sábado, 7 de marzo de 2020

Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo A


Homilía del Segundo  Domingo del Tiempo de Cuaresma, Ciclo A

            Moisés escribió la Torá para enseñar a su pueblo la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la entrada de Israel a la tierra prometida a los antepasados. Sin embargo fue a Abrán el destinatario del primer regalo dado por Dios: Dios le habló; escuchó su voz. Por vez primera el oído y el corazón humano pudo recoger las palabras salidas de Dios. Y nosotros todos los días se nos regala este inmerecido don que es poder escuchar su Palabra, meditar su Palabra, dejarnos instruir por su Palabra, y de este modo, de un modo misterioso, al leerla, meditarla y aprendiendo de ella, el mismo Dios te acompaña, estamos bajo su sombra protectora.  Puede pasarnos que estamos tan acostumbrados a hacer las cosas que pueda pasar desapercibida su divina presencia.
            Es cierto que cuando Dios habló a Abrán, el mismo Abrán no sabía quién le estaba hablando, porque en aquel entonces Abrán no conocía quien era Dios. Dios se le fue manifestando en su historia personal y así es como Abrán le fue descubriendo. Y en medio de este contexto de desconocimiento de Abrán respecto a quién era esa voz que la hablaba, Abrán arriesga, Abrán hace una clara apuesta por fiarse de esa voz que viene del más allá. El Señor le dice que deje su tierra, su casa, su parentela y que vaya donde Él le vaya marcando. Es decir, Abrán no tenía ni idea de dónde iba a ir, sólo sabía que todo lo que poseía, junto con sus seguridades, lo tenía que dejar. Cualquiera de nosotros le hubiéramos dicho a Dios: «dame la dirección que la pongo en el GPS del coche o la busco con Google Maps y me señala cuánta distancia hay y cuánto tiempo he de invertir en recorrerla». Y nosotros actuaríamos así porque queremos tener seguridades, y con Dios las seguridades no nos vale. ¿Qué seguridad tienen una pareja de recién casados en que su matrimonio sea fiel hasta que la muerte les separe? ¿Qué seguridad tiene un matrimonio en que sus hijos sean buenos cristianos aunque ellos se esfuercen en educarlos en la fe y ofrecerles un modelo de vida lo más coherente que se pueda? ¿Qué seguridad tiene un presbítero en no decaer en su vitalidad ministerial cuando se encuentra ante la incomprensión y la indiferencia de aquellos con los que comparte su vida? ¿Qué seguridad puede tener un soltero o una soltera que aun teniendo su vida arreglada con un trabajo todo se puede llegar a desplomar por un despido, por una enfermedad o cualquier infortunio? Por esto mismo, muchos, pero muchos aún no han salido ni de Ur de los Caldeos. ¿Por qué hay tantas parejas que viven unidas sin estar casados? ¿Por qué hay muchos cristianos que aún no han descubierto su vocación y eso que ya están más que creciditos en años y en conocimientos? ¿Por qué hay muchos presbíteros que desempeñan su ministerio haciendo cosas sociales, culturales, sindicales, de animación socio cultural pero no arriesgan por una clara evangelización por quedarse solos ante un mensaje que es en sí mismo exigente? Mucha gente que aún no ha salido de Ur de los Caldeos, ni siquiera se han puesto en la parrilla de salida para empezar a andar porque no nos terminamos de fiar de Dios.   
            ¿Abrán acaso pensó en sus propios intereses al obedecer aquel mandato divino de salir de su tierra?  Estoy totalmente convencido que Saray las habrá tenido y muy gordas (las discusiones) con su esposo, llamándole de irresponsable y loco, para arriba. Sin embargo Abrán hizo lo que le había mandado el Señor [Gn 12, 1-4a]. Pero a nosotros no nos sale el hacer lo que nos manda el Señor; no sale de nosotros ni el estar pendiente de Dios ni el estar pendientes de los otros. Nos resistimos en tomar parte en los padecimientos por el Evangelio, tal y como nos pide en la epístola de San Pablo a Timoteo [2 Tim 1, 8b-10]. Queremos pasar desapercibidos, vivir nuestra vida como queremos, montar nuestro propio chiringuito y que nadie nos cuestione lo que hacemos: Pero esto no es compatible con el Evangelio.
            Creo que el origen de la crisis es que el miedo se ha apoderado de nuestro corazón. No queremos ser impopulares ante los ojos del mundo, queremos pasar desapercibidos. Sin embargo los silencios, las incertidumbres o las ambigüedades por nuestra parte, el no salir de Ur de los Caldeos, el no el estar pendiente ni de Dios ni de los otros, traen por nuestra parte el eclipse de la verdad humana y cristiana, y privamos de la verdad de Cristo tanto a nosotros mismos como a los más pobres y desfavorecidos. «Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo», dice el Señor. Nuestro no salir de Ur de los Caldeos es una participación personal en la complicidad y culpabilidad de que en la realidad no reine Dios. ¿Dónde puede reinar Dios en una programación diocesana cuyo lema cuaresmal sea «La Cuaresma: Camino de humanización»? Como las cosas de Dios son exigentes las apartamos porque se prefiere estar acompañados por muchos a estar anunciándoles la Vida Eterna y preocupándose de su propia salvación. Es decir, es un aparentar que se está avanzando hacia la tierra prometida, hacia Caná de Galilea, pero sin ni siquiera atravesar la parrilla de salida.
            A lo que el Evangelio nos recuerda que Dios Padre nos hace una exhortación: «Escuchadlo», [Mt 17, 1-9] que escuchemos lo que nos dice su Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, para que alimentando nuestro espíritu con su Palabra contemplemos gozosos la gloria de su rostro.

