sábado, 29 de agosto de 2015

Homilía del Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 30 de agosto de 2015
Lectura del Libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8
Sal. 14, 2-3a. 3bc-4ab. 5 R: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda ?
Lectura de la carta del Apóstol Santiago 1, 17-18. 21b 22. 27
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

            Hermanos, podemos estar físicamente dentro de la Iglesia y estar sufriendo una anemia espiritual severa. No pensemos que con el hecho de 'estar' uno ya 'está vacunado' de todo mal, de todo pecado. Uno puede estar rodeado todo el día de presbíteros, religiosos o religiosas, personas consagradas, catequistas, e incluso de obispos y no percibir la incidencia que tiene Cristo sobre cada uno de ellos, siendo el Señor el gran desatendido. De hecho uno cuando oye determinadas cosas o cae en la cuenta del modo de proceder o de alguna decisión adoptada uno se para y se dice: «percibo intereses personales y no intereses sobrenaturales». Aquellos que sienten la dolorosa exigencia de vivir en cristiano va 'cayendo en la cuenta' de lo que es servir, sufrir por amor y entregar la vida sin esperar nada.
            Cada cual tiene dentro de sí un hombre viejo, empecatado que 'se muere de ganas' de salir al exterior y 'hacer de las suyas'. Es que no basta la práctica externa o la apariencia. Recordemos lo que dice Jesucristo citando al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos».
            El pecado de esta sociedad nos ha anestesiado, ya sea 'por no parecer distintos', 'por no ser el mismo que siempre dicen las cosas que los demás no quieren oír', 'porque no quiero seguir siendo la rara o el raro', porque 'si los demás lo ven bien y les parece bien, ¿por qué yo voy a decir lo contrario y que me empiecen a coger tirria?'. Da la impresión de que como la gran mayoría sufre una anemia espiritual muy aguda pues no pasa nada, ya que todos estamos iguales. Craso error.
            Cuando hablo con la gente, algunos me dicen: «Yo soy de misa dominical y de comunión, no hago el mal a nadie», pero tan pronto como -a partir de sus comentarios- te indican que su hijo o su hija vive en pareja sin casarse por la iglesia, y para esa persona pasa a ser 'como algo normal' porque ese cristiano de misa dominical simplemente acepta esa realidad. ¿Dónde queda la corrección fraterna tan necesaria por parte de ese padre hacia su hijo?¿dónde queda el gesto claro de desaprobación que le ayude a recapacitar de su mala vida y empezar a vivir con la dignidad propia de los cristianos? ¿Es que acaso no me creo la Palabra de Dios?, no obstante, recordémosla de los labios del apóstol Santiago:
            «Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos». O sea, con franqueza, se prefiere vivir en el engaño antes que vivir en la verdad que viene de lo alto. ¿Dónde queda la presencia de Cristo en la vida de esas personas?¿por qué no se le permite entrar a Cristo para que ejerza su señorío en nuestro ser? Muy importante lo que voy a decir ahora: No olvidemos que cada vez que impedimos que Cristo ejerza su señorío en nuestra vida estamos provocando dolor a nuestros hermanos y entristeciendo el rostro de Dios.
Pasemos por el corazón lo que reza el Salmo Responsorial de hoy:

            «El que procede honradamente 
            y practica la justicia, 
            el que tiene intenciones leales 
            y no calumnia con su lengua.

            El que no hace mal a su prójimo 
            ni difama al vecino, 
            el que considera despreciable al impío
            y honra a los que temen al Señor.

