos de Epulón fueran a parar a aquel lugar de tormentos, el mismo Epulón sigue rechazando la fuerza de la Palabra de Dios, tal y como lo hizo en su vida mortal. Por eso le replica a Abrahán «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán ».  A lo que Abrahán, ante la soberbia y el desprecio culpable que siente el rico por la Palabra de Dios, dicta sentencia: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto».
Cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios se van aflojando nuestras ataduras porque reconocemos cuales son nuestros pecados, dónde reside la falsedad en nuestra vida y nos urge la conversión y la pronta reparación.

Lecturas:
Am 6, 1a. 4-7
Sal 145
1 Tim 6,11-16
Lc 16, 19-31

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo C, 25 de septiembre de 2016

Blog: capillaargaray.blogspot.com

sábado, 17 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hermanos, les tengo que reconocer que las lecturas de hoy me han quedado como 'fuera de juego'. Me han descolocado totalmente. Para poderme hacer entender les voy a poner un ejemplo, con todas mis torpezas. No hace mucho estaba en la casa de una familia, comiendo, y los niños estaban todo entretenidos, sentados en la moqueta, jugando con la consola. Se trataba de aquellos juegos en los que uno debe de ir superando diversos niveles, en los cuales la dificultad van aumentando. Normalmente te suelen dar tres vidas, las cuales puedes ir gastando y recuperando hasta que llegas al último nivel. Y uno llega, y si llega, con muy poca vida. A todo esto hay que sumar que es ahora, al final, cuando uno tiene que enfrentarse con el malo malísimo, con el villano de los villanos. Con muy poca vida y además haciendo frente al mayor de los desafíos que uno se tiene que hacer frente en todo el juego. Por este motivo uno ha de 'devanarse los sesos', buscar estrategias adecuadas para luchar contra él.
            Muchas veces confundimos, aun sin pretenderlo, este tipo de juegos con nuestra vida cristiana. Vamos superando pantalla a pantalla, nivel a nivel y damos por conseguido y superado todas las etapas o niveles que hemos traspasado ya. Es que resulta que en la vida real no disponemos de tres vidas como en los video juegos, sino únicamente tenemos una. Y durante cada nivel nos vamos encontrando con pruebas duras, pero es que al final nos encontramos con toda la crudeza y comportamientos retorcidos y crueles del malo malísimo, de Satanás. Satanás no va a escatimar ni medios ni esfuerzos para confundirnos y para atraparnos. Algunos son atrapados por las redes de las riquezas. Y si tienen que robar para conseguirlo, lo hacen sin problema: «Disminuís la medida, aumentáis el precio,
usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo
». Esto nos lo recordaba la Palabra del profeta Amos. Lo que pasa es que a veces no queremos escuchar porque no lo sentimos como necesario porque creemos que esto ya lo tenemos superado, pero no es así. Y atención, que si nos comportamos sin hacer caso a los avisos que nos hace la Palabra puede ser que estemos atrapados por la red tendida por Satanás. El administrador injusto de la parábola de hoy sabía muy bien lo que hacía. Él se conocía todos los trucos; él había traspasado una infinidad de pantallas o de niveles en su particular juego; se conocía al dedillo donde estaban las trapas para poder sortearlas pero su vida se fundaba en la mentira. Su ser no estaba formado de roca sólida sino de arenisca, y la mentira en sí misma no se puede mantener, se desploma, se desintegra, se vaporiza.
            En la vida cristiana no funcionamos, como por ejemplo, como las esclusas del Canal de Castilla, que de una se va pasando a otra y a otra, y la que está pasada ya está superada. Podemos encontrarnos con catequistas, presbíteros o incluso obispos que se supone que están o estamos por delante en la vida cristiana, pero que 'hacemos aguas' en muchas cosas. Me he encontrado a personas con ciertos años que me comentan que determinados pecados ya no les afectan porque son cosa de jóvenes. Que eso es algo superado para ellos. Que eso ya no les afecta. Y claro está, están totalmente engañados. Un bautizado que ha recorrido una etapa importante como cristiano, y que se supone que ha ido descubriendo mucho más que otros, debería de brotar de su alma muchos ecos y palabras sinceras tan pronto como la Palabra de Dios fuese escuchada por sus oídos y calentase su corazón. Y si esto no ocurre ¿no será porque nos creemos que tenemos superadas etapas anteriores cuando lo que pasa en realidad es que no somos capaces de reconocer nuestras importantes lagunas espirituales?
            De ahí que cuanto más responsabilidad o más recorrido se haya realizado en la vida cristiana mayores dosis de humildad se han de tener porque de gloriarnos sólo nos hemos de gloriar en el Señor. En palabras de San Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo y yo un crucificado para el mundo!» (Gal 6, 14).
            Lo importante y fundamental es lo que nos dice San Pablo: «He combatido bien mi combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de la salvación, que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa» (2 Tim 4, 7-8).
           