sábado, 22 de febrero de 2020

Homilía del Domingo Séptimo del Tiempo Ordinario, ciclo a


Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo a
            Pablo quiere decir algo importante a la comunidad para que se percate de una vez por todas de la importancia de todo lo que les ha dicho hasta este momento en su carta a los Corintios. Les dice que los criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo. Nos está hablando de los principios de la sabiduría cristiana. Nos habla de aquello que cautivaba el corazón de tantas personas y que hacía que muchos alejados en la fe se aproximasen a las comunidades cristianas. Les dice y nos dice que los que más valen, no son los que triunfan en el mundo, sino aquellos que por amor se van entregando día a día, muchos de ellos en medio del silencio y pasando desapercibidos, para que los demás estén bien.
            Lo que estaba sucediendo en esa comunidad cristiana, como puede estar ocurriendo en cualquier otra, es que la tacañería en la entrega se había instalado como algo normal. Y la tacañería engendra la cautela, la maña, la astucia, la sutileza para engañar. Y del mismo modo la tacañería también engendra el adormecimiento, la modorra en el amor. Y cuando la tacañería se instala en una comunidad se asemeja a una vela encendida metida dentro de una campaña de cristal que se la condena a ser apagada por agotarse el oxígeno. Y además siempre tendemos a imitar el mal ejemplo de los demás: «si él no lo hace, yo tampoco. Si él no está colaborando, yo tampoco. Si él no da el primer paso, yo menos». Y recordemos que los criterios de la comunidad cristiana deben de ser distintos de los del mundo. En el fondo es falta de fe y de esperanza en el amor. Por eso San Pablo en su escrito nos recuerda que «somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en nosotros» [1 Cor 3, 16-23].
            Si una comunidad cristiana se deja mover por los criterios mundanos no tardará en aparecer la acedia, la flojedad en la vida espiritual. La acedia es como la cizaña o la avena loca que estropean de corros los campos de cereales. A veces es la parálisis, donde uno no termina de aceptar el ritmo de su vida o reniega de su historia. Otras veces se muestra en el hastío de la vida cristiana, de la oración y las amargas críticas hacia nuestros hermanos. Y todo esto se acaba traduciendo en un gran ajetreo, un abuso en las redes sociales y del Internet, un sobre consumo de las series de televisión… todo orientado para llenar el espacio vacío. Y no olvidemos que la acedia, esta flojedad en la vida espiritual es «un síndrome del hombre rico», son los síntomas característicos de aquellos que han montado el chiringuito de su vida y lo único que permiten a Dios es escucharle halagos.
            No olvidemos que Cristo no se conforma con “un porcentaje de amor”; no podemos amarlo al veinte, al cuarenta o al ochenta por ciento de amor. O todo o nada. Es fundamental que caigamos en la cuenta que aquello que no entreguemos a Dios, será lo que perderemos definitivamente. Por lo tanto, luchemos contra la acedia y contra los criterios mundanos para que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