            El que no retracta lo que juró 
            aun en daño propio, 
            el que no presta dinero a usura
            ni acepta soborno contra el inocente. 
            El que así obra nunca fallará».

sábado, 22 de agosto de 2015

Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario,ciclo b

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 23 de agosto 2015
Lectura del Libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b
Sal. 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21. 22-23 R: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 5, 21-32
Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 61-70

            La Palabra de Dios contiene en sí misma una sabiduría infinita. Vamos a intentar acoger esa sabiduría para nuestros mismos. Moisés murió y Josué empezó a ser el caudillo del pueblo de Israel. Dios mismo fue el que le puso al frente del pueblo para que conquistasen y se asentasen en la tierra prometida. Y de hecho, con la ayuda de Dios, lo consiguieron.
            El pueblo empezó ‘a caer en la cuenta’ entre la diferencia que suponía soportar cada jornada bajo el yugo de la esclavitud y poder disfrutar del gozo de la libertad. Cuando uno es esclavo o vive en un contexto de opresión no puede hacer lo que desea, sean cosas malas o buenas, porque no se te está permitido, el miedo es una constante y corres el riesgo de sufrir grave pena y lamentarlo. En cambio cuando uno goza de la libertad se puede manifestar cada cual como lo que es en realidad. Y sólo en libertad se tiene capacidad, una capacidad real, para poder elegir sin miedo a la reprensión. Pues bien, Dios ha colocado al pueblo elegido en la tierra prometida y tiene como estado la libertad de los hijos de Dios. Y en este estado de libertad máxima, de la que gozan todos, Josué reúne al pueblo y les dice ‘a las claras’, ‘sin rodeos’: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Eúfrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor».
            O sea, que seguir a Cristo es consecuencia de una opción que yo he hecho desde mi libertad. Pero para poder haber llegado a esa decisión que me mueve a seguir a Cristo, yo previamente he tenido que sopesar los pros y los contras de mi ser y vivir como cristiano. He tenido que colocar las particulares pesas en cada una de los dos platillos de la balanza para que en mi entendimiento se pudiera tomar la decisión ya fuera hacia un lado o hacia el contrario. Y como consecuencia de esa decisión tomada con mi inteligencia poder actuar como un pagano o adentrarme en un serio proceso de conversión hacia Jesucristo. Seamos muy claros hermanos, no nos vale decirnos que «yo soy cristiano porque me bautizaron, y así me educaron mis padres, además ha sido algo que se me ha dado ya hecho». Este tipo de razonamiento es nefasto porque denota, se manifiesta una ausencia total en la opción por Cristo.  
            Pero no creamos que todo queda resuelto con la firme voluntad de optar por el Señor. Recordemos que los hebreos también dijeron «lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros» y que ellos vivían en tierra cananea, con los cananeos y sus usos y costumbres y que se contaminaban haciendo suyas cosas y modos de actuar que eran ajenas, extrañas a su fe. Podemos pensar «yo soy cristiano, pero a mi modo, o yo me tomo estas licencias –al fin y al cabo no hago mal a nadie-», pues muy bien, ya lo hemos fastidiado del todo. Es como si tuviese una copa llena de mejor reserva del Ribera del Duero y viniera alguien que me echase un ‘chorrito’  de limón o de vinagre: El vino a freír espárragos, ya se estropeó.
            Es más, el propio apóstol San Pablo, en su carta a los Efesios nos recuerda que en el matrimonio no nos vale cualquier tipo de amor. En primer lugar el apóstol nos recuerda que el matrimonio es una vocación. Y en el matrimonio no nos vale el dicho machista de 'es el hombre quien lleva los pantalones', porque esto se da de patadas con el Evangelio. En el matrimonio cristiano el hombre y la mujer están en el mismo plano de igualdad, pero donde cada uno desempeña su papel y su misión. Y cuando el apóstol emplea la palabra 'sumisión' no está abriendo la veda a un machismo. El apóstol nos deja bien en claro que la sumisión no cabe en el matrimonio. El apóstol habla de entrega mutua, donde uno se entrega y el otro lo recibe y viceversa, y sin reservas, totalmente y para siempre.
            Yo quiero seguir a Dios porque me gusta la historia que el Señor va haciendo conmigo...y cuando caigo en la cuenta de mis resistencias ante su divina acción, me duele y me llamo ‘tonto’ por comportarme de ese modo tan necio y ridículo. Pero resulta que permanecer en la fidelidad al Señor es demasiado duro y muchos 'tiran la toalla'. Por eso Jesucristo te dice: «¿Tú también quieres marcharte?», a lo que cada uno de nosotros, con un corazón plenamente sincero, le hemos de responder. Yo me quedo con la respuesta de Simón Pedro:

            «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

sábado, 15 de agosto de 2015

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 16 de agosto de 2015
Lectura del Libro de los Proverbios 9, 1-6
Sal. 33, 2-3. 10-11. 12-13. 14-15 R: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 5, 15-20
Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 51-58

            Hermanos, en el momento en que uno empieza a decir SI a Jesucristo, un nuevo inquilino empieza a habitar dentro de uno. Cuentan los universitarios que comparten piso que cuando uno se suma a vivir con ellos, todo se ha de reajustar. No sólo el tema de los gastos, sino también el de la limpieza, las comidas, las coladas, e incluso el asunto de llevar a los amigos a ese piso. Lo que antes estaba acomodado, ahora toca replantear todo para poder integrarlo.
            Pues bien, Cristo es el inquilino de nuestra casa y la dirige desde su amor. Hermanos, voy a ser muy claro. Cuando uno dirige su vida como considera oportuno teniendo como criterios los suyos propios, estamos colaborando -de forma muy decidida y eficaz- en la secularización y en el vaciamiento de Dios en esta sociedad. No hay cosa que ocasione mayor daño que un cristiano que se comporta como un ateo. El cristiano que falta a las obligaciones correspondientes a su estado de vida -el casado como casado, el consagrado como consagrado, el presbítero como presbítero, etc.-, ese cristiano que falta con sus obligaciones hace mucho daño e impide que el Mensaje de Cristo sea conocido. Cuando rezamos al principio de la Eucaristía el «yo confieso, ante Dios todopoderoso...» decimos que hemos «pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión». Pues de la «omisión» de lo que no hacemos, del bien que no hemos realizado, de esa falta de cumplimiento de nuestras obligaciones, de eso, de esas obras de omisión pedimos perdón a Dios. ¿Por qué pedimos perdón a Dios de esas obras de omisión?, porque no hemos vivido conforme a la vocación a la que Dios nos ha convocado y al no colaborar con Dios hemos colaborado -de modo indirecto- con las fuerzas del mal.
            Hay un pensamiento de un escrito, filósofo y político irlandés de mediados del siglo XVIII llamado Edmund Burke decía que «lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada». Por eso, y por otros infinitos de motivos, es tan importante lo que reza el Salmo Responsorial de hoy:
            «Guarda tu lengua del mal, 
            tus labios, de la falsedad;
            apártate del mal, obra el bien,
            busca la paz y corre tras ella».
            Integrar a ese nuevo inquilino, que es Cristo en nuestra vida  nos lleva irremediablemente a un cambio en la escala de valores. En poner nuestra vida de lleno y sin reservas en las manos de Alguien que no percibimos con nuestros sentidos. En Alguien que se nos hace impalpable y del que no tenemos garantías tangibles en el aquí y en el ahora. Cristo quiere que nos dejemos alcanzar por Él. Que como nos dice San Pablo en su epístola a los Efesios:
            «Dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor».

            Tan pronto como nos dejemos alcanzar por Cristo; tan pronto como Cristo sea nuestro inquilino; tan pronto como lo que nos mueva sea la fe en Él nos vamos a colocar en un camino incómodo, empezaremos a buscar, a ser nómadas y al mismo tiempo fecundos porque ya no iremos como vagabundos por el mundo, sino con el gozo ardiente en el corazón de tener la certeza de alcanzar un fin y un glorioso destino.

domingo, 9 de agosto de 2015

Homilía del Domingo XIX del tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b. 9 de agosto de 2015
Primera lectura: Primer Libro de los Reyes 19,4-8.
Sal. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Segunda lectura: Efesios 4,30-5,2.
Lectura del santo Evangelio según San Juan (6, 41-52)