Lecturas:
Lectura del Profeta Amós 8, 4-7
Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8 R. Alabad al Señor, que ensalza al pobre.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 2, 1-8
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 16, 1-13
18 de septiembre de 2016

Blog: capillaargaray.blogspot.com

domingo, 11 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo c

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

            En los numerosos estudios de los científicos sobre la evolución de la especie humana y de los animales nos cuentan que un elemento clave para la supervivencia de las especies fue la adaptación ante los importantes desafíos e inclemencias de fenómenos atmosféricos, desastres naturales, escasez de comida y de bebida, etc. Muchas especies han desaparecido de la faz de la Tierra y conocemos de su existencia por los fósiles que se encuentran en numerosos estudios de investigación.

            Sin embargo nosotros, los hombres, siempre hemos tenido a Alguien con mayúsculas que siempre ha velado por nosotros. Su mano todopoderosa nos protegía para que ningún mal fuera tan poderoso como para borrar nuestras huellas de la faz de esta tierra. Ya el salmo 70 nos lo recuerda en éste precioso versículo: «En el vientre materno ya me apoyaba en tí, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en tí». Fíjense en la belleza de esta frase: «En el seno tú me sostenías». Antes de poder hacer yo algo, cuando era un feto, un niño gestándose en el seno materno, ya recibíamos dosis infinitas de amor de Dios sosteniéndonos.

El hombre al intuir la existencia de algo sobrenatural empezó a darse cuenta que no estaba allí solo. Los hombres salían a cazar y muchos no volvían y esos cuerpos no eran arrojados a los animales, sino que esos cadáveres eran tratados de un modo muy especial. Hombres y mujeres se unían y fruto de esas uniones nacían sus hijos, surgía una nueva vida. Una nueva vida que año tras año se iba desplegando como si fuera un abanico. Los siglos fueron pasando y la especie humana fue evolucionando. No fue nada fácil, ya que éramos como esos grandes y frágiles navíos de la época de los piratas que ante el mar embravecido y las tormentas violentas amenazaban constantemente con hundirse en el fondo del océano. Sin embargo no se hundieron, porque Dios estaba constantemente velando por nosotros. «Todos aguardan a que les eches la comida a su tiempo; se las echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes; escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra» reza el salmo 103.

Los hombres somos libres y podemos hacer lo que consideremos más oportuno. Podemos pervertirnos, como se pervirtió el pueblo hebreo recién sacado de Egipto por el mismo Dios. Además el Señor dice a Moisés: «Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado». No han tardado en adentrarse en el océano del pecado, que siempre está siendo agitado por el violento oleaje, con el altísimo riesgo de hallar en el océano su propia tumba. ‘No han tardado en darme la espalda’, dice el Señor. Y como una madre, en medio de la noche, que espera que sus hijos regresen a casa, está pendiente, en vela –aunque esté muerta de cansancio. Tal y como nos enseña el salmo, si el Señor nos retira su aliento, morimos y volvemos a ser polvo. De ahí que Él permanezca siendo fiel a la alianza de amor, aunque nosotros lo hayamos despreciado. De ahí que el Padre de la parábola saliera todos los días con la esperanza de ver regresar a ese hijo pródigo. Nos dice el Evangelio: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio  y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos».