domingo, 2 de febrero de 2020

Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A


Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A
            Este domingo celebramos una solemnidad del Señor que nos trasporta a un episodio de la más tierna infancia de Jesús. Es la presentación del Niño en el Templo. Cuando San José y la Virgen van al Templo de Jerusalén y allí presentan al niño Jesús. Y además, allí estaban dos ancianos, Simeón y Ana, que allí habían estado esperando toda la vida aguardando a que se manifestara el Mesías y todo su gozo era poder recibir de María en brazos al niño Jesús. Y así poder contemplar en el niño Jesús el cumplimiento de todos sus deseos.
            Empieza diciéndonos el evangelio de hoy de San Lucas: «Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor» [Lc 2, 22-40]. Esto que aparentemente puede pasar de un modo desapercibido contiene en sí una gran importancia espiritual. Lo que estaban haciendo San José y la Virgen era cumplir un precepto recogido en el libro del Levítico [Lv 12, 6-8]. Pero en el libro del Levítico solo piden que el niño sea presentado al sacerdote del lugar al santuario donde se viva. No dice nada la ley que el niño haya de ser presentado en el Templo, basta que sea presentado al Señor. De hecho, la costumbre más normal era llevarlo a un sacerdote para ser presentado y dar una limosna y hacer unas oraciones sobre el niño. No era necesario presentarlo en el Templo. Pero en este caso Santa María y San José hacen algo que no viene en la Ley, hacen un plus, hacen algo como respuesta a un profundo agradecimiento a Dios y por eso van a Jerusalén y ofrecer allí al niño Jesús a Dios, su Padre.  
            El evangelista San Lucas emplea un verbo griego, «παρίστημι», «parístemi» que significa «ofrecerse, entregarse», pero en el libro del Deuteronomio es el verbo que se utiliza para describir cómo los sacerdotes viven en el Templo ofreciéndose constantemente a Dios. Estando delante de Dios. San Lucas nos quiere como destacar que sus padres tenían la conciencia de que ese hijo suyo es el Hijo de Dios, el Mesías esperado, y como Mesías es sacerdote también, le llevan a ofrecer a su hijo como se ofrecían los sacerdotes en el Templo de Jesusalén. Recordemos cuando el arcángel San Gabriel, en la anunciación, cuando habla del niño le dice a María que «el niño que va a nacer será santo» [Lc 1, 35]. «Santo», en el lenguaje semítico es lo que está separado del uso profano, la consagración total del niño, que Jesucristo es Sumo Sacerdote. Y siendo conscientes sus padres del papel sacerdotal tan importante le ofrecen en el Templo de Jerusalén. Yendo a ese lugar, aunque no estaban obligados por la Ley.
            Esto nos ayuda a caer en la cuenta que para un cristiano todo es gracia, todo es regalo de Dios. Hay padres que dicen que «mi hijo es mío», a lo que la Palabra nos dice que «tu hijo no es tuyo, es de Dios». Lo que pasa es que Dios te lo entrega para que le cuides. Y tu hijo, a través de la educación tiene que conocer a Dios, su Padre. El tiempo es un regalo que Dios te hace, no es tuyo, sino suyo. De lo que se trata es de utilizar nuestro tiempo para dar gloria a Dios. Todo lo que tenemos no es para que nos aferremos a ello, sino que es un regalo dado por Dios que nos debería de ayudar a estar más cerca de Dios. La propia vida no me puedo aferrar a ella y disfrutarla de una manera egoísta, porque este modo de proceder no viene de Dios y nos alejaría de Él. Tus dones, tus talentos, tu tiempo, tus posesiones, tu salud y enfermedad son usados para darle gloria. San José y María tienen a ese niño, pero ellos son conscientes de que ese niño no es suyo, sino de Dios y se lo ofrecen al Señor.
            De hecho, cuando San Pablo escribe su epístola a los Romanos le dice y nos dice: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual» [Rm 12, 1]. San Pablo nos hace esa exhortación para que nos ofrezcamos a Dios.
Lo que Dios está pidiendo de ti, que de igual modo que el niño Jesús fue ofrecido en el Templo, tú te ofrezcas a Él todos los días de tu vida.