             Son muchas las dificultades que tenemos que atravesar por la vida; son muchos los desiertos que tenemos que atravesar, tal y como hizo el profeta Elías. Algunos de esos desiertos, algunas de esas dificultades nos hacen flaquear, provocan que nuestras convicciones -que las considerábamos sólidas- se puedan llegar a desmoronar. Elías ha experimentado la dureza de la misión. Elías permanece fiel en medio de un mundo lleno de ídolos y de un sin fin de dinámicas y planteamientos que atentan contra la fe en Dios. Y esto nos pasa a todos. En el momento en que uno desea vivir en cristiano una determinada realidad en la vida, ya sea en el ámbito laboral, en la universidad, en el hogar, con la familia o con las amistades,... cuando uno desea que Cristo esté en el centro de esas realidades, te empiezan a mirar como 'un bicho muy raro'. Hermanos, ¡que desentonamos totalmente! Y cuando digo desentonar no me refiero a que un joven venga a la Eucaristía o que pertenezcan a un movimiento eclesial; cuando hablo de desentonar me refiero cuando esa persona ha descubierto que ya no puede vivir como vivía ni pensar como pensaba, ni amar como amaba, porque Cristo ha entrado en su vida, porque se ha encontrado con Jesucristo y su vida es Cristo. Será entonces cuando ese cristiano acudirá a las fuentes una y otra vez para recobrar las fuerzas para poder atravesar el desierto de la incomprensión de los demás. Irá adquiriendo el hábito de ir, una tras otra, al monte Horeb; deseará, una y otra vez, acudir a la oración, al encuentro frecuente con la Palabra de Dios, deseará encontrarse con los hermanos en la fe para celebrar la Eucaristía y sentirse amado y perdonado en el sacramento de la reconciliación. De este modo, en ese ir y volver, un día y el otro también, al monte Horeb, ante la presencia de Dios uno irá aprendiendo y adquiriendo la madurez en la fe.

            Y de esa madurez en la fe es de lo que nos habla San Pablo en la epístola a los Efesios. Del mismo modo que en nuestra cartera tenemos el Documento Nacional de Identidad que acredita nuestra nacionalidad, San Pablo nos dice que lo que acredita que somos de Cristo es nuestra existencia planificada, organizada, que esté girando una y otra vez, en torno a la confianza y fe en Cristo. Es decir que la nueva vida en el Espíritu tiene sus exigencias. San Pablo sabía bien que el hombre tiene su genio, que hay ciertos arranques de temperamentos insoportables, pero San Pablo nos hace una llamada de atención para que esto no degenere en pecado. Que se avance en capacidad de perdonar, de rehacer las relaciones humanas, de crecer en el amor cuando ese amor exige un esfuerzo mayor del acostumbrado.

            Cristo está con nosotros y por eso es posible conseguir ese nivel de amor máximo siempre que apostemos, día a día, momento a momento, en su divina persona.

sábado, 18 de julio de 2015

Homilía del domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

            Cuando proclamamos que «el Señor es mi pastor, nada me falta», estamos proclamando un acto de fe, a la vez que manifestamos tener una experiencia de Dios. El pastor, con su bastón nos conduce, va abriendo camino a través del campo. Sin embargo, aún sabiendo por la fe que el Señor está conmigo, que está en medio de nosotros, nos inquietamos porque también la fe se oscurece y no entendemos el sentido de las cosas que nos suceden. Es cierto que en los momentos duros suele quedarnos –a modo de residuo- un hilo de fe que nos invita a creer que es Dios el que escribe nuestra historia de salvación, pero debe de usar una tinta invisible o una pluma mágica porque no captamos el sentido sobrenatural de lo que vivimos en el presente. Y al no entenderlo nos desazonamos.