Dios tiene un proyecto precioso con cada uno: Crear en nosotros un corazón puro, renovarnos por dentro con espíritu firme; tal y como reza el salmo responsorial de hoy.

            Adquirir ese espíritu puro y esa renovación por dentro con espíritu firme no se alcanza de la noche a la mañana. Es un proceso largo y muy costoso, donde muchas veces se dan más retrocesos que avances. Sin embargo el Señor tolera determinadas cosas –no las quiere, ni tampoco las desea-, pero las tolera para que el alma vaya madurando en el amor. Cuando uno pasea por la calle y ve a un joven tirado borracho por la calle, siente lástima por el estado de cómo está esa persona. Pero si ese joven es tu hermano, o tu hermana de sangre, o tu primo o tus sobrinos... ya no sientes lástima sino que un sentimiento de pena y dolor profundo invade tu corazón. Ese dolor profundo y constante es el que sufre Dios con cada uno de nosotros cuando pecamos. Por eso es de agradecer que San Pedro, en su segunda carta, nos aliente recordándonos «que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación» (2 Pe 3,15).

            Bellísimas son las palabras de San Pablo en su carta a Timoteo: «Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por eso precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en Él y tener vida eterna».

 

 

 

 

 

Lecturas:       Éx 32, 7-11. 13-14

                        Sal 50

                        1 Tim 1, 12-17

                        Lc 15, 1-32

 

11 de septiembre de 2016

Blog: capillaargaray.blogspot.com

viernes, 9 de septiembre de 2016

Homilía del funeral del señor Crisanto

HOMILÍA DEL FUNERAL DEL SEÑOR CRISANTO
El padre de la Hna. Magdalena, Abancay - + 7 de septiembre de 2016 - 9 de septiembre de 2016
(A la Hna. Magdalena y a su familia acompañando en su dolor ante el Sagrario)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-19
Sal 89, 3-4 5-6. 12-13. 14 y 17 R. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a Filemón 9b-10. 12-17
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 14, 25-33

            San Pablo en su escrito a Filemón está mostrando una calidad tanto humana como cristiana altísima. Resulta que Onésimo, que es el esclavo de Filemón, se ha escapado: un esclavo que se ha fugado de la casa de su amo. En aquel contexto social donde la esclavitud era lo normal, esto estaba penado incluso con la pena de muerte. Filemón, el amo de este esclavo, es cristiano. Y San Pablo le ofrece luz para que pueda discernir el proceder de un seguidor de Cristo ante un suceso de tal gravedad. Es como si San Pablo, mediante este escrito, ofreciese unas dosis de sabiduría cristina a Filemón.
            Por de pronto el mismo Pablo se presenta como encarcelado, como prisionero de Cristo Jesús. No se presenta con las credenciales de 'apóstol', sino como prisionero. Resulta que Filemón está buscando a un esclavo y el mismo Pablo se presenta como esclavo, como prisionero. Ante esto Filemón perfectamente puede pensar: ¿Cómo es que San Pablo se pone al mismo nivel de un esclavo? En principio el esclavo es un ser que vale menos que una persona libre y del cual se puede usar de él para obtener unos fines. Y San Pablo le dice que Cristo ha llamado a la fe a Onésimo, a ese esclavo, y que ahora es cristiano. Un esclavo que además es cristiano. Las cosas se le complican a Filemón porque se ha dado cuenta cómo Cristo ha entrado en escena y las cosas ya no pueden ser como antes. Estoy seguro que Filemón sería un buen amo, comedido, moderado con el esclavo. Pero el mandamiento del amor de Cristo «de amaros como yo os he amado» parecía que no incluía a los esclavos.   Y si Cristo ha entrado en escena las cosas tienen que cambiar, las relaciones humanas se han de purificar, en una palabra, que hay aspectos serios donde uno tiene que ser claro para reconocer nuestra incoherencia y ponernos manos a la obra para convertirnos.
            Y San Pablo, que es un buen maestro, sabe por experiencia que si a una persona 'le fuerzas a que tome una decisión' te dirá que sí, pero a la larga es un 'no'. Lo que interesa es que Filemón descubra en este acontecimiento de la fuga de su esclavo un paso del Señor en su propia vida. Cómo Cristo ha dejado una huella en la vida de Filemón. Por eso, para no forzar la situación, el mismo Pablo le dice «pero no he querido hacer nada sin contar contigo». San Pablo lo hace para destacar que la conversión supone un acto firme y constante de la voluntad.
            Recordemos que Filemón no era cualquier cristiano, sino que en su casa se reunían para rezar, por lo que él estaba manifestando su fe públicamente. Pero en el momento en que Filemón acoge de nuevo a Onésimo y le acoge haciendo caso a las palabras de San Pablo «recíbelo como si fuera yo mismo» entra en escena unos modos de proceder totalmente nuevos que irán probando si esa conversión sale adelante o 'se vuelve a las andadas'.