sábado, 25 de enero de 2020

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A


Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
            En el Evangelio nos encontramos con el inicio del ministerio de Jesús. Una vez que Jesús ha sido bautizado por Juan en el Jordán y que ha experimentado las tentaciones en el desierto hoy nos dice que se va a instalar en Cafarnaún. Todos sabemos que Jesús se cría en Nazaret, pero sin embargo se nos dice que su casa, durante su ministerio público, estaba en Cafarnaún. Y en Cafarnaún estaba la casa de Pedro y desde ahí Jesús enseñaba, curaba y tenía a la casa de San Pedro como centro de operaciones, de reuniones, de descanso… Y Jesús, teniendo muy de cerca al primer Papa, ya iba actuando.
            Y el Evangelista San Mateo desea inaugurar el ministerio público de Jesús con una cita del profeta Isaías [Isaías 8, 23b-9, 3]: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» [Mt 4, 12-23]. Esta cita nos habla de algo muy positivo, de una gran luz que nos está brillando, pero el contexto social, cultural, religioso y político del libro del profeta Isaías no es nada positivo. Estamos en una época muy oscura para Israel, su mayor enemigo era Siria, y en concreto el rey Teglatfalasar III y el gran general Senaquerib (704-681 a.C), que prácticamente barrieron todo Israel, conquistaron el Reino del Norte, conquistaron Samaría, y todas las ciudades que estaban rodeando Jerusalén fueron cayendo una detrás de otra, con asedios terriblemente crueles. Los asirios eran terriblemente crueles, cortaban las cabezas, crucificaban a sus enemigos con grandes torturas. Para que vean hasta qué punto eran crueles los asirios que los arqueólogos han encontrado en una ciudad muy cercana a Jerusalén, llamada Laquís [2 Cr 32, 9] una fosa común con más de 1500 cuerpos, de hombres, mujeres y niños enterrados con huesos de cerdo. Sabemos que los judíos no comen cerdo y una manera más de profanar y humillar los cadáveres era enterrar a esos judíos entre cerdos. A esto se dedicaban los asirios.
            En medio de todo este panorama tan sombrío, donde el profeta Isaías nos dice: «Vagarán por el país, agotado y hambriento; exasperado por el hambre, maldecirán a su rey y a su Dios. Se dirija al cielo o mire a la tierra, sólo encontrará angustia y oscuridad, desolación y tinieblas» [Is 8, 21-22]. Pues en medio de este panorama tan sombrío y desolador hace su aparición el Señor y la salvación, y es entonces cuando el profeta ya anuncia que donde todo había sido arrasado va a comenzar el ministerio del Mesías, de aquel que va a traer la luz.
Para los profetas la situación política, de guerra y de oscuridad que están viviendo, en el fondo es reflejo de la situación espiritual en que se haya el pueblo. Y no hay crisis política que en el fondo no lleve una crisis espiritual más profunda. El Papa Francisco no se cansa en decirnos que detrás de la crisis de Occidente que palpamos todos, se esconde una crisis de valores y un eclipse de Dios.
            Por eso es tan importante que las primeras palabras del inicio del ministerio de Jesús sean unas palabras de conversión y que se compare a Jesucristo como una luz cegadora, que si le dejamos entrar en nuestra vida nos descubre un horizonte de esperanza que está más allá de cualquier tipo de solución humana.