Es que resulta que teníamos puestos muchos proyectos en nuestro noviazgo y se ha roto y ahora me encuentro solo, ¿cómo voy a superar esta ruptura que tanto dolor me está generando? Uno lleva trabajando quince o veinte años en una empresa y, de la noche a la mañana, se ve en la calle, en paro. Y ahora ¿qué hago con mi vida? ¿Cómo voy a hacer frente a las facturas y cómo voy a alimentar a mi familia? Tengo ya mis treinta años y mi ilusión es ser madre y esposa, casarme con un chico pero no lo encuentro y no quiero acabar soltera. Cada cual tiene sus preocupaciones que le generan desazón. Con la fe uno sabe que Dios pretende hacer con cada uno una historia de salvación, pero nos revelamos ante lo que consideramos una injusticia o algo que es causa de dolor. Realmente hermanos, lo que nos pasa no deja de ser ‘peculiar’: Afirmamos que creemos en Dios, que Él es el único que tiene palabras de vida eterna, que ‘sólo Dios basta’, que ‘el Señor es mi pastor’, ¡que sí, que sabemos que Dios está haciendo con nosotros una historia de salvación! –lo podemos saber como sabemos cualquier otro tipo de conocimiento-, sin embargo... todos quisiéramos meter la mano en el costado de Jesucristo como el apóstol Tomás para asegurar nuestra fe y no hacerla depender ni de los sentimientos ni de la sensibilidad. Nos gustaría sentir aún más intensamente su presencia. Para tener, de algún modo, la certeza de saber que la mano del Todopoderoso está guiando nuestros pasos aunque estemos totalmente desorientados.

Nuestra fe sostiene la vivencia de nuestra propia identidad. La fe no es algo de lo que podamos prescindir o dejar en lugares relegados o apartados. Hace unos días, llevando la Sagrada Comunión a los enfermos en el hospital, entré en una habitación donde habían solicitado comulgar y apenas entré la acompañante del enfermo me invitó a salir porque estaban esperando al médico que pasara a hacer la visita. Y Jesucristo Eucaristía y yo nos tuvimos que salir porque para ella era mucho más importante la visita del médico que la visita y comunión de su Divino Salvador. ¿La fe sostiene la vivencia y ser de esa mujer? Creo tener los suficientes indicios que me inclinan a pensar que no. ¿Nuestras parroquias están sostenidas por la vivencia de nuestra fe? ¿Nuestros hogares y nuestros matrimonios están sostenidos por la vivencia de nuestra fe? ¿Nuestra Iglesia diocesana está sostenida por la vivencia de nuestra fe en Cristo Resucitado? ¿Mi propia vida es sostenida por la fe? Hermanos, por desgracia y con pena afirmo que Cristo no ocupa el lugar que le corresponde.

La fe se muestra en la vida, en la propia vida, con coherencia y radicalidad. La relación con Cristo nos proporciona la serenidad y la lucidez suficiente para poder luchar por el bien, la libertad y la justicia. La fe me da solidez y orientación en mi vida. Yo no quiero cualquier noviazgo, yo quiero un noviazgo cristiano. Problema: ¿Cómo plantear a los jóvenes un noviazgo cristiano sino tienen referentes cercanos para vivir esta bella etapa en cristiano? Yo quiero educar a mis hijos en la fe; pero... ¿dónde puedo encontrar modelos para poder hacerlo?, porque el mundo me ofrece lo que me ofrece y nosotros, aún queriendo no sabemos ni cómo hacerlo ni cómo acertar.

Un matrimonio que ha tenido una experiencia de Cristo no va a educar a sus hijos de cualquier modo o al estilo del mundo; les transmitirán la fe y esa fe los hijos la verán manifestada y patente en infinitud de detalles, gestos y actos de sus padres. ¿Cómo puedo afirmar que «el Señor es mi pastor» cuando lo que me mueve en mi día a día son mis intereses, mi gente y mis cosas? ¿Y Dios dónde le colocamos?; lo ponemos arrinconado en algún lugar donde esté y no moleste.

Estamos en una sociedad donde se dice que todas las opiniones son válidas e igualmente respetables, y con estos criterios de plantearse las cuestiones lanzamos un torpedo ‘en toda la línea de flotación del barco’, y el barco se hunde a marcha forzada. Las opiniones pueden ser acertadas o desafortunadas; y lo que se respeta no son las opiniones sino a la persona que dan sus opiniones.