            Y respecto a 'volver a las andadas' Jesucristo es muy claro en el evangelio de hoy: «Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar». Es que resulta que cuando uno quiere vivir su vida matrimonial, como novios, como solteros siendo cristianos, o sea edificar su vida en Cristo, es muy costoso, que hay que cargar con la propia cruz y a esta cruz no se le puede poner unas ruedas en la base para manejarlo con soltura. Sino que el Señor nos avisa diciéndonos que nuestra conversión es frágil e inestable. Y que si iniciado ese proceso de conversión 'tiramos la toalla' nos la liamos. Fijaros lo que nos dice la Sagrada Escritura: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; pero, al no encontrarlo, piensa: 'Me volveré a mi casa de donde salí'. Pero resulta que, al llegar, la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio» (Lc 11, 24-26). Por eso no podemos 'tirar la toalla', no podemos hacer un acto de voluntad aportándonos de Dios justificándonos que nos pide cosas difíciles o imposibles, sino seguir adelante apoyados en la fe y unidos los hermanos en el amor. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C                28 de agosto de 2016
            En los grandes acontecimientos sociales los invitados distinguidos por su edad o posición social llegan ordinariamente los últimos. Y como algunos, además de llegar los últimos vienen confusos pues tiene que ocupar los lugares que aún quedan o sea los últimos. Resulta significativo que Jesucristo diga esto a los judíos de su tiempo, sobre todo a los fariseos y entendidos en la Ley, cuando ya en el Antiguo Testamento –en concreto en Proverbios 25, 6-7, - tienen una exhortación a ocupar voluntariamente el lugar más bajo. Entonces ¿por qué no hacen caso a la Palabra de Dios y siguen deseando destacar sobre los demás? Esta cita del libro de los Proverbios nos instruye con estas sabias palabras: «No te atribuyas honor delante del rey y no te coloques en el lugar de los grandes. Pues es mejor que se te diga: «Sube aquí», que verte humillado ante el rey». Jesús critica el comportamiento orgulloso y el orgullo conduce a la caída. Hay una frase que me resultó edificante y la quiero compartir. Una mujer pregunta a un hombre: «¿Qué haces? »- a lo que el hombre le contesta: «Mato a mi orgullo». –La mujer extrañada de la respuesta sigue preguntando: « ¿Y para qué? »- A lo que el hombre le dice: «Para decirte que me haces falta».
            Santa Teresa de Jesús ya nos dice que «la humildad es la verdad». El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno y lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión más correcta de la realidad. Además la soberbia y el orgullo lo infectan todo. No le importa dejar en mal lugar a los demás para quedar él bien. Y esto le vale hasta que “se encuentra con la horma de su zapato” y le coloca en su puesto ‘poniéndole todos los puntos sobre las ies’.