26 enero 2020

sábado, 18 de enero de 2020

Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A


Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
            El domingo anterior, el Bautismo del Señor, finalizamos el tiempo litúrgico de la Navidad y ya este lunes hemos empezado el tiempo litúrgico del tiempo Ordinario. Es una invitación que el Señor nos hace para vivamos el tiempo disfrutando de su divina presencia. Hemos dejado a Jesús en el río Jordán siendo bautizado por Juan el Bautista y ahora Jesús va a empezar su vida pública. Y es precisamente en este tiempo Ordinario cuando nosotros le vamos a ir acompañando, aprendiendo de Él, escuchándole, siendo testigos de sus milagros, parábolas e infinidad de bendiciones de las que seremos beneficiarios.
            Lo primero que nos llama la atención el en Evangelio de San Juan es que no relata nada del nacimiento de Jesús, ni de su infancia. Empieza con Juan el Bautista señalando a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo [Jn 1,29-34]. Emplea uno de los títulos cristológicos más importantes para referirse a Jesús: El Cordero. Es más, el libro del Apocalipsis, se refieren a Jesucristo como el cordero o el cordero degollado que está en el trono de Dios, el Cordero de pie que simboliza a Jesucristo.
            Y esto de la sangre del cordero es muy importante en el Antiguo Testamento. Nos remite a la Pascua, cuando el pueblo de Israel estaba en Egipto, en la noche en que iban a ser liberados, el Señor les pidió que todas las familias se reuniesen y que sacrificaran un cordero; y con la sangre de ese cordero rociaran las jambas y los postes de las puertas, para que así la última plaga, que era la matanza de los primogénitos no entrara dentro de esa casa, de tal manera que la sangre del cordero, lo que hace a esta gente, es defenderla de la muerte a los israelitas. Pero no solo era sacrificar el cordero, sino que el Señor dio unas prescripciones a Moisés, y eran muy claras: sacrificar el cordero, rociar con su sangre las jambas y el dintel de las puertas, y demás hacía falta consumir todo el cordero, comerse el cordero. Que toda la familia se reuniera y que toda la familia se alimentase con la carne de ese cordero. Pues San Juan Bautista nos dice: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». De trasfondo está el sacrificio del cordero pascual.
            O sea, que desde el minuto uno, Jesús se nos presenta como cordero que viene a derramar su sangre para que nosotros tengamos vida y viene a realizarlo en el contexto pascual, en el contexto de la Semana Santa, cuando Cristo en la cruz derrame su sangre para la vida del mundo. Y ese cordero no solamente es sacrificado, sino que nosotros comemos a ese Cordero en la Eucaristía, donde Jesús derrama su sangre y también nosotros nos alimentamos de ese cordero, de tal manera que cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos recuerdo, memorial de la pascua y recuerdo o memorial del sacrificio de Cristo en la cruz.
San Juan es muy inteligente y empieza diciendo que Jesús es el cordero y finaliza el evangelio con el cordero. Jesús muerte un viernes pascual a las tres de la tarde. ¿Pero qué pasaba ese viernes pascual a las tres de la tarde? Pues simultáneamente a la muerte de Jesús en el monte Calvario se estaban sacrificando los corderos en el Templo de Jerusalén. Sabemos que los corderos no se podían sacrificar en las casas –cosa que sí sucedía en el Éxodo-, sino que tenían que ser sacrificados todos en el Templo de Jerusalén. De tal forma que a las tres de la tarde, cuando Jesús muere en la cruz, se estaban comenzando a sacrificar todos los corderos, los miles y miles de corderos, todos sacrificados en el Templo de Jerusalén, para todas las familias de Jerusalén que durante esa noche celebrarían la pascua comiendo la carne de esos corderos. A la misma hora que se están sacrificando esos corderos en el Templo, fuera de la ciudad, en el Calvario, está derramando su sangre y sacrificándose por nosotros el que es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Esto es muy importante para los cristianos, es más en la Carta a los Hebreos se nos habla de Cristo como Sumo Sacerdote y de cómo su muerte, como cordero degollado, ha eliminado el pecado y nos ha santificado. Ir a Misa es como ir al Calvario, es como ponerse a los pies del Calvario y recibir la efusión de la sangre de Jesús que se derrama por nosotros. Esto quedó tan dentro de los primeros cristianos que ya en la primera carta de San Pedro nos dice «Sabed que no habéis sido liberados de la conducta idolátrica heredada de vuestros mayores con dones caducos –oro o la plata-, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha y sin tacha» (1 Pe 1,18-19). Hemos sido comprados a precio de sangre, y la sangre del Hijo de Dios cuyo valor es infinito ya que cada uno tiene un valor infinito. Hay personas que dicen «yo no valgo para nada, soy un desastre (…)». Pues no, tienes un valor infinito para Dios. Tanto valor que para rescatarte ha hecho falta comprarte a precio de la sangre del Cordero de Dios. Esto ha de ayudarnos a tener más autoestima y a valorar más el gran regalo de la vida que Dios nos da.