La vida espiritual se puede asemejar a un mando a distancia –de los que usamos para la televisión-. Si la pila está en condiciones, con potencia, a poco que se apriete la tecla del mando, aunque estés un poco distanciado enseguida cambias de canal, subes de volumen o realizas cualquier otra operación. Como tengas poca carga en la pila, tienes que estar dando más veces en la misma tecla para hacer lo que deseas y además te tienes que acercar tanto al aparato de la televisión que hasta casi ‘te le llegas a comer’. Y como no tengas carga en la pila -esté la pila ya inservible-, por mucho que te empeñes en dar martillazos a la tecla ya no te servirá para nada. Cuando vamos adquiriendo un trato de cercanía con Jesucristo esa pila de la vida espiritual estará siendo cargada y en el modo de actuar, pensar y sentir iremos captando la presencia misteriosa y trascendente de Dios en nuestra vida. Muchas veces no veremos a Dios porque no le encontramos donde nosotros queremos, sino que le tenemos que ir buscar donde él nos indique. Porque querremos que nuestra voluntad sea la suya –y no viceversa- y nos costará aceptar su voluntad –que siempre será mejor que la nuestra. Es decir, que en el mejor de los supuestos nos va a costar y no poco. Cuando empezamos a ser tibios y a dejar en segundo lugar al Señor, nos empezaremos a desazonar porque el mundo, con sus tentáculos tan seductores, nos cautiva y únicamente cuando nos equivocamos gravemente nos duele el haberle fallado. Y cuando el trato con Cristo ya tiene unas telas de araña que decoran todo es entonces cuando vivir sin Dios ha dejado de ser un problema, y esa persona podrá decir cosas como: El placer es mi pastor, o el dinero es mi pastor o mi ídolo es mi pastor. Y por cierto, ese tipo de ‘pastores’ no le van a conducir a fuentes tranquilas ni a verdes praderas, sino que irá, por la vía rápida al infierno con Satanás.

sábado, 11 de julio de 2015

Homilía del domingo XV del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

                Cristo nos envía a la misión. Y uno se encuentra en medio de la vorágine de la gente donde uno va y el otro viene, uno grita ‘viva’ y otro grita ‘muera’. Uno se sienta en el tren y cada cual está enfrascado con su teléfono o leyendo su libro donde no se da ni un cruce de miradas, o no digamos nada se aíslan con sus cascos musicales a todo volumen. Por la calle, parecido, cada cual a lo suyo y cada cual con su propia motivación para hacer las cosas. Cada uno sabe lo que tiene que hacer en cada momento, sabe con quien se debe de encontrar, de tal modo que los planes de cada cual se van llevando a cabo. Cuando todo marcha con normalidad nadie se acuerda de Dios, pero tan pronto como un imprevisto o la desgracia se hace patente en la vida de alguno, enseguida echamos la culpa a Dios, como si Dios fuera aquel que debería de estar a nuestro capricho y órdenes, así como el garante de que todo marche correctamente para nuestro confort.

            Las diversas corrientes filosóficas y culturales nos han ido ‘adiestrando’ para que no sintamos la necesidad ni de hablar del Dios de Jesucristo. Es que ya ni echarle de menos. Hemos reducido nuestra relación con Dios a la misa dominical –y si se acude- a los actos sociales de bautismos, primeras comuniones, bodas y funerales, así como algunas manifestaciones de piedad popular movidos por un sentimiento afectivo de identificación con algo. De tal modo que se nos vende el producto de que tú puedes ser cristiano pero ‘no es necesario que te conviertas’, ‘tu sigue con tu vida tal y como vas, ya que lo importante es que tú seas feliz’. Además ¿quién es la Iglesia para decirme a mí cómo tengo que vivir?, si yo quiero irme a vivir con mi novio ¿por qué la Iglesia se tiene que meter en mi vida? Claro, partimos de una premisa totalmente equivocada: Ser cristiano y vivir como a uno le convenga, sin conversión. Además, hay gente tan retorcida que llega a pensar que los curas hablamos de la conversión porque queremos manipular sus conciencias.