            Es interesante esta Palabra, entre otras cosas, por lo actual que es. En cada comienzo de legislatura siempre solemos tener el típico revuelo: el reparto de escaños en el Congreso en España. Lo que parece interesar son los lugares estratégicos donde las cámaras de televisión suele enfocar. Y claro, los escaños del fondo nadie los quiere porque ‘no se les ve’. O de aquellos que haciendo uso del cargo relevante que ostentan saben obtener su propio provecho, sin deparar en las consecuencias que sus malas acciones puedan ocasionar. Muchos no sirven, sino que se sirven del cargo. Conocía a varios señores que se encargaban de adjudicar las diferentes tipos de obras públicas a empresas, y milagrosamente todas las navidades estos señores recibían unas cestas navideñas y unos jamones de pata negra exquisitos. Y sospechosamente cambiaban de coche de una gama alta a otra aún mejor. Estos señores se pensaban que se lo regalaban porque tenían mucha amistad con ellos y porque ellos eran los mejores de todas las personas conocidas. Lo curioso es que tan pronto como dejaron el cargo, los jamones y todo desapareció. Que es tanto como decirles: «Haga el favor de quitarse de ese lugar que no le corresponde y vaya donde realmente usted tiene que estar».
            La gente entendida en economía suelen decir que el valor del dinero, originalmente estaba respaldado por una cantidad de oro. Eso implicaba que los gobiernos tenían que tener reservas de oro bajo custodia porque literalmente cualquier ciudadano podía ir a un banco y reclamar oro por su efectivo. Esto ha ido evolucionando y actualmente el valor del dinero surge a partir del aval y la certificación de la entidad emisora, como el Banco Central. Por lo tanto lo que avala el valor de ese billete o monedas que llevamos encima es la entidad emisora. Si la entidad emisora no lo avalase, no garantizase ese valor, tendríamos un papel o un trozo de metal inservible. Si el Señor me dice «cédele el puesto a éste» me está dejando muy claro que no valgo tanto como yo me pensaba. Uno se tenía por muy valioso, una persona muy necesaria e imprescindible y resulta que Jesucristo, que es precisamente aquel que me avala en mi valor, me manda a ocupar el último puesto.  Ésto es una señal de advertencia escatológica que apunta directamente al banquete celestial.
            Supongamos que hemos leído una novela de intriga policíaca, con asesino y víctimas incluidas. Al leerlo conocemos los personajes, la intriga, el suspense creado, las mentiras que se han ido entrelazando para ocultar la verdad del asesinato, etc. Si esa novela la llevan al cine, jugamos con mucha ventaja, porque conocemos al asesino desde el minuto primero. Nosotros ante los hombres podemos aparentar o escenificar lo que queramos, pero es que el Señor se conoce de sobra la novela de nuestra vida y a Dios no se le puede engañar.
            Sólo aquel que ante Dios renuncia a su propia justicia, ha demostrado ser humilde confiando en el Señor y ha servido como un esclavo para propagar el Evangelio de palabra y obra será el que pueda escuchar aquellas palabras salidas de los labios del Maestro: «Amigo, sube más arriba».