sábado, 11 de enero de 2020

Homilía del Bautismo del Señor, ciclo a, 2020


El Bautismo del Señor, Ciclo a, 12 de enero 2020
            Este domingo celebramos una fiesta muy importante: El Bautismo del Señor. Una fiesta que cierra el tiempo de Navidad. Y hoy la liturgia de la Iglesia nos ofrece la versión del Evangelio según San Mateo [Mt 3, 13-17]. Y no hay que olvidar que San Mateo escribió su evangelio pensando en una comunidad judeo-cristiana, o sea, cristianos que procedían del judaísmo. Por lo tanto eran personas de ascendencia judía y para los cuales era muy importante la historia de Israel y de cómo todas las promesas de la historia de Israel se cumplen en Jesús.
            Para el pueblo de Israel todos los reyes que había debían de ser ungidos por un profeta, y a través de esa unción se garantizaban que el Espíritu del Señor, el Espíritu de Dios descansaba sobre ese rey, y por lo tanto estaba investido de una fuerza de lo alto y podía desarrollar sus funciones. Todos recordamos al profeta Samuel ungiendo rey a Saúl [1 Sam 10] y se nos dice que la fuerza de Dios le acompañaría a partir de ese momento. Dice exactamente: «Dios le cambió el corazón (…). El Espíritu de Dios se apoderó de él y se puso a profetizar con ellos»]. O también cuando David es ungido como rey [1 Sm 16], se dice que en ese momento el Espíritu de Dios bajó sobre él y desde ese día hasta delante no se separó ya Dios de David. Dice la Palabra: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos. El espíritu del Señor entró en David a partir de ese aquel día».
            De hecho ya el profeta Isaías (capítulos 11 y 61) decía que cuando apareciese el Mesías, el cual sería descendiente de David, y por lo tanto tendría que estar ungido con el Espíritu de Dios [«sobre él reposará el espíritu del Señor» (Is 11, 2) y «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Is 61, 1)]. El Mesías tenía que estar ungido con esa fuerza que viene de lo alto como eran ungidos los antiguos reyes de Israel. Esto es muy importante porque ya los primeros cristianos vieron en el bautismo de Jesús, en el momento en el cual se abren los cielos y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma, era esa unción que tuvieron ya los reyes de Israel. Y por lo tanto capacita a Jesús para ser como un mesías rey, si bien nosotros ya sabemos que Jesús lleva el Espíritu Santo en Él puesto que Jesucristo es Dios. Y esto era importante que cayeran en la cuenta los cristianos a los que escribe San Mateo porque ellos procedían del judaísmo. De hecho hay una frase enigmática, que puede llamar la atención en la que San Juan el Bautista no quiere bautizar a Jesús porque le dice que Jesús es más que él [«Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesito que tú me bautices ¿y tú acudes a mí?»]. A lo que Jesús le responde a Juan que es preciso que yo me bautice «para que se cumpla toda justicia». Y esto de cumplirse toda justicia para San Mateo es cumplirse el plan de Dios tan y como se había dado y realizado con las unciones a los reyes de Israel en el Antiguo Testamento.
            Una cosa que llama mucho la atención es que el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. ¿Por qué una paloma? ¿Por qué no una brisa o unas llamaradas de fuego como en Pentecostés? Vamos a ver, ¿dónde aparece otra vez en la Sagrada Escritura la paloma? Aparece después del diluvio. Noé desde el arca saca a volar una paloma y la paloma regresa con un ramito de olivo prendido del pico. Lo que significaba que las aguas ya habían remitido, que las aguas ya estaban bajando y ya había tierra firme. Por lo tanto la paloma se convierte en signo del nuevo mundo que Dios ha creado después del diluvio. Se ha dado una nueva creación donde el diluvio ha vuelto a poner paz entre Dios y los hombres. Y es muy importante esto de que la paloma descienda en el bautismo del Señor porque nos indica lo que Cristo viene a hacer a través de la misión que hoy comienza, porque hoy comienza su vida pública. Cristo viene a traer paz entre Dios y los hombres. Al igual que en la época de Noé había una humanidad corrompida, caída, alejada de Dios, Cristo viene a restablecer la comunión entre Dios y los hombres. Y de la misma forma que las aguas purificadoras del diluvio dieron origen a una nueva humanidad, a una nueva creación, Jesús viene a hacer todas las cosas nuevas. Viene a hacer una nueva creación restableciendo esa comunión perdida entre Dios y los hombres.
            Luego hay otro detalle del Evangelio. Nos encontramos a Jesús en un río y está allí en silencio. Esto nos remite a un profeta, al profeta Ezequiel que estaba una vez sentado junto a un río, en el río Quebar (Ez 1), en una situación de crisis espiritual del pueblo de Israel, porque habían sido conquistados y deportados a Babilonia. Y el profeta Ezequiel ve también como se abren los cielos, con la misma expresión que se da en el bautismo de Jesús, «se abrieron los cielos», y Jesús escucha la voz de Dios «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco», y el mismo profeta Ezequiel que estaba sentado a la orilla del río Quebar y que ve como los cielos se abren escucha la voz de Dios que le envía como profeta a su pueblo, dice la Palabra que el  espíritu entró en él, en el profeta Ezequiel, y le hizo poner en pie. El bautismo el Señor fue el pistoletazo de salida para la vida pública del Señor y a Ezequiel fue esa profunda experiencia de sentir cómo Dios le movía para ser profeta en medio de una situación espiritual crítica de su pueblo. Es importante que también nosotros escuchemos esa voz de Dios, constituyéndonos profetas para que vayamos a anunciar el Evangelio en este mundo que también está sumido en una gran crisis espiritual.