            Dice el Evangelio que «los Doce salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban». La Iglesia enseña a vivir en libertad, a tener la mente despejada para poder sopesar las decisiones correctamente. Ayuda a adquirir la capacidad de discernimiento para poder valorar, en su justa medida, las razones en pro o en contra de las diversas situaciones que se nos vayan presentando en la vida. Adentrarse en las sendas de la conversión es ir aprendiendo a ejercer la libertad.

            San Pablo, en la carta a los Efesios, nos dice que «Él –Dios- nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor». O sea, que estamos llamados a ser santos, a ponernos ‘manos a la obra’ para avanzar por la senda de la conversión. Pero no lo tenemos nada fácil, ya que el tumulto y las voces del error son cautivadoras, pero la Verdad tiene su representante vivo en la persona de Jesucristo, y no hemos de buscar la verdad en otro lugar. Si uno no profundiza en la Verdad de Cristo, si uno no se abraza con todas sus fuerzas a Cristo se terminará confundiendo con el mundo y tendrá su bautismo muerto. Si yo me confundo con el mundo la luz de Cristo que uno porta se terminará desvaneciendo.

            Satanás nos conduce con facilidad al engaño. Antes términos como amor, fidelidad, virginidad y virtud eran enmarcados como algo bueno y digno de ser deseado. Las numerosas catequesis de Satanás han generado que estos términos hayan adquirido connotaciones negativas, quedando muy trastocados, dificultando la trasmisión de la Palabra de Dios. El propio testigo del Evangelio se siente con pocas fuerzas ya que es mirado bajo sospecha ofertando algo que no es deseado y se desalienta al no encontrar puntos de referencia.

            El que es enviado a la misión se encuentra con un mundo donde no hay ninguna exigencia, ninguna moralidad, ningún sacrificio ya que nos movemos por argumentos contradictorios que nacen del relativismo. ¿Cómo plantear el mensaje urgente de la conversión en este contexto? Cualquier adolescente que está despertando a la vida adulta se le presentan opciones como si quiere ser homosexual, bisexual, transexual, si quiere ser ateo o agnóstico, si desea unirse a otra persona sin comprometerse o casarse…es bombardeado por todos lados. Se les inculca diciéndoles que ellos pueden elegir lo que quieran, que es su elección personal y que no dependen para nada ni de la tradición, ni de la costumbre, ni de instituciones ni de controles sociales. La confusión se adueña de todo. Es imposible vivir sin bienes intensamente valorados y deseados, los cuales los podamos usar para colocarlos en lo más alto de nuestra escala de valores y para utilizarlos para emitir juicios y valoraciones. Como dice San Pablo «Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en el que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria». Nosotros sabemos valorar las cosas en su justa medida siempre y cuando estemos fuertemente afianzados en Cristo Jesús, Señor nuestro.

sábado, 4 de julio de 2015

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 5 de julio de 2015
Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5
Sal. 122, 1-2a. 2bcd. 3-4 R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