Lecturas: Eclo 3, 17-20.28-29; Sal 67; Heb 12,18-19.22-24a; Lc 14,1.7-14
28 de agosto de 2016

capillaargaray.blogspot.com

sábado, 20 de agosto de 2016

Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C
Lectura del Profeta Isaías 66, 18-21
Sal 116, 1. 2 R. Id al mundo entero y predicad el Evangelio
Lectura de la carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13
Lectura del santo evangelio según San Lucas 13, 22-30

            Esto de 'la puerta estrecha' no nos suena muy bien. Cualquier persona normal si tiene dos puertas por donde entrar, lo normal es que entre por la puerta grande, no entra por la puerta estrecha que le cuesta más trabajo. Es algo que se entiende como lógico y como lo más sensato. Uno entra por la puerta grande, donde hay amplitud, no te chocas contra nada, podemos entrar varios a la vez sin problema. En cambio si vas a atravesar por una puerta estrecha tienes que tener cuidado en no darte con la cabeza y no rozarte con las jambas de esa puerta, además te genera una sensación de agobio, de incomodidad. Uno entra por el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela y uno se encuentra bien  a gusto porque hay espacio y mucha belleza. Es que uno entra mejor por puerta amplias y espaciosas.
            Pero atención hermanos, esto no nos lo dice el Señor para fastidiar, como si se tratase de esos dioses paganos que decían que 'tú necesitas pasar por una serie de pruebas antes de acercarte a mí'. Los dioses paganos ponían requisitos muy exigentes a los hombres para que únicamente pudieran estar ante su presencia. Debían de pasar una serie de pruebas, sacrificios y muchas ofrendas para purificarse y así presentarse ante esos dioses paganos. Imagínense que para estar ante esos dioses uno tuviera que pasar por las numerosas pruebas de iniciación para poder entrar en una de esas hermandades o fraternidades universitarias que nos retratan las películas americanas. Aquí la imaginación es muy amplia. Claro, pero esta idea de ese tipo de dios es algo dañino. Porque te va probando tanto y va 'dándote tantas largas', que te va mostrando que no te quiere. Sólo quiere saber si eres fiel, pero no te quiere. Va probando tu corazón a fuego, pero no te quiere.
             ¿Entonces qué quiere decirnos el Señor con esto de la puerta estrecha? Que todas las cosas referidas con lo humano requieren esfuerzo. Ya nos lo dice el libro de los Proverbios: «Todo esfuerzo tiene recompensa» (Prov 14, 23). Todo esfuerzo da su fruto. En la oración que rezamos al Espíritu Santo le decimos: «Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito». Cualquier cosa que quieras en tu vida como valiosa te requerirá esfuerzo. Y esfuerzo a todos los niveles; afectivo, intelectual y de voluntad. Pensemos en un deportista profesional, las horas de entrenamiento, el régimen de comidas, la privación de muchas cosas para poder conseguir la ansiada medalla. O en la pareja de novios, en la vida matrimonial donde se dan días de sol pero también de buenos nubarrones, donde se han de 'poner las manos a la obra' y esforzarse para ir dando respuesta a la voluntad que Dios tiene para ellos.  Todo requiere esfuerzo. Esto es la puerta angosta.
            Me viene a la mente una conversación que tuve con un amigo ya hace tiempo. Él estaba estudiando segundo curso de derecho civil y me contaba que si le ofrecían ya el título como licenciado, él no lo iba a aceptar. Porque lo que él buscaba era adentrarse en el estudio para descubrir la razón de porqué el legislador dictó esa norma, que se consiguió con ella. Como si cogiera el bisturí y empezara a diseccionar, analizar para conocerlo en profundidad. Y esto me conmovió porque me dije: 'Esta es una persona de verdad'. Porque qué fácil es sentir el barniz de las cosas: sabes un poquito de música, un poquito de historia, un poquito de aquello y de lo otro. Un poco de barniz de fe: reza un Padre Nuestro; Un poco de barniz de amor: Tu ama un poco; Un poquito de aquello y de lo otro. Y terminas siendo una persona que no ha entregado su vida a nadie. Tienes muchas cosas pero 'pilladas por los pelos', porque no has entrado por la puerta angosta.
            La vida es mucho más que lo que produce en un embarazo. Las mujeres que han sido madres cuando estaban embarazas se han enterado de poco. Me explico: se han ido enterando del embarazo por las consecuencias que llevan en sí, los vómitos, te cambia el talante, te sientes mareada a veces…Pero lo que ocurre dentro del vientre de la madre es un misterio tan grande que surge por sí solo. Esto no nos vale para la vida de un cristiano, porque las cosas de Dios no suceden sin contar conmigo. En el embarazo las cosas 'vienen dadas a la madre'. La madre siente las consecuencias de ese embarazo. Pero en las cosas de Dios no funciona automáticamente, implica una colaboración activa con Dios.
            Esta sociedad nuestra está ideada de tal modo para que uno no se mueva, para que no haga ni el más mínimo esfuerzo y así estés preso de la atención de lo que te están ofreciendo.
            Y en este entrar por 'la puerta estrecha' los hermanos tienen un cometido muy importante. Los demás tienen el cometido de ayudarme para que yo permita dejar paso a Dios en mi vida. Por eso la Carta a los Hebreos nos dice: «Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos».  De esta manera el entendimiento, la afectividad y la voluntad se ponen a colaborar estrechamente con la gracia divina, entonces Dios ha entrado en ti de una forma nueva y podamos experimentar lo que con tan bellas palabras nos lo recita San Juan de la Cruz:
                        «¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!
Y en tu aspirar sabroso, 
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras».


                                                                       (Llama de amor viva, canción 4)