            Dios se queja de que seamos testarudos y obstinados. Somos duros de cerviz y tardos en obedecer. Y a pesar de ser como somos, Dios no nos abandona. Al pueblo no le van a faltar profetas y testigos del Evangelio enviados de parte de Dios. El profeta Ezequiel fue enviado al pueblo  durante el destierro de Babilonia. El pueblo empieza a relajarse bastante en las costumbres y comienzan a perder la fe. Y en este contexto de olvido de Dios por parte del pueblo es enviado Ezequiel  para que saque de esa crisis de fe al pueblo judío.
            Nos dice el profeta Ezequiel que el Espíritu "entro en él y le puso de pié". O sea, el Espíritu "le pone en pie". Dicho con otras palabras: Dios le concede esa pasión por rechazar el mal. El Espíritu le concede la VIRTUD de la fortaleza para la misión.  Estamos ante una virtud que tiene como objeto el resistir y hacer frente a los temores de la vida. El hombre está llamado a ser libre y una de las cosas que nos impiden ser libres es tener miedos. No podemos estar cohibidos por los miedos porque así no podemos disfrutar de la libertad. Dice San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Rom 8,35) Esto ya es en sí un canto a la fortaleza cristiana. Si Dios está conmigo, ¿a quién temeré? ¿Tal vez miedo a la soledad?, es que unidos a Cristo jamás estaremos solos.
            Acaso me pueda sentir débil, con pocas cualidades y eso hace que tenga temores; pero es que precisamente nosotros no nos apoyamos en la propia fuerza, nos apoyamos en la fuerza de Cristo; luego la fortaleza cristiana vence también el temor a la propia incapacidad. Hay gente que dice que no puede vivir en cristiano determinadas circunstancias de la vida. Es que resulta que detrás de ese 'no poder' hay una falta de fe y una falta de fortaleza. Otros pueden tener miedo a sentirse incomprendido, tengo miedo a la difamación, a que me queden solo y por eso da pasos hacia atrás -o se ha quedado como petrificado- en su vida cristiana. A lo que la fortaleza va contra ese temor ya que nos reafirma que hemos de actuar en presencia de Dios, y es Dios quien me conoce interiormente y el que me acompaña. Si Dios está conmigo ¿tal vez pueda temer a la pobreza, a la escasez?, a lo que la fortaleza nos hace entender que Cristo es nuestro tesoro y que unidos a Él no tenemos que temer. Otra de las cosas que podemos temer es la enfermedad. A lo que es preciso de recordar que Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas; y que todo confluye para el bien de aquellos que confían en el Señor. Incluso los propios pecados que nos hacen sufrir tanto forman parte de la providencia de Dios para que seamos más humildes y para que una y otra vez acudamos a la gracia de Cristo, ya que solamente en Él podemos y debemos apoyarnos. La fortaleza nos ayuda a resistir y hacer frente a los temores de la vida.  
            El profeta Ezequiel, cuando se "puso en pie"- fruto de la fuerza en él del Espíritu del Señor- no se dedicó a 'dar mamporros a diestro y a siniestro'. Tampoco consiste en el ser el muy atrevido. Jesucristo cuando estaba en la sinagoga de su pueblo natal, aquel sábano, no se dedicó a llamarles ciegos o necios por no reconocerle, ni tampoco mandó que cayera fuego sobre aquellos conciudadanos tan desconfiados que no creían en su persona. Cristo resistió aquellos gestos y palabras de rechazo por parte de sus propios conciudadanos, resistió, aguantó aquel chaparrón. Es más importante el resistir que el atacar. Dicen que no es mejor boxeador el que da muchos golpes, sino el que tiene capacidad de encajarlos sin caerse al suelo. Fortaleza es la capacidad de resistencia sin venirse abajo. Hermanos, es más complicado resistir que atacar, porque atacamos cuando nos sentimos fuertes, pero nos atacan las tentaciones y el desánimo cuando estamos débiles, por eso resistir es más difícil que atacar. Es la capacidad de aguantar la violencia del caparrón, manteniéndose uno firme, con la esperanza de que ya escampará. Del mismo modo que cuando tengamos que dar testimonio de nuestra fe en medio de la oposición, sabiendo que es el momento de la fidelidad y de la fortaleza en medio de la prueba.
            Dice San Pablo a los Corintios: «Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo (...). Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». San Pablo sabe que si él va de fuerte, de sobrado por la vida, el Señor le va a constatar su debilidad. Acordaros de ese Pedro tan seguro de sí mismo que decía: «Aunque todos te nieguen, yo no te negaré» y el Señor muy consciente de que eso no es fortaleza, sino que es presunción le dice: «¿A si?, esta noche me negarás tres veces». Ante Dios no cabe que presumamos, no nos podemos vanagloriar.

            Pero tanto el profeta Ezequiel, como el apóstol San Pablo, como el mismo Jesucristo en el Evangelio tienen una cosa muy importante en común: el permanecer ahí firmes, aguantando todo el chaparrón que les ha caído encima, -que no es precisamente poco- para que la verdad se vaya haciendo camino entre los hombres.